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Perímetro Más sobre Martín Adrián Ramos

Está oscuro y hace frío. El río está calmo. Hace ya un par de horas que no vemos actividad de robots centinelas del otro lado. Cruzamos con lo indispensable para poder movernos rápido y evitar ser descubiertos por los reflectores. Al llegar a la orilla, nos embadurnamos con lodo para bajar al mínimo nuestra firma calórica, cargamos agua del río en los recipientes que nos ayudaron a mantenernos a flote y nos separamos en grupos de cuatro para avanzar en distintas direcciones. Nos queda por delante una zona desértica, patrullada por esas cosas y, del otro lado, nuestro objetivo.

Mi grupo decidió penetrar en el desierto siguiendo una dirección que nos aleja del lugar al que nos dirigimos, para luego virar y acercarnos por un área menos vigilada. Es mi segundo intento y espero que este plan resulte.

La otra vez, estando a treinta minutos del sitio, descubrimos los nuevos modelos. Nunca pensé que pudieran crear robots copiando plantas o rocas de un modo tan convincente. Apenas pude escapar y prevenir a los demás. Perdí dos compañeros en ese incidente, compañeros que seguro ya fueron sometidos a la extracción de personalidad; no tengo dudas de que sus cuerpos serán reutilizados para infiltrarnos, en un intento de anticipar estas incursiones y detener nuestro avance. Pero nuestro avance es indetenible.

Esta vez, faltando tres horas de camino, me lastimé. No sé si serán trampas de las que no sabíamos nada o sólo mala suerte, pero un trozo de metal se ha abierto una herida en el pie. Mis compañeros trataron de darme ánimo, pero todos sabíamos que sólo los retrasaría y pondría en peligro el éxito de la incursión. Como habíamos acordado antes de partir, el grupo seguiría adelante y yo avanzaría en la medida de mis posibilidades. Nos deseamos suerte y ellos apuraron el paso alejándose de mí.

Atendí como pude mi herida e improvisé una muleta con lo que tenía a mano. Luego me tomé unos minutos para pensar en lo que haría a continuación. Decidí que no regresaría. Había llegado demasiado lejos esta vez como para rendirme. Apoyándome en la muleta, seguí el mismo camino que mis compañeros.

Estaban lejos, quizás a doscientos metros, casi habían desaparecido de mi vista, pero llegué a observar cuando la trampa se cerró en torno a ellos. Los arbustos que no eran arbustos se movieron todos a un tiempo y ellos cayeron entre gritos desgarradores. Me tiré al piso y mi corazón latía tan fuerte que parecía que se me saldría del pecho. No tardaron ni cinco minutos en silenciarlos a todos y subirlos a un transporte salido de quién-sabe-dónde, que se elevó con un rugido; cinco minutos más y el paisaje volvió a verse vacío.

Me quedé tirado, inmóvil, no sé por cuánto tiempo. Luego comencé a arrastrarme hacia el norte. No sé cómo, pero cuando creí que el cansancio, la deshidratación y el dolor de la herida lograrían lo que no habían podido los robots, me encontré frente al sitio.

Crucé la carretera y rodeé la estación de servicio. Entré al baño por una ventana pequeña. Como me habían dicho, en un excusado clausurado encontré las bolsas negras que contenían ropa, la tarjeta patriótica y la de trabajo (unas falsificaciones muy buenas, debo decir). Me limpié, me cambié y al observarme en el espejo casi no pude reconocer al hombre que sonreía. Parecía que todo lo que había vivido antes nunca había ocurrido. Nunca había viajado a México, nunca había cruzado el Río Grande, nunca me había arrastrado sangrando por el desierto. Ahora iría a la plaza, a esperar con los otros. Con un poco de suerte pronto vendría alguien en un vehículo lujoso, alguien que buscara jardinero o cosechador, alguien que (con suerte) pagara por la labor de diez o doce horas con techo y comida; y así mi vida en los Estados Unidos podría por fin comenzar.

 
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