| Está oscuro
y hace frío. El río está calmo.
Hace ya un par de horas que no vemos actividad de robots
centinelas del otro lado. Cruzamos con lo indispensable
para poder movernos rápido y evitar ser descubiertos
por los reflectores. Al llegar a la orilla, nos embadurnamos
con lodo para bajar al mínimo nuestra firma calórica,
cargamos agua del río en los recipientes que
nos ayudaron a mantenernos a flote y nos separamos en
grupos de cuatro para avanzar en distintas direcciones.
Nos queda por delante una zona desértica, patrullada
por esas cosas y, del otro lado, nuestro objetivo.
Mi grupo decidió penetrar en
el desierto siguiendo una dirección que nos aleja
del lugar al que nos dirigimos, para luego virar y acercarnos
por un área menos vigilada. Es mi segundo intento
y espero que este plan resulte.
La otra vez, estando a treinta minutos
del sitio, descubrimos los nuevos modelos. Nunca pensé
que pudieran crear robots copiando plantas o rocas de
un modo tan convincente. Apenas pude escapar y prevenir
a los demás. Perdí dos compañeros
en ese incidente, compañeros que seguro ya fueron
sometidos a la extracción de personalidad; no
tengo dudas de que sus cuerpos serán reutilizados
para infiltrarnos, en un intento de anticipar estas
incursiones y detener nuestro avance. Pero nuestro avance
es indetenible.
Esta vez, faltando tres horas de camino,
me lastimé. No sé si serán trampas
de las que no sabíamos nada o sólo mala
suerte, pero un trozo de metal se ha abierto una herida
en el pie. Mis compañeros trataron de darme ánimo,
pero todos sabíamos que sólo los retrasaría
y pondría en peligro el éxito de la incursión.
Como habíamos acordado antes de partir, el grupo
seguiría adelante y yo avanzaría en la
medida de mis posibilidades. Nos deseamos suerte y ellos
apuraron el paso alejándose de mí.
Atendí como pude mi herida e
improvisé una muleta con lo que tenía
a mano. Luego me tomé unos minutos para pensar
en lo que haría a continuación. Decidí
que no regresaría. Había llegado demasiado
lejos esta vez como para rendirme. Apoyándome
en la muleta, seguí el mismo camino que mis compañeros.
Estaban lejos, quizás a doscientos
metros, casi habían desaparecido de mi vista,
pero llegué a observar cuando la trampa se cerró
en torno a ellos. Los arbustos que no eran arbustos
se movieron todos a un tiempo y ellos cayeron entre
gritos desgarradores. Me tiré al piso y mi corazón
latía tan fuerte que parecía que se me
saldría del pecho. No tardaron ni cinco minutos
en silenciarlos a todos y subirlos a un transporte salido
de quién-sabe-dónde, que se elevó
con un rugido; cinco minutos más y el paisaje
volvió a verse vacío.
Me quedé tirado, inmóvil,
no sé por cuánto tiempo. Luego comencé
a arrastrarme hacia el norte. No sé cómo,
pero cuando creí que el cansancio, la deshidratación
y el dolor de la herida lograrían lo que no habían
podido los robots, me encontré frente al sitio.
Crucé la carretera y rodeé
la estación de servicio. Entré al baño
por una ventana pequeña. Como me habían
dicho, en un excusado clausurado encontré las
bolsas negras que contenían ropa, la tarjeta
patriótica y la de trabajo (unas falsificaciones
muy buenas, debo decir). Me limpié, me cambié
y al observarme en el espejo casi no pude reconocer
al hombre que sonreía. Parecía que todo
lo que había vivido antes nunca había
ocurrido. Nunca había viajado a México,
nunca había cruzado el Río Grande, nunca
me había arrastrado sangrando por el desierto.
Ahora iría a la plaza, a esperar con los otros.
Con un poco de suerte pronto vendría alguien
en un vehículo lujoso, alguien que buscara jardinero
o cosechador, alguien que (con suerte) pagara por la
labor de diez o doce horas con techo y comida; y así
mi vida en los Estados Unidos podría por fin
comenzar. |