| ¡Hola cacho carne!
Perdona… ¿te ha ofendido que te llame así?
Lo siento, pero cuanto antes abras los ojos, mejor será
para todos. ¿Recuerdas las clásicas preguntas?
¿Quiénes somos? ¿De dónde
venimos? ¿Adónde vamos? Bien, pues a mí
me han sido regaladas, creo que por error, las respuestas
que terminan con el misterio para siempre; sería
demasiado egoísta e irresponsable por mi parte
no compartir ese conocimiento con mis hermanos. Sé
que nadie me creerá, ni siquiera tú, como
yo mismo no lo hubiera creído hace unos meses;
me tacharán de trastornado, “secuela de
su accidente” -dirán, y todas estas palabras
caerán en el olvido. Pero al menos, moriré
habiéndolo intentado.
Y no pienses que esas respuestas llegaron
a mí por ser yo un sabio, o un estudioso, no.
Más bien al revés, ni siquiera llegué
a la universidad; yo sólo soy un desgraciado
del montón, jodido por todas partes y reventado
a trabajar para poder comer todos los días. Y
fue precisamente así como comenzó mi revelación:
volvía a casa de trabajar, a la caída
de la tarde, cansado y hecho polvo, por variar. La culpa
la tuvo uno de esos gilipollas con un BMW que, creyéndose
el rey del asfalto, adelantó cuando no debía.
Un camión venía de frente, y mientras
me pasaba, vio que no le daba tiempo a volver, así
que optó por echarme fuera de un volantazo. Yo
sólo sé que me asusté, después
escuché un fuerte impacto a mi lado, y luego…nada.
No sé qué sería de él, pero
yo pasé tres meses y medio en coma.
Ignoro qué ocurrió durante
esos meses fuera en el mundo.
Pero cuando volví a la vida,
yo no era ya la misma persona. De alguna manera, se
puede decir que resulté muerto en aquel accidente.
Y no por culpa de la amnesia. Recordaba
perfectamente toda mi vida, incluyendo el momento del
choque, como si hubiese ocurrido el día anterior,
y no tres meses atrás. Recordaba y reconocí
también a mi mujer, cuando la dejaron pasar y
entró llorando a abrazarme. Igual que la comprendía
cuando se marchó de casa -tras mi rehabilitación,
meses después- entre llantos, llevándose
a los niños, gritando que ya no sabía
quién era yo, que me había convertido
en un perfecto desconocido, en un extraño inquietante.
Yo la comprendía, sabía
que tenía razón. Pero no sentía
nada por ella, ni por los niños, ni por ninguna
otra cosa en el mundo. No sentía alegría
ni tristeza, ni pena ni rabia, miedo, angustia, melancolía
o euforia… nada de nada, en absoluto. Me veía
por dentro como una simple máquina de procesar.
Mi neutralidad emocional era la propia de alguien concentrado
en calcular un presupuesto sencillo, pero de forma constante.
Así me sentía. Ese era el estado que suplió
a todas y cada una de mis emociones.
Los médicos no tenían
respuestas. Mis lesiones cerebrales no explicaban esta
insólita secuela. De hecho, me encontraba mejor
de lo que, en justicia, me correspondería estar.
Pensaba, razonaba, calculaba, recordaba y percibía
con total normalidad. Físicamente no había
más que arreglar en mi cuerpo, así que
mi falta de emociones se atribuyó a shock psicológico,
y me mandaron a terapia. Puede que para ellos fuese
un psicópata, un monstruo; pero lo cierto es
que nunca antes en mi vida me había encontrado
mejor: tranquilo, sin culpa ni remordimientos, ni absurdos
quebraderos de cabeza, tampoco estrés o vaivenes
del estado de ánimo… nada… toda mi
basura mental, donde habitualmente me revolcaba, había
sido barrida de golpe, quedando en su lugar esta…
maravillosa quietud de espíritu. Pronto abandoné
la terapia, pues… ¿para qué diablos
la necesitaba? ¡Si estaba en la gloria!; sentía
que deseaban arrebatarme mi mayor tesoro, hacerme sufrir
de nuevo -como manda la cultura cristiana- con mi completa
humanidad restaurada. No, gracias; prefiero mi nueva
y feliz monstruosidad.
Poco a poco, con el paso de los días
y semanas, empecé a comprender lo que me había
ocurrido en realidad. Imágenes llegaban a mi
mente, como enviadas desde un satélite. Las ideas
parecían conformarse solas, entrelazándose
con claridad y coherencia, abriéndose las puertas
de conocimientos sorprendentes:
Cuando la gente dice que “todos
los hombres somos hermanos”, no saben hasta
qué punto tienen razón. Comenzaré
hablándote de nuestros padres ¿Nuestros?
¿Tuyos y míos? -te preguntarás.
Sí, tuyos y míos y del resto de la humanidad.
Verás, yo los he visto… en una de esas
imágenes mentales, pero te aseguro que, aunque
quisiera, no podría describirte su aspecto incomprensible.
Los he visto, sí, durmiendo…
Bajo la superficie de Marte.
Ellos nos crearon, somos sus productos,
programados biológicamente para servir a sus
fines que, pobres idiotas, confundimos con los nuestros
sin ver su alcance último. Por eso te decía
que no somos más que cachos de carne. Con mi
accidente sucedió algo insólito: su programación
estándar quedó borrada, o tal vez sólo
velada temporalmente -y por ello tengo que apresurarme,
terminar y extender mi mensaje-, hasta que me descubran,
y la verdad quede de nuevo enterrada. Intentaré
ser conciso y claro en mi explicación de lo que
sé:
La raza de nuestros padres -y aunque
no me guste llamarlos así, es la verdad- está
a punto de desaparecer. Su planeta está agotado
desde hace milenios, y sólo su alto conocimiento
científico les mantiene en su precaria supervivencia.
Ellos nos crearon -imagínate por un momento su
dominio sobre las leyes naturales- para explorar su
mundo habitable más cercano: la Tierra; única
posibilidad de evitar la extinción. Ignoro los
motivos por los cuales no vinieron de un modo directo,
pero presupongo condiciones insalvables; tal vez sea
el viaje físico -y esperan de nosotros que creemos
el “puente espacial”-, tal vez alguna característica
de la atmósfera, es imposible saberlo. El caso
es que -y esto sí lo sé- nuestros ojos
son sus ojos, y a su través conocen lo que esperan
sea su próximo hogar, mientras lo acondicionamos
con nuestras manos, y nuestro trabajo. ¿Te suenan
de algo los ovnis? ¿Las abducciones? Así
recogen sus muestras estadísticas, sacando de
nuestros cerebros las imágenes que necesitan,
analizándolas para avanzar en la representación
certera de su mundo futuro, evaluar nuestros progresos,
y quién sabe cuántas cosas más…
Me causa admiración conocer
lo elaborado de nuestra programación, casi perfecta.
Necesitaban un organismo con alto grado de adaptación
al medio y capacidad de propagación. La reproducción
constante fue el modo elegido para evitar el desgaste
por la acción del tiempo, la muerte y extinción,
asegurando así la continuidad de la misión.
El instinto sexual es primario, y aquellos que desprecian
la crianza por voluntad propia son marcados socialmente,
de una u otra manera, como “anormales”,
traidores a la especie. La protección a los bebés
también es una pauta programada. Así,
toda la organización del Hombre se concentra
en estos aspectos, que coinciden plenamente con sus
metas. “Creced y multiplicaros”
-nos insertarían después, un dogma psíquico
más entre los muchos que llegarían, para
reforzar la eficacia y mantenimiento de las acciones
biológicas. Cuando nuestros cerebros empezaron
a desarrollarse, trascendiendo lo puramente animal,
y comenzaron a formularse preguntas, ellos hicieron
surgir la religión, la cultura, y otros sistemas
de pensamiento, para mantener la mente compleja ocupada
durante los tiempos en que las actividades pro-perpetuación
están satisfechas. Inscriben para siempre en
nosotros el concepto de Dios sobrevolando la Tierra;
prometiendo una vida eterna tras el dolor de lo físico
y lo perecedero. Los que no creen se refuerzan en el
orgullo de no necesitar la eternidad, ni la protección
de los Dioses. Pero unos y otros se aferran así
a la vida, creyéndose únicos, especiales…
Todos engañados.
Aunque mis palabras sean limitadas
y me impidan expresarlo mejor, todas las piezas de esta
farsa extraordinaria encajan en el puzzle de mi mente
con total precisión. Necesitan escanear este
mundo al milímetro, recoger tantas imágenes
de nuestras mentes como sea posible… Sí,
todo encaja: exploramos hasta el último rincón
para ellos, como sondas de carne; viajamos por placer,
decimos, y nos divertimos para obtener imágenes
de lo fortuito, lo inesperado. Como en las fiestas y
tradiciones, donde lo viejo se hibrida con lo actual,
creando un refugio en el tiempo, un oasis de imágenes
en renovación al que poder volver, si la aventura
subjetiva se vuelve rutinaria en exceso. La ciencia
nos protege, nos alarga la vida -más imágenes-,
nos abre nuevos escenarios -nuevas imágenes-.
Despreciamos a los ciegos, a los paralíticos,
a los disminuidos de todo tipo… retrasados
en su capacidad de movimientos / número de imágenes
recolectadas.
Sí… a las mujeres les
gustan los tíos con dinero, que aseguran su vida
rica en estímulos e imágenes agradables,
así como la vida de sus futuros hijos. “Sólo
quiero lo mejor para ti, hijo” decía
mi pobre madre, que en paz descanse. A los hombres nos
gusta salir con muchas mujeres -certeza de buenas y
variadas imágenes, sin duda-, a veces incluso
con dos o tres en un mismo periodo. Pero éste
es un patrón desfasado: hemos descubierto que
obtendremos muchas más si hombres y mujeres hacemos
lo mismo, sin distinciones. Los niños y jóvenes
no pueden estarse quietos, quieren verlo todo, probarlo
todo con incansable curiosidad, gustan de correr, practicar
deportes arriesgados, buscar emociones en grupo, el
cine, la televisión y sus vídeo-clips
musicales, los videojuegos… miles de imágenes
rápidas, por si la muerte les robase la vida
casi antes de empezarla. A los viejos, viéndose
ya limitados para la exploración, les gusta rememorar
sus mejores imágenes, rescatarlas del pozo de
los años, como para “entregar” a
nuestros invisibles padres lo que mejor consideran,
antes de que lo borre el olvido…
Imágenes, imágenes, imágenes,
imágenes… para ellos.
Me pregunto cuántos iluminados
como yo seremos bajo el sol, si es que no resulté
ser un error excepcional. También me pregunto
si ya serán conscientes de mi estado, y cuánto
tiempo tardarán en ponerle remedio. Puede que
mi vida no corra peligro, después de todo, pues
una luciérnaga en la noche jamás pudo
iluminar un bosque frondoso. No…no creo que sea
el único, cuando pienso en el Arte, que pese
a su función distractora, ha aportado tantas
intuiciones aproximadas a la Realidad. Recuerdo muchos
cuadros que me impactaron, sin saber explicar el porqué
-ahora sí que lo sé-; cuadros como “El
grito”, o ese en el que aparece un dios comiéndose
a su hijo, no recuerdo su nombre, como el de otros muchos,
aunque sí sus imágenes. Se dice con frivolidad
que los creadores están locos, sólo porque
descubren que lo “imposible” puede ser también
lo real, algo inasumible, contrapuesto al ambiente de
ignorancia necesario y óptimo para el desarrollo
de la misión.
Es emocionante ver, a pesar de la férrea
programación, cómo la inteligencia del
Hombre viene rebelándose contra su terrible destino
desde hace siglos. De forma oscura y ambigua, bajo el
manto de símbolos y mitologías proféticas,
pero sin duda ahí, siempre ahí: la advertencia
sobre la amenaza impensable que nos aguarda en el callejón
del futuro. Las preguntas ya están respondidas:
-¿Quiénes somos?
Exploradores y obreros de carne; productos de una especie
superior.
-¿De dónde venimos?
De los laboratorios subterráneos de Marte.
-¿Adónde vamos?
Hacia nuestra segura extinción, cuando se cumpla
lo programado.
Ignoro cómo piensan exterminarnos,
una vez cuenten con todas las imágenes que necesitan,
y pongamos nuestros escépticos pies en Marte…
Marte… Dios de la guerra… otra sabia intuición
de nuestros hermanos de la Antigüedad… Tal
vez nos fulminen con su tecnología, la misma
que usaron para crearnos, o simplemente pueden estar
esperando nuestra propia autodestrucción.
Sólo veo dos caminos posibles
para que la humanidad sortee el abismo: el primero pasaría
por la atomización de Marte, algo que intuyo
inalcanzable para nuestra fuerza actual. El segundo,
casi tan factible como el primero, consiste en dejarles
ciegos, para que nunca puedan llegar. Nuestros ojos
son sus ojos, ésta es nuestra debilidad, pero
también nuestro poder. Debemos sacrificar nuestros
ojos, si no queremos morir. Una nueva humanidad, ciega
pero viva, que conformaría un nuevo orden: ejércitos
ciegos no pueden desencadenar la Guerra Mundial que
ellos pueden estar esperando. Ciegos ellos, quedarían
condenados y encadenados a la agonía de su propio
mundo. No hay otra solución.
Convencer a un hombre es difícil;
a la totalidad de los hombres, un imposible, máxime
cuando la propuesta es que se arranquen sus propios
ojos. Así, mi misión es clara: dedicaré
lo que me reste de vida a recorrer el mundo, cortando
ojos, un día aquí, otro allá, en
ciudades grandes y pueblos pequeños, pero nunca
permaneceré más de un día en el
mismo lugar, siempre en movimiento. Y serán de
niños preferentemente, pues ellos son el futuro.
Sé que mi labor será
minúscula -conseguiré algunos centenares,
tal vez miles con algo de suerte, antes de caer-, en
comparación con todo el trabajo que quedará
por hacer; pero al menos el primer paso de ejemplo ya
está dado, y en algo retrasará la llegada
de nuestros padres.
Mientras extenderé mi mensaje:
cientos de cartas a periódicos y particulares.
Sólo importa que sea leído, aunque no
lo crean.
Y que los posibles, aunque improbables,
salvadores del Hombre comprendan las claves que custodia
esta aparente ficción.
publicado en enero de 2008
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