| La delgada figura del
viajero emergió por encima de la duna apoyándose
en su retorcido bastón, que se hundía
en la arena a cada paso. Estaba llegando. Ya podía
ver las puertas de Arana a través de la calima,
y esta vez no se trataba de otro espejismo. No había
tañido pues la campana de su muerte. No aún,
como creyese pocas horas antes. Los guardianes contemplaron
su penosa llegada con estática indiferencia,
sin despegar un solo músculo del soportal de
piedra donde descansaban sus espaldas. Cuando el viajero
alcanzó el umbral dos lanzas se cruzaron ante
su cansado rostro.
-¿Vienes a participar? -le preguntó
una voz seca.
-Claro -mintió.
Las lanzas se apartaron y entró
en la ciudad. Con el paso del tiempo incontable aquella
pregunta había quedado reducida a una vacua formula
protocolaria de recepción sin el menor contenido;
sin embargo, una respuesta inadecuada significaba morir.
El trazado de la ciudad, visto desde el montículo
de la entrada, no podría ser de mayor simplicidad
y sentido pragmático: cuatro calles estrechas
formadas por hileras discontinuas de casas bajas de
un blanco cegador, dispuestas en paralelo en torno a
una amplia avenida principal, en cuyo mismo centro se
erigía, a modo de plazoleta, una elevada estructura
tan extraña como discordante con respecto a la
estética del resto de la ciudad. Diríase
que había surgido de las entrañas de algún
profundo infierno interior en épocas ya olvidadas,
o clavada aquí por la caprichosa mano de algún
dios monstruoso, del que nadie tuvo jamás conocimiento.
Pero, en cualquier caso, no parecía posible -ni
siquiera imaginable- que obra semejante fuese de factura
humana. Durante largos minutos, el viajero quedó
fascinado ante la visión de la suprareal escena
que se mostraba ante sus ojos, mientras los ciudadanos
pasaban a su lado sin prestarle atención. Las
orillas de la avenida, hasta donde alcanzaba la vista,
se encontraban rebosantes de tenderetes donde bullía
el movimiento de gentes diversas, que se afanaban en
la búsqueda de curiosos objetos y artilugios
sorprendentes. El viajero sintió un súbito
y delicado tirón en sus ropajes; un escalofrío
de horror le hizo retroceder involuntariamente cuando
descubrió aquello que lo había causado.
Un niño le tendía su esquelética
mano de ramitas quebradizas, esperando la buena voluntad
de este extranjero cuya cara desconocía, pero
que intentaba descifrar desde las profundidades de sus
ojos hundidos entre arrugas innaturales. Cientos de
años parecían pesar sobre su anómala
niñez. El viajero rebuscó en sus bolsillos,
y le ofreció tres monedas de plata acompañadas
de una forzada sonrisa. El chico las sopesó con
una indisimulada expresión de extrañeza
que al instante se tornó desprecio, y las arrojó
de vuelta a sus pies, sin mediar palabra, dando media
vuelta para perderse de nuevo entre la multitud, como
si aquello jamás hubiese ocurrido.
Al agacharse a recoger su pequeña
y repudiada fortuna el viajero observó, estupefacto,
que aquellas arrugas del niño se encontraban
también en los cenicientos rostros de los ciudadanos;
en todos y cada uno de ellos.
Superada la fuerte impresión
inicial, el viajero se puso en marcha con renovada determinación,
pues nada podía hacerle olvidar el objetivo que
le había conducido hasta este lugar, la búsqueda
que comenzó en los días oscuros de la
Devastación, tan lejos ya en el pasado que se
mixtificaban en la memoria con las pesadillas sin posibilidad
de discernimiento. Así, se acercó a uno
de los puestos menos concurridos para admirar todo lo
que allí se exponía. Finas sedas estampadas
con hilo de oro, talismanes crípticos, diminutas
bagatelas de confusa utilidad, dagas y espadas con incrustaciones
rúnicas, ídolos deformes tallados en jade,
piedras trabajadas con técnicas irrecuperables,
ostentosos collares traídos desde ancestrales
tierras sagradas y una infinita acumulación de
artefactos únicos cuyo valor resultaba intasable.
-¿Qué puedo ofrecerte,
bienaventurado viajero? -preguntó el afable tendero
con la invitación del entendimiento en su voz.
-No creo que tengas lo que busco. El
algo difícil de encontrar en extremo.
-¡Seguro que sí! -replicó
entusiasmado-. ¿Te has fijado en todo lo que
hay aquí? Tesoros que se creen perdidos para
siempre, artilugios encantados por cuya posesión
marcharían a la guerra muchos reyes de Neralia,
joyas arrancadas a los infiernos abismales que costaron
la vida de héroes a los que aún cantan
las leyendas... y todo está a tu alcance, noble
extranjero, por precios en verdad ridículos.
Los demás no pueden ofrecerte ni la mitad de
las maravillas que aquí observas; pero dime,
¿qué es exactamente lo que buscas?
-Busco... humanidad.
El buen tendero no consiguió
evitar que la perplejidad dominase la expresión
de su rostro por un fugaz segundo antes de recobrar
su habitual y eficiente compostura de hombre sabedor
de los secretos y prodigios de la tierra.
-Me temo que no lo conocemos por el
mismo nombre, amigo extranjero. ¿Podrías
describirme cómo es su forma, sus dimensiones,
alguna muesca distintiva de su superficie, los materiales
que componen sus piezas, el linaje del artesano que
la ideó? Te aseguro que la tendrás entre
tus manos en menos de cuatro días si se halla
en la región de Dhaom.
El hombre que llegó del desierto
guardó silencio durante un fragmento de eternidad.
Después habló:
-Olvídalo, comerciante. Agradezco
tu interés aunque haya sido en vano. Me quedaré
sin embargo con este delicado colgante de ónice
y obsidiana. Aquí tienes.
Y le entregó una de sus monedas
de plata.
El comerciante escrutó, extrañado,
la moneda por ambas caras. Después de hacerla
girar unas cuantas vueltas en el aire, la devolvió
cogiéndola entre las yemas del pulgar y el índice,
como quien acaba de aceptar una broma pesada.
-No entiendo por qué me entregas
en pago este pedazo de plata, extranjero. Yo sólo
soy un humilde mercader; el talento creador queda reservado
a la genialidad de los maestros artesanos.
-¿Quieres decirme con eso que
esta moneda, pequeña fortuna en cualquier asentamiento
de Neralia, no tiene valor aquí?
-Exacto. ¿De qué puede
servirme un montón de metal resplandeciente si
los dones del arte me han sido vedados?
Tendrás que pasar primero por
el Aurioferlav para poder pagarme ese extraordinario
colgante que has elegido -dijo señalando a la
imponente edificación que se erigía en
el centro de la ciudad, y que casi se perdía
entre las nubes altas.
-Volveré pues; ¡no tengas
prisa en venderlo!
-Confía, extranjero, confía.
La avenida principal era un hervidero
de figuras avejentadas, escuálidas dentro de
sus amplias túnicas y vestimentas a cual más
extravagante, de miradas siempre perdidas en algún
lugar distante tras el horizonte inalcanzable del firmamento,
que visitaban un puesto tras otro sin mostrar cansancio
pero tampoco energía o el menor atisbo de interés,
sumidos de modo inalterable en cada una de sus acciones
y movimientos en un opresivo silencio, casi absoluto.
Cuidando de no tropezar con ningún ciudadano,
el viajero se dirigió al colosal edificio, cuya
fachada se presentaba recubierta de una especie de nauseabundo
limo reptante, y de la cual surgían pináculos
horizontales dispuestos en extraño orden. Mucho
antes de llegar hasta el umbral de aquella monstruosidad
arquitectónica, comenzó a distinguir los
toscos caracteres tipográficos que daban nombre
al edificio: AURIOFERLAV.
El corredor poseía una extensión
en apariencia ilimitada. Desde dentro, y merced a un
enigmático efecto visual, la estructura triplicaba
sus proporciones exteriores, dando la confusa impresión
de poder albergar en su seno varias ciudades como Arana,
cosa lógicamente imposible. Además, resultaba
innegable cierta analogía entre la avenida principal,
auténtico corazón de la vida civil, y
este pasillo por el cual paseaban los nativos su autómata
actitud. Cabe señalar que sólo se detenían
para entrar, por espacio de unos instantes, en cualquiera
de los numerosos cubículos cromados en acero
verde que se hallaban dispuestos simétricamente
a lo largo de todo el corredor. Empujado por la curiosidad,
se introdujo en uno de ellos eligiéndolo por
intuición.
“Siéntese, por favor”
-leyó en la pared al entrar.
En el mismo centro del claustrofóbico
cubículo flotaba un disco de aluminio. Se sentó
sobre él, y el mensaje de la pared cambió
instantáneamente.
“Indique la cuantía
temporal deseada” -invitó el nuevo
imperativo.
Ante sí apareció un panel
numérico con un pequeño cajón abierto
en su costado.
¿Cuantía temporal?
¿Qué significa eso? -se preguntó
ante el mensaje luminoso.
Tecleó una serie de dígitos
al azar sobre el panel. Y la pared se transmutó
de nuevo.
“70 Hors / 43 Mins / 35 Segs
-¿Es correcto?”
Pulsó un botón con la
afirmación impresa.
Entonces el interior del cubículo
implosionó en una esfera de intensísima
radiación blanca que pareció borrar el
universo entero. Antes de que pudiera adquirir consciencia
de lo que había ocurrido, la blancura se desvaneció
dejando intacto su entorno. El viajero se sintió
terriblemente agotado, como si hubiese recorrido cientos
de kilómetros sin detenerse bajo el sol de mediodía;
casi chocó de bruces contra la pared al intentar
ponerse en pie. Su tono muscular era el de un niño,
y su energía la de un anciano moribundo.
“Gracias. Hasta la próxima”
El cajetín del panel resonó
con un tintineo metálico. En su interior brillaba
un buen puñado de joyas cristalinas, de variado
color y tamaño. Las tomó entre sus manos
con delicadeza, como si no fuesen del todo reales y
el menor movimiento brusco pudiese hacerlas desaparecer.
Fue entonces, justo en ese preciso momento, cuando fue
impactado por una certeza: aquello que sostenía
era su tiempo vital hecho materia.
Desandar los pasos hasta el puesto
del comerciante no fue tarea fácil. Le costaba
respirar el aire, que parecía haber entrado en
combustión; cada paso suponía arrastrar
los pies penosamente y sentía el riesgo inminente
de la pérdida de consciencia planeando sobre
su cabeza. Los ciudadanos eran encapotados sombras difusas
que se movían a su alrededor, esquivándole;
fantasmas vivientes a cámara lenta. Tuvo que
esforzarse para llamar la atención del comerciante
y que éste escuchase la pregunta que contenía
su patético hilo de voz.
-¿Cuánto pides por el
colgante?
-¡Ah, extranjero; no sabes cómo
lo siento! -exclamó el vendedor puesto en jarras,
pero acabo de venderlo hace escasos minutos.
-Me aseguraste su reserva hasta que
volviese -le recordó contrariado.
-No creo que fuesen esas mis palabras,
buen viajero. Además, creo que su precio te hubiese
resultado prohibitivo. Pero no te preocupes, tienes
por aquí otros colgantes casi idénticos
al que me pediste, por un precio sensiblemente inferior.
El extranjero clavó su mirada
en el solícito vendedor, y señaló
uno de los colgantes al azar.
-¿Cuánto por ese? -preguntó
con deliberada frialdad.
-¡Oh, esa preciosidad! -te lo
dejo en 50 Hors y 12 Mins, sólo por ser tú
quien eres. Una ganga, amigo.
-Dámelo -ordenó, adelantándole
todas las joyas obtenidas en el Aurioferlav.
-¡Sabia elección. Bienaventurado!;
permíteme que sea yo quien te invista con esta
magna obra de orfebrería -pidió mientras
se lo colgaba del cuello-. No te arrepentirás,
te lo aseguro. ¡Espera!, me has entregado más
de lo debido -dijo, seleccionando algunas de las joyas
y devolviéndole el resto. El extranjero tomó
piezas, y se alejó sin pronunciar palabra.
Fue por pura casualidad, al echar la
vista atrás por encima del hombro, que observase
el momento en el que el vendedor engullía con
voracidad las joyas que acababa de entregarle en pago
por el valioso talismán que pendía de
su cuello.
Estaba decidido a marcharse de este
lugar siniestro al que sus pasos nómadas le habían
conducido, fatal casualidad o inextricable causalidad
-quién lo sabe-, cuando sus ojos captaron algo
diferente a las hileras de comerciantes de la avenida.
En la apartada esquina de una calle paralela, un anciano
completamente desnudo velaba una pequeña fuente
de la que manaba un líquido cristalino que bien
podía ser agua. Se acercó hasta ella bajo
los curiosos ojos del viejo y su sonrisa de dientes
podridos. Bebió hasta saciar su sed en aquel
chorro de agua refrescante.
-¿Cuánto te debo por
el agua, anciano?
El viejo tardó en contestarle,
con su voz profunda pero risueña:
-¿Por qué habría
de cobrarte por algo que es de todos?
Sorprendido, el extranjero observó
con mayor detenimiento al pronunciador de esas palabras
mientras volvía a guardar sus joyas. Había
algo diferente en el interior de aquella mirada, un
brillo distintivo, especial. Malicia, tal vez inteligencia,
o sabiduría...
-Tú no eres como el resto de
tus conciudadanos.
-¿Qué te hace pensar
eso, hombre de fuera?
-Para empezar... no llevas ropas mientras
los demás se ocultan bajo ellas, como si se avergonzasen
de sí mismos.
-Bueno, aún son jóvenes.
Yo aprendí ya a separar lo esencial de lo superfluo.
-Y sin embargo, ellos parecen más
viejos que tú.
-Pero no toda la culpa es suya. Son
víctimas de la circunstancia, y la circunstancia
es que en esta ciudad no hay nada obvio que hacer, salvo
lo que ya hacen. Y luego está el Aurioferlav...
El viejo entornó los ojos al
mirarlo impulsivamente tras mencionar su nombre, como
si su visión fuera a cegarle o, quizá,
para comprobar que todavía seguía allí,
bien clavado en el corazón de la tierra.
-¿Qué puedes contarme
acerca de ese edificio? Nada he visto similar a ese
engendro en mi largo peregrinar por el mundo.
-No mucho, nómada. Ya estaba
aquí cuando yo llegué, y juraría
que antes de que llegase la ciudad también. Tal
vez nació con el desierto y el sol. O que sea
un regalo de las estrellas.
-¿Qué quieres decir con
eso? Las estrellas no hacen regalos; hasta los hombres
están olvidando esa costumbre de reconocimiento
mutuo. Además, ¿Qué clase de regalo
busca la desgracia del halagado?
-Pareces ciego para haber viajado tanto
¿acaso no has caminado bajo el espectáculo
abismal de la danza de las estrellas? ¿Acaso
crees que toda esa inmensidad pudo crearse con una simple
finalidad estética? Si una estrella de luz puede
caer sin más testamento que su estela... ¿Qué
horrores no desechará la inconmensurable oscuridad
que las rodea?
El viajero meditó durante unos
instantes. Las palabras del viejo sugerían ideas
lunáticas, improbables; lo cual no impidió
que un desacostumbrado hormigueo de inquietud le recorriese
el cuerpo y los recovecos del alma por igual. Observó
con renovada curiosidad al anciano antes de responderle.
-Hay algo diferenciador en ti que no
alcanzo a percibir con claridad, marcado por radical
contraste en relación a quienes te acompañan
con su presencia aparente. Puede que mi búsqueda
haya concluido en este encuentro contigo, pero no estaré
seguro de ello hasta que el tiempo desgaste las máscaras.
¿Por qué no abandonas este lugar y me
acompañas de vuelta al templo donde esperan mi
regreso con esperanza?
-¿Y qué es eso que buscas
con tanto afán y que crees haber hallado en mí?
-preguntó el viejo, divertido.
-Humanidad.
La negra sonrisa volvió a dibujarse
en el rostro curtido por el sol. Y con un estremecimiento
involuntario de sus labios, ésta dio paso a una
ligera risotada primero, que devino en carcajada incontrolable
después, atronando los oídos del sorprendido
viajero, que no comprendía los motivos de esta
absurda reacción.
La carcajada fue en aumento, impulsada
por los espasmos convulsos del cuerpo marchito. El viajero
retrocedió, asustado. Y los ojos abiertos en
perfecta circunferencia entre arrugas de piel tostada,
implacables, reveladores, se clavaron en los suyos,
a pesar de que ya había comenzado a huir de ellos.
-¡Estás loco, muchacho!
¡Buscas lo que no existe, lo que nunca existió!
¡JA JA JA! ¡Te han engañado! ¡te
han engañado como a un crío! ¡JA
JA JA! ¡Tú si que estás solo y perdido
en el mundo, crío!
El viajero corrió, esquivando,
tropezando y chocándose con el bosque de fantasmales
túnicas vacías, sin dejar de mirar con
horror al viejo, que bailaba en círculos como
una marioneta. Y corría porque el miedo se había
desencadenado en su interior por causas originales,
desconocidas.
-¡Corre, pobre loco, corre!
No era la voz de la autoconservación
lo que instaba a sus pies.
-¡Corre y busca aunque jamás
encuentres! -oía en las palabras.
Un nuevo instinto acababa de entrar
en juego.
-¡Como un niño idiota!
-siguió oyendo en mitad del silencio y la quemadura
de aquellos ojos.
Un instinto despierto por un tono inaudito,
sobrenatural, en el que volaban las palabras del viejo.
-¡Nunca hubo humanos, idiota!
Y cuando el viajero consiguió,
al fin, alcanzar el desierto, librarse de la cuadrícula
tras espantada travesía de sufrimiento, cayó
entre lágrimas que apenas recordaba.
Hasta el silencio audible del desierto
llegaba, no las frases, palabras o sílabas que
articulaba el viejo en sus voces, sino únicamente
el tono que había sobrecogido al viajero.
El tono por el que el mismo universo
parecía haberse expresado.
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