| Dedicado a mi amigo
Italo Ahumada
Jim observó con alivio la entrada
de Highville al final del escarpado camino. Palmeó
cariñosamente el cuello de su buen caballo, agotado
tras horas de marcha bajo un sol que abrasaba el cielo.
Atrás dejaba el serpenteante ascenso hasta la
cumbre plana del monte Creek, donde Highville nació
como olvidado asentamiento de fugitivos patéticos
y desgraciados; y aún más atrás
quedaban los días de precaria supervivencia a
través del Valle de la Desolación. Pero,
al fin, lo había conseguido. Había llegado.
Y juraría que esta vez nadie
lo había seguido.
Atravesó el arco de madera
reseca que daba la bienvenida a Highville. Conocía
bien este lugar, porque el destino ya lo había
arrastrado hasta aquí en varias ocasiones, tanto
como hombre de ley -en su ya lejana juventud- como ahora,
proscrito en mil condados. Sus habitantes se autoabastecían
con sus cultivos y cabezas de ganado, además
de los productos de cuatro comerciantes locos que, muy
de vez en cuando, venían cargando mercancías
de turbia procedencia-. A su derecha, más allá
del borde del precipicio y perdiéndose en el
horizonte, la vista del Valle de la Desolación
le trajo recientes, dolorosos recuerdos. Los carroñeros,
famélicos, sobrevolaban aquella inmensidad tortuosa.
Tras las desgastadas montañas que bordeaban el
valle, el Torbellino Rojo elevaba su monstruosa presencia
hasta fundirse con el cielo de tierras distantes.
Los cascos de su caballo resonaron
por la calle principal del pueblo. Sólo el ulular
del viento abrasador lo acompañaba, levantando
olas de polvo fantasmagórico. Se cubrió
el rostro bajo el ala de su sombrero, avanzando casi
a ciegas. Jim no había visto un alma desde que
entrara, algo sumamente extraño incluso para
un pueblo pequeño y apartado como Highville.
A su izquierda reconoció la fachada del Saloon,
con sus puertas entornadas. Ningún sonido…ninguna
carcajada estruendosa, ni arrastrar de sillas, ni puñetazos
de rabia sobre las mesas de juego…ni siquiera
aquí. Entonces Jim comprendió que algo
extraño tenía que haber ocurrido. ¿Dónde
estaban todos? ¿Acaso habían abandonado
el pueblo? ¿Por qué? Todas estas preguntas
bullían en su cabeza cuando alzó la vista,
distinguiendo entre el polvo una figura oscura e inmóvil
al final de la calle.
El jinete de negro se fundía
con su montura. Parecía un centauro salido del
infierno. De su espalda asomaba la culata de un rifle.
Sin ver su rostro, Jim se sabía observado; puede
que durante largos minutos ya.
No sabía cómo, pero
le había vuelto a encontrar. Una vez más.
Jim detuvo su caballo con un suave
tirón de las riendas. El animal relinchó,
y sonó como un canto de la vida sobre este silencio
de polvo y desolación. Desmontó despacio,
observando al jinete sin pestañear, y caminó
por el centro de la calle. El tintineo de sus espuelas,
el rechinar de la tierra suelta bajo sus botas, el tacto
de su viejo colt 45… conformaban la triste melodía,
tan familiar, que desde siempre lo acompañaba.
Tantos años, tantos lugares… mezclados
-e indistinguibles ya- en la masa informe de su memoria.
Su perseguidor descabalgó,
apartándose de su caballo, que se erguía
imponente como una estatua de roca oscura. Avanzó
con paso firme. No había miedo, ni dudas…
sólo determinación en aquella forma de
andar. No era impostada; podría reconocerlo a
leguas de distancia. “Puede que éstos
sean mis últimos momentos -pensó
sin querer-. Higville será mi tumba”.
Y una sonrisa amarga se dibujó en su rostro.
El jinete de negro también
se detuvo en mitad de la calle. El sol flotaba en la
canícula, a su derecha; no sería una ventaja
para ninguno de los dos. Jim distinguió el fugaz
destello del metal de las pistolas gemelas en su cintura.
Sabía lo que estaba a punto de ocurrir, como
si futuro y pasado fuesen las notas repetidas de esta
triste melodía, que sonaba y sonaba…
Se observaban con fijeza. El tiempo
se había petrificado entre ambos. Las manos oscilaban
levemente junto a los muslos, los dedos electrificados…
Un segundo, en un segundo la eternidad engulliría
a uno de ellos para siempre, dejando un cadáver
descomponiéndose como único recuerdo,
pasto de los cuervos.
-Mi cabeza debe estar muy cara para
que me hayas seguido hasta aquí ¿eh, amigo?
-gritó Jim con la intención de desconcentrar
a su rival-. Pero el sarcasmo sonó ridículo
incluso a sus oídos. Y se volvió en su
contra.
Entonces ocurrió. Como un relámpago
que nace en el seno de la tormenta, Jim captó
un movimiento fugaz que desencadenó automáticamente
lo inevitable. El tiempo volvió a distorsionarse
mientras la mente se ausentaba para dejar su lugar al
instinto, a los reflejos aguzados por la experiencia
de años luchando contra la muerte.
Sus manos volaron vertiginosas. Un
estampido ensordecedor rompió el silencio, seguido
por otro igualmente bronco que pareció responderle
con idéntica violencia. Jim vio el humo blanco,
olió la pólvora quemada, escuchó
un zumbido gris sobre el eco retumbante en sus oídos,
un crujido sordo… sintió algo en su cabeza…
La calle pareció contraerse
sobre sí, como un túnel abierto por arriba,
y escuchó una nueva explosión, expandiéndose
a su través. Una onda que anunciaba muerte.
La realidad se tornó confusa.
Durante un instante, el tiempo se detuvo. Jim vio al
jinete de negro retorcerse, justo antes de caer desplomado
de espaldas.
Los límites y contornos de
la calle volvieron a asentarse en la realidad cotidiana.
Su sombrero, atravesado por la bala, había volado
unos metros. Con la mano aún temblorosa, se acercó
hasta su rival inerte. No pudo evitar que un estremecimiento
le recorriera el cuerpo al contemplar la cara de su
enemigo, quien había estado a punto de poner
fin a sus días.
Era una calavera amarillenta, que
parecía burlarse de Jim con su sonrisa desdentada.
Le faltaba un trozo de cráneo, allí donde
el disparo había impactado.
Con un gesto nervioso y ayudando al
percutor con su mano izquierda, Jim descargó
su colt en una estruendosa ráfaga sobre el cuerpo
muerto, hasta que el tambor giró vacío.
Al fin, su último encuentro.
Jim cabalgó de nuevo. Sabía
que le exigía a su fiel montura un esfuerzo extraordinario;
pero ya habría tiempo para descansar, lejos del
pueblo maldito de Highville, donde no volvería
jamás…
Transcurrieron horas desde la partida
de Jim, y la noche pronto engulliría estas calles
desiertas de vida. El jinete de negro comenzó
a ponerse en pie despacio, sacudiéndose el polvo
que casi le había cubierto por completo. El hueso
destruido por los disparos seguía regenerándose
sin pausa, segundo a segundo; pronto su rostro cadavérico
estaría intacto otra vez. Se ajustó bien
el sombrero, casi hasta las cuencas, y se dirigió
hacia su caballo, que apenas se había apartado
de su lado mientras yacía en una quietud absoluta.
Si alguien hubiese estado allí
mirando, habría visto la negra silueta de centauro
recortándose contra las llamas apagadas del crepúsculo,
avanzando lentamente por la calle. A pesar del viento
y las horas, las huellas de la precipitada huida de
Jim aún eran visibles; no importaba la distancia
que hubiera podido recorrer…constituían
una guía infalible.
Le concedería la absurda ventaja
del tiempo.
Después de todo, pronto sería
también un jinete de las sombras.
Y excelente, por cierto.
publicado en mayo
de 2008
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