| Todo lo trascendente
en la vida tiene su origen en hechos triviales. Es difícil,
a veces imposible, recordar el inicio, la causa primera
de los fenómenos que nos marcan el alma para
siempre, esos cuatro o cinco que señalaríamos
al final de la existencia como los “de verdad
importantes”. En mi caso, sin embargo, recuerdo
perfectamente cómo descubrí el inicio
de mi herida. Estaba a punto de entrar en la ducha cuando,
por puro azar, observé en el espejo el pequeño
rasguño -no más amplio que una uña-
que había aparecido en mi pecho, justo encima
del corazón. Le presté un fugaz segundo
de atención porque no recordaba cómo me
lo había hecho y por su perfecta disposición
vertical. Después lo olvidé por completo.
Hasta que días después
una sensación molesta, que no llegaba a picor,
me recordó de nuevo su presencia. De vez en cuando
me sorprendía a mí mismo frotándome
por encima de la camisa, en un acto reflejo similar
al que provocan las patas de un insecto sobre la piel.
Y cuando me puse de nuevo frente al espejo, no puedo
ocultar que me quedé estupefacto ante lo que
vi: el rasguño se había extendido hasta
alcanzar la longitud de un dedo índice, y la
piel aparecía enrojecida a su alrededor. Desinfecté
la zona a conciencia, más sorprendido que preocupado,
pues no dejaba de darle vueltas a una pregunta para
la que no tenía respuesta ¿Cómo
podía haberse alargado de esa forma sin que yo
me diese cuenta?
Lo cierto es que en aquel periodo de
mi vida tenía mucho trabajo, siempre con docenas
de pequeñas -y no tan pequeñas- tareas
pendientes de toda índole, por eso, y porque
soy poco dado a las hipocondrías, creo que este
extraño suceso quedó enterrado en un segundo
plano por la acelerada rutina de los días cargados
de responsabilidades, días que parecen misérrimos
manojos de horas conseguidos en la beneficencia en lugar
de días auténticos.
La preocupación llegó
por sorpresa en la oficina, al bajar un archivador de
una estantería. Un perfecto círculo de
sangre, pequeño pero evidente, crecía
en la pechera de mi camisa. Corrí hasta los servicios;
impulsado por la angustia, y desabroché los botones
con ansiedad. Involuntariamente di un paso atrás.
El rasguño era ahora un crudo surco en la carne,
de horrendo tono purpúreo. En su parte media,
unas gotas de sangre manaban lentamente, deslizándose
por el surco hacia abajo. Me lavé como pude y
volví a mi puesto, con la cabeza como una centrifugadora
descarrilada. Quedaba poco tiempo para salir. Nadie
me hizo el menor comentario sobre mi camisa mojada de
sangre y agua.
Al llegar a casa tuve que afrontar,
de nuevo, pero esta vez desde un prisma inédito,
penoso y absurdo, mi relación con María.
Estábamos atravesando uno de nuestros periodos
de distanciamiento; apenas habíamos hablado en
las últimas semanas… el número de
discrepancias, encontronazos, circunstancias y otros
factores que conformaban el nudo de nuestra crisis se
había enrevesado y solidificado tanto que no
había por dónde cogerlo… y en esto
llegaba yo con una camisa manchada de sangre por una
herida que no tenía causa y que no dejaba de
crecer…
-Mira cómo me he puesto la camisa
-me atreví a decirle.
-Yo la veo bien -dijo tras un rápido
vistazo.
Volvíamos a las trincheras.
Otro día más.
-¿Y esto también lo ves
bien? ¿eh? -chillé- lo sé -mostrándole
el sangrante tajo púrpura.
-¡Oye oye, a mí tú
no me gritas así! ¿vale? -reaccionó
como una furia. Si has tenido un mal día en la
oficina lo pagas con otra ¿te enteras? Dios…
¡Eres insoportable! -Y con un portazo se fue.
Supongo que a su trabajo.
Y yo me quedé ahí de
pie, solo, como un patético cristo mirándose
una línea de sangre que rodaba desde el esternón
hasta el ombligo.
Volví a lavar y sanear la herida.
Y esta vez, al observarla más de cerca a la luz
blanca, no pude evitar un violento escalofrío.
Era una herida nauseabunda, salvaje, que no se parecía
a nada que yo hubiese visto nunca con anterioridad,
como si la carne se hubiese abierto hacia afuera. No
cortada, ni quemada… abierta, sin más.
Y en todo este tiempo no había dejado de sangrar;
de hecho, brotaba en mayor cantidad. Para mayor extrañeza,
no me sentía en absoluto débil o mareado,
que habría sido lo normal ante esta pérdida
constante e imparable. En pocos minutos convertí
la blancura del lavabo, los azulejos… en una siniestra
carnicería, en la escena de un crimen repugnante.
Entonces mi cuerpo se activó con mil alarmas.
Presioné la herida con tantas vendas como pude
y salí de allí corriendo, invadido por
el pánico, calculando mentalmente cuánto
tiempo se tardaría en llegar al ambulatorio e
intentando adivinar la cantidad de sangre que un hombre
puede perder antes de caer muerto.
Tal vez no fue una buena idea la de
echarme a correr. El corazón comenzó a
bombear con fuerza y la sangre se disparó como
un cañón del infierno hacia el exterior.
Las vendas pasaron en segundos a ser un amasijo sanguinolento
que chorreaba al compás de mi carrera desesperada.
-¡Socorro! ¡Ayúdenme,
por favor! -gritaba, tan alto como podía -¡Me
estoy desangrando, por Dios!
Pero la gente, en lugar de acercarse
a prestar auxilio a un hombre en riesgo de muerte…
¡Se apartaban! ¡Se apartaban de mí!
¿Es posible? ¿Qué temían
de un hombre escuálido como yo?... ¿Cómo
se supone que debe pedir ayuda un hombre que se muere
sin sobresaltar a nadie? Mientras corría se me
saltaban las lágrimas de puro miedo, impotencia…
La sangre manaba ahora libre y sin freno, como un río
innatural, pues nadie en la tierra albergó jamás
semejante cantidad de sangre en su cuerpo; y todo el
mundo se había parado a mirarme… ¡a
mí! ¡Pero no al caudal aterrador que iba
vertiendo por toda la calle abajo, manchando todo a
mi paso como un horror imposible escapado del inframundo!
¡Me miraban sólo a mí, como si fuese
un pobre loco! Nunca antes había percibido tan
claramente la profunda soledad en la que nos encontramos.
Me detuve a recobrar el aliento, exhausto,
justo a las puertas del ambulatorio, con las manos sobre
las rodillas mientras de mi pecho seguía manando
un caudal de sangre inagotable. Jadeando, entré
en el edificio, ya sin fuerzas:
-Un médico, por favor -me oí
decir.
Esta vez sí me atendieron con
urgencia, conduciéndome sin perder tiempo hasta
una sala interior. Creo que fue por mi aspecto de absoluta
desesperación, por entrar con el pecho descubierto
y mi paso tambaleante, pero no por la abominación
de mi herida a la que nadie hizo mención ni gesto
para impedir de alguna forma mi desangramiento masivo.
Sólo las vendas empapadas que seguía apretando
con fuerza se interponían entre la sangre y el
exterior.
Tras sentarnos, el doctor se dirigió
a mí.
-Dígame ¿Qué le
ocurre?
Todos habían perdido la cabeza.
O la estaba perdiendo yo.
¿Usted tampoco ve el río
de sangre que me brota de la herida? -las paredes me
daban vueltas- ¿Es que no ve cómo le estoy
poniendo todo? ¿O es que me están tomando
el pelo? ¡HAGA ALGO! -ya no podía más.
Durante larguísimos segundos,
el doctor me escrutó con ojos serios, analíticos.
Eran los ojos que ya habían observado a miles
de pacientes, a lo largo de años y años.
Después, me dijo estas palabras
con rotunda determinación:
-Usted no tiene ninguna herida en el
pecho.
-¡QUÉ! -No podía
creer la ofensa que estaba oyendo. Así que cogí
la bola de vendas y la estampé con todas mis
fuerzas contra la pared. Hizo un tremendo ruido de impacto
húmedo que salpicó toda la sala y a nosotros,
sobre todo a él. Mis manos ocuparon el lugar
de las vendas, pero la sangre seguía escapándose
entre los dedos.
El buen doctor no se esperaba aquello.
Creo que, gracias a su profesionalidad tardó
poco en recuperarse de la impresión.
Con voz pausada, tranquilizadora, me
hizo una oferta:
-Si usted me lo permite, le daré
la prueba irrefutable de que no tiene ninguna herida
y de que, por descontado, ni yo ni nadie estamos aquí
para divertirnos a su costa. Si tras esta prueba usted
sigue pensando igual, yo tendré que reconocer
esa enorme herida que no deja de sangrar y que, por
lo tanto, debía haberlo matado ya hace horas.
-De acuerdo, doctor -tenía la
sensación de que esto era una vuelta de tuerca
más en esta confabulación, de este experimento,
esta broma inhumana; pero decidí seguirle el
juego. Tal vez así consiguiera algo de ayuda-.
¿Cuál es esa prueba?
El doctor abrió las dos puertas
de un pequeño armario para guardar instrumental
que tenía tras de sí. En su cara interior,
cada una de las puertas estaba revestida por una lámina
de espejo.
Mi propia imagen me impactó
de lleno. Estaba demacrado, mostraba un aspecto horrible.
Veía mis manos la una sobre la otra haciendo
presión, los huesos de las costillas marcándose
en la piel.
Pero no había ninguna herida.
Ni una sola gota de sangre por ninguna parte.
Y mientras contemplaba atónito
aquel reflejo, seguía sintiendo el fluir de la
sangre entre los dedos. Sangre que no aparecía
en el espejo.
-¿Me cree ahora? -preguntó
el doctor con una débil sonrisa.
Estaba estupefacto.
-No se ve… nada -musité.
-Claro, hombre. Tranquilícese,
su vida no corre peligro.
Porque la evidencia irrefutable que
mostraba la imagen en el espejo se contradecía
con las sensaciones que me transmitían mis manos,
antebrazos, y el resto de la piel que era bañada
por la sangre que seguía manando.
Y al echar la vista abajo… ¡La
sangre seguía ahí, tan roja como siempre!
Miré alternativamente a mi cuerpo y al espejo,
mis brazos y el espejo, mis pantalones apelmazados y
el espejo… innumerables veces… y el resultado
persistía. Percibía dos realidades contradictorias
al mismo tiempo.
-¿Co… cómo es posible
doctor? -balbuceé, confuso-. ¿Qué
me está ocurriendo?
-No se preocupe. Dígame, ¿Cómo
se ve en el espejo?
-Limpio de sangre.
-Bien, eso es lo importante. Yo también
lo veo así.
-… Pero sigo sangrando, doctor.
Es lo que siento, es lo que estoy viendo ahora mismo,
en cuando dejo de observar el espejo. Todo sigue manchado
de sangre…
-¿Puedo preguntarle si ha consumido
drogas?
-No, ni siquiera fumo. Ni bebo.
-¿Considera que está
viviendo un periodo de su vida especialmente estresante?
-Sí, eso sí. Me temo
que así es.
El charco bajo mi silla se extendía
con lentitud inexorable.
-Uhm…comprendo.
-¿Cómo es posible ver
y sentir lo que no existe de forma constante? -mi voz
temblaba. Estaba muerto de miedo.
-Verá, el cerebro tampoco es
un órgano infalible. A veces se equivoca. Nuestra
mente puede sufrir un amplio abanico de trastornos de
diversa gravedad y posibilidades de tratamiento. Comprendo
que esta alucinación que lo aqueja es -además
de particularmente elaborada- angustiante en extremo;
pero no debe preocuparse, hay docenas de casos con peor
pronóstico que el suyo. Usted sabe que esa hemorragia
de ser… um, real, sería mortal de necesidad
¿verdad?
-Eh… claro.
-Y usted mismo comprueba en el espejo
que se trata de un error subjetivo en la percepción
de su cuerpo ¿No es así?
-Aún me cuesta creerlo…
pero sí.
-Por eso le digo que no debe preocuparse
en exceso. La elaboración podría haber
sido aún mayor y seguir viendo la herida también
en la imagen del espejo.
-¿Cree entonces que algún
día dejaré de ver todo… esto? -me
volví a mirar, asqueado.
-Eso es seguro. Pero ahora debe darse
su tiempo, tener paciencia, por desagradable y nítida
que sea su percepción. Tendrá que acostumbrarse
y restarle importancia hasta que un día desaparezca.
Esto es más normal de lo que la gente cree; se
trata de una reacción psicosomática provocada
por estrés y puede adoptar muchas formas: ceguera,
parálisis, tartamudeos… en su caso se ha
manifestado así, pero podría haber sido
de cualquier otra manera. El estrés puede llegar
a ser terriblemente dañino.
-Es increíble… -susurré,
mientras el suelo se alfombraba de rojo.
-Bien, pues ahora le pasaré
con un compañero mío -me anunció
levantándose de su sillón-, el doctor
Alberto, aquí al lado. Es muy bueno en su trabajo,
y no lo digo porque sea un amigo -sonrió con
jovialidad-. Siga usted todas las indicaciones que le
de al pie de la letra y ya verá cómo pronto
todo esto queda en un mal recuerdo.
-Gra… gracias, doctor -le tendí
la mano con aprensión, sabiendo que le ponía
en el compromiso de ensuciarse bien con el apretón,
tal y como de hecho ocurrió. Auque a él
pareció no importarle.
-Venga, le acompaño… -sus
pasos chapotearon en el suelo.
-Disculpe, doctor… ¿No
podría prestarme una bata o… algo para
cubrirme?
Me sentía indefenso y…
estúpido. Prometo que mañana se la traeré.
Impoluta, por supuesto.
-Claro, hombre. Y así de paso
me cuenta qué tal le ha ido.
-Gracias… gracias por todo.
Me condujo hasta la sala de su amigo.
Entró para hablar unos minutos en privado con
él y después me hizo pasar.
-Cuídese… y descanse -se
despidió al pasar a mi lado con una palmada en
el hombro.
Dejando su huella de sangre en la reluciente
bata que me había prestado.
Pasaron muchos meses -y muchas cosas-
desde aquel día aciago que nunca debió
existir. Meses de terapia, de fármacos, de cambios
vitales -me divorcié de María, me despidieron
del trabajo- y tratamientos de lo más variado.
Les aseguro que pocas veces en mi vida he puesto tanto
empeño e implicación en una labor -sanarme-.
Sin embargo, el doctor se equivocaba. La herida no ha
dejado de sangrar ni un solo minuto, ni uno solo, desde
aquel día en que se abrió. En todo este
tiempo, qué duda cabe, he crecido mucho como
persona. En esto sí que puedo decir que mis terapeutas
me han ayudado profundamente, ya que no en devolverme
a mi estado de conciencia anterior. Puedes llegar a
acostumbrarte a ensangrentar todo a tu alrededor si
los que te rodean actúan sin prestarle atención.
Dicen que a toda persona, en algún momento de
su vida, le toca sufrir su “herida crucial”,
irrestañable, que transforma todo lo que llega
después. Dicen que la cuchilla que la abre suele
ser un hecho nimio, un pensamiento inconsciente, el
residuo de un sueño, un gesto de alguien…
y que, desde entonces, dejamos de ser quien estábamos
destinados a ser. Esta herida es interna -aunque puede
que yo sea la extraña excepción a esta
regla inexistente- y es el propio cuerpo quien se encarga
de que permanezcamos ignorantes a la hemorragia de esa
herida, fagocitando la sangre oscura de nuestra identidad
originaria que convive moribunda junto a nosotros, hasta
que expiramos. Un lamento eterno y sin consuelo. Sólo
cuando el cuerpo falla, o la sangre es mucha, llega
hasta nuestra consciencia en forma de tristeza sin causa
aparente.
Y creo en esa hipótesis con
firmeza, no por su sentido poético, ni por afinidad
con mis creencias, sino por una experiencia trascendente
que me fue concedida. Una especie de visión que
jamás volvió a repetirse, como la única
oportunidad que se me otorgó para contemplar
la realidad más allá de mis sentidos,
y que fue así:
Estaba en mis primeros meses de tratamiento.
Fue durante una tarde del mes de Junio. Caminaba por
la calle enseñando de nuevo a mi mente a pensar
y dirigir la atención hacia ideas y hechos distintos
a mi perpetuo y constante derramamiento de sangre. Como
si un velo que yo consideraba transparente hubiese caído
de mis ojos, ante mí se descubrió un mundo
superpuesto al que conocía y habitaba; al igual
que mi herida siempre había estado ahí
aunque no la percibiese. Me quedé paralizado
ante la inmensa revelación. En un segundo mis
fosas nasales se saturaron con una intensa vaharada
de hedor a plasma sanguíneo, como… cobre
quemado. Las ventanas de los edificios lloraban un fino
manto de líquido rojo, fluctuante a la luz del
sol. De sus balcones, cornisas, tejados… de todos
a la vez, como en los días de tormenta, chorreaba
la sangre con estrépito, convirtiendo las calles
en ríos espesos, pestilentes. Y salvo los niños
más pequeños, todas las personas a las
que alcanzaba mi vista sangraban profusamente. Algunas,
como en mi caso, desde una herida en el pecho, otras
desde la mitad de la frente, bañándose
de la cabeza a los pies en siniestra ablución.
Las parejas caminaban fundidas en un abrazo coagulado,
las madres empujaban los cochecitos de sus hijos como
mártires recién lapidadas. Los autobuses
circulaban como depósitos rodantes de sangre,
cuyo nivel máximo se apreciaba en los cristales;
y al llegar a una parada, se liberaba de sus pasajeros
en una suerte de menstruación aberrante. Los
coches salpicaban a los transeúntes sin que ninguno
se quejase. Las alcantarillas vomitaban el exceso inasumible.
Vi un avión cruzar el cielo con sus dos estelas
blancas… y una fina nube rojiza pegada al fuselaje.
La imaginación no puede construir por sí
misma la oscura grandiosidad de lo que contemplé…
en verdad, es imposible. Y allí, en mitad de
aquella escena infernal e inconcebible en otro tiempo,
yo me sentí -por primera vez desde que la pesadilla
comenzó- …acompañado; hasta entonces
sabía que era un miembro de la sociedad, pero
no fue hasta este preciso momento cuando me sentí,
irrevocablemente, dentro de la misma. Tras esa imagen,
el velo retornó a mis ojos. No volví a
ver nunca a mi ciudad sangrar.
El doctor se equivocó conmigo
-sí, a veces hasta los buenos médicos
se equivocan-. Mi herida no desapareció con el
tiempo, ni mi sangre dejó de verterse sin cesar.
Y mi visión no es un trastorno de la percepción
o los sentidos, en absoluto, sino un don… un don
único y desconocido otorgado por la naturaleza.
Aún ignoro su propósito final, el mensaje
último que contiene, pero doy gracias por él
cada día, por haberme permitido contemplar lo
que el resto de la humanidad, por sí misma, jamás
podrá llegar a ver:
Que el mundo flota en sangre.
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