| Despierto cabeza abajo.
No…no puedo mover los brazos… ni las piernas…
nada en mi cuerpo. ¡Cielo santo! Soy un ovillo
de… una masa de… algo correoso, de cuello
para abajo. ¿Qué me han hecho? Oh Dios…
sólo espero que mi cuerpo siga ahí dentro,
aunque no lo sienta. ¿Y qué lugar es este?
Colgamos de un techo que no alcanzo a ver. A mi izquierda,
a mi derecha, también enfrente y por encima,
por debajo de mí… miles de nosotros…
a lo largo de todo ese pasillo infinito. Y todos parecen
dormidos, profundamente dormidos o… tal vez muertos.
¿Qué pesadilla es esta? ¿Por qué
he tenido yo que despertar? Consigo bambolearme un poco
para chocar con la masa de mis vecinos. La tira de carne
de la que cuelgo vibra, parece un cordón umbilical,
largo y repugnante. Un hombre mayor que yo está
a mi izquierda, una chica joven a mi derecha, pero ninguno
despierta cuando les toco, ni hacen el menor gesto,
puede que ni siquiera respiren…
¡Silencio! Escucho pasos, un
repiqueteo de pasos que se acercan. Debe ser un grupo
numeroso para sonar así. Llegan por la izquierda,
cada vez más fuerte, pronto podré verlos.
Parece que vienen hablando entre ellos. Su lengua es
una cruda mezcla de chillidos agudos y bramidos guturales;
es desagradable y brutal. La sangre me pulsa por toda
la cabeza, estoy muerto de miedo. Espero que este maldito
movimiento de péndulo haya parado cuando lleguen;
me voy a delatar… se van a fijar en mí…
Respiro hondo, pongo cara de muerto y cierro los ojos,
dejando una ligerísima ranura entre los párpados.
Estoy a buena altura, así que espero que no lo
detecten, porque tengo que verlos. Tengo que ver quién
nos ha hecho esto, qué hacemos aquí.
Al fin llegan, los vislumbro entre
mis pestañas; y mi mente no comprende lo que
ve. No… no existen seres así, no…
deberían existir; y si los viese al derecho,
creo que sería aún peor. Siento el corazón
explotar, la cara enrojecida como una bomba de sangre,
y me muerdo la lengua para no gritar. Dios… cuántas
patas tienen… vienen tanteando, a un lado y al
otro, se detienen —observan si es que son ojos
esas cosas negras sobre los segmentos—, prosiguen,
mientras sus voces me golpean, salvajes, directamente
en el interior del cerebro. El movimiento se transmite
como olas en el mar y giramos, nos retorcemos…
como una gigantesca tienda de relojes, indignos, como
reses en el matadero.
Se detienen, a unos metros ahí
abajo, a mi derecha. Me estremezco de pura repulsión,
sin poder evitarlo. Tocan con sus patas, discuten —eso
es lo que parece— con esa voz aterradora. Vuelven
a tantear… mientras entrechocamos unos con otros.
Rezo con todas mis fuerzas una oración silenciosa…
ruego que Dios me oiga, que se marchen cuanto antes.
Pero no se van. En lugar de eso, uno de ellos activa
algo que parece una lanza de luz en sus patas de insecto.
Y con un arco fugaz que se impregna en mis retinas,
secciona el cordón de un durmiente, que golpea
el suelo con un impacto húmedo, seguido de un
chorro de líquido amarillento, pastoso, que escupe
el cordón, ensuciando el pasillo metálico.
El hombre empieza a gritar, no sé si por el dolor,
por el terror que le causa lo que le rodea o, más
probable, la combinación de ambos. Lo levantan
entre todos del suelo y comienzan a marchar con él
hacia la derecha. Grita y grita, sigue gritando sin
poder parar; está completamente aterrorizado,
pues intuye hacia dónde apunta su destino. Se
alejan, pero sus gritos siguen resonando en esta inmensidad,
sin más respuesta que su propio eco, sin que
nadie pueda hacer nada por él. El alivio de sentirme
a salvo temporalmente se ha tornado angustia: su desesperación
se me ha clavado hondo, y aún me parece estar
escuchándolo, solo y perdido, como me encuentro
yo ahora. ¿Es esto lo que, tarde o temprano,
nos aguarda a todos?
La iluminación se ha hecho
más tenue. Y me pregunto dónde estaremos.
¿Un subterráneo? ¿Una nave especial?
¿Una despensa? No soporto más este silencio,
esta espera; forcejeo con todas mis fuerzas, en vano:
estoy fundido en este bloque. La sangre me fluye rabiosa,
tengo que gritar, al menos eso sí puedo hacerlo:
«¡Eeeehh! ¿Alguien me oye? ¡¡Por
favor, contestad!!» Por un segundo, mi esperanza
se ilumina, creo escuchar algo a lo lejos. Pero no tardo
en comprender que es mi propia voz, en su viaje de vuelta…
Siento la sangre acumulándose
en mi cabeza, las lágrimas goteando hacia abajo,
pura impotencia y miedo. Grito hasta que mi garganta
parece quebrarse, ya no me importa nada; puede que así
consiga despertar de esta pesadilla… pero no puedo
engañarme: ya estoy despierto…
Estoy despierto… ¡Maldita
sea! ¿Cómo es posible? ¡Estoy despierto!
¡¡YA ESTOY DESPIERTO!!
Y vuelvo a escuchar voces por el pasillo.
publicado en diciembre
de 2008
|