| Desperté. Era
de noche. Estaba tendido sobre la hierba, en la pendiente
del valle. La luna brillaba con fulgor verde en la oscuridad.
Las estrellas eran ojos que, extrañamente, se
desplazaban en líneas rectas, parpadeando. Me
incorporé, y el olor a podredumbre arrastrado
por el viento me golpeó en el rostro. Bajé
la vista hacia la hondonada: cientos, puede que miles
de cabezas empaladas en estacas, que surgían
del suelo como colmillos de madera, se extendían
hasta donde la vista alcanzaba. Y en el centro del valle,
solitaria, se erigía una casa de planta estrecha.
Su tejado a dos aguas estaba a gran altura, una altura
casi imposible, según me pareció. Y en
la planta de arriba, una de sus ventanas estaba iluminada
con luz amarillenta. Tras los cristales, se distinguía
una gruesa sombra que no supe identificar con nada en
concreto, pero me sentí observado desde allí
arriba.
Una inmensa nube de moscas, como las
olas de un mar negro, se agitaba entre las cabezas con
un zumbido repugnante. Sentí un impulso ciego,
inexplicable, que me conminaba a llegar hasta la casa,
aunque esto supusiese internarme en tan nauseabundo
lugar.
Mis pies avanzaron hacia la casa.
Me cubrí nariz y boca con una
mano, intentando que las moscas y el hedor no me asfixiasen.
Sorteaba las cabezas, procurando no fijar mi vista en
ellas, pero fue imposible evitarlo. Algunas me miraban
con sus ojos lechosos, mostrándome sus dientes,
su carne en jirones colgantes; otras exhibían
sus negras cuencas, de las que entraban y salían
incesantemente las moscas. A mi paso escuchaba lamentos
casi inaudibles, quejidos ahogados, frases sin sentido.
El espanto de verme rodeado me dominó por completo,
pero no me detuve. Una de ellas, que parecía
de mujer por su pelo, gorjeó algo que sí
comprendí:
-¿Dónde está
mi cuerpo? -me estremecí, haciendo mía
su pregunta.
-Ya vuelves… -dijo otra, con
una sonrisa de dolor.
Avancé, intentando no rozar
siquiera ninguna al pasar. Las moscas zumbaban rabiosas;
chocaban contra mi cara como una furiosa, repulsiva
marea. Y al igual que ellas, el olor a descomposición
iba y venía, intensificándose por momentos
en los que contuve a duras penas las arcadas; todo por
no detenerme ni un segundo en la blasfemia que suponía
este campo de pesadilla.
Al fin, conseguí alcanzar el
umbral de la casa. A sus pies -y digo a sus pies porque
sentí estar más ante la presencia de un
ser vivo que de un edificio- miré hacia arriba.
Y desde aquí ya no me parecía una casa,
sino una torre infinita que se alzaba hacia los ojos
del cielo nocturno. La luna verde, gigantesca, había
engordado como un globo enfermo e innatural. La luz
de la ventana, pude ver, seguía encendida.
El intenso sentimiento de angustia
indeterminada que me acompañaba desde que desperté
se agudizó, aún más. Era la percepción
de que un terror incomprensible, desconocido para la
mente me acechaba sin descanso y que estaba a punto
de aparecer. Una alerta de mi cuerpo a la que no había
forma de responder o acallar. El instinto me condujo
hacia la entrada de la casa, pero cada uno de mis pasos
flotaba como en un sueño, en una creciente atmósfera
de irrealidad sin sentido ni lógica interna.
La puerta de la casa era una tapa
de ataúd.
Y si esto era una visión admonitoria
de mi destino, un aviso para no internarme entre esas
paredes… mi temor era aún mayor solo de
pensar que habría de quedarme aquí fuera,
a disposición de esa amenaza invisible que -estaba
seguro- pronto me daría caza si no hacía
algo por evitarlo. A mis espaldas dejaba el rumor del
campo de cabezas, y me dispuse a tirar del asa cubierta
de herrumbre que servía de picaporte, pero mi
mano temblaba, cada vez más, según me
acercaba. Al abrirse hacia dentro, observé que
la puerta estaba cubierta de diminutas palabras cinceladas,
en un idioma desconocido para mí.
Sentí que entraba en la boca
de un enorme animal; una corriente de aire templado
e impuro me recibió, como una exhalación
en la cara, y me pareció que volvía a
respirar por primera vez en siglos. Como siglos llevaba
acumulándose el moho, la suciedad y el polvo
en este recibidor de paredes verdosas, que pulsaban
levemente, como si algo hubiese quedado atrapado en
ellas. Un estrecho pasillo se internaba en la oscuridad
y, a mi izquierda, una escalera de altos escalones de
piedra conducía al piso de arriba. Eso es todo
lo que iluminaba la titilante llama del candil incrustado
en la pared a mi derecha.
El miedo y la sensación irreal
de estar viviendo una pesadilla colapsaban mi mente;
pero mis sentidos eran los de la vigilia, ajustados
y precisos, obedientes a mi voluntad y firmes en la
definición de todo cuanto me rodeaba. La voz
de la intuición me sugería que tal vez
encontrase una salida en el piso de arriba, donde vi
la habitación iluminada. Así que comencé
a subir por los escalones, cuando distinguí una
forma en la pared, bajo la luz del candil.
-Cielo santo… -susurré.
Medio enterrado bajo la inmundicia
que cubría la pared estaba el cuerpo de Daniel
y, a su lado, un poco más abajo, la cara de Alberto.
Dos amigos de la infancia que hacía décadas
que no veía. Estaban tal y como los recordaba,
aunque sus expresiones eran extrañas. Alberto
clavó sobre mí su mirada, durante unos
segundos que fueron como esos años que habían
pasado, antes de bajarla hacia el suelo. Creo que dejó
un mensaje plantado en mi cerebro, que no supe interpretar
en ese justo momento.
Seguí subiendo los escalones
de piedra podrida.
Y según subía, trabajosamente,
y a pesar del deseo irracional de llegar arriba y mis
esfuerzos, sentí que apenas avanzaba. La débil
luz del recibidor aún iluminaba el trecho que
pisaba, aunque pronto la dejé atrás, sumergiéndome
en la oscuridad total. Tanteaba con cuidado el siguiente
escalón antes de apoyar el pie, con una mano
siempre en el muro, y de vez en cuando, echaba la vista
atrás para tener al menos la referencia de la
luz, que era ya como una moneda en el fondo de un pozo.
¿Cómo podía ser tan alta, tan innaturalmente
alta esta casa?
Con prudencia, avanzaba por esta absurda
escalera infinita. De repente, vi algo por delante de
mí, en los escalones que pronto habría
de alcanzar. Era una luz y, sobre ella, se recortaba
una silueta humana, que comenzó a bajar -al igual
que yo, apoyándose en la pared-. Me quedé
parado, a medida que la luz que acompañaba a
esta figura -que se me hizo de mujer- iluminaba los
escalones, acercándose a mí. Sus pasos
eran inseguros y extraños, como a saltos, y pronto
descubrí por qué. Quedé boquiabierto
al reconocer sus rasgos, al estar ya casi a mi lado:
era mi abuela -la única que conocí- y
en sus ojos había un reproche amargo, desgastado
por el tiempo; pero lo que me horrorizó fue comprobar
que no tenía manos, como si hubiesen sido cortadas,
al igual que sus pies, por lo que bajaba sobre sus muñones
planos, diría que aún sangrantes.
Y no se detuvo ni por un segundo,
mientras me atravesaba con su mirada. Pegué mi
espalda contra la pared, sobrecogido.
-¿Por qué ya nunca
vienes a verme? Eso es porque no me quieres.
-Ab… abuela, es que yo no pu…
-intenté explicarme.
-No… no… ya no me
quieres… -dijo para sí misma, y en
su voz había dolor, inmensa tristeza y amargura.
El corazón se me encogió
de pena, mientras la observaba en su descenso, bajando
a trompicones, acompañada por su luz. En ese
instante supe que no la volvería a ver jamás.
Trastornado, emprendí mi marcha, sintiendo como
si la oscuridad de la escalera fuese una cascada etérea
de aguas negras, que inundó todo mi ser, mi razón,
mis sentidos… Ignoro durante cuánto tiempo
seguí subiendo, con la mente perdida en un torbellino
de confusión, donde el presente y el pasado se
alternaban por segundos, y los recuerdos de infancia
se hilvanaban con los sueños de una noche ancestral,
fragmentos de memoria y pesadillas, imágenes
de momentos dolorosos que creía olvidados…
en un caótico telar de angustia que me envolvía…
El telar se difuminó levemente,
dejándome comprobar que había llegado
a lo alto de la escalera. Me encontraba en mitad de
una sucia sala en penumbras. El techo, pude vislumbrar,
estaba oculto bajo una repulsiva masa de telarañas
grises. Algo se movía dificultosamente por dentro,
de un lado a otro. Un escalofrío eléctrico
me recorrió la espalda, intentando imaginar qué
podría ser. En cada pared de la sala -y eran
cinco- había dos puertas. Solo por una de ellas
se derramaba una luz amarillenta. La luz que había
visto desde el exterior. Entré, sin saber lo
acertado o no de mi elección.
Era una habitación pequeña,
que de inmediato me transmitió una inexplicable
sensación de familiaridad, pues nunca había
estado allí. No encontré ninguna fuente
de luz -una lámpara, como esperaba-; simplemente,
emanaba del lugar. Vi el objeto que proyectaba su sombra,
junto a la ventana: era un sillón de respaldo
alto, tapizando con lo que me pareció piel estirada.
Sentí que había allí alguien sentado,
mirando al exterior; pero no podía verlo desde
donde estaba. En la otra esquina de la habitación
había una mesa camilla, con sus faldones carmesí.
Me acerqué un poco más, sin poder creer
lo que veía: allí sentada estaba mi madre,
mi pobre, encogida madre. Su cara en un ovillo concentrado
de profundas arrugas, que habían desdibujado
cruelmente todas sus facciones. La reconocí gracias
a que, en sus ojos, brillaba su amor incondicional de
siempre, su ternura, su preocupación…
Me aproximé con veneración,
temeroso de que mi abrazo pudiera romper algo en su
cuerpo, tan frágil, tan menudo. Y cuando ya casi
estaba a su lado, escuché algo tras el respaldo
del sillón, como un susurro de papel. Me dispuse
a rodearlo, a ver quién estaba ahí sentado.
Pero mi madre habló:
-No… déjalo, que
está ocupado -dijo su voz triste, cansada…
La volví a mirar, conmocionado
por su aspecto, por lo que el tiempo había hecho
con ella.
-Ya tienes la comida en la mesa.
Y la ropa limpia en el armario -me dijo con voz
trémula.
Comenzó a llorar, cubriéndose
los ojos con una mano.
-¿Por qué lloras, madre?
-la congoja oprimiéndome la garganta. No llores
madre.
-Por favor, no llores.
Pero ella siguió llorando,
inconsolable. Yo la veía a través del
velo de mis propias lágrimas.
De repente, un rumor llegó
desde el exterior, acompañado de un temblor leve
y continuo, que recorrió toda la casa. Fui a
apoyarme en el respaldo del sillón, intentando
mirar lo que ocurría a través de las ventanas.
A pesar del cristal, escuchaba perfectamente los gritos
de las cabezas. Todas gritaban, como en un mar de absoluta
desesperación. Algo inconmensurable se aproximaba
tras las montañas del horizonte, precedido de
una luz rojiza, hipnótica. Quien se sentaba en
el sillón añadió sus chillidos
a los de las cabezas.
Entonces, con los ojos abiertos como
platos, comprendí… comprendí…
Desperté. Estaba sentado en
un sillón, con un libro entre las manos, casi
pegado a una ventana. Sentí que alguien se había
apoyado en el respaldo, pero lo que estaba ocurriendo
fuera me impidió girarme: la visión de
lo que se desarrollaba más allá del horizonte,
su magnitud, su significado…
Las piezas absurdas que guardaba en
mi mente comenzaron a ensamblarse.
Las incontables cabezas empaladas
ahí abajo gritaban en un frenesí de locura.
Al principio solo oía su clamor inconexo, pero
al poco ya entendí lo que todas chillaban:
-¡Ha llegado! ¡Ha llegado!
-cientos de tonos desgarrados, horrenda cacofonía.
Entonces comprendí…
Lo comprendí todo.
Y mis gritos se sumaron para siempre
a los suyos.
publicado en julio
de 2008
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