| No podía dormir.
El maldito reloj digital marcaba las tres cincuenta
y uno AM y yo seguía despierto. El insomnio parecía
encontrarse muy cómodo junto a mí últimamente,
sobre todo desde que me embarqué en ese condenado
proyecto empresarial sin recursos suficientes para cubrirme
las espaldas ante el peor de los imprevistos. Los vientos
del azar suelen ser caprichosos... y muy crueles.
Me levanté pesadamente y enfundé
mi cansado cuerpo en la bata de tela acolchada que mi
hija Sara me regaló para conmemorar mi medio
siglo de estancia sobre la Tierra. Encendí un
cigarrillo y salí al balcón. Un viento
glacial recorría ululando las desiertas calles
cubiertas de nieve.
Diez años. Habían transcurrido
diez años desde que nos dejó, pero para
mí siempre será el día después.
Mi esposa era inteligente, empática y, sencillamente
encantadora. Pertenecía a esa extraña
clase de personas que no parecen ser de este mundo,
pues su sola presencia hacía comprender lo maravilloso
que resulta poder vivir, cada momento, mágico,
diferente a los demás. Cuando la conocí
necesité creer en Dios para poder explicar su
existencia, pues la naturaleza es incapaz de reproducir
este tipo de milagros.
Ocurrió una noche de invierno.
Ella bajó a tirar la basura, y yo lo permití
egoístamente por ahorrarme una pequeña
molestia. Ella no volvió jamás. Desapareció,
sin dejar rastro, sin motivo... para siempre. No fue
un secuestro, ni una huida, pues hubiera preferido morir
voluntariamente mil veces, si no por mí, sí
por nuestras hijas, que tanto la necesitaban.
La búsqueda no cesó ni
por un instante durante años, años de
indescriptible dolor y vacío, que hicieron de
la vida un jirón de locura irrefrenable. Todo
terminó de la peor de las maneras posibles: igual
que empezó. Por siempre arrastraré la
eterna duda -tan similar a la completa ignorancia- respecto
a su destino.
Arrojé a la calle lo que quedaba
de mi cigarrillo, exorcizando con él mis negros
recuerdos. El inconfundible zumbido, sucio y ruidoso,
del camión de la basura llegó con claridad
a mis oídos, a pesar de la enorme distancia a
la que debía encontrarse. El viento siempre es
buen mensajero cuando se ampara en el silencio de la
noche profunda. No me había percatado de la presencia
de un viejo vagabundo que se resguardaba del intenso
frío, acurrucado entre cartones, en el umbral
del portal del edificio de enfrente. Al contemplar escenas
como ésta no puedo evitar un profundo sentimiento
de vergüenza y desprecio hacia mi propia persona.
Nadie está libre de culpa.
Progresivamente, el desagradable bramido
del camión de la basura fue creciendo en intensidad
y volumen, como prueba de su inminente proximidad. No
podría explicar con exactitud el porqué
de esta impresión, pero encontraba en aquel sonido
algo repugnante, orgánico, un pulso de malignidad
subyacente que la balbuceante cacofonía del motor
parecía querer ocultar, sin conseguirlo del todo.
Tal vez el cansancio y la falta de sueño estuvieran
afectando a mi capacidad para controlar los pensamientos
absurdos.
Me disponía a volver a la cama
cuando el camión hizo su aparición por
un extremo de la calle, deteniéndose junto a
los contenedores metálicos de la esquina. Cierto
es que había pasado mucho tiempo desde la última
vez que veía uno, pero no tanto como para olvidar
cómo eran, y aquel camión de la basura
no se parecía a ninguno que yo hubiese visto
anteriormente a lo largo de mi vida. Era completamente
negro, no tenía faros -o al menos no encendidos-
y el poliédrico diseño de su abultada
carrocería parecía fluctuar mientras una
espectral luminosidad amarillenta emanaba por entre
los descubiertos engranajes de su estructura. Desde
sus laterales se descolgaron dos sombrías figuras
-indistinguibles hasta ese momento-, pensé que
eran hombres... hasta que los vi correr. Las similitudes
con el ser humano quedaban limitadas a la posesión
de cabeza y torso vagamente antropomórficos.
Sus cinco extremidades, largas y articuladas como patas
de araña, eran utilizadas indistintamente para
el desplazamiento con precisión y rapidez sobrenaturales.
En la parte central de sus cuerpos contaban con un apéndice
tentacular desproporcionadamente desarrollado, surcado
de brillantes púas óseas y rematado con
tres pares de pinzas de evidente utilidad prensil. Con
demoníaca velocidad uno de los seres arrancó
con su mortífero apéndice un pequeño
arbolito plantado recientemente, mientras el otro levantaba
en vilo al viejo vagabundo, que sólo pudo emitir
un gemido de ronca sorpresa antes de ser arrastrado
e introducido en la parte posterior del rugiente camión.
Una vez terminada su labor, ambas criaturas saltaron
para fundirse con la masa blasfema de aquel vehículo.
La operación no había durado más
de cinco segundos. Acto seguido, el camión se
puso en marcha con un furioso bramido, para desaparecer
frente a mis atónitos ojos mucho antes de haber
recorrido siquiera la mitad de la calle, tragado literalmente
por la nada y sin dejar huella alguna sobre la uniforme
capa de nieve.
Pude escuchar, sin embargo, como aquel
rugido deleznable se perdía lentamente en el
retorno hacia su lejano e inconcebible destino.
|