Sólo en las mañanas
Cuando las avecillas rojas
Vuelan henchidas hacia el sol naciente
Ebrias de sangre y luz. |
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Iagrax |
Sólo entonces el Gran Quaremyr devela el
secreto
Que se esconde en el ulular del viento. |
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Iagrax |
Quien ha pasado la noche en vela
Aguardando entre los riscos de Jynwutassa
Para ver cómo la tierra hastiada de oscuridad
pare un sol enfermo.
Quien ha vencido al terror nocturno
Y ha dado su sangre a las avecillas sedientas
Y aún tiene fuerzas para oír el ulular
del viento matutino
Escuchará la voz del Gran Quaremyr
Y sabrá dónde está el Atrio
de los Nacientes Moribundos. |
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(Cántico de los Noctívagos
de Quaremyr, Uhsné 14, versos 1 al 5)
Leyenda primera del ciclo de Uhsné: Diálogo
Entre Mara y El Colibrí Vampiro
Una niña llamada Mara llegó
junto a las puntiagudas rocas de Jynwutassa antes del
alba, y se sentó entre los farallones a llorar
desconsoladamente.
El más madrugador de los colibríes
vampiro que acudió a los riscos la vio y se lanzó
ferozmente sobre ella. Pero al contemplar su tristeza
desistió, y mientras aleteaba velozmente para
mantenerse suspendido frente a la niña, habló
con voz aflautada, como no podía ser de otra
manera, puesto que el filoso pico succionador hacía
las veces de un piccolo:
-Si acaso deseas escuchar el ulular
del viento del amanecer, para lo cual antes debes darme
tu sangre (y estoy muy hambriento), para lo cual antes
debes pernoctar entre las rocas, para lo cual antes
debes vencer al terror nocturno, entonces tendrías
que estar alegre de verme, dispuesta a que beba de ti.
Pero si no deseas escuchar el sonido del viento, para
lo cual antes debes procurarme tu sangre (y ya te dije
que estoy realmente hambriento), para lo cual antes
debes pasar la noche entre los peñascos, para
lo cual antes debes triunfar sobre el temor a las tinieblas,
entonces no tendrías que estar aquí. Por
esto tu llanto es incomprensible para mí.
La niña sentada sobre el suelo
polvoriento levantó la cabeza despeinada. Parecía
más sorprendida que asustada y su cara redonda
y sucia maravilló al colibrí.
-¿Quién eres?
-No tengo nombre. Las aves no
usamos nombres: es que la mayoría de nosotras
andamos en bandadas. Es una gran ventaja no poder ser
individualizado. Pero a fin de mantener un diálogo
con todas las de la ley, me inventaré uno. Llámame…
Suk. Sí, Suk me gusta. Y tú eres…
-Mara.
-No me has dicho por qué
lloras, Mara.
-No me has preguntado, Suk.
-¡Sí lo he hecho!
He preguntado sin interrogantes, pero he preguntado.
Las aves no podemos interrogar.
-Ah…
-Entonces…
-¿Entonces qué?
-¡El motivo de tu llanto,
por Quaremyr!
-¡Los wums nos atacaron,
y mis padres han desaparecido en medio de la lucha!
No sé como volver a Buenaventura... Estoy perdida
y asustada. ¿Tú podrías ayudarme,
Suk?
-Si deseas oír el bramido
del viento matutino, para lo cual antes debes darme
tu sangre, para lo cual antes debes dormir entre los
riscos, para lo cual antes debes imponerte al miedo
nocturnal, entonces podría ayudarte. Tu me dirás
si quieres evitarte una profunda y dolorosa incisión
(en el cuello, por ejemplo) permitiéndome ingresar
a algún orificio de tu cuerpo que esté
plagado de capilares, dentro del cual la herida no te
haría ni cosquillas.
Si no hubiera tenido una lengua tan
larga, pilosa y acanalada, el colibrí se hubiera
relamido. La niña se incorporó de un salto
y retrocedió, temerosa.
-¡No! -chilló-
¡No lo harás! -Y repentinamente comenzó
a lanzar furiosos manotazos hacia el diminuto y desprevenido
colibrí rojizo, que a duras penas escapó
revoloteando del aluvión.
-¡No lo haré, está
bien, no lo haré! Pero cálmate…
Tú me dirás la clase de ayuda que buscas.
-¡Ayuda para encontrar
a mis padres, Suk! ¿Qué esperabas?
-Chuparte la sangre.
-¿Es que no piensas en
otra cosa?
-No veo por qué debiera
hacerlo. Soy un colibrí vampiro, un chupador
de sangre. Vienen a mí aquellos que buscan el
Atrio, y por eso se entregan gustosamente a mis picaduras
una y otra vez hasta que quedan exánimes, implorando
sobrevivir para ver el amanecer. ¡Deberías
vernos cuando arrasamos en bandada a los peregrinos!
Mara comenzó a llorar nuevamente.
La belleza de la cara pecosa de la niña y su
irritante llanto se habían conjugado para hacer
desistir al colibrí famélico de su intención
primaria. Éste, sabiendo que la bandada todavía
no había despertado, y que la oscuridad siempre
es buen cómplice, se atrevió a cometer
un crimen sacrílego.
-Mara, sígueme. Te ayudaré
a buscar a tus padres.
-¿Dónde los buscaremos,
Suk?
-En el Atrio. ¿Dónde
más podrían estar si fueron atrapados
por los wums?
La avecilla comenzó a volar
hacia el oriente, deteniéndose en el aire de
a ratos para no dejar atrás a la niña,
flotando como por arte de magia entre dos borrones:
sus alas en movimiento.
Tal como lo es hoy, entonces el amanecer
en Luzúr era moroso, lleno de una luz turbia,
como si la oscuridad perezosa intentara diluirse en
un cuenco de leche, pero sin lograrlo definitivamente.
Carecía de belleza, en él no había
contrastes ni sombras alargadas. Sus lívidos
colores no irrumpían, sino que sedimentaban,
macilentos, sobre el horizonte. Con gran esfuerzo, el
sol pequeño del sistema Valamteer terminaba imponiéndose
en medio de ese cielo que nunca llegaba a estar del
todo límpido, un cielo impotente que nunca era
capaz de exaltarlo a uno bajo una gloria celeste y diáfana.
En medio del alba descolorida, Suk
guió a Mara a través del camino de los
peregrinos sin conocer con exactitud el lugar donde
se hallaba el Atrio de los Nacientes Moribundos. Era
consciente de su pecado, pero la fascinación
que le producía esa niña humana -una
mezcla de tentador deseo y ternura mimosa- era
más fuerte que la culpa y el temor. Entonces,
cuando la luminosidad lechosa indicaba que Valamt trepaba
esforzadamente a través del cielo de Luzúr,
el viento de la mañana comenzó a soplar.
Haciendo un esfuerzo desmedido, Suk
se elevó tratando de no ser arrastrado por la
ventisca matinal que barría el polvo de Jynwutassa
y permaneció en medio del vendaval hasta que
pudo intuir la voz de Quaremyr; y entonces supo por
primera vez dónde se hallaba el lugar tan ansiado
por los peregrinos que venían a los riscos para
pasar la noche y luego entregarse lascivamente a su
feroz pico, con el cual succionaba hasta sentirse hastiado.
Pero los farallones de Jynwutassa
tronaron en agrietados rezongos:
-¡Herejía! ¡Herejía!
A Suk, agotado y débil a causa
del hambre, la revelación lo golpeó un
instante antes que el viento. Mara vio cómo era
arrojado igual que una bola de plumas rojas contra las
rocas ocres y aturquesadas, que se rieron a carcajadas
del impío colibrí. Corrió desesperadamente
a auxiliarlo.
-¡Suk! ¡Suk! -la
niña creía que la única esperanza
de encontrar a sus padres había muerto. Llegó
hasta donde yacía el ave, al pie de unas peñas
de extrañas formas- ¡Suk! ¿Puedes
oírme?
El colibrí apenas movió
la cabeza, pequeña como la yema de un pulgar.
-Mara, debes seguir hasta ese
escollo que tiene la forma de un cráneo de wum,
detrás de esa roca se halla el Atrio de los Nacientes
Moribundos; allí tienen que estar tus padres…
-La vida se escapaba del cuerpo de Suk.
Sin dudarlo, la niña se postró
en tierra, ofreciendo su cuello al pico filoso.
-Bebe, Suk, bebe… ¡No
te mueras!
Instintivamente, el colibrí
vampiro clavó su pico. El sonido de la carne
perforada -un susurro atronador- se confundió
con el gemido de Mara. De la herida manó la sangre,
mientras Valamt comenzaba a bañar el suelo rocoso
con esa luz mortecina. Mara se estremeció ante
la voracidad de Suk, y a medida que se iba sintiendo
vaciada, la inundó una oleada de estremecimientos
desconocidos para su cuerpo de púber. Lentamente
fue olvidándose de la angustia y de sus padres.
Suk dejó que la lenta explosión de éxtasis
colmara las fibras de Mara, y fue succionado despacio,
despacio. Nunca había sentido algo como eso.
¿Acaso la voz de Quaremyr lo había trastornado?
¿Acaso la inocencia de la chiquilla lo había
enloquecido? No lo sabía, pero su sangre era
como un elixir que no sólo le devolvía
la vida, sino que lo iniciaba en un sinfín de
sensaciones ajenas al instinto indiferente y sórdido
que lo había guiado hasta ese momento.
La niña perdida y el ave hereje
se enamoraron, enredándose en un juego sensual
que duró todo el día. Suk exploró
el cuerpo de Mara a su antojo, picando, sorbiendo y
devolviendo el rojo fluido a los vasos aguijoneados,
a fin de prolongar el placer que ambos sentían.
Los peñascos crujían:
-¡Milagro! ¡Milagro!
Finalmente, la naturaleza de ambos
había cambiado, y al anochecer descubrieron que
no querían, que no podían separarse nunca
más.
Mara y Suk cruzaron el Atrio durante
la mañana siguiente, luego de pasar la noche
en vela en Jynwutassa. Al estar ambos provistos de sangres
y humores mezclados no murieron ni resucitaron, desafiando
a Quaremyr. Al traspasar el umbral siendo simbiontes
vislumbraron pasado, presente y futuro simultáneamente,
transformándose en una deidad simbiótica,
abrazados por la eternidad.
Entonces el pedregullo de Jynwutassa
chilló, con ríspido escándalo:
-¡Paradoja! ¡Paradoja!
NOTA DEL TRADUCTOR:
Los Noctívagos se cuidan escrupulosamente
de utilizar el término «amor» para
referirse al vínculo existente entre sus adorados
Mara y Suk, y amonestan airadamente a quien así
lo hace, tildándolo de ignorante, en el mejor
de los casos. Dicen que la relación que los une
podría definirse como una «simbiosis pasional»,
pero que el amor es un sentimiento que no alcanza a
abarcar las sutilezas de los lazos fisiológicos
y espirituales existentes entre ambos semidioses.
Sin detenernos en esta inútil
cuestión de nomenclatura, iniciada por los detractores
de Zyan Alesser, creemos que lo más destacable
es la candidez con la que los siglos han ocultado los
rasgos visiblemente perversos de este mito, transformando
la historia en un cuento para niños. Esta «suavización»,
esta «adaptación» de leyendas irreverentes
es algo que ocurre con frecuencia en las sociedades
altamente tecnificadas y mayormente incrédulas
que colonizan mundos primitivos (entendiendo el concepto
de «irreverente» por aquello que es vil,
punible y vergonzoso de acuerdo con los valores de esa
misma sociedad). Suele suceder que las colonias que
no llegan a convertirse en centros neurálgicos
de las rutas más o menos conocidas, olvidan las
costumbres y creencias de sus orígenes, cambiando
o mixturándose con la cultura de las sociedades
locales.
Se sabe que los wumstrilianos (o wums,
como se los llama habitualmente) descienden del primer
grupo de colonos enviado a Luzúr y que eligieron
el camino de las mutaciones inducidas para adaptarse
a los rigores del planeta. Se cree que fueron los primeros
en toparse con la vida inteligente nativa. Eso explicaría
la enorme profusión de extrañas pinturas
halladas en las cuevas de Jynwutassa, en Kammar, y en
otros parajes desérticos que cercan a las Montañas
de los Murmullos; vestigios que nunca han sido hallados
en Bahía Buenaventura. La hostilidad de los wums
hacia los nuevos colonos, llegados décadas más
tarde y que aún hoy se niegan a someterse al
Ajuste, es bien conocida. Este desprecio está
basado en la firme creencia wum respecto de su condición
de «seres superiores», la cual, según
sostienen, es alcanzada a través de las mutaciones.
Hoy pueden verse en los todos los
feudos de Wumstrilia numerosas imágenes de la
niña de encrespada cabellera llevando al colibrí
rojo sobre su hombro. El mutado dios simbionte. Mara
y Suk son patronos de los desaparecidos y los enamorados,
y es costumbre que los wums les dediquen sus hijos,
a fin de obtener cuidado y protección sobre ellos.
Para muchos, el culto a esta divinidad simbiótica
se ha convertido en una inocente costumbre con rasgos
folklóricos, pero se sabe que aún cuenta
con muchos fieles. Bajo el nombre de «Noctívagos
de Quaremyr», se agrupan en sectas según
su grado de compromiso. Los más conocidos son
los Puristas, que alcanzaron notoriedad a principios
del milenio, cuando se supo de su retiro masivo a la
altiplanicie de Kammar. Aparentemente, aún hoy
sus miembros se someten a terapias morfogenéticas
con el propósito de hibridar sus genes con los
de pájaros hematófagos y otras criaturas
del desierto, para exacerbar de este modo sus cualidades
no humanas. Se rigen por la máxima de Ushné:
«Adáptate o perece. Herejía,
milagro o paradoja, cualquier medio es válido
para el ajuste».
publicado en enero de 2009
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