| Parado aquí,
sobre la muralla, observo el páramo. Un terreno
áspero, pedregoso, con pastos duros, ocasionales
matas de espinos y esas plantas enormes que crecen junto
al río. No parecía mucho más cuando
lo observamos desde la órbita y sin embargo nos
alegró ver Beta Semaris Cuatro con nuestros propios
ojos por primera vez.
Beta Semaris es una estrella joven,
casi en el extremo de uno de los brazos de la galaxia
NGC 3660. Parece mentira que hayamos viajado tan lejos
sólo en pos de una esperanza. Sólo para
alcanzar por fin el cuarto planeta del sistema. Las
lecturas que obtuvimos entonces acerca de las condiciones
ambientales confirmaron la información enviada
por las primeras sondas, información que nos
impulsó a venir hasta aquí: La maravilla
de un planeta habitable, con atmósfera apropiada
y condiciones ideales para establecernos.
Pero también mostraron algo
más.
En la región central del único
continente, cerca de la costa de un río, había
una estructura de aspecto no natural. Lucía como
un conjunto de edificaciones. Verificamos una y otra
vez: no se registraba movimiento alguno, había
evidencia de vida vegetal pero no había señal
alguna de vida animal. El mundo estaba desierto y la
construcción vacía.
Aparentemente, nuestros antecesores
eran seres antropomórficos aunque de proporciones
físicas algo mayores. La estructura central y
los edificios más grandes daban la impresión
de haber sido prefabricados —quizás eran
los módulos de una nave destinados a proporcionar
las instalaciones de base para la colonia—, en
torno a ellos había construcciones más
pequeñas alzadas con materiales locales y todo
estaba rodeado por una especie de muro. Pronto hubo
consenso entre los que nos adelantamos para explorarla:
recordaba vagamente a una ciudadela medieval y comenzamos
a llamarla Camelot.
Daba la impresión de haber
sido abandonada algún tiempo atrás y no
había nada que sugiriera el destino de sus ocupantes,
aunque al irse habían dejado muchas cosas olvidadas.
Quizás tenían una nave de repuesto y se
habían marchado en ella. O tal vez alguien había
venido a recogerlos para llevarlos de regreso a casa.
¿Cómo saberlo? Lo cierto es que afortunadamente
no debíamos compartir el mundo con ellos. Tomamos
la ciudadela contentos de su existencia y de que estuviera
vacía y no nos hicimos más preguntas sobre
el destino de sus constructores.
Nada indicaba peligro inmediato y
parecía un desperdicio no ocuparla, no aprovechar
sus recursos y las comodidades de sus instalaciones.
Se dice que los viajeros espaciales somos supersticiosos
y no es del todo falso, pero más que ninguna
otra cosa somos gente práctica. Habíamos
viajado en pos de ese mundo durante años y estábamos
deseosos de ponernos a trabajar en él de una
buena vez.
Al colocar la piedra fundacional en
el edificio central de la ciudadela (el módulo
de comando de nuestra nave una vez despiezada) pensamos
que esa era nuestro castillo ahora, el primero de muchos
castillos, que nos establecíamos en la primera
de muchas ciudadelas. Nosotros, los humanos, haríamos
de este suelo yermo un vergel, nosotros traeríamos
vida a este mundo muerto, nosotros... éramos
unos estúpidos.
El miedo es una cosa terrible, se esparce
entre la gente como un virus incapacitante potencialmente
mortal. La gente se paraliza.
¿Saben ustedes lo que es pararse
aquí cada noche con el dedo agarrotado en el
gatillo y observar la oscuridad conteniendo el aliento?
¿Saben lo que es pasar el día preparando
las armas, afilando las bayonetas? Estas armas toscas
que hemos fabricado, flamantes e inútiles, sin
uso e incapaces de detener las desapariciones.
Hace un tiempo avistamos a alguien
corriendo hacia unos pastizales. Se ocultó rápidamente
y los reflectores no lograron darle alcance. A la mañana
hicimos un recuento y descubrimos que faltaba una mujer.
Se llamaba Takashi y su esposo había sido el
primero en desaparecer. Atribuimos su abandono de la
ciudadela a un intento estúpido pero comprensible
de ir en su búsqueda. Pensamos que regresaría
o que eventualmente descubriríamos sus restos
por ahí. Pero no ocurrió. Encontramos
sus cosas, sí, su ropa, sus zapatos, sus adornos,
pero no a ella o sus restos. Era extraño. No
había evidencia de vida animal en el planeta;
las condiciones climáticas del páramo
podían ser severas pero no descompondrían
un cuerpo en tan poco tiempo, no sin dejar rastro. Buscándola
a ella y a los que la siguieron descubrimos túneles;
parecían grandes madrigueras que se intercomunicaban.
Quizás nuestra gente caía en ellas, se
perdía y no podía regresar; pero parecía
una explicación muy poco razonable y en todo
caso no aclaraba por qué encontrábamos
ocasionalmente sus cosas o qué los motivaba a
alejarse de la ciudadela sin decírselo a nadie.
No es necesario mencionar que la paranoia
se extendió. Según a quién uno
le preguntara, los responsables de lo que sucedía
eran nativos invisibles que se defendían de nuestra
«invasión», fantasmas de los constructores
que volvían para recuperar su ciudadela, o una
fracción de la colonia que estaba deshaciéndose
de los demás. Se organizaron patrullas, se fabricaron
armas, se establecieron puestos de vigilancia, pero
las desapariciones siguieron en aumento.
Fue en medio de esa locura que yo
me acerqué a Venara. Obviamente la conocía
—uno no viaja cinco años encerrado en una
nave con otros ciento quince colonizadores sin llegar
a conocerlos— pero en aquellos días aciagos
fue como si la viera por primera vez. Era realmente
hermosa. ¿Conocen esa anarquía de los
sentidos, esa especie de narcosis que nubla la razón,
incapacita las extremidades y descontrola la lengua?
Yo caí de lleno en sus brazos.
Venara no era sólo hermosa
sino también brillante. Como exobióloga
encontraba fascinantes las particulares condiciones
del planeta, el desarrollo de las plantas como únicas
formas de vida, evolucionando hasta constituir un complejo
ecosistema. En sus labios el mínimo dato sonaba
a deslumbrante revelación. Con la paranoia reinante
la investigación de campo, la recolección
de muestras, incluso la exploración, habían
quedado relegadas; pero por supuesto Venera no se sentía
incluida en las disposiciones generales. Anda....
Llévame a la frontera, dijo un día.
Y yo, como un tonto, acepté.
Fue la primera vez de muchas en que
nos escabullimos fuera de la muralla.
Le interesaban en particular esas plantas
enormes que crecen en la costa del río. Sus raíces
se proyectan bajo el agua y horadan profundamente el
suelo, entrelazándose con las de otros ejemplares
que crecen a gran distancia. En esa época se
hallaban en plena floración y al parecer sus
esporas provocaban cambios en el desarrollo de plantas
de otras especies con las que estaban relacionadas de
forma simbiótica. Aparentemente todos sus ciclos
reproductivos estaban encadenados. Podría tratarse
de algún tipo de polinización cruzada
o incluso de una transmisión horizontal de genes
realmente importante. Como fuera, saltaba a la vista
que esas plantas enormes eran las reinas del lugar.
Venara decía que eran vegetales
extraordinariamente avanzados y complejos, que habían
alcanzado un nivel evolutivo inimaginable para nuestro
mundo natal. La ayudé a armar un dispositivo
para sobrevolar el continente y hacer una especie de
censo, tomamos muestras, pasamos días enteros
arrastrándonos por los túneles. Mientras
la colonia se desintegraba en medio del temor y las
acusaciones, mientras iban desapareciendo uno a uno,
yo sólo tenía ojos para ella.
Con el avance de la investigación, una sensación
de urgencia fue ganándonos poco a poco. Llegamos
a dedicarle cada elemento a nuestro alcance, cada momento
de la jornada, y todo parecía poco. Era como
si comenzáramos a intuir lo precario de nuestra
situación. Los estudios y experimentos insumían
cada vez más recursos de la debilitada colonia;
no gozábamos del favor de la mayoría,
que veía nuestro trabajo con suspicacia, socarronería
o indiferencia, y no me avergüenza admitir que
cuando debí robar o mentir, lo hice. Hubiera
hecho cualquier cosa por ella.
A veces estaba tan agotado que apenas
podía mantenerme despierto, pero una sonrisa
suya o un roce de su mano era suficiente para que volviera
al trabajo.
Venara intuía algo, lo sé,
estaba al borde de un gran descubrimiento; pero desapareció
hace unos días.
No tengo sus conocimientos, pero hice
lo que pude para continuar con su investigación.
En cierta forma fue un modo de honrar su memoria, pero
también porque creí que allí podía
encontrarse la última esperanza, lo que desentrañaría
el misterio y salvaría lo que queda de nuestra
colonia.
Es gracioso. Por lo menos una parte
de eso se ha cumplido.
Las tormentas de polvo se han hecho
más frecuentes y dejan un aroma dulce en el aire.
Son las esporas. Pronto los habrán afectado a
todos.
Me pregunto si los Altos habrán
descubierto lo que pasaba antes de que su ciudadela
se vaciara por completo. Es irónico, ¿no
creen? Con tantos viajes, en tanto tiempo explorando
el espacio, la humanidad nunca había encontrado
otra forma de vida evolucionada y nosotros encontramos
dos en el mismo mundo. Sin embargo es fácil entender
por qué no pudimos identificar a la más
importante de ellas: no te ataca, no se defiende, no
intenta comunicarse, no es animal, ni vegetal ni mineral
o acaso es todas esas cosas. Sólo está
viva y este es su mundo, todo lo que hay en él
le pertenece... O pronto será así.
Va cayendo la noche y observo el cielo.
Un cielo nuevo que se abre como una ventana a esta galaxia
desconocida.
Beta Semaris Cuatro... Los nombres
son cosas imprecisas, dudosas convenciones. Para quienes
no tienen un idioma hablado ni gestual ni escrito, para
quienes pueden comunicar directamente ideas o impresiones
complejas, los nombres no tienen sentido. Ahora al pensar
en el nombre de este mundo, siento que esa designación
es opacada rápidamente por una idea, la idea
de Hogar, pero también la de Ser, y también
las de Cambiar y Permanecer.
La parte de mí que todavía
es humano tiene miedo, pero la parte de mí que
es otra cosa siente una mansa ansiedad; puede esperar,
tiene todo el tiempo del mundo para que el cambio se
complete. Esto es más vasto que cualquier otra
cosa que haya conocido, más acogedor y más
propio que cualquier otro sitio en el que haya estado.
Cierro los ojos y casi puedo sentir
cómo van apareciendo las estrellas; y con cada
una que sale, la naturaleza de lo que somos se manifiesta
con mayor claridad y fuerza. El viento se alza de modo
invitante sobre el vibrante escenario de la llanura
y ahí, entre todas esas voces que trae, está
la voz de Venara llamándome.
publicado en NGC 3660 en
septiembre de 2008
* Este cuento forma parte de Relatos
de la Confederación
Versión corregida del cuento publicado en noviembre
2005, en la revista
Axxón Nº. 156
Ultima corrección: 10-08-08
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