| La libretita de notas
está a la izquierda, cerca del borde de la mesa.
Las hendiduras rellenas de polvo, telarañas y
sustancias grises y marrones dibujan en la madera, junto
a ella, la figura deforme de una mano. Una mano que
pide. Una mano que expone la miseria de sus grietas
para obtener compasión.
Yo por mi parte, me acerco hacia el
único instrumento de mi imaginación, de
mi mente al fin y al cabo, en estos últimos días
(¿semanas? ¿Meses? ¿Años?
¿Vidas?). Mientras, espero. No puedo llevar mi
mano hacia la pluma que cuelga lánguida del tintero
en el borde opuesto de la mesa. Perdí la agilidad
necesaria para realizar varias cosas a la vez hace ya
mucho tiempo. Tanto que no recuerdo cuándo sucedió.
Fue antes de que Ellos llegaran. Eso
seguro.
Ya tengo el papel sucio y pequeño
frente a mí. Mis lentes estropeadas me provocan
dolor de cabeza cuando dibujan sus bordes oscuros contra
dos porciones de realidad pertenecientes a distintas
perspectivas. Alzo un poco el mentón hasta enfocar
el papel en el centro de los reducidos cristales. Mi
cuello se queja de la postura, pero eso no me preocupa.
Mi mano derecha se introduce en el campo visual soportando
la pluma cargada de tinta lista para repartir mis pensamientos
sobre el papel áspero adornándolos de
vez en cuando con goterones azules de tamaño
arbitrario.
La incomodidad, sentado en el bajo
taburete, apoyado sobre la dura mesa, el rostro alzado
para observar la libretita a través de los cristales
de mis lentes, no me impide ver la vida que se desarrolla
tras el cristal de la ventana de la buhardilla. Ya no
me detengo a observar mi pálido reflejo en ella,
con mis cabellos canos y la multitud de arrugas que
me enredan el rostro. Paso directamente a la constatación
de la realidad que hay más allá, al movimiento
en las calles, en las casas, en el mundo.
Mis dedos comienzan a escribir. A
las pocas frases, las ideas adquieren sentido y mi vista
puede ir turnándose entre la vida exterior y
el movimiento de mi muñeca y dedos, todo ello
sin marearme excesivamente por el cambio continuo de
enfoque.
Ellos están paseando por la
calle. Siempre lo hacen a estas horas de la tarde, cuando
el crepúsculo crece hasta hacer desaparecer todo
color. Eran las horas mágicas, de transición.
Los duendes podían aparecer ahora si lo deseaban.
Los sueños también, porque son de la misma
parentela. Las hadas, las ninfas, las ondinas... ellas
son otra historia.
Ellos, no sé si me entendéis,
no tienen rabo, cuernos, piel roja ni ojos de gato,
pero en todo lo demás son como demonios de alma
podrida. Y no hace falta mirar muy adentro para descubrirla.
Basta observar sus ropas, sus botas brillantes, sus
adornos. Sus ademanes, sus saludos, la actitud con el
resto de la gente. La actitud con los pobres Marcados.
Su obediencia ciega a una idea. El
complejo de inferioridad que eso esconde.
Un grupo de Ellos están arrastrando
un cuerpo por la calle empedrada de gris granito y decorada
con manchas de broncíneo y humeante orín.
Es una mujer. Siempre, digo normalmente, son mujeres.
Ellos desprecian a los Marcados y les engendran bastardos.
Desvirtúan su raza. Luego los matan. O al mismo
tiempo. Sí, preferiblemente acaban con ellas
al mismo tiempo que engendran. Como si un pudor oculto
les hiciera repudiar el fruto contaminado de sí
mismos.
Ellos vinieron hace mucho. Supongo
que ya los conocéis, están por todas partes.
Éstos quizás sean los que se muestran
más abiertamente, pero es que esta ciudad está
dominada por muchas Puertas a los Otros Reinos, allá
en las lomas de las colinas. Aquí proliferaron,
y no han menguado desde entonces. Destrozaron la vida
de esta ciudad. Ya me entendéis, antes esto era
un lugar muy distinto. Las personas podíamos
salir a la calle y saludar a los duendes, a los gnomos
y a los elfos. Algunos incluso preparaban habitaciones
especiales en sus casas, repletas de juguetes y de dulces,
de regalos y de olor a comida, sólo para que
durante las escasas horas del crepúsculo se llenaran
de risas agudas, de palabras en lenguas nunca oídas
entre los humanos. De alegría.
Todos los Hijos del Crepúsculo
desaparecieron cuando vinieron Ellos. La ciudad se quedó
vacía, mucho más vacía que una
ciudad realmente vacía, ya me entendéis.
Sólo quedamos nosotros... y Ellos. Las ondinas,
las ninfas y las hadas fueron las únicas que
no se inmutaron, pues son otra historia.
Luego comenzaron a violar, castrar
y concentrar tras las ideas, las consignas y los alambres
de espino. Las máquinas que expulsaban fuego
por su único brazo demolieron las casas, pisotearon
los parques, despedazaron el granito pulimentado de
las calles. Las máquinas que volaban sembraron
fuego en el suelo y en las habitaciones donde antaño
los Hijos del Crepúsculo reían.
Nunca más se volvieron a escuchar
las alegres voces.
Nos acostumbramos a la presencia de
Ellos. Fue duro. Al final muchos nos hicimos viejos
prematuramente, ya me entendéis, porque nosotros
mismos quisimos, porque no soportábamos estar
así. Por eso nos aislaron. Por eso ahora sólo
puedo escribir inútiles palabras en una inútil
libreta que el tiempo convertirá en inútil
pergamino cuando yo me muera. Por eso sólo puedo
mirar por la ventana sucia y desencajada de esta fría
buhardilla, sin intervenir. Quizás sea mejor
así, de todas formas.
Está oscureciendo. Cada día
oscurece más rápido. Es que ya no tiene
sentido el crepúsculo sin sus hijos, sus duendes,
sus sueños.
Veo poco con mis lentes. Mis ojos
me duelen. Cuando me duelan más, quizás
cuando ese grupo de demonios alados salga de la casa
de enfrente, dejaré de escribir.
***
Mírale allí sentado,
encorvado frente a la pared. Está observando
el ajado color rosa de la pared como si estudiara meticulosamente
su composición, hasta el último fragmento,
hasta la última partícula. Un caso perdido.
Lleva años allí y todos los días
hace lo mismo a esta hora. Siempre a la misma hora.
Es difícil de creer, pero cuando uno lleva un
tiempo aquí puede creer cualquier cosa.
Así es la vida, unos de
un lado, otros de otro. Es una suerte que sean ellos
los que están del lado equivocado.
***
Otro día igual que todos. La
buhardilla acoge el frío como si fuera una nevera
de ésas modernas. Mis huesos se quejan. Debería
hacer ejercicio, pero he decidido morirme un día
de éstos, así que no me merece la pena.
Será mejor que dedique mi tiempo a seguir escribiendo.
Hoy parece que no hay movimiento ahí
fuera. Quizás estén organizando algo más
grande en otro barrio de la ciudad. A Ellos les gustan
las conmemoraciones. Conmemoraciones multitudinarias,
ya me entendéis. Me han dicho que hay alguien
que les habla. Alguien que les dice lo que deben hacer
y lo bien que hacen lo que ya hacen, y lo bien que harán
lo que van a hacer. Se refiere a las violaciones, a
los experimentos, a los golpes y las torturas. Creo
que debe ser el Demonio mismo en persona. Sí.
Creo que debe serlo.
Hace mucho tiempo, cuando aún
no había decidido envejecer, recuerdo que conocí
a un duende. Fue subiendo a la plaza, camino de la casa
de alguien que no recuerdo. No, no consigo recordar
de quién se trataba. Bueno, no importa. El caso
es que yo caminaba por la calle principal. Estaba ensimismado
con el vuelo de un pájaro entre los árboles,
sí, eso es, cuando tropecé con el duende.
Entonces me sentí culpable y le acompañé
a la habitación de la casa donde solía
pasar los crepúsculos. Era una familia muy amable.
Me invitaron a pastas y dulces. Tuve que disculparme
porque llegaba tarde a mi compromiso, pero prometí
volver. En realidad prometí volver para hablar
de nuevo con el duende. Su lengua me había fascinado.
No recuerdo bien si yo era estudiante. No importa. Su
idioma era muy bello. Eso sí lo recuerdo.
Volví.
Y luego volví más asiduamente.
Pronto suspendí mis visitas
al otro lugar sólo por ir a ver al duende. Creo
que eso estuvo mal, porque me siento desconcertado con
esa sensación. No recuerdo a nadie de la familia.
Sólo recuerdo que me sentaba con el duende frente
a la ventana, una ventana mucho más grande y
cálida que ésta que me muestra mi pálido
reflejo, y pasábamos las horas del crepúsculo
hablando, y hablando, y hablando. Luego se marchaba
sin despedirse, porque sabía que al día
siguiente volvería a encontrarme.
Lo que me contaba se me ha perdido
en la memoria. Han sido muchos años de obligarme
a envejecer, muchos años de verles a Ellos allá
afuera, muchos años. Realmente muchos, ya me
entendéis. Quisiera recordar lo que el duende
me enseñó antes de morirme, pero tampoco
quiero atrasar mi muerte mucho más. Creo que
un día de éstos lo haré. Sí.
Me duelen los ojos.
***
¿Qué dices? ¿Que
ya le ha tocado el turno al viejo? Es extraño,
creo que le he tomado cariño. Seguramente no
llevaré el tiempo suficiente aquí.
En fin, me hubiera gustado saber
lo que piensa cuando se levanta de su cama y se sienta
frente a la pared. El resto del tiempo lo pasa durmiendo,
así que sus pensamientos deben amontonarse en
esas pocas horas de silencio intenso. No estaría
mal enchufarle un par de buenos haces de electrodos
en su calva brillante para averiguar qué pasa
por su cerebro enfermo. Sería un buen estudio.
Sí, sería un buen trabajo para intentar
salir de este agujero algún día...
***
Están organizando algo gordo.
Sí, ya me entendéis, los he visto desfilar
dos calles más allá, cerca de la plaza.
Son muchos, más de los que yo había visto
nunca. También han traído sus máquinas
infernales con ellos, pero esta vez de sus cuerpos mancos
no ha surgido el fuego destructor. Los estandartes ondean
al viento del crepúsculo. He creído observar
un gnomo escondiéndose entre los adoquines de
la calle, pero estoy muy lejos; seguramente será
mi imaginación. Ya no hay gnomos ni duendes ni
sueños. Las hadas, ondinas y ninfas puede que
sí anden bien escondidas: ellas son otra historia.
El Demonio en persona, el que se inventa
las ideas vacías que todos están deseando
creer y defender, está observando el desfile.
Se mantiene enhiesto, su mirada perdida como si algo
aún superior a él le hubiera invadido.
Junto a él todos imitan el gesto, que es como
otra idea hueca pero ineludible. En sus rostros sólo
veo lo que Ellos no ven: el reflejo de todos los que
han sacrificado, de todos los que han marcado, de todos
los Marcados que han utilizado en sus laboratorios.
La música estridente de algún compositor
antiguo llena el aire con sus notas afiladas. Me duele
la cabeza.
***
Saludos, excelencia. Sí,
ya conozco la noticia. Todo estará preparado
para la visita. Sabéis que este centro acoge
a más de dos mil desahuciados, y el trabajo de
adecentarlo ha sido duro, pero todo estará dispuesto.
A propósito, respecto a
mi ascenso, estoy preparando un informe sobre un caso
específico. Creo que reúne condiciones
de sobra para que el Luz esté interesado. Quizás
consideréis oportuno que se lo presente personalmente
durante la visita. ¿Estáis de acuerdo?
Me alegro. No sabéis cuánto me alegro.
Gracias.
***
Ya no hay duda de que algo importante
va a suceder. Llevo varios días observando desfiles.
Exhibicionismo, puro exhibicionismo. Como todo. Es el
Imperio del Vacío. Las horas del crepúsculo
se han convertido en escasos minutos, y ya apenas me
da tiempo a escribir unas pocas líneas. Si al
menos dispusiera de algunas velas...
Estoy recordando un poco de mis conversaciones
con el duende. Se llamaba Seniteni. Tenía el
pelo blanco, claro y perfecto como la nieve. Sus orejas
puntiagudas denotaban inteligencia, como la frente ancha
y la nariz afilada en cualquiera de nosotros. Me explicaba
cosas acerca del cielo, de las estrellas, de la vía
lechosa, de las Estancias donde el Tiempo Pasa de otra
Forma. De la Flor de Hadas. Nunca le entendí
del todo, pero recuerdo que los pocos instantes en que
me miraba con sus ojos oscuros la intensidad de sus
pensamientos me invadía de tal manera que llegaba
a vislumbrar parte de la verdad que se ocultaba en sus
palabras. Era un sentimiento maravilloso.
Los primeros días después
de que los demonios aparecieran yo seguí yendo
a la casa, pero ya no estaba. Sólo algunos gnomos
aparecían aún por los rincones. Luego
la familia fue marcada, y la habitación saqueada.
No volvieron a aparecer. Ni yo volví
más por allí.
Fue una gran pérdida.
La luz mengua. Estoy cansado. Ahora
que he conseguido recordar algo de mis encuentros con
el duende, creo que es hora de morir. Sí. Ellos
se mueven rápido, y no quiero ser testigo de
más.
***
Vamos a hacerlo. Quiero tener un
magnífico colofón en mi estudio. Los pensamientos
que se ocultan tras ese cerebro deforme y viejo. Las
ideas que le llevan a sentarse frente al desconchado
muro de su habitación, serán mías.
Cada día permanece menos
tiempo despierto. Debemos darnos prisa. Pronto vendrá
el Guía y yo tengo que conseguir mi ascenso.
Como sea.
***
Hoy he decidido morir. Ya apenas queda
crepúsculo. Las horas mágicas se han desvanecido
en la nada. El mundo, antes tan suave y bello, está
ahora cortado a cuchillo. Las personas se han dividido
en Buenas y Malas. No quiero pertenecer a ninguno de
esos grupos. El crepúsculo, los Reinos Intermedios,
son infinitamente más bellos. Quiero morir, pues,
quiero ir al lugar donde las ninfas, las ondinas, las
hadas, acompañan la soledad de los que aún
tienen el alma sana.
Creo que lo mejor será avisarles.
Ellos suelen matar a quien les provoca. Debo hacer que
vengan.
Oh. No pensé que levantarme
de mi taburete fuera tan difícil. Ahora que caigo,
es la primera vez que lo hago tan rápido. La
mesa es inamovible. Qué pesada. Nunca había
visto las estrías de aquel borde, cerca de la
ventana. Todo este tiempo y no me había fijado...
Mis huesos crujen. Será del
esfuerzo. La libretita está en la esquina. Bueno,
que la encuentren. No van a hacerme nada peor por ello.
Seguramente no la entenderán: está escrita
en el idioma que me enseñó Seniteni.
La ventana. Está encajada por
la humedad. Si me esfuerzo un poco... sí, así.
Vaya, está realmente encajada, no sólo
encajada, sino realmente encajada, ya me entendéis.
Al fin abierta. Allí están.
¡Eh!
***
Llegó su hora. Abrid la
puerta. ¿Tenéis preparados los aparatos?
Bien, no creo que dé problemas. Vamos, ahora.
Entremos.
***
Ya suben. Les oigo por las escaleras.
¿Serán tan estúpidos que no me
han visto antes? Quizás no vean bien. Algunos
nacen deformes, sin visión. De tan preocupados
por seguir unas pocas ideas fijas, inventadas por otro,
ven muy poco entre los grises. Fue otra cosa que me
enseñó mi amigo el duende.
Se acercan a la puerta, la abren.
***
Está de pie. Mejor. Tranquilo,
viejo, sólo vamos a probar unas cosillas. No
habla. Está totalmente ido. Intentad sentarle
en la silla metálica. Sí. Tú, inyéctale.
Bien.
No, no quiero para nada esa sucia
libreta. ¿De dónde la habrá sacado?
¿Hay algo escrito? No. Claro, estúpido,
no tenía nada con lo que escribir.
¿Habéis conectado
los cables? Enchufad los electroencefalógrafos.
Vamos a comenzar.
***
Me han obligado a sentarme de nuevo.
Es extraño, pensé que me llevarían
a donde torturan a los Marcados. No le temo a la tortura,
desde luego. Moriré antes de que lo intenten,
pero la verdad es que esperaba que lo hicieran, ya me
entendéis.
Me están rodeando la cabeza
con alguna máquina perfecta. No me importa. Está
claro que no van a escucharme. Da igual. Tampoco es
eso lo que quiero. Quiero morir, deslizarme entre el
dorado y el negro, y eso es lo que voy a hacer.
Ahora.
***
¡Maldita sea! ¿Cómo
es posible? Hace unos segundos estaba tan fresco, de
pie frente a la pared. Vamos a repetir las pruebas.
Amplificad la salida. Sí. Así. Ahora parece
que sale algo...
***
¡Seniteni! ¡De nuevo juntos!
Esperaba encontrarme con las hadas, las ondinas y las
ninfas, pero nunca soñé con verte aquí.
Me alegra verte. Creo que ha sido
buena idea morir.
Además, ellas siempre han sido
otra historia.
***
Sí, mi Luz. Éstas
son las instalaciones más avanzadas de la Claridad,
y estamos desarrollando los más audaces experimentos
aquí. Los Ciudadanos se verán mejorados
hasta donde les corresponde. Gracias al estudio de estos
miserables.
Ah, aquí está nuestro
Doctor. Ha estudiado un caso muy interesante. Quizás
disponga del informe que prometió. Es un hombre
de gran valor para la Claridad. Creo que estaréis
de acuerdo en que un ascenso en este momento de su carrera
sería algo muy afortunado...
publicado en diciembre de
2007
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