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Hijos del crepúsculo Más sobre Juan Antonio Fernández Madrigal

La libretita de notas está a la izquierda, cerca del borde de la mesa. Las hendiduras rellenas de polvo, telarañas y sustancias grises y marrones dibujan en la madera, junto a ella, la figura deforme de una mano. Una mano que pide. Una mano que expone la miseria de sus grietas para obtener compasión.

Yo por mi parte, me acerco hacia el único instrumento de mi imaginación, de mi mente al fin y al cabo, en estos últimos días (¿semanas? ¿Meses? ¿Años? ¿Vidas?). Mientras, espero. No puedo llevar mi mano hacia la pluma que cuelga lánguida del tintero en el borde opuesto de la mesa. Perdí la agilidad necesaria para realizar varias cosas a la vez hace ya mucho tiempo. Tanto que no recuerdo cuándo sucedió.

Fue antes de que Ellos llegaran. Eso seguro.

Ya tengo el papel sucio y pequeño frente a mí. Mis lentes estropeadas me provocan dolor de cabeza cuando dibujan sus bordes oscuros contra dos porciones de realidad pertenecientes a distintas perspectivas. Alzo un poco el mentón hasta enfocar el papel en el centro de los reducidos cristales. Mi cuello se queja de la postura, pero eso no me preocupa. Mi mano derecha se introduce en el campo visual soportando la pluma cargada de tinta lista para repartir mis pensamientos sobre el papel áspero adornándolos de vez en cuando con goterones azules de tamaño arbitrario.

La incomodidad, sentado en el bajo taburete, apoyado sobre la dura mesa, el rostro alzado para observar la libretita a través de los cristales de mis lentes, no me impide ver la vida que se desarrolla tras el cristal de la ventana de la buhardilla. Ya no me detengo a observar mi pálido reflejo en ella, con mis cabellos canos y la multitud de arrugas que me enredan el rostro. Paso directamente a la constatación de la realidad que hay más allá, al movimiento en las calles, en las casas, en el mundo.

Mis dedos comienzan a escribir. A las pocas frases, las ideas adquieren sentido y mi vista puede ir turnándose entre la vida exterior y el movimiento de mi muñeca y dedos, todo ello sin marearme excesivamente por el cambio continuo de enfoque.

Ellos están paseando por la calle. Siempre lo hacen a estas horas de la tarde, cuando el crepúsculo crece hasta hacer desaparecer todo color. Eran las horas mágicas, de transición. Los duendes podían aparecer ahora si lo deseaban. Los sueños también, porque son de la misma parentela. Las hadas, las ninfas, las ondinas... ellas son otra historia.

Ellos, no sé si me entendéis, no tienen rabo, cuernos, piel roja ni ojos de gato, pero en todo lo demás son como demonios de alma podrida. Y no hace falta mirar muy adentro para descubrirla. Basta observar sus ropas, sus botas brillantes, sus adornos. Sus ademanes, sus saludos, la actitud con el resto de la gente. La actitud con los pobres Marcados.

Su obediencia ciega a una idea. El complejo de inferioridad que eso esconde.

Un grupo de Ellos están arrastrando un cuerpo por la calle empedrada de gris granito y decorada con manchas de broncíneo y humeante orín. Es una mujer. Siempre, digo normalmente, son mujeres. Ellos desprecian a los Marcados y les engendran bastardos. Desvirtúan su raza. Luego los matan. O al mismo tiempo. Sí, preferiblemente acaban con ellas al mismo tiempo que engendran. Como si un pudor oculto les hiciera repudiar el fruto contaminado de sí mismos.

Ellos vinieron hace mucho. Supongo que ya los conocéis, están por todas partes. Éstos quizás sean los que se muestran más abiertamente, pero es que esta ciudad está dominada por muchas Puertas a los Otros Reinos, allá en las lomas de las colinas. Aquí proliferaron, y no han menguado desde entonces. Destrozaron la vida de esta ciudad. Ya me entendéis, antes esto era un lugar muy distinto. Las personas podíamos salir a la calle y saludar a los duendes, a los gnomos y a los elfos. Algunos incluso preparaban habitaciones especiales en sus casas, repletas de juguetes y de dulces, de regalos y de olor a comida, sólo para que durante las escasas horas del crepúsculo se llenaran de risas agudas, de palabras en lenguas nunca oídas entre los humanos. De alegría.

Todos los Hijos del Crepúsculo desaparecieron cuando vinieron Ellos. La ciudad se quedó vacía, mucho más vacía que una ciudad realmente vacía, ya me entendéis. Sólo quedamos nosotros... y Ellos. Las ondinas, las ninfas y las hadas fueron las únicas que no se inmutaron, pues son otra historia.

Luego comenzaron a violar, castrar y concentrar tras las ideas, las consignas y los alambres de espino. Las máquinas que expulsaban fuego por su único brazo demolieron las casas, pisotearon los parques, despedazaron el granito pulimentado de las calles. Las máquinas que volaban sembraron fuego en el suelo y en las habitaciones donde antaño los Hijos del Crepúsculo reían.

Nunca más se volvieron a escuchar las alegres voces.

Nos acostumbramos a la presencia de Ellos. Fue duro. Al final muchos nos hicimos viejos prematuramente, ya me entendéis, porque nosotros mismos quisimos, porque no soportábamos estar así. Por eso nos aislaron. Por eso ahora sólo puedo escribir inútiles palabras en una inútil libreta que el tiempo convertirá en inútil pergamino cuando yo me muera. Por eso sólo puedo mirar por la ventana sucia y desencajada de esta fría buhardilla, sin intervenir. Quizás sea mejor así, de todas formas.

Está oscureciendo. Cada día oscurece más rápido. Es que ya no tiene sentido el crepúsculo sin sus hijos, sus duendes, sus sueños.

Veo poco con mis lentes. Mis ojos me duelen. Cuando me duelan más, quizás cuando ese grupo de demonios alados salga de la casa de enfrente, dejaré de escribir.

 

***

 

Mírale allí sentado, encorvado frente a la pared. Está observando el ajado color rosa de la pared como si estudiara meticulosamente su composición, hasta el último fragmento, hasta la última partícula. Un caso perdido. Lleva años allí y todos los días hace lo mismo a esta hora. Siempre a la misma hora. Es difícil de creer, pero cuando uno lleva un tiempo aquí puede creer cualquier cosa.

Así es la vida, unos de un lado, otros de otro. Es una suerte que sean ellos los que están del lado equivocado.

 

***

 

Otro día igual que todos. La buhardilla acoge el frío como si fuera una nevera de ésas modernas. Mis huesos se quejan. Debería hacer ejercicio, pero he decidido morirme un día de éstos, así que no me merece la pena. Será mejor que dedique mi tiempo a seguir escribiendo.

Hoy parece que no hay movimiento ahí fuera. Quizás estén organizando algo más grande en otro barrio de la ciudad. A Ellos les gustan las conmemoraciones. Conmemoraciones multitudinarias, ya me entendéis. Me han dicho que hay alguien que les habla. Alguien que les dice lo que deben hacer y lo bien que hacen lo que ya hacen, y lo bien que harán lo que van a hacer. Se refiere a las violaciones, a los experimentos, a los golpes y las torturas. Creo que debe ser el Demonio mismo en persona. Sí. Creo que debe serlo.

Hace mucho tiempo, cuando aún no había decidido envejecer, recuerdo que conocí a un duende. Fue subiendo a la plaza, camino de la casa de alguien que no recuerdo. No, no consigo recordar de quién se trataba. Bueno, no importa. El caso es que yo caminaba por la calle principal. Estaba ensimismado con el vuelo de un pájaro entre los árboles, sí, eso es, cuando tropecé con el duende. Entonces me sentí culpable y le acompañé a la habitación de la casa donde solía pasar los crepúsculos. Era una familia muy amable. Me invitaron a pastas y dulces. Tuve que disculparme porque llegaba tarde a mi compromiso, pero prometí volver. En realidad prometí volver para hablar de nuevo con el duende. Su lengua me había fascinado. No recuerdo bien si yo era estudiante. No importa. Su idioma era muy bello. Eso sí lo recuerdo.

Volví.

Y luego volví más asiduamente.

Pronto suspendí mis visitas al otro lugar sólo por ir a ver al duende. Creo que eso estuvo mal, porque me siento desconcertado con esa sensación. No recuerdo a nadie de la familia. Sólo recuerdo que me sentaba con el duende frente a la ventana, una ventana mucho más grande y cálida que ésta que me muestra mi pálido reflejo, y pasábamos las horas del crepúsculo hablando, y hablando, y hablando. Luego se marchaba sin despedirse, porque sabía que al día siguiente volvería a encontrarme.

Lo que me contaba se me ha perdido en la memoria. Han sido muchos años de obligarme a envejecer, muchos años de verles a Ellos allá afuera, muchos años. Realmente muchos, ya me entendéis. Quisiera recordar lo que el duende me enseñó antes de morirme, pero tampoco quiero atrasar mi muerte mucho más. Creo que un día de éstos lo haré. Sí.

Me duelen los ojos.

 

***

 

¿Qué dices? ¿Que ya le ha tocado el turno al viejo? Es extraño, creo que le he tomado cariño. Seguramente no llevaré el tiempo suficiente aquí.

En fin, me hubiera gustado saber lo que piensa cuando se levanta de su cama y se sienta frente a la pared. El resto del tiempo lo pasa durmiendo, así que sus pensamientos deben amontonarse en esas pocas horas de silencio intenso. No estaría mal enchufarle un par de buenos haces de electrodos en su calva brillante para averiguar qué pasa por su cerebro enfermo. Sería un buen estudio. Sí, sería un buen trabajo para intentar salir de este agujero algún día...

 

***

 

Están organizando algo gordo. Sí, ya me entendéis, los he visto desfilar dos calles más allá, cerca de la plaza. Son muchos, más de los que yo había visto nunca. También han traído sus máquinas infernales con ellos, pero esta vez de sus cuerpos mancos no ha surgido el fuego destructor. Los estandartes ondean al viento del crepúsculo. He creído observar un gnomo escondiéndose entre los adoquines de la calle, pero estoy muy lejos; seguramente será mi imaginación. Ya no hay gnomos ni duendes ni sueños. Las hadas, ondinas y ninfas puede que sí anden bien escondidas: ellas son otra historia.

El Demonio en persona, el que se inventa las ideas vacías que todos están deseando creer y defender, está observando el desfile. Se mantiene enhiesto, su mirada perdida como si algo aún superior a él le hubiera invadido. Junto a él todos imitan el gesto, que es como otra idea hueca pero ineludible. En sus rostros sólo veo lo que Ellos no ven: el reflejo de todos los que han sacrificado, de todos los que han marcado, de todos los Marcados que han utilizado en sus laboratorios. La música estridente de algún compositor antiguo llena el aire con sus notas afiladas. Me duele la cabeza.

 

***

 

Saludos, excelencia. Sí, ya conozco la noticia. Todo estará preparado para la visita. Sabéis que este centro acoge a más de dos mil desahuciados, y el trabajo de adecentarlo ha sido duro, pero todo estará dispuesto.

A propósito, respecto a mi ascenso, estoy preparando un informe sobre un caso específico. Creo que reúne condiciones de sobra para que el Luz esté interesado. Quizás consideréis oportuno que se lo presente personalmente durante la visita. ¿Estáis de acuerdo? Me alegro. No sabéis cuánto me alegro. Gracias.

 

***

 

Ya no hay duda de que algo importante va a suceder. Llevo varios días observando desfiles. Exhibicionismo, puro exhibicionismo. Como todo. Es el Imperio del Vacío. Las horas del crepúsculo se han convertido en escasos minutos, y ya apenas me da tiempo a escribir unas pocas líneas. Si al menos dispusiera de algunas velas...

Estoy recordando un poco de mis conversaciones con el duende. Se llamaba Seniteni. Tenía el pelo blanco, claro y perfecto como la nieve. Sus orejas puntiagudas denotaban inteligencia, como la frente ancha y la nariz afilada en cualquiera de nosotros. Me explicaba cosas acerca del cielo, de las estrellas, de la vía lechosa, de las Estancias donde el Tiempo Pasa de otra Forma. De la Flor de Hadas. Nunca le entendí del todo, pero recuerdo que los pocos instantes en que me miraba con sus ojos oscuros la intensidad de sus pensamientos me invadía de tal manera que llegaba a vislumbrar parte de la verdad que se ocultaba en sus palabras. Era un sentimiento maravilloso.

Los primeros días después de que los demonios aparecieran yo seguí yendo a la casa, pero ya no estaba. Sólo algunos gnomos aparecían aún por los rincones. Luego la familia fue marcada, y la habitación saqueada.

No volvieron a aparecer. Ni yo volví más por allí.

Fue una gran pérdida.

La luz mengua. Estoy cansado. Ahora que he conseguido recordar algo de mis encuentros con el duende, creo que es hora de morir. Sí. Ellos se mueven rápido, y no quiero ser testigo de más.

 

***

 

Vamos a hacerlo. Quiero tener un magnífico colofón en mi estudio. Los pensamientos que se ocultan tras ese cerebro deforme y viejo. Las ideas que le llevan a sentarse frente al desconchado muro de su habitación, serán mías.

Cada día permanece menos tiempo despierto. Debemos darnos prisa. Pronto vendrá el Guía y yo tengo que conseguir mi ascenso. Como sea.

 

***

 

Hoy he decidido morir. Ya apenas queda crepúsculo. Las horas mágicas se han desvanecido en la nada. El mundo, antes tan suave y bello, está ahora cortado a cuchillo. Las personas se han dividido en Buenas y Malas. No quiero pertenecer a ninguno de esos grupos. El crepúsculo, los Reinos Intermedios, son infinitamente más bellos. Quiero morir, pues, quiero ir al lugar donde las ninfas, las ondinas, las hadas, acompañan la soledad de los que aún tienen el alma sana.

Creo que lo mejor será avisarles. Ellos suelen matar a quien les provoca. Debo hacer que vengan.

Oh. No pensé que levantarme de mi taburete fuera tan difícil. Ahora que caigo, es la primera vez que lo hago tan rápido. La mesa es inamovible. Qué pesada. Nunca había visto las estrías de aquel borde, cerca de la ventana. Todo este tiempo y no me había fijado...

Mis huesos crujen. Será del esfuerzo. La libretita está en la esquina. Bueno, que la encuentren. No van a hacerme nada peor por ello. Seguramente no la entenderán: está escrita en el idioma que me enseñó Seniteni.

La ventana. Está encajada por la humedad. Si me esfuerzo un poco... sí, así. Vaya, está realmente encajada, no sólo encajada, sino realmente encajada, ya me entendéis.

Al fin abierta. Allí están. ¡Eh!

 

***

 

Llegó su hora. Abrid la puerta. ¿Tenéis preparados los aparatos? Bien, no creo que dé problemas. Vamos, ahora. Entremos.

 

***

 

Ya suben. Les oigo por las escaleras. ¿Serán tan estúpidos que no me han visto antes? Quizás no vean bien. Algunos nacen deformes, sin visión. De tan preocupados por seguir unas pocas ideas fijas, inventadas por otro, ven muy poco entre los grises. Fue otra cosa que me enseñó mi amigo el duende.

Se acercan a la puerta, la abren.

 

***

 

Está de pie. Mejor. Tranquilo, viejo, sólo vamos a probar unas cosillas. No habla. Está totalmente ido. Intentad sentarle en la silla metálica. Sí. Tú, inyéctale. Bien.

No, no quiero para nada esa sucia libreta. ¿De dónde la habrá sacado? ¿Hay algo escrito? No. Claro, estúpido, no tenía nada con lo que escribir.

¿Habéis conectado los cables? Enchufad los electroencefalógrafos. Vamos a comenzar.

 

***

 

Me han obligado a sentarme de nuevo. Es extraño, pensé que me llevarían a donde torturan a los Marcados. No le temo a la tortura, desde luego. Moriré antes de que lo intenten, pero la verdad es que esperaba que lo hicieran, ya me entendéis.

Me están rodeando la cabeza con alguna máquina perfecta. No me importa. Está claro que no van a escucharme. Da igual. Tampoco es eso lo que quiero. Quiero morir, deslizarme entre el dorado y el negro, y eso es lo que voy a hacer.

Ahora.

 

***

¡Maldita sea! ¿Cómo es posible? Hace unos segundos estaba tan fresco, de pie frente a la pared. Vamos a repetir las pruebas. Amplificad la salida. Sí. Así. Ahora parece que sale algo...

 

***

 

¡Seniteni! ¡De nuevo juntos! Esperaba encontrarme con las hadas, las ondinas y las ninfas, pero nunca soñé con verte aquí.

Me alegra verte. Creo que ha sido buena idea morir.

Además, ellas siempre han sido otra historia.

 

***

 

Sí, mi Luz. Éstas son las instalaciones más avanzadas de la Claridad, y estamos desarrollando los más audaces experimentos aquí. Los Ciudadanos se verán mejorados hasta donde les corresponde. Gracias al estudio de estos miserables.

Ah, aquí está nuestro Doctor. Ha estudiado un caso muy interesante. Quizás disponga del informe que prometió. Es un hombre de gran valor para la Claridad. Creo que estaréis de acuerdo en que un ascenso en este momento de su carrera sería algo muy afortunado...

 

publicado en diciembre de 2007

 
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