| No se veía nada
a un metro de distancia. Era imposible tomar una referencia
válida en ese mar inmóvil y blanco. Cinco
pasos a la derecha y ya no era capaz de distinguir la
oscura y alargada forma del bote salvavidas. Un giro
de 360º y de regreso. Dentro estaba a salvo. La
niebla nunca atravesaba la puerta. Fuera me sentía
tan sofocado que pensaba que mis pulmones serían
incapaces de sacar un gramo de aire respirable a esa
gelatina blanca, pegajosa, aterradora.
Mi compañero estaba sentado
en el suelo, justo debajo del inútil panel de
control, jugueteando con un aparato metálico.
Se lo pasaba de una mano a otra sin apenas mirarlo.
Me senté a su lado y se lo arrebaté. Desde
el accidente del Agujero Negro Rafael Romero
se había ido volviendo cada día más
lacónico. De ingeniero jefe había pasado
a convertirse en una caricatura de náufrago,
un ser totalmente deslavazado, como si careciese de
vida propia.
-¡El detector de metales
parece haberse vuelto loco! No recibo ninguna lectura
comprensible -dije poniéndome en pie y
dirigiéndome hacia la puerta otra vez-.
Ni siquiera marca nuestra posición.
Rafael abrió la boca en una
mueca que me pareció cualquier cosa menos cómica.
Tras unos segundos, en los que pensé que tal
vez había olvidado cómo hablar, rompió
el silencio que había mantenido durante días.
-¿Por qué crees
que lo estaba examinando? Es como si la señal
rebotase en la niebla -intentó explicarse.
-Todo en este planeta es muy
raro -sentencié dejando que mi gastada
voz cabalgase sobre la espesa bruma-. ¡Dios!
Esta niebla… No creo que esté compuesta
de vapor de agua, es demasiado espesa. Además…
-mi voz se entrecortó al recordar horrores
hechos de blanca espuma-, no olvides todas esas
sombras.
Rafael me tomó suavemente del
brazo y me condujo de nuevo al exterior. El ingeniero
me señaló una dirección que pensé
había sido elegida al azar. Sin embargo, fijando
la vista hacia donde indicaba su dedo, pude distinguir
un destello níveo que pulsaba en su brillantez.
Ya me había dado cuenta antes de que el color
de la niebla no era tan uniforme como parecía.
Los pelos de la nuca se me erizaron.
-A mí también me
asusta pensar que hay algo vivo ahí fuera -dijo
a mis espaldas como si estuviese leyendo mis pensamientos,
como si fuésemos un solo ser envuelto en un sudario
blanco-. Pero lo que realmente hace que me sienta
aterrorizado son esas formas grises, jirones de niebla,
que parecen descender desde el cielo para llevarse un
alma.
-Pájaros -susurré
no demasiado convencido.
-O fantasmas -replicó
él.
Intenté reírme, pero
no pude. Regresé al interior cálido y
acogedor del pequeño bote salvavidas y me dejé
caer de nuevo sobre el suelo de metal. Pasados unos
pocos minutos volví a sentir la necesidad de
hablar, aunque no hiciese más que repetir una
y otra vez la misma cantinela.
-Capté con los sensores
del bote otra nave que salía del Agujero
negro antes de que explotase. Tiene que haber aterrizado
en algún lugar de este condenado planeta -
dije con un toque de vehemencia, aderezado con una seguridad
que no sentía.
-¿Y si María no
viajaba en esa nave? - compuso Rafael en palabras
mi más profundo temor.
María, espíritu volátil
atrapado entre dos destinos, como un gato en la jaula
de Schrödinger: muerta en la explosión del
Agujero Negro o perdida en un punto indefinido
de esta desolación que tiene nombre de planeta.
La única posibilidad de reencontrarme con ella
pasaba porque la segunda opción fuese la correcta.
-Tenemos que encontrar ese bote
de todas maneras. Se encuentre quien se encuentre en
esa nave puede necesitar nuestra ayuda.
Mi voz ni siquiera sonaba sincera
en mis propios oídos.
-¿Crees que nosotros
no necesitamos ayuda? Estos botes no tienen combustible
suficiente como para despegar desde una superficie planetaria.
Estamos varados aquí para siempre.
-Tal vez alguna nave haya escuchado
la llamada de socorro del Agujero negro. La
ayuda puede estar ya en camino.
Rafael no cejaba en su intento de matar
las pocas esperanzas que me quedaban utilizando la lógica.
¡Qué ingenuo era al pensar que con arma
tan simple podría derrotar a un enamorado desesperado!
-¿Eres consciente de
lo lejos que nos encontramos de las rutas comerciales?
-Vamos a permanecer aquí
mucho tiempo, por tanto, ¿qué mas te da
invertir un poco de eso que tanto tenemos en encontrar
la otra nave?
-De acuerdo -consintió
mirándome con ojos cargados de profunda preocupación.
-No puede estar muerta, Rafael,
porque estoy vivo y sin ella me moriría.
-Cualquier persona, utilizando
la lógica, invalidaría tu razonamiento.
-A mí me vale -zanjé
la discusión poniendo en mi rostro la expresión
más hosca de la que soy capaz.
Rafael se puso a trabajar de inmediato
intentando adaptar el localizador de metales. Yo daba
vueltas alrededor del bote a pocos pasos de distancia,
por temor a no encontrar el camino de vuelta. Lo cierto
es que no sólo tenía miedo a perderme.
Todo parecía tan quieto y, de repente, uno sentía
que allí había algo vivo. Aunque no pudieras
verlo, notabas que podías tocarlo con solo alargar
la mano. Era imposible que hubiera movimiento en ese
medio; en el planeta no existía la más
ínfima corriente de aire, ni la más insignificante
ráfaga de viento. Sin embargo, las sombras danzaban
ante tus propios ojos, entrando en tu mente y activando
tu miedo.
Según mi reloj, que todavía
se regía por el horario de la nave que, a su
vez, estaba adaptado al tiempo terrestre, los días
se sucedían, pero la oscuridad no descendía
sobre nosotros. Quizás el planeta presentase
siempre la misma cara a su sol o puede que la noche
ya hubiese llegado, enmascarada por una blancura que
poseía luminosidad propia. Tal vez no fuese niebla
ese halo opresivo que nos rodeaba. Fantasmas había
dicho Rafael. Sentí un escalofrío recorrer
mi columna vertebral a pesar de que no creía
en esa loca teoría. De todas maneras, ¿qué
terror podrían producirme los muertos de un planeta
situado a cientos de años luz del mío?
A no ser que fuesen nuestros propios muertos alojados
aquí después de su vida en la Tierra.
Eso le daría al planeta la categoría de
Infierno o de Cielo, aunque yo tal vez me inclinaría
más en este caso por Purgatorio. Sacudí
la cabeza, casi con violencia, para apartar esas tonterías
de mi mente y entré en el bote a comprobar que
tal le iba a mi compañero de naufragio.
-He adaptado el aparato para
que localice siempre la dirección de esta nave;
así podrás darte una vuelta por ahí
con la seguridad de que regresarás - me
comentó mostrándome el revoltijo de circuitos
impresos y cables que llevaba en la mano.
-Pero, ¿cómo encontraré
el otro bote?
-Supongo que cuando te tropieces
con él.
-Puedo intentar calcular su
trayectoria de descenso teniendo en cuenta la posición
del Agujero negro y la que llevaba cuando los
sensores lo captaron.
-No tienes las coordenadas exactas,
así que no obtendrías más que aproximaciones.
Además, estos trastos se pilotan de forma manual
y tan solo Dios sabrá dónde habrá
decidido aterrizar el otro piloto, si es que lo ha conseguido.
Recuerda cómo se produjo nuestro
aterrizaje; le dimos un par de vueltas al planeta buscando
un lugar despejado donde poder posarnos y, al no encontrarlo,
tuvimos que confiar ciegamente en los cálculos
de altitud de la computadora para no estrellarnos. Tú
eres un buen piloto, Elías, el otro no sé.
No le contesté. Le arrebaté
el aparato y me dispuse a coger un par de cosas antes
de emprender la búsqueda.
Vagué por aquel planeta algo
menos de una semana. Caminaba como si pasase a través
de cientos de cortinas de gasa dispuestas una detrás
de otra, incluso a veces me parecía oír
sonidos de desgarro; en cambio, otras era el tintineo
característico del cristal al romperse contra
el suelo el que me acompañaba. Pasé con
algunos sorbos de agua y algo de comida sintética
elaborada a partir de la tierra del suelo. No encontré
ni rastro del otro bote. Grité hasta que mi voz
se negó a salir de la garganta, pero nadie me
contestó. Apenas dormía un par de horas
cada vez y esto sólo ocurría cuando caía
exhausto al suelo. Entonces buscaba mi saco de dormir
y me acurrucaba dentro, rezando para que fuese lo que
fuese lo que acechaba en la niebla no se me llevase
mientras dormía. Sólo pedía una
cosa, que no sucediese mientras dormía.
A mi regreso, cuando me encontraba
según el señalizador a menos de veinte
metros de nuestro bote, caí en un agujero. Más
que sentirme dolorido estaba profundamente sorprendido;
era el primer accidente geográfico con el que
me encontraba. Palpé los bordes intentando salir
y comprendí que se trataba de un hoyo artificial.
Grité de terror cuando comprendí que estaba
dentro de una tumba. Rafael acudió solícito
a mi llamada. Después de ayudarme a trepar fuera
del hoyo me dijo que pensaba que ya estaría muerto.
-¿Cómo ibas a hacerlo
para encontrar mi cuerpo y traerlo hasta aquí?
- fue lo primero que le dije.
-Esa tumba no era para ti -fue
su asombrosa respuesta.
Yo solté una carcajada ante
lo absurdo de la situación.
-Entonces, ¿cómo
pensabas enterrarte después de muerto? -
intenté que la chanza ocultase mis nervios.
-Pensaba suicidarme dentro de
ella -respondió con una serenidad tal que
me llevó a temer por su cordura.
¡Por supuesto que está
loco!, exclamó una voz interior. ¡Tú
también! Desde luego que esa afirmación
era cierta. Yo estaba loco y en cierta manera muerto.
Algo murió dentro de mí cuando comencé
a concienciarme de que nunca más la volvería
a ver. ¿Cómo pude haber estado tan seguro
de que María estaba en el otro bote? ¿Sólo
porque salió de la sección en la que teóricamente
debía ella encontrarse? En esa parte de la nave
habría unas cincuenta personas y en el bote apenas
cabían diez, contando que tantas hubiesen tenido
tiempo de llegar hasta él. Tan solo dos de los
quince botes de la nave salieron y en uno de ellos viajamos
solamente Rafael y yo. Una probabilidad demasiado baja
como para pensar que ella podía seguir con vida.
Deseé que la niebla realmente encerrase monstruos
esperando el momento oportuno para devorarme. Si así
era aguantaron al menos tres días más.
Entonces Rafael tuvo una nueva idea.
-Nos queda un poco de combustible
-dijo-. Podemos desmontar el motor de la
nave y adaptarle unas planchas metálicas a modo
de aspas.
-¿Quieres construir un
ventilador?
-Uno gigantesco. Produciremos
una especie de efecto dominó cuyo objetivo último
será despejar esta niebla. Haremos moverse estas
partículas estáticas de tal manera que,
debido a su gran densidad, empezarán a chocar
unas con otras desplazándose de manera errática
y creando huecos y remolinos. El aire en la superficie
se calentará merced a la energía cinética
producida por las moléculas a1 chocar y tenderá,
por tanto, a subir. Moveremos esta maldita niebla y
aclararemos la superficie. Sólo hay una pega.
-¿Cuál? En teoría
parece perfecto -repliqué sintiendo cómo
la esperanza pugnaba por asirse a cualquier remota posibilidad.
-No creo que todo esto sea precisamente
niebla -aclaró con voz triste haciendo
un gesto con su brazo que abarcó todo a su alrededor.
-¿Entonces, qué
crees tú que es?
-Casas, puentes, carreteras,
qué sé yo, cualquier cosa relacionada
con lo que entendemos por civilización. Incluso
podría tratarse de seres vivientes.
-No te entiendo -protesté
no queriendo siquiera pensar en la posibilidad que Rafael
apuntaba.
-¿Puedes imaginar unos
seres menos densos que nosotros? Tendrían las
partículas constituyentes más separadas.
-No puedo -respondí
casi con un alarido.
-Yo tampoco. Por eso nuestra
mente nos ofrece esto -explicó moviendo
el brazo en un gesto indefinido- como interpretación
del fenómeno. Si pusiésemos en marcha
el proyecto, destruiríamos a estos seres y todas
sus obras.
-¡Cuentos! -exclamé
no sin demasiada convicción-. Esto no es
más que una niebla espesa.
A pesar de la seguridad que quise
imprimirle a mis palabras, la duda comenzaba a corroerme.
Las sombras en danza, esa niebla que todo lo llenaba,
la opresiva sensación de sentirme observado…
El espacio alrededor mío se me antojaba lleno,
atestado, como si tuviese que darme de codazos con una
multitud para poder moverme.
-¿Serías capaz
de destruir toda una civilización, por extraña
que ésta sea, por una pequeña posibilidad
de encontrar a María?
-No puedes estar seguro de lo
que dices -comencé en tono conciliador
para pasar a la súplica- ¿No lo
comprendes, Rafael? Ella es mi vida. Si no quieres hacerlo,
¿por qué me lo has contado? -pregunté
finalmente descargando en las palabras la furia que
sentía.
-¿Quién soy yo
para decidir? Somos amigos, Elías, no sólo
a la fuerza ni debido a las circunstancias ¿Obraría
como tal si te ocultase algo que podría llevarte
a la felicidad?
-Entonces, ¿por qué
te opones ahora?
- No lo hago, simplemente expongo
unos hechos. No veo manera de conocer la verdad.
De nuevo apareció esa voz resonando
en los recovecos de mi cabeza; esta vez me decía
que lo dejase estar, que aceptase el ofrecimiento de
Rafael y que no pensase en nada más. No hice
caso.
-¿Cómo crees que
nos verían ellos en caso de existir?
-No creo que nos viesen realmente;
para ellos seríamos como una catástrofe,
materia sólida que se mueve entre ellos. Tal
vez ya hayamos causado bastantes daños alterando
su constitución y dispersando sus partículas.
-Si tuvieses razón intentarían
pararnos -interrumpí sus elucubraciones
con una frase no exenta de una secreta esperanza. Si
eso sucediese ya no tendría que tomar yo una
decisión, una que pudiese desencadenar un genocidio.
-¿Podemos frenar los
hombres un terremoto? -prosiguió el bueno
de Rafael con sus pensamientos-. Podemos detectarlos
y prevenir algunas de sus consecuencias, nada más.
Así es como creo que ellos luchan contra nosotros.
¿Te has dado cuenta de que cada vez hay menos
movimientos de sombras cerca de nosotros?
Lo había hecho.
-Casualidad -respondí
yo sin reconocer mis propias observaciones.
Él se encogió de hombros.
Cinco días después acabamos
de construir el ventilador. Rafael me miró una
última vez con ojos suplicantes, pero desvié
la mirada. Hacía tiempo que había sacrificado
mi alma y mi conciencia por la continuación del
proyecto por el que vivía: encontrar a María.
Le di al conmutador y cerré
los ojos. Las aspas empezaron a girar. Por primera vez
en el planeta se alzó el viento. Nos amarramos
con fuerza al armazón de la nave pero, como habíamos
previsto, el proceso fue lento y la niebla se fue levantando
poco a poco.
El viento rompía la niebla,
la hacía jirones. En mi mente el sordo rumor
que producía se convirtió en una sucesión
de gritos, en la repetición de un nombre una
y otra vez. El viento recorría todo el planeta
llamándola. ¡María!
Cuando todo acabó, un yermo
continuo de tierra amarillenta se abrió ante
mí. Rafael ya no estaba. Se había ido
cabalgando sobre la niebla en retirada, se había
hundido en el mar blanco que se había escurrido
por el desagüe. Reí, lloré, besé
la tierra, arranqué puñados de ella y
la lancé al aire, bailé febrilmente. Contemplé
el cielo de color gris sucio surcado apenas por algunas
lechosas y erráticas nubes. Intenté recordar
al ingeniero junto a mí en el bote salvavidas,
luchando por llegar al planeta con vida, y me resultó
imposible; en cambio lo recordaba perfectamente a mi
lado en medio de la niebla. Mi mente había recreado
a Rafael para mitigar mi soledad. ¿Por qué
no a María? La respuesta es muy sencilla. Ella
representa mi Grial particular, lo único que
me da fuerzas para sobrevivir es su búsqueda.
Horas después, con la llegada de la noche, admiré
las estrellas. Lloré al verlas brillar tan hermosas,
tan por encima de mi cabeza.
Hace ya varios años que vago
por el desértico paisaje arrastrando la máquina
procesadora de alimentos y elaborando la comida y el
agua a partir del suelo terroso. Una parte de mí
reza para que no se estropee. A la otra comienza a darle
todo igual. Por las noches sueño con sombras
blancas danzando ante mí, chillando y preguntando
por qué los había destruido. Fantasmas
de fantasmas. Yo a veces me hago esa misma pregunta,
más a menudo de lo que me gustaría: ¿por
qué?
publicado en octubre
de 2008
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