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El viento grita su nombre Más sobre José Javier Bataller

No se veía nada a un metro de distancia. Era imposible tomar una referencia válida en ese mar inmóvil y blanco. Cinco pasos a la derecha y ya no era capaz de distinguir la oscura y alargada forma del bote salvavidas. Un giro de 360º y de regreso. Dentro estaba a salvo. La niebla nunca atravesaba la puerta. Fuera me sentía tan sofocado que pensaba que mis pulmones serían incapaces de sacar un gramo de aire respirable a esa gelatina blanca, pegajosa, aterradora.

Mi compañero estaba sentado en el suelo, justo debajo del inútil panel de control, jugueteando con un aparato metálico. Se lo pasaba de una mano a otra sin apenas mirarlo. Me senté a su lado y se lo arrebaté. Desde el accidente del Agujero Negro Rafael Romero se había ido volviendo cada día más lacónico. De ingeniero jefe había pasado a convertirse en una caricatura de náufrago, un ser totalmente deslavazado, como si careciese de vida propia.

-¡El detector de metales parece haberse vuelto loco! No recibo ninguna lectura comprensible -dije poniéndome en pie y dirigiéndome hacia la puerta otra vez-. Ni siquiera marca nuestra posición.

Rafael abrió la boca en una mueca que me pareció cualquier cosa menos cómica. Tras unos segundos, en los que pensé que tal vez había olvidado cómo hablar, rompió el silencio que había mantenido durante días.

-¿Por qué crees que lo estaba examinando? Es como si la señal rebotase en la niebla -intentó explicarse.

-Todo en este planeta es muy raro -sentencié dejando que mi gastada voz cabalgase sobre la espesa bruma-. ¡Dios! Esta niebla… No creo que esté compuesta de vapor de agua, es demasiado espesa. Además… -mi voz se entrecortó al recordar horrores hechos de blanca espuma-, no olvides todas esas sombras.

Rafael me tomó suavemente del brazo y me condujo de nuevo al exterior. El ingeniero me señaló una dirección que pensé había sido elegida al azar. Sin embargo, fijando la vista hacia donde indicaba su dedo, pude distinguir un destello níveo que pulsaba en su brillantez. Ya me había dado cuenta antes de que el color de la niebla no era tan uniforme como parecía. Los pelos de la nuca se me erizaron.

-A mí también me asusta pensar que hay algo vivo ahí fuera -dijo a mis espaldas como si estuviese leyendo mis pensamientos, como si fuésemos un solo ser envuelto en un sudario blanco-. Pero lo que realmente hace que me sienta aterrorizado son esas formas grises, jirones de niebla, que parecen descender desde el cielo para llevarse un alma.

-Pájaros -susurré no demasiado convencido.

-O fantasmas -replicó él.

Intenté reírme, pero no pude. Regresé al interior cálido y acogedor del pequeño bote salvavidas y me dejé caer de nuevo sobre el suelo de metal. Pasados unos pocos minutos volví a sentir la necesidad de hablar, aunque no hiciese más que repetir una y otra vez la misma cantinela.

-Capté con los sensores del bote otra nave que salía del Agujero negro antes de que explotase. Tiene que haber aterrizado en algún lugar de este condenado planeta - dije con un toque de vehemencia, aderezado con una seguridad que no sentía.

-¿Y si María no viajaba en esa nave? - compuso Rafael en palabras mi más profundo temor.

María, espíritu volátil atrapado entre dos destinos, como un gato en la jaula de Schrödinger: muerta en la explosión del Agujero Negro o perdida en un punto indefinido de esta desolación que tiene nombre de planeta. La única posibilidad de reencontrarme con ella pasaba porque la segunda opción fuese la correcta.

-Tenemos que encontrar ese bote de todas maneras. Se encuentre quien se encuentre en esa nave puede necesitar nuestra ayuda.

Mi voz ni siquiera sonaba sincera en mis propios oídos.

-¿Crees que nosotros no necesitamos ayuda? Estos botes no tienen combustible suficiente como para despegar desde una superficie planetaria. Estamos varados aquí para siempre.

-Tal vez alguna nave haya escuchado la llamada de socorro del Agujero negro. La ayuda puede estar ya en camino.

Rafael no cejaba en su intento de matar las pocas esperanzas que me quedaban utilizando la lógica. ¡Qué ingenuo era al pensar que con arma tan simple podría derrotar a un enamorado desesperado!

-¿Eres consciente de lo lejos que nos encontramos de las rutas comerciales?

-Vamos a permanecer aquí mucho tiempo, por tanto, ¿qué mas te da invertir un poco de eso que tanto tenemos en encontrar la otra nave?

-De acuerdo -consintió mirándome con ojos cargados de profunda preocupación.

-No puede estar muerta, Rafael, porque estoy vivo y sin ella me moriría.

-Cualquier persona, utilizando la lógica, invalidaría tu razonamiento.

-A mí me vale -zanjé la discusión poniendo en mi rostro la expresión más hosca de la que soy capaz.

Rafael se puso a trabajar de inmediato intentando adaptar el localizador de metales. Yo daba vueltas alrededor del bote a pocos pasos de distancia, por temor a no encontrar el camino de vuelta. Lo cierto es que no sólo tenía miedo a perderme. Todo parecía tan quieto y, de repente, uno sentía que allí había algo vivo. Aunque no pudieras verlo, notabas que podías tocarlo con solo alargar la mano. Era imposible que hubiera movimiento en ese medio; en el planeta no existía la más ínfima corriente de aire, ni la más insignificante ráfaga de viento. Sin embargo, las sombras danzaban ante tus propios ojos, entrando en tu mente y activando tu miedo.

Según mi reloj, que todavía se regía por el horario de la nave que, a su vez, estaba adaptado al tiempo terrestre, los días se sucedían, pero la oscuridad no descendía sobre nosotros. Quizás el planeta presentase siempre la misma cara a su sol o puede que la noche ya hubiese llegado, enmascarada por una blancura que poseía luminosidad propia. Tal vez no fuese niebla ese halo opresivo que nos rodeaba. Fantasmas había dicho Rafael. Sentí un escalofrío recorrer mi columna vertebral a pesar de que no creía en esa loca teoría. De todas maneras, ¿qué terror podrían producirme los muertos de un planeta situado a cientos de años luz del mío? A no ser que fuesen nuestros propios muertos alojados aquí después de su vida en la Tierra. Eso le daría al planeta la categoría de Infierno o de Cielo, aunque yo tal vez me inclinaría más en este caso por Purgatorio. Sacudí la cabeza, casi con violencia, para apartar esas tonterías de mi mente y entré en el bote a comprobar que tal le iba a mi compañero de naufragio.

-He adaptado el aparato para que localice siempre la dirección de esta nave; así podrás darte una vuelta por ahí con la seguridad de que regresarás - me comentó mostrándome el revoltijo de circuitos impresos y cables que llevaba en la mano.

-Pero, ¿cómo encontraré el otro bote?

-Supongo que cuando te tropieces con él.

-Puedo intentar calcular su trayectoria de descenso teniendo en cuenta la posición del Agujero negro y la que llevaba cuando los sensores lo captaron.

-No tienes las coordenadas exactas, así que no obtendrías más que aproximaciones. Además, estos trastos se pilotan de forma manual y tan solo Dios sabrá dónde habrá decidido aterrizar el otro piloto, si es que lo ha conseguido.

Recuerda cómo se produjo nuestro aterrizaje; le dimos un par de vueltas al planeta buscando un lugar despejado donde poder posarnos y, al no encontrarlo, tuvimos que confiar ciegamente en los cálculos de altitud de la computadora para no estrellarnos. Tú eres un buen piloto, Elías, el otro no sé.

No le contesté. Le arrebaté el aparato y me dispuse a coger un par de cosas antes de emprender la búsqueda.

Vagué por aquel planeta algo menos de una semana. Caminaba como si pasase a través de cientos de cortinas de gasa dispuestas una detrás de otra, incluso a veces me parecía oír sonidos de desgarro; en cambio, otras era el tintineo característico del cristal al romperse contra el suelo el que me acompañaba. Pasé con algunos sorbos de agua y algo de comida sintética elaborada a partir de la tierra del suelo. No encontré ni rastro del otro bote. Grité hasta que mi voz se negó a salir de la garganta, pero nadie me contestó. Apenas dormía un par de horas cada vez y esto sólo ocurría cuando caía exhausto al suelo. Entonces buscaba mi saco de dormir y me acurrucaba dentro, rezando para que fuese lo que fuese lo que acechaba en la niebla no se me llevase mientras dormía. Sólo pedía una cosa, que no sucediese mientras dormía.

A mi regreso, cuando me encontraba según el señalizador a menos de veinte metros de nuestro bote, caí en un agujero. Más que sentirme dolorido estaba profundamente sorprendido; era el primer accidente geográfico con el que me encontraba. Palpé los bordes intentando salir y comprendí que se trataba de un hoyo artificial. Grité de terror cuando comprendí que estaba dentro de una tumba. Rafael acudió solícito a mi llamada. Después de ayudarme a trepar fuera del hoyo me dijo que pensaba que ya estaría muerto.

-¿Cómo ibas a hacerlo para encontrar mi cuerpo y traerlo hasta aquí? - fue lo primero que le dije.

-Esa tumba no era para ti -fue su asombrosa respuesta.

Yo solté una carcajada ante lo absurdo de la situación.

-Entonces, ¿cómo pensabas enterrarte después de muerto? - intenté que la chanza ocultase mis nervios.

-Pensaba suicidarme dentro de ella -respondió con una serenidad tal que me llevó a temer por su cordura.

¡Por supuesto que está loco!, exclamó una voz interior. ¡Tú también! Desde luego que esa afirmación era cierta. Yo estaba loco y en cierta manera muerto. Algo murió dentro de mí cuando comencé a concienciarme de que nunca más la volvería a ver. ¿Cómo pude haber estado tan seguro de que María estaba en el otro bote? ¿Sólo porque salió de la sección en la que teóricamente debía ella encontrarse? En esa parte de la nave habría unas cincuenta personas y en el bote apenas cabían diez, contando que tantas hubiesen tenido tiempo de llegar hasta él. Tan solo dos de los quince botes de la nave salieron y en uno de ellos viajamos solamente Rafael y yo. Una probabilidad demasiado baja como para pensar que ella podía seguir con vida. Deseé que la niebla realmente encerrase monstruos esperando el momento oportuno para devorarme. Si así era aguantaron al menos tres días más. Entonces Rafael tuvo una nueva idea.

-Nos queda un poco de combustible -dijo-. Podemos desmontar el motor de la nave y adaptarle unas planchas metálicas a modo de aspas.

-¿Quieres construir un ventilador?

-Uno gigantesco. Produciremos una especie de efecto dominó cuyo objetivo último será despejar esta niebla. Haremos moverse estas partículas estáticas de tal manera que, debido a su gran densidad, empezarán a chocar unas con otras desplazándose de manera errática y creando huecos y remolinos. El aire en la superficie se calentará merced a la energía cinética producida por las moléculas a1 chocar y tenderá, por tanto, a subir. Moveremos esta maldita niebla y aclararemos la superficie. Sólo hay una pega.

-¿Cuál? En teoría parece perfecto -repliqué sintiendo cómo la esperanza pugnaba por asirse a cualquier remota posibilidad.

-No creo que todo esto sea precisamente niebla -aclaró con voz triste haciendo un gesto con su brazo que abarcó todo a su alrededor.

-¿Entonces, qué crees tú que es?

-Casas, puentes, carreteras, qué sé yo, cualquier cosa relacionada con lo que entendemos por civilización. Incluso podría tratarse de seres vivientes.

-No te entiendo -protesté no queriendo siquiera pensar en la posibilidad que Rafael apuntaba.

-¿Puedes imaginar unos seres menos densos que nosotros? Tendrían las partículas constituyentes más separadas.

-No puedo -respondí casi con un alarido.

-Yo tampoco. Por eso nuestra mente nos ofrece esto -explicó moviendo el brazo en un gesto indefinido- como interpretación del fenómeno. Si pusiésemos en marcha el proyecto, destruiríamos a estos seres y todas sus obras.

-¡Cuentos! -exclamé no sin demasiada convicción-. Esto no es más que una niebla espesa.

A pesar de la seguridad que quise imprimirle a mis palabras, la duda comenzaba a corroerme. Las sombras en danza, esa niebla que todo lo llenaba, la opresiva sensación de sentirme observado… El espacio alrededor mío se me antojaba lleno, atestado, como si tuviese que darme de codazos con una multitud para poder moverme.

-¿Serías capaz de destruir toda una civilización, por extraña que ésta sea, por una pequeña posibilidad de encontrar a María?

-No puedes estar seguro de lo que dices -comencé en tono conciliador para pasar a la súplica- ¿No lo comprendes, Rafael? Ella es mi vida. Si no quieres hacerlo, ¿por qué me lo has contado? -pregunté finalmente descargando en las palabras la furia que sentía.

-¿Quién soy yo para decidir? Somos amigos, Elías, no sólo a la fuerza ni debido a las circunstancias ¿Obraría como tal si te ocultase algo que podría llevarte a la felicidad?

-Entonces, ¿por qué te opones ahora?

- No lo hago, simplemente expongo unos hechos. No veo manera de conocer la verdad.

De nuevo apareció esa voz resonando en los recovecos de mi cabeza; esta vez me decía que lo dejase estar, que aceptase el ofrecimiento de Rafael y que no pensase en nada más. No hice caso.

-¿Cómo crees que nos verían ellos en caso de existir?

-No creo que nos viesen realmente; para ellos seríamos como una catástrofe, materia sólida que se mueve entre ellos. Tal vez ya hayamos causado bastantes daños alterando su constitución y dispersando sus partículas.

-Si tuvieses razón intentarían pararnos -interrumpí sus elucubraciones con una frase no exenta de una secreta esperanza. Si eso sucediese ya no tendría que tomar yo una decisión, una que pudiese desencadenar un genocidio.

-¿Podemos frenar los hombres un terremoto? -prosiguió el bueno de Rafael con sus pensamientos-. Podemos detectarlos y prevenir algunas de sus consecuencias, nada más. Así es como creo que ellos luchan contra nosotros. ¿Te has dado cuenta de que cada vez hay menos movimientos de sombras cerca de nosotros?

Lo había hecho.

-Casualidad -respondí yo sin reconocer mis propias observaciones.

Él se encogió de hombros.

Cinco días después acabamos de construir el ventilador. Rafael me miró una última vez con ojos suplicantes, pero desvié la mirada. Hacía tiempo que había sacrificado mi alma y mi conciencia por la continuación del proyecto por el que vivía: encontrar a María.

Le di al conmutador y cerré los ojos. Las aspas empezaron a girar. Por primera vez en el planeta se alzó el viento. Nos amarramos con fuerza al armazón de la nave pero, como habíamos previsto, el proceso fue lento y la niebla se fue levantando poco a poco.

El viento rompía la niebla, la hacía jirones. En mi mente el sordo rumor que producía se convirtió en una sucesión de gritos, en la repetición de un nombre una y otra vez. El viento recorría todo el planeta llamándola. ¡María!

Cuando todo acabó, un yermo continuo de tierra amarillenta se abrió ante mí. Rafael ya no estaba. Se había ido cabalgando sobre la niebla en retirada, se había hundido en el mar blanco que se había escurrido por el desagüe. Reí, lloré, besé la tierra, arranqué puñados de ella y la lancé al aire, bailé febrilmente. Contemplé el cielo de color gris sucio surcado apenas por algunas lechosas y erráticas nubes. Intenté recordar al ingeniero junto a mí en el bote salvavidas, luchando por llegar al planeta con vida, y me resultó imposible; en cambio lo recordaba perfectamente a mi lado en medio de la niebla. Mi mente había recreado a Rafael para mitigar mi soledad. ¿Por qué no a María? La respuesta es muy sencilla. Ella representa mi Grial particular, lo único que me da fuerzas para sobrevivir es su búsqueda. Horas después, con la llegada de la noche, admiré las estrellas. Lloré al verlas brillar tan hermosas, tan por encima de mi cabeza.

Hace ya varios años que vago por el desértico paisaje arrastrando la máquina procesadora de alimentos y elaborando la comida y el agua a partir del suelo terroso. Una parte de mí reza para que no se estropee. A la otra comienza a darle todo igual. Por las noches sueño con sombras blancas danzando ante mí, chillando y preguntando por qué los había destruido. Fantasmas de fantasmas. Yo a veces me hago esa misma pregunta, más a menudo de lo que me gustaría: ¿por qué?

 

publicado en octubre de 2008

 
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