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Rojo eléctrico, azul sangre Más sobre José Javier Bataller

Despojos de metal cubren la llanura. El cementerio de los elefantes. Algún que otro chisporroteo rompe el silencio. Chispas elevándose en el cargado aire. Conexiones rotas que se niegan a estarlo. Olor a quemado. A electricidad. A muerte, de una forma u otra. Yo sólo deseo tumbar a Sara en un sitio despejado y poseerla allí mismo. Pero me parece que no va a ser posible. Ella no para de sollozar, pero no mete mucho ruido. No, Sara no gimotea, nunca lo haría. El silencio queda roto de vez en cuando por el estallido de algún que otro circuito eléctrico. No me encuentro a gusto. Así que me pongo a pegar patadas a todo aquello que se pone a mi alcance. Disfruto cuando un trozo de metal sale volando, cortando el crepúsculo violeta. Me duele el pie, pero no importa. Ahora mis movimientos son compulsivos, frutos de una reacción post emocional muy intensa. Supongo que no intento otra cosa que llamar su atención. Si hago un poco el cafre vendrá a recriminarme y dejará de contemplar su interior. Ahí viene.

-¡Déjalos en paz! -grita.

Sus puños golpean mi pecho, pero sin demasiada fuerza. La sujeto por las muñecas y la atraigo hacia mí. Intento besarla, abrir su boca a mi lengua. Ella me muerde y yo la empujo. Cae hacia atrás, sobre la carcasa de un robot muerto, no, muerto no, destruido, aniquilado, acabado, pero no muerto. Me niego a reconocer que un robot puede morir. La contemplo sin saber cómo reaccionar. Quiero disculparme, pero Sara rompe a reír. Eso sí que es histerismo. Se levanta y comienza a desnudarse. Lleva un uniforme de una sola pieza, así que no tarda mucho tiempo. No lleva ropa interior. Su carne se estremece en el frío de del anochecer de Zeta Tucanae. ¡Cómo la deseo! Sin embargo ella me vuelve a ganar la mano. Se tiende en el suelo y abre las piernas.

-¿Es esto lo que quieres? ¡Pues ven a buscarlo cabrón de mierda!

El deseo me abandona. Ni siquiera estoy furioso, pues en ese caso me abalanzaría sobre ella y le haría daño. No quiero eso. No. Yo la amo. Me doy la vuelta y recuerdo su tibio cuerpo en el centro de control, el número tres. Diez metros cuadrados para nosotros dos… y los paneles. La batalla desatada en la superficie, en el espacio. Nosotros aislados por un kilómetro de tierra y rocas. Nos amamos mientras el control número uno, la estación espacial en órbita, era destruido. Estábamos haciendo el amor cuando el puesto de tierra, el control número dos, estallaba. Seguramente el coronel y Moha y Oleg y Fat y Amelia y Sandrine murieron en el acto. Entonces tuvimos que dejar de amarnos. Tomamos las riendas de la batalla y la ganamos. Quizás eso no sea del todo exacto, sino más bien una afirmación egocéntrica o antropocéntrica. Ellos vencieron. Yo sólo apreté un botón. Tal vez más tarde hable del precio de la victoria.

Construimos robots, los dotamos de algoritmos de tomas de decisión, les damos algo parecido al libre albedrío y luego nos empeñamos en supervisarlos. Cubrimos el metal con más metal, los rellenamos de misiles, les instalamos disparadores de partículas de alta frecuencia, los programamos para que utilicen todas esas armas, los llevamos a planetas distantes para que combatan y ¿mueran?, por nosotros, por la humanidad, ¡qué palabra tan abstracta! Lo peor de todo es que hacemos que todo ese sacrificio robótico, esa orgía de destrucción metálica, sea vana, porque si se trata de preservar vidas humanas no se consigue del todo.

La Tierra tiene los días, los millones de años, contados. El Sol es el reloj que marca la destrucción. Pues eso, se buscan estrellas más jóvenes y todo solucionado. Lo que no se puede evitar es la muerte del Universo. La entropía es el fin. La uniformidad calorífica de todo el cosmos. Se buscó y buscó la materia oscura, pero no se encontró. El Universo no tiene masa suficiente para cerrarse. Continuará expandiéndose hasta que las estrellas se apaguen. Parece ser que la humanidad no se conforma con existir solamente hasta ese momento. Siempre queremos más. Así pues, los hijos de los hijos de los hijos (y así unas cuantas veces más) de nuestros hijos idearon una manera de evitar el final último, pero no pensaron en el bienestar de sus antepasados. Idearon la forma de viajar en el tiempo y lanzaron a sus engendros, pues imagino que ellos estarán demasiado evolucionados como para ensuciarse las manos (en caso de conservarlas todavía), a un Universo joven con la intención de acabar con la posible competencia que pudiesen encontrar. Lo que significa el exterminio de cualquier tipo de vida, incluida la humanidad de esa, nuestra época. Hay quien opina que no se atreverán a acabar con todos nosotros, pues en ese caso no quedará ningún humano que evolucione hasta convertirse en ellos y no podrán viajar en el tiempo y… Sí, ya sé que todo eso provoca dolor de cabeza. Pero se habla de colonias que han desaparecido enteras, sin dejar siquiera cadáveres. Se rumorea que mantienen planetas granja para que la cosecha de la humanidad no se acabe. Yo prefiero pensar en los pezones de Sara dentro de mi boca. Aún así no me giro. Ella todavía no llora en voz alta.

Mantener la cabeza ocupada. No pensar en la destrucción que me rodea. Cuerpos abiertos, entrañas al aire, nada de sangre. El coronel y Moha y Oleg y Fat y Amelia y Sandrine (oh, creo que ya los he nombrado) fueron volatilizados, sus átomos mezclados con la atmósfera, todo muy limpio, sin fluidos vitales. La guerra. Como un juego. Como una operación matemática. Una secuencia fija, inalterable. Un algoritmo. Una receta de cocina.

La aparición de las naves del enemigo suelen estar acompañadas de una emisión muy fuerte de rayos X e ?, lo que significa la apertura de un agujero de gusano. Normalmente se las detecta con tiempo suficiente como para evacuar el planeta objetivo. Entonces se envían los transportes de tropas más cercanos y se preparan las defensas.

La primera línea se sitúa en órbita. A pesar de que las naves de defensa poseen un cerebro programado para la toma de decisiones, camuflado entre ellas está el módulo de control número uno con dotación humana. En nuestra infinita sabiduría los humanos creemos que la aleatoriedad y la temeridad son esencialmente necesarias para la victoria. Normalmente ellos son los primeros en morir. Los adversarios han aprendido a localizarlas y a eliminarlas rápidamente, utilizando sus enjambres de naves tripuladas por seres biológicos cultivados especialmente para ese tipo de lucha.

El coronel Méndez, el alférez Mohammed Ben Alí y la capitana Sandrine Lecoq murieron en la órbita de Zeta Tucanae. Ella había sido la pareja oficial de Sara durante algunos meses, en plena fase de desconcierto sexual, como ella misma lo definía. No lloró su muerte con lágrimas, fueron otros los fluidos que derramamos. Hizo el amor conmigo de forma todavía más frenética. Cuando se cree estar a un paso de la muerte las reacciones humanas suelen ser de lo más extrañas.

Tras limpiar las cercanías del planeta de las pocas naves que quedaban, los invasores se dispusieron a desembarcar. Lo único civilizado de todo esto es que ellos, en nombre de sus amos, desean conservar el planeta intacto, así que no se plantean utilizar armas termonucleares ni lindezas por el estilo. Montañas de músculos acorazadas rompieron el suelo de Zeta Tucanae al aterrizar empuñando sus lanzamisiles de mano. Seres alados que me recordaban los extintos pterodáctilos saludaron con graznidos la salida del sol. Mientras tanto los cazas de combate buscaban el puesto de mando de la superficie. De paso saturaban la atmósfera con distorsiones eléctricas que dificultaban la comunicación entre nuestras tropas.

Nuestras tropas… Cien mil robots humanoides armados con todo tipo de armas de destrucción a corto alcance. Veinte mil unidades voladoras dotadas con misiles de largo recorrido. Cinco mil tanques con ruedas de oruga y cerebro propio de cientos de toneladas de peso. Algunos veteranos de otras batallas. Vencedores en ? Ceti (esa estrella está demasiado cerca del Sol como para poder perderla). Vencidos en ? Draconis, donde la derrota pronto se vio tan clara que se impuso la retirada. Todos unidos en ese momento por la defensa de un pedazo de tierra que no les pertenecía, por la liberación de unos seres que no son como ellos, por la idealización de unos conceptos que les son totalmente ajenos. ¡Todo por la programación! Proceso no muy distinto a tantas guerras domésticas allá en la vieja Tierra, en los viejos tiempos que no lo son tanto. Estandartes al viento. Reflejos metálicos por doquier. ¡Comienza el espectáculo!

Secuencias de guerra. Localización de objetivo. Destrucción del mismo. Oleg Tychonenko, Li Yueh Fat y Amelia Sánchez ya son uno con el planeta al que vinieron a defender. Amelia que en un momento dado fue objeto de mis besos, de mis caricias. También de Oleg y de Méndez y… En una nave hay muy poco espacio y ya se sabe, el roce hace el cariño. Liberación de tabúes. Descentralización del amor. Compartir. Esa es la clave. Compartir hasta las desgracias, de tal forma que el dolor queda repartido. Un beso de despedida Amelia. Ahora sólo soy capaz de pensar en Sara. No pienso en la Sara que ahora mismo está detrás de mí, sino en aquella que recibe mi semen dentro de su cuerpo, a un kilómetro bajo tierra. Como si ese pasado fuese también el presente.

La luz roja inunda el módulo de mando número tres. Sara se desprende de mí, dejándome tirado sudoroso en el suelo. Miles de microcables recorren el interior del planeta hasta la superficie, poniéndonos en contacto con nuestros chicos ahí arriba. Unos segundos de duda. ¿Qué hacer? Ella me mira. No quiere tomar la responsabilidad. Yo soy el de más rango. Sólo quiero acabar pronto y seguir haciendo el amor. Aprieto un botón. Aníbal en Cannas. Pongo todas las esperanzas en un general muerto hace casi tres mil años, antes incluso que naciese el hombre-dios Jesús. Un hombre nacido en un lugar llamado Cartago y que luchó contra la ciudad que acabaría dominando el mundo, Roma. Pero en esa ocasión, en la batalla que pretendo recrear, fue el cartaginés el que obtuvo la victoria.

La primera medida es restringir las comunicaciones. Las señales entre nuestros robots no llegan más allá de cincuenta metros. No se pueden interferir. Un robot es el elegido para tomar las decisiones. Uno de sus ojos se apaga. Es una incorporación mía al programa. Un guiño a la historia. Al mismo tiempo que se despliegan en filas diez columnas de profundidad, subrutinas hasta ese momento escondidas en la mente de los robots comienzan a ejecutarse. Algunos de ellos se convierten en oficiales. Los veteranos se colocan en las alas, los robots de nueva factura en el centro. Los aviones son la caballería. Los acorazados con ruedas de oruga los elefantes.

Hordas de pterodáctilos se ciernen sobre nuestro ejército. Sara y yo atentos a través de las pantallas. Empezamos con más de mil cámaras distribuidas sobre el campo de batalla. Decenas de monitores se muestran negros ante nuestros ojos, cada vez son más los destruidos bajo el fuego que los encuentra casualmente. Aún así quedan suficientes como para obtener una idea clara de lo que sucede. Ella juguetea distraídamente con su mano en mi pene, pero pronto va a dejar de hacerlo, su atención fija en lo que sucede arriba.

El general tuerto, el robot con un solo ojo operativo, ordena una distribución especial de las fuerzas aéreas, de la caballería. Las instrucciones son transmitidas de robot en robot hasta llegar a la nave insignia. Dos grupos asimétricos surcan el cielo hacia los alados adversarios. Éstos se dividen en cambio en dos partes iguales. Uno de nuestros flancos cuenta con más efectivos que el correspondiente enemigo, mientras que el otro queda en inferioridad. Gargantas especialmente diseñadas sueltan haces de fuego que intentan fundir el blindaje de los aparatos humanos.

En el suelo, los acorazados se lanzan contra las huestes contrarias con toda su potencia de fuego activa. Los campos de fuerza destellan rivalizando con la luz del sol. Cada uno de sus soldados lleva en una mano un lanzamisiles y en la otra una hoja cortante, diamante o algo parecido. Las filas enemigas absorben el envite de nuestros particulares elefantes apenas sin sufrir bajas. Uno a uno son abatidos bajo una lluvia de misiles. El ataque sólo ha servido para hacerles gastar munición. Continúa la lucha. Es su turno de contraatacar. Se lanzan contra el centro de nuestra formación. Parece un remedo de la gigantomaquia, la gran batalla que enfrentó en los albores del mito humano a los dioses del Olimpo contra los gigantes.

En el aire, el grupo que tenía superioridad ha derrotado fácilmente a sus adversarios, mientras que el otro resiste pese a las bajas a un enemigo superior en número. Se junta nuestro ejército. Con la ventaja numérica el resultado de la batalla aérea parece decantarse a nuestro favor.

Trozos de metal vuelan en todas direcciones. Sus guadañas cortan los miembros de nuestros defensores con mucha facilidad. Las columnas centrales, cada vez con menos profundidad, se comban hacia dentro. Los flancos de nuestro ejército también se mueven. Intentan completar el círculo, con los enemigos en el interior. La caballería se ensaña contra los infantes invasores. El sol de mediodía resplandece con fuerza. Todo parece ir según lo previsto. Han caído en la trampa, como las legiones romanas de Lucio Emilio Paulo. Llega la hora del exterminio. Tan fácil que no podía continuar así.

Una lluvia de fuego y metal llega desde lo alto. Los cazas sobrevivientes de la batalla orbital entran en juego de nuevo. Va a ser mucho más difícil de lo esperado. Nuestros aviones se lanzan como perros acechando un ciervo, pero uno muy peligroso. Uno que se revuelve, ataca, clava sus cuernos, lanza sus misiles.

El sol se acerca al horizonte. Los transportes de tropa de los invasores abandonan el sistema con sus hangares vacíos. No queda un solo ser ¿viviente?, sobre el planeta. Al menos no queda un solo ente capaz de calcular un millón de cifras de ? en un segundo. Dentro de él quedamos Sara, una computadora con varios accesorios y yo. Tres a cero.

Hace varias horas que mi amor y yo subimos de nuevo a la superficie. Los recuerdos se acaban. Vuelvo a la realidad. Mi mano sostiene la cabeza cercenada de un robot. No sé cómo ha llegado hasta ahí. De alguna manera estoy seguro de que se trata de él, del robot Aníbal, del general victorioso. Un último gesto heroico, una luz brilla durante un breve instante en una de sus cuencas. Una luciérnaga que se muere. Unas manos acarician mi espalda. Por fin. Dejo caer la reliquia al suelo. Ahora todo mi universo es Sara. Al menos hasta que llegue la unidad de rescate, la que escondimos en uno de los planetas deshabitados del sistema.

Aparto a manotazos los restos del suelo. Me quito el uniforme y lo tiendo en tierra. Ella espera expectante. La penetro rápidamente, sin preámbulos. Hacemos el amor bajo las estrellas. Constelaciones extrañas titilan sobre nosotros. Tumbado de espaldas veo un licántropo, un vampiro mordiendo el cuello de una jovencita, una sirena atrayendo un barco.

publicado en febrero de 2009

 
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