| Despojos de metal cubren
la llanura. El cementerio de los elefantes. Algún
que otro chisporroteo rompe el silencio. Chispas elevándose
en el cargado aire. Conexiones rotas que se niegan a
estarlo. Olor a quemado. A electricidad. A muerte, de
una forma u otra. Yo sólo deseo tumbar a Sara
en un sitio despejado y poseerla allí mismo.
Pero me parece que no va a ser posible. Ella no para
de sollozar, pero no mete mucho ruido. No, Sara no gimotea,
nunca lo haría. El silencio queda roto de vez
en cuando por el estallido de algún que otro
circuito eléctrico. No me encuentro a gusto.
Así que me pongo a pegar patadas a todo aquello
que se pone a mi alcance. Disfruto cuando un trozo de
metal sale volando, cortando el crepúsculo violeta.
Me duele el pie, pero no importa. Ahora mis movimientos
son compulsivos, frutos de una reacción post
emocional muy intensa. Supongo que no intento otra cosa
que llamar su atención. Si hago un poco el cafre
vendrá a recriminarme y dejará de contemplar
su interior. Ahí viene.
-¡Déjalos en paz!
-grita.
Sus puños golpean mi pecho,
pero sin demasiada fuerza. La sujeto por las muñecas
y la atraigo hacia mí. Intento besarla, abrir
su boca a mi lengua. Ella me muerde y yo la empujo.
Cae hacia atrás, sobre la carcasa de un robot
muerto, no, muerto no, destruido, aniquilado, acabado,
pero no muerto. Me niego a reconocer que un robot puede
morir. La contemplo sin saber cómo reaccionar.
Quiero disculparme, pero Sara rompe a reír. Eso
sí que es histerismo. Se levanta y comienza a
desnudarse. Lleva un uniforme de una sola pieza, así
que no tarda mucho tiempo. No lleva ropa interior. Su
carne se estremece en el frío de del anochecer
de Zeta Tucanae. ¡Cómo la deseo! Sin embargo
ella me vuelve a ganar la mano. Se tiende en el suelo
y abre las piernas.
-¿Es esto lo que quieres?
¡Pues ven a buscarlo cabrón de mierda!
El deseo me abandona. Ni siquiera
estoy furioso, pues en ese caso me abalanzaría
sobre ella y le haría daño. No quiero
eso. No. Yo la amo. Me doy la vuelta y recuerdo su tibio
cuerpo en el centro de control, el número tres.
Diez metros cuadrados para nosotros dos… y los
paneles. La batalla desatada en la superficie, en el
espacio. Nosotros aislados por un kilómetro de
tierra y rocas. Nos amamos mientras el control número
uno, la estación espacial en órbita, era
destruido. Estábamos haciendo el amor cuando
el puesto de tierra, el control número dos, estallaba.
Seguramente el coronel y Moha y Oleg y Fat y Amelia
y Sandrine murieron en el acto. Entonces tuvimos que
dejar de amarnos. Tomamos las riendas de la batalla
y la ganamos. Quizás eso no sea del todo exacto,
sino más bien una afirmación egocéntrica
o antropocéntrica. Ellos vencieron. Yo sólo
apreté un botón. Tal vez más tarde
hable del precio de la victoria.
Construimos robots, los dotamos de
algoritmos de tomas de decisión, les damos algo
parecido al libre albedrío y luego nos empeñamos
en supervisarlos. Cubrimos el metal con más metal,
los rellenamos de misiles, les instalamos disparadores
de partículas de alta frecuencia, los programamos
para que utilicen todas esas armas, los llevamos a planetas
distantes para que combatan y ¿mueran?, por nosotros,
por la humanidad, ¡qué palabra tan abstracta!
Lo peor de todo es que hacemos que todo ese sacrificio
robótico, esa orgía de destrucción
metálica, sea vana, porque si se trata de preservar
vidas humanas no se consigue del todo.
La Tierra tiene los días, los
millones de años, contados. El Sol es el reloj
que marca la destrucción. Pues eso, se buscan
estrellas más jóvenes y todo solucionado.
Lo que no se puede evitar es la muerte del Universo.
La entropía es el fin. La uniformidad calorífica
de todo el cosmos. Se buscó y buscó la
materia oscura, pero no se encontró. El Universo
no tiene masa suficiente para cerrarse. Continuará
expandiéndose hasta que las estrellas se apaguen.
Parece ser que la humanidad no se conforma con existir
solamente hasta ese momento. Siempre queremos más.
Así pues, los hijos de los hijos de los hijos
(y así unas cuantas veces más) de nuestros
hijos idearon una manera de evitar el final último,
pero no pensaron en el bienestar de sus antepasados.
Idearon la forma de viajar en el tiempo y lanzaron a
sus engendros, pues imagino que ellos estarán
demasiado evolucionados como para ensuciarse las manos
(en caso de conservarlas todavía), a un Universo
joven con la intención de acabar con la posible
competencia que pudiesen encontrar. Lo que significa
el exterminio de cualquier tipo de vida, incluida la
humanidad de esa, nuestra época. Hay quien opina
que no se atreverán a acabar con todos nosotros,
pues en ese caso no quedará ningún humano
que evolucione hasta convertirse en ellos y no podrán
viajar en el tiempo y… Sí, ya sé
que todo eso provoca dolor de cabeza. Pero se habla
de colonias que han desaparecido enteras, sin dejar
siquiera cadáveres. Se rumorea que mantienen
planetas granja para que la cosecha de la humanidad
no se acabe. Yo prefiero pensar en los pezones de Sara
dentro de mi boca. Aún así no me giro.
Ella todavía no llora en voz alta.
Mantener la cabeza ocupada. No pensar
en la destrucción que me rodea. Cuerpos abiertos,
entrañas al aire, nada de sangre. El coronel
y Moha y Oleg y Fat y Amelia y Sandrine (oh, creo que
ya los he nombrado) fueron volatilizados, sus átomos
mezclados con la atmósfera, todo muy limpio,
sin fluidos vitales. La guerra. Como un juego. Como
una operación matemática. Una secuencia
fija, inalterable. Un algoritmo. Una receta de cocina.
La aparición de las naves del
enemigo suelen estar acompañadas de una emisión
muy fuerte de rayos X e ?, lo que significa la apertura
de un agujero de gusano. Normalmente se las detecta
con tiempo suficiente como para evacuar el planeta objetivo.
Entonces se envían los transportes de tropas
más cercanos y se preparan las defensas.
La primera línea se sitúa
en órbita. A pesar de que las naves de defensa
poseen un cerebro programado para la toma de decisiones,
camuflado entre ellas está el módulo de
control número uno con dotación humana.
En nuestra infinita sabiduría los humanos creemos
que la aleatoriedad y la temeridad son esencialmente
necesarias para la victoria. Normalmente ellos son los
primeros en morir. Los adversarios han aprendido a localizarlas
y a eliminarlas rápidamente, utilizando sus enjambres
de naves tripuladas por seres biológicos cultivados
especialmente para ese tipo de lucha.
El coronel Méndez, el alférez
Mohammed Ben Alí y la capitana Sandrine Lecoq
murieron en la órbita de Zeta Tucanae. Ella había
sido la pareja oficial de Sara durante algunos meses,
en plena fase de desconcierto sexual, como ella misma
lo definía. No lloró su muerte con lágrimas,
fueron otros los fluidos que derramamos. Hizo el amor
conmigo de forma todavía más frenética.
Cuando se cree estar a un paso de la muerte las reacciones
humanas suelen ser de lo más extrañas.
Tras limpiar las cercanías del
planeta de las pocas naves que quedaban, los invasores
se dispusieron a desembarcar. Lo único civilizado
de todo esto es que ellos, en nombre de sus amos,
desean conservar el planeta intacto, así que
no se plantean utilizar armas termonucleares ni lindezas
por el estilo. Montañas de músculos acorazadas
rompieron el suelo de Zeta Tucanae al aterrizar empuñando
sus lanzamisiles de mano. Seres alados que me recordaban
los extintos pterodáctilos saludaron con graznidos
la salida del sol. Mientras tanto los cazas de combate
buscaban el puesto de mando de la superficie. De paso
saturaban la atmósfera con distorsiones eléctricas
que dificultaban la comunicación entre nuestras
tropas.
Nuestras tropas… Cien mil robots
humanoides armados con todo tipo de armas de destrucción
a corto alcance. Veinte mil unidades voladoras dotadas
con misiles de largo recorrido. Cinco mil tanques con
ruedas de oruga y cerebro propio de cientos de toneladas
de peso. Algunos veteranos de otras batallas. Vencedores
en ? Ceti (esa estrella está demasiado cerca
del Sol como para poder perderla). Vencidos en ? Draconis,
donde la derrota pronto se vio tan clara que se impuso
la retirada. Todos unidos en ese momento por la defensa
de un pedazo de tierra que no les pertenecía,
por la liberación de unos seres que no son como
ellos, por la idealización de unos conceptos
que les son totalmente ajenos. ¡Todo por la programación!
Proceso no muy distinto a tantas guerras domésticas
allá en la vieja Tierra, en los viejos tiempos
que no lo son tanto. Estandartes al viento. Reflejos
metálicos por doquier. ¡Comienza el espectáculo!
Secuencias de guerra. Localización
de objetivo. Destrucción del mismo. Oleg Tychonenko,
Li Yueh Fat y Amelia Sánchez ya son uno con el
planeta al que vinieron a defender. Amelia que en un
momento dado fue objeto de mis besos, de mis caricias.
También de Oleg y de Méndez y… En
una nave hay muy poco espacio y ya se sabe, el roce
hace el cariño. Liberación de tabúes.
Descentralización del amor. Compartir. Esa es
la clave. Compartir hasta las desgracias, de tal forma
que el dolor queda repartido. Un beso de despedida Amelia.
Ahora sólo soy capaz de pensar en Sara. No pienso
en la Sara que ahora mismo está detrás
de mí, sino en aquella que recibe mi semen dentro
de su cuerpo, a un kilómetro bajo tierra. Como
si ese pasado fuese también el presente.
La luz roja inunda el módulo
de mando número tres. Sara se desprende de mí,
dejándome tirado sudoroso en el suelo. Miles
de microcables recorren el interior del planeta hasta
la superficie, poniéndonos en contacto con nuestros
chicos ahí arriba. Unos segundos de duda. ¿Qué
hacer? Ella me mira. No quiere tomar la responsabilidad.
Yo soy el de más rango. Sólo quiero acabar
pronto y seguir haciendo el amor. Aprieto un botón.
Aníbal en Cannas. Pongo todas las esperanzas
en un general muerto hace casi tres mil años,
antes incluso que naciese el hombre-dios Jesús.
Un hombre nacido en un lugar llamado Cartago y que luchó
contra la ciudad que acabaría dominando el mundo,
Roma. Pero en esa ocasión, en la batalla que
pretendo recrear, fue el cartaginés el que obtuvo
la victoria.
La primera medida es restringir las
comunicaciones. Las señales entre nuestros robots
no llegan más allá de cincuenta metros.
No se pueden interferir. Un robot es el elegido para
tomar las decisiones. Uno de sus ojos se apaga. Es una
incorporación mía al programa. Un guiño
a la historia. Al mismo tiempo que se despliegan en
filas diez columnas de profundidad, subrutinas hasta
ese momento escondidas en la mente de los robots comienzan
a ejecutarse. Algunos de ellos se convierten en oficiales.
Los veteranos se colocan en las alas, los robots de
nueva factura en el centro. Los aviones son la caballería.
Los acorazados con ruedas de oruga los elefantes.
Hordas de pterodáctilos se
ciernen sobre nuestro ejército. Sara y yo atentos
a través de las pantallas. Empezamos con más
de mil cámaras distribuidas sobre el campo de
batalla. Decenas de monitores se muestran negros ante
nuestros ojos, cada vez son más los destruidos
bajo el fuego que los encuentra casualmente. Aún
así quedan suficientes como para obtener una
idea clara de lo que sucede. Ella juguetea distraídamente
con su mano en mi pene, pero pronto va a dejar de hacerlo,
su atención fija en lo que sucede arriba.
El general tuerto, el robot con un
solo ojo operativo, ordena una distribución especial
de las fuerzas aéreas, de la caballería.
Las instrucciones son transmitidas de robot en robot
hasta llegar a la nave insignia. Dos grupos asimétricos
surcan el cielo hacia los alados adversarios. Éstos
se dividen en cambio en dos partes iguales. Uno de nuestros
flancos cuenta con más efectivos que el correspondiente
enemigo, mientras que el otro queda en inferioridad.
Gargantas especialmente diseñadas sueltan haces
de fuego que intentan fundir el blindaje de los aparatos
humanos.
En el suelo, los acorazados se lanzan
contra las huestes contrarias con toda su potencia de
fuego activa. Los campos de fuerza destellan rivalizando
con la luz del sol. Cada uno de sus soldados lleva en
una mano un lanzamisiles y en la otra una hoja cortante,
diamante o algo parecido. Las filas enemigas absorben
el envite de nuestros particulares elefantes apenas
sin sufrir bajas. Uno a uno son abatidos bajo una lluvia
de misiles. El ataque sólo ha servido para hacerles
gastar munición. Continúa la lucha. Es
su turno de contraatacar. Se lanzan contra el centro
de nuestra formación. Parece un remedo de la
gigantomaquia, la gran batalla que enfrentó en
los albores del mito humano a los dioses del Olimpo
contra los gigantes.
En el aire, el grupo que tenía
superioridad ha derrotado fácilmente a sus adversarios,
mientras que el otro resiste pese a las bajas a un enemigo
superior en número. Se junta nuestro ejército.
Con la ventaja numérica el resultado de la batalla
aérea parece decantarse a nuestro favor.
Trozos de metal vuelan en todas direcciones.
Sus guadañas cortan los miembros de nuestros
defensores con mucha facilidad. Las columnas centrales,
cada vez con menos profundidad, se comban hacia dentro.
Los flancos de nuestro ejército también
se mueven. Intentan completar el círculo, con
los enemigos en el interior. La caballería se
ensaña contra los infantes invasores. El sol
de mediodía resplandece con fuerza. Todo parece
ir según lo previsto. Han caído en la
trampa, como las legiones romanas de Lucio Emilio Paulo.
Llega la hora del exterminio. Tan fácil que no
podía continuar así.
Una lluvia de fuego y metal llega
desde lo alto. Los cazas sobrevivientes de la batalla
orbital entran en juego de nuevo. Va a ser mucho más
difícil de lo esperado. Nuestros aviones se lanzan
como perros acechando un ciervo, pero uno muy peligroso.
Uno que se revuelve, ataca, clava sus cuernos, lanza
sus misiles.
El sol se acerca al horizonte. Los
transportes de tropa de los invasores abandonan el sistema
con sus hangares vacíos. No queda un solo ser
¿viviente?, sobre el planeta. Al menos no queda
un solo ente capaz de calcular un millón de cifras
de ? en un segundo. Dentro de él quedamos Sara,
una computadora con varios accesorios y yo. Tres a cero.
Hace varias horas que mi amor y yo
subimos de nuevo a la superficie. Los recuerdos se acaban.
Vuelvo a la realidad. Mi mano sostiene la cabeza cercenada
de un robot. No sé cómo ha llegado hasta
ahí. De alguna manera estoy seguro de que se
trata de él, del robot Aníbal, del general
victorioso. Un último gesto heroico, una luz
brilla durante un breve instante en una de sus cuencas.
Una luciérnaga que se muere. Unas manos acarician
mi espalda. Por fin. Dejo caer la reliquia al suelo.
Ahora todo mi universo es Sara. Al menos hasta que llegue
la unidad de rescate, la que escondimos en uno de los
planetas deshabitados del sistema.
Aparto a manotazos los restos del
suelo. Me quito el uniforme y lo tiendo en tierra. Ella
espera expectante. La penetro rápidamente, sin
preámbulos. Hacemos el amor bajo las estrellas.
Constelaciones extrañas titilan sobre nosotros.
Tumbado de espaldas veo un licántropo, un vampiro
mordiendo el cuello de una jovencita, una sirena atrayendo
un barco.
publicado en febrero
de 2009
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