| El verde y el azul formaban
una reja bicolor que encerraba mis ojos deslumbrados
por la luz del sol. Las hojas de las palmeras que me
rodeaban apenas me protegían del calor y de la
ceguera. La blanca arena se pegaba a mi piel y el rumor
del mar me llamaba con su voz de olas y su sabor a sal.
Sin atender la llamada me froté con la toalla
hasta que el último grano de arena pegado a mi
cuerpo se reunió con la playa. Me vestí
y me dirigí al edificio de dos plantas que era
mi residencia en la isla. El único huésped
en un hotel de lujo. Ése era el premio por haber
sobrevivido. No sólo por eso, sino también
por ser un cobarde. Santos había sobrevivido
y no estaba ahí. Rita tampoco estaba muerta,
aunque supongo que preferiría estarlo. La Central
de Inteligencia Estelar se jacta de premiar a sus héroes.
Pero sólo a los que se dejan.
Dejé que la indolencia recorriese
mi vida durante dos días más y luego volví
a activar mis tarjetas. Hice que un hidroavión
me recogiese y me llevase al espaciopuerto más
cercano. Desde la terminal, justo antes de embarcar,
mandé un mensaje a la Central informando que
continuaría mis vacaciones en Desolación.
Tan sólo les había dado treinta minutos
de tiempo. Pero si hubieran querido detenerme lo habrían
conseguido. Pueden llegar a ser muy rápidos cuando
creen que se trata de algo importante. En esta ocasión
me dejaron hacer.
La nave de pasajeros que tomé
en la Tierra me llevó hasta el tercer planeta
de 37 Geminorum, una colonia que ya entonces contaba
con varias decenas de miles de habitantes. El resto
del viaje lo hice en el pequeño carguero que
abastece a los pocos insensatos que viven en el segundo
planeta de la estrella. Sólo veo un motivo que
justifique ese asentamiento: que la atmósfera
es respirable. Supongo también que al ocuparlo,
los habitantes del tercer planeta se aseguraban la no
presencia de vecinos indeseables. ¿Pero quién
iba a querer vivir en un planeta cuyo clima sólo
rallaba el límite de lo soportable? De todas
formas, es bien sabido que la galaxia está llena
de locos.
Había intentado prepararme
para la recepción, en forma de terrible clima,
que me esperaba cuando la portilla de la nave se abrió.
Sin embargo, mi predisposición no fue suficiente
para aguantar la andanada de calor que me golpeó.
Cincuenta grados redondeando a lo bajo son capaces de
nublar la vista de cualquiera. Casi me pareció
oír el siseo del agua de mi cuerpo al evaporarse.
La pista de aterrizaje ondulaba ante mí multiplicando
por mil los baches que la llenaban. Ni una sola nube
daba sombra a la inmensa desolación que hacía
los honores al nombre oficioso de 37 Geminorum 2. Me
tambaleé al bajar por la escalerilla acompañado
por la risa esperpéntica del capitán.
No me giré a comprobar si él lo hacía
mejor que yo.
Un robot de servicio me recibió
a pocos metros de la nave. Una de las ruedas traseras
estaba pinchada y un solo ojo brillaba rojizo en su
redondeado rostro. Del otro salía una maraña
de cables como gusanos en un festín.
-¿Equipaje? -rechinó
su boca herrumbrosa.
Le disparé al ojo sano con
el arma que le había comprado al cocinero del
carguero. Tan sólo quería comprobar que
el haz de energía estaba lo suficientemente concentrado
y el punto de mira bien calibrado. Al primer intento
borré el siniestro brillo rojo. No le hice ningún
otro daño, tal como quería.
-¿Equipaje? ¿Equipaje?
-siguió sonando la quejumbrosa voz al mismo
tiempo que giraba en círculos sin saber situar
al humano al que debía servir.
Una sombra minúscula se separó
de la informe mancha que era el edificio más
grande del complejo espacial, no más que unos
hangares que se caían a pedazos.
Un hombre tostado por el cruel sol,
en cuyo rostro todavía destacaba el brochazo
negro de un bigotito, se acercó a mí resoplando.
Casi adiviné el rojo de sus mejillas encendidas
por la ira a pesar del moreno de su piel.
-¡Lo he visto todo! -exclamó
airado gesticulando con sus manos como si fuese a utilizar
contra mí algún tipo extraño de
lucha.
Mi primera intención fue rodearlo
como si de un robot más se tratase; pero cambié
de opinión al recordar que yo buscaba a una persona
a quien posiblemente conociese. Así que me paré
delante de él y esperé a que me explicase
qué había visto.
- ¡Has destrozado una
propiedad del gobierno de 37 Geminorum 2!
Todavía no entendía
cómo había averiguado tan pronto lo del
robot; pero supuse que por gobierno se refería
a la decena de políticos corruptos, exiliados
de 37 Geminorum 3, a los que se había buscado
un destino en el que no pudiesen robar demasiado o,
en caso de hacerlo, no le importase a nadie.
El encargado parecía a punto
de descargar su puño cerrado contra mi estómago,
porque a mi rostro no llegaba. Saqué mi arma
y apunté entre los ojos.
-¿Qué hace? -espetó
con furia pero retrocediendo.
De pronto comprendí que el
ojo del robot también funcionaba como cámara
de vídeo. Lo había enviado a espiar al
misterioso visitante. Casi admiré que se hubiese
presentado ante mí de esa forma furibunda, provocándome,
si sabía que estaba armado. La temeridad es la
perdición de muchos hombres.
-Busco a Miguel Santos, llegó
al planeta hace unos tres meses.
-En caso de no estar holgazaneando
lo encontrarás en ese hangar -masculló
señalando un edificio situado a mis espaldas,
a unos cien metros de la nave que me había llevado
hasta allí-. Aunque ahora sí que
va a tener trabajo. Sílbale al robot para que
te siga y luego dile a Mike que lo repare. Los dos ojos,
si a bien tiene.
Soltó una carcajada mezcla
de miedo y frustración. Bajé el arma.
Me dirigí al robot y me puse a silbar una vieja
tonada; una que cuenta cosas acerca de una época
en la vieja Tierra en la que gente era famosa por saber
tocar una guitarra. El viejo armatoste me siguió
dócilmente.
Santos estaba tumbado en el suelo
debajo de un destartalado todoterreno con ruedas de
oruga. Eso era lo único que sabía hacer
bien. Destripar cacharros. De vez en cuando también
los montaba correctamente.
-¡Hola Mike! Tienes un
robot que reparar.
Robbie, que así lo había
bautizado yo, se había detenido a unos centímetros
de mí.
-Antes siempre me llamabas Santos
-respondió desde el suelo.
Había reconocido mi voz al
instante. Seguramente había supuesto que algún
día iría a buscarle.
-Desde que vimos la muerte tan
de cerca nuestra confianza ha aumentado -dije
en un vano intento de resultar amistoso.
-También hemos compartido
chica.
Utilicé mis más refinadas
técnicas de relajación para evitar matarlo
en ese momento. Sin embargo lo que había dicho
era verdad. Tal vez por eso me dolía tanto.
Santos se arrastró hasta salir
de debajo del vehículo y me miró de abajo
arriba. Yo siempre lo hacía al revés,
de arriba abajo. Mis más de dos metros me lo
permitían. Le hubiese ido bien a mi ego poder
hacerlo al revés alguna vez, para variar.
-¿Has venido a ver a
Rita o a matarme? -preguntó mientras se
ponía en pie.
Esbocé una sonrisa casi sin
quererlo.
-Tal vez a las dos cosas o a
ninguna, o puede que a alguna combinación de
ambas.
Santos restregó las manos manchadas
de grasa contra su mono de trabajo. Cogió una
garrafa de agua y la derramó sobre su cabeza.
-Creo que ya estoy presentable
-dijo clavando sus ojos oscuros en mi rostro.
Me estaban diciendo que posiblemente yo pudiese matarlo,
pero sólo si me daba prisa.
-Quiero ver a Rita -fue
todo lo que yo dije, que ya era bastante.
-Era de esperar.
Con la cabeza me indicó que
subiese al vehículo. Ocupé el asiento
del copiloto, no sin recelo. Pero después de
más de una hora de recorrer una pista de arena,
que apenas se diferenciaba del yermo que la flanqueaba,
comprendí que yo ya habría hecho volcar
el coche. Lo mío eran las naves espaciales. Bañados
en polvo y sudor, acompañados por un sol poniente
de tinte rojizo, ninguno de los dos pronunció
palabra hasta que aparcó delante de una casa
de piedra, en medio de ninguna parte. La noche había
llegado. Las estrellas lanzaban sus guiños desde
el cielo añil oscuro. Metí la mano en
el bolsillo y palpé el arma. Los faros del coche
iluminaban la entrada. Santos bajó y se dirigió
al pozo a refrescarse de nuevo. El sonido de la bomba
que subía el agua desde las profundidades era
el único ruido que llegaba a mis oídos.
Las ventanas de la casa estaban aseguradas con planchas
de gruesa madera. Podría haberse tratado de un
agujero negro, reteniendo la luz en su interior.
-¿Sabes lo que vas a
encontrar dentro? -me preguntó antes de
dirigirse a la puerta.
-Rita -murmuré.
Ya parecía el intérprete
y protagonista de una de esas canciones de amor en las
que se repite una y otra vez el nombre de la chica.
Santos golpeó suavemente la
puerta con los nudillos. No tardé en oír
el sonido de un cerrojo al ser corrido.
-Tenemos visita -avisó.
Sin embargo la persona de dentro no
cambió de opinión y completó la
maniobra. Sombras negras se desparramaron por la arena
tenuemente iluminada por las estrellas carentes de la
compañía de una luna. Santos entró
y al cabo de unos instantes volvió a asomarse
llevando en las manos una anacrónica vela de
cera, que mostraba orgullosa su llama sin rival esa
noche. Lo seguí al interior, mi mano todavía
en el bolsillo, todavía tocando el tubo de metal
como si de una pata de conejo veterana en sortilegios
y encantamientos se tratase.
Una figura cubierta de la cabeza a
los pies por una túnica negra se erguía
en el centro de la estancia. Su rostro quedaba oculto.
De todas maneras no quería enfrentarme a ello,
al menos de momento.
En un rincón un círculo
de piedras planas encerraba un pequeño montón
de ramas hechas ya trozos. La sombra embozada se agachó
y aplicó algún tipo de diminuto encendedor
a la leña para conseguir que el fuego crepitase
con no fingida alegría. Luego colocó una
olla sobre el fuego y se sentó en el suelo a
esperar. Yo la imité. Lo sentí agradablemente
frío después del infierno de fuera.
La anfitriona nos sirvió en
completo silencio. Las cenizas, rojas y grises, proporcionaban
la única iluminación. No se acercó
a mí. Después de llenar la escudilla de
Santos preparó otra que dejó en el suelo,
a casi un metro de donde yo me encontraba. Agradecí
que no se me acercase. No hubiese podido soportar el
roce de mi piel contra su… El aguado cocido de
patatas y carne apenas se hizo notar en mi estómago
ocupado por la angustia y la culpa. El licor que mi
antiguo compañero de fatigas me sirvió
de una polvorienta botella no mitigó la vastedad
de mi desesperación.
-Hiciste bien en no querer volver
a por mí -sonó una voz metálica
bajo la tela negra.
Di un respingo.
-Miguel era el equivocado, en
todo momento -continuó.
¿Equipaje? ¿Equipaje?
Mi mente no era capaz de abstraerse de las similitudes
entre esa voz y la del robot. Impersonal, rechinante.
Volví a meter la mano en el bolsillo. Santos
observó mi movimiento. Sus ojos refulgían
entre las tinieblas. Estaba dispuesto a saltar sobre
mí si sacaba la mano. Creo que no sabía
lo rápido que yo podía llegar a ser.
-La misión fue una completa
pesadilla desde el comienzo -¡Dios! ¿No
iba a parar nunca? ¿Era necesario volver a pasar
por todo?-. Estábamos completamente rodeados.
Sólo Miguel llegó a la nave. Llevaba el
aparato que habíamos ido a buscar, el prototipo
de la nueva arma de los algolianos. Tenías tus
órdenes. Despegar de inmediato era lo correcto.
Miguel nunca debió ponerte su pistola en la cabeza.
Te obligó a volver. Romero, Li, Rostov…estaban
ya muertos. Sólo quedaban mis despojos. Tú
que me amabas sabías que ya estaba muerta. Que
era mejor que así siguiera. Miguel que deseaba
amarme, en cambio, no lo aceptó.
-Li era el médico de
la nave -musité-. Yo no sabía
cómo ayudarte. Habías perdido mucha sangre.
Pensé que ibas a morir, otra vez. Te acababa
de perder cinco minutos antes y no estaba dispuesto
a pasar por eso de nuevo.
-Miguel lo hizo lo mejor que
pudo. Pero, claro, sólo era el ingeniero de la
nave. Intentó reconstruirme con lo que tenía
a mano. ¡Este es el resultado!
Rita se puso se incorporó bruscamente.
Buscó en uno de los agujeros de la pared y sacó
un foco globular. Lo encendió y lo lanzó
hacia el techo, donde quedó enganchado. La capucha
cayó hacia atrás. Una mano que lanzaba
reflejos metálicos apartó el embozo del
rostro. Todo el horror del Universo golpeó mi
rostro. Antes incluso de acabar de levantarme ya había
puesto fuera de combate a Santos de una patada en la
sien. Había calibrado el golpe para que no fuese
mortal, de momento así estaba bien.
-¿Has venido a liberarme
de esta prisión de metal? -me preguntó
Rita, insinuando una sonrisa en esa boca de hojalata.
Seguramente la estaba imaginando.
La verdad, no sabía qué
hacía ahí. Supongo que huir de mi propia
cobardía enfrentándome a la realidad ¡Nadie
tendría que haberme puesto un arma en la cabeza
para obligarme a rescatar a la mujer que amaba! Pero
así fue. No dejo de pensar que si ella hubiese
muerto en Algol ahora la estaría llorando y fin
de la historia. Pero si no podía soportar esa
situación era mi problema, no el de los demás.
-Espero que lo de Miguel no sea nada
-fue lo último que dije antes de franquear la
puerta y salir a la noche del desierto.
publicado en noviembre
de 2008
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