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Nos vemos en desolación Más sobre José Javier Bataller

El verde y el azul formaban una reja bicolor que encerraba mis ojos deslumbrados por la luz del sol. Las hojas de las palmeras que me rodeaban apenas me protegían del calor y de la ceguera. La blanca arena se pegaba a mi piel y el rumor del mar me llamaba con su voz de olas y su sabor a sal. Sin atender la llamada me froté con la toalla hasta que el último grano de arena pegado a mi cuerpo se reunió con la playa. Me vestí y me dirigí al edificio de dos plantas que era mi residencia en la isla. El único huésped en un hotel de lujo. Ése era el premio por haber sobrevivido. No sólo por eso, sino también por ser un cobarde. Santos había sobrevivido y no estaba ahí. Rita tampoco estaba muerta, aunque supongo que preferiría estarlo. La Central de Inteligencia Estelar se jacta de premiar a sus héroes. Pero sólo a los que se dejan.

Dejé que la indolencia recorriese mi vida durante dos días más y luego volví a activar mis tarjetas. Hice que un hidroavión me recogiese y me llevase al espaciopuerto más cercano. Desde la terminal, justo antes de embarcar, mandé un mensaje a la Central informando que continuaría mis vacaciones en Desolación. Tan sólo les había dado treinta minutos de tiempo. Pero si hubieran querido detenerme lo habrían conseguido. Pueden llegar a ser muy rápidos cuando creen que se trata de algo importante. En esta ocasión me dejaron hacer.

La nave de pasajeros que tomé en la Tierra me llevó hasta el tercer planeta de 37 Geminorum, una colonia que ya entonces contaba con varias decenas de miles de habitantes. El resto del viaje lo hice en el pequeño carguero que abastece a los pocos insensatos que viven en el segundo planeta de la estrella. Sólo veo un motivo que justifique ese asentamiento: que la atmósfera es respirable. Supongo también que al ocuparlo, los habitantes del tercer planeta se aseguraban la no presencia de vecinos indeseables. ¿Pero quién iba a querer vivir en un planeta cuyo clima sólo rallaba el límite de lo soportable? De todas formas, es bien sabido que la galaxia está llena de locos.

Había intentado prepararme para la recepción, en forma de terrible clima, que me esperaba cuando la portilla de la nave se abrió. Sin embargo, mi predisposición no fue suficiente para aguantar la andanada de calor que me golpeó. Cincuenta grados redondeando a lo bajo son capaces de nublar la vista de cualquiera. Casi me pareció oír el siseo del agua de mi cuerpo al evaporarse. La pista de aterrizaje ondulaba ante mí multiplicando por mil los baches que la llenaban. Ni una sola nube daba sombra a la inmensa desolación que hacía los honores al nombre oficioso de 37 Geminorum 2. Me tambaleé al bajar por la escalerilla acompañado por la risa esperpéntica del capitán. No me giré a comprobar si él lo hacía mejor que yo.

Un robot de servicio me recibió a pocos metros de la nave. Una de las ruedas traseras estaba pinchada y un solo ojo brillaba rojizo en su redondeado rostro. Del otro salía una maraña de cables como gusanos en un festín.

-¿Equipaje? -rechinó su boca herrumbrosa.

Le disparé al ojo sano con el arma que le había comprado al cocinero del carguero. Tan sólo quería comprobar que el haz de energía estaba lo suficientemente concentrado y el punto de mira bien calibrado. Al primer intento borré el siniestro brillo rojo. No le hice ningún otro daño, tal como quería.

-¿Equipaje? ¿Equipaje? -siguió sonando la quejumbrosa voz al mismo tiempo que giraba en círculos sin saber situar al humano al que debía servir.

Una sombra minúscula se separó de la informe mancha que era el edificio más grande del complejo espacial, no más que unos hangares que se caían a pedazos.

Un hombre tostado por el cruel sol, en cuyo rostro todavía destacaba el brochazo negro de un bigotito, se acercó a mí resoplando. Casi adiviné el rojo de sus mejillas encendidas por la ira a pesar del moreno de su piel.

-¡Lo he visto todo! -exclamó airado gesticulando con sus manos como si fuese a utilizar contra mí algún tipo extraño de lucha.

Mi primera intención fue rodearlo como si de un robot más se tratase; pero cambié de opinión al recordar que yo buscaba a una persona a quien posiblemente conociese. Así que me paré delante de él y esperé a que me explicase qué había visto.

- ¡Has destrozado una propiedad del gobierno de 37 Geminorum 2!

Todavía no entendía cómo había averiguado tan pronto lo del robot; pero supuse que por gobierno se refería a la decena de políticos corruptos, exiliados de 37 Geminorum 3, a los que se había buscado un destino en el que no pudiesen robar demasiado o, en caso de hacerlo, no le importase a nadie.

El encargado parecía a punto de descargar su puño cerrado contra mi estómago, porque a mi rostro no llegaba. Saqué mi arma y apunté entre los ojos.

-¿Qué hace? -espetó con furia pero retrocediendo.

De pronto comprendí que el ojo del robot también funcionaba como cámara de vídeo. Lo había enviado a espiar al misterioso visitante. Casi admiré que se hubiese presentado ante mí de esa forma furibunda, provocándome, si sabía que estaba armado. La temeridad es la perdición de muchos hombres.

-Busco a Miguel Santos, llegó al planeta hace unos tres meses.

-En caso de no estar holgazaneando lo encontrarás en ese hangar -masculló señalando un edificio situado a mis espaldas, a unos cien metros de la nave que me había llevado hasta allí-. Aunque ahora sí que va a tener trabajo. Sílbale al robot para que te siga y luego dile a Mike que lo repare. Los dos ojos, si a bien tiene.

Soltó una carcajada mezcla de miedo y frustración. Bajé el arma. Me dirigí al robot y me puse a silbar una vieja tonada; una que cuenta cosas acerca de una época en la vieja Tierra en la que gente era famosa por saber tocar una guitarra. El viejo armatoste me siguió dócilmente.

Santos estaba tumbado en el suelo debajo de un destartalado todoterreno con ruedas de oruga. Eso era lo único que sabía hacer bien. Destripar cacharros. De vez en cuando también los montaba correctamente.

-¡Hola Mike! Tienes un robot que reparar.

Robbie, que así lo había bautizado yo, se había detenido a unos centímetros de mí.

-Antes siempre me llamabas Santos -respondió desde el suelo.

Había reconocido mi voz al instante. Seguramente había supuesto que algún día iría a buscarle.

-Desde que vimos la muerte tan de cerca nuestra confianza ha aumentado -dije en un vano intento de resultar amistoso.

-También hemos compartido chica.

Utilicé mis más refinadas técnicas de relajación para evitar matarlo en ese momento. Sin embargo lo que había dicho era verdad. Tal vez por eso me dolía tanto.

Santos se arrastró hasta salir de debajo del vehículo y me miró de abajo arriba. Yo siempre lo hacía al revés, de arriba abajo. Mis más de dos metros me lo permitían. Le hubiese ido bien a mi ego poder hacerlo al revés alguna vez, para variar.

-¿Has venido a ver a Rita o a matarme? -preguntó mientras se ponía en pie.

Esbocé una sonrisa casi sin quererlo.

-Tal vez a las dos cosas o a ninguna, o puede que a alguna combinación de ambas.

Santos restregó las manos manchadas de grasa contra su mono de trabajo. Cogió una garrafa de agua y la derramó sobre su cabeza.

-Creo que ya estoy presentable -dijo clavando sus ojos oscuros en mi rostro. Me estaban diciendo que posiblemente yo pudiese matarlo, pero sólo si me daba prisa.

-Quiero ver a Rita -fue todo lo que yo dije, que ya era bastante.

-Era de esperar.

Con la cabeza me indicó que subiese al vehículo. Ocupé el asiento del copiloto, no sin recelo. Pero después de más de una hora de recorrer una pista de arena, que apenas se diferenciaba del yermo que la flanqueaba, comprendí que yo ya habría hecho volcar el coche. Lo mío eran las naves espaciales. Bañados en polvo y sudor, acompañados por un sol poniente de tinte rojizo, ninguno de los dos pronunció palabra hasta que aparcó delante de una casa de piedra, en medio de ninguna parte. La noche había llegado. Las estrellas lanzaban sus guiños desde el cielo añil oscuro. Metí la mano en el bolsillo y palpé el arma. Los faros del coche iluminaban la entrada. Santos bajó y se dirigió al pozo a refrescarse de nuevo. El sonido de la bomba que subía el agua desde las profundidades era el único ruido que llegaba a mis oídos. Las ventanas de la casa estaban aseguradas con planchas de gruesa madera. Podría haberse tratado de un agujero negro, reteniendo la luz en su interior.

-¿Sabes lo que vas a encontrar dentro? -me preguntó antes de dirigirse a la puerta.

-Rita -murmuré.

Ya parecía el intérprete y protagonista de una de esas canciones de amor en las que se repite una y otra vez el nombre de la chica.

Santos golpeó suavemente la puerta con los nudillos. No tardé en oír el sonido de un cerrojo al ser corrido.

-Tenemos visita -avisó.

Sin embargo la persona de dentro no cambió de opinión y completó la maniobra. Sombras negras se desparramaron por la arena tenuemente iluminada por las estrellas carentes de la compañía de una luna. Santos entró y al cabo de unos instantes volvió a asomarse llevando en las manos una anacrónica vela de cera, que mostraba orgullosa su llama sin rival esa noche. Lo seguí al interior, mi mano todavía en el bolsillo, todavía tocando el tubo de metal como si de una pata de conejo veterana en sortilegios y encantamientos se tratase.

Una figura cubierta de la cabeza a los pies por una túnica negra se erguía en el centro de la estancia. Su rostro quedaba oculto. De todas maneras no quería enfrentarme a ello, al menos de momento.

En un rincón un círculo de piedras planas encerraba un pequeño montón de ramas hechas ya trozos. La sombra embozada se agachó y aplicó algún tipo de diminuto encendedor a la leña para conseguir que el fuego crepitase con no fingida alegría. Luego colocó una olla sobre el fuego y se sentó en el suelo a esperar. Yo la imité. Lo sentí agradablemente frío después del infierno de fuera.

La anfitriona nos sirvió en completo silencio. Las cenizas, rojas y grises, proporcionaban la única iluminación. No se acercó a mí. Después de llenar la escudilla de Santos preparó otra que dejó en el suelo, a casi un metro de donde yo me encontraba. Agradecí que no se me acercase. No hubiese podido soportar el roce de mi piel contra su… El aguado cocido de patatas y carne apenas se hizo notar en mi estómago ocupado por la angustia y la culpa. El licor que mi antiguo compañero de fatigas me sirvió de una polvorienta botella no mitigó la vastedad de mi desesperación.

-Hiciste bien en no querer volver a por mí -sonó una voz metálica bajo la tela negra.

Di un respingo.

-Miguel era el equivocado, en todo momento -continuó.

¿Equipaje? ¿Equipaje? Mi mente no era capaz de abstraerse de las similitudes entre esa voz y la del robot. Impersonal, rechinante. Volví a meter la mano en el bolsillo. Santos observó mi movimiento. Sus ojos refulgían entre las tinieblas. Estaba dispuesto a saltar sobre mí si sacaba la mano. Creo que no sabía lo rápido que yo podía llegar a ser.

-La misión fue una completa pesadilla desde el comienzo -¡Dios! ¿No iba a parar nunca? ¿Era necesario volver a pasar por todo?-. Estábamos completamente rodeados. Sólo Miguel llegó a la nave. Llevaba el aparato que habíamos ido a buscar, el prototipo de la nueva arma de los algolianos. Tenías tus órdenes. Despegar de inmediato era lo correcto. Miguel nunca debió ponerte su pistola en la cabeza. Te obligó a volver. Romero, Li, Rostov…estaban ya muertos. Sólo quedaban mis despojos. Tú que me amabas sabías que ya estaba muerta. Que era mejor que así siguiera. Miguel que deseaba amarme, en cambio, no lo aceptó.

-Li era el médico de la nave -musité-. Yo no sabía cómo ayudarte. Habías perdido mucha sangre. Pensé que ibas a morir, otra vez. Te acababa de perder cinco minutos antes y no estaba dispuesto a pasar por eso de nuevo.

-Miguel lo hizo lo mejor que pudo. Pero, claro, sólo era el ingeniero de la nave. Intentó reconstruirme con lo que tenía a mano. ¡Este es el resultado!

Rita se puso se incorporó bruscamente. Buscó en uno de los agujeros de la pared y sacó un foco globular. Lo encendió y lo lanzó hacia el techo, donde quedó enganchado. La capucha cayó hacia atrás. Una mano que lanzaba reflejos metálicos apartó el embozo del rostro. Todo el horror del Universo golpeó mi rostro. Antes incluso de acabar de levantarme ya había puesto fuera de combate a Santos de una patada en la sien. Había calibrado el golpe para que no fuese mortal, de momento así estaba bien.

-¿Has venido a liberarme de esta prisión de metal? -me preguntó Rita, insinuando una sonrisa en esa boca de hojalata. Seguramente la estaba imaginando.

La verdad, no sabía qué hacía ahí. Supongo que huir de mi propia cobardía enfrentándome a la realidad ¡Nadie tendría que haberme puesto un arma en la cabeza para obligarme a rescatar a la mujer que amaba! Pero así fue. No dejo de pensar que si ella hubiese muerto en Algol ahora la estaría llorando y fin de la historia. Pero si no podía soportar esa situación era mi problema, no el de los demás.

-Espero que lo de Miguel no sea nada -fue lo último que dije antes de franquear la puerta y salir a la noche del desierto.

 

publicado en noviembre de 2008

 
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