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La dama del norte Más sobre José Javier Bataller

Llegué a las faldas del Amboto cuando el sol de primavera comenzaba a esconderse tras las montañas. Según las leyendas de esa tierra el astro, llamado Eguzki, abandona el cielo sumergiéndose en el mar para desaparecer en las entrañas de la Madre Tierra y alumbrar allí los fértiles valles recorridos por ríos de leche. La caminata desde Durango me había resultado en extremo gratificante y el agreste paisaje, duro sin embargo para mis piernas, era de una belleza tal que mi espíritu pugnaba por salir de su carnal envoltura y mezclarse con prados y montes, fundiéndose finalmente con el cielo de un puro azul.

Me senté en una piedra plana y dejé la mochila, que hasta entonces cargaba a mis espaldas, en el suelo; sin embargo ésta apenas pesaba, conteniendo solamente la pelliza, que me había quitado nada más el sol fue lo suficientemente fuerte como para darme calor, un trozo de queso y un poco de pan del día anterior. Mi posesión más preciada, según creía entonces, no se encontraba dentro de ella, sino en una bolsa de paño que colgaba de mi cinturón; se trataba del cuaderno donde había anotado todas mis experiencias desde mi salida de Valencia y que pretendía se convirtiese, en un futuro no muy lejano, en un libro sobre mis viajes.

En ese plácido momento, el último del que he dispuesto desde entonces, mi mente estaba muy lejos de considerar mi aventura como el tormento en el que se convertiría; en ese proceso de cambio el libro de viajes se trocaría en un sinfín de incoherencias coronado por un poema de amor. Mis ojos, ajenos al futuro e inmersos en el presente, se deleitaban con la visión del Amboto, monte de más de mil metros de altura y morada de dioses. Una alarma interna me informó de que la noche no tardaría en llegar y que sería conveniente, por tanto, intentar encontrar alojamiento en alguno de los caseríos que sin duda se escondían en los pequeños valles de alrededor. Los lugareños creen que la noche es del dominio de los espíritus y no por otra cosa llaman a la Luna Ilargi, que significa en su lengua «la luz de los muertos».

Cargué de nuevo la mochila y seguí el descendente terreno en busca del arroyo que, si mis oídos no me engañaban, debía de correr cerca de allí. No tardé más de media hora en encontrarlo. Bebí del agua fresca de montaña dejándola resbalar fría por mi piel. Repleto de una sensación de libertad y de un vigor que en nada indicaba la caminata que mis piernas habían soportado, dejé vagar mis sentidos sin ataduras conscientes. De repente, el sonido de una voz rompió la armonía con el paisaje. La interrupción fue bienvenida ya que la presencia humana solucionaría mi problema por esa noche.

Anduve durante unos minutos en la dirección que creía correcta, esperando que a mis oídos no hubiese llegado más que un eco distante. No tuve que esperar demasiado para salir de dudas; a menos de un kilómetro, pendiente arriba, de la cañada por donde fluía la corriente se erguía una casa de piedra. Ésta se veía flanqueada por varias construcciones menores de madera donde se guardaba el ganado, como después pude comprobar. A escasa distancia del edificio principal un hombre de cabellos blancos, sentado en un tocón, clavaba su mirada en un niño de unos diez años que correteaba en círculos y cuyo ir y venir era ignorado, sin embargo, por las gallinas que campaban por allí.

Me dirigí hacia ellos confiando en que mis especulaciones sobre el carácter de los habitantes de la zona fuesen correctas. Me imaginaba personas de pocas palabras, quizás incluso hurañas, pero incapaces de negar a un viajero la posibilidad de pasar la noche bajo techo, aunque fuese en una de las cuadras. Mi principal preocupación en esos momentos era que supiesen hablar castellano, ya que mis conocimientos de su idioma, el euskera, se limitaban a unas pocas palabras aprendidas en mi parada de dos días en Durango.

-Gabon -dije deteniéndome frente al hombre.

No estaba seguro de que la palabra, que significa «buenas noches», fuese apropiada a esa hora del día cuando el sol ya ha comenzado su puesta pero todavía luce en el cielo. Mientras lo contemplaba, esperando en vano una respuesta, mis ojos se quedaron fascinados por el sinnúmero de arrugas que cubrían su rostro, marco de unos ojos de un gris acerado completamente inexpresivos.

-Siento molestarle -insistí esta vez en castellano-, pero me preguntaba si podría pasar la noche en uno de los establos. Ni siquiera necesito comida -añadí a lo que pensaba que era una petición de lo más razonable.

El hombre ladeó la vista pendiente de las evoluciones del niño, desatendiendo por completo mi ruego. Vacilé durante unos instantes, pensando si tal vez en la casa hubiese alguna persona con la que pudiese hablar. No tuve siquiera que tomar una decisión, pues una mujer de mediana edad salió del edificio y se dirigió hacia un improvisado tendedero que colgaba entre una de las paredes laterales y el tronco de un árbol.

-Señora… -la interpelé dando unos vacilantes pasos hacia ella.

De nuevo la atención obtenida fue nula. Se limitó a recoger la ropa, toda de color gris sucio que colgaba de la cuerda para regresar de inmediato al interior de la casa, cuya puerta de madera maciza cerró detrás de ella. Un repentino golpe volvió mi atención a la realidad que me rodeaba, totalmente perplejo como estaba ante el trato que estaba recibiendo. El niño había chocado contra mi costado en uno de sus continuos vaivenes. Intenté cogerlo como un gesto instintivo, sin ánimo alguno de hacerle daño, pero el zagal se escurrió de entre mis manos.

-Deje en paz al niño -sonó una voz a mis espaldas.

Comencé a girarme todavía dolido por el cortante sonar de las palabras que, pese a no ser pronunciadas en voz demasiado alta, habían conseguido que un estremecimiento recorriese mi cuerpo. Un hombre se erguía a menos de cinco metros de mi posición; en su mano derecha agarraba un hacha mientras que en la izquierda sostenía la cuerda que sujetaba el haz de leña que colgaba de su hombro. Seguramente había llegado del bosquecillo de robles que se extendía detrás de la casa. Me costaba creer que no lo hubiese oído acercarse.

Ante mi mirada de sorpresa dejó el hacha y la leña en el suelo casi sin inclinarse y avanzó unos pasos hacia mí. Su piel hablaba de una vida al aire libre y sus cabellos canos de una edad avanzada; sin embargo sus ojos claros denotaban juventud y fuerza, mezclados con algo más que yo osaría calificar como tristeza o dolor. El niño había detenido sus aleatorios movimientos y sonreía abiertamente ante la presencia del recién llegado. El viejo continuaba inmóvil, camuflado a la perfección entre los restos de madera podrida que rodeaban el tocón donde se sentaba.

-¡Qué bien que me entiende! -exclamé rompiendo el silencio de forma una forma tan explosiva que incluso yo me vi sorprendido-. Necesito un lugar bajo techo donde pasar la noche.

Mi interlocutor bajó la mirada, quizás evitando mis ojos por la vergüenza que le producía desatender mis súplicas.

-¡Oiga! -exclamé visiblemente alterado-. ¿No ve que se está haciendo de noche? ¡Sólo quiero refugiarme en un establo! ¡Nada más!

El hombre refrenó mi visceral gesto de agarrarle por las solapas de su raída chaqueta interponiendo su brazo y empujándome hacia atrás. Permanecí quieto durante unos instantes, intentando controlar mi rabia. No entendía el comportamiento de esa gente; sin embargo en sus ojos no leía maldad, más bien un infinito y puro pesar.

-El rapaz es capaz de ver el futuro -habló de nuevo el hombre más joven-. Dile a este señor lo que ves, Xabier.

Mi mente era un torbellino de confusión, aun así fui capaz de mirar al niño. La rojiza luz del atardecer daba un tinte siniestro a sus cabellos pajizos. Por primera vez me di cuenta de la inmensa profundidad de los pozos negros que eran sus dos ojos.

-Odola -fue la palabra dicha en una lengua extraña que salió de los labios del augur.

La reacción del viejo fue fulminante. No hubiese imaginado que fuese capaz de una agilidad semejante. En un visto y no visto el hacha que yacía en el suelo abandonada por el otro hombre fue colgada en el portal de la casa. El filo señalaba hacia arriba. Supuse que se trataba de un signo de protección contra la maléfica palabra que había sido pronunciada.

-¿Qué significa lo que ha dicho el muchacho? -pregunté mirando aterrado a los ojos del hombre que comenzaba a confundirse con la oscuridad-. ¿Es euskera?

El aludido entreabrió los labios, en lo que parecía un anticipo a una respuesta, pero un grito inesperado proveniente de la garganta del más mayor cortó sus palabras y mi respiración.

-¡Basajaun! ¡Basajaun! -gritaba una y otra vez.

-¡Aita! ¡Aita! -acompañó Xavier a los gritos del viejo.

Esa palabra sí que la conocía. Significa padre. De alguna forma intuitiva había supuesto desde el principio que el hombre que había aparecido con la leña no era el padre del niño. Ahora lo estaba llamando. ¡Basajaun! De pronto recordé las charlas en esa taberna de Durango en la que cambié txikitos por cuentos y leyendas. Basajaun es un hombre de los bosques, salvaje y peludo, pero amigo de los pastores y protector del rebaño, azote de los lobos. Entendí la preocupación que se hacía patente en las voces de los que gritaban y en los semblantes de los que callaban pues la mujer, parada en el umbral de la puerta, escrutaba con sus sombríos ojos las tinieblas cada vez más espesas; el cabeza de familia todavía no había regresado con el ganado y los gritos, llamando a Basajaun, no tenían otro efecto que avisar al genio para que lo protegiese.

Ruidos de cencerros sonaron en la distancia, no muy lejanos, calmando los ánimos y haciendo aflorar algunas sonrisas. Manchas blancas contrastando en la incipiente oscuridad se hicieron visibles. La mujer volvió a retirarse al interior de la casa cerrando de nuevo la puerta. Los dos hombres e incluso el niño, Xabier, se convirtieron en manchas de veloces movimientos ayudando al recién llegado a meter las ovejas en las cuadras. Intenté acercarme a ellos, pero los dos perros que acompañaban al pastor se plantaron entre los edificios de madera y yo. No me gustó nada la forma en la que gruñeron cuando di un paso adelante.

Los tres hombres y el niño acabaron prontamente la tarea. Cerraron la puerta de los establos y la aseguraron con una tranca. Se dirigieron hacia la casa principal haciendo caso omiso de mi presencia. No me atrevía a moverme debido al marcaje de los perros, pero sí estaba dispuesto a gritar y a utilizar la violencia si era necesario con tal de no pasar la noche a la intemperie, pero no contra ellos sino contra la puerta que me negaba el paso a la mullida paja y a la compañía de los ovinos.

-¡Oigan! ¿Van a dejarme aquí afuera?

Uno de ellos, el único que me había dirigido la palabra, susurró al que supuse era el padre del niño unas palabras en voz baja. Los demás entraron en la casa pero el otro se dirigió de nuevo a mí.

-A partir de mañana será siempre bienvenido -fueron las sorprendentes palabras que pronunció.

-¿De qué me servirá eso si esta noche no sobrevivo a los lobos? No es que crea en brujas ni en nada parecido -añadí-, pero ustedes, los vascos, tienen un dicho: «el día es para los hombres y la noche es para los seres de la noche».

-No he nacido en estas tierras -repuso-, ni el dicho es así exactamente.

-¿Adónde quiere que vaya en la oscuridad? -pregunté encontrando de repente una extraña calma en toda la agitación que me envolvía.

El otro se encogió de hombros antes de contestar.

-Aléjese de la casa. Esta noche usted debe pasarla en el Amboto. No se preocupe, sobrevivirá.

-¿Cómo puede estar tan seguro?

-Yo lo hice.

Las enigmáticas palabras me hicieron contener la respiración. De una forma loca todo lo que oía y sentía comenzaba a tener sentido.

-¿Qué significa odola? -continué en mi afán por obtener aunque fuesen nimias respuestas.

-Sangre.

Sucesivos escalofríos recorrieron mi cuerpo. El fresco de la noche comenzaba a hacer mella en mi piel, aunque supongo que no se trataba solamente del frío. Dejé la mochila en el suelo y saqué la arrugada pelliza.

-Hace bien en ponerse eso -fue lo último que dijo antes de darse la vuelta y dirigirse hacia la casa.

-Hasta nunca -musité.

-No lo crea -añadió sin girarse-, yo regresé después de la primera noche y todavía no me he ido.

-¡Dígame al menos si hay otro caserío cerca!

No obtuve respuesta. Por un breve instante una tenue rendija de luz, seguramente proveniente de un candil, se dejó ver cuando abrió la puerta; luego todo fue oscuridad. Los perros comenzaron a agitarse. Apenas distinguía los pelajes oscuros en la noche, pero oía el ruido producido por sus uñas al escarbar la tierra.

Permanecí durante varios minutos inmóvil, como si mi cuerpo se negase a malgastar más energía en acciones vagas. Mi boca se abrió en un torrente de insultos destinados a calmar mi frustración ya que tenía la absoluta certeza de que la puerta no volvería a abrirse hasta al alba, por mucho que yo gritase o tratase de forzarla. Pasado un tiempo indeterminado mi mente racional volvió a hacerse cargo de la situación, obligándome a pensar que tal vez pudiese forzar la entrada a la casa por otro sitio que no fuese la puerta, como una de las ventanas. Antes incluso de dar el primer paso aborté el intento, pues ¿de qué me valía entrar en la casa si entre todos me obligarían a salir de nuevo? Sin duda sería más fácil intentarlo en los establos. Con esa idea en la cabeza di media vuelta y me dirigí hacia ellos. Durante el tiempo que duraron mis elucubraciones me había olvidado por completo de los perros. Nada más dar los primeros pasos comenzaron a ladrar, como intuyendo cuáles eran mis intenciones. Dos pares de ojos rojos se interpusieron en mi camino; incluso oí, o tal vez imaginé, el ruido de sus mandíbulas al abrirse. Los gruñidos in crescendo no tardaron en hacer mella en mi determinación. La mezcla de la oscuridad de la noche con mi imaginación convirtió a los dos perros en un coloso cerbero capaz de devorarme de un solo bocado. Sin pensármelo más tiempo corrí alejándome de allí, convencido de que en esa ocasión no estaba cometiendo el típico error de darle la espalda al animal del que se pretende huir; estaba seguro de que justamente eso era lo que ellos querían, simplemente que me alejase de la casa.

A pesar de todas las historias que había oído referidas a cultos al diablo, brujas y aquelarres no pensé en ello durante mi loca carrera por un paisaje abrupto iluminado por una Luna que colgaba prácticamente llena del cielo estrellado. Estaba demasiado pendiente de un posible encuentro con lobos, mucho más tangibles que posibles demonios transformados en machos cabríos.

Recordé que el Amboto estaba lleno de cuevas, no en vano sitúan los mitos populares una de las moradas de Mari, su diosa principal, en el interior del monte, al cual accede a través de las simas y túneles que lo conectan con el exterior. Decidí que una de ellas sería un buen refugio para protegerme de los lobos.

Poco a poco el paisaje teñido suavemente de plata por la Luna me fue sugestionando, llevando mi mente de vuelta a esa taberna de Durango donde tanto me contaron sobre mitología vasca. Pensé en Mari, la Madre Tierra, Ama Lurra en euskera, la provocadora de tormentas, vestigio de un culto ancestral enmascarado por la adoración al macho cabrío, identificado como el Diablo, que nació en el siglo XVI y que no fue sino una reacción contra el cristianismo. De todas maneras, no es lo mismo escuchar ciertas historias cerca del fuego y con el estómago caliente por el licor que vivirlas rodeado de tinieblas y medias luces.

La imagen de Mari como una mujer hermosa fue sustituida por horribles representaciones de otros númenes nocturnos mucho más siniestros. Ahí estaba Tartalo, cruel cíclope devorador de hombres, gigantesco y cubierto de inmundicia y restos humanos; también Gaueko, la noche, que en mi mente era una terrible boca abierta de fauces oscuras que intentaba tragarme; no podía faltar Eate con su voz de trueno que hacía caer sobre mí todo tipo de calamidades, volteándome con su viento, anegándome con su agua, quemándome con su fuego.

Con el ánimo cada vez más encogido llegué al pie del Amboto. Una luz rojiza parecía salir de las entrañas de la tierra para desafiar las sombras. Conforme me acercaba comprendí que provenía del fondo de una ligera depresión del terreno. Imágenes de harapientas mujeres rodeando un caldero humeante poblaron mis pensamientos durante el descenso; sin embargo hice un gran esfuerzo para que la parte de mi ser que todavía mantenía algo de cordura fuese la vencedora, para ello no paraba de repetirme que tal vez se tratase de un pastor al que la noche había sorprendido en el campo.

No tardé en salir de dudas. Frente a mí, entre un viejo roble y un peñasco más alto que un hombre de estatura media, se erguía la propia Mari, iluminada por la luz plateada de Ilargi y la anaranjada de la hoguera. Mi mente en su insania no sólo rechazó cualquier explicación racional del hecho, dando al traste con toda mi educación científica, sino que incluso fue más allá y me hizo creer lo peor, que se trataba de una lamia, seres infernales temidos por su afición a enamorarse de muchachos a los que acababan por secuestrar y llevar a sus guaridas de donde nunca volvían a salir.

Una irresistible fuerza me hizo acercarme a ella. Me paré a unos pocos pasos de la aparición. A pesar de que la noche nos rodeaba ella lucía magnífica iluminada por la Luna y el fuego, de tal manera que ni el más insignificante de los detalles se escapaba a mi vista.

Una especie de capa negra de tela cubría su cuerpo por entero, dejando solamente al descubierto dos trozos de blancura argéntea que correspondían a sus pies, directamente en contacto con la suave hierba del suelo. Echó hacia atrás la capucha dejándome contemplar la aparición celestial que suponía su rostro. Sus blancas facciones parecían esculpidas en mármol o incluso en hielo. Dos piedras preciosas de color azul oscuro refulgían desde el lugar que tendrían que haber ocupado sus ojos. El cabello de oro y plata descendía en cascadas de brillantes rizos hasta posarse sobre sus hombros. Pero fueron sobre todo sus entreabiertos labios en una sempiterna media sonrisa de promesas y frustraciones los que me encandilaron por completo; arrebatadoramente rojos destacaban entre la blancura de su cara.

Intenté hablar, pero nada más que un simple balbuceo se escapó de mis labios. Tenía ante mí, hecha realidad, la recreación de todas mis fantasías. Sin ninguna duda, había sido creada para hacerme perder la razón.

-¿Te he asustado? -me preguntó con una voz que, a la vez que cargada de ironía, estaba llena de tonos musicales y de dulzura.

Su acento me sonó raro, incluso su forma de hablar me pareció arcaica, pero la entendí perfectamente. Era algo que sobrepasaba la mera dicción de unas palabras, una sensación que hacía que su voz llegase desde dentro de mí, como si ella la hubiese colocado allí en un descuido.

-No, sólo estoy sorprendido -conseguí articular finalmente-. ¿No tienes frío? -pregunté a mi vez sin poder apartar la vista de sus pies desnudos.

-No noto ninguna sensación en la planta de los pies -fue su sorprendente respuesta en medio de una nueva risa que ocultó la ligera sombra de tristeza que se asomó a las ventanas de sus ojos.

Quería acercarme a ella, abrazarla, pero un instinto atávico instalado dentro de mi mente me recomendaba prudencia. Todavía no había descartado la idea de que realmente se tratase de una lamia. Me encontraba en una tierra de brujas, de apariciones sobrenaturales, de genios que te hacían desaparecer como motivo de una maldición que otro hubiese lanzado sobre ti.

-Quiero escribir un poema -dije de pronto sin ser del todo consciente de las palabras que se escapaban de mis labios-. Nunca le he dedicado a una mujer un poema de amor.

-¿Quieres que me ruborice? -preguntó poniendo una cara de inocencia que acrecentó el fuego de mis sentimientos.

Pero ninguna sombra de rubor conquistó sus pálidas mejillas. Di un paso en su dirección. Ella no se movió, expectante ante mi próximo movimiento. Un nuevo impulso y una nueva pausa. Por el momento era suficiente. Mis labios volvieron a lanzar una pregunta.

-¿Dime al menos cómo te llamas?

-¿Será mi nombre el título de tu poema?

-Sí -musité.

Mi cuerpo se rebeló ante la idea defendida por una parte de mi mente de que ese ser no era humano; una belleza semejante no podía causar ningún mal. Distraje mi atención momentáneamente hacia la inmensa y oscura mole del Amboto, apartada su cima de la espectral y antinatural luz que la iluminaba a ella. Cuando volví a bajar la cabeza mis labios casi rozaron los suyos. No la había oído moverse. Ni siquiera un susurro de ropas. La tenía tan cerca... Sus ojos eran dos pozos llenos de tinieblas, oscuro reflejo de su verdadero color. Su olor me traspasó casi por completo. Olía a hierba verde recién cortada en una mañana de primavera. Mi cabeza se inclinó ligeramente y mis labios se aferraron a los suyos. Ella no respondió al beso, pero tampoco se apartó. Por el momento sabía a promesas que no podía hacer. Me aparté de ella como si hubiese profanado algo sagrado.

Estoy seguro de que di un par de pasos hacia atrás y que ella no se movió, pero seguía con su cuerpo a menos de un centímetro del mío, sin tocarme, aun así convulsionaba todo mi interior.

-Tu nombre... -insistí, temiendo haber caído en la más absoluta locura.

-¿No prefieres conocer mi historia? -me propuso en un arrullo.

-Sí, tu historia... -murmuré como sumergido en un sueño del que no sabes si va a resultar dulce o a degenerar en un pesadilla.

Noté su cuerpo por fin contra el mío. Luché denodadamente por no rodearla con mis brazos. De alguna manera sabía que aún no había llegado el momento. Su contacto me pareció tibio a la vez que gélido. El calor provenía de mi interior, mientras que ella sólo irradiaba frío.

-Llegué a esta tierra -comenzó- hace casi mil años, en uno de los barcos vikingos que asolaban las costas de medio continente, como consecuencia de un destierro debido a mi maldición. El señor del lugar donde nací me tenía demasiado miedo como para matarme, pero también el suficiente como para no permitir que siguiese viviendo entre su gente. Me abandonó aquí y ejecutó todos los ritos de hechicería necesarios para impedir que escapase.

Intenté asimilar todo lo que decía. Al no conseguirlo, no deseé otra cosa que no fuese cubrir sus labios con mis besos. Las palabras que no dejaban de salir de ellos operaban como una barrera que frenaba mis impulsos.

-Me prometí a mí misma no hacer aún más desgraciada la vida de aquellos que vivían entonces aquí ni la de sus descendientes. Pero entiéndeme, yo amo la vida. Desde la más fina brizna de hierba totalmente sumisa a la voluntad del viento que la zarandea, pasando por la lechuza que surca la noche de los bosques en busca de alimento hasta llegar a la culminación de la creación, el hombre. Te amo. Amo todo lo que contemplo al mirar dentro de tus ojos, todo lo que no sé sobre ti y nunca llegaré a conocer.

-No hables -supliqué-. No digas cosas que no puedo entender -rogué-. Borra todas esas palabras de tu boca y deja que permanezcan las únicas dos que yo he escuchado: «Te amo».

-¿Sabes por qué amo de esa manera la vida? -continuó ella haciendo caso omiso de mis tiernas palabras-. Porque yo misma no estoy viva, aunque no esté muerta. Sólo necesito un poco, un poco de cada forastero que pisa este lugar -susurró acercando sus labios a mi oído-. No te dolerá, no notarás nada. Despertarás mañana creyendo que todo ha sido un sueño.

Supe entonces que había llegado el momento de rodearla con mis brazos. Su cuerpo se fundió con el mío y mi mente estalló en miles de fragmentos de los que tan solo he recuperado unos cuantos. Algunos de ellos se reflejan en las incoherencias que llenan el cuaderno que amorosamente había guardado todo ese tiempo, pretendiendo que se convirtiese en un vulgar relato de anodinos hechos. Sin embargo el escrito se ha convertido en una sucesión de palabras sin sentido aparente, arrancada cada una de mi alma.

Desperté a la mañana siguiente tumbado debajo de un roble y tapado con una gastada manta. Sentado a escasos metros, el hombre del caserío arrodillado ante una pequeña fogata calentaba algún tipo de brebaje en un abollado recipiente de latón. Pese a que mi primera reacción fue la de echarle el contenido de la taza a la cara, bebí de ella agradeciéndole el calor que me proporcionaba. De alguna extraña manera comprendí que él había pasado por una experiencia similar, lo que nos convertía en, digamos, hermanos de sangre.

No intercambiamos una sola palabra, no hizo falta. Supongo que entonces daba por sentado que volvería al caserío con él, pero cogí el camino de regreso a Durango. Todavía no podía quedarme, tenía que escribir el poema que le había prometido.

Llené la mayor parte de la libreta en el tren, de camino al lugar que hasta entonces había considerado como mi hogar. Párrafo tras párrafo repetía las mismas palabras:

Sed, ella tiene sed. Beber, ella necesita beber... de mí. Ella necesita beber de mí. Sólo un poco, dice. Sólo un poco. Sed. Beber. Beber, beber, beber, beber... de mí, de mí, de mí, de mí... Me necesita. Beber. Necesita... necesita... sólo un poco... de mi sangre.

¿Se imaginan más de cincuenta páginas de apretada escritura con las mismas palabras una y otra vez? Delirante.

La última página contiene un poema.

Ella surca el mar dentro de un ataúd de hielo.
Los finos rasgos se ven a través de su transparencia.
Los ojos azules chispean reflejando miles de fragmentos
De hielo cazados por el Sol.
El rostro de alabastro se confunde con la nieve
Que forra el helado catafalco.
Los cabellos del color del trigo se ven apagados,
Pero deseosos de poder brillar de nuevo.

El viento empuja la helada prisión desde el Norte,
Hasta hacer que la reciba la fértil tierra
Cubierta de la fresca hierba de la mañana.
El brillante Sol de mediodía pronto la liberará
De su fría prisión, devolviendo el color
A sus pálidas mejillas, arrancando reflejos
De sus cabellos de oro, jugando con el brillo
De sus ojos del color del agua del mar azul.

Nada de esto sucede cuando ella se levanta
De su blanco féretro.
Su piel continúa siendo pálida,
Sus cabellos brillan sin alegría,
Sus ojos miran con desesperación.
Ella, destinada a ser una princesa
Entre los vivos, debe vagar sin alma
Para convertirse en la reina de las muertos.

Tal vez no parezca realmente un poema de amor, pero les aseguro que lo es. Ella me dijo que no me dolería, pero me engañó. Me duele tanto su ausencia que estoy prácticamente seguro de que acabaré regresando al Amboto y a ese maldito caserío que una vez me cerró sus puertas.

 

publicado en diciembre de 2008

 
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