| Llegué a las
faldas del Amboto cuando el sol de primavera comenzaba
a esconderse tras las montañas. Según
las leyendas de esa tierra el astro, llamado Eguzki,
abandona el cielo sumergiéndose en el mar para
desaparecer en las entrañas de la Madre Tierra
y alumbrar allí los fértiles valles recorridos
por ríos de leche. La caminata desde Durango
me había resultado en extremo gratificante y
el agreste paisaje, duro sin embargo para mis piernas,
era de una belleza tal que mi espíritu pugnaba
por salir de su carnal envoltura y mezclarse con prados
y montes, fundiéndose finalmente con el cielo
de un puro azul.
Me senté en una piedra plana
y dejé la mochila, que hasta entonces cargaba
a mis espaldas, en el suelo; sin embargo ésta
apenas pesaba, conteniendo solamente la pelliza, que
me había quitado nada más el sol fue lo
suficientemente fuerte como para darme calor, un trozo
de queso y un poco de pan del día anterior. Mi
posesión más preciada, según creía
entonces, no se encontraba dentro de ella, sino en una
bolsa de paño que colgaba de mi cinturón;
se trataba del cuaderno donde había anotado todas
mis experiencias desde mi salida de Valencia y que pretendía
se convirtiese, en un futuro no muy lejano, en un libro
sobre mis viajes.
En ese plácido momento, el
último del que he dispuesto desde entonces, mi
mente estaba muy lejos de considerar mi aventura como
el tormento en el que se convertiría; en ese
proceso de cambio el libro de viajes se trocaría
en un sinfín de incoherencias coronado por un
poema de amor. Mis ojos, ajenos al futuro e inmersos
en el presente, se deleitaban con la visión del
Amboto, monte de más de mil metros de altura
y morada de dioses. Una alarma interna me informó
de que la noche no tardaría en llegar y que sería
conveniente, por tanto, intentar encontrar alojamiento
en alguno de los caseríos que sin duda se escondían
en los pequeños valles de alrededor. Los lugareños
creen que la noche es del dominio de los espíritus
y no por otra cosa llaman a la Luna Ilargi,
que significa en su lengua «la luz de los muertos».
Cargué de nuevo la mochila y
seguí el descendente terreno en busca del arroyo
que, si mis oídos no me engañaban, debía
de correr cerca de allí. No tardé más
de media hora en encontrarlo. Bebí del agua fresca
de montaña dejándola resbalar fría
por mi piel. Repleto de una sensación de libertad
y de un vigor que en nada indicaba la caminata que mis
piernas habían soportado, dejé vagar mis
sentidos sin ataduras conscientes. De repente, el sonido
de una voz rompió la armonía con el paisaje.
La interrupción fue bienvenida ya que la presencia
humana solucionaría mi problema por esa noche.
Anduve durante unos minutos en la
dirección que creía correcta, esperando
que a mis oídos no hubiese llegado más
que un eco distante. No tuve que esperar demasiado para
salir de dudas; a menos de un kilómetro, pendiente
arriba, de la cañada por donde fluía la
corriente se erguía una casa de piedra. Ésta
se veía flanqueada por varias construcciones
menores de madera donde se guardaba el ganado, como
después pude comprobar. A escasa distancia del
edificio principal un hombre de cabellos blancos, sentado
en un tocón, clavaba su mirada en un niño
de unos diez años que correteaba en círculos
y cuyo ir y venir era ignorado, sin embargo, por las
gallinas que campaban por allí.
Me dirigí hacia ellos confiando
en que mis especulaciones sobre el carácter de
los habitantes de la zona fuesen correctas. Me imaginaba
personas de pocas palabras, quizás incluso hurañas,
pero incapaces de negar a un viajero la posibilidad
de pasar la noche bajo techo, aunque fuese en una de
las cuadras. Mi principal preocupación en esos
momentos era que supiesen hablar castellano, ya que
mis conocimientos de su idioma, el euskera, se limitaban
a unas pocas palabras aprendidas en mi parada de dos
días en Durango.
-Gabon -dije deteniéndome
frente al hombre.
No estaba seguro de que la palabra,
que significa «buenas noches», fuese apropiada
a esa hora del día cuando el sol ya ha comenzado
su puesta pero todavía luce en el cielo. Mientras
lo contemplaba, esperando en vano una respuesta, mis
ojos se quedaron fascinados por el sinnúmero
de arrugas que cubrían su rostro, marco de unos
ojos de un gris acerado completamente inexpresivos.
-Siento molestarle -insistí
esta vez en castellano-, pero me preguntaba si
podría pasar la noche en uno de los establos.
Ni siquiera necesito comida -añadí
a lo que pensaba que era una petición de lo más
razonable.
El hombre ladeó la vista pendiente
de las evoluciones del niño, desatendiendo por
completo mi ruego. Vacilé durante unos instantes,
pensando si tal vez en la casa hubiese alguna persona
con la que pudiese hablar. No tuve siquiera que tomar
una decisión, pues una mujer de mediana edad
salió del edificio y se dirigió hacia
un improvisado tendedero que colgaba entre una de las
paredes laterales y el tronco de un árbol.
-Señora… -la
interpelé dando unos vacilantes pasos hacia ella.
De nuevo la atención obtenida
fue nula. Se limitó a recoger la ropa, toda de
color gris sucio que colgaba de la cuerda para regresar
de inmediato al interior de la casa, cuya puerta de
madera maciza cerró detrás de ella. Un
repentino golpe volvió mi atención a la
realidad que me rodeaba, totalmente perplejo como estaba
ante el trato que estaba recibiendo. El niño
había chocado contra mi costado en uno de sus
continuos vaivenes. Intenté cogerlo como un gesto
instintivo, sin ánimo alguno de hacerle daño,
pero el zagal se escurrió de entre mis manos.
-Deje en paz al niño
-sonó una voz a mis espaldas.
Comencé a girarme todavía
dolido por el cortante sonar de las palabras que, pese
a no ser pronunciadas en voz demasiado alta, habían
conseguido que un estremecimiento recorriese mi cuerpo.
Un hombre se erguía a menos de cinco metros de
mi posición; en su mano derecha agarraba un hacha
mientras que en la izquierda sostenía la cuerda
que sujetaba el haz de leña que colgaba de su
hombro. Seguramente había llegado del bosquecillo
de robles que se extendía detrás de la
casa. Me costaba creer que no lo hubiese oído
acercarse.
Ante mi mirada de sorpresa dejó
el hacha y la leña en el suelo casi sin inclinarse
y avanzó unos pasos hacia mí. Su piel
hablaba de una vida al aire libre y sus cabellos canos
de una edad avanzada; sin embargo sus ojos claros denotaban
juventud y fuerza, mezclados con algo más que
yo osaría calificar como tristeza o dolor. El
niño había detenido sus aleatorios movimientos
y sonreía abiertamente ante la presencia del
recién llegado. El viejo continuaba inmóvil,
camuflado a la perfección entre los restos de
madera podrida que rodeaban el tocón donde se
sentaba.
-¡Qué bien que
me entiende! -exclamé rompiendo el silencio
de forma una forma tan explosiva que incluso yo me vi
sorprendido-. Necesito un lugar bajo techo donde
pasar la noche.
Mi interlocutor bajó la mirada,
quizás evitando mis ojos por la vergüenza
que le producía desatender mis súplicas.
-¡Oiga! -exclamé
visiblemente alterado-. ¿No ve que se está
haciendo de noche? ¡Sólo quiero refugiarme
en un establo! ¡Nada más!
El hombre refrenó mi visceral
gesto de agarrarle por las solapas de su raída
chaqueta interponiendo su brazo y empujándome
hacia atrás. Permanecí quieto durante
unos instantes, intentando controlar mi rabia. No entendía
el comportamiento de esa gente; sin embargo en sus ojos
no leía maldad, más bien un infinito y
puro pesar.
-El rapaz es capaz de ver el
futuro -habló de nuevo el hombre más
joven-. Dile a este señor lo que ves, Xabier.
Mi mente era un torbellino de confusión,
aun así fui capaz de mirar al niño. La
rojiza luz del atardecer daba un tinte siniestro a sus
cabellos pajizos. Por primera vez me di cuenta de la
inmensa profundidad de los pozos negros que eran sus
dos ojos.
-Odola -fue la
palabra dicha en una lengua extraña que salió
de los labios del augur.
La reacción del viejo fue fulminante.
No hubiese imaginado que fuese capaz de una agilidad
semejante. En un visto y no visto el hacha que yacía
en el suelo abandonada por el otro hombre fue colgada
en el portal de la casa. El filo señalaba hacia
arriba. Supuse que se trataba de un signo de protección
contra la maléfica palabra que había sido
pronunciada.
-¿Qué significa
lo que ha dicho el muchacho? -pregunté
mirando aterrado a los ojos del hombre que comenzaba
a confundirse con la oscuridad-. ¿Es euskera?
El aludido entreabrió los labios,
en lo que parecía un anticipo a una respuesta,
pero un grito inesperado proveniente de la garganta
del más mayor cortó sus palabras y mi
respiración.
-¡Basajaun! ¡Basajaun!
-gritaba una y otra vez.
-¡Aita! ¡Aita!
-acompañó Xavier a los gritos
del viejo.
Esa palabra sí que la conocía.
Significa padre. De alguna forma intuitiva había
supuesto desde el principio que el hombre que había
aparecido con la leña no era el padre del niño.
Ahora lo estaba llamando. ¡Basajaun!
De pronto recordé las charlas en esa taberna
de Durango en la que cambié txikitos
por cuentos y leyendas. Basajaun es un hombre
de los bosques, salvaje y peludo, pero amigo de los
pastores y protector del rebaño, azote de los
lobos. Entendí la preocupación que se
hacía patente en las voces de los que gritaban
y en los semblantes de los que callaban pues la mujer,
parada en el umbral de la puerta, escrutaba con sus
sombríos ojos las tinieblas cada vez más
espesas; el cabeza de familia todavía no había
regresado con el ganado y los gritos, llamando a Basajaun,
no tenían otro efecto que avisar al genio para
que lo protegiese.
Ruidos de cencerros sonaron en la distancia,
no muy lejanos, calmando los ánimos y haciendo
aflorar algunas sonrisas. Manchas blancas contrastando
en la incipiente oscuridad se hicieron visibles. La
mujer volvió a retirarse al interior de la casa
cerrando de nuevo la puerta. Los dos hombres e incluso
el niño, Xabier, se convirtieron en manchas de
veloces movimientos ayudando al recién llegado
a meter las ovejas en las cuadras. Intenté acercarme
a ellos, pero los dos perros que acompañaban
al pastor se plantaron entre los edificios de madera
y yo. No me gustó nada la forma en la que gruñeron
cuando di un paso adelante.
Los tres hombres y el niño
acabaron prontamente la tarea. Cerraron la puerta de
los establos y la aseguraron con una tranca. Se dirigieron
hacia la casa principal haciendo caso omiso de mi presencia.
No me atrevía a moverme debido al marcaje de
los perros, pero sí estaba dispuesto a gritar
y a utilizar la violencia si era necesario con tal de
no pasar la noche a la intemperie, pero no contra ellos
sino contra la puerta que me negaba el paso a la mullida
paja y a la compañía de los ovinos.
-¡Oigan! ¿Van a
dejarme aquí afuera?
Uno de ellos, el único que
me había dirigido la palabra, susurró
al que supuse era el padre del niño unas palabras
en voz baja. Los demás entraron en la casa pero
el otro se dirigió de nuevo a mí.
-A partir de mañana será
siempre bienvenido -fueron las sorprendentes palabras
que pronunció.
-¿De qué me servirá
eso si esta noche no sobrevivo a los lobos? No es que
crea en brujas ni en nada parecido -añadí-,
pero ustedes, los vascos, tienen un dicho: «el
día es para los hombres y la noche es para los
seres de la noche».
-No he nacido en estas tierras
-repuso-, ni el dicho es así exactamente.
-¿Adónde quiere
que vaya en la oscuridad? -pregunté encontrando
de repente una extraña calma en toda la agitación
que me envolvía.
El otro se encogió de hombros
antes de contestar.
-Aléjese de la casa.
Esta noche usted debe pasarla en el Amboto. No se preocupe,
sobrevivirá.
-¿Cómo puede estar
tan seguro?
-Yo lo hice.
Las enigmáticas palabras me
hicieron contener la respiración. De una forma
loca todo lo que oía y sentía comenzaba
a tener sentido.
-¿Qué significa
odola? -continué en mi afán
por obtener aunque fuesen nimias respuestas.
-Sangre.
Sucesivos escalofríos recorrieron
mi cuerpo. El fresco de la noche comenzaba a hacer mella
en mi piel, aunque supongo que no se trataba solamente
del frío. Dejé la mochila en el suelo
y saqué la arrugada pelliza.
-Hace bien en ponerse eso -fue
lo último que dijo antes de darse la vuelta y
dirigirse hacia la casa.
-Hasta nunca -musité.
-No lo crea -añadió
sin girarse-, yo regresé después
de la primera noche y todavía no me he ido.
-¡Dígame al menos
si hay otro caserío cerca!
No obtuve respuesta. Por un breve
instante una tenue rendija de luz, seguramente proveniente
de un candil, se dejó ver cuando abrió
la puerta; luego todo fue oscuridad. Los perros comenzaron
a agitarse. Apenas distinguía los pelajes oscuros
en la noche, pero oía el ruido producido por
sus uñas al escarbar la tierra.
Permanecí durante varios minutos
inmóvil, como si mi cuerpo se negase a malgastar
más energía en acciones vagas. Mi boca
se abrió en un torrente de insultos destinados
a calmar mi frustración ya que tenía la
absoluta certeza de que la puerta no volvería
a abrirse hasta al alba, por mucho que yo gritase o
tratase de forzarla. Pasado un tiempo indeterminado
mi mente racional volvió a hacerse cargo de la
situación, obligándome a pensar que tal
vez pudiese forzar la entrada a la casa por otro sitio
que no fuese la puerta, como una de las ventanas. Antes
incluso de dar el primer paso aborté el intento,
pues ¿de qué me valía entrar en
la casa si entre todos me obligarían a salir
de nuevo? Sin duda sería más fácil
intentarlo en los establos. Con esa idea en la cabeza
di media vuelta y me dirigí hacia ellos. Durante
el tiempo que duraron mis elucubraciones me había
olvidado por completo de los perros. Nada más
dar los primeros pasos comenzaron a ladrar, como intuyendo
cuáles eran mis intenciones. Dos pares de ojos
rojos se interpusieron en mi camino; incluso oí,
o tal vez imaginé, el ruido de sus mandíbulas
al abrirse. Los gruñidos in crescendo
no tardaron en hacer mella en mi determinación.
La mezcla de la oscuridad de la noche con mi imaginación
convirtió a los dos perros en un coloso cerbero
capaz de devorarme de un solo bocado. Sin pensármelo
más tiempo corrí alejándome de
allí, convencido de que en esa ocasión
no estaba cometiendo el típico error de darle
la espalda al animal del que se pretende huir; estaba
seguro de que justamente eso era lo que ellos querían,
simplemente que me alejase de la casa.
A pesar de todas las historias que
había oído referidas a cultos al diablo,
brujas y aquelarres no pensé en ello durante
mi loca carrera por un paisaje abrupto iluminado por
una Luna que colgaba prácticamente llena del
cielo estrellado. Estaba demasiado pendiente de un posible
encuentro con lobos, mucho más tangibles que
posibles demonios transformados en machos cabríos.
Recordé que el Amboto estaba
lleno de cuevas, no en vano sitúan los mitos
populares una de las moradas de Mari, su diosa principal,
en el interior del monte, al cual accede a través
de las simas y túneles que lo conectan con el
exterior. Decidí que una de ellas sería
un buen refugio para protegerme de los lobos.
Poco a poco el paisaje teñido
suavemente de plata por la Luna me fue sugestionando,
llevando mi mente de vuelta a esa taberna de Durango
donde tanto me contaron sobre mitología vasca.
Pensé en Mari, la Madre Tierra,
Ama Lurra en euskera, la provocadora de tormentas,
vestigio de un culto ancestral enmascarado por la adoración
al macho cabrío, identificado como el Diablo,
que nació en el siglo XVI y que no fue sino una
reacción contra el cristianismo. De todas maneras,
no es lo mismo escuchar ciertas historias cerca del
fuego y con el estómago caliente por el licor
que vivirlas rodeado de tinieblas y medias luces.
La imagen de Mari como una
mujer hermosa fue sustituida por horribles representaciones
de otros númenes nocturnos mucho más siniestros.
Ahí estaba Tartalo, cruel cíclope
devorador de hombres, gigantesco y cubierto de inmundicia
y restos humanos; también Gaueko, la
noche, que en mi mente era una terrible boca abierta
de fauces oscuras que intentaba tragarme; no podía
faltar Eate con su voz de trueno que hacía
caer sobre mí todo tipo de calamidades, volteándome
con su viento, anegándome con su agua, quemándome
con su fuego.
Con el ánimo cada vez más
encogido llegué al pie del Amboto. Una luz rojiza
parecía salir de las entrañas de la tierra
para desafiar las sombras. Conforme me acercaba comprendí
que provenía del fondo de una ligera depresión
del terreno. Imágenes de harapientas mujeres
rodeando un caldero humeante poblaron mis pensamientos
durante el descenso; sin embargo hice un gran esfuerzo
para que la parte de mi ser que todavía mantenía
algo de cordura fuese la vencedora, para ello no paraba
de repetirme que tal vez se tratase de un pastor al
que la noche había sorprendido en el campo.
No tardé en salir de dudas.
Frente a mí, entre un viejo roble y un peñasco
más alto que un hombre de estatura media, se
erguía la propia Mari, iluminada por
la luz plateada de Ilargi y la anaranjada de
la hoguera. Mi mente en su insania no sólo rechazó
cualquier explicación racional del hecho, dando
al traste con toda mi educación científica,
sino que incluso fue más allá y me hizo
creer lo peor, que se trataba de una lamia, seres infernales
temidos por su afición a enamorarse de muchachos
a los que acababan por secuestrar y llevar a sus guaridas
de donde nunca volvían a salir.
Una irresistible fuerza me hizo acercarme
a ella. Me paré a unos pocos pasos de la aparición.
A pesar de que la noche nos rodeaba ella lucía
magnífica iluminada por la Luna y el fuego, de
tal manera que ni el más insignificante de los
detalles se escapaba a mi vista.
Una especie de capa negra de tela
cubría su cuerpo por entero, dejando solamente
al descubierto dos trozos de blancura argéntea
que correspondían a sus pies, directamente en
contacto con la suave hierba del suelo. Echó
hacia atrás la capucha dejándome contemplar
la aparición celestial que suponía su
rostro. Sus blancas facciones parecían esculpidas
en mármol o incluso en hielo. Dos piedras preciosas
de color azul oscuro refulgían desde el lugar
que tendrían que haber ocupado sus ojos. El cabello
de oro y plata descendía en cascadas de brillantes
rizos hasta posarse sobre sus hombros. Pero fueron sobre
todo sus entreabiertos labios en una sempiterna media
sonrisa de promesas y frustraciones los que me encandilaron
por completo; arrebatadoramente rojos destacaban entre
la blancura de su cara.
Intenté hablar, pero nada más
que un simple balbuceo se escapó de mis labios.
Tenía ante mí, hecha realidad, la recreación
de todas mis fantasías. Sin ninguna duda, había
sido creada para hacerme perder la razón.
-¿Te he asustado? -me
preguntó con una voz que, a la vez que cargada
de ironía, estaba llena de tonos musicales y
de dulzura.
Su acento me sonó raro, incluso
su forma de hablar me pareció arcaica, pero la
entendí perfectamente. Era algo que sobrepasaba
la mera dicción de unas palabras, una sensación
que hacía que su voz llegase desde dentro de
mí, como si ella la hubiese colocado allí
en un descuido.
-No, sólo estoy sorprendido
-conseguí articular finalmente-.
¿No tienes frío? -pregunté
a mi vez sin poder apartar la vista de sus pies desnudos.
-No noto ninguna sensación
en la planta de los pies -fue su sorprendente
respuesta en medio de una nueva risa que ocultó
la ligera sombra de tristeza que se asomó a las
ventanas de sus ojos.
Quería acercarme a ella, abrazarla,
pero un instinto atávico instalado dentro de
mi mente me recomendaba prudencia. Todavía no
había descartado la idea de que realmente se
tratase de una lamia. Me encontraba en una tierra de
brujas, de apariciones sobrenaturales, de genios que
te hacían desaparecer como motivo de una maldición
que otro hubiese lanzado sobre ti.
-Quiero escribir un poema -dije
de pronto sin ser del todo consciente de las palabras
que se escapaban de mis labios-. Nunca le he dedicado
a una mujer un poema de amor.
-¿Quieres que me ruborice?
-preguntó poniendo una cara de inocencia
que acrecentó el fuego de mis sentimientos.
Pero ninguna sombra de rubor conquistó
sus pálidas mejillas. Di un paso en su dirección.
Ella no se movió, expectante ante mi próximo
movimiento. Un nuevo impulso y una nueva pausa. Por
el momento era suficiente. Mis labios volvieron a lanzar
una pregunta.
-¿Dime al menos cómo
te llamas?
-¿Será mi nombre
el título de tu poema?
-Sí -musité.
Mi cuerpo se rebeló ante la
idea defendida por una parte de mi mente de que ese
ser no era humano; una belleza semejante no podía
causar ningún mal. Distraje mi atención
momentáneamente hacia la inmensa y oscura mole
del Amboto, apartada su cima de la espectral y antinatural
luz que la iluminaba a ella. Cuando volví a bajar
la cabeza mis labios casi rozaron los suyos. No la había
oído moverse. Ni siquiera un susurro de ropas.
La tenía tan cerca... Sus ojos eran dos pozos
llenos de tinieblas, oscuro reflejo de su verdadero
color. Su olor me traspasó casi por completo.
Olía a hierba verde recién cortada en
una mañana de primavera. Mi cabeza se inclinó
ligeramente y mis labios se aferraron a los suyos. Ella
no respondió al beso, pero tampoco se apartó.
Por el momento sabía a promesas que no podía
hacer. Me aparté de ella como si hubiese profanado
algo sagrado.
Estoy seguro de que di un par de pasos
hacia atrás y que ella no se movió, pero
seguía con su cuerpo a menos de un centímetro
del mío, sin tocarme, aun así convulsionaba
todo mi interior.
-Tu nombre... -insistí,
temiendo haber caído en la más absoluta
locura.
-¿No prefieres conocer
mi historia? -me propuso en un arrullo.
-Sí, tu historia... -murmuré
como sumergido en un sueño del que no sabes si
va a resultar dulce o a degenerar en un pesadilla.
Noté su cuerpo por fin contra
el mío. Luché denodadamente por no rodearla
con mis brazos. De alguna manera sabía que aún
no había llegado el momento. Su contacto me pareció
tibio a la vez que gélido. El calor provenía
de mi interior, mientras que ella sólo irradiaba
frío.
-Llegué a esta tierra
-comenzó- hace casi mil años,
en uno de los barcos vikingos que asolaban las costas
de medio continente, como consecuencia de un destierro
debido a mi maldición. El señor del lugar
donde nací me tenía demasiado miedo como
para matarme, pero también el suficiente como
para no permitir que siguiese viviendo entre su gente.
Me abandonó aquí y ejecutó todos
los ritos de hechicería necesarios para impedir
que escapase.
Intenté asimilar todo lo que
decía. Al no conseguirlo, no deseé otra
cosa que no fuese cubrir sus labios con mis besos. Las
palabras que no dejaban de salir de ellos operaban como
una barrera que frenaba mis impulsos.
-Me prometí a mí
misma no hacer aún más desgraciada la
vida de aquellos que vivían entonces aquí
ni la de sus descendientes. Pero entiéndeme,
yo amo la vida. Desde la más fina brizna de hierba
totalmente sumisa a la voluntad del viento que la zarandea,
pasando por la lechuza que surca la noche de los bosques
en busca de alimento hasta llegar a la culminación
de la creación, el hombre. Te amo. Amo todo lo
que contemplo al mirar dentro de tus ojos, todo lo que
no sé sobre ti y nunca llegaré a conocer.
-No hables -supliqué-.
No digas cosas que no puedo entender -rogué-.
Borra todas esas palabras de tu boca y deja que permanezcan
las únicas dos que yo he escuchado: «Te
amo».
-¿Sabes por qué
amo de esa manera la vida? -continuó ella
haciendo caso omiso de mis tiernas palabras-.
Porque yo misma no estoy viva, aunque no esté
muerta. Sólo necesito un poco, un poco de cada
forastero que pisa este lugar -susurró
acercando sus labios a mi oído-. No te
dolerá, no notarás nada. Despertarás
mañana creyendo que todo ha sido un sueño.
Supe entonces que había llegado
el momento de rodearla con mis brazos. Su cuerpo se
fundió con el mío y mi mente estalló
en miles de fragmentos de los que tan solo he recuperado
unos cuantos. Algunos de ellos se reflejan en las incoherencias
que llenan el cuaderno que amorosamente había
guardado todo ese tiempo, pretendiendo que se convirtiese
en un vulgar relato de anodinos hechos. Sin embargo
el escrito se ha convertido en una sucesión de
palabras sin sentido aparente, arrancada cada una de
mi alma.
Desperté a la mañana
siguiente tumbado debajo de un roble y tapado con una
gastada manta. Sentado a escasos metros, el hombre del
caserío arrodillado ante una pequeña fogata
calentaba algún tipo de brebaje en un abollado
recipiente de latón. Pese a que mi primera reacción
fue la de echarle el contenido de la taza a la cara,
bebí de ella agradeciéndole el calor que
me proporcionaba. De alguna extraña manera comprendí
que él había pasado por una experiencia
similar, lo que nos convertía en, digamos, hermanos
de sangre.
No intercambiamos una sola palabra,
no hizo falta. Supongo que entonces daba por sentado
que volvería al caserío con él,
pero cogí el camino de regreso a Durango. Todavía
no podía quedarme, tenía que escribir
el poema que le había prometido.
Llené la mayor parte de la
libreta en el tren, de camino al lugar que hasta entonces
había considerado como mi hogar. Párrafo
tras párrafo repetía las mismas palabras:
Sed, ella tiene sed. Beber, ella
necesita beber... de mí. Ella necesita beber
de mí. Sólo un poco, dice. Sólo
un poco. Sed. Beber. Beber, beber, beber, beber... de
mí, de mí, de mí, de mí...
Me necesita. Beber. Necesita... necesita... sólo
un poco... de mi sangre.
¿Se imaginan más de cincuenta
páginas de apretada escritura con las mismas
palabras una y otra vez? Delirante.
La última página contiene
un poema.
Ella surca el mar dentro de un ataúd
de hielo.
Los finos rasgos se ven a través de su transparencia.
Los ojos azules chispean reflejando miles de fragmentos
De hielo cazados por el Sol.
El rostro de alabastro se confunde con la nieve
Que forra el helado catafalco.
Los cabellos del color del trigo se ven apagados,
Pero deseosos de poder brillar de nuevo.
El viento empuja la helada prisión
desde el Norte,
Hasta hacer que la reciba la fértil tierra
Cubierta de la fresca hierba de la mañana.
El brillante Sol de mediodía pronto la liberará
De su fría prisión, devolviendo el color
A sus pálidas mejillas, arrancando reflejos
De sus cabellos de oro, jugando con el brillo
De sus ojos del color del agua del mar azul.
Nada de esto sucede cuando ella
se levanta
De su blanco féretro.
Su piel continúa siendo pálida,
Sus cabellos brillan sin alegría,
Sus ojos miran con desesperación.
Ella, destinada a ser una princesa
Entre los vivos, debe vagar sin alma
Para convertirse en la reina de las muertos.
Tal vez no parezca realmente un poema
de amor, pero les aseguro que lo es. Ella me dijo que
no me dolería, pero me engañó.
Me duele tanto su ausencia que estoy prácticamente
seguro de que acabaré regresando al Amboto y
a ese maldito caserío que una vez me cerró
sus puertas.
publicado en diciembre
de 2008
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