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Ángeles exterminadores Más sobre José Javier Bataller

Los restos de la estrella seguían fascinando al capitán Nuno Resende, a pesar de la semana que ya llevaban en órbita. Sobre todo le maravillaba el hecho de que en las noches de la Tierra ξ de Hydra todavía se veía brillar en lo alto. Efecto de la luz, que tarda ciento cincuenta años en recorrer la distancia entre esa estrella y el Sol. Ellos no habían seguido ese camino, sino que habían abandonado el escenario del Universo para colarse entre bastidores, burlando así las leyes sobre velocidad y tiempo que tanto habían llevado de cabeza a los físicos desde tiempos de Galileo.

Allí no sabían nada sobre la conversión en nova de ξ de Hydra. Tampoco conocían el destino corrido por la primera expedición interestelar terrestre, misterio que su grupo había ido a resolver. Y de momento todo estaba más complicado que al principio. Tenía una enana blanca donde debería haber una estrella amarilla doce veces más brillante que el Sol. Y también tenía una nave ocupada por diez cadáveres, todos los tripulantes, absolutamente todos. Reunidos en la sala común, una sola pistola, una reliquia, una antigua arma de fuego, todos con un tiro en la sien. Congelados en su muerte eterna.

La expedición a la constelación de Hydra fue la culminación de años de trabajo sobre la naturaleza del Universo. Se crearon los motores necesarios para salir de él y entrar por otro punto cruzando un lugar imposible llamado el Bastidor, sobre estos se construyó una carcasa y se la llenó de instrumentos, tanto inanimados como animados. Entre ellos diez seres humanos. Cuando pasó el tiempo sin noticias, no se pensó en ningún momento que el fracaso tuviese que ver con el funcionamiento de la nave. Eso era impensable para los poderes fácticos, sobre todo teniendo en cuenta que se estaban fabricando cincuenta naves más siguiendo los pasos del prototipo. Cinco años después, una de ellas estaba destinada a seguir los pasos de la primera empresa. Las otras cuarenta y nueve arribarían a territorio inexplorado.

Resende se sentó delante de la terminal de su ordenador y volvió a solicitar el informe de la autopsia. No había duda. Un tiro. Un disparo cada uno de ellos. Por la posición de los cuerpos y el camino seguido por la bala todo parecía indicar que se había producido un suicidio colectivo. ¿Por qué? Buceó entre los archivos disponibles y volvió a releer el documento elaborado por el físico de la nave. Los motores de la Juan Sebastián Elcano estaban en un estado perfecto. Listos para funcionar en el viaje de vuelta. Entonces el motivo no podía ser el sentirse abandonados a una muerte lenta. ¿Algo psicológico? ¿El síndrome del infinito? ¿Sentirse empequeñecido ante algo tan enorme como la vastedad del cosmos? El psicólogo no se decantaba por ninguna teoría en concreto. A él le resultaba muy vago adjudicar el hecho a un trastorno de la mente, a la rotura mental de diez personas a la vez. ¿Nadie se mantuvo cuerdo para detener a los otros? Y el último, ¿también estaba de acuerdo con la matanza? El capitán recordó una historia convertida posteriormente en un juego matemático. Trataba de un judío, Josefo, que en la toma de la ciudad de Jotapat por los romanos se encerró junto con sus colegas esperando la captura. Sin embargo, la mayoría de ellos prefería la muerte a ser atrapados. Así que optaron por el suicidio. Colocados en círculo, primero empezaría uno de ellos y los otros lo harían por turnos contando de tres en tres a partir del primero en suicidarse. Pero el hecho era que ni él ni un amigo suyo veían con buenos ojos el asunto. La pregunta era: ¿en qué posición con respecto al primer suicida deberían colocarse los dos amigos para ser los últimos? Una vez quedasen ellos solos, nadie podría impulsarles a suicidarse. Recordar esa historia le hizo pensar en otra posibilidad, que lo sucedido no fuese más que una especie de rito religioso. Pero, ¿cuál? Y de nuevo ¿por qué?

Habían encontrado otra cosa en ξ de Hydra. Los restos de una civilización. La abrasada superficie del tercer planeta presentaba extraños túmulos de cenizas, de kilómetros cuadrados de extensión. Debajo de ellos se habían hallado túneles y cámaras subterráneas, como si del metro de una ciudad terrestre se tratase. Todo lo demás había desaparecido. Calcinado por las partículas de alta energía emitidas por su sol.

Alguien llamó a la puerta de su camarote. Resende musitó una leve respuesta y el doctor Aranzana entró en la estancia. La palidez de la cara del astrofísico denotaba que se trataba de algo importante. La botella de vino que llevaba en la mano derecha, complementando las dos copas que llevaba en la izquierda, indicaba que la noticia no podía ser buena.

-Bien, Nuno, creo que tengo algunas respuestas -fue lo que dijo depositando las copas sobre la mesa.

-¿Crees que eso va a ser necesario?

Aranzana asintió con la cabeza mientras servía el vino.

-En el inventario de mi equipaje este peso figura como un traje antirradiación, así que espero que no tengamos ningún escape.

-Dime, ¿de qué se trata?

-He estado realizando un análisis de los flujos de partículas en este sistema, algo rutinario, intentando buscar una explicación a la repentina entrada en nova de la estrella. He descubierto varias anomalías.

Resende lo miró intrigado. En un primer momento le había informado que el conocimiento sobre los mecanismos estelares todavía estaba en pañales y que, por tanto, no se atrevía a aventurar hipótesis plausibles. Ésas habían sido sus palabras exactas. Por lo visto había cambiado de opinión.

-Bien -continuó tras una intensa inhalación y su correspondiente suspiro-, creo que el detonante de la explosión del núcleo de ξ de Hydra fue externo. Mis últimos datos indican que la explosión ocurrió hace cinco años. Al venir por un atajo no nos hemos encontrado con las radiaciones remanentes que contaminan el espacio formando una esfera de cinco años luz.

-Pero entonces la Juan Sebastián Elcano llegó cuando la zona todavía estaba caliente.

-No, creo que no sucedió así. En mi opinión la llegada de la nave coincidió exactamente con la conversión en nova.

-¿Cómo pudieron no volatilizarse?

-Supongo, y aquí estoy aventurando bastante, que percibieron algún tipo de aviso y pudieron regresar a esa zona que forma el interior de la burbuja y que llamamos el Bastidor. Luego regresaron cuando la primera andanada energética pasó. Constataron lo sucedido y se suicidaron en consecuencia.

-¿Cómo puede estar tan seguro?

-Porque ellos provocaron la catástrofe. Al abrir la puerta de entrada al Bastidor arrastraron consigo una concentración de partículas, de esas que pueblan el espacio y que no lo dejan estar tan vacío como la gente cree. El recorrido por el Bastidor las cambió de alguna manera, todavía no tengo muy claro cómo. El caso es que al reentrar en nuestro Universo formaron una especie de chorro de partículas que fue a parar a ξ de Hydra, provocando la consabida explosión.

-Doctor, doctor -musitó Resende-. Esa historia no tiene ni pies ni cabeza.

-Desafortunadamente, capitán, sí tiene sentido. Al darse cuenta de lo sucedido, de lo que habían causado, la tripulación de la Juan Sebastián Elcano optó por acabar con su sufrimiento moral.

-Pero ellos no fueron los responsables reales.

-Explíquele eso al que se cree responsable de la destrucción de un planeta con millones de seres.

-¡Oh, Dios! ¡No fue por eso! Ahora entiendo la verdadera razón. Estaban atrapados aquí. Si regresaban a la Tierra corrían el riesgo de convertir el Sol en una nova. Se suicidaron antes que soportar una muerte lenta, pues la idea de volver y aniquilar la humanidad les resultaría intolerable.

Durante unos minutos ambos apostaron por el silencio y la introspección como antídotos para la impotencia y el miedo.

-¿Y nosotros, Nuno? ¿Vamos a seguir el ejemplo de nuestros predecesores? -rompió el silencio Aranzana, necesitando de las palabras para no caer en la locura.

-Si estás en lo cierto nuestro destino no es más que un asunto menor. Aunque sobre lo otro no tenemos ningún poder.

-No entiendo.

-Las otras naves, doctor. Cuarenta y nueve ángeles exterminadores en camino. ¿Cuál es la probabilidad de que una estrella de clase G albergue vida? ¿Cuántas civilizaciones volatilizaremos en nuestro empeño por ir más allá?

-No tengo respuestas a esas preguntas, capitán, pero creo que pronto nos encontraremos con algunos viejos amigos en el infierno.

 

publicado en julio de 2008

 
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