| Los restos de la estrella
seguían fascinando al capitán Nuno Resende,
a pesar de la semana que ya llevaban en órbita.
Sobre todo le maravillaba el hecho de que en las noches
de la Tierra ξ de Hydra todavía se veía
brillar en lo alto. Efecto de la luz, que tarda ciento
cincuenta años en recorrer la distancia entre
esa estrella y el Sol. Ellos no habían seguido
ese camino, sino que habían abandonado el escenario
del Universo para colarse entre bastidores, burlando
así las leyes sobre velocidad y tiempo que tanto
habían llevado de cabeza a los físicos
desde tiempos de Galileo.
Allí no sabían nada sobre
la conversión en nova de ξ de Hydra. Tampoco
conocían el destino corrido por la primera expedición
interestelar terrestre, misterio que su grupo había
ido a resolver. Y de momento todo estaba más
complicado que al principio. Tenía una enana
blanca donde debería haber una estrella amarilla
doce veces más brillante que el Sol. Y también
tenía una nave ocupada por diez cadáveres,
todos los tripulantes, absolutamente todos. Reunidos
en la sala común, una sola pistola, una reliquia,
una antigua arma de fuego, todos con un tiro en la sien.
Congelados en su muerte eterna.
La expedición a la constelación
de Hydra fue la culminación de años de
trabajo sobre la naturaleza del Universo. Se crearon
los motores necesarios para salir de él y entrar
por otro punto cruzando un lugar imposible llamado el
Bastidor, sobre estos se construyó una carcasa
y se la llenó de instrumentos, tanto inanimados
como animados. Entre ellos diez seres humanos. Cuando
pasó el tiempo sin noticias, no se pensó
en ningún momento que el fracaso tuviese que
ver con el funcionamiento de la nave. Eso era impensable
para los poderes fácticos, sobre todo teniendo
en cuenta que se estaban fabricando cincuenta naves
más siguiendo los pasos del prototipo. Cinco
años después, una de ellas estaba destinada
a seguir los pasos de la primera empresa. Las otras
cuarenta y nueve arribarían a territorio inexplorado.
Resende se sentó delante de
la terminal de su ordenador y volvió a solicitar
el informe de la autopsia. No había duda. Un
tiro. Un disparo cada uno de ellos. Por la posición
de los cuerpos y el camino seguido por la bala todo
parecía indicar que se había producido
un suicidio colectivo. ¿Por qué? Buceó
entre los archivos disponibles y volvió a releer
el documento elaborado por el físico de la nave.
Los motores de la Juan Sebastián Elcano
estaban en un estado perfecto. Listos para funcionar
en el viaje de vuelta. Entonces el motivo no podía
ser el sentirse abandonados a una muerte lenta. ¿Algo
psicológico? ¿El síndrome del infinito?
¿Sentirse empequeñecido ante algo tan
enorme como la vastedad del cosmos? El psicólogo
no se decantaba por ninguna teoría en concreto.
A él le resultaba muy vago adjudicar el hecho
a un trastorno de la mente, a la rotura mental de diez
personas a la vez. ¿Nadie se mantuvo cuerdo para
detener a los otros? Y el último, ¿también
estaba de acuerdo con la matanza? El capitán
recordó una historia convertida posteriormente
en un juego matemático. Trataba de un judío,
Josefo, que en la toma de la ciudad de Jotapat por los
romanos se encerró junto con sus colegas esperando
la captura. Sin embargo, la mayoría de ellos
prefería la muerte a ser atrapados. Así
que optaron por el suicidio. Colocados en círculo,
primero empezaría uno de ellos y los otros lo
harían por turnos contando de tres en tres a
partir del primero en suicidarse. Pero el hecho era
que ni él ni un amigo suyo veían con buenos
ojos el asunto. La pregunta era: ¿en qué
posición con respecto al primer suicida deberían
colocarse los dos amigos para ser los últimos?
Una vez quedasen ellos solos, nadie podría impulsarles
a suicidarse. Recordar esa historia le hizo pensar en
otra posibilidad, que lo sucedido no fuese más
que una especie de rito religioso. Pero, ¿cuál?
Y de nuevo ¿por qué?
Habían encontrado otra cosa
en ξ de Hydra. Los restos de una civilización.
La abrasada superficie del tercer planeta presentaba
extraños túmulos de cenizas, de kilómetros
cuadrados de extensión. Debajo de ellos se habían
hallado túneles y cámaras subterráneas,
como si del metro de una ciudad terrestre se tratase.
Todo lo demás había desaparecido. Calcinado
por las partículas de alta energía emitidas
por su sol.
Alguien llamó a la puerta de
su camarote. Resende musitó una leve respuesta
y el doctor Aranzana entró en la estancia. La
palidez de la cara del astrofísico denotaba que
se trataba de algo importante. La botella de vino que
llevaba en la mano derecha, complementando las dos copas
que llevaba en la izquierda, indicaba que la noticia
no podía ser buena.
-Bien, Nuno, creo que tengo algunas
respuestas -fue lo que dijo depositando las copas sobre
la mesa.
-¿Crees que eso va a ser necesario?
Aranzana asintió con la cabeza
mientras servía el vino.
-En el inventario de mi equipaje este
peso figura como un traje antirradiación, así
que espero que no tengamos ningún escape.
-Dime, ¿de qué se trata?
-He estado realizando un análisis
de los flujos de partículas en este sistema,
algo rutinario, intentando buscar una explicación
a la repentina entrada en nova de la estrella. He descubierto
varias anomalías.
Resende lo miró intrigado. En
un primer momento le había informado que el conocimiento
sobre los mecanismos estelares todavía estaba
en pañales y que, por tanto, no se atrevía
a aventurar hipótesis plausibles. Ésas
habían sido sus palabras exactas. Por lo visto
había cambiado de opinión.
-Bien -continuó tras una intensa
inhalación y su correspondiente suspiro-, creo
que el detonante de la explosión del núcleo
de ξ de Hydra fue externo. Mis últimos datos
indican que la explosión ocurrió hace
cinco años. Al venir por un atajo no nos hemos
encontrado con las radiaciones remanentes que contaminan
el espacio formando una esfera de cinco años
luz.
-Pero entonces la Juan Sebastián
Elcano llegó cuando la zona todavía
estaba caliente.
-No, creo que no sucedió así.
En mi opinión la llegada de la nave coincidió
exactamente con la conversión en nova.
-¿Cómo pudieron no volatilizarse?
-Supongo, y aquí estoy aventurando
bastante, que percibieron algún tipo de aviso
y pudieron regresar a esa zona que forma el interior
de la burbuja y que llamamos el Bastidor. Luego regresaron
cuando la primera andanada energética pasó.
Constataron lo sucedido y se suicidaron en consecuencia.
-¿Cómo puede estar tan
seguro?
-Porque ellos provocaron la catástrofe.
Al abrir la puerta de entrada al Bastidor arrastraron
consigo una concentración de partículas,
de esas que pueblan el espacio y que no lo dejan estar
tan vacío como la gente cree. El recorrido por
el Bastidor las cambió de alguna manera, todavía
no tengo muy claro cómo. El caso es que al reentrar
en nuestro Universo formaron una especie de chorro de
partículas que fue a parar a ξ de Hydra, provocando
la consabida explosión.
-Doctor, doctor -musitó Resende-.
Esa historia no tiene ni pies ni cabeza.
-Desafortunadamente, capitán,
sí tiene sentido. Al darse cuenta de lo sucedido,
de lo que habían causado, la tripulación
de la Juan Sebastián Elcano optó
por acabar con su sufrimiento moral.
-Pero ellos no fueron los responsables
reales.
-Explíquele eso al que se cree
responsable de la destrucción de un planeta con
millones de seres.
-¡Oh, Dios! ¡No fue por
eso! Ahora entiendo la verdadera razón. Estaban
atrapados aquí. Si regresaban a la Tierra corrían
el riesgo de convertir el Sol en una nova. Se suicidaron
antes que soportar una muerte lenta, pues la idea de
volver y aniquilar la humanidad les resultaría
intolerable.
Durante unos minutos ambos apostaron
por el silencio y la introspección como antídotos
para la impotencia y el miedo.
-¿Y nosotros, Nuno? ¿Vamos
a seguir el ejemplo de nuestros predecesores? -rompió
el silencio Aranzana, necesitando de las palabras para
no caer en la locura.
-Si estás en lo cierto nuestro
destino no es más que un asunto menor. Aunque
sobre lo otro no tenemos ningún poder.
-No entiendo.
-Las otras naves, doctor. Cuarenta
y nueve ángeles exterminadores en camino. ¿Cuál
es la probabilidad de que una estrella de clase G albergue
vida? ¿Cuántas civilizaciones volatilizaremos
en nuestro empeño por ir más allá?
-No tengo respuestas a esas preguntas,
capitán, pero creo que pronto nos encontraremos
con algunos viejos amigos en el infierno.
publicado en julio
de 2008
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