| La mayor plaga de
los cultivos
Plinio, filósofo romano (100 d. J. C.)
I
Campo o ciudad. Lógicamente,
la vida transcurre de forma bien diferente en un sitio
u otro. Y la muerte también. Yo personalmente
prefiero la ciudad, con todos sus inconvenientes. No
sólo por convicciones propias de un hombre criado
al amparo del acero y del cristal, sino porque hoy día,
al menos disponemos de más rincones donde escondernos.
Sabemos que en las grandes urbes de
momento no lloverán bombas, pues desean mantener
el mayor número de infraestructuras intactas,
perpetuando la esperanza de que llegue el día
en que todo regrese a la normalidad. Pero no sucede
lo mismo en el campo, en los pueblos y villas que conforman
las afueras, el extrarradio... la periferia. Los ecos
de las explosiones retumban con frecuencia, día
y noche. Disponen los cebos y cuando la muchedumbre
se agolpa a su alrededor, sueltan la andanada fatal.
¿Qué opino yo de esta
práctica de los gobiernos para afrontar la grave
situación? Pues que tiene la misma efectividad
que liarse a patadas con un hormiguero con la pretensión
de acabar con toda una plaga. Así nunca erradicarán
el problema, que engloba a decenas de millones de afectados,
pero en fin, ellos sabrán cómo se manejan.
Tal vez no se les ocurra nada mejor que hacer por el
momento...
***
-Al grano T, al grano -dijo
el general mientras se encendía otro habano.
-Bien señor. Er... pues
verá. El volumen de producción de vacunas
aún es ínfimo en comparación al
número de receptores en caución. Esperamos
terminar de construir muy pronto los nuevos invernaderos,
con los cuales triplicar, o hasta cuadruplicar las plantaciones
cogeneradoras de Dyatripales, ya que la producción
en laboratorio está muy ralentizada. Aunque debo
decirle que el principal escollo con que nos encontramos,
son los muchos problemas para salvaguardar tanto las
instalaciones en activo, como los nuevos emplazamientos.
Al estar ubicados en las afueras y lejos del perímetro
seguro de la ciudad, nuestras instalaciones forman un
islote que es permanentemente asediado. La doble verja
es asaltada ferozmente y no descartamos que al fin encuentren
la forma de atravesarla.
-Joder, T., sabe que los efectivos
disponibles están completamente ocupados asegurando
los núcleos urbanos y centros prioritarios de
producción. Deberá plantearse la reorganización
de sus efectivos. Hay que trabajar con lo que se tiene.
No hay otro remedio.
-Señor, actualmente las
tropas que defienden los invernaderos trabajan al ciento
veinte por ciento en turnos de doce horas. Veo muy difícil,
por no decir imposible, defender un perímetro
tan drásticamente ampliado con los mismos efectivos.
-Pues tendrá que hacer
lo imposible por conseguirlo, T.
-Tal vez señor... haya
otra solución.
-A ver, T., alúmbreme
con sus sugerencias.
-No podremos salvaguardar eternamente
tantas empalizadas dispersas. La batalla se pierde lentamente.
Creo que sería prudente y conveniente, reducir
los perímetros seguros, reorganizando a los civiles
en los pisos del centro y creando un círculo
de protección mucho más fuerte y cohesionado.
Así dispondríamos de una facilidad de
organización y una distribución de efectivos
mucho mayor.
-Me duele reconocerlo, T., pero
tal vez tenga usted razón. Sin embargo debemos
pensar en el volumen de gente que debemos desplazar
desde los barrios de la periferia al centro. No va a
ser sencillo protegerlos a todos.
-Deberemos correr el riesgo,
señor. Dentro de poco, no tendremos más
alternativa. Piense que de este modo, podrá concentrar
todos los puestos de suministro en uno solo, y para
la distribución de alimentos y vacunas eso será
una gran ventaja.
-Déjeme pensarlo, T.,
déjeme pensarlo...
***
Tengo guardados en un fichero de mi
ordenador, los artículos más interesantes
que fueron apareciendo desde entonces, y se aprecia
perfectamente, paso a paso, la espectacular y dramática
evolución de los acontecimientos. De vez en cuando
los repaso y releo con perplejidad y asombro, y aún
hoy, me parece increíble que todo haya llegado
a este extremo. La deducción que saco de las
reflexiones posteriores, siempre me lleva a pensar con
emoción en el débil, aunque perfecto equilibrio
que sostiene la naturaleza.
Yo no quiero parecer pedante, pero
lo cierto es que las primeras noticias fueron ampliamente
ignoradas por el grueso del mundo occidental y relegadas
al relleno de informativos de última hora. Eso
a pesar de la grave amenaza que suponían los
hechos para el tercer mundo, y la hambruna que desarrollaría
posteriormente. Yo me fui interesando de forma progresiva,
aumentando mi curiosidad cuanto más noticias
al respecto se concatenaban. Comprendí a tiempo
que no podía ser bueno que apareciera un agente
que destruyera de forma irremisible el cereal del que
más ha dependido la humanidad desde siempre,
y el cual, en muchas ocasiones, es el principal medio
de subsistencia para un país.
La roya del tallo del trigo (Puccinia
Graminis) ya ha causado tremendos problemas a la
humanidad desde antiguo. Griegos y romanos ya tuvieron
que luchar contra este hongo que asolaba sus cosechas,
e incluso se encontraron en la desesperada tesitura
de ofrecer sacrificios de apaciguamiento a Robigo, la
deidad de los funestos polvillos.
Cíclicamente han aparecido por
el mundo estas plagas que han asolado cosechas enteras,
devastando franjas de producción inmensas. Parecía
que el adelanto de las líneas de trigo semi-enanas
de Bourlag -que desarrollaban resistencia
a la roya- habían tranquilizado a científicos
y agricultores de bien. Pero la aparición de
la variante de la roya UG99, desde finales del siglo
pasado hasta los comienzos de éste, desbarató
todas las previsiones existentes. Se descubrió
en Uganda, se detectó más tarde en Kenia
y Etiopía, se propagó por Yemen, Oriente
Medio y sur de Asia, y así concatenó su
expansión a lomos del viento por el resto del
mundo sin que ni siquiera los océanos fueran
barrera suficiente a su avance.
Mientras el precio del trigo continuaba
su ascensión imparable y centenares de miles
de personas se encontraban de cara con el hambre cada
día, el grueso de occidente se fijaba más
en el último modelo de teléfono móvil
en salir al mercado, en las milagrosas pastillas para
la disfunción eréctil, en los desbarajustes
que ocasionaba el último sistema operativo de
Bill Gates o en relucientes y lujosos coches todo camino
con faros de xenón y navegador de serie.
La batalla por crear una variedad
de trigo resistente a la nueva cepa aparecida, llevaba
a científicos especialistas de todo el mundo
a efectuar múltiples cultivos experimentales
modificados genéticamente. Pero el camino se
andaba despacio y la variante UG99 sobrevolaba veloz
su desdicha de un campo de cereal a otro. Entre tanto,
en Europa se trataban amplios terrenos con fungicidas
orgánicos de última generación
del tipo de las Estrobilurinas, cuya acción podría
simplificarse diciendo que se luchaba contra los hongos
patógenos utilizando otros hongos (en este caso
del género Strobilurus) que le resultan
tóxicos.
En Sudamérica, no se disponía
de reservas suficientes de este tipo de fungicidas,
y en muchos casos se optó por emplear sustancias
ya superadas como el azufre o el sulfato de cobre muy
a pesar de su fitotoxicidad, que incluso obligaron a
una parte de la población dispersa en pequeños
núcleos habitados, a emprender un éxodo
paulatino lejos de las áreas tratadas químicamente,
de forma masiva y casi incontrolada.
Ahora, la verdad al desnudo:
Existe una rama escindida de la ingeniería
que se extiende a numerosas áreas y actúa
de incógnito para la gran masa a pesar de la
omnipresencia de su trabajo en nuestro devenir cotidiano.
Su misión es la de perpetuar los ciclos productivos
en sus especialidades, dando continuidad al proyecto
empresarial del que dependan. Esto se entiende perfectamente
poniendo varios ejemplos:
Los químicos tratan el almidón
que se utiliza en la confección del pan, de forma
que la «retrogradación del almidón»
está acelerada artificialmente. De este modo,
el pan se pone «duro» mucho antes de lo
que naturalmente le correspondería, obligándonos
a ir diariamente a comprarlo. ¿Somos conscientes
del pan duro que se desperdicia todos los días
por esta causa?
Otro ejemplo podría ser el
«desgaste programado de los elementos.»
En la industria automovilística, la cuarta en
potencia económica del mundo, es necesaria la
paulatina renovación del parque para dar continuidad
y constancia a su producción. Los motores se
diseñan para rendir con normalidad un determinado
y bien programado número de años, a partir
de los cuales, los numerosos fallos y reparaciones instarán
al usuario a plantearse el cambio de vehículo.
El tratamiento endurecedor a base de cromo y níquel
que se da en las partes sometidas a rozamiento, tiene
un micro espesor determinado por cálculos minuciosos
que obedece a esta norma. Una vez completada su degradación
al cabo de siete u ocho años, la fundición
pura de hierro o aluminio, ahora expuesta, se desgasta
con asombrosa rapidez.
Lo mismo podría decirse de
los productos electrónicos, en los cuales la
temperatura de funcionamiento elevada, acorta la vida
de los circuitos y sus componentes. Por ello, se obvian
los márgenes de seguridad en resistencias, transformadores
y condensadores haciendo que trabajen a un ritmo intenso
que acabe degradándolos en un determinado número
de años.
Y así se podría seguir
poniendo ejemplos indefinidamente, todo ello concordado
en convenios secretos entre las distintas asociaciones
de fabricantes e imperios industriales.
En un proceso de fabricación,
se estudia tanto el beneficio que debe crear un producto,
como el tiempo estipulado en el cual debe entregarlo
hasta dejar de ser útil. Este proceso pudiera
denominarse «deconstrucción programada»,
y es un proceso tan real y cotidiano, como inmensamente
desconocido, ya que son departamentos que trabajan en
el absoluto secretismo.
Por ello, no debiera extrañarnos
que la plaga de UG99 estuviera inducida artificialmente,
al igual que otras tantas aparecidas con anterioridad,
o que las cepas resistentes creadas en laboratorio,
lo fueran tan sólo durante un tiempo más
bien breve.
Decenas de miles de toneladas de fungicidas
fueron consumidas por los países productores,
enriqueciendo enormemente a los laboratorios farmacéuticos
a pesar de nadar en medio de una gran crisis global.
Ellos creaban la enfermedad y nos vendían el
único remedio para combatirla.
Así pues, tras agotar existencias
de caros y poco eficaces fungicidas, resulta que los
grandes laboratorios alumbraron al mundo con una nueva
generación de agentes químicos capaces
de contener la nueva cepa de la roya del trigo, y miles
de bidones de este novedoso producto, se acumulaban
en sus almacenes esperando a los seguros compradores
del mundo entero.
Además tan sólo ellos
-con un convenio interno de repartición
de cuotas- poseían los cultivos, guardados
en tanques de nitrógeno, de las cepas productoras
de hongos hiperparásitos (Calcarisporium,
Cladosporium, Fusarium, Sporothrix y Zygosporium)
con los cuales inducir el control de plaga por antibiosis.
Es decir, se utilizaban hongos parásitos de otros
hongos que al final inhibían el crecimiento del
agente fitopatógeno dado que se alimentaban de
él. Pero resulta obvio y sorprendente, que sin
la presencia del hongo parásito, el hongo que
se alimenta de él no puede subsistir, y las muestras
de éste, estaban celosamente guardadas -como
dije- por los distintos laboratorios.
Por desgracia para todos, este juego
tocaba a su fin. Un pequeño error de cálculo,
unos parámetros insuficientemente contrastados,
un inesperado comportamiento causado probablemente porque
la naturaleza juega muy bien sus cartas… y si
nosotros nos empeñamos en marcarlas constantemente
para ganarle la partida, puede que le entreguemos por
error los ases con los cuales desbaratar nuestra jugada
ganadora.
El caso es que las grandes extensiones
de trigo contaminadas por la epidemia de la roya del
tallo del trigo variante UG99, fueron tratadas con hongos
hiperparásitos, y la muerte del elemento indeseado
conllevaba la desaparición del agente utilizado
para ello. O no del todo.
Este nuevo agente mostró ser
un abono extraordinario para otro tipo de hongos que
si bien, no afectaban de modo destructivo a las cosechas,
sí eran perniciosos para las personas y animales
en contacto frecuente. Estos hongos actuaron de oficio
sobre las cepas hiperparásitas y tomaron ciertas
características añadidas que potenciaron
su crecimiento.
Tanto la histoplasmosis,
como la coccidioidomicosis, blastomicosis
y candidiasis, eran hasta ahora enfermedades
infecciosas producidas por sus respectivos hongos, que
podían ser repelidas y controladas por organismos
con las defensas naturales intactas. Con excepción
de los que poseyeran un sistema inmunitario deficiente,
como por ejemplo, los enfermos de SIDA, en los cuales
la exposición a altas concentraciones de esporas
de estos hongos, creaba infecciones de diversa índole
según la fase en que evolucionaran.
Por ejemplo, la histoplasmosis
se desarrollaba principalmente en los pulmones y se
descubría en tres estadios diferentes. La forma
aguda primaria -rara vez mortal-
la progresiva diseminada o la crónica cavitada.
El lento desarrollo de los síntomas agravaba
su diagnóstico, y una vez hecho éste,
la extensión de la enfermedad podría hacerla
irreversible. A partir de la fumigación de los
campos infectados con el nuevo compuesto, el hongo de
Histoplasma capsulatum mutó a una nueva
forma muy virulenta para el ser humano, que encontró
una enorme facilidad para vencer la resistencia a los
sistemas de inmunodeficiencia con que cuenta nuestro
organismo.
Algo muy parecido pasó con el
hongo Coccidioides immitis, causante de la
«fiebre del valle» o «fiebre
de S. Joaquín», que en sus dos variantes
de afección, aguda primaria -que desaparecía
sin necesidad de tratamiento- o en su forma
progresiva -mucho más rara, y mortal
en un elevado porcentaje- desembocaron finalmente
en una gravísima afección de tremendas
consecuencias. Igualmente, los síntomas se desarrollaban
de forma lenta pero inexorable, siendo difícil
su diagnóstico precoz y posterior tratamiento.
Lo mismo valdría para la blastomicosis
en su forma diseminada, inhalada y desarrollada por
los pulmones y posteriormente esparcida a el resto del
cuerpo, a la ya no podía hacer frente de forma
habitual, la anfotericina B intravenosa o el
itraconazol oral.
O para la candidiasis, que
una vez extendida en su forma virulenta, producía
increíbles desperfectos cutáneos sobre
el cuerpo humano.
Trillones de minúsculas y letales
esporas flotaban por el aire de un campo a otro, siendo
aspiradas eventualmente por humanos o animales, encontrando
allí un nuevo cobijo en donde expandir sus hifas.
Una vez vencida la primera batalla contra el sistema
inmunitario, los pulmones se convertían en estupendos
invernaderos en los cuales desarrollarse en silencio,
aprovechando las favorables condiciones de calor y humedad.
Y los órganos invadidos por el moho se pudrían
lentamente hasta que sus efectos dejaban de pasar inadvertidos.
Las dificultades respiratorias y las frecuentes expectoraciones
de sangre y pus, angustiaban a los hasta entonces sanos,
puesto que los débiles sucumbían con rapidez.
La piel desarrollaba pústulas inmensas de color
blanquecino y llagas que cuarteaban toda su superficie
hasta convertir a los huéspedes en entes macilentos
cubiertos de horrorosas ampollas que desprendían
líquidos sanguinolentos y un fétido olor
a podrido.
Pero para nuestra desgracia, eso no
era todo.
Los infectados creaban otros nuevos
infectados por contacto o proximidad continuada, y su
aislamiento era prioritario hasta que se desarrollase
una nueva cura. Por otro lado, como si los acontecimientos
fuesen dictados por un macabro plan del destino, y dignos
de un buen guión de film de terror, resulta que
el órgano más sensible y susceptible de
padecer las consecuencias de la contaminación
por hongos, era el cerebro.
Invadido por el micelio del hongo,
veía afectadas importantes funciones de forma
progresiva, alterando la comunicación neuronal
y la respuesta natural a diferentes estímulos
y necesidades corporales. La leptina, es una
sustancia que se genera por las células adiposas
e interactúa en la ínsula y la corteza
parietal y temporal, relacionando las sensaciones de
saciedad y satisfacción que controlan el hambre
en los seres humanos. Pues bien, la producción
de esta hormona disminuía radicalmente en los
individuos bajo severa contaminación, con lo
cual desaparecía el freno químico que
posee el cuerpo humano y que nos indica que ya estamos
llenos o saciados de comida. Esto se combinaba con la
disfunción en los lóbulos parietales,
(entre otras numerosas faltas aún en fase de
estudio) encargados de procesar el sistema emocional
y valorativo. Los síntomas derivados de la combinación
de esos factores, no son difíciles de prever.
Brotes de esquizofrenia, combinados
con la pérdida de la consciencia social que nos
integra y nos hace conscientes de nosotros mismos y
de los que nos rodean. Comportamientos alejados del
control mental de nuestras funciones, hambre insaciable
y terribles padecimientos. Todo ello se podía
traducir, en lo que cada día asomaba de forma
invariable ante los sanos, enseñando las terroríficas
consecuencias reflejadas en los nuevos contagiados,
para difuminar con sus monstruosos síntomas todas
nuestras esperanzas de presente y futuro.
Los antídotos llegaban con
cuentagotas, y la solución a emplear, al menos
en mi país, era la de esperar una fecha convenida
atendiendo al previo sorteo efectuado a tenor del número
de la seguridad social. No obstante, todos los sanos
acudían mucho antes con la esperanza de que hubiera
más existencias o que algunos de los poseedores
de números pretéritos hubiesen sucumbido
finalmente a la plaga dejando vacante su lugar y acelerando
el turno. Pero lo normal era acudir a los centros de
tratamiento y recibir una prórroga por falta
de existencias.
Desde la privilegiada posición
de mi ventana, yo mismo podía observar todos
los días a una gran multitud agolparse frente
a las puertas del campamento instalado entre la tercera
y la avenida catorceava, ofreciendo un lamentable espectáculo
de desesperación enfrentada contra las fuerzas
del orden, que a duras penas podían contener
con su orden marcial, tamaña avalancha. Yo personalmente
no pensaba presentarme a la fila ni un día antes
de mi turno, y tan sólo abandonaría mi
segura atalaya arriesgándome a posar los pies
en la calle, cuando me escaseara el alimento y tuviera
de forma obligada que acudir al campamento con mi cartilla
de racionamiento.
¿Qué hacer hasta entonces
mientras se esperaba? Pues como toda persona prudente
y cabal, atrincherarme en mi hogar y seguir las recomendaciones
del gobierno difundidas las veinticuatro horas por radio
y televisión en los canales de emergencia: Uso
permanente de mascarillas. Consumición expresa
de alimentos proporcionados por el ejército y
por tanto libres de esporas. Abundante consumo de agua
y aislamiento en el domicilio evitando contacto directo
con otras personas no pertenecientes al ámbito
estrictamente familiar.
Curiosamente existía otra forma
de liberarse de manera puntual del contagio por nube
de esporas -no difundida de forma oficial, pero
sí oficiosa-- y con resultados al parecer
muy satisfactorios: El tabaco. Fumar. Este hábito
de introducir agentes tóxicos en nuestros pulmones,
principales receptores de las esporas, resulta que mataba
el hongo e impedía su reproducción. Los
fumadores veteranos, tenían lo suficientemente
contaminados sus pulmones como para poder incluso prescindir
de la mascarilla de protección. Por ello, el
tabaco era un bien tan preciado como la comida o el
agua estando en espera de la vacuna. Se llegaba a cualquier
cosa por conseguirlo, puesto que los estancos estaban
intervenidos y su reparto a voluntad, igualmente racionado
para evitar la especulación. Así que todo
aquel que podía voluntariamente, fumaba todo
lo fumable hasta agotar su ración correspondiente.
Luego debía buscar en los subterfugios tabaco
de contrabando o marihuana (también efectiva)
y pagar su precio en oro. Otros optaron por cultivarla
-ésta última- en su casa,
y evidentemente, optaron por una vía poco ortodoxa
pero acertada.
Pero una vez en la calle todas estas
precauciones no te libraban del contagio o de la muerte.
De cualquier rincón podía surgir alguien
infectado intentando abalanzarse sobre ti con la intención
de aplacar sus infinitas ansias de alimentarse con tus
propias carnes. De nada servían las palabras
entonces, porque el «ser» racional no habitaba
ya en sus cabezas. Seguían siendo personas, sí,
pero desconectadas de su consciencia para pasar a ser
autómatas alimenticios que aullaban su dolor
y rabia por donde quiera que transitaran. Lo mismo les
daba merendarse a un perro callejero que a un familiar.
Dado que únicamente optaban
a la vacuna los afiliados a la seguridad social, toda
la masa de inmigrantes ilegales había quedado
excluida automáticamente del sorteo. Por ello,
muchos habían decidido huir a la frontera portando
sólo lo imprescindible. La única solución
que se les dio en pos de ofrecer algún tipo de
amparo y a sabiendas de que marchaban a merced de la
muerte, fue la de acoger y hacerse cargo de los menores
de doce años, igualándolos en prestaciones
a los nativos y engrosando todos ellos el grupo prioritario
merecedor de recibir antídoto. Con mucho dolor,
los padres más sensatos optaron por la desesperada
opción de separarse de sus hijos.
Pero una vez llegados a las fronteras,
fueron repelidos por las fuerzas militares. En sus respectivos
países no era bien acogida la nueva avalancha
de gente, incapaces de hacerse cargo siquiera de los
residentes, con lo que desestimaron hacerse cargo de
la gigantesca ola de inmigrantes. Así que al
fin se convirtió en una balsa humana de centenares
de miles de individuos que flotaba entre dos tierras
sin esperanza alguna. Cuando la nube de esporas finalmente
los alcanzó, regresaron de nuevo con las facultades
mentales cambiadas y portando un hambre atroz. Pasearon
sus carnes magras por los campos alcanzando cualquier
pequeña localidad, invadiendo casas y refugios,
y su número superó cualquier previsión
anterior. Por ello el ejército no tuvo más
remedio que emplearse a fondo contra el mortífero
avance de la franja de infectados que llegaba desde
el sur asolando cualquier pueblo o villa; como una plaga
hambrienta que caminara sin descanso. Tras de sí,
dejaban una estela de destrucción sin precedentes.
Muerte y caos sin fin, del que no se libraban ni siquiera
los animales. Y al fin regresaron al pié de las
grandes ciudades, cuyos perímetros eran fuertemente
custodiados por el grueso armamentístico. Pero
resultaba tremendamente complicado guardar indemnes
todos los pasos de aquella marea humana, que avanzaba
en busca de la lozanía de las carnes sanas a
falta de cualquier otro tipo de alimento.
El periodo de incubación del
hongo es demasiado largo como para esperar a que mueran
por sí solos, puesto que los infectados que consigan
alimentarse regularmente, podrán prolongar su
agonía hasta sucumbir más allá
de los ocho o nueve meses. Es por ello que no se andan
con miramientos de ningún tipo a la hora de hacerles
frente con las armas. Desgraciadamente lejos de menguar
su número, el porcentaje de infectados se mantiene
estable, pues las bajas se auto-compensan con los nuevos
infectados por las esporas o por contacto, dentro del
enorme grupo de personas susceptibles de caer contagiados
antes de recibir la vacuna.
II
Los canales de emergencia local han
estado transmitiendo durante toda la mañana.
Ayer han comenzado a desmantelar el campamento que se
halla en el cruce de la tercera con la catorceava avenida.
Nos instan a abandonar nuestras casas y dirigirnos al
centro para reunificarnos en un núcleo cerrado
más grande y seguro. De nada nos sirve estar
en contra de esta decisión.
Casi no me quedan alimentos y ya me
he quedado sin tabaco. Mi situación de privilegio
estando tan cerca de un campamento se ha desvanecido.
Así que recogeré lo más imprescindible
y me dispondré a llegar a la nueva empalizada.
He observado que la gente va llenando las calles y circula
poco a poco en procesión con dirección
al punto indicado. Los soldados se hallan dispersos
por las esquinas de los cruces vigilando que todo transcurra
con normalidad. Así que armado de resignación,
me uniré a la comitiva.
III
Llueve con cadencia. Los paraguas desplegados
se mueven al compás sorteando los automóviles
varados bajo este cielo gris de media tarde. Aunque
procure no rozarme con nadie, es imposible. Somos demasiados,
y alguien siempre, te empuja al pasar por tu lado más
deprisa. Los soldados quedan atrás, esperando
a los más rezagados, mientras los demás
nos replegamos hacia el centro. Jamás pensé
que fuésemos tantos los que esperábamos
pacientemente dentro de nuestras casas. Veo niños
de la mano de sus padres, y eso me alegra un poco la
vista tras tanto tiempo de ausencia y desesperanza.
El camino se hace largo y el paso
es cada vez más parsimonioso. Cuanto más
nos reagrupamos, más estrechos se hacen los pasos
de control de entrada a la nueva empalizada. La mía,
la puerta este, la tengo a doscientos metros. Una doble
valla sobre-elevada cruza las amplias avenidas despojadas
ahora de vehículos. Alta, cubierta de obstáculos
puntiagudos, y electrificada. Infranqueable.
La tarde muere y apenas avanzo un
par de metros cada media hora. Apoyo mis manos por primera
vez en las verjas metálicas de separación,
pintadas de amarillo, elevadas y fuertemente sujetas
al suelo, que forman junto con sus hermanas múltiples
pasillos de fila única que desembocan en la puerta
de entrada al recinto. Las flechas coloradas son mudas
consejeras que nos informan del camino a seguir. La
gente está agotada de caminar y esperar bajo
el impertinente aguacero. Al menos mientras llueva no
será necesaria la mascarilla, pero muchos aún
optan por seguir con ella puesta. Sólo por si
acaso.
La espera es asfixiante. El de atrás
me empuja levemente por enésima vez, yo empujo
por inercia al de delante, y éste hace lo propio
con el siguiente. La presión aumenta con la impaciencia
y la noche va alcanzando nuestras cabezas sin que hayamos
conseguido nuestro objetivo de cruzar a zona segura.
Ahora se encienden los potentes focos localizados sobre
la verja y su luz se refleja sobre los rostros desesperados
de miles de personas atrapadas en la espera por las
numerosas filas.
Suenan disparos y explosiones en la
lejanía.
La gente se intranquiliza aún
más. El repliegue del ejército conlleva
un avance de la masa infectada y al fin logran penetrar
las primeras empalizadas.
Veo que el personaje que llevo detrás
se cuelga de mis hombros ligeramente y mueve la cabeza
nervioso para sortear la mía, intentando ver
más allá de ella, en dirección
a la puerta de entrada. Temo que finalmente quiera saltarme
por encima. Los empujones son cada vez más frecuentes.
La señora gruesa de la fila de mi derecha, de
la que tan sólo me separa la verja metálica,
se resbala y pierde el equilibrio al ser vencida por
el empuje de los que vienen detrás. La falta
de resistencia hace que toda la fila se le venga encima,
cayendo los más inmediatos sobre ella. Los primeros
gritos alertan a todas las filas y la presión
y los empujones son más evidentes en todas ellas.
Es imposible que en una fila tan estrechada puedan levantar
a la mujer, y los primeros zapatos se posan sobre su
espalda. Yo me horrorizo al ver cómo cada cual
lucha por su propia integridad despreciando a su vecino.
Los demás sólo son obstáculos para
la propia salvación. Desprecio esta actitud y
pienso que tal vez, la humanidad tenga finalmente lo
que se merece.
El de mi espalda me empuja de nuevo
con más ímpetu al escuchar el redoble
de salvas un poco más cerca que antes. Su impaciencia
me hace enfurecer y miro hacia atrás, a su rostro.
Él sigue oteando por encima de mí, ignorándome.
Soy el obstáculo inmediato a traspasar. Vuelvo
la cabeza hacia delante y me empuja de nuevo violentamente,
instándome a que haga yo lo mismo con el de delante.
No aguanto más.
Me doy la vuelta y estampo mis nudillos
contra su rostro de sesentero espabilado, rompiéndole
la nariz y causándole una aparatosa hemorragia
que intenta apaciguar con su pañuelo. Pero no
intenta devolverme el golpe a pesar de mantenerme siempre
justo delante de él, y se aguanta el dolor y
las ganas resignado. Los demás le miran desde
las otras filas, mucho más caóticas y
escandalosas, que parecen avanzar más rápido
sobre los cuerpos de aquellos que caen regularmente
al suelo.
Ya nadie esconde los gritos. El escándalo
se apodera del final de las colas de espera. Los soldados
de retaguardia han llegado y traen tras de sí
a la turba sangrante de encías contraídas
y dispuestas a hincar el diente a todo lo que se mueva
o respire.
Está todo perdido. Mi vecino
entra en guerra con mi espalda y me empuja ayudado por
el centenar de personas que lleva detrás. Las
verjas, pensadas para mantener un orden, ahora forman
los comederos en los cuales los infectados van a encontrar
presto alimento. La gente se aferra al metal y escala
por ellas intentando avanzar por las alturas, pero el
peso las curva y caen dobladas sobre el resto. Ahora
avanzan rápido sobre las pasarelas, apoyadas
sobre las espaldas de los que permanecen debajo, aplastados.
Yo soy uno de ellos. Estoy inmovilizado por el peso
y por los que me acompañan, dentro de un sándwich
de caos y horror indescriptibles. Por entre los agujeros
veo cómo los primeros infectados trepan con uñas
y dientes sobre las espaldas de los que huyen hacia
las puertas. La sangre fluye y se mezcla con el agua
de lluvia. Los disparos y las granadas hacen estallar
cabezas y cuerpos sin hacer divisiones. La furia se
desata por encima de las vallas y se confunde con la
noche y el resplandor de las explosiones.
Mis pulmones se agotan. Ya no les
llega aire suficiente. Mi cerebro se apaga dejando atrás
todo el horror desplegado en el piso superior. Los hierros
de la valla contraen mis vértebras contra el
suelo y siento cómo cada pisada se marca en mis
costillas. Cierro los ojos y me abandono al descanso
que mi cuerpo reclama con insistencia. Ya no merece
la pena mantenerse despierto.
Que el fin me llegue cuanto antes...
publicado en enero de 2009
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