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Derivados de la carne Más sobre Javier Fernández

La mayor plaga de los cultivos
Plinio, filósofo romano (100 d. J. C.)

I

Campo o ciudad. Lógicamente, la vida transcurre de forma bien diferente en un sitio u otro. Y la muerte también. Yo personalmente prefiero la ciudad, con todos sus inconvenientes. No sólo por convicciones propias de un hombre criado al amparo del acero y del cristal, sino porque hoy día, al menos disponemos de más rincones donde escondernos.

Sabemos que en las grandes urbes de momento no lloverán bombas, pues desean mantener el mayor número de infraestructuras intactas, perpetuando la esperanza de que llegue el día en que todo regrese a la normalidad. Pero no sucede lo mismo en el campo, en los pueblos y villas que conforman las afueras, el extrarradio... la periferia. Los ecos de las explosiones retumban con frecuencia, día y noche. Disponen los cebos y cuando la muchedumbre se agolpa a su alrededor, sueltan la andanada fatal.

¿Qué opino yo de esta práctica de los gobiernos para afrontar la grave situación? Pues que tiene la misma efectividad que liarse a patadas con un hormiguero con la pretensión de acabar con toda una plaga. Así nunca erradicarán el problema, que engloba a decenas de millones de afectados, pero en fin, ellos sabrán cómo se manejan. Tal vez no se les ocurra nada mejor que hacer por el momento...

***

-Al grano T, al grano -dijo el general mientras se encendía otro habano.

-Bien señor. Er... pues verá. El volumen de producción de vacunas aún es ínfimo en comparación al número de receptores en caución. Esperamos terminar de construir muy pronto los nuevos invernaderos, con los cuales triplicar, o hasta cuadruplicar las plantaciones cogeneradoras de Dyatripales, ya que la producción en laboratorio está muy ralentizada. Aunque debo decirle que el principal escollo con que nos encontramos, son los muchos problemas para salvaguardar tanto las instalaciones en activo, como los nuevos emplazamientos. Al estar ubicados en las afueras y lejos del perímetro seguro de la ciudad, nuestras instalaciones forman un islote que es permanentemente asediado. La doble verja es asaltada ferozmente y no descartamos que al fin encuentren la forma de atravesarla.

-Joder, T., sabe que los efectivos disponibles están completamente ocupados asegurando los núcleos urbanos y centros prioritarios de producción. Deberá plantearse la reorganización de sus efectivos. Hay que trabajar con lo que se tiene. No hay otro remedio.

-Señor, actualmente las tropas que defienden los invernaderos trabajan al ciento veinte por ciento en turnos de doce horas. Veo muy difícil, por no decir imposible, defender un perímetro tan drásticamente ampliado con los mismos efectivos.

-Pues tendrá que hacer lo imposible por conseguirlo, T.

-Tal vez señor... haya otra solución.

-A ver, T., alúmbreme con sus sugerencias.

-No podremos salvaguardar eternamente tantas empalizadas dispersas. La batalla se pierde lentamente. Creo que sería prudente y conveniente, reducir los perímetros seguros, reorganizando a los civiles en los pisos del centro y creando un círculo de protección mucho más fuerte y cohesionado. Así dispondríamos de una facilidad de organización y una distribución de efectivos mucho mayor.

-Me duele reconocerlo, T., pero tal vez tenga usted razón. Sin embargo debemos pensar en el volumen de gente que debemos desplazar desde los barrios de la periferia al centro. No va a ser sencillo protegerlos a todos.

-Deberemos correr el riesgo, señor. Dentro de poco, no tendremos más alternativa. Piense que de este modo, podrá concentrar todos los puestos de suministro en uno solo, y para la distribución de alimentos y vacunas eso será una gran ventaja.

-Déjeme pensarlo, T., déjeme pensarlo...

***

Tengo guardados en un fichero de mi ordenador, los artículos más interesantes que fueron apareciendo desde entonces, y se aprecia perfectamente, paso a paso, la espectacular y dramática evolución de los acontecimientos. De vez en cuando los repaso y releo con perplejidad y asombro, y aún hoy, me parece increíble que todo haya llegado a este extremo. La deducción que saco de las reflexiones posteriores, siempre me lleva a pensar con emoción en el débil, aunque perfecto equilibrio que sostiene la naturaleza.

Yo no quiero parecer pedante, pero lo cierto es que las primeras noticias fueron ampliamente ignoradas por el grueso del mundo occidental y relegadas al relleno de informativos de última hora. Eso a pesar de la grave amenaza que suponían los hechos para el tercer mundo, y la hambruna que desarrollaría posteriormente. Yo me fui interesando de forma progresiva, aumentando mi curiosidad cuanto más noticias al respecto se concatenaban. Comprendí a tiempo que no podía ser bueno que apareciera un agente que destruyera de forma irremisible el cereal del que más ha dependido la humanidad desde siempre, y el cual, en muchas ocasiones, es el principal medio de subsistencia para un país.

La roya del tallo del trigo (Puccinia Graminis) ya ha causado tremendos problemas a la humanidad desde antiguo. Griegos y romanos ya tuvieron que luchar contra este hongo que asolaba sus cosechas, e incluso se encontraron en la desesperada tesitura de ofrecer sacrificios de apaciguamiento a Robigo, la deidad de los funestos polvillos.

Cíclicamente han aparecido por el mundo estas plagas que han asolado cosechas enteras, devastando franjas de producción inmensas. Parecía que el adelanto de las líneas de trigo semi-enanas de Bourlag -que desarrollaban resistencia a la roya- habían tranquilizado a científicos y agricultores de bien. Pero la aparición de la variante de la roya UG99, desde finales del siglo pasado hasta los comienzos de éste, desbarató todas las previsiones existentes. Se descubrió en Uganda, se detectó más tarde en Kenia y Etiopía, se propagó por Yemen, Oriente Medio y sur de Asia, y así concatenó su expansión a lomos del viento por el resto del mundo sin que ni siquiera los océanos fueran barrera suficiente a su avance.

Mientras el precio del trigo continuaba su ascensión imparable y centenares de miles de personas se encontraban de cara con el hambre cada día, el grueso de occidente se fijaba más en el último modelo de teléfono móvil en salir al mercado, en las milagrosas pastillas para la disfunción eréctil, en los desbarajustes que ocasionaba el último sistema operativo de Bill Gates o en relucientes y lujosos coches todo camino con faros de xenón y navegador de serie.

La batalla por crear una variedad de trigo resistente a la nueva cepa aparecida, llevaba a científicos especialistas de todo el mundo a efectuar múltiples cultivos experimentales modificados genéticamente. Pero el camino se andaba despacio y la variante UG99 sobrevolaba veloz su desdicha de un campo de cereal a otro. Entre tanto, en Europa se trataban amplios terrenos con fungicidas orgánicos de última generación del tipo de las Estrobilurinas, cuya acción podría simplificarse diciendo que se luchaba contra los hongos patógenos utilizando otros hongos (en este caso del género Strobilurus) que le resultan tóxicos.

En Sudamérica, no se disponía de reservas suficientes de este tipo de fungicidas, y en muchos casos se optó por emplear sustancias ya superadas como el azufre o el sulfato de cobre muy a pesar de su fitotoxicidad, que incluso obligaron a una parte de la población dispersa en pequeños núcleos habitados, a emprender un éxodo paulatino lejos de las áreas tratadas químicamente, de forma masiva y casi incontrolada.

Ahora, la verdad al desnudo:

Existe una rama escindida de la ingeniería que se extiende a numerosas áreas y actúa de incógnito para la gran masa a pesar de la omnipresencia de su trabajo en nuestro devenir cotidiano. Su misión es la de perpetuar los ciclos productivos en sus especialidades, dando continuidad al proyecto empresarial del que dependan. Esto se entiende perfectamente poniendo varios ejemplos:

Los químicos tratan el almidón que se utiliza en la confección del pan, de forma que la «retrogradación del almidón» está acelerada artificialmente. De este modo, el pan se pone «duro» mucho antes de lo que naturalmente le correspondería, obligándonos a ir diariamente a comprarlo. ¿Somos conscientes del pan duro que se desperdicia todos los días por esta causa?

Otro ejemplo podría ser el «desgaste programado de los elementos.» En la industria automovilística, la cuarta en potencia económica del mundo, es necesaria la paulatina renovación del parque para dar continuidad y constancia a su producción. Los motores se diseñan para rendir con normalidad un determinado y bien programado número de años, a partir de los cuales, los numerosos fallos y reparaciones instarán al usuario a plantearse el cambio de vehículo. El tratamiento endurecedor a base de cromo y níquel que se da en las partes sometidas a rozamiento, tiene un micro espesor determinado por cálculos minuciosos que obedece a esta norma. Una vez completada su degradación al cabo de siete u ocho años, la fundición pura de hierro o aluminio, ahora expuesta, se desgasta con asombrosa rapidez.

Lo mismo podría decirse de los productos electrónicos, en los cuales la temperatura de funcionamiento elevada, acorta la vida de los circuitos y sus componentes. Por ello, se obvian los márgenes de seguridad en resistencias, transformadores y condensadores haciendo que trabajen a un ritmo intenso que acabe degradándolos en un determinado número de años.

Y así se podría seguir poniendo ejemplos indefinidamente, todo ello concordado en convenios secretos entre las distintas asociaciones de fabricantes e imperios industriales.

En un proceso de fabricación, se estudia tanto el beneficio que debe crear un producto, como el tiempo estipulado en el cual debe entregarlo hasta dejar de ser útil. Este proceso pudiera denominarse «deconstrucción programada», y es un proceso tan real y cotidiano, como inmensamente desconocido, ya que son departamentos que trabajan en el absoluto secretismo.

Por ello, no debiera extrañarnos que la plaga de UG99 estuviera inducida artificialmente, al igual que otras tantas aparecidas con anterioridad, o que las cepas resistentes creadas en laboratorio, lo fueran tan sólo durante un tiempo más bien breve.

Decenas de miles de toneladas de fungicidas fueron consumidas por los países productores, enriqueciendo enormemente a los laboratorios farmacéuticos a pesar de nadar en medio de una gran crisis global. Ellos creaban la enfermedad y nos vendían el único remedio para combatirla.

Así pues, tras agotar existencias de caros y poco eficaces fungicidas, resulta que los grandes laboratorios alumbraron al mundo con una nueva generación de agentes químicos capaces de contener la nueva cepa de la roya del trigo, y miles de bidones de este novedoso producto, se acumulaban en sus almacenes esperando a los seguros compradores del mundo entero.

Además tan sólo ellos -con un convenio interno de repartición de cuotas- poseían los cultivos, guardados en tanques de nitrógeno, de las cepas productoras de hongos hiperparásitos (Calcarisporium, Cladosporium, Fusarium, Sporothrix y Zygosporium) con los cuales inducir el control de plaga por antibiosis. Es decir, se utilizaban hongos parásitos de otros hongos que al final inhibían el crecimiento del agente fitopatógeno dado que se alimentaban de él. Pero resulta obvio y sorprendente, que sin la presencia del hongo parásito, el hongo que se alimenta de él no puede subsistir, y las muestras de éste, estaban celosamente guardadas -como dije- por los distintos laboratorios.

Por desgracia para todos, este juego tocaba a su fin. Un pequeño error de cálculo, unos parámetros insuficientemente contrastados, un inesperado comportamiento causado probablemente porque la naturaleza juega muy bien sus cartas… y si nosotros nos empeñamos en marcarlas constantemente para ganarle la partida, puede que le entreguemos por error los ases con los cuales desbaratar nuestra jugada ganadora.

El caso es que las grandes extensiones de trigo contaminadas por la epidemia de la roya del tallo del trigo variante UG99, fueron tratadas con hongos hiperparásitos, y la muerte del elemento indeseado conllevaba la desaparición del agente utilizado para ello. O no del todo.

Este nuevo agente mostró ser un abono extraordinario para otro tipo de hongos que si bien, no afectaban de modo destructivo a las cosechas, sí eran perniciosos para las personas y animales en contacto frecuente. Estos hongos actuaron de oficio sobre las cepas hiperparásitas y tomaron ciertas características añadidas que potenciaron su crecimiento.

Tanto la histoplasmosis, como la coccidioidomicosis, blastomicosis y candidiasis, eran hasta ahora enfermedades infecciosas producidas por sus respectivos hongos, que podían ser repelidas y controladas por organismos con las defensas naturales intactas. Con excepción de los que poseyeran un sistema inmunitario deficiente, como por ejemplo, los enfermos de SIDA, en los cuales la exposición a altas concentraciones de esporas de estos hongos, creaba infecciones de diversa índole según la fase en que evolucionaran.

Por ejemplo, la histoplasmosis se desarrollaba principalmente en los pulmones y se descubría en tres estadios diferentes. La forma aguda primaria -rara vez mortal- la progresiva diseminada o la crónica cavitada. El lento desarrollo de los síntomas agravaba su diagnóstico, y una vez hecho éste, la extensión de la enfermedad podría hacerla irreversible. A partir de la fumigación de los campos infectados con el nuevo compuesto, el hongo de Histoplasma capsulatum mutó a una nueva forma muy virulenta para el ser humano, que encontró una enorme facilidad para vencer la resistencia a los sistemas de inmunodeficiencia con que cuenta nuestro organismo.

Algo muy parecido pasó con el hongo Coccidioides immitis, causante de la «fiebre del valle» o «fiebre de S. Joaquín», que en sus dos variantes de afección, aguda primaria -que desaparecía sin necesidad de tratamiento- o en su forma progresiva -mucho más rara, y mortal en un elevado porcentaje- desembocaron finalmente en una gravísima afección de tremendas consecuencias. Igualmente, los síntomas se desarrollaban de forma lenta pero inexorable, siendo difícil su diagnóstico precoz y posterior tratamiento.

Lo mismo valdría para la blastomicosis en su forma diseminada, inhalada y desarrollada por los pulmones y posteriormente esparcida a el resto del cuerpo, a la ya no podía hacer frente de forma habitual, la anfotericina B intravenosa o el itraconazol oral.

O para la candidiasis, que una vez extendida en su forma virulenta, producía increíbles desperfectos cutáneos sobre el cuerpo humano.

Trillones de minúsculas y letales esporas flotaban por el aire de un campo a otro, siendo aspiradas eventualmente por humanos o animales, encontrando allí un nuevo cobijo en donde expandir sus hifas. Una vez vencida la primera batalla contra el sistema inmunitario, los pulmones se convertían en estupendos invernaderos en los cuales desarrollarse en silencio, aprovechando las favorables condiciones de calor y humedad. Y los órganos invadidos por el moho se pudrían lentamente hasta que sus efectos dejaban de pasar inadvertidos. Las dificultades respiratorias y las frecuentes expectoraciones de sangre y pus, angustiaban a los hasta entonces sanos, puesto que los débiles sucumbían con rapidez. La piel desarrollaba pústulas inmensas de color blanquecino y llagas que cuarteaban toda su superficie hasta convertir a los huéspedes en entes macilentos cubiertos de horrorosas ampollas que desprendían líquidos sanguinolentos y un fétido olor a podrido.

Pero para nuestra desgracia, eso no era todo.

Los infectados creaban otros nuevos infectados por contacto o proximidad continuada, y su aislamiento era prioritario hasta que se desarrollase una nueva cura. Por otro lado, como si los acontecimientos fuesen dictados por un macabro plan del destino, y dignos de un buen guión de film de terror, resulta que el órgano más sensible y susceptible de padecer las consecuencias de la contaminación por hongos, era el cerebro.

Invadido por el micelio del hongo, veía afectadas importantes funciones de forma progresiva, alterando la comunicación neuronal y la respuesta natural a diferentes estímulos y necesidades corporales. La leptina, es una sustancia que se genera por las células adiposas e interactúa en la ínsula y la corteza parietal y temporal, relacionando las sensaciones de saciedad y satisfacción que controlan el hambre en los seres humanos. Pues bien, la producción de esta hormona disminuía radicalmente en los individuos bajo severa contaminación, con lo cual desaparecía el freno químico que posee el cuerpo humano y que nos indica que ya estamos llenos o saciados de comida. Esto se combinaba con la disfunción en los lóbulos parietales, (entre otras numerosas faltas aún en fase de estudio) encargados de procesar el sistema emocional y valorativo. Los síntomas derivados de la combinación de esos factores, no son difíciles de prever.

Brotes de esquizofrenia, combinados con la pérdida de la consciencia social que nos integra y nos hace conscientes de nosotros mismos y de los que nos rodean. Comportamientos alejados del control mental de nuestras funciones, hambre insaciable y terribles padecimientos. Todo ello se podía traducir, en lo que cada día asomaba de forma invariable ante los sanos, enseñando las terroríficas consecuencias reflejadas en los nuevos contagiados, para difuminar con sus monstruosos síntomas todas nuestras esperanzas de presente y futuro.

Los antídotos llegaban con cuentagotas, y la solución a emplear, al menos en mi país, era la de esperar una fecha convenida atendiendo al previo sorteo efectuado a tenor del número de la seguridad social. No obstante, todos los sanos acudían mucho antes con la esperanza de que hubiera más existencias o que algunos de los poseedores de números pretéritos hubiesen sucumbido finalmente a la plaga dejando vacante su lugar y acelerando el turno. Pero lo normal era acudir a los centros de tratamiento y recibir una prórroga por falta de existencias.

Desde la privilegiada posición de mi ventana, yo mismo podía observar todos los días a una gran multitud agolparse frente a las puertas del campamento instalado entre la tercera y la avenida catorceava, ofreciendo un lamentable espectáculo de desesperación enfrentada contra las fuerzas del orden, que a duras penas podían contener con su orden marcial, tamaña avalancha. Yo personalmente no pensaba presentarme a la fila ni un día antes de mi turno, y tan sólo abandonaría mi segura atalaya arriesgándome a posar los pies en la calle, cuando me escaseara el alimento y tuviera de forma obligada que acudir al campamento con mi cartilla de racionamiento.

¿Qué hacer hasta entonces mientras se esperaba? Pues como toda persona prudente y cabal, atrincherarme en mi hogar y seguir las recomendaciones del gobierno difundidas las veinticuatro horas por radio y televisión en los canales de emergencia: Uso permanente de mascarillas. Consumición expresa de alimentos proporcionados por el ejército y por tanto libres de esporas. Abundante consumo de agua y aislamiento en el domicilio evitando contacto directo con otras personas no pertenecientes al ámbito estrictamente familiar.

Curiosamente existía otra forma de liberarse de manera puntual del contagio por nube de esporas -no difundida de forma oficial, pero sí oficiosa-- y con resultados al parecer muy satisfactorios: El tabaco. Fumar. Este hábito de introducir agentes tóxicos en nuestros pulmones, principales receptores de las esporas, resulta que mataba el hongo e impedía su reproducción. Los fumadores veteranos, tenían lo suficientemente contaminados sus pulmones como para poder incluso prescindir de la mascarilla de protección. Por ello, el tabaco era un bien tan preciado como la comida o el agua estando en espera de la vacuna. Se llegaba a cualquier cosa por conseguirlo, puesto que los estancos estaban intervenidos y su reparto a voluntad, igualmente racionado para evitar la especulación. Así que todo aquel que podía voluntariamente, fumaba todo lo fumable hasta agotar su ración correspondiente. Luego debía buscar en los subterfugios tabaco de contrabando o marihuana (también efectiva) y pagar su precio en oro. Otros optaron por cultivarla -ésta última- en su casa, y evidentemente, optaron por una vía poco ortodoxa pero acertada.

Pero una vez en la calle todas estas precauciones no te libraban del contagio o de la muerte. De cualquier rincón podía surgir alguien infectado intentando abalanzarse sobre ti con la intención de aplacar sus infinitas ansias de alimentarse con tus propias carnes. De nada servían las palabras entonces, porque el «ser» racional no habitaba ya en sus cabezas. Seguían siendo personas, sí, pero desconectadas de su consciencia para pasar a ser autómatas alimenticios que aullaban su dolor y rabia por donde quiera que transitaran. Lo mismo les daba merendarse a un perro callejero que a un familiar.

Dado que únicamente optaban a la vacuna los afiliados a la seguridad social, toda la masa de inmigrantes ilegales había quedado excluida automáticamente del sorteo. Por ello, muchos habían decidido huir a la frontera portando sólo lo imprescindible. La única solución que se les dio en pos de ofrecer algún tipo de amparo y a sabiendas de que marchaban a merced de la muerte, fue la de acoger y hacerse cargo de los menores de doce años, igualándolos en prestaciones a los nativos y engrosando todos ellos el grupo prioritario merecedor de recibir antídoto. Con mucho dolor, los padres más sensatos optaron por la desesperada opción de separarse de sus hijos.

Pero una vez llegados a las fronteras, fueron repelidos por las fuerzas militares. En sus respectivos países no era bien acogida la nueva avalancha de gente, incapaces de hacerse cargo siquiera de los residentes, con lo que desestimaron hacerse cargo de la gigantesca ola de inmigrantes. Así que al fin se convirtió en una balsa humana de centenares de miles de individuos que flotaba entre dos tierras sin esperanza alguna. Cuando la nube de esporas finalmente los alcanzó, regresaron de nuevo con las facultades mentales cambiadas y portando un hambre atroz. Pasearon sus carnes magras por los campos alcanzando cualquier pequeña localidad, invadiendo casas y refugios, y su número superó cualquier previsión anterior. Por ello el ejército no tuvo más remedio que emplearse a fondo contra el mortífero avance de la franja de infectados que llegaba desde el sur asolando cualquier pueblo o villa; como una plaga hambrienta que caminara sin descanso. Tras de sí, dejaban una estela de destrucción sin precedentes. Muerte y caos sin fin, del que no se libraban ni siquiera los animales. Y al fin regresaron al pié de las grandes ciudades, cuyos perímetros eran fuertemente custodiados por el grueso armamentístico. Pero resultaba tremendamente complicado guardar indemnes todos los pasos de aquella marea humana, que avanzaba en busca de la lozanía de las carnes sanas a falta de cualquier otro tipo de alimento.

El periodo de incubación del hongo es demasiado largo como para esperar a que mueran por sí solos, puesto que los infectados que consigan alimentarse regularmente, podrán prolongar su agonía hasta sucumbir más allá de los ocho o nueve meses. Es por ello que no se andan con miramientos de ningún tipo a la hora de hacerles frente con las armas. Desgraciadamente lejos de menguar su número, el porcentaje de infectados se mantiene estable, pues las bajas se auto-compensan con los nuevos infectados por las esporas o por contacto, dentro del enorme grupo de personas susceptibles de caer contagiados antes de recibir la vacuna.

 

II

Los canales de emergencia local han estado transmitiendo durante toda la mañana. Ayer han comenzado a desmantelar el campamento que se halla en el cruce de la tercera con la catorceava avenida. Nos instan a abandonar nuestras casas y dirigirnos al centro para reunificarnos en un núcleo cerrado más grande y seguro. De nada nos sirve estar en contra de esta decisión.

Casi no me quedan alimentos y ya me he quedado sin tabaco. Mi situación de privilegio estando tan cerca de un campamento se ha desvanecido. Así que recogeré lo más imprescindible y me dispondré a llegar a la nueva empalizada.
He observado que la gente va llenando las calles y circula poco a poco en procesión con dirección al punto indicado. Los soldados se hallan dispersos por las esquinas de los cruces vigilando que todo transcurra con normalidad. Así que armado de resignación, me uniré a la comitiva.

 

III

Llueve con cadencia. Los paraguas desplegados se mueven al compás sorteando los automóviles varados bajo este cielo gris de media tarde. Aunque procure no rozarme con nadie, es imposible. Somos demasiados, y alguien siempre, te empuja al pasar por tu lado más deprisa. Los soldados quedan atrás, esperando a los más rezagados, mientras los demás nos replegamos hacia el centro. Jamás pensé que fuésemos tantos los que esperábamos pacientemente dentro de nuestras casas. Veo niños de la mano de sus padres, y eso me alegra un poco la vista tras tanto tiempo de ausencia y desesperanza.

El camino se hace largo y el paso es cada vez más parsimonioso. Cuanto más nos reagrupamos, más estrechos se hacen los pasos de control de entrada a la nueva empalizada. La mía, la puerta este, la tengo a doscientos metros. Una doble valla sobre-elevada cruza las amplias avenidas despojadas ahora de vehículos. Alta, cubierta de obstáculos puntiagudos, y electrificada. Infranqueable.

La tarde muere y apenas avanzo un par de metros cada media hora. Apoyo mis manos por primera vez en las verjas metálicas de separación, pintadas de amarillo, elevadas y fuertemente sujetas al suelo, que forman junto con sus hermanas múltiples pasillos de fila única que desembocan en la puerta de entrada al recinto. Las flechas coloradas son mudas consejeras que nos informan del camino a seguir. La gente está agotada de caminar y esperar bajo el impertinente aguacero. Al menos mientras llueva no será necesaria la mascarilla, pero muchos aún optan por seguir con ella puesta. Sólo por si acaso.

La espera es asfixiante. El de atrás me empuja levemente por enésima vez, yo empujo por inercia al de delante, y éste hace lo propio con el siguiente. La presión aumenta con la impaciencia y la noche va alcanzando nuestras cabezas sin que hayamos conseguido nuestro objetivo de cruzar a zona segura. Ahora se encienden los potentes focos localizados sobre la verja y su luz se refleja sobre los rostros desesperados de miles de personas atrapadas en la espera por las numerosas filas.

Suenan disparos y explosiones en la lejanía.

La gente se intranquiliza aún más. El repliegue del ejército conlleva un avance de la masa infectada y al fin logran penetrar las primeras empalizadas.

Veo que el personaje que llevo detrás se cuelga de mis hombros ligeramente y mueve la cabeza nervioso para sortear la mía, intentando ver más allá de ella, en dirección a la puerta de entrada. Temo que finalmente quiera saltarme por encima. Los empujones son cada vez más frecuentes. La señora gruesa de la fila de mi derecha, de la que tan sólo me separa la verja metálica, se resbala y pierde el equilibrio al ser vencida por el empuje de los que vienen detrás. La falta de resistencia hace que toda la fila se le venga encima, cayendo los más inmediatos sobre ella. Los primeros gritos alertan a todas las filas y la presión y los empujones son más evidentes en todas ellas. Es imposible que en una fila tan estrechada puedan levantar a la mujer, y los primeros zapatos se posan sobre su espalda. Yo me horrorizo al ver cómo cada cual lucha por su propia integridad despreciando a su vecino. Los demás sólo son obstáculos para la propia salvación. Desprecio esta actitud y pienso que tal vez, la humanidad tenga finalmente lo que se merece.

El de mi espalda me empuja de nuevo con más ímpetu al escuchar el redoble de salvas un poco más cerca que antes. Su impaciencia me hace enfurecer y miro hacia atrás, a su rostro. Él sigue oteando por encima de mí, ignorándome. Soy el obstáculo inmediato a traspasar. Vuelvo la cabeza hacia delante y me empuja de nuevo violentamente, instándome a que haga yo lo mismo con el de delante.

No aguanto más.

Me doy la vuelta y estampo mis nudillos contra su rostro de sesentero espabilado, rompiéndole la nariz y causándole una aparatosa hemorragia que intenta apaciguar con su pañuelo. Pero no intenta devolverme el golpe a pesar de mantenerme siempre justo delante de él, y se aguanta el dolor y las ganas resignado. Los demás le miran desde las otras filas, mucho más caóticas y escandalosas, que parecen avanzar más rápido sobre los cuerpos de aquellos que caen regularmente al suelo.

Ya nadie esconde los gritos. El escándalo se apodera del final de las colas de espera. Los soldados de retaguardia han llegado y traen tras de sí a la turba sangrante de encías contraídas y dispuestas a hincar el diente a todo lo que se mueva o respire.

Está todo perdido. Mi vecino entra en guerra con mi espalda y me empuja ayudado por el centenar de personas que lleva detrás. Las verjas, pensadas para mantener un orden, ahora forman los comederos en los cuales los infectados van a encontrar presto alimento. La gente se aferra al metal y escala por ellas intentando avanzar por las alturas, pero el peso las curva y caen dobladas sobre el resto. Ahora avanzan rápido sobre las pasarelas, apoyadas sobre las espaldas de los que permanecen debajo, aplastados. Yo soy uno de ellos. Estoy inmovilizado por el peso y por los que me acompañan, dentro de un sándwich de caos y horror indescriptibles. Por entre los agujeros veo cómo los primeros infectados trepan con uñas y dientes sobre las espaldas de los que huyen hacia las puertas. La sangre fluye y se mezcla con el agua de lluvia. Los disparos y las granadas hacen estallar cabezas y cuerpos sin hacer divisiones. La furia se desata por encima de las vallas y se confunde con la noche y el resplandor de las explosiones.

Mis pulmones se agotan. Ya no les llega aire suficiente. Mi cerebro se apaga dejando atrás todo el horror desplegado en el piso superior. Los hierros de la valla contraen mis vértebras contra el suelo y siento cómo cada pisada se marca en mis costillas. Cierro los ojos y me abandono al descanso que mi cuerpo reclama con insistencia. Ya no merece la pena mantenerse despierto.

Que el fin me llegue cuanto antes...

publicado en enero de 2009

 
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