| El timbre de la puerta
sonaba con insistencia. Eran las diez de la mañana del
domingo, y el profesor Damon Bryson se preguntó a qué
vendría tanto jaleo. Se calzó apresuradamente las zapatillas,
se ciñó de un tirón su raída bata de paño y bajó las
escaleras murmurando imprecaciones. Si eran esos vendedores
de biblias otra vez, iban a saber lo que es bueno. El
domingo era sagrado, ellos deberían ser los primeros
en respetarlo.
Abrió la puerta y contempló de hito
en hito al individuo que osaba interrumpir su descanso
dominical. El tipo se limpiaba el sudor de la frente
con un pañuelo manchado de grasa. Junto a la acera,
Damon observó una camioneta de reparto de correo urgente.
¿El señor Bryson? Le traigo este
envío. Firme aquí, por favor.
El hombre le entregó un voluminoso
paquete mientras mascaba chicle ruidosamente. Damon
miró el remitente. Se lo enviaba Jensen, un colega con
el que apenas mantenía una esporádica comunicación por
carta. Damon se ajustó sus anticuadas gafas de montura
de concha al puente de la nariz, preguntándose qué podría
ser.
Bueno, ¿me lo va a firmar o no?
dijo el repartidor, que desprendía un aliento
ulceroso. Tengo prisa.
Le firmó en la casilla marcada con
una cruz y cerró la puerta. Sus zapatillas le condujeron
directamente al estudio, donde se dispuso a abrir el
paquete.
Su hijo Tod bajaba en ese momento por
las escaleras.
¿Ocurre algo, papá?
Damon, concentrado en romper con un
abrecartas la cinta de embalaje, le contestó que no
era nada importante; pero la curiosidad adolescente
de Tod le indicaba todo lo contrario, y entró en el
estudio dispuesto a averiguar cuál era el motivo que
había levantado a su padre de la cama, y por qué le
brillaban sus ojos de un modo tan extraño.
El profesor halló en el interior de
la caja un escrito del puño y letra de Jensen, en el
que explicaba el motivo del envío. Bryson pronto empezó
a comprender.
¿Qué son esos planos? Tod
asomó la nariz al interior.
No toques nada las manos
del científico le temblaban de emoción. Sí, claro
murmuraba. Aquí está. Cómo he podido estar
tan ciego.
Damon desplegó los diagramas sobre
la mesa del despacho. Al hacerlo descubrió unos curiosos
microtransistores plateados en el fondo de la caja.
Circuitos de ordenador dijo
Tod. Mi amigo desarmó el suyo el mes pasado; había
piezas como ésas.
No, hijo Damon alzó cuidadosamente
uno de los componentes, acercándolo a sus bifocales.
Me da la impresión de que estos transistores son algo
completamente distinto.
Su padre se vistió con una agilidad
insólita y trasladó la caja al coche. Pretendía ir al
laboratorio de la universidad, sin desayunar siquiera.
Tod le recordó qué día de la semana era.
Iba a ser una jornada muy dura, y en
domingo no encontraría a nadie dispuesto a echarle una
mano.
Necesitaré tu ayuda. Puedes venir
conmigo si quieres.
Tod no se lo pensó dos veces. La alternativa
era comer en casa de su tío Vincent y soportar a los
estúpidos de sus primos. Nunca antes había visitado
el laboratorio de la universidad. Además, era la primera
vez que su padre le pedía ayuda, como no fuera para
freír huevos o limpiar platos.
Ayuda. A él. ¿En qué podría serle útil?
Si sólo tenía dieciséis años.
¿Me dirás en qué estás trabajando?
dijo.
Oh, claro que sí sonrió
su padre, cerrando el portaequipajes del vehículo.
Siempre que prometas guardarme el secreto.
Tod subió raudo al coche. Se mordía
las uñas por ver qué estaba tramando su padre.
***
Damon Bryson trabajó infatigablemente
durante todo el día. Su hijo se limitaba a tomar notas
al dictado y ayudarle en el montaje de los circuitos
plateados, una labor muy poco excitante que ya empezaba
a aburrirle y a causarle dolores de espalda. Pasadas
las once de la noche, Damon se colocó un casquete metálico
sobre la cabeza y le rogó a Tod que se sentase. El adolescente
empezaba a dudar que su padre estuviese en su sano juicio.
Puedes apostar a que sí el
semblante del profesor resplandeció de alegría.
Tod no comprendió a qué se refería
su padre, pero se puso a reír. Bryson tenía un aspecto
ridículo con aquella cosa metálica sobre el cogote,
que más que un instrumento de laboratorio parecía uno
de esos casquetes de tela con que los curas se cubren
la coronilla.
Se llaman solideos le recordó
su padre Del latín soli Deo, porque los
sacerdotes sólo se lo quitan ante Dios.
Tod dio un respingo. No podía ser,
seguro que era una casualidad. Tenía que tratarse de
una coincidencia.
No ha sido una coincidencia Damon
se acercó a su hijo. Tod, hoy es un día histórico
para la humanidad se quitó el casquete.
Ojalá tu madre aún viviese para verlo añadió,
sombrío.
Tod miró el casco con los ojos muy
abiertos, y alternativamente a su padre. Él no bromearía
con algo así, y menos aún citaría frívolamente la memoria
de su madre si aquello no fuese cierto.
¿Un casco de pensamientos? dijo
el joven. ¿Me estás diciendo que has inventado
un casco de pensamientos?
Bueno, todavía no le he puesto
nombre. Su función básica es descodificar los impulsos
electroquímicos de la corteza cerebral. Analiza la dinámica
del intercambio de información entre las neuronas, y
traduce el resultado en palabras señaló un microauricular
que llevaba disimulado en el oído izquierdo. Naturalmente,
tiene algunas limitaciones. Funciona a cortas distancias
y no debe haber obstáculos entre el aparato y el objetivo.
Pero eso es... Tod no salía de
su asombro. Es increíble, papá intentó coger
el casco para probarlo, pero su padre se negó.
No es ningún juguete. Aún no
sé qué efectos puede tener en el cerebro del que lo
lleve puesto. Tengo que analizar los componentes que
Jensen me ha mandado y someterlos a todo tipo de pruebas.
Y así fue. Serían las tres de la madrugada
cuando padre e hijo decidieron regresar a casa. Pese
al agotamiento de ambos, ninguno de los dos logró conciliar
el sueño; eran demasiado conscientes de las implicaciones
del invento para que pudiesen dormir. Damon, además,
tenía una preocupación adicional para dar vueltas en
la cama: Jensen. Aquel misterioso colega le proporcionaba
el material que necesitaba justo en el momento en que
sus investigaciones habían llegado a un callejón sin
salida. Qué magnífica coincidencia, pero ¿por qué a
él? Algo no encajaba. Ni siquiera había visto nunca
el rostro de Jensen, sólo se carteaban de vez en cuando,
y eso no implicaba una amistad tan estrecha para que
confiase hasta ese punto en él.
¿Y los circuitos plateados? ¿De dónde
los habría sacado? Los había examinado a través del
microscopio y no había visto nada igual en toda su vida.
Tendría que llamar a Jensen mañana a primera hora. Le
daría las gracias y de paso le preguntaría qué fábrica
se los suministraba. También debería concertar una cita
con él para hablar de los trámites de registro de la
patente. No sería honesto adjudicarse él solo toda la
fama sin reconocer a Jensen por lo menos la mitad de
los beneficios.
La luz del sol se filtraba en su cuarto
a través de las rendijas de la persiana. Eran las siete
de la mañana y Bryson no sabía cómo se las arreglaría
para dar las clases sin quedarse dormido. Llamó al teléfono
de su colega, que figuraba en el paquete recibido por
correo, pero debió equivocarse al marcar porque le contestó
el encargado de una lavandería. Marcó de nuevo y volvió
a sucederle lo mismo. Damon llamó a la compañía telefónica
para comprobar si había cambiado de número.
La sospecha que rondaba por su cabeza
fue confirmada por la operadora: Jensen no aparecía
en las listas de abonados.
***
El profesor Bryson tardó una semana
en ultimar dos prototipos de su casco de pensamientos.
Uno de ellos lo estuvo probando en el laboratorio de
la universidad y el otro en casa, finalizado el horario
laboral. Dado que levantaría sospechas pasearse con
un casquete metálico en la cabeza, Bryson lo disimuló
bajo un sombrero de ala ancha heredado de su abuelo,
que se ponía cada vez que tenía que salir a la calle.
Le sentaba fatal, máxime en un verano tan caluroso como
aquél, pero Bryson aducía a sus vecinos que se trataba
de una promesa, y éstos se tragaban el embuste sin mayores
complicaciones, convencidos de que las neuronas de Bryson
no regían demasiado bien desde la muerte de su esposa.
Desde luego, desconocían que Damon estaba leyendo sus
pensamientos y se reía por dentro de todos ellos.
Por su parte, tampoco movió un dedo
para deshacer el equívoco, si acaso lo acrecentó añadiendo
algunos detalles de su cosecha, dejándose crecer una
larga barba que le confería el aspecto de un rabino
respetable. Se divertía de lo lindo observando los pensamientos
que bullían en las mentes de sus vecinos al verle. Muy
pronto se ganó en el barrio una reputación de excéntrico
que le vino muy bien para disimular sus verdaderas actividades,
y que le confería inmunidad total para pasearse delante
de las narices de sus vecinos, escudriñando sus secretos
más íntimos sin que éstos sospechasen nada.
Tod seguía mordiéndose las uñas buscando
el momento de apoderarse de uno de aquellos cascos.
Se acercaba la época de los exámenes y sus motivos eran
más que obvios. Con el casco puesto, podría acercarse
a sus profesores y leer en sus mentes las preguntas
de los exámenes antes de que se celebrasen, o en el
peor de los casos, situarse cerca del empollón de la
clase y copiar las respuestas directamente de su cerebro.
Realmente fácil.
Pero había un pequeño problema: su
padre ocultaba el prototipo bajo llave en un cajón del
escritorio, y le había prohibido utilizarlo bajo pena
de quedarse sin paga durante tres meses. De la otra
unidad, que guardaba en los laboratorios del campus,
era mejor olvidarse.
Tod hubiera dado gustoso su misérrima
paga de un año por volver a colocárselo, pero no veía
la forma de sacarlo del cajón sin violentar la cerradura.
Claro, que si se hiciese con una copia de la llave podría
abrirlo sin que su padre notase su pequeña rapiña.
Desgraciadamente, no podía imaginar
lo fácil que le resultaría hacerse con el caso. Una
tarde, mientras se encontraba en el estudio pensando
en el problema, sonó el teléfono.
¿Tod? Soy tu tío Vincent. tienes
que venir enseguida a mi casa. Tu padre ha sufrido un
accidente.
¿Es grave?
Me temo que sí su tío murmuró
al otro lado de la línea algo que Tod no llegó a comprender.
Verás vaciló. La policía me llamó hace una
hora. Damon fue atropellado esta tarde cuando salía
de la universidad. Parece que fue una furgoneta, pero
el conductor se dio a la fuga... otra pausa.
Tod, tienes que ser fuerte. Tu padre ha muerto.
***
Aparentemente se trataba de un accidente
de tráfico más. Damon había cruzado la calle sin mirar
y había sido atropellado. La policía no le dio más importancia
al asunto, aunque en el lugar de los hechos había un
paso de cebra recién pintado y un semáforo que, según
testigos presenciales, se encontraba en rojo cuando
sucedió el arrollamiento.
Tod relacionó la muerte de su padre
con las investigaciones en que había estado trabajando,
y su primera acción fue violentar el cajón del escritorio
para poner el casco a buen recaudo. Si alguien había
matado a su padre para apoderarse del fruto de su esfuerzo,
no se lo iba a poner fácil.
El joven no se separó del casco de
noche ni de día, siempre lo llevaba bajo una gorra deportiva
de su equipo de fútbol, ocultando el casquete dentro
del forro. De este modo, si se veía forzado a quitársela
por algún motivo, no tendría que dar explicaciones incómodas.
Tod mejoró ostensiblemente sus calificaciones.
No es que pudiera leer la mente de los profesores durante
los exámenes por lo general, éstos se situaban
al otro extremo del aula, y para ser efectivo el sondeo
mental se necesitaba estar a unos pocos metros como
máximo; además, sus cerebros solían estar poblados de
ideas que tenían muy poco que ver con su labor docente,
y que causaban una gran turbación en Tod al oírlas,
pero suplía este inconveniente sentándose cerca de alguna
lumbrera de la clase y copiando descaradamente de su
mente las contestaciones a los exámenes, aunque se cuidaba
de modificar su redacción en lo estrictamente necesario
para que no se notase la trampa. Sólo tenía que concentrarse
en la cabeza de un compañero y ya estaba, el casco se
encargaba de fijar mediante un sensor de movimiento
el objetivo y su complicada maquinaria miniaturizada
hacia el resto.
Su suerte no duraría mucho. Un profesor,
desconcertado ante la súbita mejoría de sus exámenes,
comenzó a sospechar y le prohibió llevar gorra mientras
estuviese en clase. Los alumnos utilizaban toda clase
de artimañas durante las evaluaciones, desde equipos
de radio miniaturizados con cómplices en el exterior
murmurando las respuestas, hasta falsos relojes de pulsera
con los libros de texto digitalizados. Los docentes,
por supuesto, lo sabían; algunos de ellos ya habían
empleado tácticas similares cuando fueron alumnos y
precisamente eran los peores a la hora de calificar.
La buena estrella de Tod comenzaba a declinar.
Una mañana, durante el desayuno, su
tío Vincent comentó que habían detenido a un par de
sospechosos que podrían ser los autores del atropello.
Vincent había quedado con un abogado en la comisaría
por si era conveniente el ejercicio de acciones legales
contra los culpables. Tod insistió en acompañarle.
¿No tienes calor? decía
Vincent, mientras aparcaba el coche frente a la puerta
de la comisaría. Se te va a a caer el pelo de
tanto llevar esa gorra.
Tod no contestó. Vincent se alzó de
hombros, completamente ignorante de lo que su sobrino
llevaba sobre su cabeza. No podía ser demasiado riguroso
con el chico después de lo que había pasado.
El abogado le esperaba en la antesala
de la comisaría. Saludó afectuosamente a Vincent, como
si lo conociese de toda la vida, y le dio a Tod un caramelo
de café. Éste no pudo evitar dirigirle una mirada de
exploración, y lo que captó no le gustó nada.
El caso está ganado, se lo garantizo
explicaba el letrado con aires de suficiencia
a Vincent. Uno de los detenidos posee antecedentes
penales y el otro tiene una causa pendiente por conducir
bebido. El modelo de la furgoneta y cuatro números de
la matrícula coinciden con la descripción de los testigos
presenciales.
El casco informó a Tod que los detenidos
iban a ser puestos en libertad sin fianza. Las pruebas
eran circunstanciales, y ambos habían acreditado que
el día de los hechos se encontraban al otro lado del
país.
Pero, aún suponiendo que fueran
condenados, ¿de qué me serviría? objetaba Vincent.
No puedo afrontar los gastos de un pleito si luego esa
gente es insolvente y no paga la indemnización.
Descuide, me he preocupado de
indagar acerca de ese extremo. Uno de los detenidos
posee una lujosa casa en propiedad, y el otro es titular
de la furgoneta que conducían el día en que atropellaron
a la víctima.
Tod volvió a horadar en la mente del
abogado. La lujosa casa en propiedad era en realidad
un chamizo de cincuenta metros cuadrados que el banco
sacaría a subasta el mes que viene; y en cuanto a la
furgoneta, tenía quince años de antigüedad y dos embargos
del Ayuntamiento por multas impagadas. Mentira tras
mentira.
La entrevista se prolongó por espacio
de media hora, y Tod se distrajo durante este tiempo
escudriñando los pensamientos de la gente que pasaba
por comisaría. El aparato dejó de funcionar un breve
instante y sus oídos se poblaron de una molesta estática,
pero al girar la cabeza volvió a la normalidad y el
joven lo achacó a un defecto de batería.
El abogado le entregó a su tío una
tarjeta de visita e insistió en que pasase a verlo al
día siguiente. Vincent había quedado prácticamente convencido
por los persuasivos argumentos del letrado, que le prometía
indemnizaciones millonarias a cambio de unos honorarios
ridículos.
Tod aguardó pacientemente a que el
leguleyo se marchase para prevenir a su tío:
No te fíes de él. Está mintiendo.
Vincent alzó las cejas.
¿De veras? rió. ¿Cómo
lo sabes, mocoso?
Tod miró hacia el pasillo que conducía
a las celdas. Un par de individuos, que respondían a
las fotografías que el abogado les había enseñado de
los detenidos, se dirigían al mostrador.
Ahí están dijo Tod. Había
un grupo de personas que se interponían entre ellos
y el casco, y no conseguía más que interferencias. Tuvo
que acercarse al otro extremo del mostrador para poder
observarlos sin que nadie le estorbase.
¿Qué te sucede? dijo Vincent.
Vamos, anda, debemos irnos.
Tod no se movió del mostrador.
Eh, venga, muchacho; tengo otras
cosas que hacer esta mañana.
No han sido ellos.
Mira, no empieces otra vez. Sé
que la muerte de tu padre te ha afectado mucho, pero
lo superarás. Seguro que lo superarás.
Vincent lo cogió del brazo. El joven
se desasió de él. Mientras tanto, los dos hombres recogieron
sus pertenencias y cruzaron la salida. Tod permaneció
junto al mostrador, apurando los últimos momentos de
sondeo.
¿Desean ustedes algo?
El policía de recepción se había acercado
a ver qué querían.
No han sido ellos repitió
Tod al agente. Cometerán un error si los encierran.
Como verás, ya les hemos quitado
las esposas contestó el policía. Mañana
comparecerán en el juzgado a ratificar sus declaraciones,
pero de momento han quedado en libertad.
El policía le miraba de una forma extraña,
fijándose especialmente en la gorra que llevaba puesta.
Tod no pudo evitar la tentación de echar un vistazo
a su mente.
No captó nada. La mente del policía
estaba en blanco.
Tengo otras cosas que hacer.
Deja de hacerme perder el tiempo apremió su tío.
Volveré al instituto en autobús
dijo Tod. Debo comprar unos libros aquí
al lado.
Vincent consultó su reloj. Dudaba de
las verdaderas intenciones de su sobrino, pero ya había
cumplido dieciséis años y tendría que aprender a gobernárselas
por sí solo.
De acuerdo dijo.
Dentro de una hora llamaré al instituto para comprobar
si estás en clase.
Tod se entretuvo en mirar el escaparate
de la librería el tiempo necesario para ver al coche
de su tío doblar la esquina. Acto seguido se aproximó
cautelosamente a la entrada de la comisaría.
Quizás el casco se hubiese averiado,
pensó. No sabía cuánta autonomía tenían las baterías.
Demonios, ni siquiera sabía si el casco funcionaba a
baterías.
Realizó varias pruebas con la gente
de la calle. El aparato se comportó normalmente, traduciéndole
a sonidos los agitados pensamientos de los viandantes.
Quizás se debiera a un error de foco, a una mala orientación.
Volvió a entrar en la comisaría. El
agente continuaba tras el mostrador y clavó sus ojos
en él. Tod le devolvió la mirada.
De nuevo, silencio.
Salió del edificio. Algo iba mal.
El policía abandonó el mostrador y
se dirigió hacia él. Su corazón dio un vuelco. Corrió
hacia un autobús que partía en ese momento y consiguió
subirse antes de que las puertas se cerrasen.
Tod trató de relajarse en su asiento
y analizar serenamente los hechos. Si el casco funcionaba
bien, ¿por qué no conseguía leer la mente del policía?
Aquello tenía muy mala pinta. Seguro que el gobierno
estaba al tanto de las investigaciones de su padre y
quería hacerse con el casco. Las aplicaciones militares
del invento eran pavorosas, y Tod no quería ni pensar
en ellas. Tendría que asegurarse de que en casa no quedase
una sola nota que las autoridades pudieran utilizar.
Destruiría todos los apuntes de su padre que encontrara.
Más valía asegurarse.
Pronto comprobaría que sus preocupaciones
llegaban tarde. Su casa ya había sido registrada a fondo
y no había un solo cajón que no hubiese sido vaciado,
ni armario cuyo contenido quedase sin esparcir por el
suelo. Tod estaba asustado. No podía llamar a la policía,
y de su tío era mejor olvidarse, porque únicamente le
importaba la indemnización que podía cobrar del accidente
y jamás se había llevado bien con su padre. Pasó al
estudio y se topó con montones de libros tirados en
la alfombra. Alguien se había dedicado a abrirlos uno
por uno buscando notas entre las páginas; una labor
realmente minuciosa teniendo en cuenta las dimensiones
de la biblioteca de Damon Bryson.
Escuchó pasos en el porche de la entrada.
Abre, muchacho. No voy a hacerte
daño.
El visitante no aguardó a obtener contestación
e introdujo una ganzúa en el picaporte. Tod huyó a la
cocina. La casa sólo tenía una puerta de entrada, pero
podría alcanzar el jardín trasero si saltaba por la
ventana.
No era el único que había pensado en
aquella posibilidad. Alguien estaba violentando con
una palanqueta la ventana de la cocina. Tod intentó
retroceder, pero escuchó un portazo procedente del salón
y pisadas que se acercaban. El hombre del jardín, por
su parte, desplazó la hoja hacia arriba y entró en la
cocina, anticipándose a su acción. Estaba atrapado.
Es cierto, lo estás dijo
el policía, apareciendo en el pasillo. Comprenderás
que en esta situación, la resistencia no es una actitud
sensata.
Cualquier intento de huir es
inútil corroboró su compañero, cerrando el paso
a Tod por la espalda. Podemos anticipar tus acciones
antes de que tu cerebro ordene el menor movimiento a
tus miembros. Desgraciadamente, tu rudimentario casco
no puede hacer lo mismo con nosotros.
El individuo que acababa de hablar
le arrebató la gorra de un manotazo.
¿Qué.... quiénes son?
Vuestros tutores sonrió
el policía. Pero de su expresión no se deducía que pretendiese
hacer un chiste.
No creo que el muchacho aprecie
nuestra labor después de lo que hicimos con su padre
dijo el compañero. Así que acabemos cuanto
antes. Le ahorraremos sufrimientos.
Espera un momento el policía
palmeó suavemente la espalda a Tod. No disfrutamos
con esto, ¿sabes? Tratamos de evitarlo siempre que podemos,
pero en el caso de Damon no tuvimos otra opción.
¿Quién les envía? ¿Son agentes
del gobierno? ¿Espías?
Sé que te preguntas por qué no
conseguiste leer mi mente en la comisaría. En realidad,
no somos humanos. Estamos aquí para protegeros.
¿Protegernos? ¿De qué?
De vosotros mismos. Vuestra especie
no está preparada para un invento como éste. Alguien
no autorizado burló las prohibiciones y envió al profesor
Bryson componentes de alta tecnología para acelerar
sus investigaciones. Sin la intervención de un agente
exterior no habría construido jamás el casco, créeme.
Ayudar a especies inferiores supone una injerencia prohibida
por nuestros códigos de conducta. No podemos tolerar
que dispongáis de estos chismes; sería como permitir
que un niño jugase con una pistola sonrió fieramente.
¿Lo entiendes?
No, no lo entiendo; y tampoco
les creo. Están mintiendo, y no necesito un casco de
pensamientos para darme cuenta.
Un zumbido brotó del cronómetro del
policía. Éste se lo acercó al oído, frunció el ceño
e intercambió una mirada con su compañero.
Malas noticias dijo.
Un laboratorio de París acaba de conseguir la aceleración
experimental de un láser a 6,5 veces la velocidad de
la luz.
¿Quién ha interferido esta vez?
gruñó su compañero.
No lo sé. Por fortuna, parece
que el experimento está bastante aislado y será fácil
de abortar. Quizás sólo tengamos que realizar una intervención
no agresiva, como en los acontecimientos Weber del 69.
Sí, fue un trabajo muy elegante
cabeceó su socio. Nadie notó nada, ni siquiera
el propio Weber, pero corrimos un riesgo tremendo. No
sé qué habría sucedido si la humanidad dominase ahora
las ondas de gravitación.
Tod los contemplaba en silencio. Parecían
hablar en serio, y sin embargo aquello no podía ser
verdad. ¿Por qué esa alusión específica a Weber? Recordaba
vagamente aquel nombre de alguna remota clase de física.
Había fabricado un tambor para detectar gravitones,
pero algo no funcionó bien y el experimento no pudo
ser reproducido por sus colegas.
Weber, gravitones. Y aquellos dos tipos
irrumpían en su casa y le quitaban su casco, alardeando
que eran capaces de leer su mente. Pero ellos no llevaban
ningún aparato, o por lo menos no de modo visible.
No lo necesitamos dijo
el policía. Ya te hemos dicho que no somos humanos.
Basta ya de charla su compañero
colocó una delgada lámina de metal sobre el corazón
de Tod, que dejó de latir al instante. Bien, cuando
lo encuentren creerán que murió de ataque cardíaco.
Maldita sea, ¿por qué has tenido
que hacer eso?
No podía quedar con vida, ya
lo sabes el hombre soltó el cuerpo inerte de Tod,
que cayó fulminado al suelo. ¿Por qué me miras
así? Son sólo animales.
Lo sé el policía se frotó
el mentón. Sabes, esta última llamada me preocupa
de verdad. Me temo que los científicos de París han
acelerado el láser sin ayuda externa, y eso sí es un
hecho grave.
Estos monos se están volviendo
cada vez más inteligentes su compañero apartó
el cadáver de Tod de un puntapié con un gesto de desprecio.
Me pregunto cuánto tiempo más podremos mantenerlos encerrados
en este planeta.
José Antonio Suárez, 1997-1998
Reservados todos los derechos
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