| La bodega de carga del
transbordador espacial Utopía se abrió
con un bostezo ahogado. Oze Cloverdale comprobó
la presión de su traje y respiró hondo.
Estaba amaneciendo. Un destello de luz asomó
tímidamente por el globo terrestre en penumbras,
derramando un arco blanquecino sobre el continente africano.
Oze polarizó la visera de su casco para evitar
el deslumbramiento y pulsó el control de su mochila.
El cohete vector lo levantó suavemente del suelo
de la bodega, dirigiéndolo hacia su objetivo.
El telescopio espacial Galileo resplandecía
con orgullo a la luz solar, como si acabase de ser puesto
en órbita aquella mañana. Pero no era
así. El Galileo llevaba una década escudriñando
el firmamento, y aquélla no era la primera ocasión
que los astronautas subían a arreglarlo. Oze
sospechaba que no sería la última.
-Grúa enganchada -confirmó
por la radio-. Lo tenemos.
-¿Qué se habrá
estropeado esta vez? -tronó Nigel en su casco-.
Seguro que serán las lentes. Deben estar picadas
por los micrometeoritos. Tienen que estarlo.
-¿Estás seguro? -respondió
Oze.
-Este condenado trasto no ha parado
de causar problemas desde que la NASA lo puso en órbita.
Con el dinero que se han gastado en reparaciones podrían
haber fabricado otro nuevo.
-¿Y si resulta que no está
estropeado?
-No digas tonterías. No existe
ninguna galaxia con forma triangular a diez mil millones
de años luz de la Tierra; ni tampoco a cualquier
otra distancia. No existen en ningún lugar del
universo, porque las galaxias con forma de triángulo
equilátero son imposibles.
Oze estaba básicamente de acuerdo
en eso. Lo más parecido a configuraciones caprichosas
en el espacio eran las galaxias espejo, producidas por
la distorsión de la luz al pasar cerca de una
masa gravitatoria. Se veían dos galaxias idénticas
muy cerca entre sí, en lugar de una. Pero un
triángulo, un triángulo equilátero
perfecto, era algo diferente. Y el Galileo había
captado la imagen con total nitidez. Los científicos
no le encontraban explicación.
Se mordió el labio inferior
y aseguró la abrazadera de la grúa al
descomunal cilindro del telescopio.
-Puedes ir bajándolo -dijo a
Nigel-. El paquete ya está listo.
El brazo acercó el cilindro
hasta situarlo en posición vertical sobre la
bodega.
-Podría ser una tomadura de
pelo -comentó el piloto-. Tendría gracia,
hacernos subir aquí por culpa de un bromista.
-No sé a qué te refieres.
-Bueno, antes de despegar se rumoreaba
que alguien podría haber interferido en la transmisión
del Galileo, enviando a la NASA imágenes falsas.
Quizás algún antiguo empleado que conozca
nuestros códigos y quisiera vengarse.
-Si es una broma, desde luego habrá
que felicitar al autor -dijo Oze-. Aunque no creo que
en control de misión sean tan estúpidos
como para haberla pasado por alto.
Oze no se equivocaba.
Tras una exhaustiva revisión
del cilindro, no apareció la menor evidencia
de que algo estuviese estropeado. El Galileo se hallaba
en perfectas condiciones de funcionamiento, o por lo
menos, tanto como podía esperarse de un telescopio
con diez años de antigüedad.
Oze no se sorprendió demasiado.
Una galaxia triangular, ¿y qué? No comprendía
la causa de aquel jaleo. ¿Por qué no podían
existir galaxias triangulares? Tal vez aquélla
no fuese su verdadera forma; en realidad el triángulo
se hallaba en los confines del universo, su luz había
sufrido multitud de distorsiones desde que salió
de su fuente hasta que llegó al sistema solar;
había tenido que atravesar nubes de polvo, sufrir
el efecto de los pozos de gravedad, y quién sabe
qué más. Probablemente se trataría
de un nuevo efecto óptico que, aparte de su vistosidad,
no tendría mayor interés salvo para un
pequeño círculo de curiosos.
Transmitieron inmediatamente a la base
toda la información de que disponían.
El triángulo de luz era real y el Galileo no
estaba dañado.
Contra lo que pudieran suponer, allá
abajo no se sorprendieron de sus conclusiones. De hecho,
la visión acababa de ser confirmada por el radiotelescopio
de Arecibo. Oze se alegró de la noticia. Significaba
que su trabajo había terminado y regresaban a
casa. Había prometido a Sara que celebrarían
su aniversario de bodas con un viaje a París.
Habían planificado aquel viaje hasta el último
detalle, ya tenían los billetes reservados y
deberían partir dentro de cuatro días.
Sus jefes le habían asegurado que aquélla
era una misión rutinaria que no les llevaría
más de dos días en órbita, así
que todavía disponía de un margen de seguridad
de otros dos días por si la cosa se complicaba.
Sin embargo, el hecho de que hubiese sido despertado
a las cuatro de la madrugada por el capitán de
la base, y que tuvieran que despegar precipitadamente
aquella misma mañana no era precisamente un hecho
tranquilizador. Apenas tuvo tiempo para llamar a Sara
por teléfono en las instalaciones del control
de misión, poco antes de embarcar en la lanzadera.
Su mujer estaba angustiada, sabía perfectamente
que las misiones de la NASA se planificaban detenidamente
con una antelación de varios meses. Oze no habría
sido enviado a la órbita si su tarea consistiese
simplemente en reparar un vetusto telescopio espacial.
Arecibo no se había limitado
a confirmar la existencia del triángulo de luz.
También había captado una misteriosa cuerda
que bajaba desde uno de sus lados y se alejaba a gran
distancia. En consecuencia, ya que estaban allí
y el Galileo era el único telescopio espacial
en activo, se les asignó el estudio de este nuevo
fenómeno.
Congregados en la cabina de control,
Nigel, Milton y Oze miraban incrédulos la imagen
transmitida desde la Tierra, que mostraba aquella tenue
hebra de luz extendiéndose por los vacíos
siderales desde el lado izquierdo del triángulo.
Parecía el trazo equivocado de un mal dibujante.
-Esto no puede ser obra de un bromista
-dijo Oze.
-¿Por qué no? -sonrió
Nigel-. Conozco a tipos que serían capaces de
continuar hasta el final una tomadura de pelo como ésta.
No me extrañaría si pronto apareciese
algún mensaje burlón sobre el triángulo
para dejar a la NASA en evidencia.
-Pero Arecibo...
-Datos falsos, todo se reduce a eso.
Trucas los datos, los introduces en la red y los demás
verán lo que tú quieras.
-Me parece una sandez lo que estás
diciendo -intervino Milton-. Además, ya que estamos
aquí arriba y tenemos control directo sobre el
telescopio, ¿por qué no lo enfocamos hacia
el triángulo, a ver qué encontramos?
Así lo hicieron. La hebra de
luz apareció con claridad en sus monitores.
-Quizás sea una supercuerda
-sugirió Milton.
-¿Dibujada con un tiralíneas?
-replicó Nigel-. Por favor.
-Por qué no. Ignoramos la forma
que tienen. Nadie las ha visto jamás.
-Es muy improbable que una supercuerda
adopte la forma de una línea recta -explicó
Nigel-. La naturaleza está regida por la ley
de la mínima energía. ¿Te has parado
a pensar por qué los planetas son redondos en
lugar de cuadrados? Una supercuerda no podría
ser una recta perfecta, debería tener forzosamente
irregularidades porque ...
-Callad un momento -intervino Oze-.
Está creciendo.
Al principio no se distinguía
del fondo del espacio, pero paulatinamente fue haciéndose
visible. Una segunda línea se perfilaba por el
lado derecho del triángulo y salía del
campo de visión del telescopio, como el filamento
de una tela de araña sorprendida a contraluz;
perdiéndose en la vastedad del espacio.
-Parece más larga que la anterior
-comentó Milton-. Esa maldita cosa es enorme.
Recorrió los rostros de sus
compañeros. No daban muestras de haberle oído.
Únicamente miraban el monitor de la consola,
entre el asombro y la inquietud.
-Oze, me temo que tu viaje a París
tendrá que esperar.
El aludido cabeceó afirmativamente,
sin retirar sus ojos de la pantalla.
Los días pasaron, y el trabajo
para los tres astronautas se agolpaba en la lanzadera.
Oze sabía que sus planes de aniversario habían
quedado definitivamente anulados, pero lo peor estaba
por venir.
Habían aparecido cientos de
triángulos en aquel sector estelar, hasta ocupar
diez grados de la esfera celeste. Todos eran exactamente
iguales y estaban unidos por un entramado de líneas
plateadas que recorrían distancias que los astrónomos
medían en megaparsecs. Nadie sabía qué
estaba pasando. Las mejores mentes del planeta se habían
puesto a elucubrar teorías, mientras los informativos
se dedicaban a desatar el pánico entre la población.
Los triángulos ya eran visibles a simple vista
desde la Tierra, y con cualquier telescopio al alcance
de un aficionado medio podían observarse los
hilos que los unían entre sí. Al contemplar
las imágenes que pasaban por televisión,
Oze se alegraba de estar allí arriba, lejos de
la locura general; aunque sólo por un instante.
Sabía lo que Sara tenía que estar pasando,
y no podía hacer nada para tranquilizarla, porque
habían prohibido transmitir llamadas particulares
desde el Utopía. Houston mantenía un control
férreo sobre las comunicaciones, se había
declarado el estado de alerta nacional y ninguna información
procedente de la lanzadera podía trascender a
la opinión pública.
Oze observó a través
del ojo de buey el grueso cilindro de la Galileo. Ojalá
todo se hubiera limitado a un pequeño fallo de
calibración de las lentes. El dibujo que formaba
el conjunto de triángulos se hacía cada
vez más nítido, y lo que contemplaba le
erizó la epidermis.
¿Sería acaso el fin del
mundo? ¿Era así como tendría que
acabar todo? El cielo comienza a poblarse de triángulos
de luz, y de pronto... se acabó. ¿Por
qué precisamente ahora? El universo llevaba eones
existiendo. ¿Por qué tenía que
ocurrir precisamente en ese momento? ¿Y por qué
tenía que ocurrirle a él?
Milton apretaba contra su pecho la
bolsa de ron que había introducido subrepticiamente
en su equipaje. Las bebidas alcohólicas estaban
prohibidas a bordo, pero Milton tenía un contacto
en la agencia espacial que le envasaba sus licores preferidos
en aquellas bolsitas presurizadas, que lucían
el anagrama oficial en lugar visible bajo inocentes
etiquetas de agua.
-Parece una superestructura -dijo Nigel-.
Una especie de envoltura del espaciotiempo. Tal vez
ése sea el aspecto que siempre ha tenido. ¿Qué
opinas, Oze?
-No lo sé. Si lo supiera, no
estaría aquí. Nadie lo sabe, eso es lo
preocupante. Simplemente, lo que estamos viendo carece
de lógica. No debería estar ahí.
-Pero está -insistió
Nigel-, y nuestra obligación es encontrar respuestas.
-No. Nuestra obligación es recoger
datos y reenviarlos a la Tierra. Allí pueden
encontrar esas respuestas. Si es que existen -murmuró.
-Pues a mí, todo esto me recuerda
a una bolsa de naranjas -intervino Milton, tomando un
sorbo de ron.
Ambos se quedaron mirándolo,
pero Milton no quiso ser más explícito
y se acercó flotando hacia el ojo de buey para
contemplar el vacío del espacio.
-¿A quién sobornaste
para que te incluyeran en esta misión, maldito
borracho? -gritó Nigel.
Milton no respondió. Nigel se
volvió hacia Oze en busca de apoyo, pero los
pensamientos de éste se encontraban en otra parte.
-Oze, deja de pensar en tu mujer -Nigel
le palmeó la espalda-. Estoy seguro de que encontraréis
otro momento para viajar a París.
-Me gustaría poseer esa tranquilidad
que tú tienes -dijo Oze-. Quiero decir, llevamos
toda nuestra vida preparándonos para un momento
como éste, y cuando llega, ¿cómo
reacciono?
-Como todos los demás. No podemos
hacer nada, ahí fuera está ocurriendo
algo muy importante, y tenemos que resignarnos al papel
de espectadores. Sólo nos queda mirar por la
ventanilla, como Milton.
-No sé; creo que antes de casarme
todo era distinto. Aceptaba este tipo de misiones como
un reto, pero ahora está Sara, ella es lo más
importante para mí ahora. Si algo le sucediera...
-Sé lo que quieres decir -asintió
Nigel-. Todos tenemos a seres queridos ahí abajo
-se volvió hacia Milton-. Bueno, casi todos.
-Una bolsa de naranjas -repitió
éste mecánicamente.
-No le hagas caso -murmuró Nigel-.
Está loco.
Oze observó pensativo el dibujo
de triángulos que mostraba la consola de la nave.
-Quizás Milton tenga razón
-dijo.
-Oh, vaya, ¿en qué? Pero
si está desvariando.
-Las bolsas de las naranjas están
formada por una red, una malla -explicó Oze-.
Hasta ahora hemos supuesto que el universo tiene una
estructura esponjosa, totalmente invisible para nosotros,
pero podríamos estar equivocados. ¿Por
qué la estructura no podría ser reticular?
¿Y por qué tendría que ser invisible?
-De acuerdo, suponte que así
fuera. Pero te contestaré con otra pregunta:
¿por qué hasta ahora no hemos visto esa
estructura?
-Bueno, no lo sé -reconoció
Oze-. Ahí fuera debe haber ocurrido algo, una
inestabilidad, una fluctuación energética,
yo qué sé. Es como si hasta ahora hubiéramos
vivido en un sótano, y de pronto surgiese un
rayo de luz de la oscuridad y descubriésemos
que vivimos en el interior de una tela de araña.
Que siempre hemos vivido en ella.
-¿Un rayo de luz? -Nigel alzó
las cejas-. Eso no tiene sentido.
-Dime una cosa que lo tenga en estos
momentos.
-Pero ¿de dónde ha surgido?
-Hablaba en sentido metafórico.
Olvídalo, era sólo una idea.
-No, espera. Podría ser, sí.
Quizás estamos viendo la luz del big bang.
Milton habló desde su ojo de
buey:
-Es una trama -decía-. Un esqueleto.
El universo se está cayendo a trozos, y ahora
estamos viendo su armazón. La malla se rompe.
Las naranjas caerán.
-Estás borracho -replicó
Nigel-. Dame esa bolsa.
Milton forcejeó con su compañero.
El ron se derramó por la cabina, desperdigándose
en pequeñas gotas esféricas que danzaron
en la ingravidez alrededor de ambos.
-¿Ves lo que has hecho? -bufó
Milton. Trató de atrapar a Nigel, pero los reflejos
de éste no se hallaban nublados por el alcohol
y le esquivó con facilidad. Milton gruñó
algo, y Nigel se marchó flotando hacia el habitáculo
contiguo, burlándose de él.
-Me gustaría saber qué
ocurrirá cuando todo el cielo esté cubierto
de triángulos -comentó Oze.
-Nos quedaremos sin estrellas que estudiar
-Milton se encogió de hombros-. Tal vez entonces
nos permitan volver a casa.
Oze sacudió la cabeza. No estaba
muy seguro de que para entonces existiera una Tierra
a la que regresar.
-Las tramas geométricas no pueden
ser naturales -dijo-. Nigel tiene razón en eso.
Los planetas cuadrados no pueden existir, ese tipo de
configuraciones requieren energía para ser estables.
Y los triángulos son demasiado perfectos, no
pueden haberse organizado así de un modo casual.
Milton no respondió. Estaba
demasiado preocupado en evitar que el resto del ron
de la bolsa no se desparramase por la cabina.
-Si fuésemos parte de una simulación
-dijo-, ¿crees que nos daríamos cuenta?
Milton no se tomó la molestia
de responder.
-Supongo que el hecho de que me esté
haciendo esa pregunta es una prueba suficiente de que
no soy una simulación -reflexionó Oze
en voz alta-. Tengo conciencia de mí mismo. Una
simulación no.
-Necesitas un trago -sonrió
Milton-. Puede que el ron ponga en orden tus ideas.
Se llevó a la boca la bolsa,
con la esperanza de poder sorber el poco alcohol que
todavía quedaba en su interior. No pudo completar
su movimiento. El brazo de Milton se convirtió
en una malla de delgadas hebras de energía, que
desapareció en la nada. Horrorizado, Milton contempló
cómo el resto de su cuerpo se descomponía
en un mar de electrones.
Oze no tuvo tiempo de preguntarse qué
estaba pasando. Su cuerpo también se desvaneció
en una malla de luz, confundiéndose con los átomos
de las gotas de ron.
Fuera, las estrellas habían
desaparecido. Un aviso parpadeante anunciaba un fallo
crítico en el sistema de energía de reserva.
Pero nadie había ya allí para verlo. El
programa de simulación neural había sido
desactivado por el ordenador central, incapaz de estabilizar
el sistema. Un millón de años era demasiado
tiempo, incluso para los potentes generadores de fisión
protónica. En realidad, fueron diseñados
para durar mucho menos. Sus constructores se habrían
sentido orgullosos de saber que su obra había
sobrevivido tanto tiempo. Pero ellos no existían.
Su especie era un recuerdo del pasado.
Ahora, ni siquiera eso.
Cerca de Orión, los generadores
de la última nave terrestre autoconsciente se
apagaron para siempre. Y con ellos, el último
destello de pensamiento humano.
Publicado en “Visiones 97”,
editado por la AEFCF
José Antonio Suárez, 1997-1998
|