| -¿Para qué
escribe? –preguntó el hombre sin rostro.
-No lo sé. Es como una necesidad.
Se me ocurre algo y así, de la nada, voy dándole
forma a la historia, empiezo a imaginar los detalles…
La cara del hombre se hizo un poco
más definida, más nítida. El escritor
siguió hablando, entusiasmado:
“- …entonces, me dejo envolver
por la atmósfera del cuento, que se va creando
sola, casi como si ella misma fuera el sentido del relato…
-Toda una teoría –dijo
el hombre irónicamente.
Una mueca de desprecio asomó
en el rostro duro del hombre, que ya mostraba una boca
de labios finos y contraídos, evidenciando el
carácter frío, ladino.
“-…absorto en ese ejercicio
de crear con las palabras –continuó el
escritor como si hablara solo-, me dejo llevar por la
intriga de la trama que, generalmente, suele terminar
en un final inesperado, sorpresivo para el lector…
Los ojos del hombre se tornaron crueles,
amenazantes.
-¿Y no teme quedar atrapado
en alguna de sus ficciones? –preguntó el
hombre con malicia.
-Puedo correr ese riesgo –contestó
el escritor tranquilamente.
-¿Y qué está escribiendo
ahora?
-Algo sencillo: el escritor que dialoga
con uno de sus personajes y el muy traidor quiere matarlo.
-¿Cómo lo supo? –preguntó
el hombre que ya levantaba el puñal en el aire.
-Porque se me acaba de ocurrir –repuso
el escritor.
Y súbitamente dejó de
escribir para no manchar la hoja con sangre.
publicado en julio de 2008
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