Cuando recibí
el paquete que debía entregar a McKinley no sabía
que, en ese preciso instante, en otros lugares de la
ciudad, estaban ocurriendo tres sucesos que iban a ser
importantes para mi futuro: un hombre había llegado
a la conclusión de que la vida después
de los treinta no merecía la pena ser vivida;
una cucaracha, que se alimentaba de detritos tranquilamente
debajo del colector de desagüe de una planta de
polimerización, estaba recibiendo una dosis extraordinaria
de agentes mutagénicos; y un androide-camaleón
estaba liquidando a McKinley para ocupar su puesto.
¿Que cómo me enteré
de todas estas cosas? Tengo mis fuentes, y son dignas
de toda confianza, créanme. Pero de momento olvidémonos
del suicida y la cucaracha, y centrémonos en
el asunto del asesinato de McKinley a manos del androide.
Al día siguiente me personé
con el paquete en el domicilio de McKinley, lo introduje
en el buzón, forzando la ranura de éste
-con grandes esfuerzos, porque no cabía, como
es habitual-, y me largué de allí.
Días más tarde me encuentro
con que la Fiscalía de Asuntos Sociales me cita
para comparecer ante el juez por daños contra
la propiedad ajena. Me habían denunciado por
estropear el buzón de McKinley. ¿Cómo
se puede dañar un instrumento nanotecnológico
autorreparable por el simple hecho de introducir en
una ranura un objeto más ancho que ésta?
Todos lo hemos hecho cientos de veces, ¿no? Los
malditos nanobots lo arreglan en un instante. No sé
cómo, pero se encargan de ello. El caso es que
el puñetero buzón de McKinley no se autorreparó
y la Fiscalía recibió el correspondiente
mensaje de alerta poco después de que yo forzara
la ranura. A continuación, el buzón envió
un mensaje a McKinley informándole de los hechos
y preguntándole si quería retirar la denuncia
que él ya había presentado contra mí
-no cabe duda de que la justicia es extremadamente rápida,
llegando a proceder incluso antes de que el perjudicado
sepa que ha sido perjudicado-. Como McKinley estaba
muerto y el androide que había ocupado su lugar
no quería contactar con la justicia, ésta
siguió su inexorable curso.
Pero… ése no parece un
delito demasiado grave, dirán ustedes. Pues están
muy equivocados. El sistema judicial ha llegado hasta
unos extremos de eficiencia exasperantes. Y este hecho
se fundamenta en un principio asombrosamente simple,
que las matemáticas del caos revelaron hace ya
una década: el mantenimiento de un orden
inalterado para los asuntos e instrumentos cotidianos
confiere estabilidad al sistema. Dicho de otra
manera: la sociedad va como la seda si la ley se enfoca
hacia los aspectos menores del día a día
y se obvia todo lo demás.
¿Lo entienden ya? Actos que
en otros tiempos pudieran ser considerados graves, o
al menos censurables, por ejemplo atentar contra la
integridad de una persona -como hizo el androide que
mató a McKinley-, o chantajes millonarios -como
el que iba a realizar el mismo McKinley con la información
que contenía el holodisco que se encontraba dentro
del paquete que yo le debía entregar-, no se
encontraban sometidos a vigilancia y debían pasarse
por alto, saltándose por encima los cauces jurídicos
habituales, siempre que no interfirieran con lo que
se denomina “normalidad habitual del día
a día”. Sin embargo, un delito que afectase
al funcionamiento de un buzón de correos, asunto
aparentemente trivial pero que podría interferir
en los procedimientos administrativos del estado, retardar
la entrega de correspondencia comercial y convocar a
varias hordas salvajes de agentes de seguros, era algo
que debía ser resuelto de inmediato con la identificación
de un culpable que restituyera los daños y perjuicios
y que pagara ante la justicia y la sociedad. De esta
forma todo proseguiría dentro de una total “normalidad
habitual”.
Y aquí termina toda la relación
de esta historia con McKinley, el androide-camaleón
y el paquete. No tengo ni idea de lo que pasaría
con el androide ni de quién utilizaría
la información del holodisco. Si habían
pensado que esto iba a ser un relato sobre intrigas,
conspiraciones o tal vez de género negro, olvídenlo.
Lo siguiente tiene que ver con el tipo
que se suicidó cuando cumplió los treinta
años. Un suicidio es un crimen atroz en nuestro
sistema. Implica peritajes -de nuevo las compañías
de seguros- herencias o legados repentinos, con la alteración
de las rutinas de las vidas de los involuntarios herederos,
y en numerosas ocasiones impagos, deudas… imagínense
lo que significa esto en términos de acumulación
de alteraciones en la -perdonen que lo repita- “normalidad
habitual del día a día”. Y más
cuando los ciudadanos han llegado a ser auténticos
maestros en la práctica de la rutina.
Pues bien, me persono en el juzgado
y resulta que en ese instante se estaba celebrando el
proceso judicial contra el individuo que se había
suicidado. Y también resulta que el suicida,
confeso post-mortem -la nanotecnología
es muy eficaz reproduciendo procesos neuronales incluso
varios días después de que haya tenido
lugar la muerte cerebral- era técnico de mantenimiento
de la empresa que controlaba la capacidad autorreparadora
de un gran porcentaje de buzones de la ciudad. Así
que, cuando llegó mi turno, el juez-droide introdujo
en su banco de datos el archivo de mi juicio a continuación
del que contenía los datos relativos al asunto
del treintañero descontento con su vida. Dado
que la memoria extendida de los bancos de datos de los
droides es algo muy dinámico, el juez sospechó
rápidamente de que mi caso estaba conectado con
el del suicida.
Veredicto: culpable de incitación
al suicidio con fines criminales contra la propiedad
ajena.
Pena: catorce años y un día
de privación de libertad y pago de 20 millones
de euros.
Sin embargo, y aquí entra en
juego el segundo suceso que enumeré al comienzo
de mi narración, en aquel instante una cucaracha
de dimensiones descomunales irrumpió en el juzgado
-tras devorar un buen pedazo de pared- y arrancó
las cabezas del juez, el fiscal y el alguacil, todos
ellos droides, y después se comió la del
cadáver del suicida, que aún contenía
algunos nanobots. Su ansia por devorar polímeros
le llevó a comerse una butaca y, no contenta
con eso, a continuar destruyendo paredes y arrancando
cabezas de plástico cada vez que alguna se ponía
a su alcance.
A esas alturas yo ya había huido.
Ahora no me queda más remedio
que entregarme. Y eso representa un enojoso problema,
porque la cabeza del juez-droide desapareció
y, con ella, mi historial criminal y mi sentencia. Por
lo tanto, los trámites no seguirán los
cauces habituales. La cucaracha ha roto la cadena de
rutinas y protocolos que debían regir mi existencia
futura.
Sí, ya sé qué
piensan, que tengo la opción de huir en lugar
de cumplir mi pena, pero… ¿podré
soportar el vivir alejado de la tranquilidad que nos
proporciona un sistema legal que garantiza la “normalidad
habitual del día a día”?
publicado en abril
de 2008
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