| «La
esperanza es el peor de los males, pues prolonga el
tormento del hombre»
Friedrich Nietzsche
Prólogo: Un cuento para
dormir
-¡Abuelo! ¡Venga, abuelo,
cuéntame una historia!
El anciano Mohamed Boulaich se alejó
de la ventana, y olvidó al instante los últimos
rayos de sol sobre las tejas grises, los hombres preparando
sus modestas embarcaciones, las risas de las jóvenes
doblando la ropa limpia en las callejas.
Anochecía otra vez en el Paraíso,
y sus gentes abandonaban el asfalto, caliente y exhausto,
después de un largo día de terribles faenas…
Un día más.
-Eres incansable, ¿eh,
Ismael?
El viejo sonreía, entre el
mar de arrugas en que se había convertido su
rostro, y el niño le observó con la alegría
pintada en su negra carita.
-¿Qué historia
quieres que te cuente hoy?
-La de Haqq, abuelo, por favor…
Cuéntame la de Abdel Haqq.
-¿Otra vez? Estoy seguro
de que ya te la sabes mejor que yo...
-Pero es mi favorita. Venga,
abuelo, por favor…
-Muy bien… Como quieras….
El anciano respiró hondo, echó
hacia atrás la cabeza y dejó que los recuerdos
le inundaran. La felicidad y el dolor. Los olores, los
sonidos del desierto…
La muerte.
1. La revolución de
los analfabetos
Abdel Haqq…
Han pasado muchos años
desde entonces, pero nosotros nunca lo olvidaremos.
Puede que el resto del mundo termine por borrarlo de
sus recuerdos, y su estela se pierda en la bruma del
tiempo, pero la herencia de sus actos estará
siempre en África.
Él mismo se ha encargado
sobradamente de que la Historia no pueda ignorarle.
De que le haga inmortal. Poco importa ahora que sus
acciones fueran más o menos aceptables, si salvó
vidas o las condenó…
De un modo u otro, todos repetiremos
por siempre el nombre de Abdel Haqq.
Eran otros tiempos, una época
dura y maldita, en la que la orgullosa nación
de Nilidia vivía sometida bajo un duro régimen
colonial. Había sido conquistada en las primeras
décadas del siglo XIX, igual que el resto de
nuestros desafortunados vecinos, y esa odiada Reina
Victoria estableció una inamovible estructura
de castas en la que los nilidios de piel oscura, pobres
e incultos musulmanes que vivían de la tierra,
no éramos más que títeres sin voz,
esclavos para llenar sus minas y campos.
Por aquel entonces, Inglaterra
ya había desarrollado una enorme expansión.
Eran los años de la Revolución Industrial,
de la Era Victoriana. Lograron su tremenda ascensión
a costa de las pequeñas naciones a las que esclavizaban.
Abandonaron su viejo estado agrario y primitivo a cambio
de imponérselo a las provincias de ultramar,
que vivían condenadas a ese mísero primitivismo
para enriquecer al Londres de la fastuosa Reina de Gran
Bretaña y Emperatriz de la India.
Ellos construían ferrocarriles
por todo su territorio, y diseñaban nuevos sistemas
de aguas residuales y luz de gas, mientras en Nilidia
nos mataban el cólera y el tifus. Y a nadie le
importaba…
Excepto a Abdel Haqq.
Cuando él vio Nilidia, había
transcurrido un siglo de dominio inglés en nuestra
hermosa nación. Corrían los primeros años
cuarenta, y éramos todavía más
pobres que entonces. Cien mil ricos de piel blanca vivían
en Nilur, la capital del norte, gobernando con mano
de hierro a doce millones de árabes analfabetos,
que sólo podían rezar y guardar silencio.
Perder la vida trabajando, pero sin levantar la voz.
Él fue el primero en llevar
la contraria.
Nació como Jon Reuben Kane,
hijo del poderoso sir James Brogdan Kane, favorito de
la reina y regente de Nilidia, encargado por el grandioso
Imperio Británico del gobierno cruel e injusto
de una nación sometida. Y gracias a eso, nuestro
héroe pudo ver de primera mano la situación
real en que vivíamos…
Su madre fue la digna Umara Aziz,
bella como ninguna, que un día entregaron al
regente como compromiso de los pueblos del sur, y al
final su amor fue sincero e infinito. Ella le enseñó
al muchacho la sabiduría del mundo árabe,
y sentó las bases de lo que estaba destinado
a ser.
Estudió Derecho en Oxford,
y Ciencias Políticas, pero nunca creyó
que eso le bastara en la vida. Podría haberse
contentado con heredar la regencia de su padre, podría
haber sido un títere más de la Corona
Británica… pero eso no le interesaba.
Él deseaba conocer la auténtica
Nilidia.
De modo que se internó solo
y sin ayuda en las regiones del sur, un desierto cruel
e inhóspito a merced de las bestias salvajes
que lo consideraban su reino. Las bestias… y los
Tuareg, que se llaman a sí mismos Imoshag
1.
Nadie más que ellos podía
sobrevivir en las ardientes y letales arenas del desierto.
Ellos, un sinfín de pueblos nómadas que
se esparcen de manera caótica por al menos seis
grandes naciones de África, y que se consideran
hijos de las mismas dunas. Ellos, que viven organizados
en linajes familiares, y éstos a su vez en una
ettebel o tribu, y ésta regida por un
amghar o líder. Los Tuareg no son de
nuestro mismo origen, Ismael, sino que provienen de
los antiguos nativos del reino de Garama, famoso hace
muchos siglos por resistir imbatidos el acero y la furia
de los Emperadores Romanos. Y de la misma forma han
resistido desde entonces las invasiones árabes
e hilalianas. Y en las tierras de Nilidia vencieron
a los ingleses.
Fue de ellos que aprendió
Reuben Kane las técnicas del viaje por el desierto,
las costumbres de un pueblo más antiguo que cualquiera
que pudiera haber conocido, y el mundo tal y como era
realmente. Los Tuareg fueron su llave hacia los pueblos
musulmanes de los ríos del sur, y hacia su adopción
como uno más de los nilidios.
Cambió su nombre por el
de Abdel Haqq 2,
e inculcó en los pobres y los desheredados un
anhelo fuerte e imborrable: la lucha por un futuro mejor.
La exigencia de aquello que nos pertenecía por
derecho. Una vida próspera y libre. La revuelta.
Con frecuencia se ha dicho, Ismael,
que la revolución sólo puede calar entre
los más pobres, porque sólo ellos no tienen
nada que perder. Yo te digo también que los pobres
sólo pueden ser revolucionarios, porque es el
único gobierno que les promete comida y dignidad
para sus hijos.
El verdadero mérito es
el de Reuben Kane, que pudo ser un rico heredero británico
y regir sin destreza el destino de una nación…
pero eligió ser pobre y musulmán, y por
ello le convirtieron en caudillo.
Dos años después
de su partida y desaparición, Haqq volvió
a casa, pero lo hizo al frente de un millón de
soldados imazighen 3,
equipados con armas ligeras provenientes de Europa,
y entrenados en las mismas tácticas del Ejército
de Su Majestad. Cruzaron el desierto por rutas secretas,
sitiaron Nilur, nuestra orgullosa capital, y en sólo
ocho meses expulsaron para siempre a los británicos
de Nilidia. Las tropas rebeldes fueron clementes en
extremo, pese a la violenta oposición armada
de los impiadosos conquistadores, y la llamada Guerra
de Liberación quedó finalmente reducida
a una sangrienta lucha de guerrillas, de la que todos
se avergonzaron…
Era 1943, y Abdel Haqq fue nombrado
primer Presidente de la República Islamista de
Nilidia. Y reunió en torno a su heroica figura
un nutrido Gobierno de reconstrucción que devolviera
la grandeza a un país que nunca debió
perderla: Baraka ibn Hallim fue el Ministro de Agricultura,
y su labor era que nunca faltase comida en el plato
de una sola familia. Zara Dermin llevó el Ministerio
de Industria, y construyó bajo su guía
numerosos puentes, presas y ciudades, que llevaron calidad
de vida a la gente. El anciano Taymullah, antiguo profesor
universitario, fundó el Ministerio de Educación,
y se encargó de formar a los niños, y
más tarde a los adultos, para aprender lo que
sus amos nunca les habían permitido. Y por último,
a Omar Bekkrin se le entregó el mando del Ejército,
para reforzar sus defensas, y asegurar que nunca volvieran
a someterse a nadie.
Y Kane nos guió a todos…
Nuestro héroe libertador
contrajo matrimonio con la bellísima Zara Dermin,
y pocos meses después se anunció que esperaban
descendencia. El pueblo de Nilidia celebró seis
días de fiesta en honor de la pareja.
Muchos años duró
aquella paz y felicidad, y gracias a él los nilidios
aprendimos a confiar en nuestras propias posibilidades.
Fue por eso que en la crisis mundial
de 2010, sólo Nilidia y su rico subsuelo pudieron
responder a las crecientes demandas energéticas
de un mundo superpoblado. Y cuando el poder de Occidente
se derrumbó sobre sí mismo, y las grandes
naciones cayeron como fichas de dominó, entonces
los soldados del Presidente Haqq cruzaron Europa como
hijos vengativos.
La Tierra se había convertido
en un lugar trágico y penoso, en el que el hambre
eterna e inhumana de los países ricos había
esquilmado las reservas naturales. Ya no quedaba petróleo,
ni maíz en los campos, ni hielo en la Antártida.
Destruyeron la capa de ozono, sacrificaron las regiones
costeras al saber del ascenso del nivel del mar, y dieron
vida a nuevos e innombrables horrores. Habían
conseguido erradicar la viruela, y muchas de las enfermedades
de otra época eran tratables sin dificultad…
en el Primer Mundo.
Pero mientras unos mantenían
su nivel de vida a costa de los demás y del mañana,
en África seguíamos igual de pobres. Y
enfermos. El cólera y la malaria se habían
convertido en familiares poco deseados, y la propia
riqueza de nuestros campos y minas no significaba nada
en el mercado internacional.
Hasta que Abdel Haqq volvió
a tomar la palabra.
Y en aquel famoso Domingo de Resurrección
cristiano, los Ejércitos de Nilidia agruparon
bajo su bandera a todos los Hombres Libres del norte
de África, y volvieron a cruzar el Estrecho con
ansias de conquista, del mismo modo en que lo hizo Tariq
bin Ziad en el 711 d.C. Las legiones imazighen atravesaron
Europa como firmes dominadores de un territorio que
nunca debieron haberles negado, y apenas tuvieron que
abrir fuego un par de veces en las afueras de Berlín.
Occidente se había hundido bajo el peso de su
propia grandeza, y admitió benevolente a sus
nuevos dueños.
Guerrilleros bereberes en los
Campos Elíseos, en Varsovia, en el Big Ben. Los
aviones y los barcos de los Pueblos Unidos de África
se proclamaron señores de toda Europa sin apenas
violencia. Y nuestro gran señor fue dueño
ya de dos continentes.
Navegábamos silenciosos
por el Canal de la Mancha, y nuestras negras pieles
calcinadas por el sol devolvieron la visita de setenta
años atrás a la estirada Reina de Inglaterra.
Y tuvo que rebajarse y sonreír a sus conquistadores.
El Presidente de turno de la Unión
Europea se entrevistó por una hora con los capitanes
de los Ejércitos victoriosos, y en esa misma
reunión aceptó someterse.
Corría el año 2015,
y en el día preciso en que cumplía un
siglo de edad, Abdel Haqq fue nombrado Emperador de
toda Europa y Norte de África.
El hombre más poderoso
que jamás ha existido.
Y llevó la riqueza de nuestra
cultura a los mismos reyes blancos que antes nos habían
despreciado.
El anciano Mohamed Boulaich apartó la vista de
la ventana, y al volver a mirar a su nieto, vio satisfecho
que estaba dormido como un ángel.
Sonrió, apagó la luz,
y entre tinieblas salió del cuarto.
Un día más había
acabado…
2. La decepción por
la victoria
Sin embargo, al dejar la habitación,
se encontró cara a cara con su hija, la hermosa
Yaiza. Y su rostro era de enorme enfado.
-Padre, ¿qué has
hecho?
-Hola, princesa, ¿qué
sucede?
-Sabes bien lo que sucede. Esas
historias malditas están prohibidas en esta casa,
y tú te empeñas en seguir haciéndolo.
-No quiero volver al tema de
siempre, Yaiza.
-No, claro, a ti te da igual
lo que yo piense. Le metes ideas al niño en la
cabeza, tus ideas, las mismas que sabes que
yo desprecio. Pero no te importa lo que eso provoque,
¿verdad? Vas a hacer de él un soñador
como tú, un infeliz. ¿Es eso lo que quieres
para tu nieto?
-No creo que sea tan mal destino.
Es nuestra historia, Yaiza, y el niño debe conocerla.
¿Debo sentirme yo culpable por eso?
-Es tu versión
de la historia, padre, y sabes que quitaste muchas cosas
que no te gustan. ¿O acaso niegas todo lo que
pasó después?
-Eso es tema para otro día…
Habría mucho que hablar al respecto…
-Por supuesto, eso ya no te interesa,
¿verdad? Terminas tu historia con el gran
héroe de la guerra convertido en dios, llevando
su enorme sentido de la justicia por todo el continente
europeo… Pero ocurrieron muchas más cosas.
¿O ya se te ha olvidado? Cuando se volvió
un tirano… igual que los ingleses…
-Eso no es cierto… No
fue igual…
-¿No fue igual?
¿Me lo vas a contar a mí? ¿Cuando
llenó las calles de soldados, y las casas de
micrófonos? ¿Cuando prohibió las
reuniones y controló la prensa y la televisión
para decidir lo que el pueblo llegara a conocer? Cuando
empezó a desaparecer gente, y nunca más
volvimos a saber de ellos… Yâzid Allül,
Mujâhid Kabral, Burhan bin Müllah…
¿Te suenan de algo?
-Tú no puedes entenderlo…
Eres demasiado joven… Él sólo quería
nuestra seguridad. Los ingleses estaban furiosos, e
hicieron de todo para reconquistar su preciosa isla.
Había un plan secreto para infiltrar espías
en los altos cargos del Gobierno…
-Eso es mentira, padre, y tú
lo sabes. Ésa fue la invención de nuestro
gran héroe, para causar el pánico
y conservar el poder.
-Haqq no lo hizo por el poder.
Él ya había nacido con poder, estaba acostumbrado
a gobernar Nilidia, y sus pensamientos sólo se
dirigían al bien común. Lo hizo por
nosotros…
La mujer observó los ojos cansados
de su padre, y no pudo retener las lágrimas.
Y cuando habló, su garganta era un nido de rabia
y dolor acumulados.
-¿Cómo?
¿Que lo hizo por nosotros? ¡Maldita sea,
padre, lo hemos perdido todo! ¡Por culpa de Haqq
estamos refugiados en un país extraño,
viviendo de la miseria y hundidos en la vergüenza!
¡Por su maldita culpa te expulsaron de la Universidad,
y a mí del trabajo! Y sólo porque él
lo quiso fue encerrada mamá en un campo de prisioneros
hasta que murió de hambre, y yo perdí
a Umayr en el Atlántico…
Yaiza Boulaich se derrumbó entre
sollozos, y el dolor de otro tiempo vino a ensombrecer
aún más su terrible presente.
El anciano la rodeó con sus
enormes brazos castigados por el sol, y no pudo decir
una sola palabra.
Cuando finalmente la mujer levantó
la cabeza, su voz llenó el aire con el estruendoso
sonido de la verdad:
-Abdel Haqq ha destrozado mi
vida, padre. Yo también creí en sus sueños
de grandeza, en su lucha por un porvenir justo…
pero lo único que me ha dado es sufrimiento.
Voy a luchar por salir adelante, puedes estar seguro
de eso, por mi hijo, y por la memoria de Umayr, que
así lo querría… Pero no pienso vivir
siempre con el fantasma de la Europa hundida sobre mi
cabeza.
Tuvimos que escapar de noche de nuestros
propios hogares, corriendo como ladrones para no ser
capturados por su maldita Policía Interior. Muy
bien. Lo acepto.
Debíamos cruzar el Atlántico
en un ruinoso pedazo de madera rota, y allí me
despedí para siempre del único hombre
al que podré amar. Y duele, como nunca soñé
que dolería nada en la vida, pero puedo superarlo
si es a lo que me obliga el destino.
Y ahora, cuando se supone que ya estamos
a salvo, tenemos que vivir en este lugar, donde no ganamos
apenas ni con qué alimentarnos, y somos mal vistos
y despreciados sin motivo… Me va a costar, padre,
pero juro por ese niño que duerme detrás
de la puerta que lo voy a conseguir. Porque ni todos
los tiranos del mundo, ni sus crueles ejércitos
ni los mares que nos rodean podrán impedir que
vea a Ismael convertido en un hombre. Y feliz, ya que
yo no lo seré nunca.
Ahora bien, lo que no consentiré
más es que le cuentes a mi hijo tus mentiras
sobre el malnacido que acabó con la vida de su
padre. Porque yo no le implico en los horrores del pasado.
Yo no le cuento nada sobre las torturas que sufrimos
toda la familia por considerarnos sospechosos, ni sobre
los ataques con gas tóxico que lanza el propio
Ejército contra las naciones sometidas, sólo
para probar su eficacia… ni sobre la miseria a
la que Abdel Haqq condena a su propio pueblo, mientras
él fabrica armas nucleares con las que provocar
a sus vecinos. ¿Quieres que le explique esas
cosas, padre… con detalle?
El viejo hundió la cabeza entre
los hombros, y su voz se oyó a lo lejos, como
un susurro.
-Yaiza… Sé que
son recuerdos difíciles… Que todos lo pasamos
mal por mi culpa… Y no puedo evitar sentirme responsable
por lo que te hicieron… Pero yo también
soy parte de esos recuerdos difíciles…
y no puedo negar quién soy, a pesar de todo…
Epílogo: El ministro
que huyó en el mar
Mohamed Boulaich caminó solo
y despacio por la diminuta aldea, en dirección
a su modesta casita. Y por primera vez en mucho tiempo,
lloró en silencio.
Recordó la antigua belleza
de Nilidia, el ardor de la guerra, y la importancia
de los valores por los que luchaban. Aquellos tiempos…
Cuando aún había buenos y malos, y estaba
claro quién pertenecía a cada bando. Antes
de que todo cambiase, de que el hombre en el que confiaban
se convirtiera en su enemigo, y tuvieran que enfrentarse
a él como antes habían hecho con los malditos
británicos.
Los tiempos en que Boulaich se hacía
llamar Taymullah, Ministro de Educación de Nilidia,
maestro de niños y adultos en tiempos de Abdel
Haqq. Uno de los muchos que creyó en los valores
de la Revolución, y que seguía creyendo
incluso ahora.
Ahora, que vivía como inmigrante
en un pequeño pueblito de la costa brasileña,
con nombre falso y una existencia mísera. Ahora,
que vendía su poca salud trabajando en una oscura
fábrica de conservas, de sol a sol, por cuatro
asquerosas monedas que apenas le llenaban el plato.
Ahora, que tenía que ver a su nieto flaco y a
su hermosa hija sola y triste… Y dar las gracias,
porque aún tuvieron suerte.
Él, que había sido Profesor
de Universidad, Ministro de Cultura, y uno de los más
valiosos intelectuales de su país… Y ahora
tenía que esconderse entre extraños de
los fantasmas del pasado… y del asco del presente.
Boulaich miró a las estrellas,
las mismas que lucen impasibles en las gélidas
noches del desierto… y lloró amargamente.
Y supo que algún día Abdel Haqq lograría
encontrarle. Aunque tuviera que atravesar cien mares
y todos los continentes… Cualquier cosa, con tal
de llevar a cabo su venganza.
Y entonces, Boulaich y su familia
morirían, de alguna forma atroz.
Pero hasta ese momento, decidió
seguir con su pacífica vida, caminar hasta su
pobre hogar, y aguardar pacientemente el día
en que ocurriera. Y disfrutar de su dura y desagradecida
existencia en América…
La que se habían ganado
con tanto esfuerzo.
(Porque él, a pesar de todo
cuanto había ocurrido, y del dolor que ello le
acarreaba… aún seguía creyendo en
los ideales de la Revolución)
«Toda persona que emigra lleva a sus espaldas
una historia que le persigue»
REFERENCIAS
1.-
No está claro de dónde proviene el término
«Tuareg»: Se habla de un origen en su ancestro
Tariq bin Ziad (que conquistó la Hispania Visigótica
en el 711), o bien en una palabra arábiga que
significa «Abandonados por los dioses»,
o incluso en la antigua ciudad de Fezzan, denominada
Targa en las lenguas bereberes. De un modo u otro, ellos
prefieren llamarse Imoshag, Imushaq, o Imuhagh
(que significa «Hombres Libres»
u «Hombres Nobles»). [volver]
2.-
Abdel Haqq: «Sirviente de la Verdad».
[volver]
3.-
Imazighen (Plural de Amazigh): «Hombres
Libres.» Nombre con que se designan a sí
mismos los pueblos bereberes del norte de África,
por considerar peyorativo el nombre «bereber»
(pues proviene del latín «barbarus»:
«Bárbaro, que rehusaba integrarse a la
cultura grecorromana»).[volver]
publicado en diciembre
de 2008
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