|
Bienvenido,
gran señor, a mi humilde morada.
Venís a presentaros a estos
ancianos ojos ya sin vida, grandioso y rutilante, con
vuestra bella armadura de plata y un sinfín de
naves de guerra que opacan mi cielo. ¿Y buscáis
mi palabra? ¿Mi consejo?
Tal bondad os honra. Vos, gran señor
de un mundo de castas y espadas, de furia y batalla,
os presentáis en mi vieja caverna, haciendo gala
de una modestia que no creí posible ya, y pedís
que os hable.
¿Tal es la fama que ha adquirido
el milenario Kanegusi, que los más grandes señores
de la guerra acuden a visitarlo, a escuchar sus rancias
palabras de ayer, sus historias de otra época?
En verdad os digo, grandioso caballero, que cientos
son los mundos que he hollado, miles las constelaciones
que he visto apagarse como velas que se extinguen con
el viento, y un millón las vidas de amigos que
se me han escapado entre los dedos, como agua que fluye
entre los huecos de un cedazo. Ciertamente, mis días
se cuentan por eones, mis vivencias son historia ya
del mismo universo en que habitamos, y mis ojos han
visto por desgracia todo cuanto de bueno y de malo hay
bajo el negro tapiz de las estrellas.
¿Queréis mis consejos,
gran señor? ¿Deseáis que os cuente
los eternos secretos del cosmos? ¿Las malignas
verdades detrás de los agujeros negros, de la
vida y de la muerte, de la música que tocan las
galaxias en su eterno viaje?
Como gustéis…
Os contaré una historia, y
espero agradaros…
Ocurrió hace muchísimo
tiempo, a una distancia innombrable de aquí,
en el entonces llamado planeta Verador, un hermoso jardín
de selva y sol en el antiguo sector Delta-35-C (según
la clásica denotación que marcaron los
Dioses Cósmicos en su Tercer Peregrinar por las
Estrellas, y que hoy nadie en su sano juicio recuerda
ya…).
La noche se escabullía entre
susurros, lenta y perezosamente, bajo el efecto de los
dos potentes soles de Verador. Su luz era clara y brillante,
devolviendo la vida a un mundo que llevaba demasiado
tiempo entre tinieblas. Ante sus rayos, las alimañas
buscaban lugar donde ocultarse…
Y los monstruos regresaban a los túneles.
Durante siglos, Verador había
seguido un macabro ciclo de muerte y resurrección
continuas, marcado sin fin por el perpetuo viaje de
sus dos soles por un cielo azul inmaculado. Quién
diría los horrores que despertaban al marcharse
su luz… Los innombrables seres que corrían
por sus campos y sus junglas, que limpiaban sus negras
pezuñas en los arroyos inmaculados, y que se
mofaban burlescos de todo cuanto puro y sagrado hay
en la naturaleza. Cuando caía la noche en Verador,
hasta los más salvajes depredadores temían
por sus vidas, pues eran conscientes que lo que habitaba
en los túneles ignoraba el perdón, y la
cordura…
Un día aciago, orgullosos señores
de la guerra provenientes de un mundo más puro
quisieron colonizar Verador. Llegaron en sus imponentes
naves espaciales, en sus ciudades volantes y sus dragones
vestidos con armadura, y vieron con gusto aquellas selvas,
aquellos montes, aquellos lagos y ríos de agua
pura. Y creyeron que podrían habitarlos.
Insensatos…
Durante el día, todo fue paz
y dicha, y aquel mundo joven y desconocido se plegó
a sus nuevos dueños. Levantaron urbes de metal,
y puentes sobre los ríos, y transformaron la
superficie a su antojo. Y se creyeron dueños
de Verador.
Aquellos altivos guerreros eran huérfanos
del espacio, viejos supervivientes de un mundo antaño
destruido por sus propios hijos, cuya sabia evolución
no les sirvió más que para crear ingenios
más dañinos, naves más terribles,
métodos de muerte cada vez más eficaces.
Hasta que fracturaron la misma superficie del planeta,
secaron los mares y lagos, y abrasaron su delicada atmósfera.
Hasta que hicieron inhabitable su propio hogar…
Sólo un puñado de ellos
había escapado a la condenación, montados
en sus vehículos más grandes y capaces,
destinados a surcar el cosmos en busca de otro lugar
en que vivir. Pero con la lección bien aprendida,
marcada a fuego en sus conciencias.
Ahora creían que Verador podría
ser su nueva oportunidad. Su única opción
de enmendar los errores cometidos y empezar de cero.
Y durante un tiempo fueron felices.
Hasta que llegó la noche…
Y Verador fue tragado por las sombras.
Como consecuencia del hecho de orbitar
dos soles gemelos, unido a su propia rotación
natural sobre sí mismo, había un período
de tiempo en que la mitad del planeta quedaba sumida
en la más terrible oscuridad, hasta que de nuevo
su perpetuo movimiento lo llevaba a caer bajo los rayos
luminosos de la estrella vecina.
Día, noche, luz y oscuridad
alternándose sin fin, en una larga y perpetua
órbita en ocho que marcaba el devenir de sus
demonios. Vida y muerte.
La muerte que se desató sobre
los confiados señores de la guerra.
Cuando las sombras tiñeron
la mitad sur de Verador, y la luz se evaporó
como agua que fluye entre los dedos, un ejército
de diablos negros y salvajes emergió de los túneles.
En silencio, sin dar más pruebas de su existencia
que los chillidos de los muertos y los cadáveres
mutilados, se extendieron. Salían de la nada,
de las infinitas cavernas talladas en siglos de existencia
furtiva, y su presencia traía la muerte más
pura y terrible. Garras y colmillos, pelo y pezuñas.
Bestias innombrables tan viejas como el mismo planeta
en que vivían, hambrientas de sangre y cuerpos,
deseosas de catar las nuevas presas que llegaban de
los cielos. Empezaron a esfumarse los brillantes conquistadores,
a desaparecer sin dejar rastro en un mar de gritos y
agonía. Y luego los hallaban, esqueletos pelados
desprovistos de carne y ropa, huesos roídos y
quebrados.
Y les inundó el miedo.
En la primera noche murieron seis
mil hombres, y otro tanto en la segunda.
Al tercer día, el Gran Líder
de aquellos seres sin mundo propio, de aquellos nómadas
por obligación, supo que había que tomar
medidas. Si no, amenazaban con extinguirse…
Llenó la superficie boscosa
de armas escondidas entre ramas, de cañones ocultos
en el follaje, de células fotoeléctricas,
detectores de movimiento y minas de presión.
Ordenó a los suyos que volvieran a sus naves
y urbes, y que en esa noche en cuestión no hubiera
un solo habitante que no estuviera protegido. Cerraron
las grandiosas puertas de metal, clausuraron las ciudades,
y aislaron su delicada sociedad de viajeros esperanzados
tras el miedo a unas criaturas que nunca habían
visto.
Declaró la guerra a los monstruos.
La tercera noche, pareció que
era otra vez de día. Fuego, estallidos, ráfagas
de balas explosivas y detonaciones sin fin. La tierra
completa se estremeció en un momento, y la frágil
cáscara de tierra que era en verdad aquel mundo
tembló por el fragor de la batalla. A la mañana
siguiente recuperaron unos doscientos cuerpos destrozados.
Seres de pesadilla, deformes y horrendos, creados sólo
para la muerte y el dolor. Largos brazos acabados en
garras afiladas, piernas musculosas pensadas para el
salto, grandes orejas y hocicos para seguir a sus presas.
Ojos adaptados a la noche, pezuñas acolchadas
para caminar en silencio, y sobre todo, fauces enormes,
capaces de tragarse a un hombre entero, y dotadas de
agudos colmillos como puñales sangrientos, que
igual cortaban el músculo que el acero.
Monstruos salidos de sus sueños
menos confesables.
Y lo más asombroso de todo,
lo que más llenó de miedo sus corazones,
fue el hecho de que, a la llegada de las primeras luces
del día, esos restos impíos comenzaron
a disolverse, envueltos en vapores corrosivos, deshaciéndose
al contacto del aire puro y la mañana.
Aquellos demonios eran hijos de la
noche. Por eso escapaban a los túneles.
Los guerreros se felicitaron por su
éxito. Habían diezmado al enemigo, habían
inutilizado su ataque, y cobraron tantas piezas que
pocos más podían quedar en los túneles.
Volvieron a equivocarse.
La noche siguiente fue la más
terrible de todas. Nadie sabe cuántas bestias
hubo recorriendo el planeta, ni cómo lo hicieron,
pero verdaderamente habían aprendido la lección,
pues esta vez las armas no lograron abatir ninguno de
ellos. En vez de eso, mataron a diez mil hombres.
Ciudades enteras fueron despobladas,
arrasadas, plagadas de esqueletos limpios y quebrados,
mientras respetaban las casas y edificios, dejándolos
intactos. Vacíos. Ciudades fantasma sólo
recorridas por el viento y la niebla. Y la muerte…
El pavor atenazó a los grandes
hombres. Sabían que estaban condenados, y que
sólo hacía falta tiempo para que terminaran
de extinguirse. El Gran Consejo se reunió de
modo extraordinario, y tomaron una decisión desesperada:
matar o morir. El genocidio de los otros o el suyo propio.
Y eligieron vivir.
La táctica se llamó Bombas-Depredador.
Pequeños ojos voladores, inteligentes y autónomos,
cargados con suficiente explosivo para desgarrar el
planeta entero. Antes de que volviera a caer la noche,
las mortales esferas cruzaron el rojo cielo de Verador,
colándose por las grietas y fisuras del suelo,
buscando inmisericordes a su presa.
Hallaron los túneles, enormes
galerías de roca trazadas durante miles de kilómetros
y millones de años, esculpidas generación
tras generación por manos que nunca fueron humanas,
hasta dejar la piedra lisa como el mismo algodón.
Vieron las conducciones y pasillos, las salas de altísimos
techos negros, los pozos tan oscuros y profundos como
si llevaran al más terrible infierno.
Y por primera vez, los grandiosos
señores de la guerra contemplaron a sus enemigos.
Allá, lejos del mundo y la
realidad, donde parecía acabarse Verador, encontraron
el origen de todo cuanto horror había sufrido
aquella gente: solitaria, aislada, sobre una inmensa
catarata de muchos kilómetros de profundidad,
había una sala redonda, de piedra negra y mármol
oscuro, decorada con grandísimas estatuas de
hombres y dioses.
Bajo ella circulaban aguas tan negras
y corruptas que sólo verlas aterraba, plagadas
de viejos cadáveres putrefactos y la sangre de
otros tiempos. Y sobre ella, un centenar de monstruos
deformes correteaban por los suelos, jugando como niños
traviesos, profanando los mármoles y estatuas,
disfrutando los obscenos placeres de la carne.
Unos devoraban frenéticos las
últimas tajadas de algún valiente soldado,
otros se amaban sobre el mármol de una forma
repulsiva y sacrílega, y algunos les observaban
maliciosos. Sangre derramada sobre paredes y efigies,
víctimas raptadas y encadenadas a postes, sometidas
a horribles torturas que se prolongarán durante
siglos, bajo las miradas y las risas de demonios. Dientes
y maldad.
Pero la forma más horrenda
de todas, el ser más inmundo y deforme de cuantos
allí podían verse, estaba al fondo. Cerca
del ventanal, tumbado boca arriba sobre su enorme espalda,
incapaz de moverse, había un monstruo incomprensible
y turbador, de aspecto tan pavoroso que era imposible
mantener la vista fija en él. Su tamaño
era inconcebible, su piel negra y brillante, oleosa,
vertiendo aceite por cada uno de sus poros. Su cuerpo
era una masa informe y repulsiva, con un centenar de
largos apéndices móviles y flexibles,
como negras patas articuladas y acabadas en punta. Y
su cabeza era lo más espeluznante de todo. Enorme,
triangular, con grandes ojos brillantes que lucían
como faros de maldad en aquel ambiente opresivo, y unas
gigantescas fauces babeantes de dientes afilados. Capaz
de tragarse a un hombre entero de un solo bocado, y
de matarlo sólo con la vileza de su mirada.
En la negra sala llena de monstruos,
aquel ser impuro e innoble destacaba por su maligna
presencia. Como un veneno mortal que emponzoñara
el aire.
Juntos, reunidos en torno a la enorme
pantalla que transmitía las imágenes,
aquellos miembros del Consejo Científico se estremecieron
al verlo. El miedo y la aversión les atenazaron
sin remedio, pues nunca soñaban contemplar figuras
parecidas. Sabían que se enfrentaban a monstruos
crueles, a horribles criaturas de la noche sin miedo
y sin piedad, a sus mismas pesadillas… Mas nunca
imaginaron algo como esto. Tan salvaje, tan inhumano…
Y si temblaron como hojas sólo
con verlo, aún mucho peor fue lo siguiente que
observaron: del engendro nacieron más de quinientas
esporas negruzcas, yemas redondeadas que brotaban de
su abdomen, y que tan pronto como caían al suelo
empezaban a crecer y desarrollarse. Y de ellas surgían
nuevos monstruos. Nacían ya adultos, con sus
garras y colmillos dispuestos a matar, y terriblemente
hambrientos. Se lanzaron sobre sus propios compañeros,
arrebatándoles la comida de las manos y las bocas,
e incluso a veces era a ellos mismos a los que devoraban.
Su crueldad era infinita, y el salvajismo era su único
instinto natural.
Entonces fue cuando los grandes señores
de la guerra comprendieron que aquello nunca acabaría.
Mientras uno solo de ellos siguiera con vida, los monstruos
querrían alimentarse a su costa.
Aquel ser horrendo, aquella reina
de demonios, no dejaría de parirlos nunca, y
su propia selección natural los haría
cada vez más hábiles, más sanguinarios.
Hasta que no quedara uno solo de sus enemigos.
En la pantalla, el combate se recrudecía
entre demonios jóvenes y veteranos, haciendo
saltar restos impíos y una sangre negruzca y
espesa. Hasta que uno de ellos, empujado por su propia
violencia, cayó junto al abdomen del ser que
era la madre de todos. Y ésa fue su perdición.
Porque al instante, una decena de largas patas negruzcas
le atraparon sin remedio, y tiraron de él en
dirección a su amargo final: la enorme boca afilada
de su reina.
No tardó más que
cinco segundos en tragárselo.
Y así, la cadena alimentaria
se cerró, y la selección natural quedó
asegurada. El demonio madre no podía moverse
ya, ni alimentarse por sí misma, pero eso estaba
resuelto con la carne de sus hijos más ancianos,
y por tanto menos útiles a la manada. Sólo
aquellos miembros jóvenes y fuertes, salvajes
y temerarios, serían respetados por el grupo,
y ganarían su valor ante los otros cobrándose
más piezas que ninguno.
Piezas…
No era otra cosa que los altivos señores
de la guerra de Verador.
El Gran Líder no pudo soportarlo
más. Se agachó sobre el enorme tablero
de mandos, y oprimió el fatídico botón.
La explosión fue terrible, como
un nuevo Big Bang, limitado a aquel lejano y olvidado
rincón del universo. La frágil cáscara
del planeta se hizo añicos como un cristal reventado
por la onda expansiva. Los mares hirvieron, las tierras
volaron en pedazos, y la antigua atmósfera fue
calcinada en el acto.
Verador fue consumido en apenas minutos,
esparciendo por el Universo millones de diminutos vestigios
de roca, naves y fortalezas olvidadas, y mil almas sacrificadas
al Dios de los Muertos.
-¡Mi señor! -gritó
el portavoz del Consejo Científico-. ¿Por
qué habéis hecho esto? Condenasteis un
planeta fértil, y a nosotros a vagar sin descanso
por el Universo, sin esperanza de hallar nunca un lugar
donde cobijarnos…
-¿Y acaso teníamos otra
opción? -respondió el Gran Líder-.
Ese planeta era el infierno, disfrazado de bello paraíso.
No, debíamos marchar, huir de la condenación
que nos tenían reservada. Pero no sin vengar
a aquéllos que murieron…
»Hoy los monstruos han sido
extinguidos, como pretendían hacer con nosotros,
y todo su mundo es ahora cenizas vagando por el espacio.
¿Y eso os preocupa? Nosotros somos vagabundos
del cosmos, no nos resulta extraña la vida del
peregrino, y poco importa ya vagar otro siglo, otro
milenio, con tal de obtener lo que soñamos.
»Hoy este mundo se ha convertido
sólo en fragmentos inertes de lo que fue, pero
algún día eso cambiará. Algún
día los fragmentos volverán a caer hacia
su antiguo núcleo, atraídos por la misma
gravedad que fue la suya, y con el paso de los siglos,
conformarán de nuevo un gran planeta. Del mismo
modo que ocurrió en su origen, las rocas se unirán,
y renacerá Verador del caos en que lo hemos convertido.
Y albergará otra vez la vida. Crecerán
las plantas, y las bestias, y tal vez surja una nueva
especie dominante que los subyugue a todos. Se alzará
del suelo curiosa y temeraria, buscando hacerse dueña
del paraíso que la rodea. Someterá a los
seres inferiores, esclavizará a las bestias y
plantas, y construirá su civilización
a golpe de fuego y crueldad. Se creerán amos
del todo, señores de la Creación y el
Universo, y ofenderán con su arrogancia a los
mismos Dioses Cósmicos bajo cuya ala se criaron.
»Y entonces regresaremos nosotros.
»Atraídos por su crédulo
poder, por su valor sin sentido y sus avances pretendidamente
superiores. Guiados por su estela de engreimiento y
soberbia, bajaremos del cielo para hacernos sus dueños,
y entonces sabrán cuál es su lugar en
la pirámide del cosmos. Porque, amigos míos,
lo que nos habrán regalado mil millones de años
de distancia será el sometimiento. Esa futura
raza de hombres crédulos será una nueva
especie mucho más manejable, mucho más
endeble e incapaz de repelernos. Serán bobos,
serán niños bajo la espada cruel de la
guerra. Y nosotros haremos caer esa espada sobre sus
débiles cabezas.
»¿Que hemos de esperar
una eternidad para lograrlo? Aunque sean mil eternidades,
queridos amigos. Porque algún día volveremos
a Verador. Y no será como visitantes, sino como
herederos de un Imperio…
Conclusión
-¿Y bien? -preguntó el
joven guerrero de la armadura de plata-. ¿Cuál
es la lección en esa historia, anciano? ¿Es
acaso una parábola acerca de mi origen noble
y el de mi raza? ¿Somos nosotros esos huérfanos
del espacio, avocados a viajar de un mundo a otro sin
hallar consuelo, y a que nuestro propio orgullo y desprecio
aniquilen todos los paraísos en que pretendemos
habitar? ¿Lo he entendido bien, gran Kanegusi?
-¡Je, je, je! ¡Eres un
tonto engreído! Vosotros no sois los peregrinos,
sino las bestias sin razón que sólo saben
matar para vivir, incluso a sus propios hermanos. Te
crees muy importante, niño imberbe, pero vales
menos en el universo que el polvo sin forma que escupen
las estrellas. Y algún día lo verás…
Oh, y tanto que lo verás…
»La leyenda de Verador ha pasado
de bocas a oídos durante muchas generaciones,
pero en verdad fueron miles de millones los planetas
que aniquilaron en su lento vagar. Tal vez el tuyo fuera
uno de aquéllos… Tal vez en aquel pasado
tu ostentosa raza no era sino demonios grotescos mancillando
la tierra. Profanando el cosmos con su mera existencia.
Y ahora, oh, gran señor, por fin os habéis
convertido en esa “nueva especie mucho más
manejable” que el Gran Líder buscaba.
»Marchad ahora de mi casa, joven.
Ya os he regalado la sabiduría que pedisteis,
y he sembrado en vuestro corazón la semilla del
miedo. La verdad aterra, ¿no es cierto? Volved
a vuestro hogar, pero no dejéis nunca de mirar
al cielo. Porque un día, cuando menos lo esperéis,
los altivos señores de la guerra volverán
a visitaros, y reclamarán el mundo que fue suyo.
»Y entonces sí que sabréis,
con total seguridad, lo poco que valen vuestras vidas…
publicado en junio
de 2008
|