| “Bajo la esfera explicada
de cosas y acontecimientos separados, se halla una esfera implicada
de totalidad indivisa, y este todo implicado está simultáneamente
disponible para cada parte implicada”.
David Bohm, La totalidad y el orden
implicado.
“Lo inconsciente está asentado
sobre un estrato perinatal en el que se concentran las experiencias,
traumáticas o no, del proceso del nacimiento biológico”.
Stanislav Grof, Matrices Perinatales
Básicas.
Mira un palmo por encima del agua, donde el
sol de la mañana trata de abrirse paso entre zarcillos
negros defecando ceniza que algunos osados peces, recuperados
tras la explosión, confunden con comida caída del
cielo; el maná de los testigos. Presta especial atención
a la calma que subyace tras el estruendo. Contempla la bóveda
celeste que permanece incólume e inculca con sus brillantes
dedos de oro las buenas maneras con que a la atmósfera
gusta tratar incluso a aquellos que algún día la
herirán de muerte. Un brazo cuelga de uno de los lados
de la improvisada balsa, cosquilleando las olas. Pedazos de madera
en derredor, que vagarán a la deriva hasta encallar quizá
en alguna playa remota, que el tiempo y el salitre pudrirán
despacio; las carcasas del cementerio flotante. Tinte escarlata,
como una amenaza de medusas. Círculos concéntricos
alrededor de la balsa, síntoma de que la onda expansiva
abandonó su punto de origen hace demasiado. Contempla el
nuevo principio tras la Cúspide del Eón Azul. Presta
especial atención al hecho de que ya no quedan más
que restos, orgánicos e inorgánicos a partes casi
iguales pero en una mínima proporción de lo que
fue, apenas un recordatorio del hundimiento de la mayor proeza
de ingeniería náutica creada jamás. Mira
el cielo despejado, ahora que el humo se ha disipado, las astillas,
la ausencia de metal, que en estos momentos debe yacer en el fondo
del mar que dio a luz a la venganza desatada durante la noche
del parto más doloroso. Siente el pitido en los oídos,
añadiendo un burlón fondo musical a la escena.
El náufrago vuelve a cerrar los ojos.
Se deja mecer por la ligera marea y bloquea en su mente cualquier
elucubración al respecto de que ésta pueda llevarle
de vuelta a puerto, a salvo. Jamás debe uno fiarse de las
historias de viejos marinos, porque están teñidas
de alcohol y orgullo y otras cosas que a llevan a los jóvenes
a perder las formas y el sentido de la orientación de sus
propias vidas y enrolarse a ciegas en una aventura de muerte,
destrozo, carne desgajada. Siente el calor en la barbilla. Un
cosquilleo le adormece la pierna izquierda y le lleva a preguntarse
si la explosión no se la habrá cortado de raíz,
si esa sensación no es un recuerdo en el lugar donde antes
había una pierna. De nuevo, historias de viejos marinos.
Miembros cercenados por obenques sueltos en mitad de una tormenta,
o amputados después de socarrarse tras un descuido provocado
por demasiado tiempo paleando carbón en las calderas, que
el desafortunado accidentado, maldito, sigue sintiendo como propios.
Garfios en lugar de manos; monstruosas piernas mecánicas
accionadas por obsoletas pilas de Volta compradas a los traficantes
del puerto de Beijín y trasplantadas de cualquier manera,
desoyendo el riesgo de infección, en la parte trasera de
alguna taberna de Tahití; ojos de cristal; laringes externas,
estereofónicas, implantadas sobre la cicatriz producto
de una pelea a machete que no acabó según lo acordado.
Viejas historias de marinos remendados. El náufrago no
quiere ser uno de ellos. Tampoco quiere volver a abrir los ojos
para verse morir, solo, tumbado sobre los restos del Kiber.
Minutos sucios bajo una sucia sábana
de cielo; mecido por una resaca de natural violencia desatada.
MPB-I
El milagro de la vida. Le llevaste al espigón,
aún sabiendo lo débil de su condición, y
estuviste susurrándole al oído, meciéndole
entre tus brazos y dejando que tu pelo se colase en su boca con
cada respiración; bocanadas de aire que manchaste con la
grasa de tus cabellos. Cuando quedó desarmado, vacío
del todo y con plena disposición a ser llenado por ti,
le convenciste de que lo mejor sería que volviese al agua,
se hundiese en el amnios casi infinito del mar y permaneciese
dentro, flotando en posición fetal, todo el tiempo que
sus cansados pulmones pudiese soportar.
La vuestra, sin embargo, no es una historia de
sirenas varadas.
Él no estaba enfermo, no del todo, no
físicamente, no enfermo en el sentido en que su cuerpo
se estaba intentando deshacer de algún elemento maligno,
ajeno; su enfermedad no existía más allá
de él mismo, pero tampoco en el interior de su psique.
Su mal era el mal del mundo. Igual que se denomina al rechazo
y la tristeza mal de amores, así se dolía
él: en silencio, por ti, sin mirar atrás ni adelante
a fin de evitar futuras lesiones. Por ello accedió a meterse
en el agua.
El mar le abrazó, le escoció los
ojos y tiñó sus papilas gustativas de salitre.
Tú te quedaste de pie sobre las rocas,
admirándole, admirándote. En el extremo contrario
del espigón, una estatua conmemorativa a Pasifae os vigilaba;
ojos atentos desde el interior del vientre de una vaca sacrificial.
Los elementos compositivos de la escena, a un nivel ulterior al
pensamiento mismo, imaginaron (imaginasteis) entonces por lo que
él estaría pasando y empatizasteis. Fue un pequeño
lametazo al inconsciente colectivo, pero aún así
suficiente prueba de amor hacia él.
Bajo el agua, el nacimiento siguió su
curso.
Acuclillada al borde de la escullera, te meciste
con la cadencia de un poema terrible que hablaba de lo aberrante
y lo sagrado a partes iguales. Tenías un sentido del humor
muy distinto, por aquel entonces. Vista desde lejos, junto a la
estatua y sobre el brazo de roca contra el que el menudo oleaje
chocaba, eras susceptible de ser confundida con una quimera, un
mal augurio para pescadores. Con apenas un giro de cintura, aferraste
la bolsa de la compra que tú y él habíais
llevado a la playa; la abriste y extrajiste la bola de cristal
que te mostraría lo que aún no podía ser
predicho de ninguna otra forma. El sino en tu regazo, desenvolviéndose
al roce de las mismas manos que hacía apenas un momento
habían arrojado al amante último a su tumba acuática.
La calima atrapada en el interior de la bola
se volvió azulada, abriéndose al porvenir y penetrando
implacable en el más allá; un espéculo para
tu deleite, y el más allá se reveló:
El dragón blanco, conocido por mil nombres
(la Criatura, Godzilla, el Leviatán, Kraken…), producto
de la fermentación de errores nucleares que escaparon al
control de la conspiración que pretendía mantener
constreñido al progreso, se envalentonó al salir
de la placenta incómoda que le había dado cobijo
durante años. El experimento enfureció como sólo
pueden enfurecer los Titanes y, brazos en cruz, reclamó
su sitio alzándose frente al barco que los hombres habían
enviado para darle caza, borrar el error a cañonazos. El
Kiber, si bien un artefacto de guerra como nunca antes
se había construido otro, no fue rival en ningún
momento para el portento radiactivo de la bestia. El dragón
blanco redujo a astillas la embarcación, llegando incluso
a educarse el paladar con algunos de sus tripulantes. Un mal final
conduciendo a una mala muerte a muchos. Luego la Criatura nadó
hasta costas donde su diminuto cerebro anfibio interpretó
el olor a progreso como fértil fuente de alimento para
su insaciable reivindicación, irguiéndose frente
a los que orgullosos detentaban falsos títulos y se creían
el culmen de la creación, quienes sólo tras la contemplación
del fuego y los escombros que el Leviatán dejaba bajo sus
huellas, reaccionaron mandando una última salva desesperada;
la Máquina Gólgota, cuyos ingenieros habían
diseñado para plantar cara al juicio final, ejecutó
una pantomima de contrincante, puesta en marcha gracias a hercúleas
bobinas Tesla que extraían pura electricidad de la nada,
motores alimentados con azufre moviendo sus brazos mecánicos
y piernas de acero y cable retorcidos danzando la coreografía
del anticristo. Una pelea a escala exagerada. Treinta metros y
carne de fusión nuclear, el dragón blanco, chocando
contra las quince toneladas de metal, madera, cobre y electrones
libres de la Máquina Gólgota. Augurio de una nueva
Era Negra en la que sólo contaban los gigantes. Dinosaurios
zeitgeist.
Y contemplaste todo aquello impertérrita,
con unas locas ganas de echarte a reír cosquilleándote
la tripa, pero aún así seguiste esperando al momento
en que tu amado volviese a puerto, renacido e intacto y quizá
llevando en el saco mágico de su lóbulo temporal
algunos relatos sobre el diálogo violento de criaturas
mitológicas que acababas de disfrutar con el ojo vítreo
de tu mente. Te difuminaste tanto en el papel de la esposa melancólica
oteando la mar con una lágrima excesivamente salada a la
espera de su Ulises, que casi llegaste a olvidar los arrumacos
de aquel torero con el que te habías consolado durante
el breve luto que guardaste tras su inmersión. Eras tan
intocable, tu belleza era tan plácida y turbadora en aquellos
días… Ni siquiera los mosquitos del verano tardío
se atrevían a merodearte… Descalza, sobre el espigón,
enfundada en el traje de baño, con tu bola de cristal y
ese llanto y tus embustes y tu extraño concepto de la piedad…
MPB-II
Útero malo. Trastornos intrauterinos de
naturaleza tóxica.
Toño, el gitano, apareció muerto
hace unos años en esta misma playa, a pocos metros del
espigón donde la bruja está invocando el espíritu
de Poseidón, cogida a la pata del armazón de una
Pasifae para nada real mientras yo nazco otra vez. Mi nombre no
soy yo, pero una vez fui mi nombre y ahora vuelvo a la vida. Mi
nombre es Tirso, pero una vez fui Legión y ahora pretendo
renacer como Abraham. La identidad no es un lujo, porque la identidad
no es nada, y la bruja lo sabe, y por eso me acaricia y me susurra
al oído hasta grabar a fuego en mi espíritu que
el camino hacia la superficie empieza por el fondo. Me convence
para que me meta en el agua y salga siendo otro.
-Todo éxito se construye sobre el
cadáver de la persona que estábamos destinados a
ser.
En realidad, al Gitano Toño lo mataron
en alguna otra parte, pero fue aquí cerca donde unos paseantes
madrugadores le encontraron, atado de pies y manos a gruesas estacas
clavadas en la arena, junto a la orilla del mar. Un cadáver
azulado, hinchado por la retención de gases al haber empezado
ya a pudrirse sus órganos internos, que a aquellas horas
de la mañana parecía la caricatura de un Jesucristo
dormido al amparo del rumor del oleaje.
-Su padre le ha abandonado -quizá dijo,
involuntariamente, uno de los paseantes que vieron interrumpido
el resto de su día por el escollo de un descubrimiento
truculento.
-Desde luego, quien le haya hecho esto no le
quería demasiado -apuntó un segundo.
-¿Deberíamos llamar a la policía?
-preguntó, de nuevo quizá, el primer paseante.
-Acaba de caernos encima la responsabilidad de
hacerlo -intervino un tercero- y, de todos modos, este asunto
ya nos ha fastidiado el paseo.
Al mismo tiempo, mientras escucho voces remotas
que sólo resuenan dentro de mi cabeza, en forma de delirio,
lo real a mi alrededor cambia de húmedo a familiar. De
dióxido de hidrógeno salado a plasma. El curioso
fenómeno de no estar en ninguna parte que provoca el ajuste
de mi temperatura corporal a la temperatura del mar, me lleva
a la playa y a un millón de extensiones, de proyecciones,
de la enfermedad que me ha arrastrado hasta este preciso momento:
mi cordura.
Supercuerdas.
El cadáver del Gitano Toño se pudría,
fuera del elemento que le era natural, ajeno a la rapiña
de las gaviotas gracias a los paseantes que lo habían descubierto
y a los oficiales de policía que esperaban al juez para
su levantamiento. El más joven de estos últimos,
que había sido el encargado de buscar señales de
violencia en el cuerpo sin vida, balbuceaba un par de palabras
al viento, dirigidas a sus propios oídos:
-Tebet-adar…
-¿Qué dices, niño? -espetó
uno de los agentes que rodeaban al joven.
-Es lo que pone en el pecho del difunto…
Tebet-Adar… Y un poco por debajo, sobre el estómago,
hay el dibujo de un triángulo con un ojo dentro…
Parece que alguien lo haya grabado en la carne con un cuchillo,
o con una hoja de afeitar…
-¿Antes o después de morir?
El chico, con la impresión de ser aquella
la primera vez que veía un cadáver aún recientemente
grabada en su rostro, se permitió unos segundos, tres parpadeos
de duda, antes de embocar su enésimo tropiezo del día:
-Yo no… es que… no lo sabría
decir…
-Claro que no -sonrió su veterano compañero-,
porque si lo supieses, entonces serías forense y no un
novato que no sabe cuándo dejar que los problemas salten
turno hasta que alguien que de verdad quiera, o pueda, los solucione.
Pero las dos palabras ya habían quedado
flotando en el aire y las especulaciones se corporeizaban en nebulosas
de sospecha. Tanto los policías como los descubridores
del cuerpo sin vida de Toño habían sido infectados
por un virus memético que estrangulaba la fingida naturalidad
con que habían actuado hasta el momento.
En aquella playa habían matado a alguien.
Habían grabado palabras y símbolos ininteligibles
en el pecho de un hombre agonizante. No era una mañana
cualquiera.
Alguien había ejecutado un ritual terrible
allí.
En la misma playa por la que aún resonaban
los pasos de los pies descalzos de Ava Gardner.
La misma playa a la que la bruja me ha arrastrado,
y que me ha de curar.
Siento como el capullo del Mare Nostrum
me envuelve y me acoge, mientras de forma inconsciente mando cerrar
más o menos herméticamente todos mis orificios,
porque lo que bucea por aquí, junto a mí, nunca
ha de penetrar en el interior de la cáscara que es mi cuerpo,
aún desunido de mi mente por culpa del recuerdo distorsionado
y el despego provocado por mi malas elecciones.
El canto a la muerte del Gitano Toño no
tiene nada que ver con el canto de mi muerte, pero entra en mi
metamorfosis de manera tangencial mientras constriño al
instinto de ponerme a nadar, de abandonarme al mar y subir a la
superficie antes de acabar como Toño o dejar de existir
en brazos de Ava Gardner, que en el año en que mi abuelo
aún no entendía por qué sus hermanos siempre
tenían hambre, paseaba por esta playa (pies descalzos del
animal más bello del mundo, exento de depredadores), la
misma playa que me llama y me lanza fogonazos de vidas pasadas
que, como la mía, ya no son de mi propiedad porque la historia
las reclama.
Ava Gardner flotaba sobre el calor que emanaba
de la arena, unida al mundo por el pilar, firmemente aferrado
a la tierra, de Luís Miguel Dominguín. Las palabras
que ambos compartían no salían de sus bocas, sino
de sus ojos. Los de él, salivando de deseo; los de ella,
dentados. Porque todo en la vida de Ava, en aquel momento, tenía
dientes: ojos, boca, manos, vagina…
-Vine aquí para descansar después
del aborto -dijo ella-, no para follarme a un torero.
-¿Sabes al menos quién era el padre?
-interpeló él, tan neutro como el aire atérmico
que les rodeaba.
-Nunca podré olvidarle. Como nunca podré
olvidarme de la imagen de la pequeña persona que llevaba
en el vientre, sin vida sobre la bandeja metálica del médico,
después de que me lo arrancase de dentro.
-Ese es el problema de tener cabeza… Uno
no se puede esconder de algo así por muy lejos que se vaya.
-Tampoco he venido aquí a esconderme.
Claro que no, Ava. Aquí todo está
conectado. En este estadio del conjunto de matrices perinatales
básicas, compartes todo con todos… Hasta que llegue
el Leviatán y te arrastre con él.
MPB-III
Los excelsos miembros de La Mesa esperan a que
el Gitano Toño y Papá Piernas Largas hagan acto
de presencia. La logia reunida según los protocolos de
emergencia, mientras un magnetófono a vapor de última
generación graba la reunión e impone un siseo que
bien podría ser una llamada de atención a los presentes
y una orden de silencio. El Cuerno tararea por lo bajo los primeros
compases de una canción popular entre los críos
tísicos pedigüeños de las esquinas de la capital.
Lloro Raso le acompaña, tamborileando con los dedos sobre
el pupitre que le ha sido asignado. La Mesa es un entramado de
personajes poderosos y magos financieros vestidos con elegantes
trajes de rayón y bombines, igualados por la supresión
de peculiaridades que impone el uniforme de la hermandad. Como
rezan los periódicos, las rotativas amargas tocadas por
el dedo subyugante de la paranoia: son los que controlan el cotarro.
Y el cotarro está siendo sometido a una purga a destiempo,
invadido por una furia preter-natural que llega en el peor momento.
¿Un experimento fallido? La Mesa estaba tras él,
sin duda. La invocación de la criatura, por arte y gracia
de esa alternativa a la tecnología de turbinas y electricidad
inyectada directamente en el riego de la modernidad, ha resultado
infección incontrolable. Se impone la creación de
un comité de crisis. El Kiber yace en el fondo
del mar, acunado por el seno esquilmado que sirvió de caldo
de cultivo a la abominación (Nombre Clave: La Criatura;
la urgente nota interna que todos los conspiradores de La Mesa
habían recibido al respecto dejaba muy claro que aquella
sería la única y unitaria y obligatoria denominación
aplicada al fenómeno). Una mano de niebla ha caído
como una nueva edad oscura sobre el brillo de las teas del progreso.
Toda una colonia industrial ha sucumbido al ataque y sólo
la Máquina Gólgota se interpone entre La Criatura
y la capital del Reino de las Doscientas Chimeneas. Esto, sin
embargo, deviene un escaso resumen de la crisis, un murmullo de
angustia sobrevolando la sala de juntas de La Mesa que deja un
residuo de optimismo en una frecuencia que el magnetófono
no puede captar, pero que se enreda en cierta metafórica
manera con el alivio que provoca en los conspiradores el que una
de las hojas de la puerta de entrada a la estancia se abra de
par en par, y los finos grabados que la surcan den paso a la rotunda
figura de Papá Piernas Largas.
-El Gitano Toño no va a venir -dice, a
modo de saludo-. Lo que está pasando nos ha afectado demasiado
a todos, y he decidido unilateralmente expulsarle de la logia.
-¿Tebet-adar? -pregunta el Barón
Fieltro, el más joven de los miembros de La Mesa, recién
iniciado, con predador deleite- ¿Clavado con estacas a
la playa, a merced de la marea? ¿Las dos palabras grabadas
en el pecho con veintitrés cortes de bayoneta?
-Sí -responde Papá Piernas Largas,
sonriendo-. Despedido con honores y algarabía.
Una carcajada tensa se contagia entre los adeptos.
El Cuerno, entre dientes rijosos, masculla:
-Bienhallado, Papá Piernas Largas. ¿Tendrá
usted a bien ponernos al corriente de las nuevas informaciones
recopiladas por su servicio de inteligencia?
La risa se extingue. Media docena de brazos se
entrecruzan. Nada importa más allá del pesado metal
líquido en que se ha convertido el gesto satisfecho de
Papá Piernas Largas y su acento resbaladizo de burócrata
rancio:
-Caballeros, permítanme puntualizar antes
que nada, y para que conste en la grabación que sienta
acta de esta reunión, que puedo confirmar sin temor a equivocarme
la definitiva autoría del incidente: fuimos nosotros, pues,
quienes despertamos a la Criatura.
-Creo que eso no sorprende a ninguno de los hermanos…
-interrumpe el Barón Fieltro, cuyo afán de protagonismo
es repudiado por los demás en forma de bufidos cómplices
de disgusto y caídas de ojos precognitivas.
- …Pero seremos nosotros, también,
quienes acabemos con la amenaza -prosigue Papá Piernas
Largas, ignorando con superioridad al novato.
-¿Quiere decir que la Máquina Gólgota
ha triunfado? -interviene Lloro Raso, con un hilillo de voz cobarde.
-No. La Máquina Gólgota ha caído.
Es inevitable que el poder oceánico nos devore en breve.
Muecas de terror florecen. Los estandartes del
decoro caen y el fantasma Götterdämmerung adquiere una
relevancia bien merecida.
-¿Cómo vamos a…? -se atreve
a preguntar El Cuerno, a tientas.
-¿Acaso mi afirmación os incomoda,
hermanos? -interpela Papá Piernas Largas, siguiendo el
dictado de su propio guión.
Nadie contesta.
-No os alarméis -continúa el líder-.
La modernidad, el progreso, se define precisamente por momentos
convulsos como éste, durante los cuales grandes hombres
se ven en la obligación de cargar con la responsabilidad
de tomar grandes decisiones. Y, compañeros de La Mesa,
yo pregunto: ¿acaso hay, hoy en día, hombres más
grandes que nosotros? Fecundamos en su momento el mismísimo
reino de Neptuno con los residuos del boceto para un nuevo orden
mundial, dando lugar así a la abominación que es
nuestro salvaje primogénito y el adalid de una nueva edad
para el ser humano…
La argumentación del recién erigido
guía espiritual de la logia lanza andanadas de esperanza
retórica de la que sus acólitos se embeben: imágenes
de ciudades construidas dentro de cúpulas geodésicas
en las grietas abisales que separan los continentes; recién
nacidas civilizaciones subacuáticas; recolectores anfibios
de las planicies marítimas señoreadas por la Criatura…
-…el ariete de nuestro retoño, dejando
inservible esta época pretérita de carbón
y piedra del demonio. Un futuro esculpido en acero inoxidable
con el cincel de una nueva húmeda religión…
Domadores de caballitos de mar entre sensuales
algas; plantas de producción de embriagador dióxido
de carbono. El sueño que en los albores de la humanidad
el macho cabrío Jah-bul-on soñó para aquellos
que le adoran entre palabras que explotan por la desinformación
y que la masa aceptará tras holocaustos, éxodos
y purgatoria selección de los mejor preparados.
-…No contempléis esto como un final
absoluto, sino como un necesario principio. No como una rendición
a lo inevitable, sino como un abrazo al destino. Crearemos, como
siempre hemos hecho, y tocaremos nuestras flautas hasta las costas
de cada uno de los rincones de este putrefacto mundo al que hemos
dado forma desde el fango primigenio, y del que ya nos hemos cansado,
para que la totalidad cante sus sortilegios a coro y el altísimo
vuelva a separar las aguas…
Cormoranes fosforescentes arrodillados, en gesto de sometimiento.
-…y así pregunto una vez más:
¿acaso hay, hoy en día, hombres más grandes
que nosotros?
MPB-IV
Alêthinon Logon. Caigo por el desagüe
infinito y el Mare Nostrum sigue siendo un puño
constrictor de las peculiaridades de mi metamorfosis. Abajo, se
extiende una tundra de elementos compositivos extintos cuya contradictoria
vitalidad me turba, una arquitectura mitológica que, al
ser producto de los delirios y corduras alteradas de otros muchos
más sabios y adelantados que yo, es tan perfecta como el
más bello animal pero, al tiempo, carece de las impurezas
que se le suponen a todo lo parido en tierra firme. Atlantis.
Una rara versión de la verdad me es mostrada mientras me
convenzo de que ya jamás volveré a subir a la superficie
y soy buceo en cuanto todo lo que soy bucea y cada vez se me distingue
menos del elemento que la bruja ha elegido para mi bautizo. Repudiado.
Repudiado y con plomos por huesos compruebo lo que los miembros
de La Mesa, aquellos que por estupidez provocaron un día
la caída de todo un imperio bípedo, han ocultado
desde los albores del tiempo conocido y mensurable: la Atlántida
es un altar.
El armazón sobre el que se sustenta el
templo son las vigas que sobresalen de los siete pilares principales,
aquellos en los que se asientan todos los océanos. Retorcidas
arquivoltas decoradas con relieves de tritones y santos paganos,
acuíferos, refuerzan la estructura oval del edificio principal,
cuyas paredes quedan surcadas de burbujas al contraerse y ensancharse,
moviendo al tiempo las formaciones coralinas y la piedra derrumbada
que rodean la entrada, como si ésta vocalizase mi nuevo
nombre sin emitir sonido alguno. En la distancia, suenan cantos
de ballena, pero lo que en realidad escuchan mis oídos
inundados, aún resistiéndose a asimilar determinadas
frecuencias tras la detonación, convalecientes por la leve
sordera que he arrastrado conmigo después de la catástrofe
del Kiber, es la llamada de la boca del santuario:
-Abraham, entra aquí, únete a los
tuyos, muéstrame las maravillas que de mí cuentan
los moradores de la tierra y distráete con mis juegos,
que son arcanos pero aún vigentes.
Me resisto todo lo que puedo, intentando flotar
estático frente a la corriente submarina que pretende arrastrarme.
Encaro el pórtico, coronado por una perla negra y púrpura
allí donde las dos mitades del óvalo se unen por
sus extremos superiores, y puedo ver el patio que sirve de recepción
a los visitantes, en cuya superficie pequeños volcanes
lanzan piruetas de gases tóxicos y crecen despacio cuando
la lava candente, proveniente de alguna capa aún más
profunda, entra en contacto con el agua; un poco más adelante,
el patio se bifurca en dos pasillos gemelos que conducen a otras
tantas construcciones, menores que la principal y, por supuesto,
muchísimo menos ostentosas que el pórtico y el ábside.
Son los dos pequeños palacios en la meta del eterno retorno.
El lugar del que una ínfima parte de mí surgió
una vez, y al que esa misma parte ansía volver continuamente.
-Abraham, desanda los pasos de la evolución
-sugiere el altar.
Supongo que, solo y sumergido como me hallo,
necesito inventar una voz que me sirva de conciencia. Pero en
realidad no quiero morir, no deseo postrarme ante el Kraken; sé
que soy el único superviviente de su ataque y no voy a
renunciar a mis privilegios para caer rendido a sus pies ahora,
sólo porque estoy cansado y me arden las piernas después
del camino descendente recorrido. Es por esto que ignoro los consejos
de este paraíso mítico sumergido y vuelvo a tender
las redes enmarañadas de las supercuerdas, mi enmarañada
cordura que hierve al sol y se mezcla con recuerdos inventados,
anhelando volver a la playa donde, allí y sólo allí,
deberá ser completado mi sacrificio.
La misma playa en la que un policía veterano
apretó el hombro de su joven compañero para impedirle
pronunciar de nuevo las dos palabras:
-Tebet… -había empezado a decir
el chico.
-Déjalo, chaval. En serio -intervino entonces
el policía-. Sé de muy buena tinta que repetir lo
que está escrito en el pecho de un cadáver no trae
más que la peor de las malas suertes.
-No soy supersticioso -protestó el primero-.
Y creo de verdad que esto es algo que tendríamos que investigar
seriamente.
El oído curioso de uno de los que por
el escenario del crimen rondaban, el secretario del juez al que
habían llamado para el levantamiento del cuerpo, sonrió
de forma cínica e hizo un gesto de alerta al veterano,
ordenándole atajar de raíz la intriga creciente
en el aprendiz de policía.
-No hay nada que investigar -dijo el hombre,
provocando que su joven compañero apretase los dientes
por la injusta muestra de deferencia implicada en el tono de su
voz-. El juez lo ha dejado muy claro. Esto es algo que nos sobrepasa
en mucho.
-No creo que la policía deba…
-¿Ya no te acuerdas de lo que te he dicho
acerca de dejar las cosas grandes en manos de hombres más
grandes e interesados?
El Gitano Toño, encarroñado por
gestos presuntamente ignorantes.
-La frustración, hijo mío, te lleva a la duda
y luego al alcohol, para al final ir a desembocar al mar.
-Todo éxito se construye sobre el cadáver de
la persona que estábamos destinados a ser.
Ava Gardner se hizo un corte en la planta del
pie con un pedazo de concha que la marea había arrastrado
hasta la playa. Ni siquiera se quejó. Luís Miguel
Dominguín seguía paladeándola con educado
deleite y ella se aferraba al brazo de él para no salir
despedida hacia la estratosfera. Una gotita de sangre dejó
una mancha indeleble en la arena, en cuyo lugar exacto mi abuelo
me juró un día que jamás nunca nada volvería
a sedimentar y que, con el paso de los siglos, se convertiría
en un cañón o una raedura, un lugar de puro vacío
que los turistas visitarían, acudiendo al reclamo propagandístico
de ver el acantilado dejado por la herida que Ava Gardner le inflingió
al mundo mientras paseaba con su torero, intentando olvidar al
feto abortado que había arrojado al mar entre ademanes
que la convertían en una bruja terrible.
Su bola de cristal le mostró que, poco
después, tres caminantes encontrarían el cadáver
del Gitano Toño en el mismo punto en que su esencia se
había derramado. El espéculo predijo las andanzas
de uno de los jóvenes policías relacionados con
el descubrimiento, mostrándose impermeable al silencio
impuesto por sus superiores, a través de lugares de reunión
de viejos marinos cuyas historias absorbió hasta caer en
la trampa de enrolarse en el buque destinado a inclinar la balanza
de una guerra que, se decía en las esquinas oscuras, había
corrido pareja al extraño sacrificio de Toño. Sediento,
como yo ahora, el adolescente Tirso se hizo un hombre sobre la
cubierta del Kiber; y en el Kiber, tras la contemplación
del rostro del Leviatán, adquirió sus primeras canas.
Aún puedo sentirlo dentro, muy dentro. Doy pespuntes con
lo poco que me queda a mano e intento confeccionar una vela que
nos impulse a los tres (Legión, Tirso y Abraham):
Se busca los rasgos paseando las yemas de los
dedos sobre la barba incipiente. Ladea la cabeza como si necesitase
distraerse, pero mantiene los ojos cerrados. Astillas del pecio
le pinchan los omoplatos. Carraspea, y el escozor le hace sentirse
parte de algo más allá del intenso desierto azul
que le mece. Si fuese capaz de rezar, no lo haría, porque
la saliva malgastada podría acelerar el proceso de deshidratación.
Un escalofrío le revuelve el estómago. Ensancha
los límites de su percepción hasta que su agonía
pasa a ser, de algún modo, un mero detalle en la maraña
de tantas otras agonías. Un descenso programado. Se acaricia
las cejas y se entretiene con las llagas que en su frente ha dibujado
la metralla. Un gorgoteo apagado le rodea.
Dl náufrago suspira y sucumbe.
Oscurece, y empieza a llover.
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