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Matrices Perinatales Básicas Más sobre Francisco Javier Pérez

“Bajo la esfera explicada de cosas y acontecimientos separados, se halla una esfera implicada de totalidad indivisa, y este todo implicado está simultáneamente disponible para cada parte implicada”.

David Bohm, La totalidad y el orden implicado.

 

“Lo inconsciente está asentado sobre un estrato perinatal en el que se concentran las experiencias, traumáticas o no, del proceso del nacimiento biológico”.

Stanislav Grof, Matrices Perinatales Básicas.

Mira un palmo por encima del agua, donde el sol de la mañana trata de abrirse paso entre zarcillos negros defecando ceniza que algunos osados peces, recuperados tras la explosión, confunden con comida caída del cielo; el maná de los testigos. Presta especial atención a la calma que subyace tras el estruendo. Contempla la bóveda celeste que permanece incólume e inculca con sus brillantes dedos de oro las buenas maneras con que a la atmósfera gusta tratar incluso a aquellos que algún día la herirán de muerte. Un brazo cuelga de uno de los lados de la improvisada balsa, cosquilleando las olas. Pedazos de madera en derredor, que vagarán a la deriva hasta encallar quizá en alguna playa remota, que el tiempo y el salitre pudrirán despacio; las carcasas del cementerio flotante. Tinte escarlata, como una amenaza de medusas. Círculos concéntricos alrededor de la balsa, síntoma de que la onda expansiva abandonó su punto de origen hace demasiado. Contempla el nuevo principio tras la Cúspide del Eón Azul. Presta especial atención al hecho de que ya no quedan más que restos, orgánicos e inorgánicos a partes casi iguales pero en una mínima proporción de lo que fue, apenas un recordatorio del hundimiento de la mayor proeza de ingeniería náutica creada jamás. Mira el cielo despejado, ahora que el humo se ha disipado, las astillas, la ausencia de metal, que en estos momentos debe yacer en el fondo del mar que dio a luz a la venganza desatada durante la noche del parto más doloroso. Siente el pitido en los oídos, añadiendo un burlón fondo musical a la escena.

El náufrago vuelve a cerrar los ojos. Se deja mecer por la ligera marea y bloquea en su mente cualquier elucubración al respecto de que ésta pueda llevarle de vuelta a puerto, a salvo. Jamás debe uno fiarse de las historias de viejos marinos, porque están teñidas de alcohol y orgullo y otras cosas que a llevan a los jóvenes a perder las formas y el sentido de la orientación de sus propias vidas y enrolarse a ciegas en una aventura de muerte, destrozo, carne desgajada. Siente el calor en la barbilla. Un cosquilleo le adormece la pierna izquierda y le lleva a preguntarse si la explosión no se la habrá cortado de raíz, si esa sensación no es un recuerdo en el lugar donde antes había una pierna. De nuevo, historias de viejos marinos. Miembros cercenados por obenques sueltos en mitad de una tormenta, o amputados después de socarrarse tras un descuido provocado por demasiado tiempo paleando carbón en las calderas, que el desafortunado accidentado, maldito, sigue sintiendo como propios. Garfios en lugar de manos; monstruosas piernas mecánicas accionadas por obsoletas pilas de Volta compradas a los traficantes del puerto de Beijín y trasplantadas de cualquier manera, desoyendo el riesgo de infección, en la parte trasera de alguna taberna de Tahití; ojos de cristal; laringes externas, estereofónicas, implantadas sobre la cicatriz producto de una pelea a machete que no acabó según lo acordado. Viejas historias de marinos remendados. El náufrago no quiere ser uno de ellos. Tampoco quiere volver a abrir los ojos para verse morir, solo, tumbado sobre los restos del Kiber.

Minutos sucios bajo una sucia sábana de cielo; mecido por una resaca de natural violencia desatada.

 

MPB-I

El milagro de la vida. Le llevaste al espigón, aún sabiendo lo débil de su condición, y estuviste susurrándole al oído, meciéndole entre tus brazos y dejando que tu pelo se colase en su boca con cada respiración; bocanadas de aire que manchaste con la grasa de tus cabellos. Cuando quedó desarmado, vacío del todo y con plena disposición a ser llenado por ti, le convenciste de que lo mejor sería que volviese al agua, se hundiese en el amnios casi infinito del mar y permaneciese dentro, flotando en posición fetal, todo el tiempo que sus cansados pulmones pudiese soportar.

La vuestra, sin embargo, no es una historia de sirenas varadas.

Él no estaba enfermo, no del todo, no físicamente, no enfermo en el sentido en que su cuerpo se estaba intentando deshacer de algún elemento maligno, ajeno; su enfermedad no existía más allá de él mismo, pero tampoco en el interior de su psique. Su mal era el mal del mundo. Igual que se denomina al rechazo y la tristeza mal de amores, así se dolía él: en silencio, por ti, sin mirar atrás ni adelante a fin de evitar futuras lesiones. Por ello accedió a meterse en el agua.

El mar le abrazó, le escoció los ojos y tiñó sus papilas gustativas de salitre.

Tú te quedaste de pie sobre las rocas, admirándole, admirándote. En el extremo contrario del espigón, una estatua conmemorativa a Pasifae os vigilaba; ojos atentos desde el interior del vientre de una vaca sacrificial. Los elementos compositivos de la escena, a un nivel ulterior al pensamiento mismo, imaginaron (imaginasteis) entonces por lo que él estaría pasando y empatizasteis. Fue un pequeño lametazo al inconsciente colectivo, pero aún así suficiente prueba de amor hacia él.

Bajo el agua, el nacimiento siguió su curso.

Acuclillada al borde de la escullera, te meciste con la cadencia de un poema terrible que hablaba de lo aberrante y lo sagrado a partes iguales. Tenías un sentido del humor muy distinto, por aquel entonces. Vista desde lejos, junto a la estatua y sobre el brazo de roca contra el que el menudo oleaje chocaba, eras susceptible de ser confundida con una quimera, un mal augurio para pescadores. Con apenas un giro de cintura, aferraste la bolsa de la compra que tú y él habíais llevado a la playa; la abriste y extrajiste la bola de cristal que te mostraría lo que aún no podía ser predicho de ninguna otra forma. El sino en tu regazo, desenvolviéndose al roce de las mismas manos que hacía apenas un momento habían arrojado al amante último a su tumba acuática.

La calima atrapada en el interior de la bola se volvió azulada, abriéndose al porvenir y penetrando implacable en el más allá; un espéculo para tu deleite, y el más allá se reveló:

El dragón blanco, conocido por mil nombres (la Criatura, Godzilla, el Leviatán, Kraken…), producto de la fermentación de errores nucleares que escaparon al control de la conspiración que pretendía mantener constreñido al progreso, se envalentonó al salir de la placenta incómoda que le había dado cobijo durante años. El experimento enfureció como sólo pueden enfurecer los Titanes y, brazos en cruz, reclamó su sitio alzándose frente al barco que los hombres habían enviado para darle caza, borrar el error a cañonazos. El Kiber, si bien un artefacto de guerra como nunca antes se había construido otro, no fue rival en ningún momento para el portento radiactivo de la bestia. El dragón blanco redujo a astillas la embarcación, llegando incluso a educarse el paladar con algunos de sus tripulantes. Un mal final conduciendo a una mala muerte a muchos. Luego la Criatura nadó hasta costas donde su diminuto cerebro anfibio interpretó el olor a progreso como fértil fuente de alimento para su insaciable reivindicación, irguiéndose frente a los que orgullosos detentaban falsos títulos y se creían el culmen de la creación, quienes sólo tras la contemplación del fuego y los escombros que el Leviatán dejaba bajo sus huellas, reaccionaron mandando una última salva desesperada; la Máquina Gólgota, cuyos ingenieros habían diseñado para plantar cara al juicio final, ejecutó una pantomima de contrincante, puesta en marcha gracias a hercúleas bobinas Tesla que extraían pura electricidad de la nada, motores alimentados con azufre moviendo sus brazos mecánicos y piernas de acero y cable retorcidos danzando la coreografía del anticristo. Una pelea a escala exagerada. Treinta metros y carne de fusión nuclear, el dragón blanco, chocando contra las quince toneladas de metal, madera, cobre y electrones libres de la Máquina Gólgota. Augurio de una nueva Era Negra en la que sólo contaban los gigantes. Dinosaurios zeitgeist.

Y contemplaste todo aquello impertérrita, con unas locas ganas de echarte a reír cosquilleándote la tripa, pero aún así seguiste esperando al momento en que tu amado volviese a puerto, renacido e intacto y quizá llevando en el saco mágico de su lóbulo temporal algunos relatos sobre el diálogo violento de criaturas mitológicas que acababas de disfrutar con el ojo vítreo de tu mente. Te difuminaste tanto en el papel de la esposa melancólica oteando la mar con una lágrima excesivamente salada a la espera de su Ulises, que casi llegaste a olvidar los arrumacos de aquel torero con el que te habías consolado durante el breve luto que guardaste tras su inmersión. Eras tan intocable, tu belleza era tan plácida y turbadora en aquellos días… Ni siquiera los mosquitos del verano tardío se atrevían a merodearte… Descalza, sobre el espigón, enfundada en el traje de baño, con tu bola de cristal y ese llanto y tus embustes y tu extraño concepto de la piedad…

 

MPB-II

Útero malo. Trastornos intrauterinos de naturaleza tóxica.

Toño, el gitano, apareció muerto hace unos años en esta misma playa, a pocos metros del espigón donde la bruja está invocando el espíritu de Poseidón, cogida a la pata del armazón de una Pasifae para nada real mientras yo nazco otra vez. Mi nombre no soy yo, pero una vez fui mi nombre y ahora vuelvo a la vida. Mi nombre es Tirso, pero una vez fui Legión y ahora pretendo renacer como Abraham. La identidad no es un lujo, porque la identidad no es nada, y la bruja lo sabe, y por eso me acaricia y me susurra al oído hasta grabar a fuego en mi espíritu que el camino hacia la superficie empieza por el fondo. Me convence para que me meta en el agua y salga siendo otro.

-Todo éxito se construye sobre el cadáver de la persona que estábamos destinados a ser.

En realidad, al Gitano Toño lo mataron en alguna otra parte, pero fue aquí cerca donde unos paseantes madrugadores le encontraron, atado de pies y manos a gruesas estacas clavadas en la arena, junto a la orilla del mar. Un cadáver azulado, hinchado por la retención de gases al haber empezado ya a pudrirse sus órganos internos, que a aquellas horas de la mañana parecía la caricatura de un Jesucristo dormido al amparo del rumor del oleaje.

-Su padre le ha abandonado -quizá dijo, involuntariamente, uno de los paseantes que vieron interrumpido el resto de su día por el escollo de un descubrimiento truculento.

-Desde luego, quien le haya hecho esto no le quería demasiado -apuntó un segundo.

-¿Deberíamos llamar a la policía? -preguntó, de nuevo quizá, el primer paseante.

-Acaba de caernos encima la responsabilidad de hacerlo -intervino un tercero- y, de todos modos, este asunto ya nos ha fastidiado el paseo.

Al mismo tiempo, mientras escucho voces remotas que sólo resuenan dentro de mi cabeza, en forma de delirio, lo real a mi alrededor cambia de húmedo a familiar. De dióxido de hidrógeno salado a plasma. El curioso fenómeno de no estar en ninguna parte que provoca el ajuste de mi temperatura corporal a la temperatura del mar, me lleva a la playa y a un millón de extensiones, de proyecciones, de la enfermedad que me ha arrastrado hasta este preciso momento: mi cordura.


Supercuerdas.

El cadáver del Gitano Toño se pudría, fuera del elemento que le era natural, ajeno a la rapiña de las gaviotas gracias a los paseantes que lo habían descubierto y a los oficiales de policía que esperaban al juez para su levantamiento. El más joven de estos últimos, que había sido el encargado de buscar señales de violencia en el cuerpo sin vida, balbuceaba un par de palabras al viento, dirigidas a sus propios oídos:

-Tebet-adar…

-¿Qué dices, niño? -espetó uno de los agentes que rodeaban al joven.

-Es lo que pone en el pecho del difunto… Tebet-Adar… Y un poco por debajo, sobre el estómago, hay el dibujo de un triángulo con un ojo dentro… Parece que alguien lo haya grabado en la carne con un cuchillo, o con una hoja de afeitar…

-¿Antes o después de morir?

El chico, con la impresión de ser aquella la primera vez que veía un cadáver aún recientemente grabada en su rostro, se permitió unos segundos, tres parpadeos de duda, antes de embocar su enésimo tropiezo del día:

-Yo no… es que… no lo sabría decir…

-Claro que no -sonrió su veterano compañero-, porque si lo supieses, entonces serías forense y no un novato que no sabe cuándo dejar que los problemas salten turno hasta que alguien que de verdad quiera, o pueda, los solucione.

Pero las dos palabras ya habían quedado flotando en el aire y las especulaciones se corporeizaban en nebulosas de sospecha. Tanto los policías como los descubridores del cuerpo sin vida de Toño habían sido infectados por un virus memético que estrangulaba la fingida naturalidad con que habían actuado hasta el momento.

En aquella playa habían matado a alguien. Habían grabado palabras y símbolos ininteligibles en el pecho de un hombre agonizante. No era una mañana cualquiera.

Alguien había ejecutado un ritual terrible allí.

En la misma playa por la que aún resonaban los pasos de los pies descalzos de Ava Gardner.

La misma playa a la que la bruja me ha arrastrado, y que me ha de curar.

Siento como el capullo del Mare Nostrum me envuelve y me acoge, mientras de forma inconsciente mando cerrar más o menos herméticamente todos mis orificios, porque lo que bucea por aquí, junto a mí, nunca ha de penetrar en el interior de la cáscara que es mi cuerpo, aún desunido de mi mente por culpa del recuerdo distorsionado y el despego provocado por mi malas elecciones.

El canto a la muerte del Gitano Toño no tiene nada que ver con el canto de mi muerte, pero entra en mi metamorfosis de manera tangencial mientras constriño al instinto de ponerme a nadar, de abandonarme al mar y subir a la superficie antes de acabar como Toño o dejar de existir en brazos de Ava Gardner, que en el año en que mi abuelo aún no entendía por qué sus hermanos siempre tenían hambre, paseaba por esta playa (pies descalzos del animal más bello del mundo, exento de depredadores), la misma playa que me llama y me lanza fogonazos de vidas pasadas que, como la mía, ya no son de mi propiedad porque la historia las reclama.

Ava Gardner flotaba sobre el calor que emanaba de la arena, unida al mundo por el pilar, firmemente aferrado a la tierra, de Luís Miguel Dominguín. Las palabras que ambos compartían no salían de sus bocas, sino de sus ojos. Los de él, salivando de deseo; los de ella, dentados. Porque todo en la vida de Ava, en aquel momento, tenía dientes: ojos, boca, manos, vagina…

-Vine aquí para descansar después del aborto -dijo ella-, no para follarme a un torero.

-¿Sabes al menos quién era el padre? -interpeló él, tan neutro como el aire atérmico que les rodeaba.

-Nunca podré olvidarle. Como nunca podré olvidarme de la imagen de la pequeña persona que llevaba en el vientre, sin vida sobre la bandeja metálica del médico, después de que me lo arrancase de dentro.

-Ese es el problema de tener cabeza… Uno no se puede esconder de algo así por muy lejos que se vaya.

-Tampoco he venido aquí a esconderme.

Claro que no, Ava. Aquí todo está conectado. En este estadio del conjunto de matrices perinatales básicas, compartes todo con todos… Hasta que llegue el Leviatán y te arrastre con él.

 

MPB-III

 

Los excelsos miembros de La Mesa esperan a que el Gitano Toño y Papá Piernas Largas hagan acto de presencia. La logia reunida según los protocolos de emergencia, mientras un magnetófono a vapor de última generación graba la reunión e impone un siseo que bien podría ser una llamada de atención a los presentes y una orden de silencio. El Cuerno tararea por lo bajo los primeros compases de una canción popular entre los críos tísicos pedigüeños de las esquinas de la capital. Lloro Raso le acompaña, tamborileando con los dedos sobre el pupitre que le ha sido asignado. La Mesa es un entramado de personajes poderosos y magos financieros vestidos con elegantes trajes de rayón y bombines, igualados por la supresión de peculiaridades que impone el uniforme de la hermandad. Como rezan los periódicos, las rotativas amargas tocadas por el dedo subyugante de la paranoia: son los que controlan el cotarro. Y el cotarro está siendo sometido a una purga a destiempo, invadido por una furia preter-natural que llega en el peor momento. ¿Un experimento fallido? La Mesa estaba tras él, sin duda. La invocación de la criatura, por arte y gracia de esa alternativa a la tecnología de turbinas y electricidad inyectada directamente en el riego de la modernidad, ha resultado infección incontrolable. Se impone la creación de un comité de crisis. El Kiber yace en el fondo del mar, acunado por el seno esquilmado que sirvió de caldo de cultivo a la abominación (Nombre Clave: La Criatura; la urgente nota interna que todos los conspiradores de La Mesa habían recibido al respecto dejaba muy claro que aquella sería la única y unitaria y obligatoria denominación aplicada al fenómeno). Una mano de niebla ha caído como una nueva edad oscura sobre el brillo de las teas del progreso. Toda una colonia industrial ha sucumbido al ataque y sólo la Máquina Gólgota se interpone entre La Criatura y la capital del Reino de las Doscientas Chimeneas. Esto, sin embargo, deviene un escaso resumen de la crisis, un murmullo de angustia sobrevolando la sala de juntas de La Mesa que deja un residuo de optimismo en una frecuencia que el magnetófono no puede captar, pero que se enreda en cierta metafórica manera con el alivio que provoca en los conspiradores el que una de las hojas de la puerta de entrada a la estancia se abra de par en par, y los finos grabados que la surcan den paso a la rotunda figura de Papá Piernas Largas.

-El Gitano Toño no va a venir -dice, a modo de saludo-. Lo que está pasando nos ha afectado demasiado a todos, y he decidido unilateralmente expulsarle de la logia.

-¿Tebet-adar? -pregunta el Barón Fieltro, el más joven de los miembros de La Mesa, recién iniciado, con predador deleite- ¿Clavado con estacas a la playa, a merced de la marea? ¿Las dos palabras grabadas en el pecho con veintitrés cortes de bayoneta?

-Sí -responde Papá Piernas Largas, sonriendo-. Despedido con honores y algarabía.

Una carcajada tensa se contagia entre los adeptos. El Cuerno, entre dientes rijosos, masculla:

-Bienhallado, Papá Piernas Largas. ¿Tendrá usted a bien ponernos al corriente de las nuevas informaciones recopiladas por su servicio de inteligencia?

La risa se extingue. Media docena de brazos se entrecruzan. Nada importa más allá del pesado metal líquido en que se ha convertido el gesto satisfecho de Papá Piernas Largas y su acento resbaladizo de burócrata rancio:

-Caballeros, permítanme puntualizar antes que nada, y para que conste en la grabación que sienta acta de esta reunión, que puedo confirmar sin temor a equivocarme la definitiva autoría del incidente: fuimos nosotros, pues, quienes despertamos a la Criatura.

-Creo que eso no sorprende a ninguno de los hermanos… -interrumpe el Barón Fieltro, cuyo afán de protagonismo es repudiado por los demás en forma de bufidos cómplices de disgusto y caídas de ojos precognitivas.

- …Pero seremos nosotros, también, quienes acabemos con la amenaza -prosigue Papá Piernas Largas, ignorando con superioridad al novato.

-¿Quiere decir que la Máquina Gólgota ha triunfado? -interviene Lloro Raso, con un hilillo de voz cobarde.

-No. La Máquina Gólgota ha caído. Es inevitable que el poder oceánico nos devore en breve.

Muecas de terror florecen. Los estandartes del decoro caen y el fantasma Götterdämmerung adquiere una relevancia bien merecida.

-¿Cómo vamos a…? -se atreve a preguntar El Cuerno, a tientas.

-¿Acaso mi afirmación os incomoda, hermanos? -interpela Papá Piernas Largas, siguiendo el dictado de su propio guión.

Nadie contesta.

-No os alarméis -continúa el líder-. La modernidad, el progreso, se define precisamente por momentos convulsos como éste, durante los cuales grandes hombres se ven en la obligación de cargar con la responsabilidad de tomar grandes decisiones. Y, compañeros de La Mesa, yo pregunto: ¿acaso hay, hoy en día, hombres más grandes que nosotros? Fecundamos en su momento el mismísimo reino de Neptuno con los residuos del boceto para un nuevo orden mundial, dando lugar así a la abominación que es nuestro salvaje primogénito y el adalid de una nueva edad para el ser humano…

La argumentación del recién erigido guía espiritual de la logia lanza andanadas de esperanza retórica de la que sus acólitos se embeben: imágenes de ciudades construidas dentro de cúpulas geodésicas en las grietas abisales que separan los continentes; recién nacidas civilizaciones subacuáticas; recolectores anfibios de las planicies marítimas señoreadas por la Criatura…

-…el ariete de nuestro retoño, dejando inservible esta época pretérita de carbón y piedra del demonio. Un futuro esculpido en acero inoxidable con el cincel de una nueva húmeda religión…

Domadores de caballitos de mar entre sensuales algas; plantas de producción de embriagador dióxido de carbono. El sueño que en los albores de la humanidad el macho cabrío Jah-bul-on soñó para aquellos que le adoran entre palabras que explotan por la desinformación y que la masa aceptará tras holocaustos, éxodos y purgatoria selección de los mejor preparados.

-…No contempléis esto como un final absoluto, sino como un necesario principio. No como una rendición a lo inevitable, sino como un abrazo al destino. Crearemos, como siempre hemos hecho, y tocaremos nuestras flautas hasta las costas de cada uno de los rincones de este putrefacto mundo al que hemos dado forma desde el fango primigenio, y del que ya nos hemos cansado, para que la totalidad cante sus sortilegios a coro y el altísimo vuelva a separar las aguas…
Cormoranes fosforescentes arrodillados, en gesto de sometimiento.

-…y así pregunto una vez más: ¿acaso hay, hoy en día, hombres más grandes que nosotros?

 

MPB-IV

 

Alêthinon Logon. Caigo por el desagüe infinito y el Mare Nostrum sigue siendo un puño constrictor de las peculiaridades de mi metamorfosis. Abajo, se extiende una tundra de elementos compositivos extintos cuya contradictoria vitalidad me turba, una arquitectura mitológica que, al ser producto de los delirios y corduras alteradas de otros muchos más sabios y adelantados que yo, es tan perfecta como el más bello animal pero, al tiempo, carece de las impurezas que se le suponen a todo lo parido en tierra firme. Atlantis. Una rara versión de la verdad me es mostrada mientras me convenzo de que ya jamás volveré a subir a la superficie y soy buceo en cuanto todo lo que soy bucea y cada vez se me distingue menos del elemento que la bruja ha elegido para mi bautizo. Repudiado. Repudiado y con plomos por huesos compruebo lo que los miembros de La Mesa, aquellos que por estupidez provocaron un día la caída de todo un imperio bípedo, han ocultado desde los albores del tiempo conocido y mensurable: la Atlántida es un altar.

El armazón sobre el que se sustenta el templo son las vigas que sobresalen de los siete pilares principales, aquellos en los que se asientan todos los océanos. Retorcidas arquivoltas decoradas con relieves de tritones y santos paganos, acuíferos, refuerzan la estructura oval del edificio principal, cuyas paredes quedan surcadas de burbujas al contraerse y ensancharse, moviendo al tiempo las formaciones coralinas y la piedra derrumbada que rodean la entrada, como si ésta vocalizase mi nuevo nombre sin emitir sonido alguno. En la distancia, suenan cantos de ballena, pero lo que en realidad escuchan mis oídos inundados, aún resistiéndose a asimilar determinadas frecuencias tras la detonación, convalecientes por la leve sordera que he arrastrado conmigo después de la catástrofe del Kiber, es la llamada de la boca del santuario:

-Abraham, entra aquí, únete a los tuyos, muéstrame las maravillas que de mí cuentan los moradores de la tierra y distráete con mis juegos, que son arcanos pero aún vigentes.

Me resisto todo lo que puedo, intentando flotar estático frente a la corriente submarina que pretende arrastrarme. Encaro el pórtico, coronado por una perla negra y púrpura allí donde las dos mitades del óvalo se unen por sus extremos superiores, y puedo ver el patio que sirve de recepción a los visitantes, en cuya superficie pequeños volcanes lanzan piruetas de gases tóxicos y crecen despacio cuando la lava candente, proveniente de alguna capa aún más profunda, entra en contacto con el agua; un poco más adelante, el patio se bifurca en dos pasillos gemelos que conducen a otras tantas construcciones, menores que la principal y, por supuesto, muchísimo menos ostentosas que el pórtico y el ábside. Son los dos pequeños palacios en la meta del eterno retorno. El lugar del que una ínfima parte de mí surgió una vez, y al que esa misma parte ansía volver continuamente.

-Abraham, desanda los pasos de la evolución -sugiere el altar.

Supongo que, solo y sumergido como me hallo, necesito inventar una voz que me sirva de conciencia. Pero en realidad no quiero morir, no deseo postrarme ante el Kraken; sé que soy el único superviviente de su ataque y no voy a renunciar a mis privilegios para caer rendido a sus pies ahora, sólo porque estoy cansado y me arden las piernas después del camino descendente recorrido. Es por esto que ignoro los consejos de este paraíso mítico sumergido y vuelvo a tender las redes enmarañadas de las supercuerdas, mi enmarañada cordura que hierve al sol y se mezcla con recuerdos inventados, anhelando volver a la playa donde, allí y sólo allí, deberá ser completado mi sacrificio.

La misma playa en la que un policía veterano apretó el hombro de su joven compañero para impedirle pronunciar de nuevo las dos palabras:

-Tebet… -había empezado a decir el chico.

-Déjalo, chaval. En serio -intervino entonces el policía-. Sé de muy buena tinta que repetir lo que está escrito en el pecho de un cadáver no trae más que la peor de las malas suertes.

-No soy supersticioso -protestó el primero-. Y creo de verdad que esto es algo que tendríamos que investigar seriamente.

El oído curioso de uno de los que por el escenario del crimen rondaban, el secretario del juez al que habían llamado para el levantamiento del cuerpo, sonrió de forma cínica e hizo un gesto de alerta al veterano, ordenándole atajar de raíz la intriga creciente en el aprendiz de policía.

-No hay nada que investigar -dijo el hombre, provocando que su joven compañero apretase los dientes por la injusta muestra de deferencia implicada en el tono de su voz-. El juez lo ha dejado muy claro. Esto es algo que nos sobrepasa en mucho.

-No creo que la policía deba…

-¿Ya no te acuerdas de lo que te he dicho acerca de dejar las cosas grandes en manos de hombres más grandes e interesados?

El Gitano Toño, encarroñado por gestos presuntamente ignorantes.

 

-La frustración, hijo mío, te lleva a la duda y luego al alcohol, para al final ir a desembocar al mar.

-Todo éxito se construye sobre el cadáver de la persona que estábamos destinados a ser.

 

Ava Gardner se hizo un corte en la planta del pie con un pedazo de concha que la marea había arrastrado hasta la playa. Ni siquiera se quejó. Luís Miguel Dominguín seguía paladeándola con educado deleite y ella se aferraba al brazo de él para no salir despedida hacia la estratosfera. Una gotita de sangre dejó una mancha indeleble en la arena, en cuyo lugar exacto mi abuelo me juró un día que jamás nunca nada volvería a sedimentar y que, con el paso de los siglos, se convertiría en un cañón o una raedura, un lugar de puro vacío que los turistas visitarían, acudiendo al reclamo propagandístico de ver el acantilado dejado por la herida que Ava Gardner le inflingió al mundo mientras paseaba con su torero, intentando olvidar al feto abortado que había arrojado al mar entre ademanes que la convertían en una bruja terrible.

Su bola de cristal le mostró que, poco después, tres caminantes encontrarían el cadáver del Gitano Toño en el mismo punto en que su esencia se había derramado. El espéculo predijo las andanzas de uno de los jóvenes policías relacionados con el descubrimiento, mostrándose impermeable al silencio impuesto por sus superiores, a través de lugares de reunión de viejos marinos cuyas historias absorbió hasta caer en la trampa de enrolarse en el buque destinado a inclinar la balanza de una guerra que, se decía en las esquinas oscuras, había corrido pareja al extraño sacrificio de Toño. Sediento, como yo ahora, el adolescente Tirso se hizo un hombre sobre la cubierta del Kiber; y en el Kiber, tras la contemplación del rostro del Leviatán, adquirió sus primeras canas. Aún puedo sentirlo dentro, muy dentro. Doy pespuntes con lo poco que me queda a mano e intento confeccionar una vela que nos impulse a los tres (Legión, Tirso y Abraham):

Se busca los rasgos paseando las yemas de los dedos sobre la barba incipiente. Ladea la cabeza como si necesitase distraerse, pero mantiene los ojos cerrados. Astillas del pecio le pinchan los omoplatos. Carraspea, y el escozor le hace sentirse parte de algo más allá del intenso desierto azul que le mece. Si fuese capaz de rezar, no lo haría, porque la saliva malgastada podría acelerar el proceso de deshidratación. Un escalofrío le revuelve el estómago. Ensancha los límites de su percepción hasta que su agonía pasa a ser, de algún modo, un mero detalle en la maraña de tantas otras agonías. Un descenso programado. Se acaricia las cejas y se entretiene con las llagas que en su frente ha dibujado la metralla. Un gorgoteo apagado le rodea.

Dl náufrago suspira y sucumbe.

Oscurece, y empieza a llover.

 
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