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Dinámicas de intrusión Más sobre Francisco Javier Pérez

[1]

Había infinitos otros espacios entre los espacios vacíos, y eso era algo que Elías Pieldetopo sabía bien. Casi todo era cuestión de contemplar el plano adecuado desde la perspectiva correcta. Una ventana es un ojo inverso abierto a una realidad disyuntiva. Todo lo que Elías necesitaba era una ventana, aunque no necesariamente abierta, a través de la cual echar un vistazo a su propia vida.

No hay otro método. No me arrepiento. Nunca miró atrás.

Lo siniestro, sucio y cuestionable en la palabra voyeur se le atragantaba de vez en cuando en forma de acusación infundada, a medio digerir, que obligaba a Elías durante cortos periodos de tiempo a replantearse el lugar que ocupaba en su propia existencia. Por fortuna, aquellos momentos solían durar sólo hasta que la presión atmosférica del espacio abierto, compacto y sólido como el abrazo de un amante despechado, por el que el mundo exterior seguía su curso sin prestar atención a las necesidades del individuo, se volvía tan insoportable como para que cualquier escaparate, cualquier ventanilla en un coche cualquiera que no era el suyo, sirviese de cristal a través del cual espiar una nueva posibilidad, escapar de sí mismo.

Acceder a un universo sin apellidos. Una vasta sucesión de barreras por franquear.

Días dedicados al señor Martín y, en ocasiones, también a su esposa. Ambos llevaban divorciados desde la última Semana Santa, pero aún sentían la pulsión íntima de colisionar, quizá en recuerdo de los buenos tiempos pasados, por alguna coma desafiante en el último borrador del acuerdo de divorcio al que sus respectivos abogados habían llegado; recuperando la pasión al discutir quién era el propietario legítimo de aquel carísimo huevo de Fabergé que descansaba en uno de los estantes de la librería en la sala de estar, a través del ventanal de la cual Elías se soñaba una sala de estar propia, con su propia librería en la que los volúmenes estarían también ordenados, de forma original, por tamaño y color del lomo, en lugar del habitual caos temático y estético que solía observar en otras tantas.

Cuando aún estaba casado, al señor Martín le gustaba cortar los limones con los que acompañaba sus tragos de tequila del domingo por la noche sobre la mesilla auxiliar que su mujer había insistido colocar junto al sofá. El señor Martín se masturbaba con los ojos fijos en las presentadoras de los programas infantiles del sábado por la mañana, mientras su mujer seguía durmiendo el desmayo de los tranquilizantes que tomaba antes de acostarse. El señor Martín se reía un poco demasiado alto los martes, jueves y viernes, después de la cena, viendo su programa cómico favorito. El señor Martín se lamentaba de su perra vida, su perra suerte y su perra sucesión de acontecimientos intrascendentes, cada vez que volvía a casa del trabajo. Es por todo eso y algunas cosas más que su mujer acabó diciendo: hasta aquí hemos llegado, y él lo sabía.

Soy el intruso. Soy el intruso que se arrulla en tu pesadilla porque no dispone del material con el que confeccionar algo para sí.

Suspiros malgastados mientras, en el baño, Aurora se probaba una tras otra sus distintas pieles. Elías se la imaginaba límpida, tal como su madre la había escupido al territorio subyugante de la realidad, sola y en la ducha, pero nunca había llegado a tiempo para poder comprobarlo. En su lugar, había pasado horas contemplando a la mujer rehacerse según la conveniencia del día, como un maniquí a punto de quedar desvencijado y abandonado a su suerte en un sucio callejón.

En aquellos tiempos no era raro toparse en el periódico con la noticia de la aparición del cadáver destripado de alguna vieja prostituta, y ese era sin duda el destino que aguardaba a Aurora; eso sí, no mientras el intruso estuviese agazapado entre las sombras que proyectaba la ropa perpetuamente tendida en el patio trasero, dejando la exhibición visual del cuarto de baño sólo para él.

Sin saberse sutilmente protegida, Aurora se transvestía: hoy en la elegante ejecutiva ninfómana que se paseaba por los bares en busca de un respiro y algo de músculo; mañana en la joven pícara que los años habían dejado atrás, vuelta a invocar por obra y gracia de las fantasías casi pederastas de uno de sus clientes habituales; pasado mañana sería la madre de alguien, o la tía rica de un tercero, o el androide insensible que sirviese de juguete sexual a un cuarto.

Elías saboreaba la derrota perpetua de la mujer a través de la doble capa de cristal esmerilado y rezaba por ella. Rezaba por su protegida y la vital vibración que en su propio corazón provocaba la frustración de ella cada vez que se miraba al espejo, que se bajaba las bragas antes de sentarse en la taza del váter, que se retocaba un rizo rebelde.

Llegar a comprender y abrazar los lazos entre desaparición y confusión.

El Bebé del matrimonio joven, en contraposición, proporcionaba a Elías Pieldetopo la ilusión de un nuevo comienzo. Envuelto en tonos pastel, como si el todo fuese un medio ambiente vaporoso, rosado, con olor a jengibre y flores dulzonas, el niño aprendía y ejecutaba cabriolas recién descubiertas con paso firme, ajeno a los raciocinios con los que algún día debería bregar para formular su propio espacio. La blanda inocencia de su saliva al manchar la moqueta del suelo, los juguetes desparramados por todas partes, el entramado de lenguaje gutural articulado por sus jóvenes padres (no mayores que Elías, como él mismo pudo comprobar en una ocasión)… Todo era un amanecer entre pañales, confortable.

Elías se jugaba la privacidad con golpecitos en la ventana de la habitación del niño, mientras éste simulaba pensar, desvelado, boca arriba, en su cunita; y el Bebé le contestaba con un aleteo de sus pequeños dedos, casi sin formar del todo aún, que tanto podía querer decir bienhallado como lárgate de mi puta casa. Una cara inexpresiva y rosada que provocaba sonrisas de puro regocijo, eso eran el Bebé y lo que desprendía, vistos desde la perspectiva del otro lado del muro exterior.

El azar prefijado me convierte en un mando a distancia, que sólo tiene que desplazarse en busca del espectáculo de vuestros acontecimientos para proyectarlos en una retina de vidrio en la que perderme y ser vosotros.

Y por último estaba Dana, la obsesión de obsesiones para Elías Pieldetopo.

Dana vivía en el chalet que sus padres le habían dejado en herencia, una enorme casa que en otro momento había sido poco más que una edificación caprichosa en medio de un paisaje agreste, alejado en exceso de la ciudad más cercana pero no lo suficiente como para convertirse en un verdadero lugar de descanso y vacaciones de fin de semana. La estructura demográfica, sin embargo, cambió en algún momento poco antes de que las fantasías de Elías cobrasen forma, y aquella casa se convirtió en el punto alrededor del cual se había establecido una urbanización en forma de telaraña, cuyos filamentos más alejados del centro convergían con la franja que, en los mapas, señalaba el límite municipal de la población que antaño parecía tan lejana; hecho que había servido a la revalorización de la propiedad heredada por la chica, al mismo tiempo que facilitaba las incursiones de su acosador, como si la política urbanística se hubiese aliado con la dinámica de intrusión de éste.

Dana, ausente, se mostraba a los ojos de Elías como desorden post-adolescente y, sin previo aviso, sin que mediase provocación alguna, de vuelta a la limpieza de un hábitat casi aséptico. La chica se movía a ráfagas. Toda ella, al igual que sus circunstancias, mutaba a capricho, al parecer un centenar de veces con cada parpadeo, mientras estaba fuera de casa, lo cual representaba un desafío para el observador omnisciente que era Elías. Cuando la chica había salido a trabajar, o estaba de compras, o tomando café con sus amigas, el paisaje de su hogar se componía, unas veces, de platos sucios en el fregadero, toallas húmedas en el suelo de la habitación, coronando montones de ropa sucia, envoltorios de productos dietéticos en el comedor y rastros trazados por la suela negra de sus zapatillas deportivas sobre el parqué de la planta superior; mientras en otras tantas ocasiones, su paso por la casa apenas quedaba evidenciado por la presencia intangible de una inteligencia tras el riguroso orden en que las copas se alineaban en la repisa de un armario sin puertas, el patrón lógico de las fotos en el recibidor y la frialdad que mantenía en su sitio las distintas publicaciones que albergaba un revistero con aspecto de reliquia familiar.

Dana, presente, solía cortarse las uñas de los pies una vez al mes, generalmente los lunes, mientras veía películas del ciclo de cine clásico que programaba uno de los canales generalistas; se dejaba llevar por lo que fuese que estuviese radiando la emisora local de pop-rock y bailaba según su propio criterio, cantando incluso, cuando se sabía la letra, al compás de la música; susurraba anotaciones mentales cuando planeaba pasar por el supermercado a la vuelta del trabajo; se probaba vestidos que nunca había lucido más allá del quicio de la puerta de su habitación; y clavaba la vista en el enorme carillón del pasillo como si contase los segundos que le quedaban a aquel momento, sin duda una situación provisional en el plan de vida que quería llevar a cabo.

Dana era preciosa en su imprevisión.

Dana podría arreglar un país entero, o destruirlo por completo, sólo con aquella expresión expectante en sus ojos marrones cuando miraba a través de la ventana de la cocina, alertada por un ruido súbito en el jardín.

-¡¿Se puede saber qué coño haces aquí?! -grita Dana después de agachar la cabeza y encontrarme parapetado de forma penosa tras el pequeño arbusto situado bajo la ventana corredera de la cocina, con los nudillos de la mano que la mantienen abierta blancos por la tensión y los de la otra apuntando a mi cara, esbozando un puñetazo que yo ya sé no llegará a lanzar nunca.

-No... no… no es lo que piensas -me defiendo.

La expresión de mi rostro la ablanda, permitiendo que su verdadera persona, la esencia en su interior que la hace ser como es, aflore.

-No soy un pervertido -sentencio, alentado por su espontánea sonrisa, y añado: -. Perdona.

-Ya sé que no eres un pervertido. Te he visto otras veces…

-¿Otras veces?

-Espiándome. Y la verdad, me intriga saber qué clase de fantasía puede satisfacer mi mierda de vida.

-Pero tú… Yo…

El aire entre nosotros queda muerto, silencioso hasta doler.

-Tu vida no es una mierda -digo, revitalizando la situación.

-Claro que sí -dice ella, todo su cuerpo relajándose al unísono como si le hubiese sobrevenido un aburrimiento definitivo-. Y la próxima vez, si quieres comprobarlo, llama a la puerta. Pensándolo mejor, llama a la puerta y trae contigo una botella de vino… Mañana por la noche, a eso de las nueve y media.

 

[2]

Junto a Dana, todo transcurría entre paréntesis. La desaceleración era lo que los mantenía entrelazados y perdidos, uno dentro del otro. El tacto transformaba sus roces bajo las sábanas en sonidos de cópula que parecían poesía líquida; el sabor de sus pieles, como transmitido por telepatía, era asimilado por ambos en forma de fragancias imposibles, fragancias de afrodisíaco que rellenaban los huecos de sus conversaciones eternas a través de las tardes de su tiempo en común; y la vista nunca, nunca era un impedimento, siquiera algo a tener en cuenta más allá de su uso funcional.

La magnífica representación del universo sin apellidos soñado por Elías Pieldetopo se apoderaba de él cada segundo un poco más, seccionado del discurrir consensuado, al abandonarse a la ilusión de una relación tangible, una historia que alguien como él pudiese contemplar desde el otro lado del cristal y en la que ese supuesto doble podría perderse, hacer pasar por propio aquel vagar a través de la existencia y sentirse bien, completo como el mismo Elías, y en conjunción con Dana, cuyo nombre era siempre pronunciado sin condimentos que empañasen la transparencia de su aceptación y su bondad.

Un mundo prístino se desarrollaba a su alrededor, completo, entre las burlas que la pareja dedicaba a las videntes que montaban tenderetes de lectura del tarot en el paseo marítimo, los arrumacos a medio gas cuando creían que nadie estaba pendiente de ellos, las ligeras rencillas en la cola del cine y los cotilleos acerca de los compañeros de trabajo de ella y los grises peones con los que él se encontraba a lo largo de su desangelada búsqueda diaria de empleo.

La distorsión sensorial del sujeto ha aumentado exponencialmente. Parece haber desarrollado por completo un trastorno de realidad divergente.

Cegados por el sol y el ladrillo, Dana y Elías solían salir a pasear por la urbanización sin más trabas que su mutua presencia. Los hogares que les rodeaban convertidos en sólo el marco de la escena de su relación, contenedores estancos dentro de los cuales otras familias u otras parejas se tendían puentes afectivos; donde otras soledades eran mitigadas por los fogonazos de la televisión, el sonar espontáneo de un teléfono, o el ronroneo de una multitud de formas distintas de reproducir sonidos de compañía.

El único capricho que Elías se permitía de vez en cuando, era quedarse en silencio, atento a cualquier detalle, mirando a Dana con caníbal enamoramiento mientras ésta dormía; tentado, a veces, a intentar escrutar un poco en su amable interior, aprovechar las proverbiales ventanas abiertas de los ojos de ella y buscar un nuevo ángulo desde el que observarse. En esas ocasiones, cuando finalmente la modorra se apoderaba de él, traía consigo una pátina de sentimiento egoísta y una leve angustia, como si algo en su fuero interno sospechase que jamás iba a estar conforme del todo con el estado de las cosas; sensaciones un tanto amargas que el sueño se encargaba de excretar, con tranquilidad, durante las siguientes horas en blanco.

Inicializando protocolos coercitivos de reajuste.

Hasta que una tarde en concreto, Elías Pieldetopo se dio cuenta de que él y Dana no tenían un día de celebración para ellos solos. Las parejas, las buenas parejas, conmemoran continuamente las cosas más ridículas: el primer mes de estar juntos, el primer año, el primer polvo, el primer paseo, la primera discusión a gritos, el último susto provocado porque a ella no le ha bajado la regla… Así que Elías decidió que aquel día era tan bueno como cualquier otro para sorprender a la mujer que le había cambiado el destino.

Fue por eso que, abandonándose de nuevo a las costumbres adquiridas durante su etapa clandestina, que tan lejos le parecía ya, trepó el muro que separaba el jardín de la casa heredada de Dana de la calle vacía en una urbanización extraordinariamente silenciosa, rodeó los dos árboles frutales junto al camino de grava que siseaba a través del césped, sin hacer un solo ruido, forzó con delicadeza las contraventanas del cuarto de estar de la planta baja, y pegó la cara al cristal, improvisando una entrada.

Dana no estaba, ya contaba con ello. Pero lo que Elías no esperaba encontrar allí, sobre el sofá de terciopelo verde en el que una vez había confesado todos y cada uno de sus pecados a su beatífica compañera, era a dos individuos fibrosos, bronceados, desnudos hasta sus mismísimas almas, enzarzados en una batalla que salpicaba de lujuria las paredes de la estancia y hería al observador con preguntas ciegas que jamás nadie se atrevería a responder.

Uno de ellos, de pie y dándole la espalda a Elías, penetraba al segundo, el cual mantenía el rostro apretado contra el respaldo del mueble, tiñendo el verde terciopelo de fluidos corporales generosamente desechados. Este último gritaba, indicando la intensidad deseada a su contrincante, con una voz que tensó una cuerda imaginada en la garganta seca del hombre que, armado del sigilo sicótico de los irracionalmente furiosos, tiró con fuerza del marco del ventanal y se coló en el cuarto de estar.

Antes de que los desubicados amantes pudiesen desacoplarse, su pasión vuelta desconcierto y las alarmas de su instinto sonando a todo volumen, Elías saltó hacia ellos con los codos abiertos y los puños apretados, empujando al que hasta cinco segundos antes había estado ocupado en introducir su pene en el delicado ano de su partenaire, contra la pesada mesa de acero forjado situada a un lado del sofá para, acto seguido, agarrar al segundo intruso, el penetrado, cuyo pelo era del mismo castaño oscuro que el de la propietaria de la casa que ambos acababan de profanar con su desenfreno homosexual, obligarle a caer de rodillas frente a él y cerrar las manos alrededor de su cuello.

-¡Daniel! -hipó el primer agredido, con los dientes apretados y sin resuello después del costalazo contra una de las esquinas de la mesa, incapaz de hacer nada más por liberar a su compañero de la presa de Elías.

-¡¿Qué estáis haciendo aquí, maricones?! -gritó éste, enrojecido por la ira e ignorando el pulso de la carótida de su víctima tamborileándole en los dedos.

-No nos haga daño, señora… Por Dios, no hacíamos nada malo -suplicó, de nuevo, el hombre cuyo cuerpo aún se resistía a reaccionar y despegarse del mueble contra el que había impactado.

-¡¿Señora?! ¡¿Qué cojones estás dicien…?! -un estremecimiento involuntario obligó a Elías a aflojar la presión de su improvisada horca, soltar al chico y dar un paso atrás.

El recién liberado, a su vez, gateó hasta la posición que ocupaba su compañero, tomando enormes bocanadas de aire y miedo. Apenas dos pasos a su izquierda, Elías monologaba con los ojos puestos en blanco:

-Señora… ¡Señora!.. Estos jodidos bujarras se creen que todo el mundo es como ellos… Entran en mi casa… ¡En tu casa!.. Perdón, Dana… Y pretenden que nadie les va a decir nada mientras se enculan y se lamen y se muerden y se…

Con la conexión sutil que entre ellos existía rota por la violencia, los dos chicos se miraron a los ojos, desconcertados, incapaces de decodificar las señales del otro, necesitados de un medio de comunicación más concreto.

-¿Estás bien, Bruno? Tu espalda… -dijo finalmente el de pelo clónico al de Dana.

-No pasa nada, Daniel… Tenemos que llamar a la policía y…

-¡Y una polla, llamar a la policía! -interrumpió Elías, asiendo con un rápido movimiento un pesado cenicero de mármol que descansaba, ajeno a su futuro como arma, en una estantería en la que también se alineaban, en escrupuloso orden, de menor a mayor tamaño, un puñado de copas de cristal-. Primero voy a asegurarme de que se os pasan las ganas de volver a colaros en casa de nadie para hacer eso que hacéis, y luego ya veremos.

Daniel profirió un chillido incongruente, que volvió a tensar un poco más la cuerda metafórica en la garganta de Elías; la cuerda de titiritero que tiraba de él en dirección al chico, al tiempo que le alzaba la mano con la que sostenía, amenazante, el objeto que en breve quedaría irreconociblemente cubierto de sangre y fragmentos de cráneo.

-¡Cállate! ¡Cállate! ¡Cállate! -repitió Elías, al compás de los golpes que descargaba una y otra vez contra la cabeza de Daniel -¡Cállate! ¡Cállate! ¡Cállate!

-Da… niel… no… no… por Dios… -musitó Bruno, paralizado por el horror.

-¡Cállate!

Al centrarnos en la manipulación disociativa, creímos que no sería necesario tener en cuenta los antecedentes agresivos del número veintitrés.

-Todo esto está muy bien, pero ¿cuánto nos va a costar recuperar al sujeto?

-¿Recuperarlo? ¿En qué sentido?

-Ya sabe lo que quiero decir. Traerla de vuelta al laboratorio, arreglar el papeleo y deshacernos de ella.

-Pero eso echará al traste todo el proyecto. Nos veríamos obligados a empezar otra vez de cero, ahora que estábamos tan cerca de la última fase. La comercialización del producto se vería…

-El consejo ya ha decidido que no le importa aplazar la comercialización. De hecho, en este mismo momento está reunido para redefinir la estrategia de invasión.

-¿Qué es lo que quiere de mí, entonces?

-Que responda a mi pregunta: ¿cuánto va a costarnos?

 

[3]

Un hombre invisible entró en la celda de Sofía Pieldetopo. Puntitos eléctricos como quemaduras de cigarrillo fantasmagóricas moteaban un tanto la oscuridad en derredor y la mujer se supo loca por un instante, porque el hombre invisible dijo que ya podía salir de aquel agujero.

Dijo que lo pasado, pasado estaba y que nadie se lo iba a reprochar ni le iba a llamar la atención si se marchaba sin mirar atrás.

Dijo que alguna clase de departamento de noséqué en el centro nosecuántos se había encargado de todo y que, por favor, tuviese cuidado con los manos y los pies, mientras de forma gentil la ayudaba a meterse en la panza de un engendro mecánico, sin ruedas a la vista, que de algún modo incomprensible debía transportarla a algún lugar al que ni siquiera quería ir, porque no había oído hablar de él jamás.

El juez se dirige a mí con una expresión de fuego y azufre. Está enfadado porque no respondo a las preguntas que formula a una tal Sofía, como si yo fuese esa Sofía y no Elías Pieldetopo, el hombre al que están acusando injustamente de haber matado a uno de los maricones rijosos que se habían colado en casa de la que algún día será mi esposa.

Sí, supongo que maté a aquel chico. Y así lo he reconocido mil veces, pero nadie quiere creer que ha sido en defensa propia; que si me he extralimitado, ha sido sólo por repeler la agresión que se estaba llevando a cabo contra lo único que he considerado sagrado en toda mi vida: mi intimidad. Nuestra intimidad. La de Dana y la mía.

-Esto es una bobada -ruge el hombre de la toga-. Pongamos algo en claro, por favor… ¿La acusada se declara culpable, o no?

Yo permanezco callado, porque me niego a que nadie, por muy juez que sea, me denigre de esa forma. Tomarme por una mujer…

-Quisiéramos alegar, su señoría -intercede en mi favor, por supuesto, Dana, quien por motivos que desconozco se ha hecho cargo de mi defensa-, que los actos cometidos por la acusada sin duda son producto del severo trastorno mental que padece.

-De eso ya nos habíamos dado cuenta todos, letrado -interpela el juez, empeñado en humillar a todo el que se le ponga por delante.
Ardo en deseos de saltar por encima de la mesa, cubrir los aproximadamente tres metros que me separan del hijo de puta que nos está haciendo esto y morderle el cuello hasta que se desangre, pero tengo la muñeca izquierda esposada a la silla y me temo que alguno de los seis alguaciles que me flanquean vaya a atajar de raíz cualquier movimiento brusco que se me ocurra hacer, antes siquiera de pensarlo.

Así que trato de calmarme, tiro del faldón de la elegante americana que viste Dana, para llamar su atención y, cuando se agacha lo suficiente, le susurro al oído:

-Creo que esa no es la mejor táctica, cariño. Deberías dejarme hablar a mí.

Uno tras otro, una caterva de hombres invisibles visitaron la apacible habitación de paredes desnudas, grises, en la que habían instalado a Sofía. Eran invisibles, sin duda, ya que la mujer se sentía incapaz de recordar sus caras, sus ropas, sus maneras y lenguaje corporal característico, durante los cortos periodos en que la dejaban a solas, descansando, como si en realidad su cerebro no lograse procesar del todo la información que recibía a través de los ojos.

Pero sus voces, sus tremendas y angostadas voces, eso sí podía recordarlo. Y ella las reproducía una y otra vez en su cabeza, como un mantra en forma de ecos solapándose que buscase hacerse un hueco en los infinitos otros espacios entre los espacios vacíos, los intersticios de sus sentidos que no sabía, o había olvidado en algún momento, rellenar.

 

Aparece un “experto” y me pone ante un espejo… O lo que él dice es un espejo, porque la única imagen que éste devuelve es la de una extraña señora con aspecto de no estar demasiado cuerda; alguien a quien nunca he visto antes que, supongo que por seguir adelante con la pantomima a la que cada persona que pasa por esta sala del juzgado pretende aportar su granito de arena, imita mis gestos de forma automática, como si ambos hubiésemos estado preparando la coreografía durante una eternidad.

-Por favor, señoría… -impreca Dana, desde el banquillo del que hace un momento dos de los alguaciles me han obligado a levantar el culo-. Está claro que ni tan siquiera se reconoce en el espejo. ¿Es necesario que sigamos con esto?

-Sólo estoy aquí para hacer mi trabajo -se defiende el “experto”, sintiéndose agredido por las palabras de mi defensora.

 

Las voces crepitaban entre las sinapsis de Sofía Pieldetopo y la culpaban de haber hecho fracasar un experimento que ya le estaba costando a la multinacional una millonada. Murmuraban entre sí cosas que retorcían a la mujer por dentro, muy adentro, en los adentros que habitaba alguna otra persona, la que no dejaba de llorar y llorar y llorar, con un hilo de llanto infantil de lo más impropio.

Una voz decía que Sofía se aferraba a una de sus personalidades múltiples, masculina, que había pasado por un periodo de erotización visual inconsciente, había sido un voyeur antes de encontrar a su ideal romántico durante una de sus expediciones de observación.

Dana se enfurruña, da una palmada sobre la mesa cuya intensidad puedo sentir en la vibración que transmiten las esposas y se encara por enésima vez con el juez

-¡¿Un día más?! ¡¿Es que no se da cuenta de que la acusada necesita atención psicológica urgente?! -grita.

-Letrado, creo que este caso le está trastornando casi tanto como a su cliente -sonríe el cabrón de la toga-. Y me reafirmo en lo que ya he dicho: acabaremos con esta tanda de pruebas, y haremos un descanso hasta mañana.

Nadie la escucha, sólo yo. Pero a mí tampoco quieren hacerme caso, parece que hayan dictado sentencia sin darme una sola posibilidad de hablar, por mí mismo, en mi favor. Por eso Dana acerca su rostro luminiscente al mío y susurra:

-Esto me huele fatal. Hay algo… O más bien alguien… A quien no le interesa hacer lo único justo, que es encerrarte en un sanatorio y tirar la llave al río.

 

Enseguida, un par de las otras voces rectificaban a la primera, y afirmaban que el problema radicaba en que a Sofía la devoraba por dentro el sentimiento de culpabilidad por no haber estado en casa el día en que su hijo de apenas unos meses murió por un paro cardiorrespiratorio súbito mientras dormía.

Después de llevarse el espejo, me enseñan un montón de fotos del Bebé del matrimonio joven a la ventana del cual me solía asomar cuando estaba deprimido, hace tanto que ya me parece que pasó durante una anterior encarnación, y una nueva pareja de “expertos” jura y perjura que el que aparece en las imágenes es un hijo al que no recuerdo haber tenido jamás, ni mecido jamás, ni olido jamás, ni…

Me vuelvo para mirar a Dana y hacerla cómplice de la estupidez latente que parece que sólo yo vea en todo esto, y me encuentro con que no está donde debería.

En su lugar, un hombre de unos cincuenta años, vestido con un traje de aspecto barato y con el rostro casi cubierto por completo por unas ojeras enormes, se encoge de hombros.

Otras voces se alzaban, disidentes, y se preguntaban si acaso Sofía había establecido contacto con su ex marido mientras estaba fuera del control del radar. De ser así, quizá el choque de la nueva personalidad con alguna otra más antigua, rota y ya desechada pero aún latente en la inconsciencia, podría provocar un rebrote de la tendencia homicida que pretendían erradicar con el experimento.

Hacen entrar en la sala al señor Martín. Éste me guiña un ojo impregnado en una complicidad cuyo privilegio nadie le ha otorgado y me señala cuando le preguntan por su mujer. Su cráneo es un huevo de Fabergé que, de repente, echo de menos.

Empiezo a sentirme mareado… Mareada… Y mi boca decide ponerse a aullar como si me estuviesen quemando las entrañas, entre risotadas, con un hierro al rojo vivo.

Y Sofía escuchaba todos y cada uno de los argumentos de las voces anexas a los cuerpos inexistentes de los hombres invisibles, estando intermitentemente presente: ahora aparecía como ella misma, más tarde como Elías Pieldetopo, un poco después como la esposa del señor Martín, de súbito transmutaba en la madre cuyas córneas no encontraban la salida a través de las lágrimas, para luego verse a sí misma ensangrentada hasta los codos, sosteniendo en alto una de las piernas recién cercenadas que en algún momento de la noche había estado firmemente unida al cuerpo de Aurora.

 

Se monta una algarabía cuando empiezo a sacudirme. Parpadeo hasta que me duele la cara. Dos docenas de personas me rodean y todas son Dana y me muero de miedo. Por encima del bullicio, el juez, bastardo de los cojones, ordena:

-Lo dejaremos aquí hasta mañana. Y recuerdo a ambas partes que procuren prepararse bien sus argumentos al respecto de ese asunto sin resolver de las prostitutas muertas por el que hace un tiempo se estuvo investigando a la acusada.

Todos son Dana: las dos Danas que me tiran al suelo, me sueltan de la silla y antes de que me dé cuenta vuelven a colocarme las esposas, obligándome a mantener los brazos tras la espalda; la Dana que me sujeta mientras bajo a trompicones los escalones que llevan al calabozo; la Dana que afloja los grilletes y me empuja al interior de una celda que se parece a la vagina de Dana, o a la curva de la rodilla de Dana, o a uno de los pechos de Dana, o a al sofá verde de Dana…

Otra Dana entra en mi celda, mucho después de que la última se haya ido, y me dice que puedo marcharme. Así, sin más.

 

Iba y venía. Iba y venía de dentro a fuera, como un calcetín con el que un subnormal no pudiese dejar de jugar. Las distintas, infinitas a efectos, fracciones de Sofía Pieldetopo la torturaban al masaje de las voces de los hombres invisibles.

Hasta que alguno de ellos, piadoso, apagó la luz.

 
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