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Había infinitos otros espacios
entre los espacios vacíos, y eso era algo que
Elías Pieldetopo sabía bien. Casi todo
era cuestión de contemplar el plano adecuado
desde la perspectiva correcta. Una ventana es un ojo
inverso abierto a una realidad disyuntiva. Todo lo que
Elías necesitaba era una ventana, aunque no necesariamente
abierta, a través de la cual echar un vistazo
a su propia vida.
No hay otro método. No me
arrepiento. Nunca miró atrás.
Lo siniestro, sucio y cuestionable
en la palabra voyeur se le atragantaba de vez en cuando
en forma de acusación infundada, a medio digerir,
que obligaba a Elías durante cortos periodos
de tiempo a replantearse el lugar que ocupaba en su
propia existencia. Por fortuna, aquellos momentos solían
durar sólo hasta que la presión atmosférica
del espacio abierto, compacto y sólido como el
abrazo de un amante despechado, por el que el mundo
exterior seguía su curso sin prestar atención
a las necesidades del individuo, se volvía tan
insoportable como para que cualquier escaparate, cualquier
ventanilla en un coche cualquiera que no era el suyo,
sirviese de cristal a través del cual espiar
una nueva posibilidad, escapar de sí mismo.
Acceder a un universo sin apellidos.
Una vasta sucesión de barreras por franquear.
Días dedicados al señor
Martín y, en ocasiones, también a su esposa.
Ambos llevaban divorciados desde la última Semana
Santa, pero aún sentían la pulsión
íntima de colisionar, quizá en recuerdo
de los buenos tiempos pasados, por alguna coma desafiante
en el último borrador del acuerdo de divorcio
al que sus respectivos abogados habían llegado;
recuperando la pasión al discutir quién
era el propietario legítimo de aquel carísimo
huevo de Fabergé que descansaba en uno de los
estantes de la librería en la sala de estar,
a través del ventanal de la cual Elías
se soñaba una sala de estar propia, con su propia
librería en la que los volúmenes estarían
también ordenados, de forma original, por tamaño
y color del lomo, en lugar del habitual caos temático
y estético que solía observar en otras
tantas.
Cuando aún estaba casado, al
señor Martín le gustaba cortar los limones
con los que acompañaba sus tragos de tequila
del domingo por la noche sobre la mesilla auxiliar que
su mujer había insistido colocar junto al sofá.
El señor Martín se masturbaba con los
ojos fijos en las presentadoras de los programas infantiles
del sábado por la mañana, mientras su
mujer seguía durmiendo el desmayo de los tranquilizantes
que tomaba antes de acostarse. El señor Martín
se reía un poco demasiado alto los martes, jueves
y viernes, después de la cena, viendo su programa
cómico favorito. El señor Martín
se lamentaba de su perra vida, su perra suerte y su
perra sucesión de acontecimientos intrascendentes,
cada vez que volvía a casa del trabajo. Es por
todo eso y algunas cosas más que su mujer acabó
diciendo: hasta aquí hemos llegado, y él
lo sabía.
Soy el intruso. Soy el intruso
que se arrulla en tu pesadilla porque no dispone del
material con el que confeccionar algo para sí.
Suspiros malgastados mientras, en el
baño, Aurora se probaba una tras otra sus distintas
pieles. Elías se la imaginaba límpida,
tal como su madre la había escupido al territorio
subyugante de la realidad, sola y en la ducha, pero
nunca había llegado a tiempo para poder comprobarlo.
En su lugar, había pasado horas contemplando
a la mujer rehacerse según la conveniencia del
día, como un maniquí a punto de quedar
desvencijado y abandonado a su suerte en un sucio callejón.
En aquellos tiempos no era raro toparse
en el periódico con la noticia de la aparición
del cadáver destripado de alguna vieja prostituta,
y ese era sin duda el destino que aguardaba a Aurora;
eso sí, no mientras el intruso estuviese agazapado
entre las sombras que proyectaba la ropa perpetuamente
tendida en el patio trasero, dejando la exhibición
visual del cuarto de baño sólo para él.
Sin saberse sutilmente protegida, Aurora
se transvestía: hoy en la elegante ejecutiva
ninfómana que se paseaba por los bares en busca
de un respiro y algo de músculo; mañana
en la joven pícara que los años habían
dejado atrás, vuelta a invocar por obra y gracia
de las fantasías casi pederastas de uno de sus
clientes habituales; pasado mañana sería
la madre de alguien, o la tía rica de un tercero,
o el androide insensible que sirviese de juguete sexual
a un cuarto.
Elías saboreaba la derrota perpetua
de la mujer a través de la doble capa de cristal
esmerilado y rezaba por ella. Rezaba por su protegida
y la vital vibración que en su propio corazón
provocaba la frustración de ella cada vez que
se miraba al espejo, que se bajaba las bragas antes
de sentarse en la taza del váter, que se retocaba
un rizo rebelde.
Llegar a comprender y abrazar los
lazos entre desaparición y confusión.
El Bebé del matrimonio joven,
en contraposición, proporcionaba a Elías
Pieldetopo la ilusión de un nuevo comienzo. Envuelto
en tonos pastel, como si el todo fuese un medio ambiente
vaporoso, rosado, con olor a jengibre y flores dulzonas,
el niño aprendía y ejecutaba cabriolas
recién descubiertas con paso firme, ajeno a los
raciocinios con los que algún día debería
bregar para formular su propio espacio. La blanda inocencia
de su saliva al manchar la moqueta del suelo, los juguetes
desparramados por todas partes, el entramado de lenguaje
gutural articulado por sus jóvenes padres (no
mayores que Elías, como él mismo pudo
comprobar en una ocasión)… Todo era un
amanecer entre pañales, confortable.
Elías se jugaba la privacidad
con golpecitos en la ventana de la habitación
del niño, mientras éste simulaba pensar,
desvelado, boca arriba, en su cunita; y el Bebé
le contestaba con un aleteo de sus pequeños dedos,
casi sin formar del todo aún, que tanto podía
querer decir bienhallado como lárgate
de mi puta casa. Una cara inexpresiva y rosada
que provocaba sonrisas de puro regocijo, eso eran el
Bebé y lo que desprendía, vistos desde
la perspectiva del otro lado del muro exterior.
El azar prefijado me convierte
en un mando a distancia, que sólo tiene que desplazarse
en busca del espectáculo de vuestros acontecimientos
para proyectarlos en una retina de vidrio en la que
perderme y ser vosotros.
Y por último estaba Dana, la
obsesión de obsesiones para Elías Pieldetopo.
Dana vivía en el chalet que
sus padres le habían dejado en herencia, una
enorme casa que en otro momento había sido poco
más que una edificación caprichosa en
medio de un paisaje agreste, alejado en exceso de la
ciudad más cercana pero no lo suficiente como
para convertirse en un verdadero lugar de descanso y
vacaciones de fin de semana. La estructura demográfica,
sin embargo, cambió en algún momento poco
antes de que las fantasías de Elías cobrasen
forma, y aquella casa se convirtió en el punto
alrededor del cual se había establecido una urbanización
en forma de telaraña, cuyos filamentos más
alejados del centro convergían con la franja
que, en los mapas, señalaba el límite
municipal de la población que antaño parecía
tan lejana; hecho que había servido a la revalorización
de la propiedad heredada por la chica, al mismo tiempo
que facilitaba las incursiones de su acosador, como
si la política urbanística se hubiese
aliado con la dinámica de intrusión de
éste.
Dana, ausente, se mostraba a los ojos
de Elías como desorden post-adolescente y, sin
previo aviso, sin que mediase provocación alguna,
de vuelta a la limpieza de un hábitat casi aséptico.
La chica se movía a ráfagas. Toda ella,
al igual que sus circunstancias, mutaba a capricho,
al parecer un centenar de veces con cada parpadeo, mientras
estaba fuera de casa, lo cual representaba un desafío
para el observador omnisciente que era Elías.
Cuando la chica había salido a trabajar, o estaba
de compras, o tomando café con sus amigas, el
paisaje de su hogar se componía, unas veces,
de platos sucios en el fregadero, toallas húmedas
en el suelo de la habitación, coronando montones
de ropa sucia, envoltorios de productos dietéticos
en el comedor y rastros trazados por la suela negra
de sus zapatillas deportivas sobre el parqué
de la planta superior; mientras en otras tantas ocasiones,
su paso por la casa apenas quedaba evidenciado por la
presencia intangible de una inteligencia tras el riguroso
orden en que las copas se alineaban en la repisa de
un armario sin puertas, el patrón lógico
de las fotos en el recibidor y la frialdad que mantenía
en su sitio las distintas publicaciones que albergaba
un revistero con aspecto de reliquia familiar.
Dana, presente, solía cortarse
las uñas de los pies una vez al mes, generalmente
los lunes, mientras veía películas del
ciclo de cine clásico que programaba uno de los
canales generalistas; se dejaba llevar por lo que fuese
que estuviese radiando la emisora local de pop-rock
y bailaba según su propio criterio, cantando
incluso, cuando se sabía la letra, al compás
de la música; susurraba anotaciones mentales
cuando planeaba pasar por el supermercado a la vuelta
del trabajo; se probaba vestidos que nunca había
lucido más allá del quicio de la puerta
de su habitación; y clavaba la vista en el enorme
carillón del pasillo como si contase los segundos
que le quedaban a aquel momento, sin duda una situación
provisional en el plan de vida que quería llevar
a cabo.
Dana era preciosa en su imprevisión.
Dana podría arreglar un país
entero, o destruirlo por completo, sólo con aquella
expresión expectante en sus ojos marrones cuando
miraba a través de la ventana de la cocina, alertada
por un ruido súbito en el jardín.
-¡¿Se puede saber
qué coño haces aquí?! -grita Dana
después de agachar la cabeza y encontrarme parapetado
de forma penosa tras el pequeño arbusto situado
bajo la ventana corredera de la cocina, con los nudillos
de la mano que la mantienen abierta blancos por la tensión
y los de la otra apuntando a mi cara, esbozando un puñetazo
que yo ya sé no llegará a lanzar nunca.
-No... no… no es lo que piensas
-me defiendo.
La expresión de mi rostro
la ablanda, permitiendo que su verdadera persona, la
esencia en su interior que la hace ser como es, aflore.
-No soy un pervertido -sentencio,
alentado por su espontánea sonrisa, y añado:
-. Perdona.
-Ya sé que no eres un pervertido.
Te he visto otras veces…
-¿Otras veces?
-Espiándome. Y la verdad,
me intriga saber qué clase de fantasía
puede satisfacer mi mierda de vida.
-Pero tú… Yo…
El aire entre nosotros queda muerto,
silencioso hasta doler.
-Tu vida no es una mierda -digo,
revitalizando la situación.
-Claro que sí -dice ella,
todo su cuerpo relajándose al unísono
como si le hubiese sobrevenido un aburrimiento definitivo-.
Y la próxima vez, si quieres comprobarlo, llama
a la puerta. Pensándolo mejor, llama a la puerta
y trae contigo una botella de vino… Mañana
por la noche, a eso de las nueve y media.
[2]
Junto a Dana, todo transcurría
entre paréntesis. La desaceleración era
lo que los mantenía entrelazados y perdidos,
uno dentro del otro. El tacto transformaba sus roces
bajo las sábanas en sonidos de cópula
que parecían poesía líquida; el
sabor de sus pieles, como transmitido por telepatía,
era asimilado por ambos en forma de fragancias imposibles,
fragancias de afrodisíaco que rellenaban los
huecos de sus conversaciones eternas a través
de las tardes de su tiempo en común; y la vista
nunca, nunca era un impedimento, siquiera algo a tener
en cuenta más allá de su uso funcional.
La magnífica representación
del universo sin apellidos soñado por Elías
Pieldetopo se apoderaba de él cada segundo un
poco más, seccionado del discurrir consensuado,
al abandonarse a la ilusión de una relación
tangible, una historia que alguien como él pudiese
contemplar desde el otro lado del cristal y en la que
ese supuesto doble podría perderse, hacer pasar
por propio aquel vagar a través de la existencia
y sentirse bien, completo como el mismo Elías,
y en conjunción con Dana, cuyo nombre era siempre
pronunciado sin condimentos que empañasen la
transparencia de su aceptación y su bondad.
Un mundo prístino se desarrollaba
a su alrededor, completo, entre las burlas que la pareja
dedicaba a las videntes que montaban tenderetes de lectura
del tarot en el paseo marítimo, los arrumacos
a medio gas cuando creían que nadie estaba pendiente
de ellos, las ligeras rencillas en la cola del cine
y los cotilleos acerca de los compañeros de trabajo
de ella y los grises peones con los que él se
encontraba a lo largo de su desangelada búsqueda
diaria de empleo.
La distorsión sensorial
del sujeto ha aumentado exponencialmente. Parece haber
desarrollado por completo un trastorno de realidad divergente.
Cegados por el sol y el ladrillo, Dana
y Elías solían salir a pasear por la urbanización
sin más trabas que su mutua presencia. Los hogares
que les rodeaban convertidos en sólo el marco
de la escena de su relación, contenedores estancos
dentro de los cuales otras familias u otras parejas
se tendían puentes afectivos; donde otras soledades
eran mitigadas por los fogonazos de la televisión,
el sonar espontáneo de un teléfono, o
el ronroneo de una multitud de formas distintas de reproducir
sonidos de compañía.
El único capricho que Elías
se permitía de vez en cuando, era quedarse en
silencio, atento a cualquier detalle, mirando a Dana
con caníbal enamoramiento mientras ésta
dormía; tentado, a veces, a intentar escrutar
un poco en su amable interior, aprovechar las proverbiales
ventanas abiertas de los ojos de ella y buscar un nuevo
ángulo desde el que observarse. En esas ocasiones,
cuando finalmente la modorra se apoderaba de él,
traía consigo una pátina de sentimiento
egoísta y una leve angustia, como si algo en
su fuero interno sospechase que jamás iba a estar
conforme del todo con el estado de las cosas; sensaciones
un tanto amargas que el sueño se encargaba de
excretar, con tranquilidad, durante las siguientes horas
en blanco.
Inicializando protocolos coercitivos
de reajuste.
Hasta que una tarde en concreto, Elías
Pieldetopo se dio cuenta de que él y Dana no
tenían un día de celebración para
ellos solos. Las parejas, las buenas parejas, conmemoran
continuamente las cosas más ridículas:
el primer mes de estar juntos, el primer año,
el primer polvo, el primer paseo, la primera discusión
a gritos, el último susto provocado porque a
ella no le ha bajado la regla… Así que
Elías decidió que aquel día era
tan bueno como cualquier otro para sorprender a la mujer
que le había cambiado el destino.
Fue por eso que, abandonándose
de nuevo a las costumbres adquiridas durante su etapa
clandestina, que tan lejos le parecía ya, trepó
el muro que separaba el jardín de la casa heredada
de Dana de la calle vacía en una urbanización
extraordinariamente silenciosa, rodeó los dos
árboles frutales junto al camino de grava que
siseaba a través del césped, sin hacer
un solo ruido, forzó con delicadeza las contraventanas
del cuarto de estar de la planta baja, y pegó
la cara al cristal, improvisando una entrada.
Dana no estaba, ya contaba con ello.
Pero lo que Elías no esperaba encontrar allí,
sobre el sofá de terciopelo verde en el que una
vez había confesado todos y cada uno de sus pecados
a su beatífica compañera, era a dos individuos
fibrosos, bronceados, desnudos hasta sus mismísimas
almas, enzarzados en una batalla que salpicaba de lujuria
las paredes de la estancia y hería al observador
con preguntas ciegas que jamás nadie se atrevería
a responder.
Uno de ellos, de pie y dándole
la espalda a Elías, penetraba al segundo, el
cual mantenía el rostro apretado contra el respaldo
del mueble, tiñendo el verde terciopelo de fluidos
corporales generosamente desechados. Este último
gritaba, indicando la intensidad deseada a su contrincante,
con una voz que tensó una cuerda imaginada en
la garganta seca del hombre que, armado del sigilo sicótico
de los irracionalmente furiosos, tiró con fuerza
del marco del ventanal y se coló en el cuarto
de estar.
Antes de que los desubicados amantes
pudiesen desacoplarse, su pasión vuelta desconcierto
y las alarmas de su instinto sonando a todo volumen,
Elías saltó hacia ellos con los codos
abiertos y los puños apretados, empujando al
que hasta cinco segundos antes había estado ocupado
en introducir su pene en el delicado ano de su partenaire,
contra la pesada mesa de acero forjado situada a un
lado del sofá para, acto seguido, agarrar al
segundo intruso, el penetrado, cuyo pelo era del mismo
castaño oscuro que el de la propietaria de la
casa que ambos acababan de profanar con su desenfreno
homosexual, obligarle a caer de rodillas frente a él
y cerrar las manos alrededor de su cuello.
-¡Daniel! -hipó el primer
agredido, con los dientes apretados y sin resuello después
del costalazo contra una de las esquinas de la mesa,
incapaz de hacer nada más por liberar a su compañero
de la presa de Elías.
-¡¿Qué estáis
haciendo aquí, maricones?! -gritó éste,
enrojecido por la ira e ignorando el pulso de la carótida
de su víctima tamborileándole en los dedos.
-No nos haga daño, señora…
Por Dios, no hacíamos nada malo -suplicó,
de nuevo, el hombre cuyo cuerpo aún se resistía
a reaccionar y despegarse del mueble contra el que había
impactado.
-¡¿Señora?! ¡¿Qué
cojones estás dicien…?! -un estremecimiento
involuntario obligó a Elías a aflojar
la presión de su improvisada horca, soltar al
chico y dar un paso atrás.
El recién liberado, a su vez,
gateó hasta la posición que ocupaba su
compañero, tomando enormes bocanadas de aire
y miedo. Apenas dos pasos a su izquierda, Elías
monologaba con los ojos puestos en blanco:
-Señora… ¡Señora!..
Estos jodidos bujarras se creen que todo el mundo es
como ellos… Entran en mi casa… ¡En
tu casa!.. Perdón, Dana… Y pretenden que
nadie les va a decir nada mientras se enculan y se lamen
y se muerden y se…
Con la conexión sutil que entre
ellos existía rota por la violencia, los dos
chicos se miraron a los ojos, desconcertados, incapaces
de decodificar las señales del otro, necesitados
de un medio de comunicación más concreto.
-¿Estás bien, Bruno?
Tu espalda… -dijo finalmente el de pelo clónico
al de Dana.
-No pasa nada, Daniel… Tenemos
que llamar a la policía y…
-¡Y una polla, llamar a la policía!
-interrumpió Elías, asiendo con un rápido
movimiento un pesado cenicero de mármol que descansaba,
ajeno a su futuro como arma, en una estantería
en la que también se alineaban, en escrupuloso
orden, de menor a mayor tamaño, un puñado
de copas de cristal-. Primero voy a asegurarme de que
se os pasan las ganas de volver a colaros en casa de
nadie para hacer eso que hacéis, y luego ya veremos.
Daniel profirió un chillido
incongruente, que volvió a tensar un poco más
la cuerda metafórica en la garganta de Elías;
la cuerda de titiritero que tiraba de él en dirección
al chico, al tiempo que le alzaba la mano con la que
sostenía, amenazante, el objeto que en breve
quedaría irreconociblemente cubierto de sangre
y fragmentos de cráneo.
-¡Cállate! ¡Cállate!
¡Cállate! -repitió Elías,
al compás de los golpes que descargaba una y
otra vez contra la cabeza de Daniel -¡Cállate!
¡Cállate! ¡Cállate!
-Da… niel… no… no…
por Dios… -musitó Bruno, paralizado por
el horror.
-¡Cállate!
Al centrarnos en la manipulación
disociativa, creímos que no sería necesario
tener en cuenta los antecedentes agresivos del número
veintitrés.
-Todo esto está muy bien,
pero ¿cuánto nos va a costar recuperar
al sujeto?
-¿Recuperarlo? ¿En
qué sentido?
-Ya sabe lo que quiero decir. Traerla
de vuelta al laboratorio, arreglar el papeleo y deshacernos
de ella.
-Pero eso echará al traste
todo el proyecto. Nos veríamos obligados a empezar
otra vez de cero, ahora que estábamos tan cerca
de la última fase. La comercialización
del producto se vería…
-El consejo ya ha decidido que
no le importa aplazar la comercialización. De
hecho, en este mismo momento está reunido para
redefinir la estrategia de invasión.
-¿Qué es lo que quiere
de mí, entonces?
-Que responda a mi pregunta: ¿cuánto
va a costarnos?
[3]
Un hombre invisible entró en
la celda de Sofía Pieldetopo. Puntitos eléctricos
como quemaduras de cigarrillo fantasmagóricas
moteaban un tanto la oscuridad en derredor y la mujer
se supo loca por un instante, porque el hombre invisible
dijo que ya podía salir de aquel agujero.
Dijo que lo pasado, pasado estaba y
que nadie se lo iba a reprochar ni le iba a llamar la
atención si se marchaba sin mirar atrás.
Dijo que alguna clase de departamento
de noséqué en el centro nosecuántos
se había encargado de todo y que, por favor,
tuviese cuidado con los manos y los pies, mientras de
forma gentil la ayudaba a meterse en la panza de un
engendro mecánico, sin ruedas a la vista, que
de algún modo incomprensible debía transportarla
a algún lugar al que ni siquiera quería
ir, porque no había oído hablar de él
jamás.
El juez se dirige a mí con
una expresión de fuego y azufre. Está
enfadado porque no respondo a las preguntas que formula
a una tal Sofía, como si yo fuese esa Sofía
y no Elías Pieldetopo, el hombre al que están
acusando injustamente de haber matado a uno de los maricones
rijosos que se habían colado en casa de la que
algún día será mi esposa.
Sí, supongo que maté
a aquel chico. Y así lo he reconocido mil veces,
pero nadie quiere creer que ha sido en defensa propia;
que si me he extralimitado, ha sido sólo por
repeler la agresión que se estaba llevando a
cabo contra lo único que he considerado sagrado
en toda mi vida: mi intimidad. Nuestra intimidad. La
de Dana y la mía.
-Esto es una bobada -ruge el hombre
de la toga-. Pongamos algo en claro, por favor…
¿La acusada se declara culpable, o no?
Yo permanezco callado, porque me
niego a que nadie, por muy juez que sea, me denigre
de esa forma. Tomarme por una mujer…
-Quisiéramos alegar, su
señoría -intercede en mi favor, por supuesto,
Dana, quien por motivos que desconozco se ha hecho cargo
de mi defensa-, que los actos cometidos por la acusada
sin duda son producto del severo trastorno mental que
padece.
-De eso ya nos habíamos
dado cuenta todos, letrado -interpela el juez, empeñado
en humillar a todo el que se le ponga por delante.
Ardo en deseos de saltar por encima de la mesa, cubrir
los aproximadamente tres metros que me separan del hijo
de puta que nos está haciendo esto y morderle
el cuello hasta que se desangre, pero tengo la muñeca
izquierda esposada a la silla y me temo que alguno de
los seis alguaciles que me flanquean vaya a atajar de
raíz cualquier movimiento brusco que se me ocurra
hacer, antes siquiera de pensarlo.
Así que trato de calmarme,
tiro del faldón de la elegante americana que
viste Dana, para llamar su atención y, cuando
se agacha lo suficiente, le susurro al oído:
-Creo que esa no es la mejor táctica,
cariño. Deberías dejarme hablar a mí.
Uno tras otro, una caterva de hombres
invisibles visitaron la apacible habitación de
paredes desnudas, grises, en la que habían instalado
a Sofía. Eran invisibles, sin duda, ya que la
mujer se sentía incapaz de recordar sus caras,
sus ropas, sus maneras y lenguaje corporal característico,
durante los cortos periodos en que la dejaban a solas,
descansando, como si en realidad su cerebro no lograse
procesar del todo la información que recibía
a través de los ojos.
Pero sus voces, sus tremendas y angostadas
voces, eso sí podía recordarlo. Y ella
las reproducía una y otra vez en su cabeza, como
un mantra en forma de ecos solapándose que buscase
hacerse un hueco en los infinitos otros espacios entre
los espacios vacíos, los intersticios de sus
sentidos que no sabía, o había olvidado
en algún momento, rellenar.
Aparece un “experto”
y me pone ante un espejo… O lo que él dice
es un espejo, porque la única imagen que éste
devuelve es la de una extraña señora con
aspecto de no estar demasiado cuerda; alguien a quien
nunca he visto antes que, supongo que por seguir adelante
con la pantomima a la que cada persona que pasa por
esta sala del juzgado pretende aportar su granito de
arena, imita mis gestos de forma automática,
como si ambos hubiésemos estado preparando la
coreografía durante una eternidad.
-Por favor, señoría…
-impreca Dana, desde el banquillo del que hace un momento
dos de los alguaciles me han obligado a levantar el
culo-. Está claro que ni tan siquiera se reconoce
en el espejo. ¿Es necesario que sigamos con esto?
-Sólo estoy aquí
para hacer mi trabajo -se defiende el “experto”,
sintiéndose agredido por las palabras de mi defensora.
Las voces crepitaban entre las sinapsis
de Sofía Pieldetopo y la culpaban de haber hecho
fracasar un experimento que ya le estaba costando a
la multinacional una millonada. Murmuraban entre sí
cosas que retorcían a la mujer por dentro, muy
adentro, en los adentros que habitaba alguna otra persona,
la que no dejaba de llorar y llorar y llorar, con un
hilo de llanto infantil de lo más impropio.
Una voz decía que Sofía
se aferraba a una de sus personalidades múltiples,
masculina, que había pasado por un periodo de
erotización visual inconsciente, había
sido un voyeur antes de encontrar a su ideal romántico
durante una de sus expediciones de observación.
Dana se enfurruña, da una
palmada sobre la mesa cuya intensidad puedo sentir en
la vibración que transmiten las esposas y se
encara por enésima vez con el juez
-¡¿Un día más?!
¡¿Es que no se da cuenta de que la acusada
necesita atención psicológica urgente?!
-grita.
-Letrado, creo que este caso le
está trastornando casi tanto como a su cliente
-sonríe el cabrón de la toga-. Y me reafirmo
en lo que ya he dicho: acabaremos con esta tanda de
pruebas, y haremos un descanso hasta mañana.
Nadie la escucha, sólo yo.
Pero a mí tampoco quieren hacerme caso, parece
que hayan dictado sentencia sin darme una sola posibilidad
de hablar, por mí mismo, en mi favor. Por eso
Dana acerca su rostro luminiscente al mío y susurra:
-Esto me huele fatal. Hay algo…
O más bien alguien… A quien no le interesa
hacer lo único justo, que es encerrarte en un
sanatorio y tirar la llave al río.
Enseguida, un par de las otras voces
rectificaban a la primera, y afirmaban que el problema
radicaba en que a Sofía la devoraba por dentro
el sentimiento de culpabilidad por no haber estado en
casa el día en que su hijo de apenas unos meses
murió por un paro cardiorrespiratorio súbito
mientras dormía.
Después de llevarse el espejo,
me enseñan un montón de fotos del Bebé
del matrimonio joven a la ventana del cual me solía
asomar cuando estaba deprimido, hace tanto que ya me
parece que pasó durante una anterior encarnación,
y una nueva pareja de “expertos” jura y
perjura que el que aparece en las imágenes es
un hijo al que no recuerdo haber tenido jamás,
ni mecido jamás, ni olido jamás, ni…
Me vuelvo para mirar a Dana y hacerla
cómplice de la estupidez latente que parece que
sólo yo vea en todo esto, y me encuentro con
que no está donde debería.
En su lugar, un hombre de unos
cincuenta años, vestido con un traje de aspecto
barato y con el rostro casi cubierto por completo por
unas ojeras enormes, se encoge de hombros.
Otras voces se alzaban, disidentes,
y se preguntaban si acaso Sofía había
establecido contacto con su ex marido mientras estaba
fuera del control del radar. De ser así, quizá
el choque de la nueva personalidad con alguna otra más
antigua, rota y ya desechada pero aún latente
en la inconsciencia, podría provocar un rebrote
de la tendencia homicida que pretendían erradicar
con el experimento.
Hacen entrar en la sala al señor
Martín. Éste me guiña un ojo impregnado
en una complicidad cuyo privilegio nadie le ha otorgado
y me señala cuando le preguntan por su mujer.
Su cráneo es un huevo de Fabergé que,
de repente, echo de menos.
Empiezo a sentirme mareado…
Mareada… Y mi boca decide ponerse a aullar como
si me estuviesen quemando las entrañas, entre
risotadas, con un hierro al rojo vivo.
Y Sofía escuchaba todos y cada
uno de los argumentos de las voces anexas a los cuerpos
inexistentes de los hombres invisibles, estando intermitentemente
presente: ahora aparecía como ella misma, más
tarde como Elías Pieldetopo, un poco después
como la esposa del señor Martín, de súbito
transmutaba en la madre cuyas córneas no encontraban
la salida a través de las lágrimas, para
luego verse a sí misma ensangrentada hasta los
codos, sosteniendo en alto una de las piernas recién
cercenadas que en algún momento de la noche había
estado firmemente unida al cuerpo de Aurora.
Se monta una algarabía cuando
empiezo a sacudirme. Parpadeo hasta que me duele la
cara. Dos docenas de personas me rodean y todas son
Dana y me muero de miedo. Por encima del bullicio, el
juez, bastardo de los cojones, ordena:
-Lo dejaremos aquí hasta
mañana. Y recuerdo a ambas partes que procuren
prepararse bien sus argumentos al respecto de ese asunto
sin resolver de las prostitutas muertas por el que hace
un tiempo se estuvo investigando a la acusada.
Todos son Dana: las dos Danas que
me tiran al suelo, me sueltan de la silla y antes de
que me dé cuenta vuelven a colocarme las esposas,
obligándome a mantener los brazos tras la espalda;
la Dana que me sujeta mientras bajo a trompicones los
escalones que llevan al calabozo; la Dana que afloja
los grilletes y me empuja al interior de una celda que
se parece a la vagina de Dana, o a la curva de la rodilla
de Dana, o a uno de los pechos de Dana, o a al sofá
verde de Dana…
Otra Dana entra en mi celda, mucho
después de que la última se haya ido,
y me dice que puedo marcharme. Así, sin más.
Iba y venía. Iba y venía
de dentro a fuera, como un calcetín con el que
un subnormal no pudiese dejar de jugar. Las distintas,
infinitas a efectos, fracciones de Sofía Pieldetopo
la torturaban al masaje de las voces de los hombres
invisibles.
Hasta que alguno de ellos, piadoso,
apagó la luz.
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