| Introducción
Irina se miró al espejo y la
sensación de ser tragada por su propio reflejo,
de ahogarse en la líquida opacidad del mismo,
hizo que tuviese que quedarse muy quieta, luchando por
recuperar un ritmo respiratorio que la capacitase para
funcionar a un nivel operativo humano normal.
El abuso de anfetaminas y ejercicio
físico le habían provocado una falta de
más de siete meses. No echaba de menos tener
la regla, sin embargo. En algún momento, solía
decirse a sí misma, deberé pagar por esto,
pero no será ahora mismo.
Claro que no.
Contó hasta veinte y volvió
a abrir el grifo del cuarto de baño, puso las
manos bajo el chorro de agua tibia, y cada uno de los
muebles de la estancia giraron ligeramente de vuelta
a su posición original; las luces dejaron de
parpadear, el zumbido que la rodeaba desapareció,
dejando un rastro de silencio transparente tras de sí.
Todo estaba bien.
Lorenzo, el pequeño Lorenzo,
la llamó desde la habitación contigua.
Fue entonces cuando Irina tomó plena consciencia
de que, hasta aquel preciso instante en que la voz del
niño se había colado por entre los microscópicos
agujeros que la carcoma se empecinaba en grabar en la
madera oscura de la puerta, el mundo más allá
del cuarto de baño podría haberse acabado
un par de millones de veces sin que a ella le importase
en absoluto.
-Irina -volvió a invocar Lorenzo,
parapetado tras la madera- ¿no llevas demasiado
tiempo ahí dentro?
Aquel mocoso empezaba a sacarla de
quicio.
-Enseguida voy -respondió ella
con un hilillo de voz.
-Vamos a llegar tarde.
El pequeño Lorenzo, grandísimo
hijo de puta.
Sin demasiada prisa, Irina se secó
las manos en la toalla roñosa que colgaba, como
los restos de una violación chapucera, de la
cisterna del váter. Tiró de la cadena
para que el ruido disimulara un suspiro de resignación
del todo innecesario y, antes de girar el pomo de la
puerta del lavabo y encarar aquella cruz que le había
caído encima más por accidente que por
cualquier otra cosa, se encomendó a un Dios en
el que hacía una vida que no pensaba.
Ese era el efecto que el crío
solía tener sobre la gente, bien se lo había
advertido Tomás. Y ella, por supuesto, no le
había creído.
Tomás era un paranoico y un
meapilas y un gilipollas integral que, si no fuese quien
había llegado a ser, ni siquiera valdría
para respirar el aire que respiraba. Un aire siempre
perfumado con el incienso más caro que el dinero
podía comprar; un aire cargado de despotismo
y miedo irracional, complejo de superioridad y superchería.
El aire estancado, desprovisto de corrientes, del “templo”.
A pesar de estar, sobre el papel, ambos del mismo bando,
Irina siempre había considerado a Tomás
un enemigo; por eso era incapaz de depositar la más
mínima confianza siquiera en un saludo a medias
de él.
Irina se mordió la lengua, más
que nada por sentir algo, y paseó la vista por
la habitación antes de localizar el punto exacto
en el que Lorenzo estaba sentado, concentrado en cualquier
cosa impropia de su edad, mirando fijamente a un punto
imaginario más allá de la pared frente
a la cama, la que daba a la calle, y caminó hasta
el punto que ella consideró más lejano
al crío.
-Podrías haberte puesto una
ropa un poco más discreta -articuló, en
tono monocorde, Lorenzo, sin siquiera mirarla.
-No tenía nada más.
Irina se sintió estúpida
nada más pronunciar la última sílaba.
Se estaba disculpando delante de un niño de diez
años, por amor de Dios…
-Claro que sí -prosiguió
él, en el mismo tono de voz de tubo de escape
agujereado, que sabía ella no podía soportar-;
tienes una bolsa de deporte llena de sudaderas y pantalones
tejanos dentro del armario. Lo que pasa es que esta
noche no quieres pasar desapercibida.
Ella no contestó. Acababa de
decidir que no pensaba justificarse nunca más.
Cosa que no impidió que Lorenzo siguiese revolviendo
en busca del interruptor que la hiciese saltar.
-Precisamente esta noche… No
podías haber elegido peor momento para compadecerte
de ti misma.
Las palabras tropezaban en los oídos
de Irina con una precariedad dolorosa. Puso en práctica
algo que ya le había funcionado antes.
Pensó en el huerto de sus tíos,
cuando ella tenía apenas un par de años
más que el insoportable ser con el que llevaba
dos días compartiendo la habitación de
aquel hotel barato; se concentró en el momento
en que había descubierto que sus manos, impulsadas
por un deseo sólo ligeramente más fuerte
que la media, eran capaces de cualquier cosa; en el
interior del SIMCA 1200 de la hermana de su tía,
donde el Yorkshire de la misma había decidido
montar en cólera después de que Irina
le pisase la cola por accidente, al entrar en el coche
con el ímpetu irracional de una niña asqueada
por un día demasiado largo de campo, siesta,
juegos absurdos y olores del todo exentos a una criatura
criada felizmente en la ciudad, que sabe que está
a punto de volver a casa y no puede esperar. Visualizó
en su mente las mandíbulas del perro cerrándose
alrededor de su muñeca izquierda, los pequeños
dientes del animal, alfileres del demonio, rasgando
la piel, luego la carne; se deleitó un poco en
el recuerdo de la falta de aliento al dejar que un vestigio
reptiliano de su cerebro tomase el control.
Irina cerró los ojos y ya no
estaba en aquella habitación de hotel, sino que
se hallaba mirándose a sí misma a los
ojos, paladeando el crujido de las vértebras
de un perro que había muerto hacía muchos
años ya, bajo la presa aniquiladora de su mano
derecha, aún un apéndice de niña,
retorciendo la cabeza del Yorkshire hasta mandar su
alma ladrando hacia el limbo de los perros.
-Muy bonito -dijo Lorenzo, devolviéndola
al presente con una variación condimentada de
cierto asco en su desesperante tono de voz—, pero
que muy bonito. Ya estamos otra vez con la historia
del perro…
-Tú te lo has buscado. A ver
si aprendes de una vez a dejar mi cabeza en paz.
Ella sabía que Lorenzo no estaba
acostumbrado a que le regañasen. Se creció
ligeramente.
-Es asqueroso -fue la única
defensa del niño.
-No tanto como tú -masculló
ella.
-¿Qué?
Irina se agachó en busca de
los zapatos que había dejado junto al mueble
a la entrada de la habitación y se desvinculó
de las exigencias del crío. Había ganado
un poco de tiempo. Lorenzo estaría un buen rato
fuera de ella, desconectado, después de aquel
breve episodio de represalia.
Ya calzada, se dio la vuelta para encontrarse
con los ojos de Lorenzo, aún demandando explicaciones.
Irina articuló una sonrisa más o menos
cruel y se decidió por darle un toque femenino
de condescendencia a la situación.
-¿Nos vamos o qué? -dijo
dulcemente.
-En cuanto lleguemos al templo, se
lo contaré todo al hermano Haro.
-Haz lo que quieras.
Mientras Irina se hacía a un
lado, sosteniendo en la mano el pomo de la puerta abierta
de la habitación, para dejar pasar a un Lorenzo
sombrío por la rotundidad de la desfachatez de
la mujer, una ligera brisa de certeza le acarició
la nuca: especial o no, debajo de toda la parafernalia,
los “poderes”, las líneas llenas
de veneno de los periódicos, la distorsión
catódica y la mierda en general, el crío
seguía siendo precisamente eso… un crío.
Desarrollo
Haz lo que quieras, ésa será
toda ley. Una máxima grabada a fuego en la mente
de varios de los integrantes del culto que, por algún
motivo, había adoptado a Lorenzo como el salvador
que la humanidad lleva siglos esperando sin saberlo.
También eran las últimas palabras que
Irina le había dirigido al niño antes
de bajar las dos plantas de aquel hotel mugriento en
el que llevaban dos días de blanca y desgarradora
hostilidad, encerrados por orden de un bien superior.
Lorenzo esperó junto al minúsculo
mostrador de recepción, mientras la mujer que
debía ser su escolta hacía los trámites
necesarios para acabar de una vez por todas con su estancia
en aquel lugar.
Irina pagó en metálico,
sin dejar rastro alguno. Miró a los ojos del
encargado de las entradas y las salidas del hotel, un
hombre que rozaba los sesenta años de edad, cinco
o seis centímetros más alto que ella,
que parecía mantener hasta el último atisbo
de fuerza vital en lucha contra el encorvamiento de
espalda con el que el paso de los años se empecinaba
en domeñarle. Un ser en cierta manera triste
y aburrido, casi tanto como el hotel en el que seguramente
había pasado la mayor parte de su vida. Irina
no envidiaba, ni en momentos como aquél, ni nunca,
la capacidad telepática de Lorenzo. Si fuese
capaz, como él, de leer la mente del hombre que
en aquel momento trataba de descifrar por qué
ranura de la impresora (un artefacto que, a todas luces,
consideraba cansinamente molesto e innecesario) saldría
la factura con la que poder despedir a los enésimos
clientes insatisfechos y así volver a dejarse
perder en la realidad tangible, por plástica
y ajena a sí mismo, de su programa de radio favorito,
la mujer hubiese sentido, probablemente, un escalofrío
de hastío y pena, pues lo peor de todo es que,
imaginaba, la realidad sería aún más
patética que la conjetura.
La historia de su vida, de hecho. La
historia de prácticamente todas las vidas del
mundo.
Por el momento, Irina prefería
quedarse con el viejo y conocido mal menor de su intuición
y la bola, suave y rotunda, de indiferencia en que su
misión, su obsesión y su organismo habían
convertido a todo lo que la rodeaba.
Una vez con su copia de la factura
del hotel en una mano, y la bolsa de viaje en la otra,
Irina quiso llamar la atención de Lorenzo para
salir de allí lo antes posible. Llegaban tarde.
Pero el crío ya estaba poniendo
toda la intensidad de sus tiernos músculos de
diez años al servicio de la ardua tarea de mantener
la pesada puerta de cristal que les separaba de la calle
abierta, en un gesto de sospechosa caballerosidad en
deferencia a Irina.
-¿Iremos en taxi? -preguntó
el niño, borrando de la cara de la mujer la mirada
de curiosidad provocada por lo voluble, tanto de gesto
como de palabra, de él.
-Conoces las instrucciones tan bien
como yo -contestó ella, con un acento de decepción
resbalándole por la lengua.
-Pero es que…
-No hay peros que valgan. El hermano
Haro lo ha dejado muy claro desde el principio: nadie
nos ve, nadie nos habla, y no puedes cruzarte con nadie
que pueda ser capaz de hackear lo que sea que tienes
en la cabeza.
-No tengo nada en la cabeza -refunfuñó
Lorenzo.
-Claro que sí. Sino no podrías
hacer las cosas raras que haces.
-No son cosas raras. Es un don.
Esta vez Irina sí se sentía
con ánimos de replicar; de dejar al niño
con un par o tres de frases para el recuerdo, que lo
enderezasen de una maldita vez por todas y le enseñasen
que, a pesar de que todo el mundo le había tratado
siempre como a un ser superior (el próximo
paso en la escala evolutiva humana, se había
atrevido a decir alguno de los miembros más exaltados
del culto), en realidad lo que el común de los
mortales sentía por él era algo del todo
nuevo, una pegajosa mezcolanza de miedo y asco, que
les conducía a extremos delirantes; pero habían
llegado al parking, donde el Audi A-3 que el culto había
alquilado para ellos les esperaba. Esta noche acabaría
todo para Irina, la misión pronto se convertiría
en un recuerdo y, a pesar de la insistencia de Tomás
(el ahora conocido como hermano Haro, pero que para
ella seguía siendo el mismo bastardo pedante
que había conocido años atrás,
durante una operación conjunta de las Fuerzas
de intervención y los Cascos Azules en Kosovo,
cuando Irina aún creía en algo y Tomás
ya apuntaba maneras de embaucador de secta sacada directamente
de las páginas de alguna novela barata de ciencia-ficción)
en que dejase el negocio de la “Asesoría
de Seguridad” y se integrase en el brazo armado
del culto, los últimos días pasarían
directamente al archivo de tiempo perdido. Por lo que
a ella respectaba, cuanto antes pudiese poner diez o
doce whiskies entre el culto y su persona, tanto mejor.
-Pon la radio -exhortó Lorenzo,
el pequeño incordio repantigado en el asiento
del copiloto, mientras Irina maniobraba la curva infinita
de salida del aparcamiento-. Me aburro.
Había estado leyéndole
la mente otra vez.
Y el Audi ronroneaba como un gatito
cachondo al pasar de tercera a cuarta.
-No me apetece oír nada, ahora
mismo. Ni siquiera a ti -fue la respuesta, tajante,
de Irina.
-¿Sabes que el hecho de que
prefieras escuchar el motor del coche a una voz humana
podría considerarse el resto de un trauma de
infancia?
-¿Qué te he dicho? Ni
una pa…
Los ojos de Irina, por accidente, se
clavaron en el taladro implícito de la mirada
de Lorenzo, que sondeaba la mente de ella a plena potencia.
-Quizá tenga algo que ver con
tu padre, y cierta noche en el bosque.
Cada letra, cada fonema, desgarró
una pequeña porción de materia indefinida
en el interior de la mujer. Era el tono de voz, sin
duda. Irina empezaba a pensar que aquel runrún
de desdén y prepotencia en las cuerdas vocales
del niño se relacionaba directamente con su capacidad
telepática. Y hubiese podido seguir reflexionando
sobre el tema, buscando en esa certeza algo con lo que
desarmar al niño, si no hubiese sido porque una
enorme ola de cansancio oscuro se cernió sobre
ella con la promesa de un sueño que aún
tardaría mucho en llegar, con la urgencia de
un descanso largamente aplazado que reclama su botín.
Necesitaba un par de pastillas, quizá sólo
una de las bellezas amarillas que escondía en
el bolsillo oculto de su bota derecha, el espacio destinado,
en un tiempo anterior a las anfetas, el caos y la mugre,
a albergar el pequeño cuchillo que algún
día debía salvarle la vida. Por eso sólo
acertó a decir:
-No me obligues a volver a usar al
perro en contra tuya.
Lo cual sonó bastante menos
amenazador de lo que ella pretendía.
Lorenzo sonrió, y en aquella
sonrisa Irina pudo ver reflejada su propio desespero,
como un rato antes frente al espejo del cuarto de baño.
Aprovechando el desvío, absolutamente
recto, de la entrada a la autopista, coló una
mano sudorosa por el hueco entre su pantorrilla y la
bota derecha, y echó mano a lo primero que sus
dedos tocaron dentro del bolsillo oculto. Había
tenido suerte, al menos esta vez. Se llevó uno
de los diablillos amarillos a la boca, y lo dejó
deshacerse un poco bajo la lengua antes de tragárselo.
Acababa de conseguir algunas horas de bonificación.
-Sienta bien ¿verdad? -dijo
Lorenzo.
Por un instante, a Irina le había
parecido estar sola completamente. Ya echaba de menos
esa sensación, por falsa que ésta hubiese
sido.
-Jódete -contestó, sin
tapujos.
Lorenzo acercó la mano a los
mandos de la radio del coche.
-Como toques ese botón -dijo
Irina, psicóticamente serena, la calma antes
de la tormenta de estimulantes-, te corto la mano.
El niño, enlazado a la mente
de ella, supo que iba en serio. Estaba rozando el borde
de la unión entre ambas sinapsis, lo cual equivalía
a que, si no se desconectaba en breve, el subidón
de las anfetaminas les afectaría a ambos por
igual; si bien no a un nivel químico, sí
espiritual, de un modo inexplicable y mágico,
imposible. Insoportable. Lorenzo volvió la vista
hacia la ventana, e Irina desapareció de su alma.
Ambos fluían en su propia superficie
de onda, en dirección al siguiente segundo.
Las nueve y media de la noche.
Resolución
Como si un pedazo de papel de lija
le estuviese acariciando el córtex, así
se sentía Irina al traspasar las puertas del
templo, entre miradas de curiosidad repartidas entre
el niño que caminaba frente a ella y su escote.
Quizá había sido un error ponerse aquel
vestido, después de todo. Quizá lo había
sido el tomarse aquella última pastilla. Quizá
el haber aceptado la misión. Quizá toda
su puta existencia.
A la mierda.
Una especie de canto gregoriano, mezclado
con música New Age distorsionada, rebotaba en
las paredes del pasillo de acceso a la sala principal
del templo. Parafernalia. La luz tenue, tiñendo
las paredes de un gris incómodo; candelabros
de pega, dibujando sombras sobre las cabezas de las
cincuenta o sesenta personas que, a modo de séquito,
caminaban tras Lorenzo, el hermano Haro e Irina; dibujos
de formas alienígenas grabados en el suelo.
La puerta de doble hoja del salón
principal, decorada con guirnaldas rojo sangre y abierta
de par en par.
Los dedos sucios de la mente de Lorenzo
volvieron a hurgar superficialmente en Irina, pero las
anfetaminas seguían aferradas a algún
punto de su biorritmo y se retiraron, asustados, de
vuelta a los fastos y los cánticos, que progresivamente
ascendían hasta la vergüenza ajena.
Irina necesitaba una copa. Tomás,
el hermano Haro, parecía extasiado.
Una vida antes, seis o siete años
atrás, la mujer había visto, entre las
ruinas de una ciudad de los Balcanes cuyo nombre no
se atreve a recordar, la cara de su propio padre transfigurada
en la de Tomás. El mismo ardor fanático
con el que papá la había dejado sola al
borde de un camino de cabras, cuando ella apenas tenía
trece años, armada sólo con la navaja
de pastor de su abuelo y una cantidad insoportablemente
profunda de miedo, diciéndole que, si el día
de mañana quería ser alguien de provecho,
más le valía no echarse a llorar como
si fuese una niña cualquiera; que empezase a
comportarse como el último eslabón de
la larga cadena de rudos supervivientes que era la familia
de su padre, y se centrase únicamente en seguir
viva y bien, y en llegar al pueblo más cercano
antes de la salida del sol, donde él la estaría
esperando. La noche más larga, y quizá
valiosa, de toda su miserable existencia. Esa era la
misma, exacta, rotundidad con la que Tomás había
pronunciado las primeras palabras que nadie había
oído en horas, años más tarde,
tras los muros de aquella casa a medio derruir justo
en el centro del fuego cruzado entre eslovenos y albaneses:
-Matémoslos a todos… y
luego que Dios los juzgue.
Lógica de francotirador despedazado
por la locura.
La raíz de casi todo.
Cuando Irina volvió a su presente
inmediato, silenciadas las balas, los pucheros, la estática
de una docena de radios intentando comunicar con el
centro de mando, el chirriar de los murciélagos
y los rezos susurrados, la ceremonia ya había
dado comienzo.
-Lorenzo Spada Lugán…
-recitó el hermano Haro, erguido frente a un
falso púlpito que, incluso a la escasa luz del
salón principal del templo, daba toda la impresión
de provenir de los restos abandonados del decorado de
una mala película de terror, con su abigarrada
colección de símbolos sin sentido y figuras
a medio esculpir regando una superficie rectangular
un poco demasiado pequeña, que apenas alcanzaba
a alzarse hasta la cintura del maestro de ceremonias-.
Por favor, da un paso al frente.
Lorenzo, su cara anclada en una seriedad
impropia de su edad y estatura, obedeció.
-¿Sabes por qué estás
aquí?-preguntó el hermano Haro.
-Sí, hermano Haro -contestó
el niño en un tono obediente e infantil, abstraído.
Estaba desconectado, el cabroncete.
El misticismo le había impresionado.
-Así pues -prosiguió
el maestro de ceremonias-, no te has dejado llevar por
la tentación del juego y la inopia, y vienes
aquí aceptando formar parte de un bien mayor…
-En efecto.
-Así sea. ¿Sabes también
que, a partir de hoy, tu nombre cambiará?
Aquello empezaba a ser demasiado para
Irina. Necesitaba una copa, un sitio donde sentarse
y encontrar la salida a la voz de ya. Y ni siquiera
por ese orden.
No pudo evitar un bostezo. Las tres
figuras encapuchadas que la rodeaban, en el rincón
más lejano al punto de fuga de la ceremonia,
se volvieron hacia ella, pero renunciaron a cualquier
gesto de represalia al oír que el momento cúspide
del ritual, el bautizo verdadero del que debía
ser su único y verdadero Mesías se aproximaba.
-De hoy en adelante -prosiguió
el hermano Haro, arrebatado por sí mismo- tu
verdadero nombre será Storax, el perfume asociado
al Sephira número ocho, el símbolo del
todo y la nada.
La presión del aire dentro del
recinto pareció aumentar un par de isobaras con
el silencio dramático que el maestro de ceremonias
inculcó a los presentes, antes de continuar:
-Por favor, repite tu nombre…
Devoto, Lorenzo obedeció.
-Storax, el perfume asociado al Sephira
número ocho, el símbolo del todo y la
nada.
-Eso eres tú.
El ritual se dio por terminado.
Coda
Con el dinero a salvo en el maletero
del Audi, que Irina no debía devolver hasta el
día siguiente, cada salto del tacómetro
en el salpicadero del coche parecía una venganza
satisfecha a ojos de la mujer. La misión había
acabado, todo estaba bien ahora.
Lo único que en aquel momento
le preocupaba, todo en lo que debía ocupar la
mente, era la lenta e inexorable decadencia de su propia
persona. Irina era libre, tenía dinero y ningún
compromiso. La muerte ya podía llegar cuando
le saliese de los cojones.
Lo primero que haría por la
mañana, después de vomitar un poco y ponerse
en marcha con un café condimentado con un par
de anfetaminas suaves (despertares de píldoras
verdes que cada día se volvían más
necesarios), sería mandar gran parte del cobro
por la última misión al pueblo de sus
padres, saldando la deuda inexistente que aún
tenía con ellos. Una despedida tan fea y pusilánime
como el resto de su relación. Luego, Dios diría:
un último baile imbuido por los estimulantes,
quizá un baño accidentado en el mar…
Aunque lo más probable fuese que cayera en la
tentación de lo práctico y convencional,
esto es, acercarse la nueve coma seis milímetros
a la sien y apretar el gatillo.
Dedicó un último saludo
en forma de recuerdo a los sadhaquitas, los discípulos
del Sadhak, la secta de cenutrios que había depositado
todo, absolutamente todo, en una insoportable criatura
de diez años, clonada de nadie sabe quién,
y con poderes psíquicos que eran poco más
que una molestia para todo aquel que entrase en contacto
con ellos y no se dejase llevar por la histeria, espiritualmente
exaltada, a la que algunos habitantes de estos principios
del vigésimo primer siglo se habían aferrado
como si el mundo no se hubiese acabado hace ya mucho,
mucho tiempo.
Todo el asunto era una estupidez, se
mirase por donde se mirase.
El reflejo de las farolas contra el
parabrisas del A-3, hizo pensar a Irina en las manchas
del test de Rorschach que le invitaron a descifrar antes
de permitirle cambiar sus galones, ganados a pulso en
las Tropas de Intervención de infantería,
por un permiso para ejercer la asesoría en materia
de seguridad a grandes empresas y corporaciones lo suficientemente
desesperados como para tener que recurrir a ella. Era
una forma algo más sutil de decir, sin decirlo,
que toda su carrera militar sólo la había
llevado a acabar como una piojosa guardaespaldas, lo
que seguramente era un claro indicativo de que se había
vuelto loca.
Después de dejar el ejército,
había decidido que ya nunca jamás dormiría
más de lo estrictamente necesario. Aquí
tenemos el segundo síntoma de insania. Al poco
llegaron las anfetaminas y el marco negro que bordeaba
cada minuto del resto de su vida.
La mancha de luz en el parabrisas,
a diez centímetros de su nariz, le sugirió
la cara recién espiritualizada de Tomás,
casi una semana antes.
Los flashbacks se habían vuelto
de lo más molestos, últimamente. Otra
buena razón para bajarse del mundo lo más
pronto posible.
-Antes que nada, decirte que quizá
lo que te voy a proponer te suene un poco raro. -Había
dicho Tomás, ex compañero de trinchera
reconvertido a gurú de algo que Irina aún
no acababa de entender, sentado tras su enorme mesa
de madera antigua en la tercera planta del edificio
en el que se había citado a Irina para proponerle
lo que sólo ella sabía era el último
trabajo que aceptaría jamás.
-Últimamente ya casi no me sorprende
nada -había contestado ella, distante.
-Te lo diré tal cual, para no
perder tiempo, entonces: queremos que protejas a nuestro
Mesías.
-¿Vuestro qué?
Por toda respuesta, Irina obtuvo un
puñado de fotos del niño que más
tarde descubriría se llamaba Lorenzo.
-Más o menos me hago una ligera
idea sobre de qué va vuestro “culto”
-había replicado ella intentando, sin conseguirlo,
sonar lo menos sarcástica posible-, pero ¿tenéis
a un niño como “Mesías”? ¿Una
especie de “pequeño Buda, o algo así?
-Es algo un poco más serio que
eso -las palabras de Irina no afectaron en absoluto
a Tomás-. Este chico es muy especial.
-Tanto como para gastaros casi medio
millón de euros en su protección…
-Pagaríamos lo que hiciese falta
para asegurarnos su bienestar.
El flashback se ablandó hasta
deshacerse y convertirse en realidad tangible. No quedaba
mucho para que Irina llegase a su casa, a encarar la
última noche de su vida.
El test seguía frente a sus
ojos, distrayéndola un poco de la conducción,
como si eso importase algo. Una mancha en forma de perro,
otra en forma de un ángel fornicando con un demonio,
otra que parecía la cara de su padre, otra con
el rostro de Lorenzo… Ésa fue la que le
hizo disminuir la velocidad del coche y darse cuenta
de lo que estaba pasando en realidad.
No sin antes volver de nuevo al pasado.
-Sobretodo, ni una mención al
respecto de qué se siente al no tener padres.-había
puntualizado Tomás, antes de entregarle las llaves
del coche que el culto había alquilado para que
Irina pudiese llevar al niño a un hotel en el
que pudiesen pasar desapercibidos; lejos de las cámaras
de televisión, que empezaban a hacerse eco (como
gustaban de proclamar a todas horas) de los rumores
de que la secta que un actorucho nacional había
puesto de moda y que tanto Hacienda como la Policía
Nacional se habían propuesto desmantelar, había
conseguido clonar a un ser humano, al que, además,
habían dotado de poderes extrasensoriales para
que les condujese al “siguiente despertar de la
raza humana”. Había que asegurarse, además,
de que las primeras amenazas de muerte dirigidas al
crío (que el culto, por supuesto, se había
tomado del todo en serio) se quedasen precisamente en
eso, simples amenazas.
-No creo que surja el tema. No suelo
mantener más contacto con mis clientes que el
estrictamente necesario -había respondido, profesional,
Irina.
-Verás que, con Lorenzo, eso
te resultará difícil. Tiene el don de
hacer que la gente se vuelva voluble y se abra a él.
-Disculpa que te lo diga pero…
en confianza… a pesar de haber aceptado el trabajo,
sigo sin creerme eso de la telequinesia y los poderes
mágicos.
-Ya creerás, no te preocupes.
Ya creerás.
Claro, de eso se trataba.
Irina volvió al presente, giró
el volante en dirección a la cuneta de la autovía
vacía por la que circulaba, apretándose
las esquinas de los ojos con los dedos para disipar
las manchas que, ahora comprendía, no se dibujaban
en el salpicadero del coche, sino en su cabeza, y paró
el coche.
A través de los ojos de Lorenzo,
ahora poseído por la nueva personalidad “Storax”,
vio el pequeño pero compacto grupo de encapuchados
que acababa de irrumpir en el templo. A varios quilómetros
de ella, algo muy gordo estaba siendo retransmitido
directamente a su cerebro.
La mujer suprimió una arcada
y se obligó a abandonarse a la señal mental
de Lorenzo, a analizar la situación.
Se trataba de eso.
Los encapuchados estaban bien entrenados,
habían observado desde la distancia a todos los
presentes en el templo, evaluando los riesgos, y pasando
a la acción cuando llegó el momento oportuno.
Blandían tonfas negros como el infierno y uno
de ellos, además, llevaba una pistola lo suficientemente
parecida a la de Irina (una Walter de fabricación
alemana; fiable, ligera y, sobre todo, discreta) como
para hacerle dudar de sí misma.
Buscaban al niño.
De eso se había tratado todo
el tiempo.
Lorenzo siguió jugueteando con
la cabeza de la mujer, mandándole un fragmento
de la conversación que ambos habían tenido
en aquella habitación de hotel que ahora quedaba
tan lejana e insoportablemente cómoda como el
abrazo de una abuela muerta, justo antes de que ella
se encerrase en el cuarto de baño y se dejase
arrastrar por su reflejo en el espejo:
-Sé que no debería preguntar
-había dicho ella-, pero ¿no es un poco
raro saber que uno ha venido al mundo por que sí,
sin raíces, sin nada que te ate con nada…
vamos… sin padres?
-No lo sé, pregúntatelo
a ti misma.
Fue en aquel momento, durante aquella
muestra de desprecio mutuo, cuando Lorenzo tomó
plena posesión de la mente de Irina. Cuando empezó
a sentir y pensar por ella. Cuando ambos compartieron
el vacío mutuo y tomaron decisiones largamente
aplazadas.
Los hombres encapuchados se abrieron
paso entre los pocos miembros del culto que quedaban
para defender a su Mesías, al niño que
(ahora Irina lo sabía) era el elegido por todos
menos por él mismo.
Irina supo, entendió…
Lorenzo había escaneado la mente de Tomás
y había insertado en ella sugerencias al respecto
de quién sería el encargado de la protección
del niño prodigioso; el candidato ideal había
resultado ser una mujer arrinconada en los recuerdos
profundos del “hermano Haro”, alguien que
había perdido tanto como para que la muerte de
un niño detestable no le importase una mierda.
La había elegido a ella, y ahora ella sabía
muy bien por qué.
Y, ciertamente, lo único que
Irina podía encontrar en aquel momento (encerrada
físicamente en un Audi A-3 comatoso, y mentalmente
en el laberinto de la capacidad telepática de
Lorenzo, rebuscando en su interior) era una indiferencia
tan pura como yerma. No le importaba una mierda.
En el templo, el encapuchado de la
pistola levantó un brazo ejecutor en dirección
a la cara de Lorenzo y masculló unas palabras
que Irina no pudo escuchar, silenciadas por una sola,
ineludible, frase:
-Matémoslos a todos… y
luego que Dios los juzgue.
Lorenzo se despidió con un fogonazo
de agradecimiento.
Lógica de francotirador.
Irina llevó una mano vacía
a las llaves aún en el contacto, puso el coche
en marcha y se movió, en dirección a un
futuro que ya no era nada.
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