| 1: LA MÁQUINA
PUTA.
El hombre es tan feo como puede llegar
a ser un hombre y, aún así, sabe que lo
que sea que le está dictando las siguientes palabras
que salen de su boca pertenecen a una superinteligencia
que le trasciende. Cuando uno de nosotros muere, una
parte del Dios de todas las cosas desaparece con él.
-Cuando uno de nosotros muere…
-empieza a decir.
La mujer, por su parte, no quiere saber
nada de trascendencias y pérdidas de tiempo varias.
Es pragmática y, visto desde el punto de vista
que se quiera, está tan buena que casi hace daño
a la vista.
Cobra un buen dinero por estarlo.
La historia se monta sola conforme
los segundos van pasando.
El hombre no ha ido nunca de putas
y, técnicamente, tampoco ahora lo está
haciendo. No hay tiempo para subjetividades éticas,
sólo para un par de padrenuestros paganos.
Le petite mort, el orgasmo,
aún queda lejos.
Antes de que el cerebro del hombre
pase a modo automático, a ser pilotado por el
hombrecillo sin cabeza que habita en su pene, se permite
reflexionar acerca de la conveniencia de que la tesis
general (que con cada muerte desaparece una parte del
todo) se pueda aplicar a las “pequeñas
muertes”.
-¿Qué quieres que te
haga? -pregunta la mujer, sin permitir que el sexo aflore
aún en su vocabulario.
-No sé… ¿Tú
qué prefieres?
-La que cobra por esto soy yo. Tú
eres el que decide lo que quiere… ¿Es tu
primera vez, verdad?
El hombre preferiría etiquetar
la experiencia como t = 0 en el diagrama vectorial de
su vida, porque técnicamente esto no es su “primera
vez”, pero no discutirá con la mujer. No
ahora que está empezando a perder el control.
-Algo así -contesta, no demasiado
decidido.
2: POP KOAN.
El discípulo Doko se personó
a su maestro zen, y le dijo:
-Estoy buscando la verdad. ¿Cuál
es el estado mental en el que debo perfeccionarme para
encontrarla?
-No hay mente, de modo que no puedes
ubicarte en estado alguno. No hay verdad, de modo que
no puedes perfeccionarte para alcanzarla -fue la respuesta
del maestro.
-Si no hay mente que perfeccionar,
ni verdad por encontrar, ¿por qué tienes
aquí esos monjes que se reúnen todos los
días ante ti para estudiar el zen y perfeccionarse
mediante ello?
-Pero si aquí no hay siquiera
un palmo de sitio… -dijo el maestro-. ¿Cómo
podría haber una reunión de monjes?..Y
yo no tengo lengua, ¿cómo podría
entonces llamarlos o impartirles enseñanzas?
-Oh, ¿cómo puedes mentir
así? -espetó Doko.
-Pero si no tengo lengua que me permita
hablar, ¿cómo podría mentirte?
Entonces, Doko añadió
con tristeza:
-No puedo seguirte. No puedo comprenderte.
-Ni yo no puedo comprenderme a mí
mismo.
3: CUANDO DE VERDAD ESTÁS
ASUSTADO.
Analicemos la situación desde
otra perspectiva:
Digamos que A es lo más curioso
que has visto en tu vida. Según la percepción
objetiva, mensurable, que tienes de A, ésta es
una mujer de unos cincuenta y tantos años (aunque
la vida en la calle debe haberla estropeado bastante,
por lo que quizá sólo tenga unos cuarenta
y tantos) que dedica todos y cada uno de sus días
a pasear de aquí para allá por el centro
de la ciudad. Lleva siempre consigo cinco carritos en
los que carga sus pertenencias, a los cuales aplica
la misma dinámica una y otra vez: arrastra el
primero un par de metros, vuelve atrás, arrastra
el segundo hasta la altura del primero, vuelve atrás
y repite el proceso con cada uno de ellos. No hay pista
alguna que indique que esto obedece a un plan explícito,
que el proceso sigue un recorrido marcado de antemano…
Y lo que no conoces te intriga y asusta a partes iguales.
Una fría noche cualquiera, A
comparte los cartones con los que ha improvisado un
campamento en el interior de un cajero automático
con B.
B es un caso típico: poli-toxicómano
hasta hace un par de años (cuando ya no se pudo
permitir sufragar el gasto de una dosis y empezó
a limitarse a una sola cosa; esto es, eventuales cartones
de vino barato). Ha salido bastante bien parado de tres
rehabilitaciones forzosas, en las que se ha curado el
mono a base de helarse el culo en diferentes localizaciones
de la ciudad, comer lo que encuentra por los contenedores,
mendigar de vez en cuando, y pelear a mano sucia con
otros desarrapados como él. Sus apenas treinta
años hacen que, a pesar de casi no tener dientes
y no haber visto una ducha en meses que perfectamente
podrían intercambiarse por vidas, aún
conserve algo del decadente atractivo que gusta a los
observadores imparciales como tú.
Pues bien, la noche en que A y B comparten
lecho de cartón, A representa una fábula
con la que, en teoría, B debe entender el por
qué de todo el asunto de los carritos.
A promete, asimismo, que si B escucha
con atención, al acabar su relato le hará
una mamada.
La fábula consta de varias partes
bien definidas que conforman un relato de logro truncado
que indefectiblemente conduce al desastre, la ruina
y la constricción: A se presenta a sí
misma como la empleada más joven de una de esas
pequeñas consultorías técnicas
que abundan en la ciudad, una chica que aprende rápido
y aplica esos conocimientos en busca de un reconocimiento
al que venga unida una dosis de descanso de sí
misma al final del camino de incomodidades, insatisfacciones
y noches perdidas tricotando planes que viene durando
desde sus años de estudiantes. El reconocimiento
tarda en llegar, y le consume relaciones, amistades
e incluso fragmentos de amor propio que gustosamente
regala a sus superiores esperando algo a cambio.
Llegados a este punto de la historia,
B pregunta por qué A no se acostó con
su jefe, como hacen todas, y acababa así de una
vez con tanta angustia.
A monta en cólera, pero sólo
un poco. Sabe que no todas, pero sí algunas,
funcionan de ese modo. También sabe que B tiene
medio cerebro frito por las drogas y que no se le puede
acusar de uno de eso “–ismos” con
los que tanto se nos llena la boca a veces.
B pide que prosiga con el relato y
deje de atosigarle. A consiente: las noches vacías
y la falta de perspectiva trajeron consigo un miedo
atávico a quedarse sola de por vida. A dejó
de pensar única y exclusivamente en su trabajo
y decidió buscar otra meta más asequible.
Eligió formar una familia, porque es lo que se
elige en estos casos.
Lo siguiente es previsible: A se casó
con el hombre que no debía, ambos tuvieron un
hijo que nunca debió haber venido a ete mundo,
el marido de A quiso que ella pasase más tiempo
en casa, el precio de la vivienda subió hasta
desestabilizarlo todo, el niño cada vez demandaba
más, nadie quería una asesora que había
abandonado su carrera a los treinta y cuatro años,
su marido decidió que no valía la pena
trabajar tanto para volver a un hogar en el que sólo
le esperaban llantos infantiles y reproches demasiado
maduros, la vida no se parecía en nada a lo que
salía por la televisión… Y A acabó
volviendo a la consultoría de la que nunca debió
haber salido. Esta vez sí, se acostó con
uno de los socios.
B bufa un “lo sabía”
que A ignora. Está a punto de finalizar su relato.
La relación de A con su jefe
la devolvió a un lugar en el que ni siquiera
recordaba haber estado. Duró años, hasta
que el jefe de A dejó de ver el morbo en acostarse
con una mujer casada a espaldas de los cónyuges
de ambos; era mucho más excitante hacerlo con
la nueva recepcionista.
En un alarde de visión periférica
de la situación, A decidió olvidar a su
jefe, divorciarse de su marido, permitir que éste
ultimo se quedase con la custodia de un niño
al que, por mucho que se empeñen las estadísticas
y la biología, no quería, y hundirse lo
más hondo que pudiese.
-Cuando de verdad estás asustado
-confiesa A-, todo te importa una mierda.
-¿Y eso qué tiene que
ver con lo de arrastrar los carritos arriba y abajo?
-pregunta, lógicamente, B.
-Nada en absoluto.
Y A desabrocha los pantalones de un
aún confundido B y hunde la cara en su entrepierna.
De lo cual podríamos deducir
con facilidad la siguiente fórmula:
B + (A•X) = CES
En la que X sería el miedo,
cualquier clase de miedo, y CES representaría
Cierto Estrato de esta Sociedad en la que estamos condenados
a vivir.
Lo cual nos deja con una incógnita:
¿Dónde está realmente la cara oscura
de la Luna?
4: POP KOAN (II).
El maestro zen se acercó a Doko,
su discípulo y le confesó:
-Ni yo puedo comprenderme a mí
mismo.
-Si no tienes lengua con la que hablar,
¿cómo puedes decir algo así? -fue
la respuesta del discípulo.
-Pero… Sí que tengo lengua…
Sino ¿por qué se reúnen aquí
cada día todos esos monjes para aprender el zen
y perfeccionarse mediante ello?
-¿Dónde? Aquí
no hay siquiera un palmo de sitio…
-Oh, ¿cómo puedes mentir
así? -espetó el maestro.
-No hay mente, de modo que no puedes
ubicarte en estado alguno. No hay verdad, de modo que
todo es mentira -dijo Doko.
El maestro, destrozado por dentro,
añadió:
-Así pues, ¿no hay estado
mental que perfeccionar, ni verdad a la que aspirar?
-Lo siento, no puedo comprenderte.
No puedo seguirte. No puedo oírte. No tienes
mente, ni verdad, ni lengua ¿recuerdas?
5: COTILLEO, CULPA, ETC.
El hombre sigue siendo tan feo como
siempre, pero el acercamiento sexual con la prostituta
preprogramada le ha dejado henchido de una cualidad
que, sabe, ya jamás podrá ser eliminada
del código propio según el cual se rige.
Se parece un poco a la eterna pregunta
(¿cómo hablar con chicas cuando se tienen
doce años?) transubstanciada a su realidad-túnel
inmediata (¿cómo hacer que todo el mundo
sepa que te has acostado con el máximo exponente
de la feminidad de tu especie?)
Por eso, tal como llega a casa pulsa
el botón del mando a distancia de la televisión,
accede al menú general de configuración
y trastoca la sintonía de todos los canales hasta
dar con una estática perfecta de ruido blanco.
Algunos dicen que a través de esa estática
se pueden recibir mensajes del más allá,
fantasmas hablando a través de la pantalla. Pero
el hombre sabe que eso es mentira. Los fantasmas no
existen.
Y aún así, todo el mundo
está conectado, y el canal de conexión
debe estar en alguna parte.
No se equivoca. Nunca se equivoca.
Y el escarceo sexual de hace un rato le ha iluminado
aún más si cabe.
Los altavoces del televisor sin imagen
definida escupen conversaciones al azar: la vecina del
tercero habla con su madre por teléfono y la
manda a la mierda, achacando todos y cada uno de los
fallos que ha cometido como adulta a la educación
represiva de la mujer (mierda freudiana para todos los
públicos); solapándose a la conversación
surgen los pensamientos del hombre que vive solo en
el segundo piso, planteándose ver determinada
película a determinada hora o dejarlo estar y
limitarse a la teleserie que, sin duda, todos los compañeros
de su oficina comentarán mañana; un poco
por debajo, el hijo del matrimonio del ático
deja que en su cerebro reverberen mensajes del “maestro
de la luz” que le conminan a salvar a la “princesa
maldita” con ayuda del caballo turbo-propulsado
que se esconde en su armario…
Tantas vidas y tan poco tiempo para
escucharlas todas.
El hombre pasea el dedo por los distintos
botones del mando a distancia que le llevan a otros
tantos canales de comunicación humana distintos,
y se siente afortunado.
Aquí, un maestro zen contesta
a su discípulo con un acertijo imposible; un
poco más allá, la historia se da la vuelta,
y es el discípulo el que confunde al maestro;
más allá aún…
6: POP KOAN (III).
Joshu preguntó al mestro Nansen:
“¿Cuál es el verdadero Camino?”
Nansen respondió: “El
camino de cada día es el verdadero Camino”.
Joshu preguntó: “¿Puedo
estudiarlo?”.
Nansen respondió: “Cuanto
más lo estudies, más te alejarás
del Camino”.
Joshu preguntó: “Si no
lo estudio, ¿cómo puedo conocerlo?”.
Nansen respondió: “El
Camino no es de las cosas que se ven, ni de las cosas
que no se ven. No es de las cosas conocidas, ni de las
cosas desconocidas. No lo busques, ni lo estudies, ni
lo nombres. Para alcanzarlo, ábrete con la amplitud
del cielo”.
7: LA CARA OCULTA DE LA LUNA.
Démosle otra vuelta a la tuerca:
Estamos en Dionisia, que viene a ser
un planeta lejano que nos sirve como metáfora
a éste, nuestro planeta Tierra. Dicho planeta
imaginario se rige por la reglas del SMI2LE (Space +
Migration + (Intelligence)2 + Life Extension) por lo
tanto:
a) Todo el mundo viaja allí
donde le da la gana, cuando le da la gana, sin condicionamientos
de ningún tipo (siquiera condiciones tan absurdas
como el sistema métrico decimal).
b) La inteligencia es expandida, premiada,
alabada y potenciada hasta tal punto que ya no es necesario
expandirla, ni premiarla, ni alabarla, ni potenciarla.
c) Todo el mundo vive tanto como quiera.
Algunos incluso son inmortales.
En Dionisia, todo el mundo es feliz.
En Dionisia la gente no vive en la
calle, es la calle la que vive en la gente.
8: ESE PORTE IMPECABLE.
El hombre viste un traje negro de fina
línea diplomática, tan sutil que casi
parece invisible. Se cubre con un largo abrigo de cuero
con las solapas levantadas. Cuando pasa junto al escaparate
de alguna tienda, su imagen se le antoja algo a medio
camino entre un sabio y un demonio.
Reconozcámoslo, tiene algo de
ambos.
Aún resuena en sus oídos
el rumor de la televisión mal sintonizada, emitiendo
partes desde la corteza cerebral de sus congéneres
y vecinos: una chica, que por lo visto vive tres manzanas
más allá, se mortifica a sí misma
porque su novio no quiere que ella le ayude a encontrar
a su madre. Dos canales más allá, un ángel
(exento de sexo, como cualquier buen ángel) reza,
encerrado en una jaula, una súplica a su creador
para que éste le libere de su cautiverio; por
lo visto la pobre criatura ha sido encarcelada en la
jaula de oro de la mente de un escritor de relatos de
ciencia-ficción, el cual juega con su imagen
abstracta como le apetece, intentando dar con la alquimia
que convierta el ángel en letras negras sobre
papel blanco, una veces dotándole de una apariencia
masculina infantil, transmutándolo en el heraldo
encarcelado de todo lo bueno que hay en el hombre, otras
vistiéndolo con pieles femeninas y obligándolo
a los más abyectos actos de sumisión a
través de los barrotes de la jaula.
Pero el hombre no se preocupa más
de lo necesario: ese porte impecable que ve reflejado
en los escaparates y los cristales tintados de los coches
le transporta a través de una ciudad casi en
ruinas que es la suya, la de todos, en dirección
a la siguiente cabina telefónica abandonada,
el enésimo portal ruinoso en el que retozan enamorados
imposibles, descastados. Por que parte de la existencia
del hombre se debe al trato rutinario con los que cruzaron
el espejo en busca del país de las maravillas
sin saber que, a causa de su falta de perspectiva, se
habían transportado al infierno.
La noche se acerca.
Los extraterrestres existen, en cierto
modo. Puedes verlos si miras con la suficiente atención,
más allá del abrigo, el traje y los ojos
del hombre.
Las putas lo ven, y los mendigos, y
los olvidados maestros zen, y sus discípulos
inútiles, y las utopías.
El hombre viste las ropas del ser que
vendió el mundo al mejor postor.
9: POP KOAN (IV).
El maestro Nansen preguntó a
otro maestro zen: “¿Cuál es el verdadero
camino?”.
A lo que el maestro zen respondió:
-¿Cómo voy a saberlo,
si no tengo lengua con la que hablar, ni mente con la
que ubicarme en estado alguno, ni verdad por encontrar?
Nansen, entonces, espetó: “Oh,
¿Cómo puedes mentir así? Si no
hay mente que perfeccionar, ni verdad por encontrar,
¿por qué tienes aquí esos monjes
que se reúnen todos los días ante ti para
estudiar el zen y perfeccionarse mediante ello?”
El maestro respondió:
-El Camino no es de las cosas que se
ven, ni de las cosas que no se ven. No es de las cosas
conocidas, ni de las cosas desconocidas. No lo busques,
ni lo estudies, ni lo nombres. Para alcanzarlo, ábrete
con la amplitud del cielo.
A lo que Nansen, confundido y contrariado,
exclamó: “¿Qué? Lo siento,
no puedo comprenderte. No puedo seguirte.”
El maestro se lo pensó muy bien
antes de replicar, pero al final dio con las palabras
correctas:
-Me limito a repetir tus enseñanzas.
Entonces, como si esa frase hubiese
servido de ritual para convocar a sus peores demonios,
los discípulos de ambos hombres entraron en la
estancia en la que los maestros meditaban en voz alta.
-¿Puedo estudiaros? -preguntó
Joshu.
Doko añadió: “Ni
yo mismo puedo comprenderlos”
Y los discípulos rompieron a
reír, porque habían descubierto algo que
los maestros, con sus cábalas y sus acertijos
jamás adivinarían: que en el espacio que
ocupaban apenas había un palmo de sitio; que
de tanto buscarlo, estudiarlo y nombrarlo, el Camino
había desaparecido; que sólo quedaba un
hombre en la tierra con la capacidad suficiente como
para abrirse con la amplitud del cielo…. Que nadie
puede comprender a nadie.
10: PREPARADO PARA QUERER A
ALGUIEN.
Desde otro ángulo, una vez más:
Digamos que B sigue dándole
vueltas a todo el asunto de los cinco carritos de A,
pero que le cuesta concentrarse porque ella le está
lamiendo la entrepierna y eso siempre ha provocado en
él pensamientos raros, que le llevan a alguna
parte más allá del todo, a un planeta
que inventó de pequeñito, llamado Dionisia,
en el que nadie vivía en la calle, por que las
calles vivían en todos.
Desde que tiene uso de razón,
recuerda haber viajado a Dionisia cada vez que la realidad
que se colaba por sus ojos, oídos y nariz le
era del todo insoportable. Luego empezó a acudir
al planeta cada vez que, simplemente, necesitaba un
descanso.
Ahora A se introduce el pene de B en
la boca (saliva y sudor y suciedad y algo salado que
perfectamente podría ser amor) y B le acaricia
el pelo.
-A veces, lo mejor es dejar que los
misterios sigan siéndolo -acierta a decir él,
entre dos jadeos.
Ella no dice nada. Tanto mejor.
Porque quizá B se viese obligado
a contar cómo llegó hasta este mismo instante,
en este mismo lugar, y su historia es tan poco original
que el relato se alargaría de forma tediosa hacia
ninguna parte. Así que B calla y disfruta, un
oasis en la miseria de los días, mientras asocia
el placer físico inmediato con la idea de un
superespacio perfecto en el que nadie tiene porqué
morir. En el que nadie se ve obligado a volver atrás
en busca de los cuatro carritos restante después
de haber arrastrado un primero. En el que una leyenda
urbana vestida de negro riguroso no se dedica a recorrer
las calles en busca de seres perdidos, olvidados, con
los que preparar un segundo trato con el creador después
de haber sido estafado la primera vez.
El hombre no puede tocar a B mientras
éste posea algo, aunque ese algo sea Dionisia.
El hombre no puede tocar a A mientras
ésta siga marginándose por propia voluntad,
sin dar una explicación clara, que vaya más
allá de la locura, a su condición.
El hombre tiene que quedarse mirando
a través de las ventanas que rodean el cajero
automático en el que el mundo, representado por
el vino de la fornicación de dos seres que se
niegan a reconocerse más perdidos de lo que están,
se salva a sí mismo.
Mal material con el que negociar. Ninguno
de los dos está preparado para querer a alguien,
pero lo intentan un poco a cada segundo.
Así pues, deducimos una última
fórmula (porque esto es el final, querido lector,
por si no te habías dado cuenta):
B + (A•X-8) = CES –
(SMI2LE) =0
Y el cuero de las solapas del abrigo
del hombre se humedece al contacto con las primeras
lágrimas, pues es una lástima que la lógica
no sirva para revalorizar conceptos tan sencillos como
el efecto sumidero al que la humanidad se está
sometiendo a sí misma. El hombre llora por A
y por B, pero sobretodo lo hace por sí mismo,
pues al final éste, que ha comenzado tan bien,
ha resultado un día perdido como cualquier otro.
Y no es una metáfora: con los días perdidos
también se puede negociar, pero no con los de
uno, por lo que la pena es la misma para los mortales
con sueños de inmortalidad y los inmortales que
no sueñan en nada.
EXTRAS: FINAL ALTERNATIVO Y
COMENTARIOS DEL DIRECTOR.
Esta historia no tiene moraleja.
El hombre es un ser inmortal, una leyenda
urbana: el hombre que vendió al mundo, que nos
condujo a donde estamos (al borde del abismo o a las
puertas de una nueva era de prosperidad, eso está
aún por decidir); y ese ser es egoísta,
sí, pero también tiene un propósito,
que no es otro que el de hacer acopio de la miseria
que empapa nuestras calles, para renegociar cualquiera
que sea el trato que ha hecho con quien sea que lo haya
hecho.
Esta historia no es una metáfora.
Por todas partes puedes ver a A y B
trasegándose a sí mismos en busca de un
final que no acaba de llegar nunca. Muy pocos se preguntan
el porqué de su condición. Millones ofrecen
explicaciones más o menos fantasiosas al respecto.
La confusión es buena.
Los acertijos ya no existen. No pueden
existir en un mundo en que el efecto sumidero es palpable
y plausible. El tiempo se acelera, los avances se producen
al doble de velocidad con respecto al periodo histórico
anterior. Según algunos, el último día
del mundo se producirá un nuevo descubrimiento,
en todos los aspectos, cada 7,5 milésimas de
segundo. Los Koan (acertijos de un Japón que
ya ha desaparecido, destinados a la reflexión
y el examen interior más allá de toda
respuesta) han quedado esquilmados y reducidos a uno
solo: ¿Vives?
El final alternativo.
Quizá el hombre de la historia
sea, simplemente, la muerte. El último telón
que siempre llega antes de tiempo para los que se han
salido de la rueda de ruedas que hemos creado un poco
entre todos. Quizá el hombre decida esperar un
poco antes de llevarse a A y B consigo; esperar a que
ambos decidan no estar preparados para querer a nadie
y dejar de luchar. Quizá los koan sean la verdadera
historia, y lo demás no represente sino ejemplos
sincrónicos sin sentido alguno.
Quizá no hayas entendido nada.
Quizá hayas entendido demasiado, y esta historia
te haya puesto los pelos de punta.
Quizá…
Esta historia no tiene moraleja. No
hay apoteosis.
Éste es un relato de terror,
después de todo. Buenas noches.
Fin.
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