| ¿Cómo
sabes si la tierra no es más que el infierno
de otro planeta?
Aldous Huxley
Confirmó de forma irrefutable
la existencia de la antifuente cuando ya fue más
que demasiado tarde, gracias a una visión agónica
durante la caída. La preciosa antifuente y su
sistema límbico tentacular, campana de Gauss
invertida, el dedo tornasol de Dios en cascada. Y él
cayendo, rasgando sangrías y fronteras con su
peso sumado a la aceleración exponencial sumada
a la atracción gravitacional de su castigo. Portador
de hemorragias, el reo en traslado intersticial fue
un cometa fulgurante rayando los cielos de Kandor, N´where,
Oz, tierras medias, zonas limítrofes con la fantasía
y lo hipnogógico y demás territorios,
demás cielos, en la confluencia entre Da´at
y la antifuente. Mach 7. Hipersónico. Llevado
al presidio.
Hidrógeno y helio y después
fuego. Un tumbo en la Ionosfera y la antifuente riéndose
de él. La sola caída ya valía por
toda una cadena perpetua y, aún así, el
reo fue completamente consciente todo el tiempo de que
ésta representaba apenas una micronésima
parte de su condena. Durante un instante de pánico
óseo, de ese pánico enraizado en el tuétano
y que constriñe los sistemas de soporte vital
como un puño cerrándose con toda la ira
del infinito entorno a la vida misma, conjeturó
sobre la nueva jurisprudencia a la que debería
adaptarse deprisa si pretendía, cosa que aún
no tenía del todo clara, sobrevivir. El conjunto
de reglas e interrelaciones del presidio. Un misterio
terrible, insondable , de paralaje tan diáfano
que, desde la altura a la que se encontraba y cayendo,
se le antojó del todo incognoscible. Tarea de
titanes, la que le esperaba abajo. Calvario. Lo peor,
y aún peor que la caída, desde luego,
estaba por llegar.
Cumulonimbos como fractales en la tropopausa.
Dióxido de carbono y restos de hollín
y, por fin, oxígeno. Algo asimilable. Nutriente
a sumar a la energía que la vieja estrella regente
de aquel sistema solar le suministraba al presidio.
Con el cambio de perspectiva de la entrada en atmósfera,
la caída pareció acelerarse.
El presidio sorbiéndole. Hacia
abajo por la antifuente. El cuello de botella estrechándose,
concretándose hacia el impacto con el asfalto.
El reo se permitió embelesarse, darse un capricho
tardío antes de lo inevitable, con las formas
de la fractal esponjosa. Meditó sobre las fractales,
esa representación matemática cuyo todo
se autorreplica en cada una de sus partes; en su naturaleza
y esplendor caóticos, el reflejo más fiable
de la realidad. Se preguntó, en paralelo, a qué
clase de dibujo a mayor escala, sólo aparentemente
abstracto, replicarían su mundo de origen, su
vida y cada una de sus acciones, y en qué ínfimo
detalle podría un cálculo avezado encontrar
la pauta idéntica de éstos.
Tan cerca del suelo y para siempre
tan lejos del hogar. La antifuente se estrechó
aún más, ahora un filamento ambarino jaspeado
de magenta y verde, desaguando al reo, su materia, espíritu
y sino contenidos en el rayo, enfocada hacia el aterrizaje.
Un último estruendo de rotura de sonido. Impacto
contra el presidio en tres, dos, uno…
¡¡¡BRAKABOOOOOOOOOOMMMMMMMMM!!!
Los mecanismos legales sindicados a
la antifuente se encargarían más tarde
de explicar el temblor de tierra, la nube de polvo y
el humo y el estruendo y el cráter como un reventón
en una de las tuberías de gas secundarias en
la periferia del núcleo urbano al que el reo
había sido destinado para cumplir condena. Todo
contenido y controlado, un inconveniente mínimo
para la población autóctona.
Por el momento, el reo tenía
cosas más importantes de las que preocuparse.
Se arrastró hasta quedar parapetado tras unos
contenedores de basura al cabo de un callejón
cercano al punto de aterrizaje. La caída le había
dejado casi muerto, así que, en lugar aparentemente
seguro, se concentró en activar los rasgos genéticos
proporcionados por el tribunal tras la lectura del veredicto
que le había expulsado a allí. Puso en
marcha el recién adquirido factor curativo, que
a su vez estimulaba el crecimiento de una glándula
provisional dedicada a la fabricación de endorfinas
y opiáceos complejos gracias a los cuales perdería
el sentido durante lo que durase el proceso de regeneración.
Fundido a negro. Listo para el sueño
sin sueños. Antes de desmayarse, el reo trazó
mentalmente una serie de puntos a cumplir nada más
despertar: establecer un orden prioritario de activación
del resto de rasgos una vez analizado someramente el
nuevo entorno, ir en busca de los más parecido
a un comité de recepción que la antifuente
hubiese dispuesto para él y apresurarse en olvidar
todo lo concerniente a su mundo de origen. De allí
en adelante, lo demás sería pagar por
su crimen.
Le despertó algo parecido a
un toque de corneta. Bañado en sudor y restos
del ambargris segregado durante el proceso de curación
y reconfiguración morfológica. Desnudo.
Un tanto avergonzado y hambriento. Se comprobó
regenerado y alterado superficialmente lo suficiente
como para camuflarse entre la especie animal dominante
en el presidio, a quienes ahora estaba obligado a considerar
sus iguales. Trabajó unos minutos en la urgente
tarea de dominar el bipedismo, sintiéndose un
poco imbécil al no tener nada con que entretener
las dos extremidades superiores que la transformación
le había dejado exentas de sus primarias funciones
de desplazamiento. No parecía que la antifuente
le hubiese impreso en el genoma el más mínimo
vestigio de información al respecto del uso correcto
de éstas. Sería uno de los asuntos prioritarios
a los que prestar atención durante la primera
toma de contacto con los organismos autóctonos,
pues. Ya erguido, en movimiento, se asomó entre
los contenedores de basura para ver de dónde
provenían aquellas armonías y cánticos
que le llegaban desde lejos.
La avenida en la que desembocaba el
callejón en el que el reo se había refugiado
se hallaba inmersa en mitad de lo que parecía
una jornada grande de fervor religioso. Así entendió
él el desfile de hileras de gente ataviada con
túnicas y capirotes en púrpura, blanco
y azafrán, marcando el paso como una sola unidad
biológica, un enjambre coordinado telepáticamente,
y entonando vivas que entrecortaban sonsonetes plañideros
interpretados desde ventanas y balcones. Algunos de
los integrantes de la procesión portaban a hombros
tristes imágenes de madera y pan de oro, cubiertas
con mantones de abigarrados bordados. El reo olisqueó
en el ambiente el torrente hormonal segregado por aquella
porción de habitantes del presidio, su dolor
y su pasión. Fanatismo y, también, amor
no correspondido.
Lo que más le llamó
la atención, sin embargo, fue que la velocidad
de oscilación de las partículas que componían
aquel conjunto procesional era inusualmente lenta. Aún
debía llevar con él algo del ciclo temporal
de su mundo de origen. En el presidio, anotó
mentalmente, todo le aparecería mucho más
lento a la percepción, los intersticios entre
secuencias de actos se dilataría casi sin sentido.
Segundo factor al que prestar muchísima atención.
Se entretuvo en la contemplación
del desfile, esforzándose por aprender todo lo
posible y sacándole todo el partido a la distorsión
senso-temporal para ello, mientras consideraba sus mejores
posibilidades inmediatas. Aprendió cómo
reducir y remezclar subsonidos hasta que su voz pudiese
llegar a sonar humana. Aprendió a amortizar la
interfaz bípeda de recepción de estímulos,
principalmente localizada en la parte frontal del cráneo.
Aprendió la base simétrica y binaria de
interacción de la especie con ellos mismos y
los objetos circundantes, bastante sencilla una vez
se observaba con detenimiento. Esto último le
envalentonó especialmente y le trajo un hálito
de esperanza. Las probabilidades de adaptación
temprana se incrementaron. Ahora sólo necesitaba
un plan. Que le llegó mediante el azar, factor
esquivo y peligroso que parecía impregnar gran
parte de la peculiaridad existencial del presidio.
Un animal cuadrúpedo se separó
del grupo principal en la procesión y se acercó
a los contenedores de basura en el callejón.
El reo se acuclilló y se escondió tras
dos bolsas azules de reciclaje de residuos, sin perder
de vista el errático devenir del ser, en el que
también había reparado uno de los humanos
en el desfile. El humano le tendió el cilindro
de sebo coronado por una llamita que llevaba consigo
a otro de los penitentes que le acompañaban,
y llamó al animal.
-¡Satán! ¡Ven aquí,
chucho pulgoso! -ordenó. Luego trotó con
paso firme hacia el callejón.
El llamado Satán, mientras tanto,
se había escurrido entre los contenedores y olfateaba
uno de los muslos desnudos del reo. Éste, tras
una breve evaluación de las intenciones del animal
basada en las emanaciones de su sistema simpático,
optó por acariciar al perro, quien inmediatamente
dio muestras de complacencia y aceptación del
extraño.
El humano llegó hasta ambos.
El animal, ante su presencia, reaccionó con un
respingo y un cambio hacia una actitud recelosa, presta
a la huida. El reo, por su parte, se irguió y
se le encaró, empatizando inconscientemente con
su primer contactado en el nuevo mundo.
-¡Joder! -se sobresaltó
el humano al posar la vista en el reo -¿Es que
te has escapado de un circo, o qué? ¿Qué
mierdas quieres hacerle a mi perro?
En un primer momento, el reo no entendió
las palabras del humano, que con su exabrupto había
provocado que Satán se refugiase tras las piernas
separadas del primero, presa del miedo y la indefensión
hacia el segundo que le supuraban bajo el espeso pelaje
y que el reo no alcanzaba a asimilar cómo el
otro no era capaz de percibir. Así pues, en lugar
de malgastar recursos energéticos o enredarse
con abstracciones lingüísticas, el reo,
azuzado por las hostiles proyecciones sensoriales del
cuadrúpedo, se lanzó a la acción.
Brincó hacia el humano y se valió de todas
las armas de su nueva complexión: usando las
extremidades superiores, apresó a su espontáneo
enemigo por los hombros y le sacudió en los genitales,
cuya situación los volvía increíblemente
expuestos al ataque, con una de las inferiores; el humano
se dobló y boqueó en busca del aliento
que acababa de perder, y el reo, aprovechando su superior
capacidad de movilidad en el tiempo, le rodeó
para agarrarle el cráneo desde detrás,
que a continuación sacudió un poco, comprobando
la resistencia del entramado de músculos sobre
el conjunto de vértebras que lo unía al
tronco, y, juzgando ésta ciertamente precaria,
procedió a dar un fuerte tirón con el
que le alineó el rostro con el trasero. El humano
se desplomó de rodillas en el suelo. Su corazón
se paró casi al instante. Curiosa disposición
anatómica la de esta especie, pensó el
reo, que los hace tan fáciles de eliminar.
-Gracias, bestia rara -gruñó
el perro Satán, acercándose con tímidos
pasitos al humano fallecido-. Ya me estaba oliendo otra
paliza…
-¿Por qué me llamas bestia?
-replicó el reo, adaptando las vibraciones de
su glotis al lenguaje del animal-. Desconozco el tipo
de moral por el que te riges, animal, pero en mi lugar
de origen, lo que acabo de hacer suele agradecerse.
-No me malinterpretes, amigo -dijo
Satán-. Me has salvado los cojones de una buena,
pero es que tu aspecto…
-¿Qué le pasa a mi aspecto?
¿Acaso la distribución de elementos compositivos
no encaja con el estándar para la especie dominante
en este planeta?
-Si para ti esa “especie dominante”
es una mezcla feísima de simio y lagarto…
El reo salió del callejón
para mezclarse con la multitud en el desfile. El traje
de nazareno que acababa de robarle al humano muerto
se tensaba en determinados puntos de su anatomía,
revelando una joroba que nacía justo debajo de
la nuca, arremangándole los bajos de la túnica
de forma irregular, permitiendo que asomase parte de
una pata cubierta de escamas y acabada en tres dedos
curvos formando una garra que arañaba el asfalto
húmedo sobre el que cojeaba. Necesitaba hacer
acopio de toda la concentración posible para
acostumbrarse a que su campo visual quedase limitado
a las dos ranuras abiertas en el capirote que le sofocaba,
ajustado a su desproporcionada cabeza como un guante
tres tallas menor a la que le correspondía. El
aire fresco era filtrado por las dos piezas básicas
de aquella estrambótica mortaja, un añadido
a su castigo a modo de uniforme carcelario, ensuciándola
con la exudación de su reciente víctima,
impregnando y agrediendo al reo con calor, mucho calor,
y con el perfume inciensario, cansado y culpable de
todos los vía crucis en los que los anteriores
portadores del traje habían tomado parte.
Aún así, el reo se sumergió
en el gentío. El perro llamado Satán le
seguía de cerca, emulando sus pasos desde la
acera a su izquierda. Parco consuelo. El reo se dejó
guiar por las señales comunales que también
guiaban al enjambre a su alrededor, en dirección
a donde sin duda debería enfrentarse a una segunda
prueba para su instinto.
¿En eso iba a consistir su
condena por toda la eternidad? ¿En una serie
de ensayo y error encadenándose hasta la locura
del infinito? ¿Valdría la pena seguir
luchando después de que los fallos, malentendidos,
inadecuaciones y rechazos se contasen por cientos?
Estaba perdiéndose en su propio
punto de vista contaminado. Se estaba dejando llevar
por la asfixia que lo rodeaba, por el incómodo
travestismo en una forma que no era la suya, amenazando
con sojuzgarle. Debía volver a entrar en sí
mismo, volver a volverse objetivo. Eso era. La objetividad
le mantendría cuerdo. El análisis y la
actuación en consecuencia eran las únicas
claves plausibles de supervivencia. Las fuerzas vivas
de la antifuente le habían desterrado allí,
pero no permitirían, a pesar de todo, que uno
de los reos a su cargo vagase descontrolado y desorientado
por el presidio. Seguro que tenían preparado
un último acto de contingencia para él,
un encarrilar su ahora para que el resto de castigo
por llegar fluyese siguiendo un curso razonablemente
hiriente, no trufado de accidente tras accidente azaroso,
sin medida, como estaba resultando el día hasta
el momento.
Se reubicó a sí mismo.
Se internó algo más en la turbamulta de
penitentes y, al hacerlo, como si hubiese introducido
un virus en los códigos de comunicación
del enjambre, éste se detuvo. Al unísono,
sin previo aviso, obedeciendo sin plantearse siquiera
cuestionar la orden proveniente de uno de los muchos
rasgos propios que el grupo humano compartía
y de los que el reo carecía, un rasgo atávico
y tan bárbaro y visceral como la procesión
misma. El desfile de sacrificio y expiación se
congeló espontáneamente bajo un balcón
engalanado con crespones negros y malvas y una pancarta
desteñida en la que aparecía una inscripción
borrosa sobre el retrato idealizado de una mujer joven,
coronada por un halo dorado y que lloraba grandes lágrimas
celestes. Por la barandilla del balcón asomó
una segunda hembra humana, tan distinta de la pintada
en la pancarta como una hembra humana pudiese llegar
a ser: carrillos hinchados de grasa, busto enorme que
se desbordaba sobre la traviesa superior de la barandilla,
enfundada en luto riguroso y apolillado, rostro congestionado
y carmesí y una estridente voz emocionada con
la que imprecó a los que la observaban abajo.
-¡Dios te salve, guapa! ¡Viva
la madre virgen del rey de reyes! -gritó.
Y luego cantó:
Como no tenían naíta
que hacerle
le escupen y le abofetean
y le coronan de espinas
y la sangre le chorrea
por su carita divina.
Mare mía de mi corazón
seca esas perlas de pena
pon en tus ojos tu sol
que eres gitana y morena
y eres la mare de Dios.
Histeria colectiva.
El reo buscó a Satán
entre la multitud que aplaudía y le gritaba a
la mujer en el balcón y hacía pucheros
bajo los capirotes, con la intención de pedirle
consejo sobre el protocolo de actuación de las
subespecies del planeta en caso de verse atrapados,
como él se vio atrapado entonces, en una situación
tan claramente peligrosa. El animal había desaparecido.
El reo no podía localizar su firma biorrítmica
entre la miríada de salitre, cera y taquicardia
y shock estético proyectada por los humanos como
un millar de alarmas tocando queda a la vez. Perdido.
Abandonado de nuevo a la necesidad de improvisación.
Se imponía una maniobra de matemática
precisa y ejecución prístina con la que
huir, así que se exprimió las meninges
y planteó escenarios hipotéticos mientras
soportaba impávido los empellones y las muestras
de júbilo de los demás.
Cuando el cortejo ritual volvió
a ponerse en marcha para dejar atrás su última
estación, lo que le llegó al reo desde
la parte posterior del hemisferio central de su cerebro
no fue una estrategia, sino un par de revelaciones:
la primera, que aquel inicio atropellado del periplo
por su calvario no era un accidente ni un error de provisión
de la antifuente, que precisamente el pago equitativo
por el crimen cometido en su mundo de origen, por la
naturaleza fría, mesurada, cabal y racional de
éste, era una caída terrible al inframundo
de la emoción desenfrenada, igual a un círculo
perfecto, único e indivisible de purísima
estupidez, un destierro a los territorios pútridos
de la fe no cuestionada, de la inteligencia deformada
por la disolución de la individualidad en el
caldo hirviente, violento y amargo de la masa histérica,
de la psicosis histriónica en la que el solitario
está absolutamente solo y el que comulga lo hace
en carne y espíritu con el absoluto entero, de
lo pactado y perpetuado sin disquisición por
la impronta de la superchería arraigada en lo
más hondo de la esencia reptiliana del ser.
Lo segundo que comprendió el
reo en aquel dilatado momento de desgarro, y que concernía
a lo inmediato, fue que, si bien su penitencia iba a
ponerse mucho peor antes de mejorar lo más mínimo,
cabía contemplar la opción de una salida,
una puerta de atrás como última oportunidad
de detener el proceso al instante.
En un principio nadie reparó
en él. No hasta que estuvo lo bastante cerca
del paso portado a hombros, alrededor del cual se congregaba
el grueso del gentío, como para clavar las garras
en carne y madera y trepar por la espalda de alguien
y subir hasta abrazarse a la estatua de la madre de
aquel Dios al que los oriundos del presidio decían
adorar con sus lamentos y su algarabía culpable.
Un griterío de desaprobación se alzó
en dirección al reo. Los brazos de los cofrades
porteadores cedieron al aumento de peso y, temiendo
quedar sepultados, éstos se vieron obligados
a echarse a un lado y dejar caer su carga. Saltaron
astillas en todas direcciones y el reo resbaló.
Un listón resquebrajado se le clavó en
el vientre. La procesión entera y el público
que la seguía cayeron sobre los pedazos de paso
y la estatua y el reo como moscas sobre una herida abierta.
El griterío aumentó:
-¡La Virgen! ¡La Virgen!
¡Mirad que la Virgen esté bien!
-¿¡Qué coño
está haciendo ese animal!?
-¡Loco! ¡Hijo de puta!
Pero cesó en lo que el reo
tardó en arrancarse el capirote de la cabeza.
Al momento, un espacio de vacío y respiración
contenida se abrió entorno a él. Los habitantes
del presidio, inmersos en su particular fervor religioso,
no estaban preparados para lo que se les mostró.
Sobrecogidos por la contemplación de los globos
oculares afacetados del reo y la pareja de antenas carnosas
allí donde para ellos debería haber una
nariz, por la visión de los cuatro largos colmillos
retorcidos que sobresalían de sus fauces abiertas,
verticales, de textura vaginal, por el insulto para
sus oídos que representaba su graznido de pena,
los humanos retrocedieron despacio, paso a paso, temerosos.
Alguien sucumbió al horror y se desmayó.
Algún otro continuó, desde la distancia,
profiriendo insultos al cielo y rogándole al
señor que eliminase de la faz de la creación
a la criatura que acababa de convertirse en el centro
de su atención.
El reo se sacudió e intentó
incorporarse. Graznó y luego aulló y luego
trató de dar forma a unas cuantas palabras en
el idioma de los hombres, salpicándolas con el
acento de los perros, pero el hirviente dolor que le
subía a la garganta desde el punto en mitad del
abdomen donde se le había clavado el listón
le impedía modular nada concreto.
Los humanos siguieron retrocediendo.
Alguien vomitó. Alguien maldijo y llamó
a desatar las iras de una legión entera de demonios
sobre el engendro alienígena. Unos salieron precipitadamente
de portales y escaparates. Otros tantos se apresuraron
a agarrar cualquier cosa susceptible de ser usada como
arma que les quedase cerca. Ninguno votó por
la serenidad. Ninguno chistó ni planteó
pregunta alguna, según lo esperado.
El reo se arrodilló y miró
a la cara de la virgen que él mismo había
destronado. Estiró las extremidades superiores
en el suelo y agachó la cabeza en la caricatura
de un gesto mendicante y volvió la vista, implorando
falsa misericordia, a la primera oleada de gente que
se acercaba a él para cobrarse satisfacción,
con piedras y palos en las manos y el brillo de la antifuente
en las pupilas.
publicado en julio
de 2008
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