| Las aperturas te enseñan
aperturas.
Los finales te enseñan ajedrez.
Stephan Gerzadowicz
Siempre es mucho mejor sacrificar
las piezas de tu oponente.
Savielly Tartakover
==Apertura==
-¡Fíjese, inspector! -exclamó
el detective Miralles- ¡Excrementos!
Los guantes del inspector examinaron
la masa blancuzca que el detective había señalado.
No se encontraban a demasiada distancia del lugar del
crimen, así que era probable que se tratara de
un slagar.
-Todavía están calientes
-observó el inspector, rebuscando entre los restos-.
¡Maldita sea! -exclamó, y extrajo la figurilla
negra de un caballo de ajedrez- ¡Varias de las
piezas están aquí!
-Sí, señor -apuntó
Miralles, iluminando con la linterna-. Allí hay
un alfil blanco y un par de peones.
El inspector se levantó y tiró
sus guantes. Los de científica harían
el resto del trabajo sucio, ahora tenían que
atrapar al slagar antes de que sembrara el pánico.
Hizo una seña al detective y ambos volvieron
a la escena del crimen, una de las mesas al aire libre
que utilizaban en el Parque de Cabecera; los dos contendientes
estaban horriblemente mutilados. Sin embargo, las piezas
de la partida seguían en pie, formando una extraña
configuración.
-La Apertura Slagar -masculló
el inspector.
-¿Qué? -preguntó
el detective.
-Cuando un slagar termina de alimentarse
-explicó el inspector, acercándose al
tablero-, siempre dispone la misma jugada sobre el tablero.
Las razones que lo impulsan, tanto a matar ajedrecistas,
como a mover las piezas, son todo un misterio.
-¿Y cómo es un slagar?
La imagen de un enorme ser de pelaje
gris, con orejas puntiagudas y garras afiladas volvió
a la memoria del inspector. No había vuelto a
ver uno desde las semifinales del veintiuno; la doble
hilera de dientes retráctiles que utilizaban
los slagar había arrancado el brazo derecho del
maestro Kordizov. Ahora le llamaban “el campeón
zurdo”.
-Cuando vea uno, lo sabrá.
El flash de una cámara inmortalizó,
una vez más, las piezas de la Apertura Slagar.
El inspector ordenó una búsqueda por círculos,
tenían que cercar los alrededores del parque.
Una decena de agentes k-9 rastrearon la zona pero los
perros se mostraron inquietos, incapaces de encontrar
el rastro. El amanecer se dio prisa en llegar; el slagar
había escapado.
==Medio juego==
El despacho del inspector Blanquer
parecía infestado por una plaga de fotos, carpetas
marrones y notas en papeles con colores brillantes;
un número indeterminado de vasos de café
se arremolinaba junto a varios ceniceros repletos de
colillas. El timbre del teléfono retumbó
en la habitación, despertando al inspector de
un incómodo sueño.
-Blanquer -dijo con voz ronca.
-¿Inspector? Soy Valls -el jodido
alcalde, cómo confundirlo, con su insoportable
tono chillón-. El comisario Ventrell me ha informado
de su ineficacia en el asunto del slagar.
-Estamos trabajando en ello, señor
alcalde. Pero por el momento creemos que es necesario
que la gente tome ciertas medidas...
-¿Qué? ¡Medidas!
¿Espera usted que la gente piense que no vive
en una ciudad segura? ¿Es que quiere acabar con
el ajedrez aficionado?
-Sólo es una propuesta, señor.
¿Tanto costaría prohibir el ajedrez callejero?
-¿En época de elecciones?
-chilló el alcalde- Encuentre a ese slagar, inspector.
O su carrera habrá terminado.
El alcalde colgó con fuerza.
Ojalá se dislocara la muñeca, pensó
el inspector, buscando un paquete de cigarrillos entre
el caos de su mesa. Encontró un pitillo bajo
las declaraciones de varios testigos falsos, ahora sólo
faltaba el mechero.
-Señor -dijo el detective Miralles,
tras llamar a la puerta-. Han traído al doctor
Vassinov, ¿lo hago pasar?
-¿Quién? -gruñó,
apartando dos carpetas.
-Vassinov… señor -Miralles
repitió el nombre, sorprendido.
-Sí, sí. Hágale
pasar, le estaba esperando.
El detective terminó de abrir
la puerta y se hizo a un lado; un hombre bajito, vestido
con un mono naranja de presidiario, entró en
el despacho, mirando con gesto de disgusto el desorden
reinante. El inspector Blanquer apenas lo reconoció
con ese aspecto; la última vez que le vio iba
ataviado con un esmoquin inmaculado en la final del
ochenta. Claro que aquello sucedió mucho antes
de los asesinatos por los que cumplía condena.
Miralles dejó sobre la mesa
una carpeta con su nombre. Era la documentación
que Vassinov había acumulado durante años.
Los slagar eran una de sus obsesiones.
-No me extraña que no encuentre
al slagar -dijo, buscando un hueco libre en el que sentarse-,
éste caos no es más que el reflejo de
una mente poco disciplinada.
Blanquer encontró finalmente
el mechero y encendió el cigarro, disimulando
su malestar. ¡Expertos en ajedrez! Se creían
en la cima del mundo y trataban a los aficionados como
peones, aunque estuvieran condenados a perpetua.
-Gracias por su opinión, doctor
-resopló a través de una bocanada de humo-.
Supongo que le habrán puesto al corriente de
la situación, ¿cierto?
-Así es, ésta mañana
recibí el informe completo. Por lo visto no han
avanzado demasiado.
-No se ponga difícil conmigo,
doctor. Tiene usted la posibilidad de demostrar su teoría
acerca de la Apertura Slagar, le conviene colaborar
con nosotros. Puede que le consiga un par de partidas
más al mes.
El experto en ajedrez meditó
su próximo movimiento.
-En realidad no es una apertura -dijo,
señalando la carpeta sobre la mesa. Blanque extrajo
de ella unas fotos y las observó con detenimiento-.
Como puede observar, pertenecen a una partida ya iniciada,
casi terminada.
Los ojos del inspector no demostraron
sorpresa alguna.
-Gracias doctor, pero todos hemos estudiado
teoría del ajedrez en la escuela de policía.
Dígame algo que no sepa.
-Claro, claro -añadió
el experto, mientras colocaba las fotos con extremo
cuidado sobre el abarrotado escritorio del inspector-.
He estudiado miles de partidas en los últimos
diez años tratando de encontrar un referente
que nos diera ésta posición en concreto.
Como se habrá dado cuenta, parece que las blancas
están en minoría y que las negras tienen
una clara ventaja... pero lo interesante es cómo
se ha llegado a esta posición. ¡Es casi
imposible que dos maestros acaben con las piezas así!
El inspector volvió a asentir.
-Por ahora estamos en el mismo sitio,
doctor.
-Pero atienda, ¿y si no fuera
una jugada? ¿Y si fuera un mensaje?
-No entiendo lo que…
-Espere y escuche lo que le digo -le
interrumpió el experto-. Siempre hemos dado por
hecho que, al tratarse de un tablero de ajedrez, esta
peculiar configuración debía corresponder,
obligatoriamente, a una posición de una determinada
partida. Pero, ¿y si no lo fuera? ¿Y si
la disposición de las piezas sobre el tablero
obedeciera a un objetivo distinto?
El inspector se pasó la mano
por el pelo. Lo que comentaba aquel tipo engreído
podía dar un vuelco completo a la investigación.
Nunca hubiera imaginado que alguien pudiera emplear
un tablero de ajedrez para alguna otra cosa distinta
del juego. Sólo pensarlo le revolvía el
estómago. ¿Qué pensaría
Capablanca de semejante aberración? Aunque, claro,
no era extraño que una criatura demoníaca
como el slagar hiciera algo así. No se podía
presuponer nada de un slagar, ni siquiera un mínimo
respeto por el arte.
-Así que ese bicho asqueroso
quiere decirnos algo -dijo el inspector, pero el experto
meneó la cabeza, desconcertándole.-
No, creo que no me ha entendido -dijo.
El inspector sintió que las
palabras de aquel hombre encerraban una celada, pero
maldita sea si podía descubrirla. Tragándose
su orgullo, dio otra calada de su cigarrillo, lo apagó
en el cenicero y apoyó las dos manos sobre la
mesa.-
Dígame entonces.
-Siempre hemos supuesto que la disposición
de las piezas es cosa del slagar. Lo que yo afirmo,
inspector, es que la disposición de las piezas
es cosa de los jugadores. Y al colocar en esa posición
las piezas, crean un mensaje.
-¿Un mensaje? -preguntó
el inspector- ¿Qué mensaje?
-Un mensaje para el slagar. Un mensaje
para traerlo hasta aquí.
El inspector abrió la boca,
la cerró. Miró al experto con desconcierto.
-¿Y por qué demonios
alguien querría traer un slagar aquí?
¿Para qué querría alguien ser torturado
de esa forma?
El experto mostró una sonrisa.
-El sacrificio. ¿Conoce usted
acaso un movimiento más hermoso?
==Final==
Habíamos dado demasiadas cosas
por hecho, como demostró la investigación
posterior. Las huellas del slagar en las piezas del
tablero nos habían conducido por una variante
errónea. La criatura las había tocado,
cierto, pero la colocación sobre el tablero era
obra de los jugadores. Todo cobraba un sentido cuando
comprendías que aquellos hombres habían
convocado a la criatura. ¿Qué sentido
tenía la presencia de un slagar en nuestra ciudad,
si no era porque le habían convocado?
Acudimos a la casa de Kordizov armados
hasta los dientes. Tras perder la corona y malvivir
como jugador de simultáneas en bares de mala
muerte, con borrachos y prostitutas como público
no invitado, había reunido un poco de dinero
y había comprado un pequeño apartamento
a las afueras de la ciudad, un discreto refugio para
un peón que fue rey. Dos agentes vestidos con
ropas negras y pasamontañas derribaron la puerta;
otros dos entraron y le detuvieron. Le pillamos jugando
una partida contra una computadora. Cierto, era algo
sucio, pervertido, algo reprobable desde todos los puntos
de vista, pero no habíamos ido en su busca para
curarle aquella asquerosa adicción. Lo que queríamos
era hablar del slagar.
-Todos esos sacrificios meditados…
-dijo cuando le interrogamos-. No tienen sentido. El
sacrificio es en sí mismo un riesgo, una aventura.
Si no existe cierto… azar, la maniobra no puede
denominarse sacrificio. Invocar a un slagar… oh,
amigo mío, cuánta belleza encierra ese
movimiento.
Me sentí tentado de abofetearle,
pero uno de mis hombres se adelantó. Lo hizo
varias veces, mientras otro de ellos pisoteaba la computadora.
Maldito pervertido. Le acercamos unas planillas para
que nos transcribiera la apertura. Al principio se negó,
hasta que le pusimos delante un reloj y le dimos diez
segundos para hacerlo, si no quería que a partir
de ese día le conocieran como "el campeón
castrado". Valoró durante unos segundos
la posición en la que se encontraba, después
simplemente se encogió de hombros y cogió
un bolígrafo.
El maldito cabrón se la sabía
de memoria.
Al salir de allí recibí
una llamada del alcalde.
-¡Blanquer! Desde la Federación
me están presionando. ¡Tiene hasta la noche
para solucionar este tema! Si no lo hace, ¡vaya
buscando otro trabajo!
-Váyase al carajo, alcalde.
Váyase al carajo -dije en voz alta, delante de
mis agentes, una vez hubo colgado.
¿Qué le podía
decir? ¿Que estábamos en el buen camino?
No, tendríamos que resolverlo y después
tratar de arreglar las cosas. Salimos de allí
con cierta alegría, la que proporciona la certeza
de estar haciendo lo correcto. Abajo nos esperaba Vassinov.
-Tenía usted razón -le
dije.
Los ojos del hombre se iluminaron.
-¡Lo sabía! ¿Tienen
la apertura, la tienen? -dijo, extendiendo las manos-.
Necesito… me gustaría verla.
-Claro -respondí mientras uno
de mis hombres le colocaba las esposas, doblándole
dolorosamente los brazos a la espalda-. Le mandaré
una copia.
Me subí a uno de los coches
negros que nos esperaban. Nos pusimos en marcha, una
caravana fúnebre recorriendo las calles, buscando
la circunvalación. Tardamos apenas media hora
en llegar al Parque de Cabecera. Durante varias horas
le había estado dando vueltas al lugar idóneo
para convocar al slagar. Un lugar recóndito,
alejado de todo y de todos, había gritado mi
cordura. Yo no solía escuchar a mi cordura, así
que opté por el parque. Además, el slagar
ya había estado allí, no sospecharía.
Cuando me bajé del coche vi
el centenar de pequeñas mesas, todas ellas ocupadas.
Hombres, mujeres y niños jugando al ajedrez,
creando efímeras obras de arte con los delicados
movimientos de sus piezas Staunton. Alrededor de las
mesas se amontonaban jugadores a la espera, curiosos,
aficionados y todo tipo de individuos a los que, normalmente,
no invitarías a casa a cenar. Evidentemente no
les preocupaba que un slagar hubiera acabado con la
vida de un par de hombres la noche anterior. Sí,
aquel era el sitio perfecto para convocar a la criatura.
Si las cosas salían mal, al menos nos divertiríamos.
-Están en la cuarenta y siete
-me dijo un agente, señalando más allá
de las primeras mesas, a un lugar perdido entre los
árboles, alejado de los lugares más concurridos.
-Muy bien. Permaneced alerta, todo
ocurrirá muy rápido.
Encendí un cigarrillo y eché
a andar sobre la hierba. La suela de mis zapatos resbalaba
sobre el césped húmedo. En el cielo las
nubes se amontonaban, amenazando tormenta. A pesar de
ello, el parque estaba a rebosar. Vi la mesa cuarenta
y siete, junto al tronco de un árbol viejo, ennegrecido
por el paso del tiempo, con sus ramas quebradas colgando
flácidas hasta casi rozar el suelo. Dos agentes
esperaban, sentados en los bancos, frente al tablero.
Ya habían colocado las piezas sobre él,
ordenadas y dispuestas. Un par de ancianos se habían
acercado hasta allí, atraídos por los
uniformes.
-Lárguense, aquí no hay
nada que ver -les dije mostrándoles la placa.
Obedecieron.
Uno de los agentes se incorporó
al verme llegar y me ofreció la mano.
-Señor -dijo, mientras la estrechaba.
Con un gesto impedí que el otro
hombre se levantara. Por su mirada y el movimiento de
sus manos, supe que estaba algo más que nervioso.
-Tengan -dije, y les entregué
las planillas.
-Fischer -susurró el nervioso,
sosteniéndolas frente a él-. Esto es…
esto es…
-Esto es lo que tenemos. La apertura.
Deben reproducirla tal y como se indica en las planillas,
sin dudar en ningún momento. Como ven, el maestro
ha escrito los movimientos correspondientes a blancas
y negras en planillas separadas. Al parecer pocas personas
conocen ambos movimientos, y el maestro era uno de ellos.
-¿Era? -preguntó uno
de los agentes.
-Era -dije yo-. Ha accedido amablemente
a olvidarlos.
El agente asintió y dejó
la plantilla a un lado, frente a él. Sudaba.
El otro hombre, sin embargo, permanecía impasible.-
Les sugiero que no intenten memorizar
la partida. Por el bien de todos… por el suyo
propio. Una vez hayamos terminado, quemaremos esas hojas
y nos olvidaremos de todo.
Los agentes asintieron. El nervioso,
que llevaba las blancas, miró su planilla y tomó
el peón de rey entre sus dedos temblorosos. Me
miró.
-¿Ya?
-Déme un minuto para ocultarme
tras el árbol -respondí.
Retrocedí unos pasos hasta llegar
al árbol. El agente sostenía el peón
sobre el tablero, sin dejar de mirarme. El otro hombre
apoyaba la barbilla entre las palmas de sus manos, a
la espera. Desde nos encontrábamos nos llegaba
el murmullo de la multitud, ocasionales aplausos, algunas
risas. Apoyé mi espalda contra el tronco del
árbol. Descubrí a varios agentes especiales
apostados a mi alrededor, las armas dispuestas. Habíamos
tendido una hermosa celada al slagar, sólo restaba
esperar. Miré al agente. El sudor resbalaba por
su frente, empapaba su rostro. El peón seguía
en el aire, esperando el momento exacto para caer sobre
el tablero.
-En fin, la suerte está echada
-murmuré, y le indiqué con un gesto que
comenzara la partida.
Los movimientos se sucedieron con rapidez.
Los peones blancos avanzaron, dominando pronto la parte
central del tablero. Las piezas negras, con su línea
de peones replegada, se mostraron tímidamente
antes del enroque. Entonces llegó el primer sacrificio,
un inconcebible movimiento del alfil blanco, que fue
aceptado por el jugador negro, quien a su vez sacrificó
su caballo. Las blancas aceptaron el sacrificio, abrieron
sus líneas. Un intercambio de torres precedió
a un nuevo sacrificio: esta vez un caballo blanco se
entregaba al enemigo. El jugador que llevaba las negras
aceptó, en un ritmo frenético de movimientos
de piezas y recogida de bajas que, como si de una fosa
común se tratara, acababan en una pequeña
caja de madera. Comprendí que se acercaban a
la posición final, al cuadro que representaba
la Apertura Slagar, cuando sentí cómo
se me erizaba el vello de la nuca. Además un
profundo olor a excrementos se deslizó bajo mis
fosas nasales.
-Ya está aquí -murmuré-.
Ya viene.
En ese instante las piezas blancas
realizaron su último movimiento, ofreciendo simultáneamente
en sacrificio la reina y la torre en una posición
que, tras concienzudos análisis de los expertos,
no conducía a ninguna parte, y ofrecía
una ventaja desestabilizadora a las negras. Pero ese
movimiento no se realizaba para ganar una partida, como
ahora sabíamos. Ese movimiento final convocaba
al slagar.
Sentí un movimiento a mi espalda
y me eché al suelo mientras desenfundaba el arma.
El slagar saltó por encima de mí y corrió
hacia los agentes, la mandíbula desencajada,
la saliva resbalando de su hocico, las garras afiladas
de sus extremidades rasgando el aire con un silbido
dantesco. Mis hombres ni siquiera tuvieron tiempo de
defenderse. Cayó sobre ellos mordiendo, cortando,
desgarrando. Los agentes especiales apostados en el
claro dispararon a la bestia dardos tranquilizantes,
y el slagar se revolvió y aulló y golpeó
su cabeza contra el tronco de un árbol antes
de caer al suelo, inconsciente.
-¡Rápido! ¡Antes
de que huya! -grité, y lanzaron sobre su cuerpo
una red de contención para evitar que abandonara
nuestra dimensión.
Llegué hasta donde descansaban
mis hombres. Todo había terminado. El equipo
médico se afanaba con una fea herida en el brazo
del hombre nervioso, por lo demás parecía
estar bien. El otro agente sangraba por multitud de
pequeños cortes, pero sonreía para tranquilizarnos.
Los curiosos del parque habían abandonado las
partidas y se congregaban a nuestro alrededor, mirándonos
como hienas hambrientas, tratando de abrirse hueco entre
la multitud para ver mejor lo ocurrido.
-Dispérselos -le dije a uno
de mis hombres-. Odio las multitudes.
Llamé al alcalde.
-¡Blanquer! -dijo.
-Todo solucionado, señor. Tenemos
al slagar.
-¡Perfecto! -dijo el alcalde-.
Eso merece que lo celebremos. ¿Una partidita
esta noche en mi casa? ¿Blancas o negras?
Sostuve el auricular unos segundos
contra mi oreja, dudé. Tantos años en
el cuerpo para esto. Tantos años perdiendo partidas
para celebrarlo jugando otra más. No, el slagar
me había hecho ver la verdad, había resquebrajado
mi fe en Fischer y Capablanca. Había llegado
la hora de dejarlo todo y empezar de nuevo.
-Señor, me temo que hoy no podré
jugar -dije.
-¿Mañana tal vez?
-No, señor, me temo que lo dejo
-dije-. A partir de ahora, sólo pienso jugar
algo.
El alcalde maldijo y me insultó
un par de veces, pero no me importó. Caminé
hasta el coche y me senté en el asiento de atrás.
Del bolsillo de mi chaqueta extraje las planillas que
había recogido del tablero. Estaban manchadas
de sangre, de saliva de la criatura. Terrible en verdad,
sin duda alguna.
Habría que quemarlas, claro.
Esa era la idea.
Me pregunté qué movimiento
haría un gran maestro en mi posición.
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