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Fingir la muerte de Gaia Más sobre Daniel Pérez Espinosa

Pero ya no era ayer, sino mañana
Joaquín Sabina, Donde habita el olvido

Néstor: El que es recordado. Héroe griego





N.Edu. Nedu. Al menos recordaba su propio nombre. Y la recordaba a ella. Gaia. Aquella despedida, en la avenida gris, abarrotada de personas que caminaban semiinconscientes, siguiendo dormidos las instrucciones que sus propias mentes formulaban a través de chips implantados, y que les hacían vivir en su cabeza todos los deseos con los que podrían soñar jamás. Era el Sistema. Creado por el propio ser humano. Y el ser humano fascinado por él.

El deseo de Nedu, sin embargo, no se había hecho nunca realidad. Había limitaciones en el Sistema. Él era hacker, lo sabía, su vida consistía en romper esas limitaciones para disfrutar lo que no le daban. Pero de Gaia nunca pudo romper ninguna barrera. Quizás porque ella no seguía el Sistema. Y porque él nunca pidió eso al Sistema.

En ese momento, del cual sólo quedaba lo que flotaba en su memoria, Gaia lo miraba, con esos ojos azules que él nunca comprendió, pero en los que él se perdía cada vez que ella le hablaba. Con esa mirada triste, pero infinita, que llegaba siempre más allá en su alma. En ese instante del pasado, Gaia estaba tratando de memorizarlo, de recordar su cara, sus rasgos, quizás incluso de memorizar lo que sentía por él, si es que acaso sentía algo. Sus memorias se estaban desvaneciendo. Era cuestión de unos instantes, aunque ninguno de los dos sabía cómo serían de largos. Olvidar para sobrevivir. Si recordaban, estarían condenados. Los identificarían, los localizarían, los matarían. Olvidar y vivir.

-¿Sabes? -dijo ella en ese momento. No pestañeó ni cambió de expresión-. Gaia no significa nada.

Nedu se concentró más aún en sus ojos.

-Pero Gaia también significa Tierra -contestó.

Ella no pareció haber escuchado la respuesta. Su mirada se clavaba en él, como si lo taladrase, pero en realidad, pensaba Nedu, no lo veía. Estaba perdida en alguno de sus pensamientos, que siempre eran inalcanzables. Y entonces su mirada se desvaneció para siempre. En apenas una milésima de segundo perdió la intensidad, después su rostro se relajó, y las pupilas se dilataron hasta casi hacer desaparecer el azul de los ojos. Nedu sintió una punzada en el corazón, en ese momento y ahora, recordándolo. Había olvidado.

Gaia giró la cabeza despacio, mirando a su alrededor como un robot. Desorientada, pero relajada, tranquila, con su expresión infinita. Dio un paso hacia atrás, sin siquiera darse cuenta de que Nedu estaba allí, y se unió a la masa de personas que caminaban en silencio por la avenida.

Nedu se desesperó. La vio confundirse con todos los demás, pero no pudo reaccionar. Tampoco lo hizo cuando ya era demasiado tarde y no la veía. Se había metido en ese mismo tumulto de gente y se había dejado arrastrar, esperando que a él también le llegara el olvido. Los sonidos de todas las pisadas, los choques con esas personas, sus respiraciones, sus voces monocordes hablando consigo mismas o, con ese mismo tono mecánico, con la persona de al lado, el calor asfixiante de la masa. Fue lo último que recordó.


Había sido un día gris, de sol oculto tras la contaminación, cuando de repente había recordado a Gaia. No sabía cuánto tiempo había pasado. Quizás meses. Había perdido noción incluso de su propia existencia, no recordaba nada de lo que había hecho en todo ese tiempo. Intuyó que habría estado perdido por antros de mala muerte, bebiendo, malviviendo, haciendo cualquiera sabía qué, hasta que un día, de repente, le habían venido los recuerdos. Primero había recordado sus ojos y su mirada, y se sintió fascinado. Después recordó su nombre. Y por fin, con un dolor insoportable, el momento de la despedida y del olvido. Al principio no había entendido nada, y había pensado que estaba teniendo una alucinación, algo provocado por la última borrachera. Tenía tanto alcohol en su cuerpo que ni siquiera se mantenía en pie. Pero luego, tirado en el suelo de una habitación mugrienta, se empezó a dar cuenta de que lo que veía eran recuerdos, reales además. Y cuando, más tarde, se había formado claramente en su memoria el último momento con Gaia, se había sentido tan desesperado que se bebió una botella entera de whisky y se quedó inconsciente.

Se despertó por las arcadas. El licor le hizo vomitar hasta que no le quedó nada que echar. No se podía mover. Le dolía todo el cuerpo, no había ninguna parte que se librara. «Nedu», pensó, «me llamo Nedu. ¿Qué coño he estado haciendo todo este tiempo?» No podía ni siquiera pensar. «Una amnesia inducida», dijo, con una voz que él mismo apenas entendió.

Desde el suelo, alcanzó a ver un ordenador. Tenía conectados muchos aparatos, hasta tal punto que parecía un satélite lleno de basura espacial. La pantalla estaba encendida, con un sniffer activado. «¿Qué mierda estaba haciendo? ¿Qué ha pasado con mi vida?», fue capaz de decir, y volvió a caer inconsciente.

 

La noche era fría. Apretó al cuerpo su chaqueta, marrón y delgada. Antes, al ponérsela, había visto que tenía cortes que parecían hechos por una navaja, pero no recordaba cómo se los había hecho. Sacó de su mochila un poco de hierba nórdica y mordió un trozo. Era muy amarga y le revolvía el estómago, pero la necesitaba para mantenerse de pie. Todavía le dolía la cabeza, tanto como para quedarse una semana en la cama sin moverse. Pero estaba lleno de rabia. Necesitaba saber. Delante de él, la puerta de un sótano en un edificio viejo y polvoriento. Miró la cerradura. Una reminiscencia en su mente hacía que supiese que no era una cerradura normal. La misma reminiscencia que le había ayudado a encontrar este lugar. No sabía qué había dentro, pero estaba seguro de que era algo importante. Miró en sus bolsillos y en su mochila. Estaba el ordenador con todos sus dispositivos, pero no se sentía capaz de usar nada eso para abrirla. Probablemente en algún momento de su vida hubiera podido, pero ahora simplemente no recordaba cómo tendría que hacerlo. Pero no se quería rendir. Salió fuera y buscó alguna ventana. Encontró una pequeña que daba al sótano. Dentro estaba oscuro. Respiró hondo y se dio ánimos. Rompió el cristal y se coló dentro.

Cuando encendió la luz, tuvo una gran decepción. No había nada. Alguien lo había limpiado a conciencia. Era un pequeño almacén con varias sillas y mesas, pero ninguna caja, ningún ordenador, ningún papel.

Se acercó a la mesa más grande y pasó la mano por encima. Le vino un recuerdo, fragmentado. La imagen de Gaia tumbada allí, hermosa, con su mirada insondable de siempre, etérea, pero esa vez con un matiz de miedo. Tenía electrodos en la cabeza, conectados a un ordenador. Y controlando ese ordenador estaba él. Nedu sabía lo que había estado haciendo. Estaba borrando la memoria de Gaia. Después, recordó el vaciado del lugar, el deshacerse todas las máquinas, el caminar la deriva, disfrutando los instantes, esperando el momento en que la memoria de ambos se desvaneciera. Y, mientras, Nedu fijando en los retazos de su mente cada detalle de Gaia, cada detalle de sus ojos y de su cercanía, para cuando todo se hubiera ido.

Nedu se sentó en la mesa. Gaia había sido quien le borró la memoria a él. No podía recordar si la intención había sido borrar incluso quién era o si sólo había sido un fallo. O si sabían que el borrado podría ser defectuoso y que la memoria podría volver en cualquier momento. No sabía si ella quiso que él mantuviera algo o si fue un error en su plan.

Se esforzó más por recordar. Se concentró en la imagen de Gaia y en ese lugar. Quizás, se dijo, y lo que decía le iba resultando familiar, los dos montaron ese lugar con un objetivo muy concreto. Se asociaron para hacer algo ilegal, algo relacionado con las redes del Sistema. Quizás se conocieron casualmente, o bien se buscaron específicamente para ello, o quizás fue Gaia quien le buscó para realizar algo que sólo ella sabía. Pero ese algo salió muy mal, y tuvieron que eliminar todas las pruebas, y esconderse. Sin embargo, sólo esconderse no servía, y alguno de los dos dijo que debían borrar sus propias vidas, ser otros, fingir así sus muertes. O quizás ya sabían que ése era el riesgo y tenían preparado ese plan. Pero, ¿qué buscaban? No sabía tampoco cuánto tiempo había pasado desde aquello. Había perdido la memoria hasta tal punto que durante un tiempo indeterminado había debido ser una especie de zombi. Ahora ya empezaba a recordar quién era, qué era, y lo vacía y decepcionante que había sido siempre su vida. Quizás el olvido no había sido tan mala opción entonces.

La cabeza le reventaba. La imagen de Gaia se estaba volviendo tan intensa en su mente que le hacía daño. Miró a su alrededor. Había multitud de tomas de red. Se preguntó adónde irían. Entonces se dio cuenta de que no tenía sentido que hubiera tomas de red. Nadie las usaba. Y menos en un sótano perdido. Se agachó delante de una de ellas y se quedó mirando el agujero. Pensaba que la respuesta podría estar ahí. Pero, al mismo tiempo, suponía correr un riesgo. Con la cabeza tan espesa como la sentía, le estaba costando pensar qué hacer y cómo hacerlo. Finalmente, sacó su ordenador de la mochila y lo conectó.

 

Cuando amaneció, Nedu seguía despierto. Estaba en un hostal a las afueras de la ciudad, el sitio más alejado que había encontrado donde no le pedían tarjeta de identidad. Estaba muy asustado. Se había tenido que tomar cuatro analgésicos, y después dos botellas de whisky, y aun así sentía el dolor de cabeza como si le estuvieran machacando el cerebro con clavos gigantes. Se tanteó la nuca. Pensó que quizás quitándose el chip podría salvarse. Sabía cómo hacerlo. Sin el chip no podrían localizarlo, ni identificarlo. Pero no se podía vivir sin chip. Si detectaban que no lo tenía, lo ficharían como a un delincuente, como alguien que está evadiendo la justicia y quiere ocultarse. Además tampoco podría entrar en la red sin el chip, y él se dedicaba a eso. Era lo único que le movía en la vida. Romper sistemas, saltarse reglas. Por eso, razonó, Gaia y él se habían borrado la memoria. Le vino a la mente de nuevo la imagen de Gaia. Y, no sabía por qué, su extraña frase: «Gaia no significa nada.» Se tumbó en la cama y suspiró, desesperado. Era un maldito inútil. No era sino un hacker mediocre que se había metido en un asunto que no era para él. Un asunto que no era para nadie. Porque, se dijo, ¿qué sentido tenía? ¿Había dinero por medio? ¿Idealismo? ¿Había acaso posibilidad de conseguir algo? Una toma de red que conectaba con el propio Sistema. No sabía cómo a alguien se le podría ocurrir eso. Cerró los ojos, profundamente cansado, y vio los de Gaia mirándole. Sí, pensó, había sido ella a la que se le había ocurrido todo. Cómo no seguir a esos ojos, a esa personalidad enigmática y fascinante, a esa mirada que lo veía todo desde su inmensidad.

-Debo encontrarla -dijo, y se incorporó.

Mareado, golpeándose contra los muebles, sacó el ordenador y se coló en la red del Registro de Ciudadanos. Sabía que por el nombre Gaia no encontraría nada, pero aun así lo buscó. Una vez descartado, buscó por rasgos personales. Caucásica, ojos azules, pelo negro y liso, alrededor de los treinta años. Aparecieron miles de fotos. Se tomó otros dos analgésicos y las fue mirando una por una.

A las tres de la madrugada, alguien llamó a su puerta. Todos sus músculos se tensaron. El corazón latía enloquecido. Nedu tenía los ojos irritados y estaba pálido por el cansancio y el dolor. Delante de él estaba la foto de Gaia. Más joven, con el pelo corto, pero con esa misma mirada nostálgica y penetrante. Cerró el portátil y se quedó en silencio, esperando que quien fuese se marchara.

Volvieron a llamar.

-¿Néstor Edúgal?

Recordó que tenía una navaja. Sólo la había usado un par de veces, y en una de ellas casi mató al tipo. Fue durante un negocio frustrado, un asalto a una red bancaria. Metió el ordenador debajo de la cama y sujetó la navaja desde dentro del pantalón.

-No es aquí -dijo Nedu. El miedo se le notaba en la voz.

-¿Identificación número 9881857245-AXD-927?

Nedu se tocó la nuca y se llamó imbécil a sí mismo. Hubo un silencio al otro lado. Nedu miró hacia la ventana y calculó la posibilidad de coger el portátil y saltar por ella antes de que entraran. Se fijó en la puerta. No había echado ningún cerrojo.

-¿Quién es? -preguntó al final. No se atrevía a moverse.

-Agencia de Inspección del Sistema. Necesitamos verificar sus datos.

Era el fin, pensó. Lo habían localizado cuando entró en la red, en el sótano. No iba a tener escapatoria. Era el Sistema, se había puesto en marcha para él. No había nada que hacer. Se levantó, resignado, como un autómata, y abrió la puerta. Ni se acordó de su navaja. El hombre que había al otro lado ni siquiera lo miró. Permaneció inmóvil, erguido, vestido con un mono gris con el emblema de la ciudad, con un maletín en una mano y un aparato de registro en la otra. Era una máquina pequeña que tenía una pantalla brillante y muchas teclas, y un pequeño emisor láser.

-Buenas noches -dijo el hombre, sin mostrar ninguna expresión-. Por favor, gire el cuello.

Nedu, sin plantearse siquiera una mínima resistencia, hizo lo que le pidió. El hombre activó entonces el láser del aparato de registro y lo pasó por su cuello. La máquina emitió un zumbido.

-Muy bien, señor Edúgal, ya está -dijo el hombre, guardando el aparato-. Ha quedado usted registrado. Dentro de poco vendrán a por usted. Si tiene dudas con el procedimiento, puede usted consultarlo en la red de la Agencia. Buenas noches.

Un buen rato después de que el hombre se hubiera marchado, Nedu seguía en la puerta, con el cuello girado, sin fuerzas. Vendrían a por él. Todo se había terminado. Y lo peor era que no había podido averiguar por qué había sido todo aquello, qué era lo que habían hecho.

Cuando Nedu consiguió moverse, se dejó caer junto a su ordenador y se quedó enganchado a la pantalla mirando la foto de Gaia. Después, pudo conseguir la suficiente claridad mental como para leer la información que había debajo. El Registro de Ciudadanos decía que estaba muerta. Nedu lo leyó de nuevo. Muerta hacía dos meses. No pudo procesarlo. Se quedó leyendo esas mismas palabras sin poder salir de ellas.

 

Había amanecido ya. Nedu seguía mirando la pantalla. Gaia, pensaba, no era su auténtico nombre, pero eso no importaba. Era ella. Sin embargo, el registro no decía la causa de la muerte. Quizás, pensó, la habían descubierto y asesinado sutilmente, para no llamar la atención. Reflexionó durante unos segundos, recogió de prisa sus cosas y salió hacia la casa de Gaia.

Era un edificio de cristales brillantes a la luz de las farolas. Gigantesco, de esquinas afiladas y con apartamentos exactamente iguales, con todos los servicios automatizados. Cuando estaba allí delante, se dio cuenta de que no podría entrar fácilmente. Era un edificio controlado cibernéticamente, y el programa portero no abriría la puerta a un extraño sin la identificación adecuada. Pero ahora se sentía más capaz que antes de emplear sus conocimientos de hacker. Además, la visita del agente le había dejado sin ningún tipo de esperanza, y por tanto, sin ningún miedo. Aprovechando que aún era de madrugada y a esa hora nadie lo vería, desmontó el panel del programa portero y conectó el portátil a su toma de red. Mientras se colaba en su sistema, que no tenía un nivel especial de seguridad, sentía cómo se aliviaba un poco su dolor de cabeza. En unos minutos, el portal estaba abierto. Cuando estaba haciendo lo mismo con la puerta del piso de Gaia, se cuestionó por qué lo hacía. Invadir así la privacidad de alguien que ha muerto. Pero su sentimiento por ella era tan intenso, y tanta también su ansia de saber quién era, quién se ocultaba detrás de esa mirada y ese escudo impenetrable, que sus manos abrieron la puerta antes de que se diera cuenta.

El apartamento de Gaia era ordenado, y estaba lleno de objetos de cristal. Todo transmitía una impresión etérea e infinita. No parecía que hubiera estado vacío desde hacía dos meses, y menos que su dueño hubiera muerto. Los muebles, la cocina, el dormitorio; todo estaba recogido y ordenado. Nedu se sentó en el sofá del salón. Allí había fotos de Gaia. Fotos de niña, de adolescente, de adulta. Sola, con sus padres, con distintos hombres. Estas últimas Nedu prefirió no mirarlas. Pero, en todas, incluso desde niña, estaba esa mirada que buscaba algo y que veía algo más allá. Nedu se quedó observando las fotos durante mucho rato, hasta que el sonido de la puerta de otro apartamento le sacó del trance. Nedu se quedó inmóvil, expectante, pero los pasos se alejaron.

Se levantó buscando algo que le diera más información, y encontró su ordenador. Dentro de él, su diario, escrito desde que era adolescente hasta hacía dos meses. Nedu contuvo la respiración antes de abrir los archivos, y se cuestionó de nuevo si debía hacerlo. Y, de nuevo, casi sin quererlo, lo abrió.

Lo leyó entero. Desde la primera entrada hasta llegar a justo la anterior a su muerte. Cuando terminó ya era mediodía, y Nedu en algún momento había llorado. Miró a su alrededor. Un cuarto ordenado, con libros cuidadosamente colocados. Libros de filosofía, arte, historia. Y novelas, cuentos, poemas.

-Gaia, eras una idealista -dijo Nedu-. Una idealista que nadie podía parar. Y me arrastraste contigo.

En las notas, Nedu había leído cómo crecía una niña con una mirada capaz de ver el alma de las personas, hasta que se convirtió en una adolescente capaz de desmenuzar todos los aspectos de la sociedad hedonista e hipercontrolada que el ser humano había creado para sí. Una sociedad en la que las personas se enganchaban a un Sistema construido por ellas mismas y que les proporcionaba en sus mentes, mediante un chip que lo controlaba todo, la vivencia de todos los sueños que pudieran tener, consciente o inconscientemente. Así, todo era satisfecho dentro de sus cabezas, todo sueño formulado era inmediatamente cumplido en su fantasía, y dejaba de importar lo que hicieran fuera, en el mundo real, con sus cuerpos y sus vidas. Gaia había visto todo eso, esa espléndida y cómoda cárcel donde las personas tenían todo lo que querían, y sufría. Se había empeñado en cambiarlo, en sacar a las personas de su sopor y que dejaran de autocontrolarse por medio de chips y de su Sistema. Nedu leyó en las notas algo acerca de un plan para colarse en la red del Sistema, y así generar algo, un caos. Ese caos, pensó Nedu, contrastaba totalmente con la calma y la claridad mental que transmitía siempre Gaia.

-Y ese caos era lo que íbamos a hacer nosotros -se dijo-. Pero, ¿qué pasó con él? ¿Qué es lo que hicimos, qué encontramos? ¿Por qué teníamos tanto miedo?

Nedu se quedó en silencio mientras releía la última nota de Gaia, la anterior a su muerte. Era una Gaia perdida, sin energía y sin objetivo, que ya no buscaba conseguir ni cambiar nada, pero que seguía viendo, ahora con frustración, los engranajes que movían todo y hacían que todo se mantuviera siempre girando sobre sí mismo eternamente.

-Gaia -susurró Nedu-. Qué estúpida fuiste.

Cogió su mochila y se marchó.

 

En el sótano abandonado, Nedu se frotó los ojos. A pesar de que llevaba dos noches sin dormir, a pesar del cansancio y del picor de ojos, el dolor de cabeza había desaparecido. Sabía que posiblemente le quedasen sólo unas horas hasta que vinieran a por él. Por eso era el momento ideal. Conectó su ordenador a la red del Sistema y ejecutó el programa para romper su seguridad. Cuando se activó, el programa se integró con el chip de Nedu y su mente se metió dentro de la red. Todo era oscuro ahí dentro. En ese lugar no había sueños que se cumplían. Eran los bastidores de la obra de teatro que se había construido el ser humano. Frío, inhóspito y desagradable. Pero, ahora que estaba allí, Nedu empezó a recordar algo. Se vio en ese mismo lugar, hace un tiempo, con la voz cristalina de Gaia guiándolo. Igual que en aquella ocasión, Nedu se movió entre paquetes interminables de información que iban y venían trayendo las felicidades construidas específicamente para cada persona que las formulaba. Y, siguiendo su rastro, y escuchando de nuevo la voz de Gaia en su cabeza, Nedu llegó al lugar donde estaba el Sistema. Un feo conglomerado de información sucia, desordenada y caprichosa, que subía, bajaba y se deshacía, acumulándose como en un basurero interminable. Y de entre medias de ese basurero salían líneas de datos que en su camino de vuelta formaban lo que la gente quería recibir para cumplir sus deseos.

Nedu se había acercado hasta la puerta por donde entraba la información digital de esos deseos. La voz de Gaia le había hablado entonces.

-Lo que quiero que coloques en esa línea es mi deseo.

-¿Cómo? -había preguntado él, sin entender.

-Mi deseo -había dicho Gaia, tranquila y segura-. El Sistema no podrá con él. No está diseñado para él.

Y el programa que Nedu había llevado entre las manos, el virus diseñado cuidadosamente durante meses, se había activado. Y Nedu lo había colocado en la línea que iba hasta el Sistema. Después, todo fue salir deprisa de la red, desconectar los ordenadores, borrarles todos los datos, y borrarse la memoria ellos mismos para eliminar los restos de conexiones emocionales con el Sistema. Había sido tan sencillo como eso.

Nedu recordaba y pensaba, mientras observaba el basurero del Sistema y todos los datos que pasaba a su lado. Y detectó un paquete de información. Era el deseo de Gaia. Entre la montaña de basura, un bloque gigantesco tenía su esencia. No tenía forma, era afilado, pero al observarlo le llegaba la impresión de sus ojos azules e inabarcables y de su voluntad clara y firme. Y vio cómo el Sistema enviaba de vuelta deseos cumplidos hacia el exterior, hacia el chip de una Gaia que ya no lo recibiría porque estaba muerta. Pero que durante meses los había recibido, demostrándole a Gaia que se había equivocado, que el Sistema sí podía con todo, sí era capaz de cumplir todos los deseos humanos. Incluso los de Gaia.

 

Se desconectó. Pensó que, después de esto, vendrían a por él mucho antes. Probablemente estuvieran de camino ya. Pero, qué importaba. Se rascó la nuca, en la zona donde debía estar el chip. Deseos, pensó. Él sólo había tenido un deseo, y fue cuando conoció a Gaia. Nunca lo formuló, ni dejó que su chip lo formulara. Ahora que Gaia estaba muerta, quizás podría dejar que se transmitiera, y tenerla con él al menos en su cabeza. Ella no había podido con el Sistema, así que él no iba a pretender ser más. Que al menos lo que le quedase de vida fuera un instante feliz.

publicado en febrero de 2009

 
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