| Pero ya no era ayer,
sino mañana
Joaquín Sabina, Donde habita el olvido
Néstor: El que es recordado. Héroe griego
N.Edu. Nedu. Al menos recordaba su propio nombre. Y
la recordaba a ella. Gaia. Aquella despedida, en la
avenida gris, abarrotada de personas que caminaban semiinconscientes,
siguiendo dormidos las instrucciones que sus propias
mentes formulaban a través de chips implantados,
y que les hacían vivir en su cabeza todos los
deseos con los que podrían soñar jamás.
Era el Sistema. Creado por el propio ser humano. Y el
ser humano fascinado por él.
El deseo de Nedu, sin embargo, no se
había hecho nunca realidad. Había limitaciones
en el Sistema. Él era hacker, lo sabía,
su vida consistía en romper esas limitaciones
para disfrutar lo que no le daban. Pero de Gaia nunca
pudo romper ninguna barrera. Quizás porque ella
no seguía el Sistema. Y porque él nunca
pidió eso al Sistema.
En ese momento, del cual sólo
quedaba lo que flotaba en su memoria, Gaia lo miraba,
con esos ojos azules que él nunca comprendió,
pero en los que él se perdía cada vez
que ella le hablaba. Con esa mirada triste, pero infinita,
que llegaba siempre más allá en su alma.
En ese instante del pasado, Gaia estaba tratando de
memorizarlo, de recordar su cara, sus rasgos, quizás
incluso de memorizar lo que sentía por él,
si es que acaso sentía algo. Sus memorias se
estaban desvaneciendo. Era cuestión de unos instantes,
aunque ninguno de los dos sabía cómo serían
de largos. Olvidar para sobrevivir. Si recordaban, estarían
condenados. Los identificarían, los localizarían,
los matarían. Olvidar y vivir.
-¿Sabes? -dijo
ella en ese momento. No pestañeó ni cambió
de expresión-. Gaia no significa nada.
Nedu se concentró más
aún en sus ojos.
-Pero Gaia también significa
Tierra -contestó.
Ella no pareció haber escuchado
la respuesta. Su mirada se clavaba en él, como
si lo taladrase, pero en realidad, pensaba Nedu, no
lo veía. Estaba perdida en alguno de sus pensamientos,
que siempre eran inalcanzables. Y entonces su mirada
se desvaneció para siempre. En apenas una milésima
de segundo perdió la intensidad, después
su rostro se relajó, y las pupilas se dilataron
hasta casi hacer desaparecer el azul de los ojos. Nedu
sintió una punzada en el corazón, en ese
momento y ahora, recordándolo. Había olvidado.
Gaia giró la cabeza despacio,
mirando a su alrededor como un robot. Desorientada,
pero relajada, tranquila, con su expresión infinita.
Dio un paso hacia atrás, sin siquiera darse cuenta
de que Nedu estaba allí, y se unió a la
masa de personas que caminaban en silencio por la avenida.
Nedu se desesperó. La vio confundirse
con todos los demás, pero no pudo reaccionar.
Tampoco lo hizo cuando ya era demasiado tarde y no la
veía. Se había metido en ese mismo tumulto
de gente y se había dejado arrastrar, esperando
que a él también le llegara el olvido.
Los sonidos de todas las pisadas, los choques con esas
personas, sus respiraciones, sus voces monocordes hablando
consigo mismas o, con ese mismo tono mecánico,
con la persona de al lado, el calor asfixiante de la
masa. Fue lo último que recordó.
Había sido un día gris,
de sol oculto tras la contaminación, cuando de
repente había recordado a Gaia. No sabía
cuánto tiempo había pasado. Quizás
meses. Había perdido noción incluso de
su propia existencia, no recordaba nada de lo que había
hecho en todo ese tiempo. Intuyó que habría
estado perdido por antros de mala muerte, bebiendo,
malviviendo, haciendo cualquiera sabía qué,
hasta que un día, de repente, le habían
venido los recuerdos. Primero había recordado
sus ojos y su mirada, y se sintió fascinado.
Después recordó su nombre. Y por fin,
con un dolor insoportable, el momento de la despedida
y del olvido. Al principio no había entendido
nada, y había pensado que estaba teniendo una
alucinación, algo provocado por la última
borrachera. Tenía tanto alcohol en su cuerpo
que ni siquiera se mantenía en pie. Pero luego,
tirado en el suelo de una habitación mugrienta,
se empezó a dar cuenta de que lo que veía
eran recuerdos, reales además. Y cuando, más
tarde, se había formado claramente en su memoria
el último momento con Gaia, se había sentido
tan desesperado que se bebió una botella entera
de whisky y se quedó inconsciente.
Se despertó por las arcadas.
El licor le hizo vomitar hasta que no le quedó
nada que echar. No se podía mover. Le dolía
todo el cuerpo, no había ninguna parte que se
librara. «Nedu», pensó, «me
llamo Nedu. ¿Qué coño he estado
haciendo todo este tiempo?» No podía ni
siquiera pensar. «Una amnesia inducida»,
dijo, con una voz que él mismo apenas entendió.
Desde el suelo, alcanzó a ver
un ordenador. Tenía conectados muchos aparatos,
hasta tal punto que parecía un satélite
lleno de basura espacial. La pantalla estaba encendida,
con un sniffer activado. «¿Qué mierda
estaba haciendo? ¿Qué ha pasado con mi
vida?», fue capaz de decir, y volvió a
caer inconsciente.
La noche era fría. Apretó
al cuerpo su chaqueta, marrón y delgada. Antes,
al ponérsela, había visto que tenía
cortes que parecían hechos por una navaja, pero
no recordaba cómo se los había hecho.
Sacó de su mochila un poco de hierba nórdica
y mordió un trozo. Era muy amarga y le revolvía
el estómago, pero la necesitaba para mantenerse
de pie. Todavía le dolía la cabeza, tanto
como para quedarse una semana en la cama sin moverse.
Pero estaba lleno de rabia. Necesitaba saber. Delante
de él, la puerta de un sótano en un edificio
viejo y polvoriento. Miró la cerradura. Una reminiscencia
en su mente hacía que supiese que no era una
cerradura normal. La misma reminiscencia que le había
ayudado a encontrar este lugar. No sabía qué
había dentro, pero estaba seguro de que era algo
importante. Miró en sus bolsillos y en su mochila.
Estaba el ordenador con todos sus dispositivos, pero
no se sentía capaz de usar nada eso para abrirla.
Probablemente en algún momento de su vida hubiera
podido, pero ahora simplemente no recordaba cómo
tendría que hacerlo. Pero no se quería
rendir. Salió fuera y buscó alguna ventana.
Encontró una pequeña que daba al sótano.
Dentro estaba oscuro. Respiró hondo y se dio
ánimos. Rompió el cristal y se coló
dentro.
Cuando encendió la luz, tuvo
una gran decepción. No había nada. Alguien
lo había limpiado a conciencia. Era un pequeño
almacén con varias sillas y mesas, pero ninguna
caja, ningún ordenador, ningún papel.
Se acercó a la mesa más
grande y pasó la mano por encima. Le vino un
recuerdo, fragmentado. La imagen de Gaia tumbada allí,
hermosa, con su mirada insondable de siempre, etérea,
pero esa vez con un matiz de miedo. Tenía electrodos
en la cabeza, conectados a un ordenador. Y controlando
ese ordenador estaba él. Nedu sabía lo
que había estado haciendo. Estaba borrando la
memoria de Gaia. Después, recordó el vaciado
del lugar, el deshacerse todas las máquinas,
el caminar la deriva, disfrutando los instantes, esperando
el momento en que la memoria de ambos se desvaneciera.
Y, mientras, Nedu fijando en los retazos de su mente
cada detalle de Gaia, cada detalle de sus ojos y de
su cercanía, para cuando todo se hubiera ido.
Nedu se sentó en la mesa. Gaia
había sido quien le borró la memoria a
él. No podía recordar si la intención
había sido borrar incluso quién era o
si sólo había sido un fallo. O si sabían
que el borrado podría ser defectuoso y que la
memoria podría volver en cualquier momento. No
sabía si ella quiso que él mantuviera
algo o si fue un error en su plan.
Se esforzó más por recordar.
Se concentró en la imagen de Gaia y en ese lugar.
Quizás, se dijo, y lo que decía le iba
resultando familiar, los dos montaron ese lugar con
un objetivo muy concreto. Se asociaron para hacer algo
ilegal, algo relacionado con las redes del Sistema.
Quizás se conocieron casualmente, o bien se buscaron
específicamente para ello, o quizás fue
Gaia quien le buscó para realizar algo que sólo
ella sabía. Pero ese algo salió muy mal,
y tuvieron que eliminar todas las pruebas, y esconderse.
Sin embargo, sólo esconderse no servía,
y alguno de los dos dijo que debían borrar sus
propias vidas, ser otros, fingir así sus muertes.
O quizás ya sabían que ése era
el riesgo y tenían preparado ese plan. Pero,
¿qué buscaban? No sabía tampoco
cuánto tiempo había pasado desde aquello.
Había perdido la memoria hasta tal punto que
durante un tiempo indeterminado había debido
ser una especie de zombi. Ahora ya empezaba a recordar
quién era, qué era, y lo vacía
y decepcionante que había sido siempre su vida.
Quizás el olvido no había sido tan mala
opción entonces.
La cabeza le reventaba. La imagen
de Gaia se estaba volviendo tan intensa en su mente
que le hacía daño. Miró a su alrededor.
Había multitud de tomas de red. Se preguntó
adónde irían. Entonces se dio cuenta de
que no tenía sentido que hubiera tomas de red.
Nadie las usaba. Y menos en un sótano perdido.
Se agachó delante de una de ellas y se quedó
mirando el agujero. Pensaba que la respuesta podría
estar ahí. Pero, al mismo tiempo, suponía
correr un riesgo. Con la cabeza tan espesa como la sentía,
le estaba costando pensar qué hacer y cómo
hacerlo. Finalmente, sacó su ordenador de la
mochila y lo conectó.
Cuando amaneció, Nedu seguía
despierto. Estaba en un hostal a las afueras de la ciudad,
el sitio más alejado que había encontrado
donde no le pedían tarjeta de identidad. Estaba
muy asustado. Se había tenido que tomar cuatro
analgésicos, y después dos botellas de
whisky, y aun así sentía el dolor de cabeza
como si le estuvieran machacando el cerebro con clavos
gigantes. Se tanteó la nuca. Pensó que
quizás quitándose el chip podría
salvarse. Sabía cómo hacerlo. Sin el chip
no podrían localizarlo, ni identificarlo. Pero
no se podía vivir sin chip. Si detectaban que
no lo tenía, lo ficharían como a un delincuente,
como alguien que está evadiendo la justicia y
quiere ocultarse. Además tampoco podría
entrar en la red sin el chip, y él se dedicaba
a eso. Era lo único que le movía en la
vida. Romper sistemas, saltarse reglas. Por eso, razonó,
Gaia y él se habían borrado la memoria.
Le vino a la mente de nuevo la imagen de Gaia. Y, no
sabía por qué, su extraña frase:
«Gaia no significa nada.» Se tumbó
en la cama y suspiró, desesperado. Era un maldito
inútil. No era sino un hacker mediocre que se
había metido en un asunto que no era para él.
Un asunto que no era para nadie. Porque, se dijo, ¿qué
sentido tenía? ¿Había dinero por
medio? ¿Idealismo? ¿Había acaso
posibilidad de conseguir algo? Una toma de red que conectaba
con el propio Sistema. No sabía cómo a
alguien se le podría ocurrir eso. Cerró
los ojos, profundamente cansado, y vio los de Gaia mirándole.
Sí, pensó, había sido ella a la
que se le había ocurrido todo. Cómo no
seguir a esos ojos, a esa personalidad enigmática
y fascinante, a esa mirada que lo veía todo desde
su inmensidad.
-Debo encontrarla -dijo,
y se incorporó.
Mareado, golpeándose contra
los muebles, sacó el ordenador y se coló
en la red del Registro de Ciudadanos. Sabía que
por el nombre Gaia no encontraría nada, pero
aun así lo buscó. Una vez descartado,
buscó por rasgos personales. Caucásica,
ojos azules, pelo negro y liso, alrededor de los treinta
años. Aparecieron miles de fotos. Se tomó
otros dos analgésicos y las fue mirando una por
una.
A las tres de la madrugada, alguien
llamó a su puerta. Todos sus músculos
se tensaron. El corazón latía enloquecido.
Nedu tenía los ojos irritados y estaba pálido
por el cansancio y el dolor. Delante de él estaba
la foto de Gaia. Más joven, con el pelo corto,
pero con esa misma mirada nostálgica y penetrante.
Cerró el portátil y se quedó en
silencio, esperando que quien fuese se marchara.
Volvieron a llamar.
-¿Néstor Edúgal?
Recordó que tenía una
navaja. Sólo la había usado un par de
veces, y en una de ellas casi mató al tipo. Fue
durante un negocio frustrado, un asalto a una red bancaria.
Metió el ordenador debajo de la cama y sujetó
la navaja desde dentro del pantalón.
-No es aquí -dijo
Nedu. El miedo se le notaba en la voz.
-¿Identificación
número 9881857245-AXD-927?
Nedu se tocó la nuca y se llamó
imbécil a sí mismo. Hubo un silencio al
otro lado. Nedu miró hacia la ventana y calculó
la posibilidad de coger el portátil y saltar
por ella antes de que entraran. Se fijó en la
puerta. No había echado ningún cerrojo.
-¿Quién es? -preguntó
al final. No se atrevía a moverse.
-Agencia de Inspección
del Sistema. Necesitamos verificar sus datos.
Era el fin, pensó. Lo habían
localizado cuando entró en la red, en el sótano.
No iba a tener escapatoria. Era el Sistema, se había
puesto en marcha para él. No había nada
que hacer. Se levantó, resignado, como un autómata,
y abrió la puerta. Ni se acordó de su
navaja. El hombre que había al otro lado ni siquiera
lo miró. Permaneció inmóvil, erguido,
vestido con un mono gris con el emblema de la ciudad,
con un maletín en una mano y un aparato de registro
en la otra. Era una máquina pequeña que
tenía una pantalla brillante y muchas teclas,
y un pequeño emisor láser.
-Buenas noches -dijo el
hombre, sin mostrar ninguna expresión-.
Por favor, gire el cuello.
Nedu, sin plantearse siquiera una
mínima resistencia, hizo lo que le pidió.
El hombre activó entonces el láser del
aparato de registro y lo pasó por su cuello.
La máquina emitió un zumbido.
-Muy bien, señor Edúgal,
ya está -dijo el hombre, guardando el aparato-.
Ha quedado usted registrado. Dentro de poco vendrán
a por usted. Si tiene dudas con el procedimiento, puede
usted consultarlo en la red de la Agencia. Buenas noches.
Un buen rato después de que
el hombre se hubiera marchado, Nedu seguía en
la puerta, con el cuello girado, sin fuerzas. Vendrían
a por él. Todo se había terminado. Y lo
peor era que no había podido averiguar por qué
había sido todo aquello, qué era lo que
habían hecho.
Cuando Nedu consiguió moverse,
se dejó caer junto a su ordenador y se quedó
enganchado a la pantalla mirando la foto de Gaia. Después,
pudo conseguir la suficiente claridad mental como para
leer la información que había debajo.
El Registro de Ciudadanos decía que estaba muerta.
Nedu lo leyó de nuevo. Muerta hacía dos
meses. No pudo procesarlo. Se quedó leyendo esas
mismas palabras sin poder salir de ellas.
Había amanecido ya. Nedu seguía
mirando la pantalla. Gaia, pensaba, no era su auténtico
nombre, pero eso no importaba. Era ella. Sin embargo,
el registro no decía la causa de la muerte. Quizás,
pensó, la habían descubierto y asesinado
sutilmente, para no llamar la atención. Reflexionó
durante unos segundos, recogió de prisa sus cosas
y salió hacia la casa de Gaia.
Era un edificio de cristales brillantes
a la luz de las farolas. Gigantesco, de esquinas afiladas
y con apartamentos exactamente iguales, con todos los
servicios automatizados. Cuando estaba allí delante,
se dio cuenta de que no podría entrar fácilmente.
Era un edificio controlado cibernéticamente,
y el programa portero no abriría la puerta a
un extraño sin la identificación adecuada.
Pero ahora se sentía más capaz que antes
de emplear sus conocimientos de hacker. Además,
la visita del agente le había dejado sin ningún
tipo de esperanza, y por tanto, sin ningún miedo.
Aprovechando que aún era de madrugada y a esa
hora nadie lo vería, desmontó el panel
del programa portero y conectó el portátil
a su toma de red. Mientras se colaba en su sistema,
que no tenía un nivel especial de seguridad,
sentía cómo se aliviaba un poco su dolor
de cabeza. En unos minutos, el portal estaba abierto.
Cuando estaba haciendo lo mismo con la puerta del piso
de Gaia, se cuestionó por qué lo hacía.
Invadir así la privacidad de alguien que ha muerto.
Pero su sentimiento por ella era tan intenso, y tanta
también su ansia de saber quién era, quién
se ocultaba detrás de esa mirada y ese escudo
impenetrable, que sus manos abrieron la puerta antes
de que se diera cuenta.
El apartamento de Gaia era ordenado,
y estaba lleno de objetos de cristal. Todo transmitía
una impresión etérea e infinita. No parecía
que hubiera estado vacío desde hacía dos
meses, y menos que su dueño hubiera muerto. Los
muebles, la cocina, el dormitorio; todo estaba recogido
y ordenado. Nedu se sentó en el sofá del
salón. Allí había fotos de Gaia.
Fotos de niña, de adolescente, de adulta. Sola,
con sus padres, con distintos hombres. Estas últimas
Nedu prefirió no mirarlas. Pero, en todas, incluso
desde niña, estaba esa mirada que buscaba algo
y que veía algo más allá. Nedu
se quedó observando las fotos durante mucho rato,
hasta que el sonido de la puerta de otro apartamento
le sacó del trance. Nedu se quedó inmóvil,
expectante, pero los pasos se alejaron.
Se levantó buscando algo que
le diera más información, y encontró
su ordenador. Dentro de él, su diario, escrito
desde que era adolescente hasta hacía dos meses.
Nedu contuvo la respiración antes de abrir los
archivos, y se cuestionó de nuevo si debía
hacerlo. Y, de nuevo, casi sin quererlo, lo abrió.
Lo leyó entero. Desde la primera
entrada hasta llegar a justo la anterior a su muerte.
Cuando terminó ya era mediodía, y Nedu
en algún momento había llorado. Miró
a su alrededor. Un cuarto ordenado, con libros cuidadosamente
colocados. Libros de filosofía, arte, historia.
Y novelas, cuentos, poemas.
-Gaia, eras una idealista -dijo
Nedu-. Una idealista que nadie podía parar.
Y me arrastraste contigo.
En las notas, Nedu había leído
cómo crecía una niña con una mirada
capaz de ver el alma de las personas, hasta que se convirtió
en una adolescente capaz de desmenuzar todos los aspectos
de la sociedad hedonista e hipercontrolada que el ser
humano había creado para sí. Una sociedad
en la que las personas se enganchaban a un Sistema construido
por ellas mismas y que les proporcionaba en sus mentes,
mediante un chip que lo controlaba todo, la vivencia
de todos los sueños que pudieran tener, consciente
o inconscientemente. Así, todo era satisfecho
dentro de sus cabezas, todo sueño formulado era
inmediatamente cumplido en su fantasía, y dejaba
de importar lo que hicieran fuera, en el mundo real,
con sus cuerpos y sus vidas. Gaia había visto
todo eso, esa espléndida y cómoda cárcel
donde las personas tenían todo lo que querían,
y sufría. Se había empeñado en
cambiarlo, en sacar a las personas de su sopor y que
dejaran de autocontrolarse por medio de chips y de su
Sistema. Nedu leyó en las notas algo acerca de
un plan para colarse en la red del Sistema, y así
generar algo, un caos. Ese caos, pensó Nedu,
contrastaba totalmente con la calma y la claridad mental
que transmitía siempre Gaia.
-Y ese caos era lo que íbamos
a hacer nosotros -se dijo-. Pero, ¿qué
pasó con él? ¿Qué es lo
que hicimos, qué encontramos? ¿Por qué
teníamos tanto miedo?
Nedu se quedó en silencio mientras
releía la última nota de Gaia, la anterior
a su muerte. Era una Gaia perdida, sin energía
y sin objetivo, que ya no buscaba conseguir ni cambiar
nada, pero que seguía viendo, ahora con frustración,
los engranajes que movían todo y hacían
que todo se mantuviera siempre girando sobre sí
mismo eternamente.
-Gaia -susurró
Nedu-. Qué estúpida fuiste.
Cogió su mochila y se marchó.
En el sótano abandonado, Nedu
se frotó los ojos. A pesar de que llevaba dos
noches sin dormir, a pesar del cansancio y del picor
de ojos, el dolor de cabeza había desaparecido.
Sabía que posiblemente le quedasen sólo
unas horas hasta que vinieran a por él. Por eso
era el momento ideal. Conectó su ordenador a
la red del Sistema y ejecutó el programa para
romper su seguridad. Cuando se activó, el programa
se integró con el chip de Nedu y su mente se
metió dentro de la red. Todo era oscuro ahí
dentro. En ese lugar no había sueños que
se cumplían. Eran los bastidores de la obra de
teatro que se había construido el ser humano.
Frío, inhóspito y desagradable. Pero,
ahora que estaba allí, Nedu empezó a recordar
algo. Se vio en ese mismo lugar, hace un tiempo, con
la voz cristalina de Gaia guiándolo. Igual que
en aquella ocasión, Nedu se movió entre
paquetes interminables de información que iban
y venían trayendo las felicidades construidas
específicamente para cada persona que las formulaba.
Y, siguiendo su rastro, y escuchando de nuevo la voz
de Gaia en su cabeza, Nedu llegó al lugar donde
estaba el Sistema. Un feo conglomerado de información
sucia, desordenada y caprichosa, que subía, bajaba
y se deshacía, acumulándose como en un
basurero interminable. Y de entre medias de ese basurero
salían líneas de datos que en su camino
de vuelta formaban lo que la gente quería recibir
para cumplir sus deseos.
Nedu se había acercado hasta
la puerta por donde entraba la información digital
de esos deseos. La voz de Gaia le había hablado
entonces.
-Lo que quiero que coloques en
esa línea es mi deseo.
-¿Cómo? -había
preguntado él, sin entender.
-Mi deseo -había
dicho Gaia, tranquila y segura-. El Sistema no
podrá con él. No está diseñado
para él.
Y el programa que Nedu había
llevado entre las manos, el virus diseñado cuidadosamente
durante meses, se había activado. Y Nedu lo había
colocado en la línea que iba hasta el Sistema.
Después, todo fue salir deprisa de la red, desconectar
los ordenadores, borrarles todos los datos, y borrarse
la memoria ellos mismos para eliminar los restos de
conexiones emocionales con el Sistema. Había
sido tan sencillo como eso.
Nedu recordaba y pensaba, mientras
observaba el basurero del Sistema y todos los datos
que pasaba a su lado. Y detectó un paquete de
información. Era el deseo de Gaia. Entre la montaña
de basura, un bloque gigantesco tenía su esencia.
No tenía forma, era afilado, pero al observarlo
le llegaba la impresión de sus ojos azules e
inabarcables y de su voluntad clara y firme. Y vio cómo
el Sistema enviaba de vuelta deseos cumplidos hacia
el exterior, hacia el chip de una Gaia que ya no lo
recibiría porque estaba muerta. Pero que durante
meses los había recibido, demostrándole
a Gaia que se había equivocado, que el Sistema
sí podía con todo, sí era capaz
de cumplir todos los deseos humanos. Incluso los de
Gaia.
Se desconectó. Pensó
que, después de esto, vendrían a por él
mucho antes. Probablemente estuvieran de camino ya.
Pero, qué importaba. Se rascó la nuca,
en la zona donde debía estar el chip. Deseos,
pensó. Él sólo había tenido
un deseo, y fue cuando conoció a Gaia. Nunca
lo formuló, ni dejó que su chip lo formulara.
Ahora que Gaia estaba muerta, quizás podría
dejar que se transmitiera, y tenerla con él al
menos en su cabeza. Ella no había podido con
el Sistema, así que él no iba a pretender
ser más. Que al menos lo que le quedase de vida
fuera un instante feliz.
publicado en febrero
de 2009
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