"Dijo Yahvé a Abram: «Salte
de tu tierra, de tu parentela, de la casa de
tu padre, para la tierra que yo te indicaré;
Yo te haré un gran pueblo, te bendeciré
y engrandeceré tu nombre, que será
una bendición. Y bendeciré a los
que te bendigan y maldeciré a los que
te maldigan. Y serán bendecidas en ti
todas las familias de la tierra»."
Gen 12:1-3.
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1
NOCHE INFERNAL
Año de Nuestro Señor
1.307
El retumbar de los caballos llenó
la noche, propagó su sonido a través de
los campos negros y llegó al interior del castillo.
En las almenas, vencidos por la curiosidad, los centinelas
bajaron las lanzas, levantaron las viseras de los yelmos
y observaron a los jinetes. ¿Qué motivo
conducía a la Santa Inquisición a sus
hogares? El cielo oscuro, cargado de nubes plomizas,
amenazaba con desencadenar una tormenta sobre la tierra.
Los pendones ondearon al viento, los cascos herrados
repiquetearon, los escudos chocaron contra las sillas,
las cotas de malla brillaron y las espadas prometieron
tenebrosos designios, mientras la tropa de trescientos
hombres, poderosamente armados, llegaba a las faldas
de la fortaleza. Dentro del recinto, en lo alto de una
torre, la Beaussant flotaba orgullosa bajo
la luna llena. La hueste se detuvo ante las murallas
del castillo. Uno de los jinetes que cabalgaba en primera
fila se adelantó, ignoró el ulular del
viento y rugió con voz autoritaria:
-¡Abrid las puertas! -ordenó-¡Traigo
órdenes del Rey!
El jefe de la guardia, un italiano
de facciones afiladas y modales soberbios, tomó
la palabra.
-¿Quién sois? -inquirió
receloso-. ¿Y por qué venís a estas
horas a importunar nuestro descanso?
El encapuchado dejó caer la
caperuza sobre sus hombros.
-Soy Guillermo de Nogaret, confesor
del Rey e inquisidor de la Madre Iglesia. ¡Obedeced!
Los centinelas murmuraron, nerviosos,
ante la presencia de aquel hombre: uno de los individuos
más odiados y temidos de Francia. La luz tenue
de las antorchas bañó su rostro: cabellos
hirsutos, piel sombría, frente hundida, nariz
bulbosa, pómulos marcados y boca estrecha. Guillermo
continuó:
-¡Bajad el portón! -instó-.
¡Mi misión no admite demora alguna!
De improviso, en las almenas apareció
el Maestre del castillo, medio adormilado, sus sirvientes
lo habían sacado de la cama a horas intempestivas.
-Buenas noches, señor -saludó
con condescendencia-. ¿A qué debemos el
honor de vuestra visita?
El inquisidor enrojeció de
rabia:
-¿Debo seguir aguantando esta
cháchara a la intemperie como si fuera un vulgar
campesino, De Moley?
El hombre se revolvió.
-Por supuesto que no, señor.
Guillermo arrastró las palabras:
-Permitidme pasar -dijo con malignidad-.
¡O de lo contrario os pudriréis en una
celda!
El jefe de la guardia susurró
a su superior:
-Esto no me gusta nada, señor.
El Maestre replicó:
-A mí tampoco, Arnaldo, amigo
mío.
Inquieto, Arnaldo señaló
con el índice a los jinetes.
-Hay dominicos entre sus filas, señor.
La Orden de los Hermanos Predicadores,
siervos del Papa Clemente, encargados de erradicar el
pecado y la herejía, eran conocidos en toda Europa
por su crueldad y fanatismo religioso. Vestían
hábitos blancos, capuchas, escapularios, capas
azabaches y llevaban bien visibles las cruces de Calatrava
con el lema de su unidad: Laudare, Benedicere, Praedicare.
De Moley agitó la mano, indiferente:
-Esto no es una caza de brujas, mi
buen Arnaldo.
Este resopló:
-Preferiría no correr riesgos,
Maestre de París.
Arnaldo estudió al pequeño
ejército: caras hoscas, aceros centelleantes,
expresiones ominosas, dedos engarrotados alrededor de
los arcos, miradas ardientes... Un escalofrío
recorrió su espina dorsal y le erizó los
pelos de la nuca: intuía que algo terrible estaba
apunto de suceder. El inquisidor real chilló
como un poseso:
-¡Estáis agotando mi paciencia!
-amenazó-. ¡A su Majestad no le gustará
saber que desobedecéis sus órdenes!
Aunque sólo el Papa tenía
poder sobre ellos, De Moley prefería evitar conflictos
diplomáticos con el Rey de Francia: la Orden
había sufrido duros reveses durante los últimos
tiempos, la opinión popular aún protestaba
ante la pérdida de la Tierra Santa.
El jefe de la guardia tragó
saliva:
-¿Qué demonios querrá?
Su superior esbozó una sonrisa
tensa:
-Pronto lo sabremos.
Arnaldo gritó a sus hombres:
-¡Bajad el puente!
Con un chirrido, los pernos giraron,
las cadenas se desplegaron, la superficie de madera
descendió y tomó tierra firme al otro
lado del foso. Segundos después, los jinetes
espolearon sus monturas, avanzaron como una mareada
lóbrega y traspasaron la estructura: el tronar
de los corceles levantó ecos en la madrugada.
El jefe de la guardia bajó al patio acompañado
por el Maestre del castillo. Guillermo de Nogaret detuvo
su corcel cerca de ambos hombres.
-¡Infieles! -gritó-. ¡Habéis
mancillado el nombre de Cristo!
La sorpresa los dejó sin habla.
-No os comprendo, eminencia -dijo Armando-.
¿De qué se nos acusa?
Los ojos del inquisidor chispearon
como ascuas:
-¡De blasfemia! -exclamó-.
¡Escupís sobre la cruz!
Colérico, De Moley llevó
la mano a su cadera, para descubrir que estaba vacía:
con las prisas había dejado la espada en sus
aposentos. Su voz fue helada:
-Os ruego que os retractéis
de vuestras palabras, señor -susurró-.
O la sangre empapará estos muros dedicados a
la meditación y a la plegaria.
El inquisidor no le hizo caso.
-¡Sodomitas! ¡Adoradores
de símbolos paganos! ¡Arderéis en
las llamas purificadoras del Señor!
El jefe de los centinelas desenvainó
su arma.
-¡Perro! -gruñó-.
¡Demostradlo ante un tribunal!
Guillermo sacó un pergamino
de sus vestiduras.
-En el nombre de Felipe IV, con el
consentimiento de su Santidad Clemente V, estáis
todos arrestados por los delitos anteriormente aludidos.
-¡Imposible! -bramó De
Moley-. ¡Somos buenos cristianos!
El inquisidor esbozó una de
sus escasas sonrisas: un gesto capaz de helar la sangre
en las venas al soldado más aguerrido.
-¡Mentira! -hizo una señal
a su gente-. ¡Prendedlos!
2
LA SANGRE DE DIOS
Inquieto, Wolfgang Stark abrió
los párpados y buscó el pomo de su espada:
el contacto del arma no lo tranquilizó. Después,
apartó la manta que cubría su cuerpo y
puso los pies desnudos sobre la alfombra: una pesadilla
había desvelado su descanso. Sus anchos hombros
temblaron, la estancia helada erizó los poros
de su piel: tendría que pedir más leña
a los hermanos legos para la chimenea. De forma inconsciente,
intentó recordar sus sueños, pero su mente
estaba en blanco, un débil consuelo que no le
proporcionó la tranquilidad que necesitaba. Inmediatamente,
abandonó la cama y se uniformó: ropa interior,
cota de malla hasta los muslos, túnica con la
cruz latina y botas de cuero. Su rostro taciturno, poblado
por una espesa barba rubia, mostró signos de
turbación: sabía que algo no iba bien.
Acto seguido, ajustó la espada dentro de la vaina
sin adornos y colocó un puñal en su costado:
estaba listo para entrar en combate. Desde el exterior,
el sonido de gritos llegó a sus oídos
causándole un espasmo de aprensión: el
castillo estaba bajo asedio. En sus ojos grises, fríos
y melancólicos, destelló una llama acerada:
los asaltantes iban a perecer por su osadía.
El germano se colocó el casco
cilíndrico y salió de la habitación.
En el pasillo, las lámparas de aceite iluminaron
su figura y le proporcionaron un aspecto lúgubre.
Stark cruzó el corredor de techo ovalado con
grandes pasos y llegó a una puerta cerrada. Su
puño enguantado aporreó la madera.
-¡Despertad, Constantin! -vociferó-.
¡Despertad, maldita sea!
El rostro somnoliento de uno de sus
escuderos apareció en la entrada.
-¿Qué sucede, señor?
El caballero lo apartó a un
lado e invadió la estancia a oscuras.
-Vestiros -indicó-. Alguien
nos ataca.
Al anciano se le pasó el sueño
de inmediato.
-¿Estáis seguro de lo
que decís, señor?
-¡Apresuraos! -masculló-.
¡No hay tiempo para charlas!
Mientras su siervo se vestía,
Stark se asomó a la puerta y escudriñó
el pasadizo, con los músculos tirantes por la
espera.
-¿Dónde está Armand?
-inquirió.
Su escudero agachó la cabeza.
-No lo sé, señor.
El germano enarcó las cejas
debajo del yelmo.
-¡Mentís como un bellaco!
El hombre titubeó:
-He escuchado rumores, señor.
Wolfgang encajó las quijadas.
-Explicaros, Constantin.
-Los hombres de las caballerizas comentan
que suele visitar a las campesinas de los alrededores,
señor.
Stark ahogó una blasfemia.
En su mente cristiana no cabía peor pecado que
los delitos de la carne. Armand no era digno de ser
su siervo. Se encargaría de que el Maestre lo
expulsara de la Orden por lascivo.
-Ya hablaremos de esto.
Minutos después, el caballero
y el anciano traspasaron una galería, en dirección
al patio del castillo. Afuera, el sonido de la ofensiva
arreció con el entrecruzar de los aceros, el
gemido de los heridos, el crepitar del fuego y los improperios
de los soldados. Circunspecto, Stark adelantó
a su escudero, empuñando el acero de doble filo.
Descendieron una escalera de caracol, avanzaron por
un pasillo cubierto de tapices y llegaron a una vasta
sala. Un hombre yacía en el suelo circundado
por un charco carmesí. El germano corrió
y se inclinó sobre el moribundo.
-¡Arnaldo! -exclamó-.
¿Qué os ha sucedido?
El jefe de la guardia escupió
unas gotas de sangre.
-Los hombres del Rey nos atacan -musitó-.
Tened cuidado...
Stark se quitó el casco y comprobó
la espantosa herida: era un milagro que continuara vivo.
-¿Por qué? -preguntó-.
¿Qué clase de locura es esta?
La mirada vidriosa de Arnaldo reconoció
a su interlocutor.
-Wolfgang... Debéis huir...
Todo está perdido...
El caballero lo zarandeó sin
contemplaciones.
-¡Contestadme! -rugió-.
¿Por qué nos asedian los siervos de su
Majestad?
El moribundo susurró:
-Nos acusan de profanaciones en el
nombre del Señor...
Stark hizo acopio de paciencia.
-¿Profanaciones? ¿Cómo
es posible?
Arnaldo no pudo contestar sus preguntas:
su corazón había cesado de latir. Deprimido,
el germano cerró sus párpados abiertos
y oró una pequeña plegaria.
-Descansa en paz -murmuró-.
Que nuestro señor Jesucristo te acoja en su seno.
Constantin lloraba como un niño.
Stark efectuó una promesa.
-Vengaré tu muerte, Arnaldo.
Lo juro por la carne y la sangre que Cristo vertió
para salvarnos. Dios es testigo de mis palabras.
El caballero se incorporó. Una
expresión terrible desfiguraba sus elegantes
facciones. Sus dedos apretaron la empuñadura
del acero hasta que sus nudillos se tornaron blancos.
El anciano se santiguó.
-Dios nos coja confesados...
Stark volvió a ponerse el yelmo.
-¡Vamos! -instó-. ¡Mi
espada clama venganza!
En aquel momento, la puerta de bronce
situada al fondo de la cámara se abrió:
cuatro soldados armados con mazas de plomo y afilados
machetes penetraron en la estancia. Uno bramó:
-¡Atrapadlos!
El germano no esperó a que
tomaran la iniciativa. Su diestra agarró el cuchillo
y lo arrojó hacia el hombre. El arma trazó
una elipsis y se hundió en su garganta: su enemigo
murió soltando un borbotón escarlata por
la misma. De inmediato, extendió las piernas,
afianzó su posición y detuvo el primer
ataque: chispas blancoazuladas saltaron al entrar las
hojas en contacto. Stark retrocedió, esquivó
un impacto dirigido a sus costillas y enterró
la espada en el estómago de su rival. El soldado
profirió un chillido, se llevó las manos
al vientre y lanzó un insulto estrangulado:
-¡Que el Señor te maldiga!
Wolfgang lo despanzurró como
a una res: sus entrañas salpicaron las baldosas
de piedra. Su voz destiló un tono cínico
y cruel, impropio de su persona.
-¡Arde en el Infierno, necio!
A su izquierda, su escudero luchaba
contra dos adversarios, manteniendo a raya sus armas
a duras penas. Con un grito, Stark embistió por
detrás, el acero trazó un arco horizontal
y una cabeza decapitada rodó por el suelo. Constantin
reculó, sorprendido, con el pecho abierto por
una espantosa herida. El caballero dejó caer
el arma y cortó la mano del hombre: este aulló
como un endemoniado. Inmisericorde, remató al
herido, una estela púrpura dividió su
faz hasta los dientes. Stark limpió la espada
en las ropas del cadáver, recuperó el
puñal y corroboró el estado del anciano:
nada podía hacer por salvarlo. Una sensación
de derrota lo invadió: había visto a demasiados
camaradas caídos. El germano lanzó una
imprecación, no quedaban soldados jóvenes
en el castillo, De Moley había destinado a los
mejores hombres a la Isla de Chipre y a las provincias
de Europa: sólo contaba con criados y viejos
para defender la guarnición. La violencia se
apoderó de su ser relegando sus emociones a un
segundo plano: quedaban deudas por saldar. Wolfgang
rogó con ojos férvidos:
-Permíteme que sea el adalid
de Tu Cólera, Señor. Llevaré tu
palabra donde vaya y venceré a los pecadores
con la fe que me has otorgado...
3
EL ÚLTIMO TEMPLARIO
Stark apretó los puños,
controló la ira que palpitaba en sus venas y
se arrastró en la oscuridad. Una docena de cuerpos
prendían en las almenas, iluminados por el espejismo
lunar. Impotente, lanzó un gruñido y ahogó
un sollozo desesperado. El pesar lo cubrió como
un sudario, los remordimientos que creía olvidados
regresaron y quemaron su interior. El caballero había
fracasado, sus camaradas fueron ejecutados ante sus
narices, tendría que cargar para siempre sus
muertes sobre su conciencia. El odio lo impulsó
hacia delante. Su cara pálida estaba desencajada
por la necesidad de venganza, terminaría con
aquellos pecadores, costara lo que costara. Risas rasgaron
el silencio sepulcral. Su agitación aumentó
y borró cualquier atisbo de humanidad de su ser:
Satanás hubiera retrocedido ante su presencia
de tenerlo enfrente. El resplandor mortecino de las
hogueras alumbró los muros: cadáveres
retorcidos, mutilados y saeteados, corceles agonizantes
y armamento destrozado. La matanza, sádica y
sangrienta, no había dejado a nadie con vida:
Stark era el único superviviente. Wolfgang rodeó
los cobertizos, silencioso como una cobra, con la intención
de comprobar cuantos enemigos quedaban en el patio.
Masoquista, miró los cuerpos de sus compañeros,
horriblemente masacrados. De inmediato, apartó
la vista, la tristeza lo abrumaba y le hacía
un nudo en la garganta. Seis hombres bebían alrededor
de una fogata. El germano reconoció los muebles
de los aposentos privados del Gran Maestre: habían
sido troceados para hacer leña. Los soldados
del Rey asaban lonchas de carne en la punta de sus cuchillos,
dispuestos a pegarse un atracón. Un individuo
se aproximó al fuego y arrojó un pellejo
vacío a las llamas.
-Buen vino el de los templarios, ¿verdad,
muchachos?
Sus hombres rieron, levantaron las
botellas y brindaron con diversión.
-En el cuerpo de su Majestad no nos
permiten beber en horas de servicio, sargento Léopold.
-¡Cierto! -un soldado raso se
llevó un pedazo de carne a la boca-. ¡Maldición!
Léopold fue burlón:
-¡Id con cuidado, Wilfried, os
vais a quemar!
El gordinflón exclamó:
-¡Iros al diablo!
Otro añadió, sarcástico:
-La guarnición os ha ablandado,
Wilfried.
Stark apuntó su rostro desfigurado
por la viruela en su memoria: ojos porcinos, nariz aplastada
y boca putrefacta. Las secuelas de la enfermedad habían
convertido sus facciones en una máscara inmunda.
Uno de los soldados tomó la palabra:
-De Nogaret ha hecho una buena limpieza
-comentó-. ¡Esta basura merecía
perecer por su iniquidad!
De nuevo, carcajadas:
-ñana regresaremos a Paris -declaró
el sargento-. Debo pedirle un permiso al capitán
Donatien.
-Dudo que os lo conceda -replicó
el gordinflón con sorna-. La caza de los templarios
sólo acaba de empezar.
-Ya veréis -terminó
otro pellejo de vino-. Tengo buenos contactos en el
ejérci...
Aquella fue su última frase,
la punta de una espada asomó en su pecho, a la
altura del corazón. El caballero pateó
a su adversario y lo arrojó dentro de la hoguera:
el cadáver chisporroteó al caer sobre
las brasas. Los soldados intentaron levantarse. De un
salto, Stark se situó entre los cinco hombres,
osciló el arma sobre su cabeza y lanzó
un alarido de guerra. Un enemigo murió con la
nuez atravesada. Wolfgang sacó el arma de un
tirón, efectuó una finta e introdujo la
hoja por el hueco del brazo de una armadura: el acero
mordió carne y extirpó otra vida. El germano
giró, una espada chocó contra su cabeza
y le arrancó el casco: el retumbar del acero
lo atontó durante unos segundos. Furioso, dio
un largo paso, flexionó la rodilla derecha extendiendo
la pierna izquierda, introdujo el arma debajo de la
faldeta de su oponente y desgarró sus genitales:
el soldado berreó antes de caer inerte. Una maza
le rozó el hombro, Stark se ladeó, desenfundó
el cuchillo y lo hundió en el tórax del
soldado: aquel hombre no volvería a darle problemas.
Aterrorizado, Wilfried soltó el hacha y corrió
hacia la entrada del castillo.
-¡Cobarde! -tronó el caballero-.
¡Os arrancaré las entrañas!
En diez zancadas, estuvo encima del
gordinflón y lo embistió por la espalda.
Su propio impulso lo hizo zozobrar, pisó unas
piedras sueltas y ambos cayeron dentro del foso con
un sonoro chapoteo. El agua oscura y grasienta los rodeó
con su masa. Stark elevó el puñal e intentó
degollar a su adversario, pero el hombre le agarró
la muñeca y buscó su propio cuchillo:
el pánico proporcionaba una fuerza sobrehumana
a sus movimientos. Los dos soldados forcejaron y levantaron
remolinos de espuma. Wilfried le arañó
la mejilla, el germano lanzó un gemido ahogado
y lo apartó de un manotazo. Stark cambió
de táctica, hundió a su oponente en las
aguas turbulentas y lo impulsó hacia el fondo,
utilizando todo su peso. El individuo se resistió
y pataleó. El caballero le metió los pulgares
en las órbitas y le estalló los ojos.
El grito del gordinflón quedó silenciado
debajo de la superficie burbujeante. Wolfgang apretó
con dedos de hierro la cabeza, hasta que el cuerpo quedó
inmóvil. Sin pensarlo, hundió el puñal
en las facciones del cadáver y convirtió
sus rasgos una masa sanguinolenta irreconocible: parecía
que Lucifer se hubiese apoderado de sus actos.
Stark salió del foso con dificultad
y se dirigió a la fortificación: tenía
frío, le pesaba la armadura y le dolían
todas las articulaciones del cuerpo. Un relámpago
rasgó la madrugada, destelló en las tinieblas
e irradió las figuras ahorcadas en las almenas.
Una fría llovizna golpeó los hombros del
germano. Wolfgang soltó un suspiro, se encontraba
demasiado cansado para dilucidar, no quería sufrir
más, bastantes horrores había presenciado
hasta ahora. En el horizonte, las nubes comenzaban a
clarear y mostraban los primeros destellos del sol matutino:
la visión del cielo gris lo hizo inclinar la
cabeza, abrumado por el pesar. El caballero se despojó
de su manto manchado de sangre y de barro, le quitó
las vestiduras a un cadáver y recuperó
su yelmo: debía salir de allí lo antes
posible. Después, registró los cuerpos
de sus oponentes, les arrebató las escasas monedas
que llevaban en los bolsillos y las provisiones de sus
morrales: los muertos no las necesitarían. ¿Dónde
estaban las huestes de Guillermo de Nogaret? Stark oteó
la entrada del castillo, unas figuras cabalgaban en
la lejanía, acercándose hacia la fortaleza.
No podía continuar en aquel punto, tarde o temprano
sus enemigos lo localizarían, había visto
de lo que eran capaces: no albergaba muchas ilusiones
en el caso de que cayera en sus manos. Con una mueca
determinada, el germano se aproximó al lado oeste
del patio, eligió una de las monturas de los
soldados, un caballo blanco de mirada orgullosa y patas
robustas, y se dispuso a huir para salvar su existencia.
En la salida, volvió su cabeza
acorazada, apretó las riendas del animal y musitó
con los ojos llenos de lágrimas.
-Lo siento amigos, que Dios de reposo
a vuestras almas y castigue a los criminales que os
asesinaron...
publicado en marzo de 2008
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