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Hologramas Más sobre Alexis Brito Delgado


«Cuando la infancia muere, llamamos a su cadáver adulto, quien entra de lleno en la sociedad, uno de los nombres más amables dados al Infierno. Esa es la causa porque, aunque la queramos, tememos a la infancia. Ella nos muestra el estado de nuestra decadencia


Brian W. Aldiss

 

***

Sueño despierta, sumida en espectros cromáticos, en un océano virtual perenne. Olas de información mecen mis miembros inmateriales, códigos japoneses arropan la eternidad, titilando sobre mis pupilas fotoeléctricas...

El dolor ha desaparecido temporalmente, ello significa un pequeño consuelo, prefiero estar aislada del sufrimiento que drenaba mi memoria, bastantes problemas tengo en el momento actual...

¿Por qué no puedo despertar? He intentado recuperar mi antigua personalidad, retomar mi vida desde el punto donde fue eliminada, pero he fracasado, no alcanzo a olvidar el presente...

A veces, sólo a veces, el pasado regresa, recorriendo los bordes de mi corteza craneal, como una recta subliminal de recuerdos aleatorios; nunca duran el suficiente tiempo para atraparlos...

Rememoro un nombre... Mis labios evanescentes quieren pronunciarlo, mis cuerdas vocales luchan por funcionar, mi mente enfoca seis sílabas... O, R, A, D, N, I... No logro darles un orden específico...

Frustrada, anhelo dar sentido a mi miseria, averiguar los motivos que me encadenan al infinito, no comprendo las circunstancias que me obligan a navegar en la eternidad que me rodea...

Súbitamente, retengo mi muerte: consola Yamaha, censores de movimiento, casco orgánico, guantes de retroalimentación... Todo empalidece, no consigo atrapar lo sucedido, he vuelto a olvidar, estoy en blanco...

Nessa

 

 

***

El pasado es complicado, ofrece demasiadas preguntas que exigen respuestas, dilemas imposibles de solucionar, menos aún cuando se vive de sus restos constantemente. No puedo olvidar mis pecados, he cometido demasiados errores, mi mente lo ha pagado caro, apenas mantengo la línea que distancia la cordura de la locura. Ahora me encuentro perdido, luchando por buscar sentido a mi existencia, que lentamente oscila al borde del caos. Recuerdos... Son tan difíciles de borrar, aunque lo he intentado de mil maneras, utilizando todas mis fuerzas, los resultados han sido desesperanzadores. Por otra parte, me preocupa nutrirme constantemente de mis contriciones, estas me impiden saborear el presente con la plenitud que merece, mientras el futuro se vuelve borroso. Llevo trece años en un punto muerto, he sido incapaz de romper con lo que me atormenta, el fracaso no fácil de aceptar para mí. Coexistir con las cenizas de mi humanidad perdida no me sirve de nada, lo sé por experiencia propia, me lo repito a diario, pero no es sencillo aceptar que los implantes biónicos me han convertido en un monstruo. Mis superiores deben estar orgullosos, soy una marioneta en sus manos, incapaz de decidir mis acciones, o de tomar la menor decisión ante las misiones de exterminio que me encomiendan. He tenido problemas con el comandante Aries, el mes pasado me negué a ejecutar a un grupo de civiles, la Schneider me ha sancionado, mi hoja de servicios tiene su primera mancha. Debo plantearme qué diablos haré con mi vida, no tengo ilusiones para continuar adelante, solamente deseo terminar con todo esto, creo que suicidarme no sería una mala idea... En caso de matarme, los neurocirujanos no tardarían en reconstruir lo que quede de mi anatomía, la Corporación me considera un valioso instrumento, no me perderán de ninguna manera...

Dorian Stark

I

LOS ÁNGELES

 

Con una mirada triste, Dorian abrió los ojos, estudiando los bordes de la habitación; los androides de mantenimiento habían limpiado la estancia. Ausente, relajó los hombros tensos, el sedante comenzaba a hacer efecto, sus pensamientos navegaban a la deriva, palpitando en un rincón remoto de su conciencia.

Van a venir a buscarme, pensó. No tardarán demasiado.

Su entorno era irreal, le costaba reconocer los muebles: colchón de plexiglás, sábanas blancas, mesillas de noche metálicas, sillas forradas con poliestireno, tubos de goteo, consolas de control cardiaco. Inconscientemente, el alemán recordó su primera operación cibernética, el cuarto era similar a aquel donde despertó aterrorizado, nada cambiaba desde entonces, su cuerpo continuaba condenado a pasar por las garras de los neurocirujanos de la Schneider. Sin desearlo, extrañó la compañía de Hugo, en aquel momento estuvo allí para auxiliarlo con su presencia, ahora estaba solo, no tenía a nadie de su parte. La incomunicación no le importaba, estaba acostumbrado al aislamiento, pero no le reconfortó ser un antisociable, la muerte era la única compañía que aceptaba. Con una sonrisa torcida, Stark extendió los dedos, le costaba flexionar la mano, los tranquilizantes embotaban sus movimientos. Giró la diestra en dirección contraria, mirando las líneas inscritas sobre su piel blanquecina, notando las rugosidades producidas por la culata de la W-PPK. Su miembro no era genuino, debajo de la carne sintética descansaba un injerto biónico, con tres cuchillas de veinticinco centímetros de longitud implantadas en el antebrazo. Nadie podría distinguir la diferencia, el brazo izquierdo era igual que el derecho, la tecnología no precisaba el margen que separaba la humanidad de la cibernización.

Lo importante es que sobreviva, reflexionó. Al comandante Aries no le importa nada más.

Sus superiores ignoraban los terribles efectos secundarios que los trasplantes mecánicos producían en su psicología, el Agente Ejecutor tenía que drogarse constantemente para soportar la insensibilidad que le producían, las anfetaminas eran el único vínculo que lo ataban al presente. Amargado, la autocompasión no le sirvió de mucho, estaba demasiado dopado para regodearse en sus tormentos, era un alivio no tener que enfrentarse a ellos en aquel momento. La pantalla plana del televisor estaba desconectada, no le apetecía ver los noticiarios de la CNN , las desgracias que azotaban el Sistema Solar colonizado no le incumbían en absoluto. Echando un vistazo a su diestra, percibió que el sol se ocultaba, la luz difusa del exterior se desvaneció, dando paso al alumbrado eléctrico de la megalópolis, que encendió las calles de Los Ángeles de un extremo a otro. Apretando el mando, entornó las persianas de aluminio; nunca le habían gustado las puestas de sol. La oscuridad resguardó la habitación, sus pupilas fotoeléctricas veían perfectamente en la negrura, un cartel fluorescente brillaba encima del Hitachi de treinta pulgadas. Un grifo goteaba en el baño, el pulsar del agua lo incomodó, creando un sonido periférico desagradable. La apatía que dominaba su físico le impidió cerrarlo, estaba agotado, no deseaba levantarse. ¿Qué le habían inoculado? El sedante no era similar al que le administraban habitualmente antes de pasar por bioquirófano, su cuerpo adormecido aún podía reaccionar, el problema radicaba en su mente, se notaba separado de su personalidad, no le gustaba sentirse tan vulnerable. Drogado, su visión se empañaba lentamente, el techo se convirtió en un borrón indistinto, la volumetría que lo circundaba se transformaba, era incapaz de calcular donde quedaban las esquinas de la habitación. Por la rendija de la puerta, una débil iluminación se filtró desde el pasillo. Las conversaciones de los enfermeros llegaron de una manera imprecisa; no era capaz de entender las palabras. Al notar el cambio de temperatura, el sistema de aire acondicionado cambió automáticamente, regularizando el frío ambiente de la estancia. El departamento había decidido someterlo a un Borrado de Memoria, Stark no había superado el último Test de Evaluación, los resultados fueron desastrosos; revelaron la profunda depresión que turbaba su alma. Sus superiores se mostraron irritados, no esperaban aquel diagnostico, lo habían retirado de servicio temporalmente, condenándolo a unas semanas de reposo en una clínica. Aquel intervalo de tiempo no le sirvió para reflexionar, su adicción borró todas sus intenciones, dependía demasiado de los estimulantes; el síndrome de abstinencia no fue fácil de sobrellevar.

Extraño las pastillas, meditó. No puedo dejarlas.

Estaba enganchado a las anfetaminas, no podía negarlo de ninguna manera, las drogas lo auxiliaban a autodestruirse, por ello las consumía sin cesar, no tenía el valor de enfrentarse a sus conflictos sobrio. Dorian era un ángel caído a los ojos de la Corporación , el comandante Aries no confiaba en su persona; su instancia en el centro lo confirmaba. Stark se sentía humillado, detestaba tener que obedecer las últimas órdenes, eran un insulto para un Agente Ejecutor de su categoría, todos sabían que era el mejor hombre de la OC.

Unos pasos sonaron en el pasillo, involuntariamente contuvo la respiración, antes de seguir de largo, recorriendo el corredor hacia otra parte. Su existencia era frustrante, odiaba el centro, no estaba a gusto entre sus paredes de cromo. El alemán no poseía capacidad de elección, había sido instruido para obedecer ciegamente, no podía desligarse de las conexiones que lo amarraban a su profesión. Increíblemente, las máquinas se rebelaban contra sus creadores, rompían su programación sin miedo a mirar atrás, buscando una libertad improbable de conseguir, asumiendo los riesgos de su conducta. Una impresión despectiva inundó su cerebro, le apesadumbraba no hacer lo mismo, sus directores no merecían otra cosa sino su deserción. ¿Por qué no abandonaba la Schneider ? Dorian no tenía nada que perder, despreciaba su existencia bajo los auspicios de la Corporación, cortar con su casa sería el remedio perfecto para solucionar sus problemas; los rostros deformados de sus víctimas no lo hostigarían durante las madrugadas, las horribles pesadillas cesarían.

Jamás encontraré el descanso, reflexionó. He exterminado a excesivas personas.

Stark había escuchado comentarios sobre los Borrados de Memoria del departamento, sus compañeros hablaban de ellos con aprensión, augurando las peores calamidades. En cierta forma, temblaba de pánico ante lo que le esperaba, temía que lo reprogramaran, no quería transformarse en un instrumento sin voluntad, en un fanático de la peor especie. La idea de no poder decidir sus acciones revolvió sus tripas vacías, no soportaría ser utilizado de una manera innoble, su porcentaje humano no afrontaría aquella perspectiva. En aquel instante, apenas distaba alguna discrepancia, era un asesino, le pagaban por matar. El alemán no disfrutaba con su trabajo, lo despreciaba, ello tornaba las circunstancias poderosamente. Tampoco era un carnicero, se consideraba un profesional en el amplio sentido de la palabra. Perdido, recordó que los psicólogos del hospital protestaron ante su negativa de colaborar, se negó a realizar las pruebas, ni quiso contar nada de su intimidad, no accedería a que la Schneider penetrara en su espíritu. Su organismo, con todas las contradicciones que representaban los injertos mecánicos, pertenecía a su casa. Su alma era otra historia, no permitiría que la tocaran, o peor aún, que la permutaran por un biochip. Dorian observó el brazo artificial, la inclinación de cortarse las venas lo tentaba, le gustaría ver la cara de Aries en caso de hacerlo, echaría por tierra todo el trabajo que la Schneider se tomaba con su persona. El plan pasó por su mente: imaginó el chasquido de las garras al salir de las fundas, el dolor de sus nudillos atravesados, el brillo de las hojas, la sensación efímera de cortar su piel, la sangre carmesí manchando las sábanas impolutas. Apartando la morbosa propensión, volvió a flexionar los dedos de nuevo, su mano era fuerte, podía destruir lo que quisiera, el poder de los implantes no compensaba lo que había perdido, por eso despreciaba su proporción de máquina, jamás podría reconciliarse con la misma, llevaba trece años sin lograr admitirla.

La imagen de Nessa llenó su memoria, la pantalla situada a su izquierda registró el aumento de pulsaciones, las líneas verdes vibraron, el marcador ascendió de setenta a noventa. ¿Por qué había perdido a la cyborg? El Agente Ejecutor no quiso hacerle daño, la amó desde el primer momento que se conocieron, no le ocultó sus sentimientos tras la máscara que utilizaba para protegerse de invasiones exteriores.

¿De qué me sirvió?, pensó. Nessa no supo valorarlos.

El destino procedió de una manera cruel, primero le aportó esperanzas para continuar adelante, la felicidad que sentía a su lado fue imposible de expresar, incluso llegó a olvidar que era un bioconstruido, que tarde o temprano finalizaría evolucionando en una máquina. Después, sin miramientos, le extirpó las ilusiones, la mujer desapareció de su vida, el vacío de su ausencia dolía, aún no conseguía llenarlo. El alemán estaba obsesionado, no pasaba un día sin recordar lo que compartieron, no podía borrar aquella época, pesaba sobre su conciencia como un sudario amortajado. Con una mueca desanimada, rememoró la blancura de su anatomía, el olor de su cuerpo, la devoción de sus besos, la caricia de sus cabellos, sus ojos melancólicos, el sabor de su sexo... A pesar de haberlo plantado, era incapaz de aborrecerla, ansiaba reencontrarla, arrancarle una explicación, merecía saber por qué había huido. Su punto de vista no era válido, necesitaba corroborar sus sospechas, descubrir lo que la impulsó a darle la espalda cuando más la solicitaba. Tal vez llegaron al término de lo que podían ofrecer, quizá cada uno tuvo que tomar su camino, fue una ilusión alimentada con los pedazos de su juventud, una broma de mal gusto que pasó factura a su cordura, haciendo que tocara fondo de la peor manera posible.

Stark sacudió la cabeza, el aire enrarecido de sus pulmones lo hizo volver a la miserable realidad, contenía la respiración desde hacía minutos. Poco a poco, serenó sus nervios, respirando lentamente, usando el método de disminución muscular que sus instructores le enseñaron, ventilando los conductos respiratorios. No pudo escuchar a los sanitarios, la puerta se abrió a la derecha, la luz del exterior bañó la habitación, forzándolo a entornar los parpados.

-Buenas noches, señor -saludó el androide.

El alemán no respondió.

-El bioquirófano está preparado. Los doctores le esperan. La operación está programada para las 8:00 PM.

-No tengo hora.

Su aseveración no le importó, lo habían prevenido sobre el orgulloso oficial, y respondió con voz impersonal:

-Son las 7:45, señor.

-Gracias -contestó cínicamente-. Ya me siento mejor.

Dos enfermeros cruzaron la entrada, portaban una camilla tapizada con espuma plástica, preparados para trasladarlo.

-Cuando usted quiera, señor.

Dorian apartó las sábanas, el ligero traje blanco se pegaba a su piel, posando las piernas en el suelo. Un mareo lo hizo trastabillar.

-¿Necesita ayuda, señor?

-¡No!

Arrogante, el alemán se incorporó, controlando su precario equilibrio, y rechazó a los sanitarios. Tentativamente, dio varios pasos, ajustando su capacidad motriz, tumbándose boca arriba sobre el armazón helado.

-Bioquirófano 130 -ordenó la máquina a sus compañeros.

Los enfermeros agarraron la camilla, uno activó el sistema de suspensión, el olor a ozono impregnó la nariz del Agente Ejecutor, trasladándolo hacia las entrañas del edificio. Stark apretó los dientes, los fluorescentes del techo pasaron ante sus retinas, irradiando los pasillos que hedían a cloroformo. Los sanitarios recorrieron un largo corredor, luego giraron a la izquierda, tomando una rampa descendente, llevándolo a una zona del hospital que no conocía. Le costaba respirar, estaba alterado, la emoción lo sorprendió, no esperaba que pudiera actuar como una persona normal ante el miedo a lo desconocido. Dorian intuía que los anestesistas del centro, teniendo en cuenta sus injertos biónicos, decidieron doblar la dosis corriente, administrándole sedante suficiente como para matar a cualquier otro. De aquella manera castigaban su escasa cooperación, necesitaban vengarse de su actitud inconformista, posiblemente pensarían que era un estúpido ordenacentista, uno de tantos que la Corporación esgrimía entre sus filas. Nada más lejos de la realidad, el alemán se consideraba independiente, no le debía respeto a nadie, no iba a ponérselo fácil a los especialistas que querían lavarle el cerebro. La Schneider velaba por sus intereses, deseaba mantener a sus tropas bajo control, Stark sabía secretos que en caso de salir a la luz pública, en cualquier informativo televisivo, derrumbarían su casa. El Borrado de Memoria era una manera de silenciarlo, no lo hacían por su propio bien, sino para controlarlo, el departamento se guardaba las espaldas. La ausencia de gente lo reconfortaba, no le apetecía que nadie conocido le reconociera, el hospital era una estación de paso, un purgatorio para los desgraciados que no sabían satisfacer las exigencias de la Corporación.

Los sanitarios doblaron en sentido contrario, avanzando por una galería con forma tubular, similar a los pasadizos de una nave espacial. La blancura de las paredes agobió su visión, no se adaptaba al aséptico ambiente de la clínica, prefería la desolación del exterior, por lo menos no trucaba el presente con paliativos. Un nudo comprimía su vientre y el corazón embestía contra las costillas. Dorian añoró el desahogo de los estimulantes, hubieran calmado su sistema nervioso.

Metódico, rememoró la secuencia de los triángulos de anfetamina: excitación, euforia, percepción amplificada, sequedad de garganta, sudores fríos, deseos de comunicación, deshidratación corporal, acrecentamiento los sentidos. Narcotizado, olvidaba el dolor producido por los trasplantes, actuaba como persona, distanciándose del demonio insensible que habitaba en su interior. La cresta de la droga suprimía los problemas de su cabeza, apartándolos en un rincón de su subconsciente, esperando el momento adecuado de volver a la carga, para destruir su frágil autoestima.

El alemán comprendía que la sumisión a la adicción arruinaba su talento como individuo, quemando su mente, degenerando su cuerpo durante el proceso. No podía renunciar a los estimulantes, las últimas semanas fueron insufribles, apenas logró controlar sus contriciones; su conciencia no le permitió una simple tregua.

Finalmente, llegaron a su destino, penetrando en el bioquirófano. Los androides lo abandonaron, sin molestarse en despedirse de los neurocirujanos, dejando la camilla en un costado de la habitación. La sala de operaciones llenó sus sentidos: mesa plateada de cirugía industrial, lámparas halógenas de manufactura europea, moderno instrumental quirúrgico, consolas de manutención, brillantes paredes azul cobalto. Dorian ahogó el terror que inundó su corazón y apretó las uñas contra las palmas: cuatro heridas se formaron sobre su carne.

Tranquilo, meditó. No es la primera vez que paso por esto.

Los ayudantes lo depositaron sobre la mesa, vestían batas grises, que los confundían con los aparatos circundantes, moviéndolo con helada autoridad. Un doctor apretó el visor ovalado de treinta aumentos en torno a su cabeza, el mono color rojo chillón lastimó los ojos del alemán, otro empolvó sus manos con talco, antes de ponerse los guantes de plástico. Todos parecían tranquilos, estaban acostumbrados a aquella clase de operaciones. La seguridad de los cuatro hombres no le aportó alivio, recelaba de sus intenciones. El asistente de su diestra levantó un casco orgánico, una marea de cables colgaba de la parte posterior, ajustándolo sobre su cabeza, los laterales se adaptaron a los bordes de su cráneo a la perfección.

-He de hacerle unas preguntas, sargento -el neurocirujano jefe se inclinó sobre su pecho-. ¿Podrá contestarlas sin dar problemas?

El Agente Ejecutor pasó por alto la burlona cuestión:

-¿Esto me dolerá?

-No, sargento.

-¿Qué vais a hacerme?

-Una limpieza neuronal, señor -intervino el segundo médico-. Tiene demasiada información innecesaria en el cerebro.

A Stark no le gustó su tono condescendiente:

-Menos bromas, amigo -amenazó-. Tengo más influencias en el departamento de las que crees.

Un pinchazo recorrió su antebrazo, por el rabillo del ojo vió como un segundo vaciaba una hipodérmica, no le agradaba que volvieran a administrarle un calmante.

-Tiene las pulsaciones por la estratosfera, señor -explicó el neurocirujano con cinismo-. Mi ayudante le ha administrado un sedante. Le hará sentir relajado.

-No quiero relajarme.

Su bravata levantó sonrisas despectivas, estaba indefenso, podían hacerle lo que quisieran.

-¿Nombre?

-¿No lo sabe?

-Nombre, sargento -repitió, impaciente.

-Dorian Stark.

-¿Rango?

-Sargento de la Orden de los Centinelas.

-¿Número?

-¿De implantes cibernéticos? -inquirió con sarcasmo.

El médico estaba apunto de salir de sus casillas.

-De serie, señor.

-89.676.817.

-¿Injertos mecánicos?

-Cuatro.

-¿Superior inmediato?

-Comandante Aries.

-¿Ultima misión?

-Vancouver, Canadá.

-¿Familiares inmediatos?

-Ninguno.

-¿Cónyuge?

-Ninguno.

Le costaba enfocar la mirada, sus orbitas se balanceaban, apenas podía responderle al médico.

-¿Por qué me pregunta todo esto?

-Para distraerle, sargento. Los pacientes se tranquilizan al hablar sobre sí mismos. No es necesario que le comente que la OC nos envió sus datos semanas antes de que ingresara.

-Estupendo.

Nessa tuvo la oportunidad de conocer las mejores facetas de su personalidad, Dorian abrió su alma al cien por cien, no quiso ocultarle nada. Su sinceridad fue un fracaso, sus emociones no fueron tomadas en cuenta, sólo quedaba un gusto amargo en el fondo de su garganta, la pérdida no era fácil de aceptar. Discernía que no volvería a experimentar lo mismo, la pasión adolescente que le hizo amar a la mujer se desvaneció, era un iluso pensando algún día pudiese recuperarla. Envejecer no significaba ninguna salida, todo lo contrario, afianzó sus temores, obligándolo a subsistir gracias a los recuerdos que repudiaba; el presente era demasiado extraño para afrontarlo de otra forma.

Los vivos no deben amar a los muertos, pensó. ¿Cuándo lo aprenderé?

Invocar a la cyborg le producía tristeza, no podía hacerse la idea de que todo estuvo condenado, Nessa arruinó los seis años compartidos cruelmente, aniquilando sus posibilidades de redención. Por otro lado, el alemán estaba estancado, no podía evolucionar de aquel punto muerto, no tenía nada a lo que sostenerse. Términos, recuerdos insondables, promesas que no iba a romper, las máquinas merecían su desprecio, ni más ni menos. Quererla fue un arma de doble filo: lo salvó de sí mismo, antes de hundirlo en la basura, no era capaz de salir del abismo donde naufraga desde hacía más de una década. Se aborrecía, jamás podría librarse de los lienzos del pasado, la desesperación era imposible de afrontar con ecuanimidad. Dorian evocó noches desvelado, insomne por la descarga de los estimulantes, mientras las paredes de cualquier apartamento anónimo se arrojaban sobre su cuerpo, deseando arrancarle el alma. ¿De qué le servía autodestruirse? Haciéndolo no aprendía nada, no tendría mejor conocimiento de sí mismo, únicamente reiteraba lo que sabía por experiencia propia. Tampoco maduró como individuo, las misiones encargadas por Aries lo distanciaban de su monotonía, las horas libres constituían un suplicio, una carga sobre su mente perturbada. ¿Cuántos soldados habrían pasado por aquella sala de operaciones? Stark sospechaba que no era el primero en hacerlo, se había convertido en una pieza de ajedrez, otra ficha del inmenso tablero de la Schneider. El bioquirófano le producía claustrofobia, los uniformes de los médicos lo trastornaban, comprimiendo su autocontrol como un puño invisible. ¿Perdía el dominio de su memoria? Debía contenerse, los neurocirujanos podían torturarlo con sus experimentos; estaba cansado de las abominaciones que practicaban sobre su persona. El alemán examinó su interior, buscando energías; no iba a mostrarles su indecisión, sería un bloque de hielo. Sintió frío, el sudor del miedo lo estremeció, una estría recorrió su frente y bajó por su mejilla recién afeitada. Mientras se quedaba dormido, Dorian pensó que el Borrado de Memoria podía extirparle los secretos que albergaba en su interior. Sus superiores lo ejecutarían si descubrían lo de la cyborg: relacionarse sexualmente con máquinas estaba penalizado con la muerte, no hacía falta ser un genio para averiguar lo que le sucedería. Un láser llenó sus retinas, el casco zumbaba, los colores brillaron: rojo, verde, azul, blanco, negro, rojo, verde, azul, blanco, negro. El tiempo se ralentizó, la realidad sucedía a cámara lenta, las voces de los médicos eran un eco que reverberaba contra los muros de su cráneo. Al final, el anhelo de permanecer despierto se desvaneció, la negrura devoró su memoria y los recuerdos anegaron su mente…

2

SOLEDAD

 

Stark se asomó a la ventana, el patio estaba tranquilo, sus compañeros habían ido a la Galería Virtual , estaría aislado durante horas, tenía la tarde libre por delante. Complacido, se sentó sobre la mesa, cogiendo el libro que había robado de la biblioteca, pendiente de la puerta; sería castigado si descubrían lo que había hecho. El aula vacía no le gustaba, le recordaba el trato despiadado de sus tutores, era infeliz entre sus muros decorados con posters elaborados por los propios alumnos. Dorian estudió la estancia: pizarra de cincuenta pulgadas, pupitre elevado sobre los estudiantes, mesas con viejos ordenadores Philips, incómodas sillas de tres patas. El sistema educativo era una farsa, coaccionaba su libertad como individuo, negarlo sería una mentira.

Mañana tengo un examen, pensó. No me apetece estudiar.

No le agradaban las responsabilidades, prefería estar en su propio mundo, lejos de la realidad del centro. Dorian avanzó a la página cincuenta, hojeando distraídamente el volumen, repasando las frases que había marcado con un rotulador fluorescente. Imaginativo, pensó en el hombre que escribió aquella obra, viéndolo delante de una arcaica máquina de escribir del Siglo XX, plasmando una crítica mortal hacia su propio país. Como comprobaba, los directores no incitaban a que los estudiantes se aficionaran a la literatura, preferían que perdieran el tiempo con pasatiempos estúpidos; pensar no era bien visto en aquel lugar. Leer aplacaba su soledad, no tenía amigos, los demás niños lo rechazaban; ser distinto no era fácil de llevar. En realidad, le daba igual ser un bicho raro, prefería el aislamiento que compartir su valioso tiempo con sus compañeros, no le apetecía perder saliva con gente insignificante. Apretando los labios, volvió a las páginas amarillentas, le agradaba el olor a humedad latente que desprendían, lo reconfortaba en un mundo de dobles apariencias. Precavido, apagó las luces del aula, no quería que lo localizaran, no le apetecía darle explicaciones a nadie. Stark regresó al libro, murmurando en voz alta las palabras que leía: disfrutaba con la cadencia de las frases.

«Pero quien expresa ese pensamiento que realmente flota de modo continuo en el aire de Salzburgo, lo mismo que cuando expresa otros pensamientos, igualmente peligrosos, que flotan en el aire, es tenido por necio, como es tenido por necio siempre todo el que expresa lo que piensa y siente.»

Un sonido indeterminado interrumpió su atención. Molesto, se asomó a la ventana, estudiando la cancha de baloncesto situada debajo del aula, sin ver ningún rostro conocido. Se encontraba turbado, algo no marchaba bien, los de tercero no estaban disputando el partido habitual de la tarde contra los de cuarto, no encajaba dentro de las normas del centro. Encogiendo los hombros, no le dio importancia al tema, era un alivio no soportar a sus compañeros, odiaba sus aullidos de victoria cada vez que encestaban la maldita pelota. Con los ojos cerrados, reflexionó sobre lo leído, dando la razón al escritor. No podía decir lo que realmente pensaba, tenía que fingir ante los demás, aparentando ser otra persona, o sería rechazado por la masa. Una impresión de abatimiento llenó su interior, quería marcharse del orfanato, empezar en otra parte, no se encontraba a gusto en aquella prisión de bordes invisibles. El Gobierno Alemán se ocupaba de su persona, ser huérfano tenía ciertas ventajas, en las calles desaparecería rápidamente; sabía por los informativos que los traficantes de órganos humanos eliminaban a los niños para venderlos a las clínicas de mercado negro. Atrapado, no podía huir a ninguna parte, la única opción consistía en ingresar en el Ejército antes de cumplir los dieciocho, pero los militares le producían escalofríos, le parecían seres tan enfermizos como sus profesores.

Ten paciencia, pensó. Dentro de poco tendrás quince.

¿Dónde estaría su madre? Forzando su memoria, recordó la cara cansada de una joven sobre su cuerpo, acariciándole los cabellos con ternura y haciéndole cosquillas debajo de la planta de los pies. Sus ojos irradiaban afecto, emoción que las institutrices del centro eran incapaces de experimentar, éstas actuaban como autómatas, insensibles bajo el peso del reglamento. Por las noches, escuchando la respiración de sus camaradas de cuarto, era incapaz de conciliar el sueño, mientras pensaba en los motivos que la obligaron a abandonarlo en el centro. Dorian discernía que no le quedó otro remedio que hacerlo, sabía que su madre lo amaba, no tenía ninguna duda al respecto. ¿Quién sería su padre? ¿Dónde estaba su familia? ¿Qué habría sido de ella? Nunca tendría respuestas a sus incógnitas, estaba solo, tendría que adaptarse a la idea si no quería volverse loco. La ciudad era un caos, para ser libre primero tenía que abandonar Berlín, emigrar a Japón, Estados Unidos, o cualquier superpotencia lejos de Europa, que agonizaba bajo su propio peso.

Escondió el libro en su pupitre y estudió las refinerías delineadas en el horizonte, no se encontraba con ánimos de continuar, fascinado por el resplandor de las llamaradas que vomitaban las fumarolas, encendiendo el cielo enrojecido. Con un suspiro, abandonó la estancia y cruzó los pasillos pintados de blanco, con las manos hundidas en los bolsillos. Múltiples ideas divagaban en su interior, cuestiones que crecían sin cesar, haciendo que el presente fuera una madeja, una trampa de bordes cromados donde se debatía inútilmente. Doblando a la derecha, descendió por una rampa, y pasó de largo el comedor principal, donde los de quinto realizaban una cena temprana. Por accidente, se encontró con un compañero de habitación; éste no se molestó en saludarlo, aquel imbécil era uno de los alumnos preferidos del director, un empollón de la peor especie. Sin darle importancia al incidente, atravesó la salida y emergió al patio exterior. Unas muchachas lo miraron desde un banco, riendo y susurrando estúpidamente entre ellas, y lo señalaron de refilón. Asqueado, las observó con desprecio, haciéndoles un corte de mangas. Se encontraba de mal humor, la mediocridad que lo rodeaba le crispaba los nervios: tenía que haberse quedado en el aula. Era demasiado tarde para cambiar de parecer, no le apetecía volver sobre sus pasos, desandar el camino realizado era una tontería.

¿Por qué no era como los otros? Siempre había sido diferente, ignoraba el porqué, por ello se protegía detrás de una coraza, debía estar aislado de invasiones, nadie tendría la oportunidad de herirlo. Escudado en el silencio, sus ojos grises analizaban el mundo fríamente, contemplándolo con desagrado. Nada iba a cambiar: mantenerse al margen era la mejor opción que podía asumir.

Stark se aproximó al aula de astronomía, la puerta estaba abierta. Traspasó las sombras de la entrada, apreciando los diversos globos planetarios multicolores que irradiaban la estancia con luces tenues. Fascinado, contempló el cinturón de Orión, la Osa Menor , Pegaso, la Osa Mayor... El Unicornio fulguraba. Extendió la mano izquierda, acarició las líneas seudoholográficas, notando la pulsación del campo de estática bajo sus dedos. Una sonrisa iluminó sus rasgos, un gesto desprovisto de amargura o cinismo, y olvidó el cosmos del centro, prendido por el universo exterior, imaginando naves interestelares atravesando el espacio interminable. La Vía Láctea estaba representada por una muestra tridimensional de baja frecuencia que mostraba la cadena de planetas del sistema solar: Mercurio, Venus, La Tierra , Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno, y Plutón. Dorian había escuchado que la colonización estelar no había llegado más allá de Júpiter, el presupuesto de las poderosas corporaciones que sometían el planeta tenía un límite, las últimas expediciones fueron un desastre económico, la conquista de lo desconocido era una idea retrasada por el momento. Aquel recinto era en el único donde se encontraba a sus anchas, incluso disfrutaba con las clases, los astros que flotaban en el infinito le proporcionaban una esperanza de futuro.

Se giró a la izquierda, un murmullo ahogado llegó a sus sentidos, haciendo que subiera las defensas. ¿Qué estaba pasando en el polideportivo? Con los puños cerrados, salió del aula vacía, procurando no emitir sonido alguno, con los cinco sentidos alerta. La cancha de baloncesto se extendía ante su visión, una corriente de aire meció las redes de las canastas, una sensación de peligro flotaba en el ambiente desolado. Stark franqueó la pista desierta, aproximándose al edificio, midiendo sus actos. Identificó los ruidos, eran risas llenas de crueldad, las mismas que sonaban cuando los de los cursos superiores abusaban de los pequeños, usando su predominio físico para humillarlos sin miramientos. Las cristaleras reflejaban los haces del sol, la disposición del polideportivo no presagiaba nada bueno, los bordes del edificio parecían protestar en silencio.

Ve con cuidado, pensó. Puedes buscarte un problema.

La entrada estaba cerrada desde dentro, Dorian circundó la estructura ovalada, buscando otra manera de acceder, sin perder de vista su espalda: cualquiera podía atacarle desde atrás. Tenía que llamar a alguna de las institutrices, pero no le apetecía hacerlo, aquellas cretinas no le harían caso, la opinión de un crío les traía sin cuidado. Un charco de aceite formaba un arco iris desigual sobre el suelo. Eludiendo el condensador eléctrico, buscó la reja de ventilación averiada descubierta durante sus paseos; nadie se había molestado en repararla. Agachándose, reptó sobre los codos, el hedor de los vestuarios cubrió su olfato, haciendo que apresurara sus movimientos. Poco a poco, se arrastró por un estrecho túnel ascendente picado por la humedad, sus pupilas se adaptaron a la oscuridad, percibiendo unos barrotes al final del camino. Una rata le rozó la rodilla, Stark pasó por alto sus ojos maliciosos, tanteando la oscuridad con las manos sucias de grasa. Una exclamación llegó a sus oídos:

-¡Tápale la boca!

A contraluz, entre la blancura de las duchas, media docena de alumnos hacía un corro en torno a una chica. Una flema atascó su garganta, los de cuarto violaban a una muchacha con sadismo, turnándose cada vez que terminaban. La cara de la joven estaba oculta por sus cabellos, no se molestaba en ofrecer resistencia, sus piernas desmadejadas rodeaban las caderas de su agresor, las nalgas velludas se contraían encima del cuerpo indefenso. Una cólera asfixiante lo inundó, sus nudillos se tornaron blancos, apretó los dientes con fuerza y controló los violentos latidos de su corazón.

-Termina pronto, Peter -masculló la misma voz de antes-. No tenemos todo el puto día.

Rápidamente, grabó al muchacho en su cabeza: miembros nudosos, metro ochenta de altura, rostro inhumano cubierto de acné, manos ásperas. Lanzando un gemido, su colega se convulsionó sobre la chica, apretando uno de sus senos con la mano, lastimando la piel blanquecina. Sin transición otro tomó el relevo, levantando sus piernas y colocó los tobillos de la chica sobre los hombros. Lágrimas de cólera mancharon el rostro de Stark. Una nube de sangre cubrió sus párpados: quería saltar entre ellos, destrozarlos a golpes. Era incapaz de resistir aquella escena macabra, abandonó su escondite en silencio y salió del polideportivo.

Anochecía, las primeras estrellas despuntaban en el cielo gris, convirtiendo la bóveda celeste en una miríada de puntos palpitantes. La tensión lo hizo romper en un sollozo estrangulado, no podía creer lo que había visto hacía escasos minutos, que barrió su pesar como una corriente de espuma, desahogándolo. Después de diez minutos, se encontró recuperado, el nerviosismo desapareció, delegado a un segundo plano por una rabia terrible. Paciente, esperó oculto en la oscuridad a que los muchachos salieran al exterior, calculando sus futuros movimientos. La imagen de la chica regresó a su memoria, haciendo que su determinación no flaqueara, barriendo el miedo de raíz. Después de una eternidad, los de cuarto abandonaron el recinto, soltando chistes groseros, satisfechos por lo que habían hecho. Stark entró en el polideportivo, pasó un pasillo descendente y llegó a las duchas masculinas. La muchacha lloraba hecha un ovillo, sin preocuparse en cubrir su desnudez, apretándose la cabeza con las manos.

-¿Estás bien?

Ella lanzó un respingo, retrocediendo, chocando contra la pared: no tenía a dónde huir.

-No te haré daño -Intentó tranquilizarla-. He visto lo que estos bastardos te han hecho.

No podía responder, un terror animal cubría sus ojos, para ella todos eran enemigos, un hilo de sangre resaltaba entre sus muslos pálidos.

-¿Vas a denunciarlos al director?

-No -su tono fue un susurro tembloroso.

-¿Por qué?

-Si hablo le harán lo mismo a mi hermana.

-No te preocupes -prometió-. No volverán a molestarte.

Sin mirar atrás, abandonó el edificio, dirigiéndose al centro, con la mente llena de ideas asesinas. Su rostro se convirtió en una máscara, las mejillas se delinearon sobre su piel, la furia pulsaba en su interior, templando sus músculos. Cruzó delante de las aulas, caminando con lentitud, en dirección a la Galería Virtual, donde encontraría a su objetivo con toda seguridad. Al llegar, se detuvo en la puerta y estudió el interior: los de cuarto jugaban masacrando al pelotón de zombis que los atacaban con sus pistolas, sin percatarse de la pequeña figura que les prestaba atención. Stark se sentó en una máquina de coches, pendiente de las conversaciones del grupo, eligió un moderno Ferrari color negro, y empezó la carrera por una pista cubierta de lluvia.

-A la derecha, Peter... ¡Ten cuidado!

-¡Agáchate, idiota!

-¡Recarga! ¡Recarga! ¡Te has quedado sin balas!

Durante media hora, compitió ganando cinco carreras de tres vueltas, esquivando los obstáculos, apretando el volante con todas sus fuerzas. Sin percibirlo, superó su propio record, la revelación no le causó ninguna alegría; las piernas veladas de la chica llenaban sus retinas. Una de las institutrices entró en la estancia, la cena estaba preparada, ordenando secamente que dejaran los juegos. Dorian no se molestó en guardar la partida, esperó a que los muchachos decidieran ir a sus habitaciones, siguiéndolos con calculada indiferencia.

-Nos vemos luego -dijo el cabecilla.

Sus compañeros desaparecieron, marchando a sus propios cuartos, estaban solos. Stark aceleró el paso, procurando pasar desapercibido, aquella ala del edificio pertenecía al grupo de los adultos, no tenía que estar allí, las normas del centro lo impedían. El chico entró en su cuarto, silbaba una melodía de alguna canción pop de moda, ajeno al peligro que corría. Dorian se aproximó a la puerta, pegó la oreja sobre la madera artificial, y esperó a que su objetivo entrara en la ducha: era obligatorio asearse antes de bajar al comedor. Sistemáticamente, adivinó el momento oportuno para actuar; entró en la desordenada habitación y cerró la puerta detrás de su espalda. El agua chocaba contra las paredes de cristal de la ducha. Salvó las prendas tiradas, con una mueca cruel en los rasgos afilados y llegó al baño pintado de blanco. Dorian atacó, abalanzándose sobre el muchacho, estallándole la cabeza contra la pared. El cuerpo rebotó por la fuerza del impacto, un gemido salió de los labios del chico, una estela rojiza salpicó los azulejos impolutos. Agarró el cable de la ducha, se lo pasó por el cuello, estrangulándolo. El muchacho intentó oponerse, Stark apretó el lazo de manera despiadada, plantándole la rodilla entre los omoplatos, empujando su espalda hacia abajo. El rostro del muchacho se volvió azul, la lengua escapó de su boca, y sucumbió con un estertor sofocado. Con una mueca de asco, Dorian soltó el cadáver, no experimentaba ningún tipo de remordimiento por lo que había hecho: aquel idiota se lo había buscado.

-Púdrete -masculló-. Te lo merecías.

El agua corría por la ducha, la imagen retorcida del chico le daba ganas de vomitar, únicamente sentía desprecio por él, su sed de sangre estaba apagada, había encontrado la manera perfecta de aplacarla.

Treinta minutos más tarde, cenaba en un costado del comedor, estudiando fríamente a sus compañeros, imbuido en una confianza que no había experimentado antes. No los necesitaba, era mucho más fuerte que ellos, ninguno podría quebrantar su espíritu, estaba por encima de la sociedad. La comida le pareció espantosa, los alimentos sabían a plástico, dudaba que los directores del centro cenaran aquella bazofia: la diferencia de clases continuaba en alza. Ahora era consciente del poder que dormitaba en su interior, no volvería a ser maltratado por nadie, sus tutores no aniquilarían su personalidad, el asesinato cometido le había abierto los ojos. Meditabundo, Stark pensó que la injusticia debía ser erradicada de la misma manera, exterminada de raíz de ser necesario, nadie tenía el derecho de maltratar a los débiles, aquellos que se atrevieran a hacerlo merecían la muerte. Con una sonrisa mordaz, contempló como los compañeros del muchacho lanzaban miradas a la puerta, preocupados por su repentina ausencia, discutiendo entre ellos con creciente nerviosismo. Dorian recordaba sus rostros a la perfección, nunca los olvidaría, los exterminaría uno detrás de otro, ninguno escaparía de su venganza. Dejando el plato lleno, se levantó e ignoró el gesto enfadado de la institutriz.

-No ha terminado su cena, joven.

-Es una porquería -escupió el alemán-. Termínela usted si quiere.

 

Continuará...

publicado en octubre de 2008

 
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