«Cuando la infancia muere, llamamos
a su cadáver adulto, quien entra de lleno
en la sociedad, uno de los nombres más
amables dados al Infierno. Esa es la causa porque,
aunque la queramos, tememos a la infancia. Ella
nos muestra el estado de nuestra decadencia.»
Brian W. Aldiss
|
***
Sueño despierta, sumida
en espectros cromáticos, en un océano
virtual perenne. Olas de información mecen mis
miembros inmateriales, códigos japoneses arropan
la eternidad, titilando sobre mis pupilas fotoeléctricas...
El dolor ha desaparecido temporalmente,
ello significa un pequeño consuelo, prefiero
estar aislada del sufrimiento que drenaba mi memoria,
bastantes problemas tengo en el momento actual...
¿Por qué no puedo
despertar? He intentado recuperar mi antigua personalidad,
retomar mi vida desde el punto donde fue eliminada,
pero he fracasado, no alcanzo a olvidar el presente...
A veces, sólo a veces,
el pasado regresa, recorriendo los bordes de mi corteza
craneal, como una recta subliminal de recuerdos aleatorios;
nunca duran el suficiente tiempo para atraparlos...
Rememoro un nombre... Mis labios
evanescentes quieren pronunciarlo, mis cuerdas vocales
luchan por funcionar, mi mente enfoca seis sílabas...
O, R, A, D, N, I... No logro darles un orden específico...
Frustrada, anhelo dar sentido
a mi miseria, averiguar los motivos que me encadenan
al infinito, no comprendo las circunstancias que me
obligan a navegar en la eternidad que me rodea...
Súbitamente, retengo mi
muerte: consola Yamaha, censores de movimiento, casco
orgánico, guantes de retroalimentación...
Todo empalidece, no consigo atrapar lo sucedido, he
vuelto a olvidar, estoy en blanco...
Nessa
***
El pasado es complicado, ofrece
demasiadas preguntas que exigen respuestas, dilemas
imposibles de solucionar, menos aún cuando se
vive de sus restos constantemente. No puedo olvidar
mis pecados, he cometido demasiados errores, mi mente
lo ha pagado caro, apenas mantengo la línea que
distancia la cordura de la locura. Ahora me encuentro
perdido, luchando por buscar sentido a mi existencia,
que lentamente oscila al borde del caos. Recuerdos...
Son tan difíciles de borrar, aunque lo he intentado
de mil maneras, utilizando todas mis fuerzas, los resultados
han sido desesperanzadores. Por otra parte, me preocupa
nutrirme constantemente de mis contriciones, estas me
impiden saborear el presente con la plenitud que merece,
mientras el futuro se vuelve borroso. Llevo trece años
en un punto muerto, he sido incapaz de romper con lo
que me atormenta, el fracaso no fácil de aceptar
para mí. Coexistir con las cenizas de mi humanidad
perdida no me sirve de nada, lo sé por experiencia
propia, me lo repito a diario, pero no es sencillo aceptar
que los implantes biónicos me han convertido
en un monstruo. Mis superiores deben estar orgullosos,
soy una marioneta en sus manos, incapaz de decidir mis
acciones, o de tomar la menor decisión ante las
misiones de exterminio que me encomiendan. He tenido
problemas con el comandante Aries, el mes pasado me
negué a ejecutar a un grupo de civiles, la Schneider
me ha sancionado, mi hoja de servicios tiene su primera
mancha. Debo plantearme qué diablos haré
con mi vida, no tengo ilusiones para continuar adelante,
solamente deseo terminar con todo esto, creo que suicidarme
no sería una mala idea... En caso de matarme,
los neurocirujanos no tardarían en reconstruir
lo que quede de mi anatomía, la Corporación
me considera un valioso instrumento, no me perderán
de ninguna manera...
Dorian Stark
I
LOS ÁNGELES
Con una mirada triste, Dorian abrió
los ojos, estudiando los bordes de la habitación;
los androides de mantenimiento habían limpiado
la estancia. Ausente, relajó los hombros tensos,
el sedante comenzaba a hacer efecto, sus pensamientos
navegaban a la deriva, palpitando en un rincón
remoto de su conciencia.
Van a venir a buscarme, pensó.
No tardarán demasiado.
Su entorno era irreal, le costaba
reconocer los muebles: colchón de plexiglás,
sábanas blancas, mesillas de noche metálicas,
sillas forradas con poliestireno, tubos de goteo, consolas
de control cardiaco. Inconscientemente, el alemán
recordó su primera operación cibernética,
el cuarto era similar a aquel donde despertó
aterrorizado, nada cambiaba desde entonces, su cuerpo
continuaba condenado a pasar por las garras de los neurocirujanos
de la Schneider. Sin desearlo, extrañó
la compañía de Hugo, en aquel momento
estuvo allí para auxiliarlo con su presencia,
ahora estaba solo, no tenía a nadie de su parte.
La incomunicación no le importaba, estaba acostumbrado
al aislamiento, pero no le reconfortó ser un
antisociable, la muerte era la única compañía
que aceptaba. Con una sonrisa torcida, Stark extendió
los dedos, le costaba flexionar la mano, los tranquilizantes
embotaban sus movimientos. Giró la diestra en
dirección contraria, mirando las líneas
inscritas sobre su piel blanquecina, notando las rugosidades
producidas por la culata de la W-PPK. Su miembro no
era genuino, debajo de la carne sintética descansaba
un injerto biónico, con tres cuchillas de veinticinco
centímetros de longitud implantadas en el antebrazo.
Nadie podría distinguir la diferencia, el brazo
izquierdo era igual que el derecho, la tecnología
no precisaba el margen que separaba la humanidad de
la cibernización.
Lo importante es que sobreviva,
reflexionó. Al comandante Aries no le importa
nada más.
Sus superiores ignoraban los terribles
efectos secundarios que los trasplantes mecánicos
producían en su psicología, el Agente
Ejecutor tenía que drogarse constantemente para
soportar la insensibilidad que le producían,
las anfetaminas eran el único vínculo
que lo ataban al presente. Amargado, la autocompasión
no le sirvió de mucho, estaba demasiado dopado
para regodearse en sus tormentos, era un alivio no tener
que enfrentarse a ellos en aquel momento. La pantalla
plana del televisor estaba desconectada, no le apetecía
ver los noticiarios de la CNN , las desgracias que azotaban
el Sistema Solar colonizado no le incumbían en
absoluto. Echando un vistazo a su diestra, percibió
que el sol se ocultaba, la luz difusa del exterior se
desvaneció, dando paso al alumbrado eléctrico
de la megalópolis, que encendió las calles
de Los Ángeles de un extremo a otro. Apretando
el mando, entornó las persianas de aluminio;
nunca le habían gustado las puestas de sol. La
oscuridad resguardó la habitación, sus
pupilas fotoeléctricas veían perfectamente
en la negrura, un cartel fluorescente brillaba encima
del Hitachi de treinta pulgadas. Un grifo goteaba en
el baño, el pulsar del agua lo incomodó,
creando un sonido periférico desagradable. La
apatía que dominaba su físico le impidió
cerrarlo, estaba agotado, no deseaba levantarse. ¿Qué
le habían inoculado? El sedante no era similar
al que le administraban habitualmente antes de pasar
por bioquirófano, su cuerpo adormecido aún
podía reaccionar, el problema radicaba en su
mente, se notaba separado de su personalidad, no le
gustaba sentirse tan vulnerable. Drogado, su visión
se empañaba lentamente, el techo se convirtió
en un borrón indistinto, la volumetría
que lo circundaba se transformaba, era incapaz de calcular
donde quedaban las esquinas de la habitación.
Por la rendija de la puerta, una débil iluminación
se filtró desde el pasillo. Las conversaciones
de los enfermeros llegaron de una manera imprecisa;
no era capaz de entender las palabras. Al notar el cambio
de temperatura, el sistema de aire acondicionado cambió
automáticamente, regularizando el frío
ambiente de la estancia. El departamento había
decidido someterlo a un Borrado de Memoria, Stark no
había superado el último Test de Evaluación,
los resultados fueron desastrosos; revelaron la profunda
depresión que turbaba su alma. Sus superiores
se mostraron irritados, no esperaban aquel diagnostico,
lo habían retirado de servicio temporalmente,
condenándolo a unas semanas de reposo en una
clínica. Aquel intervalo de tiempo no le sirvió
para reflexionar, su adicción borró todas
sus intenciones, dependía demasiado de los estimulantes;
el síndrome de abstinencia no fue fácil
de sobrellevar.
Extraño las pastillas, meditó.
No puedo dejarlas.
Estaba enganchado a las anfetaminas,
no podía negarlo de ninguna manera, las drogas
lo auxiliaban a autodestruirse, por ello las consumía
sin cesar, no tenía el valor de enfrentarse a
sus conflictos sobrio. Dorian era un ángel caído
a los ojos de la Corporación , el comandante
Aries no confiaba en su persona; su instancia en el
centro lo confirmaba. Stark se sentía humillado,
detestaba tener que obedecer las últimas órdenes,
eran un insulto para un Agente Ejecutor de su categoría,
todos sabían que era el mejor hombre de la OC.
Unos pasos sonaron en el pasillo, involuntariamente
contuvo la respiración, antes de seguir de largo,
recorriendo el corredor hacia otra parte. Su existencia
era frustrante, odiaba el centro, no estaba a gusto
entre sus paredes de cromo. El alemán no poseía
capacidad de elección, había sido instruido
para obedecer ciegamente, no podía desligarse
de las conexiones que lo amarraban a su profesión.
Increíblemente, las máquinas se rebelaban
contra sus creadores, rompían su programación
sin miedo a mirar atrás, buscando una libertad
improbable de conseguir, asumiendo los riesgos de su
conducta. Una impresión despectiva inundó
su cerebro, le apesadumbraba no hacer lo mismo, sus
directores no merecían otra cosa sino su deserción.
¿Por qué no abandonaba la Schneider ?
Dorian no tenía nada que perder, despreciaba
su existencia bajo los auspicios de la Corporación,
cortar con su casa sería el remedio perfecto
para solucionar sus problemas; los rostros deformados
de sus víctimas no lo hostigarían durante
las madrugadas, las horribles pesadillas cesarían.
Jamás encontraré el descanso,
reflexionó. He exterminado a excesivas personas.
Stark había escuchado comentarios
sobre los Borrados de Memoria del departamento, sus
compañeros hablaban de ellos con aprensión,
augurando las peores calamidades. En cierta forma, temblaba
de pánico ante lo que le esperaba, temía
que lo reprogramaran, no quería transformarse
en un instrumento sin voluntad, en un fanático
de la peor especie. La idea de no poder decidir sus
acciones revolvió sus tripas vacías, no
soportaría ser utilizado de una manera innoble,
su porcentaje humano no afrontaría aquella perspectiva.
En aquel instante, apenas distaba alguna discrepancia,
era un asesino, le pagaban por matar. El alemán
no disfrutaba con su trabajo, lo despreciaba, ello tornaba
las circunstancias poderosamente. Tampoco era un carnicero,
se consideraba un profesional en el amplio sentido de
la palabra. Perdido, recordó que los psicólogos
del hospital protestaron ante su negativa de colaborar,
se negó a realizar las pruebas, ni quiso contar
nada de su intimidad, no accedería a que la Schneider
penetrara en su espíritu. Su organismo, con todas
las contradicciones que representaban los injertos mecánicos,
pertenecía a su casa. Su alma era otra historia,
no permitiría que la tocaran, o peor aún,
que la permutaran por un biochip. Dorian observó
el brazo artificial, la inclinación de cortarse
las venas lo tentaba, le gustaría ver la cara
de Aries en caso de hacerlo, echaría por tierra
todo el trabajo que la Schneider se tomaba con su persona.
El plan pasó por su mente: imaginó el
chasquido de las garras al salir de las fundas, el dolor
de sus nudillos atravesados, el brillo de las hojas,
la sensación efímera de cortar su piel,
la sangre carmesí manchando las sábanas
impolutas. Apartando la morbosa propensión, volvió
a flexionar los dedos de nuevo, su mano era fuerte,
podía destruir lo que quisiera, el poder de los
implantes no compensaba lo que había perdido,
por eso despreciaba su proporción de máquina,
jamás podría reconciliarse con la misma,
llevaba trece años sin lograr admitirla.
La imagen de Nessa llenó su
memoria, la pantalla situada a su izquierda registró
el aumento de pulsaciones, las líneas verdes
vibraron, el marcador ascendió de setenta a noventa.
¿Por qué había perdido a la cyborg?
El Agente Ejecutor no quiso hacerle daño, la
amó desde el primer momento que se conocieron,
no le ocultó sus sentimientos tras la máscara
que utilizaba para protegerse de invasiones exteriores.
¿De qué me sirvió?,
pensó. Nessa no supo valorarlos.
El destino procedió de una
manera cruel, primero le aportó esperanzas para
continuar adelante, la felicidad que sentía a
su lado fue imposible de expresar, incluso llegó
a olvidar que era un bioconstruido, que tarde o temprano
finalizaría evolucionando en una máquina.
Después, sin miramientos, le extirpó las
ilusiones, la mujer desapareció de su vida, el
vacío de su ausencia dolía, aún
no conseguía llenarlo. El alemán estaba
obsesionado, no pasaba un día sin recordar lo
que compartieron, no podía borrar aquella época,
pesaba sobre su conciencia como un sudario amortajado.
Con una mueca desanimada, rememoró la blancura
de su anatomía, el olor de su cuerpo, la devoción
de sus besos, la caricia de sus cabellos, sus ojos melancólicos,
el sabor de su sexo... A pesar de haberlo plantado,
era incapaz de aborrecerla, ansiaba reencontrarla, arrancarle
una explicación, merecía saber por qué
había huido. Su punto de vista no era válido,
necesitaba corroborar sus sospechas, descubrir lo que
la impulsó a darle la espalda cuando más
la solicitaba. Tal vez llegaron al término de
lo que podían ofrecer, quizá cada uno
tuvo que tomar su camino, fue una ilusión alimentada
con los pedazos de su juventud, una broma de mal gusto
que pasó factura a su cordura, haciendo que tocara
fondo de la peor manera posible.
Stark sacudió la cabeza, el
aire enrarecido de sus pulmones lo hizo volver a la
miserable realidad, contenía la respiración
desde hacía minutos. Poco a poco, serenó
sus nervios, respirando lentamente, usando el método
de disminución muscular que sus instructores
le enseñaron, ventilando los conductos respiratorios.
No pudo escuchar a los sanitarios, la puerta se abrió
a la derecha, la luz del exterior bañó
la habitación, forzándolo a entornar los
parpados.
-Buenas noches, señor
-saludó el androide.
El alemán no respondió.
-El bioquirófano está
preparado. Los doctores le esperan. La operación
está programada para las 8:00 PM.
-No tengo hora.
Su aseveración no le importó,
lo habían prevenido sobre el orgulloso oficial,
y respondió con voz impersonal:
-Son las 7:45, señor.
-Gracias -contestó
cínicamente-. Ya me siento mejor.
Dos enfermeros cruzaron la entrada,
portaban una camilla tapizada con espuma plástica,
preparados para trasladarlo.
-Cuando usted quiera, señor.
Dorian apartó las sábanas,
el ligero traje blanco se pegaba a su piel, posando
las piernas en el suelo. Un mareo lo hizo trastabillar.
-¿Necesita ayuda, señor?
-¡No!
Arrogante, el alemán se incorporó, controlando
su precario equilibrio, y rechazó a los sanitarios.
Tentativamente, dio varios pasos, ajustando su capacidad
motriz, tumbándose boca arriba sobre el armazón
helado.
-Bioquirófano 130 -ordenó
la máquina a sus compañeros.
Los enfermeros agarraron la camilla,
uno activó el sistema de suspensión, el
olor a ozono impregnó la nariz del Agente Ejecutor,
trasladándolo hacia las entrañas del edificio.
Stark apretó los dientes, los fluorescentes del
techo pasaron ante sus retinas, irradiando los pasillos
que hedían a cloroformo. Los sanitarios recorrieron
un largo corredor, luego giraron a la izquierda, tomando
una rampa descendente, llevándolo a una zona
del hospital que no conocía. Le costaba respirar,
estaba alterado, la emoción lo sorprendió,
no esperaba que pudiera actuar como una persona normal
ante el miedo a lo desconocido. Dorian intuía
que los anestesistas del centro, teniendo en cuenta
sus injertos biónicos, decidieron doblar la dosis
corriente, administrándole sedante suficiente
como para matar a cualquier otro. De aquella manera
castigaban su escasa cooperación, necesitaban
vengarse de su actitud inconformista, posiblemente pensarían
que era un estúpido ordenacentista, uno de tantos
que la Corporación esgrimía entre sus
filas. Nada más lejos de la realidad, el alemán
se consideraba independiente, no le debía respeto
a nadie, no iba a ponérselo fácil a los
especialistas que querían lavarle el cerebro.
La Schneider velaba por sus intereses, deseaba mantener
a sus tropas bajo control, Stark sabía secretos
que en caso de salir a la luz pública, en cualquier
informativo televisivo, derrumbarían su casa.
El Borrado de Memoria era una manera de silenciarlo,
no lo hacían por su propio bien, sino para controlarlo,
el departamento se guardaba las espaldas. La ausencia
de gente lo reconfortaba, no le apetecía que
nadie conocido le reconociera, el hospital era una estación
de paso, un purgatorio para los desgraciados que no
sabían satisfacer las exigencias de la Corporación.
Los sanitarios doblaron en sentido
contrario, avanzando por una galería con forma
tubular, similar a los pasadizos de una nave espacial.
La blancura de las paredes agobió su visión,
no se adaptaba al aséptico ambiente de la clínica,
prefería la desolación del exterior, por
lo menos no trucaba el presente con paliativos. Un nudo
comprimía su vientre y el corazón embestía
contra las costillas. Dorian añoró el
desahogo de los estimulantes, hubieran calmado su sistema
nervioso.
Metódico, rememoró la
secuencia de los triángulos de anfetamina: excitación,
euforia, percepción amplificada, sequedad de
garganta, sudores fríos, deseos de comunicación,
deshidratación corporal, acrecentamiento los
sentidos. Narcotizado, olvidaba el dolor producido por
los trasplantes, actuaba como persona, distanciándose
del demonio insensible que habitaba en su interior.
La cresta de la droga suprimía los problemas
de su cabeza, apartándolos en un rincón
de su subconsciente, esperando el momento adecuado de
volver a la carga, para destruir su frágil autoestima.
El alemán comprendía
que la sumisión a la adicción arruinaba
su talento como individuo, quemando su mente, degenerando
su cuerpo durante el proceso. No podía renunciar
a los estimulantes, las últimas semanas fueron
insufribles, apenas logró controlar sus contriciones;
su conciencia no le permitió una simple tregua.
Finalmente, llegaron a su destino,
penetrando en el bioquirófano. Los androides
lo abandonaron, sin molestarse en despedirse de los
neurocirujanos, dejando la camilla en un costado de
la habitación. La sala de operaciones llenó
sus sentidos: mesa plateada de cirugía industrial,
lámparas halógenas de manufactura europea,
moderno instrumental quirúrgico, consolas de
manutención, brillantes paredes azul cobalto.
Dorian ahogó el terror que inundó su corazón
y apretó las uñas contra las palmas: cuatro
heridas se formaron sobre su carne.
Tranquilo, meditó.
No es la primera vez que paso por esto.
Los ayudantes lo depositaron sobre
la mesa, vestían batas grises, que los confundían
con los aparatos circundantes, moviéndolo con
helada autoridad. Un doctor apretó el visor ovalado
de treinta aumentos en torno a su cabeza, el mono color
rojo chillón lastimó los ojos del alemán,
otro empolvó sus manos con talco, antes de ponerse
los guantes de plástico. Todos parecían
tranquilos, estaban acostumbrados a aquella clase de
operaciones. La seguridad de los cuatro hombres no le
aportó alivio, recelaba de sus intenciones. El
asistente de su diestra levantó un casco orgánico,
una marea de cables colgaba de la parte posterior, ajustándolo
sobre su cabeza, los laterales se adaptaron a los bordes
de su cráneo a la perfección.
-He de hacerle unas preguntas,
sargento -el neurocirujano jefe se inclinó
sobre su pecho-. ¿Podrá contestarlas
sin dar problemas?
El Agente Ejecutor pasó por
alto la burlona cuestión:
-¿Esto me dolerá?
-No, sargento.
-¿Qué vais a hacerme?
-Una limpieza neuronal, señor
-intervino el segundo médico-. Tiene
demasiada información innecesaria en el cerebro.
A Stark no le gustó su tono
condescendiente:
-Menos bromas, amigo -amenazó-.
Tengo más influencias en el departamento de las
que crees.
Un pinchazo recorrió su antebrazo,
por el rabillo del ojo vió como un segundo vaciaba
una hipodérmica, no le agradaba que volvieran
a administrarle un calmante.
-Tiene las pulsaciones por la
estratosfera, señor -explicó el
neurocirujano con cinismo-. Mi ayudante le ha
administrado un sedante. Le hará sentir relajado.
-No quiero relajarme.
Su bravata levantó sonrisas
despectivas, estaba indefenso, podían hacerle
lo que quisieran.
-¿Nombre?
-¿No lo sabe?
-Nombre, sargento -repitió,
impaciente.
-Dorian Stark.
-¿Rango?
-Sargento de la Orden de los
Centinelas.
-¿Número?
-¿De implantes cibernéticos?
-inquirió con sarcasmo.
El médico estaba apunto de
salir de sus casillas.
-De serie, señor.
-89.676.817.
-¿Injertos mecánicos?
-Cuatro.
-¿Superior inmediato?
-Comandante Aries.
-¿Ultima misión?
-Vancouver, Canadá.
-¿Familiares inmediatos?
-Ninguno.
-¿Cónyuge?
-Ninguno.
Le costaba enfocar la mirada, sus orbitas
se balanceaban, apenas podía responderle al médico.
-¿Por qué me pregunta
todo esto?
-Para distraerle, sargento.
Los pacientes se tranquilizan al hablar sobre sí
mismos. No es necesario que le comente que la OC nos
envió sus datos semanas antes de que ingresara.
-Estupendo.
Nessa tuvo la oportunidad de conocer
las mejores facetas de su personalidad, Dorian abrió
su alma al cien por cien, no quiso ocultarle nada. Su
sinceridad fue un fracaso, sus emociones no fueron tomadas
en cuenta, sólo quedaba un gusto amargo en el
fondo de su garganta, la pérdida no era fácil
de aceptar. Discernía que no volvería
a experimentar lo mismo, la pasión adolescente
que le hizo amar a la mujer se desvaneció, era
un iluso pensando algún día pudiese recuperarla.
Envejecer no significaba ninguna salida, todo lo contrario,
afianzó sus temores, obligándolo a subsistir
gracias a los recuerdos que repudiaba; el presente era
demasiado extraño para afrontarlo de otra forma.
Los vivos no deben amar a los muertos,
pensó. ¿Cuándo lo aprenderé?
Invocar a la cyborg le producía
tristeza, no podía hacerse la idea de que todo
estuvo condenado, Nessa arruinó los seis años
compartidos cruelmente, aniquilando sus posibilidades
de redención. Por otro lado, el alemán
estaba estancado, no podía evolucionar de aquel
punto muerto, no tenía nada a lo que sostenerse.
Términos, recuerdos insondables, promesas que
no iba a romper, las máquinas merecían
su desprecio, ni más ni menos. Quererla fue un
arma de doble filo: lo salvó de sí mismo,
antes de hundirlo en la basura, no era capaz de salir
del abismo donde naufraga desde hacía más
de una década. Se aborrecía, jamás
podría librarse de los lienzos del pasado, la
desesperación era imposible de afrontar con ecuanimidad.
Dorian evocó noches desvelado, insomne por la
descarga de los estimulantes, mientras las paredes de
cualquier apartamento anónimo se arrojaban sobre
su cuerpo, deseando arrancarle el alma. ¿De qué
le servía autodestruirse? Haciéndolo no
aprendía nada, no tendría mejor conocimiento
de sí mismo, únicamente reiteraba lo que
sabía por experiencia propia. Tampoco maduró
como individuo, las misiones encargadas por Aries lo
distanciaban de su monotonía, las horas libres
constituían un suplicio, una carga sobre su mente
perturbada. ¿Cuántos soldados habrían
pasado por aquella sala de operaciones? Stark sospechaba
que no era el primero en hacerlo, se había convertido
en una pieza de ajedrez, otra ficha del inmenso tablero
de la Schneider. El bioquirófano le producía
claustrofobia, los uniformes de los médicos lo
trastornaban, comprimiendo su autocontrol como un puño
invisible. ¿Perdía el dominio de su memoria?
Debía contenerse, los neurocirujanos podían
torturarlo con sus experimentos; estaba cansado de las
abominaciones que practicaban sobre su persona. El alemán
examinó su interior, buscando energías;
no iba a mostrarles su indecisión, sería
un bloque de hielo. Sintió frío, el sudor
del miedo lo estremeció, una estría recorrió
su frente y bajó por su mejilla recién
afeitada. Mientras se quedaba dormido, Dorian pensó
que el Borrado de Memoria podía extirparle los
secretos que albergaba en su interior. Sus superiores
lo ejecutarían si descubrían lo de la
cyborg: relacionarse sexualmente con máquinas
estaba penalizado con la muerte, no hacía falta
ser un genio para averiguar lo que le sucedería.
Un láser llenó sus retinas, el casco zumbaba,
los colores brillaron: rojo, verde, azul, blanco, negro,
rojo, verde, azul, blanco, negro. El tiempo se ralentizó,
la realidad sucedía a cámara lenta, las
voces de los médicos eran un eco que reverberaba
contra los muros de su cráneo. Al final, el anhelo
de permanecer despierto se desvaneció, la negrura
devoró su memoria y los recuerdos anegaron su
mente…
2
SOLEDAD
Stark se asomó a la ventana,
el patio estaba tranquilo, sus compañeros habían
ido a la Galería Virtual , estaría aislado
durante horas, tenía la tarde libre por delante.
Complacido, se sentó sobre la mesa, cogiendo
el libro que había robado de la biblioteca, pendiente
de la puerta; sería castigado si descubrían
lo que había hecho. El aula vacía no le
gustaba, le recordaba el trato despiadado de sus tutores,
era infeliz entre sus muros decorados con posters elaborados
por los propios alumnos. Dorian estudió la estancia:
pizarra de cincuenta pulgadas, pupitre elevado sobre
los estudiantes, mesas con viejos ordenadores Philips,
incómodas sillas de tres patas. El sistema educativo
era una farsa, coaccionaba su libertad como individuo,
negarlo sería una mentira.
Mañana tengo un examen,
pensó. No me apetece estudiar.
No le agradaban las responsabilidades,
prefería estar en su propio mundo, lejos de la
realidad del centro. Dorian avanzó a la página
cincuenta, hojeando distraídamente el volumen,
repasando las frases que había marcado con un
rotulador fluorescente. Imaginativo, pensó en
el hombre que escribió aquella obra, viéndolo
delante de una arcaica máquina de escribir del
Siglo XX, plasmando una crítica mortal hacia
su propio país. Como comprobaba, los directores
no incitaban a que los estudiantes se aficionaran a
la literatura, preferían que perdieran el tiempo
con pasatiempos estúpidos; pensar no era bien
visto en aquel lugar. Leer aplacaba su soledad, no tenía
amigos, los demás niños lo rechazaban;
ser distinto no era fácil de llevar. En realidad,
le daba igual ser un bicho raro, prefería el
aislamiento que compartir su valioso tiempo con sus
compañeros, no le apetecía perder saliva
con gente insignificante. Apretando los labios, volvió
a las páginas amarillentas, le agradaba el olor
a humedad latente que desprendían, lo reconfortaba
en un mundo de dobles apariencias. Precavido, apagó
las luces del aula, no quería que lo localizaran,
no le apetecía darle explicaciones a nadie. Stark
regresó al libro, murmurando en voz alta las
palabras que leía: disfrutaba con la cadencia
de las frases.
«Pero quien expresa ese pensamiento
que realmente flota de modo continuo en el aire de Salzburgo,
lo mismo que cuando expresa otros pensamientos, igualmente
peligrosos, que flotan en el aire, es tenido por necio,
como es tenido por necio siempre todo el que expresa
lo que piensa y siente.»
Un sonido indeterminado interrumpió
su atención. Molesto, se asomó a la ventana,
estudiando la cancha de baloncesto situada debajo del
aula, sin ver ningún rostro conocido. Se encontraba
turbado, algo no marchaba bien, los de tercero no estaban
disputando el partido habitual de la tarde contra los
de cuarto, no encajaba dentro de las normas del centro.
Encogiendo los hombros, no le dio importancia al tema,
era un alivio no soportar a sus compañeros, odiaba
sus aullidos de victoria cada vez que encestaban la
maldita pelota. Con los ojos cerrados, reflexionó
sobre lo leído, dando la razón al escritor.
No podía decir lo que realmente pensaba, tenía
que fingir ante los demás, aparentando ser otra
persona, o sería rechazado por la masa. Una impresión
de abatimiento llenó su interior, quería
marcharse del orfanato, empezar en otra parte, no se
encontraba a gusto en aquella prisión de bordes
invisibles. El Gobierno Alemán se ocupaba de
su persona, ser huérfano tenía ciertas
ventajas, en las calles desaparecería rápidamente;
sabía por los informativos que los traficantes
de órganos humanos eliminaban a los niños
para venderlos a las clínicas de mercado negro.
Atrapado, no podía huir a ninguna parte, la única
opción consistía en ingresar en el Ejército
antes de cumplir los dieciocho, pero los militares le
producían escalofríos, le parecían
seres tan enfermizos como sus profesores.
Ten paciencia, pensó. Dentro
de poco tendrás quince.
¿Dónde estaría
su madre? Forzando su memoria, recordó la cara
cansada de una joven sobre su cuerpo, acariciándole
los cabellos con ternura y haciéndole cosquillas
debajo de la planta de los pies. Sus ojos irradiaban
afecto, emoción que las institutrices del centro
eran incapaces de experimentar, éstas actuaban
como autómatas, insensibles bajo el peso del
reglamento. Por las noches, escuchando la respiración
de sus camaradas de cuarto, era incapaz de conciliar
el sueño, mientras pensaba en los motivos que
la obligaron a abandonarlo en el centro. Dorian discernía
que no le quedó otro remedio que hacerlo, sabía
que su madre lo amaba, no tenía ninguna duda
al respecto. ¿Quién sería su padre?
¿Dónde estaba su familia? ¿Qué
habría sido de ella? Nunca tendría respuestas
a sus incógnitas, estaba solo, tendría
que adaptarse a la idea si no quería volverse
loco. La ciudad era un caos, para ser libre primero
tenía que abandonar Berlín, emigrar a
Japón, Estados Unidos, o cualquier superpotencia
lejos de Europa, que agonizaba bajo su propio peso.
Escondió el libro en su pupitre
y estudió las refinerías delineadas en
el horizonte, no se encontraba con ánimos de
continuar, fascinado por el resplandor de las llamaradas
que vomitaban las fumarolas, encendiendo el cielo enrojecido.
Con un suspiro, abandonó la estancia y cruzó
los pasillos pintados de blanco, con las manos hundidas
en los bolsillos. Múltiples ideas divagaban en
su interior, cuestiones que crecían sin cesar,
haciendo que el presente fuera una madeja, una trampa
de bordes cromados donde se debatía inútilmente.
Doblando a la derecha, descendió por una rampa,
y pasó de largo el comedor principal, donde los
de quinto realizaban una cena temprana. Por accidente,
se encontró con un compañero de habitación;
éste no se molestó en saludarlo, aquel
imbécil era uno de los alumnos preferidos del
director, un empollón de la peor especie. Sin
darle importancia al incidente, atravesó la salida
y emergió al patio exterior. Unas muchachas lo
miraron desde un banco, riendo y susurrando estúpidamente
entre ellas, y lo señalaron de refilón.
Asqueado, las observó con desprecio, haciéndoles
un corte de mangas. Se encontraba de mal humor, la mediocridad
que lo rodeaba le crispaba los nervios: tenía
que haberse quedado en el aula. Era demasiado tarde
para cambiar de parecer, no le apetecía volver
sobre sus pasos, desandar el camino realizado era una
tontería.
¿Por qué no era como
los otros? Siempre había sido diferente, ignoraba
el porqué, por ello se protegía detrás
de una coraza, debía estar aislado de invasiones,
nadie tendría la oportunidad de herirlo. Escudado
en el silencio, sus ojos grises analizaban el mundo
fríamente, contemplándolo con desagrado.
Nada iba a cambiar: mantenerse al margen era la mejor
opción que podía asumir.
Stark se aproximó al aula de
astronomía, la puerta estaba abierta. Traspasó
las sombras de la entrada, apreciando los diversos globos
planetarios multicolores que irradiaban la estancia
con luces tenues. Fascinado, contempló el cinturón
de Orión, la Osa Menor , Pegaso, la Osa Mayor...
El Unicornio fulguraba. Extendió la mano izquierda,
acarició las líneas seudoholográficas,
notando la pulsación del campo de estática
bajo sus dedos. Una sonrisa iluminó sus rasgos,
un gesto desprovisto de amargura o cinismo, y olvidó
el cosmos del centro, prendido por el universo exterior,
imaginando naves interestelares atravesando el espacio
interminable. La Vía Láctea estaba representada
por una muestra tridimensional de baja frecuencia que
mostraba la cadena de planetas del sistema solar: Mercurio,
Venus, La Tierra , Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno,
y Plutón. Dorian había escuchado que la
colonización estelar no había llegado
más allá de Júpiter, el presupuesto
de las poderosas corporaciones que sometían el
planeta tenía un límite, las últimas
expediciones fueron un desastre económico, la
conquista de lo desconocido era una idea retrasada por
el momento. Aquel recinto era en el único donde
se encontraba a sus anchas, incluso disfrutaba con las
clases, los astros que flotaban en el infinito le proporcionaban
una esperanza de futuro.
Se giró a la izquierda, un
murmullo ahogado llegó a sus sentidos, haciendo
que subiera las defensas. ¿Qué estaba
pasando en el polideportivo? Con los puños cerrados,
salió del aula vacía, procurando no emitir
sonido alguno, con los cinco sentidos alerta. La cancha
de baloncesto se extendía ante su visión,
una corriente de aire meció las redes de las
canastas, una sensación de peligro flotaba en
el ambiente desolado. Stark franqueó la pista
desierta, aproximándose al edificio, midiendo
sus actos. Identificó los ruidos, eran risas
llenas de crueldad, las mismas que sonaban cuando los
de los cursos superiores abusaban de los pequeños,
usando su predominio físico para humillarlos
sin miramientos. Las cristaleras reflejaban los haces
del sol, la disposición del polideportivo no
presagiaba nada bueno, los bordes del edificio parecían
protestar en silencio.
Ve con cuidado, pensó. Puedes
buscarte un problema.
La entrada estaba cerrada desde dentro,
Dorian circundó la estructura ovalada, buscando
otra manera de acceder, sin perder de vista su espalda:
cualquiera podía atacarle desde atrás.
Tenía que llamar a alguna de las institutrices,
pero no le apetecía hacerlo, aquellas cretinas
no le harían caso, la opinión de un crío
les traía sin cuidado. Un charco de aceite formaba
un arco iris desigual sobre el suelo. Eludiendo el condensador
eléctrico, buscó la reja de ventilación
averiada descubierta durante sus paseos; nadie se había
molestado en repararla. Agachándose, reptó
sobre los codos, el hedor de los vestuarios cubrió
su olfato, haciendo que apresurara sus movimientos.
Poco a poco, se arrastró por un estrecho túnel
ascendente picado por la humedad, sus pupilas se adaptaron
a la oscuridad, percibiendo unos barrotes al final del
camino. Una rata le rozó la rodilla, Stark pasó
por alto sus ojos maliciosos, tanteando la oscuridad
con las manos sucias de grasa. Una exclamación
llegó a sus oídos:
-¡Tápale la boca!
A contraluz, entre la blancura de
las duchas, media docena de alumnos hacía un
corro en torno a una chica. Una flema atascó
su garganta, los de cuarto violaban a una muchacha con
sadismo, turnándose cada vez que terminaban.
La cara de la joven estaba oculta por sus cabellos,
no se molestaba en ofrecer resistencia, sus piernas
desmadejadas rodeaban las caderas de su agresor, las
nalgas velludas se contraían encima del cuerpo
indefenso. Una cólera asfixiante lo inundó,
sus nudillos se tornaron blancos, apretó los
dientes con fuerza y controló los violentos latidos
de su corazón.
-Termina pronto, Peter -masculló
la misma voz de antes-. No tenemos todo el puto
día.
Rápidamente, grabó al
muchacho en su cabeza: miembros nudosos, metro ochenta
de altura, rostro inhumano cubierto de acné,
manos ásperas. Lanzando un gemido, su colega
se convulsionó sobre la chica, apretando uno
de sus senos con la mano, lastimando la piel blanquecina.
Sin transición otro tomó el relevo, levantando
sus piernas y colocó los tobillos de la chica
sobre los hombros. Lágrimas de cólera
mancharon el rostro de Stark. Una nube de sangre cubrió
sus párpados: quería saltar entre ellos,
destrozarlos a golpes. Era incapaz de resistir aquella
escena macabra, abandonó su escondite en silencio
y salió del polideportivo.
Anochecía, las primeras estrellas
despuntaban en el cielo gris, convirtiendo la bóveda
celeste en una miríada de puntos palpitantes.
La tensión lo hizo romper en un sollozo estrangulado,
no podía creer lo que había visto hacía
escasos minutos, que barrió su pesar como una
corriente de espuma, desahogándolo. Después
de diez minutos, se encontró recuperado, el nerviosismo
desapareció, delegado a un segundo plano por
una rabia terrible. Paciente, esperó oculto en
la oscuridad a que los muchachos salieran al exterior,
calculando sus futuros movimientos. La imagen de la
chica regresó a su memoria, haciendo que su determinación
no flaqueara, barriendo el miedo de raíz. Después
de una eternidad, los de cuarto abandonaron el recinto,
soltando chistes groseros, satisfechos por lo que habían
hecho. Stark entró en el polideportivo, pasó
un pasillo descendente y llegó a las duchas masculinas.
La muchacha lloraba hecha un ovillo, sin preocuparse
en cubrir su desnudez, apretándose la cabeza
con las manos.
-¿Estás bien?
Ella lanzó un respingo, retrocediendo,
chocando contra la pared: no tenía a dónde
huir.
-No te haré daño
-Intentó tranquilizarla-. He visto
lo que estos bastardos te han hecho.
No podía responder, un terror
animal cubría sus ojos, para ella todos eran
enemigos, un hilo de sangre resaltaba entre sus muslos
pálidos.
-¿Vas a denunciarlos
al director?
-No -su tono fue un susurro
tembloroso.
-¿Por qué?
-Si hablo le harán lo
mismo a mi hermana.
-No te preocupes -prometió-.
No volverán a molestarte.
Sin mirar atrás, abandonó
el edificio, dirigiéndose al centro, con la mente
llena de ideas asesinas. Su rostro se convirtió
en una máscara, las mejillas se delinearon sobre
su piel, la furia pulsaba en su interior, templando
sus músculos. Cruzó delante de las aulas,
caminando con lentitud, en dirección a la Galería
Virtual, donde encontraría a su objetivo con
toda seguridad. Al llegar, se detuvo en la puerta y
estudió el interior: los de cuarto jugaban masacrando
al pelotón de zombis que los atacaban con sus
pistolas, sin percatarse de la pequeña figura
que les prestaba atención. Stark se sentó
en una máquina de coches, pendiente de las conversaciones
del grupo, eligió un moderno Ferrari color negro,
y empezó la carrera por una pista cubierta de
lluvia.
-A la derecha, Peter... ¡Ten
cuidado!
-¡Agáchate, idiota!
-¡Recarga! ¡Recarga!
¡Te has quedado sin balas!
Durante media hora, compitió
ganando cinco carreras de tres vueltas, esquivando los
obstáculos, apretando el volante con todas sus
fuerzas. Sin percibirlo, superó su propio record,
la revelación no le causó ninguna alegría;
las piernas veladas de la chica llenaban sus retinas.
Una de las institutrices entró en la estancia,
la cena estaba preparada, ordenando secamente que dejaran
los juegos. Dorian no se molestó en guardar la
partida, esperó a que los muchachos decidieran
ir a sus habitaciones, siguiéndolos con calculada
indiferencia.
-Nos vemos luego -dijo
el cabecilla.
Sus compañeros desaparecieron,
marchando a sus propios cuartos, estaban solos. Stark
aceleró el paso, procurando pasar desapercibido,
aquella ala del edificio pertenecía al grupo
de los adultos, no tenía que estar allí,
las normas del centro lo impedían. El chico entró
en su cuarto, silbaba una melodía de alguna canción
pop de moda, ajeno al peligro que corría. Dorian
se aproximó a la puerta, pegó la oreja
sobre la madera artificial, y esperó a que su
objetivo entrara en la ducha: era obligatorio asearse
antes de bajar al comedor. Sistemáticamente,
adivinó el momento oportuno para actuar; entró
en la desordenada habitación y cerró la
puerta detrás de su espalda. El agua chocaba
contra las paredes de cristal de la ducha. Salvó
las prendas tiradas, con una mueca cruel en los rasgos
afilados y llegó al baño pintado de blanco.
Dorian atacó, abalanzándose sobre el muchacho,
estallándole la cabeza contra la pared. El cuerpo
rebotó por la fuerza del impacto, un gemido salió
de los labios del chico, una estela rojiza salpicó
los azulejos impolutos. Agarró el cable de la
ducha, se lo pasó por el cuello, estrangulándolo.
El muchacho intentó oponerse, Stark apretó
el lazo de manera despiadada, plantándole la
rodilla entre los omoplatos, empujando su espalda hacia
abajo. El rostro del muchacho se volvió azul,
la lengua escapó de su boca, y sucumbió
con un estertor sofocado. Con una mueca de asco, Dorian
soltó el cadáver, no experimentaba ningún
tipo de remordimiento por lo que había hecho:
aquel idiota se lo había buscado.
-Púdrete -masculló-.
Te lo merecías.
El agua corría por la ducha,
la imagen retorcida del chico le daba ganas de vomitar,
únicamente sentía desprecio por él,
su sed de sangre estaba apagada, había encontrado
la manera perfecta de aplacarla.
Treinta minutos más tarde,
cenaba en un costado del comedor, estudiando fríamente
a sus compañeros, imbuido en una confianza que
no había experimentado antes. No los necesitaba,
era mucho más fuerte que ellos, ninguno podría
quebrantar su espíritu, estaba por encima de
la sociedad. La comida le pareció espantosa,
los alimentos sabían a plástico, dudaba
que los directores del centro cenaran aquella bazofia:
la diferencia de clases continuaba en alza. Ahora era
consciente del poder que dormitaba en su interior, no
volvería a ser maltratado por nadie, sus tutores
no aniquilarían su personalidad, el asesinato
cometido le había abierto los ojos. Meditabundo,
Stark pensó que la injusticia debía ser
erradicada de la misma manera, exterminada de raíz
de ser necesario, nadie tenía el derecho de maltratar
a los débiles, aquellos que se atrevieran a hacerlo
merecían la muerte. Con una sonrisa mordaz, contempló
como los compañeros del muchacho lanzaban miradas
a la puerta, preocupados por su repentina ausencia,
discutiendo entre ellos con creciente nerviosismo. Dorian
recordaba sus rostros a la perfección, nunca
los olvidaría, los exterminaría uno detrás
de otro, ninguno escaparía de su venganza. Dejando
el plato lleno, se levantó e ignoró el
gesto enfadado de la institutriz.
-No ha terminado su cena, joven.
-Es una porquería -escupió
el alemán-. Termínela usted si quiere.
Continuará...
publicado en octubre de
2008
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