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Hologramas (2ª parte) Más sobre Alexis Brito Delgado

III

HUGO

 

El alemán analizó a los contrincantes. Ambos realizaban círculos sobre el tatami de espuma sintética y medían la fuerza de su adversario, buscando puntos débiles en la guardia del otro. Uno de ellos atacó, lanzando una patada que alcanzó el costado de su rival. Éste encajó el impacto, apresó su pierna y descargó el puño tres veces seguidas, derribándolo por tierra sin aire en los pulmones. El Maestro Takeshi detuvo la pelea con un gruñido gutural, rompió su actitud de árbitro y avanzó hasta el centro del Tatami.

-Nunca bajéis la guardia -masculló secamente-. James utilizó una estrategia. Lanzó un golpe fácil de parar destinado a romper la defensa de Paul.

Stark volvió la mirada, lo que contaba el Instructor de la OC no le interesaba. Le tocaba combatir en breve; su adversario estaba sentado a su izquierda, a tres filas de distancia, con las palmas de las manos sobre las rodillas flexionadas.

-A la hora de detener una patada -continuó Takeshi-. Lo mejor que puede hacerse es bloquearla o esquivarla. Agarrarla es un suicidio. Todos habéis visto los resultados.

Dorian estudió a Hugo Müller. El gigante era implacable, rara vez perdía en los entrenamientos, era el mejor de la promoción, no sería fácil derrotarlo. Los aspirantes volvieron a tomar posiciones, subieron la guardia, afianzando los pies en el suelo. James atacó por la derecha, su mano extendida buscó la nuez de Paul, dispuesto a romperle el cuello. Su rival lo esquivó, se inclinó con las rodillas semiflexionadas y su codo izquierdo acertó en las costillas flotantes. James lanzó un gemido, buscando aire, retrocedió unos pasos y levantó las defensas. Paul intentó barrerlo sin éxito, James saltó sobre su pierna y lanzó una patada a la altura de su cabeza, rozando la mejilla de Paul. Nuevamente, ambos rotaron, transpirando con fuerza, sin perder de vista al contrario.

Paul es peligroso, meditó. Sabe resistir la presión.


Stark tenía razón, Paul iba ganando ventaja, agotando a James, parando sus embestidas, sin molestarse en contraatacar. El Maestro Takeshi parecía una estatua de piedra, su rostro oriental no reflejaba ninguna emoción, la cicatriz distorsionada que recorría el pómulo hasta la barbilla brillaba como un Kurumaken. Dorian se preguntó si los rumores serían ciertos, en el departamento corrían historias sobre el instructor: relatos de violencia difíciles de asimilar, traiciones a colaboradores por un ascenso, luchas internas contra superiores ávidos de poder. Takeshi no hizo ningún ademán por interrumpir la pelea, prefería ser un observador, estudiando los puntos débiles de los aspirantes a Agentes Ejecutores. Bruscamente, tal como había empezado, el combate terminó: James se retorcía en el suelo, Paul le había fracturado la rótula de un talonazo. Unos androides de enfermería se llevaron al herido, Paul había superado la prueba, ahora sólo le quedaba pasar los exámenes, balística entraba dentro de su especialidad, era el único que superaba al alemán en aquella materia por escasas décimas. Stark exhaló una bocanada de aire, ahora era su turno, debía dar lo mejor de sí mismo, derrotar a Müller como mejor pudiera. Las paredes blancas del gimnasio se estrecharon sobre su figura, los fluorescentes amarillentos instalados en el techo molestaron sus retinas, le desagradaban las luces brillantes, prefería la penumbra, o mejor aún, la negrura absoluta. El alemán sabía que el Maestro Takeshi era inflexible, los soldados entrenados bajo su mano solían ser los mejores de la Schneider , la derrota sólo era válida para los fracasados: la dureza era imprescindible para crear máquinas de guerra. Los últimos seis meses fueron un infierno que pusieron a prueba su temple, le había costado superar los despiadados entrenamientos físicos de Takeshi, varios de sus compañeros resultaron lesionados, otros abandonaron la OC a mitad de curso, sólo quedaban treinta alumnos de los cien que se presentaron el año pasado.

Stark se dirigió al tatami, sus pies descalzos se adaptaron a la superficie resbaladiza, serenando el nerviosismo que llenaba su interior. Odiaba ser observado, ahora era el centro de atención de la clase, podía adivinar lo que pensaban, sus camaradas lo compadecían por tener que enfrentarse a Müller.

Malditos hipócritas, pensó. No tenéis agallas.

Interiormente, repudiaba a sus compañeros, como era habitual no encajaba con los demás, seguía aislado en su mundo, incapaz de integrarse con la raza humana, igual que de niño. Hugo se cuadró delante del alemán, el hombretón sacaba una cabeza a Stark, su cuerpo musculoso de dos metros de altura parecía relajado, sus ojos oscuros no revelaban ninguna emoción. Takeshi se situó entre ambos, con la rodilla adelantada y alzó el brazo con la palma abierta: la lucha iba a empezar.

-Sois los mejores de la promoción -susurró-. Dadme motivos para sentirme orgulloso.

El instructor dejó caer la mano, los dos se saludaron sin apartar la mirada, entablando posturas defensivas, calculando la guardia del contrario. Ágilmente, Müller embistió a Stark, el puñetazo se hundió en su esternón e hizo que retrocediera. Dorian resistió el dolor, girando alrededor de su adversario, deslizándose sin emitir sonido sobre la espuma sintética. Hugo lanzó una patada, el alemán la paró con la rodilla derecha y atacó simultáneamente por la izquierda, con los dedos de la zurda extendidos. Müller se inclinó y evitó la agresión, efectuando una llave de kárate que lo arrojó de lado contra el suelo: el impacto recorrió su cuerpo de la cabeza a los pies. Dolorido, Stark rodó sobre su figura, la rodilla de su contrincante se hundió en el lugar donde había estado unos segundos antes. Mientras se incorporaba, Hugo lo alcanzó en la cara con el empeine. Un zumbido sacudió su cabeza, mil estrellas brillaron ante sus ojos, el sabor de la sangre cubrió su boca. Takeshi no paró el combate, se mantenía de forma deliberada al margen de los acontecimientos, analizando la estratagema que utilizaba el alemán. Dorian sangraba, sus labios destrozados levantaron susurros excitados, sus compañeros no apostaban por su persona, para ellos estaba perdido. Stark encajó tres ataques consecutivos, un camarada apartó la vista, la sangre manchó el tatami, trazando un arabesco carmesí de bordes irregulares. Müller continuó castigando al alemán, sacudiendo su estómago con terribles rodillazos que hubieran hecho vomitar a cualquiera. Vacilando, Dorian retrocedió con un corte en la ceja y subió los brazos a la altura del mentón, debilitado por el castigo de su oponente. Hugo sorteó un talonazo y descargó el codo sobre pómulo del alemán, que se derrumbó como un saco roto. Müller vaciló, indeciso, no comprendía cómo Stark podía continuar el combate, parecía inmune al sufrimiento físico, era la primera vez que aquello le sucedía. Irritado, Hugo murmuró por lo bajo, apretando los enormes puños:

-¡Ríndete, idiota! -gruñó-. ¡O terminaré matándote!

 

Dorian se incorporó, una sonrisa sangrienta brilló en su boca, sin molestarse en replicar, alzando la guardia. El Maestro Takeshi unió las manos detrás de la espalda con una mirada de interés, disfrutaba con la pelea, satisfecho por lo que estaba contemplando. Hugo atacó al alemán con todas sus fuerzas, su diestra cruzó el aire, dispuesta a romperle la nuez de Adán. Stark bloqueó el puño, haciendo palanca con todo su cuerpo lo levantó por encima de su cabeza, derrumbándolo sobre la espuma sintética. Antes de que pudiera reaccionar, Müller sintió las piernas de Dorian alrededor de su cuello, atrapándolo con una presa de hierro. Desesperado, Hugo intentó escapar, revolviéndose frenéticamente, golpeando el vientre de su rival. Impertérrito, Stark mantuvo su posición, aumentando la potencia de la llave, ahogando al gigante entre sus muslos. Lentamente, Müller perdió aliento, su rostro enrojeció, debilitándose por momentos, luchando por respirar. Con un último esfuerzo, Dorian lo obligó a desvanecerse, utilizó las reservas de energía que le quedaban, llevando su cuerpo al límite de su resistencia. Mareado, se puso en pie, le temblaban las piernas. Su estrategia había funcionado.

-Dorian hizo confiar a Hugo en su propia fuerza -explicó Takeshi a sus alumnos-. Resistió hasta el momento que su compañero lo consideró vencido. Esperó a que bajara la guardia para atacarle. Nunca confiéis en un enemigo por derrotado que parezca. Todos habéis visto las consecuencias.

 

Los enfermeros recogieron el cuerpo de Müller. Un androide auxilió a Stark a caminar hacia la enfermería, mientras otro limpiaba el tatami con un pulverizador líquido. Eufórico, el alemán disfrutó de la impresión de victoria que saturaba su interior, estaba preparado para convertirse en un Agente Ejecutor, había superado la prueba más difícil. Despreció las miradas admirativas de sus camaradas y adoptó su mutismo corriente: no permitiría que percibieran lo que le pasaba por la cabeza, al vencer a Hugo había demostrado ser el mejor soldado de la promoción.

 

***

 

Al día siguiente, Dorian entró en el comedor del centro, con el rostro vendado por compresas de gasa. Pasando por alto las felicitaciones de sus compañeros, esperó en la cola del servicio, con las manos en los bolsillos del mono gris de la OC. Ausente, se sirvió la comida en la bandeja con un cucharón: puré de patadas, coles, huevos cocidos, Knödel y carne de ternera. Con largas zancadas, fue al fondo de la estancia y tomó asiento en una mesa vacía, distanciando su persona de sus camaradas. Vorazmente, almorzó con la mirada posada sobre su comida, con la mente llena de pensamientos oscuros.

Nunca serán mis amigos, meditó. Me saludan porque tuve la suerte de ganar a Hugo. En caso contrario ni me mirarían a la cara.

Tenía que andar con cuidado, pasar desapercibido, o terminaría con una puñalada traicionera en la espalda, no se fiaba de las buenas intenciones de sus supuestos colegas. No le apetecía ser el pivote de los comentarios, extrañaba el anonimato de costumbre, tendría que volver a ganarlo a pulso. El sonido de una silla le hizo alzar la vista. Müller se sentó delante del alemán, con una sonrisa burlona en la cara.

-¿Te importa que te acompañe?

-No.

Una corriente de afinidad recorrió la mesa, Stark no se sintió incómodo por su compañía, le sorprendía que el contrincante de la jornada anterior quisiera mantener una charla con él.

-Eres bueno -dijo Hugo-. Jamás me habían derrotado en una pelea limpia.

Dorian fue sarcástico:

-¡Qué honor!

-Al principio creí que eras un suicida. Luego cambié de opinión. Estás como una puta cabra.

El alemán sonrió torcidamente:

-No lo dudes.

Müller lanzó una carcajada.

-Tienes cojones. -Señaló con el tenedor hacia su espalda-. Esos capullos no hubieran aguantado una paliza con tal de ganarme.

-Les falta voluntad de sacrificio.

-¿Tanto te importa convertirte en un Agente Ejecutor?

-Sí.

Hugo frunció el entrecejo.

-¿Por qué?

-Es demasiado largo para contarlo.

-No me andes con evasivas, colega -sonrió-. Dime la verdad.

Dorian decidió ser directo.

-Creo que dará sentido a mi vida.

-¿Tan perdido te encuentras?

-Sí.

Durante un minuto guardaron silencio, terminaron el contenido de sus bandejas, disfrutando de la compañía del otro.

-No sueles relacionarte con nadie, ¿verdad?

-Sí.

-Eres un tipo raro, Dorian.

-No eres el primero que me lo dice.

-He estado preguntando por ti -confesó-. Todos te han puesto a parir.

-Ya lo sé.

-La gente piensa que eres un gilipollas.

Stark apartó los restos del almuerzo.

-Dime algo que no sepa, Hugo.

-Rebelde hasta el final, ¿eh?

-Siempre.

-Supongo que será tu estilo.

-Efectivamente.

Müller cambió la conversación.

-¿Cuándo tienes que examinarte?

-Mañana.

-¿Aprobarás?

-Sí.

-Eres arrogante -rió-. Me gusta.

-Practico mucho.

-Takeshi ha decidido que seamos compañeros.

Dorian ladeó la cabeza, interesado por la novedad, no se lo esperaba.

-¿Y eso?

-No has leído el parte, ¿verdad?

-Ni me molesté en mirarlo.

-Échale una ojeada. Nos trasladan a Los Ángeles el martes próximo. Ve preparando el equipaje.

-¿Hablas en serio?

-Claro.

Las piezas no encajaban.

-¿Por qué Takeshi no te ha eliminado?

Hugo bromeó.

-Contactos.

-Contactos -repitió Stark-. ¿Cómo lo has conseguido?

-Ya te lo he dicho.

-Magnífico.

-Podría ser peor, ¿sabes?

-Si tú lo dices...

 

***

 

Con una sonrisa, Hugo le pasó un cigarrillo de mercado negro al alemán y lanzó una bocanada de humo hacia el techo: espirales azuladas llenaron la estrecha habitación.

-¿Te he dicho que tengo una hermana?

-No. ¿Se parece a ti?

-No.

-La naturaleza es sabia.

Müller le golpeó el hombro amistosamente.

-Eres un capullo.

-Gracias. ¿Por qué no me la has presentado?

-Estudia en Viena. Quiere ser Técnica de Información. No la veo desde el año pasado.

-¿Qué edad tiene?

-Diecisiete.

-¿La echas de menos?

-De vez en cuando. Suelo llamarla una vez a la semana. Es un encanto. Algún día te la presentaré.

Dorian decidió picarlo.

-¿Quieres que salga con ella o qué?

-Ni de coña -rió-. Te rompería las piernas si le tiraras los tejos.

-Veo que confías en mí.

-Naturalmente -zumbó-. Mañana tienes cita con el loquero.

-No me lo recuerdes -gruñó-. La Schneider quiere lavarme el cerebro. Supongo que será el sistema operativo estándar.

-Sólo quieren comprobar si te falta algún tornillo.

Aquella medida no le convencía.

-Me parece insultante.

-Jódete. ¿Tienes algo que ocultar?

-Muchas cosas.

-No sé por qué te preocupa tanto el tema. Es un examen rutinario. Comprobarán que no te queda ninguna neurona sana después de la tunda que te di.

Stark fue mordaz:

-Te recuerdo que perdiste el combate, colega.

-¿Y eso importa?

-Para mí, bastante.

 

Interiormente, el alemán recelaba de los análisis psicológicos de la Schneider, le recordaban las desastrosas evaluaciones del orfanato. Los médicos terminarían por descubrir sus secretos, como que era una persona inestable, desencantada, inconformista, antisocial, y amargada por naturaleza. Temía que el veredicto perjudicara sus intereses, dudaba que la corporación lo admitiera entre sus filas, no era el prototipo de recluta que demandaban ni de lejos, perder el puesto a aquellas alturas era lo peor que podía pasarle, todos sus sacrificios no habrían servido de nada.

 

-¿Qué te parece Los Ángeles?

-Un lugar como cualquier otro.

-La imaginaba distinta -comentó Müller-. Es idéntica a Berlín.

-Es por las plantas petroquímicas. El nivel de polución ha aniquilado los bosques de la zona. Ahora sólo quedan rascacielos, grandes refinerías, delincuencia, desempleo...

Hugo soltó una risotada.

-Parece que te importa.

Dorian no hizo caso a su sarcasmo.

-Me preocupa el presente, Hugo. El mundo se va por el retrete sin que podamos evitarlo. La cibernización es más poderosa cada día. Los gobiernos son incapaces de erradicar el terrorismo industrial.

-Por ello hemos sido elegidos para eliminarlo.

-No creo que sea tan sencillo -suspiró-. Las máquinas no tienen nada que perder. Siempre habrá renegados en alguna parte.

Müller resopló:

-¿Por qué te planteas tanto las cosas?

-Nunca lo he sabido -Stark encogió los hombros.

-¿Te complace hacerlo?

-No.

-Buscas respuestas imposibles de conseguir, Dorian.

-No es cierto. -Apagó el Marlboro-. Quiero cambiar las cosas.

-Jamás lo conseguirás. Procura valorar el presente. Déjate de tonterías Freudianas. Comerte el coco no solucionará el ahora.

Guardando silencio, el alemán agradeció la presencia de su compañero, era la primera vez que tenía un amigo, la novedad lo desconcertaba, estaba acostumbrado a ser un paria, siempre había estado aislado.

-Puede que tengas razón.

Hugo se puso inesperadamente serio.

-¿Vas a decirme la verdad?

Stark enarcó las cejas interrogativamente.

-¿Sobre qué?

-¿Por qué decidiste entrar en la Orden de los Centinelas?

Dorian decidió sincerarse con su compañero.

-Mi madre me abandonó cuando era pequeño. Crecí en un orfanato de Berlín. Odiaba aquel lugar, los profesores eran escoria, los alumnos me daban ganas de suicidarme, las institutrices no servían para nada. A los quince decidí largarme de allí. Cuando eres menor de edad sólo tienes dos opciones...

Müller terminó la frase.

-El Ejército o una Casa Madre.

-Efectivamente.

Aquello dio pie a otra pregunta.

-¿Por qué no la vida militar?

-No me gusta el Ejército -explicó-. No quiero morir por alguna guerra estúpida que desencadene un gobierno corrupto ávido de poder. En su momento pensé que transformarme en Agente Ejecutor me libraría de luchar por una causa que no era la mía. ¿Me comprendes?

-A la perfección. Mi padre era un coronel retirado. Antes de ser asesinado me obligó a prometerle que jamás sería militar. Conocía el paño de memoria. Repudiaba a sus iguales con toda su alma.

Stark sonrió con tristeza:

-¿Cómo murió?

-Ambos fueron asesinados por un grupo de terroristas.

-Lo siento. ¿Fueron máquinas?

-No te preocupes -Hugo no dio importancia al tema-. Androides Alfa-12.

-Imaginaba que fueron máquinas.

Hugo comprobó la hora.

-Tengo que ir al gimnasio. -Torció el gesto-. Yudo.

-¡Qué asco!

-Me gusta el deporte. -Extendió los brazos musculosos-. Sirve para mantenerme en forma, ¿sabes?

-Prefiero leer.

-Gilipolleces -masculló Müller-. Como te pillen con un libro te caerá un paquete que te cagas.

-Me da igual. No estamos en la Edad Media. Lo superaré.

 

IVI

JOHN NEWTON

 

Abandonando la ducha, Stark cruzó el apartamento con pasos elásticos, e ignoró la vacuidad del hogar bañado por los reflejos de la megalópolis. Con determinación, encendió la luz del dormitorio y sacó un uniforme del armario, preparado para vestirse. El comandante Aries se había puesto en contacto con él aquella misma mañana, debía efectuar una misión de exterminio con su equipo Beta-3. Las órdenes recibidas por el videófono fueron precisas.

-Debe eliminar a John Newton -indicó su superior-. Nos hemos enterado de que ha llegado a Los Ángeles.

-¿Quién es nuestro hombre, señor?

-Es el presidente de la Corporación Newton , sargento -Aries fue cortante-. ¿En qué planeta vive usted?

Dorian procuró mostrarse condescendiente.

-No suelo ver los noticiarios de la televisión, señor.

-Debería atender al mundo real de vez en cuando, Stark.

Stark decidió detener el tema.

-Lo haré, señor. ¿Dónde puedo encontrar a mi objetivo?

-Nuestros Técnicos de Información han averiguado el rumbo que tomará su escolta, sargento. El cabo Paul Beta-3 tiene los datos que usted demanda.

El alemán desconfiaba de Aries.

-¿Por qué ha venido Newton a la ciudad?

-Eso no es asunto suyo, Stark -gruñó su superior-. Espero un informe antes de que termine el día.

-De acuerdo, señor.

 

Reluctante, se uniformó con la cabeza en otra parte: ropa interior, calcetines, pantalones con bolsillos a los lados, botas de combate de caña alta, camisa de kevlar, arnés con dos W-PPK, trinchera de cuero rusa. ¿Por qué la Schneider deseaba que aniquilara a los cyborgs de la Ford? Aquélla no era una de sus misiones habituales, debía quitar de en medio a pesos pesados, a seres más poderosos que los tecnoterroristas contra los que solía enfrentarse. La novedad lo excitaba, llevaba años sin cumplir una operación de aquella categoría, era la oportunidad de ascender por la que muchos oficiales darían el pellejo, cosa que de veras no le importaba. No le interesaba asumir responsabilidades dentro de la Orden de los Centinelas. El Agente Ejecutor comprobó los cargadores, amartilló sus armas, y las guardó en las fundas sobaqueras ocultables, comprobando que emergieran sin contratiempos.

Debes aparentar frialdad, pensó. Nadie debe sospechar lo vuestro.

Dentro de poco vería a Nessa. Stark extrañaba a la cyborg horriblemente, su vida estaba vacía sin su presencia, la demandaba demasiado para ser objetivo, no podía ser pragmático al respecto. Dorian no se quería plantear la dependencia psicológica que había desarrollado con aquella máquina, no era el momento adecuado para dar vueltas al asunto, podría influenciar la misión, debía actuar como un bloque de acero para triunfar donde otros fracasarían. Llevaba tres semanas sin realizar una operación de exterminio, deseando en secreto que sus superiores decidieran asignarle alguna, para poder encontrarse con la mujer que amaba con una intensidad que no alcanzaba a comprender. Sus anhelos habían sido satisfechos, ahora debía fingir delante de su unidad lo que resultaba evidente, serenar los latidos de su corazón cuando estuviera a su costado, respirando el aroma a flores que emanaba de su piel sintética. Stark suspiró, le desalentaba no poder estar con la mujer, el aislamiento era insufrible, apenas lograba soportar las horas muertas; sin Nessa nada tenía sentido a aquellas alturas. En la salida, observó su imagen en un espejo: cabellos rubios, helados ojos grises, pómulos marcados, labios apretados en una línea cortante. Un detalle lo obligó a sonreír con sequedad, sus sienes estaban teñidas de color plateado. Acababa de percibir que tenía canas, envejecía igual que el resto de los mortales.

Aún continúas vivo, meditó. Eso es lo único que importa.

 

***

 

A través del ventanal manchado de polvo, Dorian analizó la avenida desierta, estudiando los callejones secundarios. Los prismáticos de visión nocturna recorrieron la calle sin percibir la presencia de enemigos.

-¿Todo bien, señor?

-Perfecto, Paul. -Stark le entregó los gemelos-. ¿Dónde está el plano?

La máquina extendió la consola, un mapa bidimensional titiló en la penumbra, mostrando la zona entre sus márgenes amarillentos de baja frecuencia. El alemán señaló un punto en el holograma.

-¿Qué es esto?

-Un vertedero de coches usados, sargento.

-¿Has dispuesto alguna unidad allí?

-No, señor.

-Hazlo. No podemos fiarnos de que queden encerrados en nuestra trampa. Cualquier deslizador podría escapar de los misiles. En caso de hacerlo el depósito de chatarra sería la única opción que tendría para ocultarse.

-Sí, señor.

 

Ausente, el Agente Ejecutor revisó el plan ideado por Aries, su superior no había dejado cabos sueltos, debía admitir que era un buen estratega, lástima que no trabajaran codo a codo, le hubiera metido una bala de punta endurecida en la columna vertebral sin pensarlo dos veces. Volviéndose, Stark miró a su pelotón, vagamente asqueado al estar rodeado por sus antagonistas habituales, después de dos años aún le costaba admitir la presencia de las máquinas, las viejas fobias tardaban en desaparecer, restaban demasiados resentimientos en su interior para encontrarse cómodo ante los seres que rechazaba por naturaleza. Alzando los hombros, Dorian contempló a la cyborg, no era necesario que intercambiaran una palabra, sus ojos se encontraron en la penumbra, levantando chispas en sus corazones. Su imagen lo reconfortó, haciendo que olvidara los temores que atesoraba, encendiendo su ternura, emoción que raramente tenía la ocasión de experimentar. Indeciso, se aferró al sentimiento que llenaba su interior, nutriéndose con sus bordes aterciopelados, volvía a ser humano por completo. Nessa vestía un mono de poliéster negro que realzaba sus curvas turgentes, una ametralladora de calibre pesado descansaba en sus manos, las mismas que lo habían acariciado en la oscuridad, alejando las pesadillas que solían atormentarle durante las madrugadas en las que no lograba conseguir descanso. El alemán la deseó, anhelaba poseer su cuerpo, perderse entre sus brazos delicados, disfrutar del presente sin ningún tipo de reservas que le impidieran ser feliz.

 

Apartó sus pensamientos, se concentró en la tarea que lo aguardaba y descendió por las escaleras en espiral en dirección a la calle. La unidad Beta-3 siguió sus pasos, la cyborg andaba a su derecha, velando su sombra como un ángel intangible. Al llegar al vestíbulo, cruzó la estancia bordeada por columnas de hormigón, y ordenó con sequedad:

-Necesito dos unidades al final de la avenida. Que disparen a matar en caso de emergencia. Ninguno de los agentes de la Newton debe escapar, ¿entendido?

-Sí, señor -asintió Paul.

-¿Cuánto falta para que lleguen?

-Cinco minutos, sargento.

-Yo encabezaré el ataque -decidió-. ¿Dónde esta mi equipo?

-Espera vuestras indicaciones, señor.

-De acuerdo. Nos mantendremos en contacto por radio. Utilizaremos la frecuencia de banda corta. No quiero correr el riesgo de que nuestros objetivos puedan localizarnos.

 

El Agente Ejecutor salió al exterior, acompañado por un pelotón de seis máquinas, refugiándose en el portal de un rascacielos, con los cinco sentidos alerta. La presencia de la mujer lo tranquilizó, los edificios eran monolitos inundados por paneles publicitarios, que alcanzaban el límite del cielo contaminado por la polución de las fábricas cercanas. Dorian dudaba, algo no encajaba en sus planes, estaba seguro que la Schneider había comprado a alguien de confianza dentro de la Newton, era ilógico que los Técnicos de Información del departamento conocieran los secretos de sus rivales. Entornando los párpados, Stark vislumbró los vehículos blindados acercándose desde el extremo opuesto de la carretera: las carrocerías plateadas destellaron bajo de las luces cenitales de la ciudad. Con tranquilidad, empuñó una W-PPK con ambas manos, esperando a que el equipo de asalto entrara en acción. Le desagradaba eliminar a seres humanos, aquel no era su estilo, luego los remordimientos de conciencia eran aún peores, impidiéndole conciliar el sueño. Desgraciadamente, debía obedecer al comandante Aries le gustaran o no sus decisiones, era un esclavo de las ordenanzas. A través del audífono Hitachi, el alemán escuchó la voz del cabo:

-¿Atacamos, sargento?

-Esperad.

Dorian aguardó temerariamente a que la hilera de diez deslizadores urbanos cubriera la avenida, viendo desfilar los vehículos a menos de tres metros de distancia. Su índice rozó el gatillo del arma:

-¡Ahora!

Los deslizadores que encabezaban la marcha saltaron en pedazos, barridos por los misiles de cabeza buscadora activa, que destrozaron los blindajes de 10 mm, detonando con espantosas deflagraciones. La comitiva quedó atascada sin saber lo que sucedía. Desde todos los ángulos, una lluvia de plomo llovió sobre los vehículos y acribilló las orgullosas carrocerías. El lugar se convirtió en un infierno de fuego cruzado. Stark señaló a sus subordinados la limusina negra, probablemente Newton estaba dentro, indicándoles con la mano extendida que embistieran al deslizador. Los cinco cyborgs avanzaron con precaución, cubriéndose detrás de los vehículos estacionados en la calzada, respondiendo a los disparos de los agentes enemigos. Nessa chupó el lóbulo del alemán y murmuró maliciosamente ante su excitación:

-Ten cuidado, Dorian. -Sonrió-. Disparas mejor cuando no estás cachondo.

 

Ahogando los latidos de su sangre, el Agente Ejecutor abrió el cráneo de un soldado que saltaba de un Volkswagen, cubriendo el alquitrán manchado de aceite de materia encefálica. La mujer adelantó a Stark y agotó el tambor sobre el parabrisas de la limusina, astillando el cristal acorazado por dos partes distintas. Dorian posó una rodilla sobre la acera con el arma a la altura del mentón, otro agente brincó con un estertor ahogado, la bala le había perforado el estómago, fragmentándole la columna al salirle por detrás. Rápidamente, se aproximaron al deslizador, eliminando a los antagonistas que se les estorbaban el paso.

Demasiado fácil, reflexionó. Dudo que Newton no tomara precauciones.

Receloso, Stark aminoró de velocidad, cambió el cargador vacío de la W-PPK, se inclinó detrás de un vehículo, y analizó la escena con ojos impávidos. La matanza le produjo náuseas, las tropas de Newton no merecían morir de manera tan despiadada, su unidad se encargaba de masacrarlos sin piedad, baleándolos a conciencia desde sus refugios. El alemán ignoró sus contriciones. La cyborg estaba herida: un proyectil había perforado su cadera izquierda de lado a lado. De un salto, se arrodilló ante ella y comprobó el alcance de la lesión: la carne artificial chisporroteaba.

-¿Estás bien, Nessa?

La mujer encajó los dientes.

-Sí.

-¿Quién ha sido?

-El deslizador de la derecha.

Furioso, Stark giró la cabeza, un lanzagranadas los apuntaba desde el Volkswagen. Un cyborg se interpuso delante de la detonación, su anatomía quedó convertida en un montón de chatarra. La onda expansiva los barrió de la carretera. El Agente Ejecutor sacudió el cráneo, magullado, de no haber sido por las placas de blindaje de la gabardina ambos estarían muertos. Temblando, se incorporó con las piernas débiles y se quitó la trinchera. Una expresión demoníaca cruzaba su rostro tiznado de pólvora.

-No te muevas -instó a Nessa-. Tengo un asunto pendiente.

Pasando por alto la cacofonía que reinaba en la carretera, Dorian avanzó hacia el deslizador con el brazo tendido, el arma brillaba en su zurda, prometiendo aniquilación a los adversarios que osaran interponerse en su paso. El vehículo dio marcha atrás, hundió el capot de un Volkswagen con la parte trasera, patinó sobre el alquitrán flameante, y buscó la manera de escapar de la encerrona.

-¿Paul? -preguntó Stark-. ¿Me escucha?

Cambió a banda ancha.

-Sí, señor.

-¿John Newton está en la limusina?

-No, señor, intenta huir en el deslizador que usted tiene delante.

-No lo ataquéis -ordenó-. Newton es mío.

-Pero, sargento, el comandante Aries ha...

-¡Obedece! -restalló-. ¡Yo asumiré las responsabilidades!

El alemán desconectó la emisión. El vehículo se abría camino a duras penas sobre la acera, a punto de llegar al final de la calle, aplastando los cadáveres bajo el colchón de gas. Irritado, recorrió la carretera, sus miembros cibernéticos le proporcionaban una velocidad sobrenatural, ganando terreno al errático deslizador. Los Beta-3 habían dado buena cuenta de sus enemigos, la misión estaba cumplida, únicamente restaba eliminar a Newton, cosa que pensaba realizar personalmente, de la forma más sádica posible.

 

Han herido a Nessa, pensó. Lo pagarán caro.



Patinando, se detuvo delante de uno de los todoterrenos y arrojó al conductor al suelo: la rabia nublaba sus actos.

-¡Aparta!

El Agente Ejecutor pisó el embrague, apretó el acelerador, metió la primera marcha, giró ciento cincuenta grados, y salió detrás del Volkswagen. Dorian siguió al vehículo como una exhalación y traspasó las avenidas desiertas, apretando el caucho que rodeaba el volante. Torció a la derecha y llegó a doscientos kilómetros por hora, presionando la resistencia del motor, que zumbaba con un estruendo metálico. Un tranvía urbano se interpuso en su camino, Stark cambió de carril de un volantazo y rozó una hilera de motos estacionadas en el arcén sin aminorar de velocidad. Un soldado se asomó por la ventanilla del deslizador. El alemán distinguió el lanzagranadas ruso entre sus manos y se lanzó hacia la izquierda. La detonación estalló a dos metros, la ignición amarillenta abrasó una pared, dejándolo sordo durante unos segundos. Dorian devolvió el ataque, las balas rebotaron cerca de su adversario, obligándolo a buscar refugio en el Volkswagen. El tambor de la W-PPK estaba agotado.

 

¡Maldita sea!, pensó. ¡Ahora no!

La granada trazó una estela humeante hacia el todoterreno, el alemán oprimió el pedal de freno hasta el fondo, una boca de incendios recibió el impacto y un chorro de agua salpicó la calle. El ulular de alarmas cubrió su entorno, la gente se asomaba a las ventanas, asustadas por el caos que reinaba en la avenida. Stark repuso el cargador, tomando una ruta alternativa, guiado por la consola del vehículo, recuperó la distancia perdida.

-¡Paul! -gritó-. ¿A dónde se dirige?

El cabo parecía ansioso.

-Al vertedero de coches usados, señor.

-Rematad a los heridos -indicó-. No quiero supervivientes.

-Sí, sargento.

-¿Cuántas bajas hemos sufrido?

-Cinco, señor.

 

El Agente Ejecutor estuvo tentado en preguntarle por el estado de la cyborg, pero reprimió sus instintos, todos sabían lo mucho que despreciaba a las máquinas, aquello levantaría sospechas dentro del departamento.

 

-¿La unidad está dispuesta como ordené?

-Sí, sargento.

-Diles que bloqueen a Newton. Como se atrevan a matarlo tendré sus cabezas, ¿entendido?

-Sí, señor.

 

***

 

Cinco bajas, no era un mal porcentaje, Stark era uno de los mejores sargentos de la Schneider, su expediente podía demostrarlo, siempre ahorraba vidas robóticas durante sus misiones de exterminio. Nuevamente, le preocupó la empatía que experimentaba con la unidad Beta-3, se involucraba de manera personal con sus tropas, debía cambiar aquella necesidad lo antes posible, no cuadraba con su personalidad. Nessa había tornado sus puntos de vista, no había vuelto a ser el mismo desde que se conocieron en Moscú, la muerte de Hugo Müller fue el nexo que los hizo inseparables. Dorian observó el mapa, su objetivo huía por una calle paralela, debía asaltarlos por sorpresa, conducirlos hacia el depósito de coches usados, allí podría eliminar a Newton sin contratiempos. Apretando el acelerador, se introdujo por un estrecho pasadizo bordeado por galerías comerciales. Pasó de largo los neones centelleantes y esquivó a los escasos peatones. El Volkswagen apareció de refilón. El Agente Ejecutor arremetió contra el costado del vehículo y hundió su lateral. Con un grito de pánico, el soldado del lanzagranadas intentó recular, antes de perecer aplastado por el guardabarros. Su cuerpo quedó incrustado en el marco de la ventanilla. El bombazo arrojó el deslizador fuera de la carretera, rotando como un animal herido de muerte, un amasijo sanguinolento cubría la carrocería abollada. Inmutable, Dorian lo empujó hacia delante, obligando al conductor a correr hacia el vertedero de chatarra, y rezó para que el motor aguantara: el impacto había roto el radiador, espesas nubes aceitosas escapaban del capot, haciendo que entornara los párpados. Al final, el Agente Ejecutor consiguió lo que se proponía, Newton derribó la reja de la entrada. Montañas de vehículos los rodearon. Su enemigo estaba atrapado, no tenía dónde esconderse. Satisfecho, Stark lo acorraló contra una grúa. La unidad Beta-3 estacionada se mantuvo a una distancia prudencial, el grupo sabía que si osaba interponerse su superior, éste los degradaría de inmediato. El Agente Ejecutor descendió del todoterreno con una expresión tétrica en la cara. Temeroso, el conductor emergió del Volkswagen con los brazos levantados. No llevaba ningún arma.

-¡Me rindo! -imploró-. ¡No quiero morir!

El estampido de la W-PPK le arrancó la mandíbula. El hombre saltó hacia atrás, con una mirada sorprendida en los ojos dilatados por el pánico. Irritado, Dorian desenfundó las garras cibernéticas y desgarró la puerta del pasajero. Un rostro aterrorizado lo miró desde el interior de la cabina, luchando por ponerse a salvo del demonio vestido de negro que buscaba su cuerpo.

-¡Ven aquí!

El alemán lo sacó del vehículo y lo estampó contra la carrocería astillada. El sonido de las costillas rotas fue ahogado por el aullido de dolor de su Newton:

-¡Acabaré contigo! -gruñó con voz de homosexual-. ¡Te haré morder el polvo!

Stark sonrió con crueldad:

-No lo creo, colega. Has pasado a la historia.

Newton temblaba, arrogante, sin darse por vencido.

-¿Quién eres?

Dorian masculló lleno de odio:

-Tu verdugo.

El alemán arrastró a su objetivo por el suelo, Newton no podía evitar la presa de hierro que lo impulsaba por la chaqueta, aferrándose a una vida que expiraba por segundos.

-¡Suplicarás que te mate! -vociferó-. ¡Te torturaré durante semanas, cabrón!

Stark hizo caso omiso a sus amenazas y lo arrojó dentro de una trituradora de automóviles. Su objetivo se desmoronó, estrepitosamente, fracturándose una pierna al tocar fondo.

-Adiós, Newton.

 

Tomando los mandos del aparato, las paredes metálicas se cerraron sobre su objetivo, silenciando los alaridos que cubrieron el vertedero de un rincón a otro, transformando al otrora orgulloso presidente, en un montón de carne gelatinosa. Un minuto después, la sensación de victoria fue sustituida por una horrible depresión. Su forma de obrar era repulsiva, digna de cualquier ordenacentista de la Schneider. El alemán apretó los labios, Aries hubiera estado orgulloso de su comportamiento, se había convertido en aquello que despreciaba de los Agentes Ejecutores, perdía la perspectiva de su profesión; un error que se prometió no cometer jamás. Abatido, Stark agachó la cabeza, sus actos recientes le desagradaban, no quería convertirse en un carnicero bajo los auspicios de la Corporación, sin moralidad ni conciencia. Por enésima vez, su porcentaje de máquina había dominado su parte humana, la sed de sangre dio rienda suelta a las peores facetas de su personalidad; las mismas que lo obligaban a luchar contra sí mismo a diario, impidiéndole encontrar la tranquilidad de espíritu que demandaba en silencio. Una voz familiar llenó su tímpano y lo apartó de sus siniestras elucubraciones:

-Señor -dijo Paul-. ¿Se encuentra bien?

Se obligó a responder.

-Sí, Paul.

-¿John Newton ha sido eliminado?

Afirmarlo no le producía alegría alguna:

-Efectivamente.

 

***

 

Los neuroingenieros le quitaron el casco de la cabeza. Satisfechos, comprobaron su temperatura corporal, pulso, frecuencia respiratoria, presión arterial y ondas cerebrales en los monitores. Todo estaba en regla. El Borrado de Memoria había concluido: el cerebro del alemán era un lienzo en blanco.

 

publicado en noviembre de 2008

 
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