«Si hubiera tenido más tiempo
habría formado un solo pueblo, y todos
y cada uno, al viajar por cualquier parte, siempre
se hallarían en su patria común...».
Napoleón Bonaparte
|
I
KONRAD STARK
El océano formaba una masa oscura e imponente
en todas las direcciones. Olas espumosas coronadas de
blanco chocaban contra el diminuto bote que avanzaba
a buen ritmo, trazando una estela irregular sobre los
bancos de espuma. Delante, a varios kilómetros
de distancia, los primeros haces de sol bañaban
los afilados contornos del islote, difuminando las estrellas
pálidas que brillaban en el firmamento; quedaba
poco para el amanecer. El hombre apretó los remos
y continuó adelante. Sus anchos hombros se movieron
rítmicamente conforme se alejaba del barco mercante
fondeado a su espalda. El alemán vestía
ropas de exquisita confección: casaca azul con
alamares y botones dorados, camisa de seda, ajustados
pantalones negros, medias blancas, zapatos con hebillas
de plata, y chacó de copa alta. En su costado,
dentro de una repujada vaina de cuero, descansaba un
estoque con el pomo en forma de caperuza; muchos enemigos
habían muerto bajo el filo de aquella arma. En
su rostro centelleaban dos burlones ojos grises, fríos
y despiertos, los cuales habían contemplado las
peores batallas de su época; las carnicerías
y pillajes propios de la vida mercenaria. Firmes y arrogantes,
sus rasgos revelaban un profundo e irónico conocimiento
del ser humano; sabía que todos los individuos,
fueran reyes o campesinos, tenían un precio.
La brisa salada lo obligó a arrebujar la capa
carmesí alrededor de su cuerpo; no se había
dado cuenta del frío que hacía. Lentamente,
los bordes difuminados de la costa crecieron, mostrándole
los restos de un navío varado sobre la playa.
Con un elegante movimiento, sacó un catalejo
del interior de sus ropas y oteó la embarcación
en ruinas: parecía que no quedaba ningún
superviviente del naufragio. A través de la niebla,
su mirada vislumbró los espolones cortantes de
los acantilados y la hilera de árboles que formaban
un sombrío dosel sobre la arena; quizás
sus camaradas hubieran muerto desde hacía meses.
En la cima del palo mayor, la bandera negra y amarilla
de Austria, ondeaba como un fantasma moribundo. Expectante,
contempló el casco abierto a la altura de estribor,
los mástiles rotos, las jarcias y las velas desgarradas,
los cañones oxidados por la intemperie, y la
cubierta abandonada. A los pies del barco, pedazos de
madera y toneles vacíos flotaban sobre las aguas,
avanzando y retrocediendo, víctimas del caprichoso
ondular de la corriente.
¿Qué diablos habría sido de los
miembros de La Hermandad de las Espadas? Preocupado,
guardó el catalejo y tomó los remos, reanudando
sus enérgicos movimientos. Afortunadamente, después
de la orgía de alcohol de sus compañeros
de viaje, ninguno estaría en condiciones de navegar
durante muchas horas. Todos habían bebido hasta
caer inconscientes; sus risas y canciones blasfemas
aún le resonaban en los oídos. El alemán
no se había molestado en unirse a la juerga,
necesitaba estar lo más sobrio posible para realizar
sus planes; con un poco de suerte, si lograba encontrar
a los austriacos, el velero tendría un nuevo
capitán antes de que finalizara la jornada. Satisfecho,
se congratuló consigo mismo por su astucia; si
Napoleón Bonaparte viera lo que hacían
sus hombres en aguas extrañas se comería
el monóculo de la impresión.
Meses atrás, en el puerto de Génova, al
saber que el barco pasaría por aquella zona,
no dudó en enrolarse como pasajero. Los franceses,
estúpidos y ciegos en su ignorancia, lo aceptaron
sin reservas. Durante la travesía por el Mediterráneo,
no le costó demasiado ganarse la confianza del
primero de a bordo; un borrachín alto y espigado
que adoraba la cerveza más que a su patria. Poco
a poco, mientras las semanas colmaban de deseos insatisfechos
y aburrimiento a la tripulación, corrió
el rumor de que la carga de barricas de vino que acumulaban
polvo en la bodega podrían tener mejor uso que
el de llenar las tripas del Emperador y sus generales.
A mitad de trayecto, cuando el barco navegó delante
del islote, sus compañeros decidieron pasar a
la acción. Hasta el capitán Vincent, con
toda su pomposidad y afectados modales, había
tomado cartas en el asunto; sus ronquidos de borracho
rivalizaban con los de sus hombres.
-Menuda pandilla de desgraciados -murmuró
con divertida indignación-. Durmiendo la
mona como haraganes gracias a las reservas del Emperador…
Robar un bote y arriarlo en la bahía resultó
ser la tarea más fácil del mundo: el hurto
solía formar parte de las habilidades de los
soldados de fortuna. Ahora, a pocos minutos de su objetivo,
el alemán dio gracias al Señor de que
su fama no hubiera llegado a Italia. Su cabeza tenía
un precio en todos los países de Europa que habían
caído aplastados por los ejércitos franceses.
El Ogro de Ajaccio, tal como denominaban a Bonaparte
en muchos lugares, exhortaba a sus húsares a
sembrar una estela de fuego y destrucción por
donde pasaran; Portugal, España, Holanda, Suiza,
Italia, Alemania y Prusia poco pudieron hacer ante el
despiadado ataque de sus fuerzas armadas.
Según los rumores de los comerciantes genoveses,
el barco de sus camaradas, después de dos días
de tormenta, había encallado en aquel islote
sin ninguna posibilidad de volver al océano.
Aislados y abandonados a su propia suerte, ningún
navío mercante se había atrevido a recogerlos
para no sufrir la cólera de Napoleón.
Éste no había olvidado que estuvo a punto
de ser vencido en la Batalla de Marengo por los austriacos;
si el general Louis Charles Antoine Desaix no hubiera
intervenido otro gallo hubiera cantado aquel sangriento
día. Una sonrisa maliciosa se dibujó en
los labios del alemán: un mosquete había
esparcido los sesos de aquel perro en todas las direcciones;
no tuvo la ocasión de disfrutar las mieles de
la victoria. Conmovido por el valor y la dedicación
que Desaix había demostrado, Bonaparte no tardó
en erigir monumentos en su nombre en las Plazas del
Delfín y de las Victorias de París. Sus
hazañas en la Batalla de las Pirámides
aún eran cantadas en los salones dorados de la
corte francesa.
Al rememorar el combate librado a las afueras de Alessandría,
bajo el mando del general Andreas O' Reilly, un brillo
intrépido recorrió su mirada. ¡Poco
le había faltado para no contarlo! En un principio,
las huestes austriacas hicieron retroceder a los franceses;
la artillería y los mosquetes tronaban como si
fuera el Día del Juicio Final, apiñando
cientos de cadáveres sobre los suelos pisoteados
y teñidos de rojo. Los puestos de avanzada salieron
pies en polvorosa en dirección a sus casas y
si no hubieran sido interceptados por las divisiones
de Claude Victor-Perrin, habrían alcanzado las
calles de París antes de que se pusiera el sol.
Por desgracia, al anochecer, cuando las municiones empezaron
a escasear, Bonaparte convocó a las reservas
desperdigadas por la zona. Prontamente, el general Desaix
tomó cartas en el asunto y embistió con
sus tres regimientos el centro de las fuerzas austriacas,
diseminando el terror y el caos entre los soldados exhaustos.
Después de doce horas ininterrumpidas de batalla,
unos catorce mil muertos yacían en grotescas
posturas hasta donde la vista podía llegar; los
que sobrevivieron a aquella infernal jornada no podrían
olvidarla aunque quisieran.
Lógicamente, aparte de un golpe en la cabeza
y unos cuantos cortes superficiales, el alemán
salió intacto de la batalla; su buena fortuna
habitual y su destreza en combate nunca lo habían
abandonado hasta la fecha. Cuando intuyó que
el fregado estaba perdido, se escondió entre
los cadáveres y procuró salvar la piel.
En ciertos círculos, su acción habría
sido condenada con las peores injurias, pero como había
aprendido hacía tiempo, los valientes son los
primeros que visitan el Reino del Señor. El alemán
no experimentó ninguna clase de remordimiento
al recordar lo sucedido: la guerra era la guerra. Mientras
la paga fuera buena y las mozas rollizas, valía
la pena luchar por cualquier causa. La vida de soldado
mercenario era tan digna como cualquier otra: no tenía
tiempo ni deseos de cuestionarse la integridad de sus
actos. Bastante esfuerzo implicaba saltar de cama en
cama y de jarra en jarra, como había hecho siempre,
y mantener la cabeza sobre los hombros.
Al llegar a la playa, el amanecer clareó las
colinas abruptas del islote, proporcionando un aspecto
ensoñador a la vegetación. El alemán
saltó de la barca y la arrastró tierra
adentro. No quería correr el riego de quedar
varado en aquel lugar: cualquier precaución era
poca a la hora de vigilar su cuello. Con los pulgares
en la hebilla del cinto y las piernas abiertas, estudió
el barco que flotaba en la bahía, los árboles
exuberantes, la arena negra que trazaba una curva de
varios kilómetros de longitud hacia la izquierda,
y los acantilados del fondo. Ató la pequeña
embarcación a una roca desgastada por el paso
de los siglos, sacó el mosquete y las pistolas
del interior de la misma, y se dispuso a echar a caminar.
El silencio sepulcral que lo circundaba ni siquiera
era roto por el graznido de las gaviotas. Durante un
instante, recordó las aventuras de Simbad el
Marino que le contaba su abuelo -un viejo lobo
de mar que había recorrido todos los océanos
conocidos por el hombre- durante su infancia:
a lo mejor estaba encima de una criatura monstruosa
superviviente de épocas primigenias. Una mueca
humorística cruzó su semblante a la vez
que ajustaba los pistolones en la cintura y colocaba
el mosquete sobre el hombro. A grandes zancadas, ascendió
una colina arenosa, sin perder de vista el navío
naufragado; algo no marchaba bien. Impertérrito,
Konrad Stark de Colonia, soldado de fortuna, ladrón,
aventurero, pícaro, y un millar de cosas más,
caminó hacia su objetivo. Esperaba encontrar
a los austriacos sin esfuerzo: estaba seguro de que
su viejo y querido amigo Bernhard lo recibiría
con los brazos abiertos.
-Volveremos a cruzar nuestras espadas, compadre
-dijo en voz alta-. Surcaremos los océanos
como antaño y pondremos a los malditos franceses
en su sitio.
II
LA LOCURA DE LOS AUSTRIACOS
Stark atravesó la playa desierta con pasos decididos.
Las olas irradiadas por el sol centelleaban, propagando
un cántico eterno que se perdía en los
albores de los tiempos. Incómodo, lamentó
no haber dejado la capa en el bote: el calor aumentaba
por momentos y lo hacía transpirar. La vegetación
tenebrosa, colmada de malos presagios, vaticinaba horrores
sin nombre. Sudando, se quitó el sombrero y se
pasó un pañuelo ribeteado con hilos de
oro por la frente. Durante un segundo, tuvo la desagradable
sensación de que era el único ser vivo
que pisaba el islote; sus camaradas de armas podrían
haber sido exterminados por la mano de Satanás.
Sacudiendo la cabeza, apartó las lúgubres
reflexiones que lo asediaban; no tenía sentido
dejarse llevar por aquél tipo de fantasías.
En silencio, ascendió hasta las faldas de la
foresta, inquieto por la atmósfera sofocante
que emanaba de los árboles, con el índice
en el gatillo del mosquete. Inmóvil, examinó
la embarcación encallada, experimentando una
vaga impresión de temor roer sus entrañas.
Sin desearlo, tuvo el deseo de volver a la barca y regresar
al barco. ¡Al cuerno con los hombres que había
ido a rescatar!
A su espalda, el correr de unos pies
descalzos lo puso en guardia. Rápidamente, impulsado
por sus reflejos de luchador, Konrad levantó
el mosquete para protegerse. El destello salvaje de
una espada rompió la quietud de la mañana
y chocó contra el arma, partiéndola por
la mitad. Maldiciendo, dio un paso atrás y esquivó
la hoja empuñada por una criatura barbuda, vestida
con harapos, que lo atacaba con las mandíbulas
llenas de saliva. De un tirón, desenvainó
el estoque, paró la segunda acometida y realizó
una finta semicircular; la sangre de su enemigo salpicó
los herbazales espinosos. La lucha, breve y violenta,
sólo había durado unos segundos. Su oponente
agonizaba en el suelo, retorciéndose, con las
manos alrededor de la garganta, intentando detener la
horrible hemorragia. Al instante, sus contracciones
cesaron y expiró con un gemido estrangulado;
aquel individuo no volvería a atacar a nadie.
Curioso, el alemán se inclinó sobre el
cadáver: ojos enloquecidos, rostro sin afeitar
consumido por las privaciones, cuerpo correoso cubierto
de heridas, y dientes podridos en una boca putrefacta.
Con un estremecimiento de horror, descubrió que
conocía al muerto; éste era uno de los
hombres de confianza de Alois Bernhard. Una maldición
escapó entre sus dientes encajados.
-¡Por los testículos
del Diablo! -gruñó-. ¿Qué
clase de locura es esta?
Tenso, se incorporó con una
expresión acechante, dispuesto a luchar contra
quien hiciera falta. Por lo que había visto,
el naufragio había causado estragos entre la
tripulación de la Hermandad de las Espadas. Stark
imaginó los meses interminables sin comida ni
bebida, las disputas internas y la desesperación
que tenían que haber sufrido aquellos desdichados;
lo más probable es que se hubieran arrojado unos
contra otros como lobos hambrientos. Con desconfianza,
analizó la arboleda envuelta en sombras, sin
distinguir a ningún enemigo; nadie volvería
a embestirlo con la guardia baja. Después del
examen, sacó una de las pistolas del cinturón
y se dirigió hacia el barco; necesitaba averiguar
qué había sido de sus camaradas. Conforme
ganaba terreno, descubrió una serie de esqueletos
espantosamente mutilados medio enterrados en la arena.
El alemán ignoró las palpitaciones de
su corazón y se obligó a continuar adelante;
quedaban muchas preguntas por contestar. Bernhard le
había salvado el pellejo en varias ocasiones;
era lo mínimo que le debía.
Con el pistolón en la diestra
y el estoque en la siniestra, esquivó los cráneos
y los huesos blanqueados por el sol, midiendo cada uno
de sus pasos. Interiormente, había tomado la
decisión de plantar cara a cualquiera que se
atreviera a agredirlo; la amistad era irrelevante en
circunstancias como aquella. Entrecerrando los ojos,
distinguió unas figuras tumbadas en el interior
de la embarcación; lo más probable es
que ni siquiera hubieran echado en falta al hombre que
había asesinado. Konrad apretó sus armas
mientras avanzaba bajo la sombra de los árboles:
nunca le había gustado meterse en guaridas de
demonios por voluntad propia. Un grito de alarma taladró
sus tímpanos:
-¡Intruso! -exclamó
un vigía desconocido-. ¡Despertad
hermanos!
Un clamor colectivo resonó
de un extremo a otro del islote. A trompicones, armados
hasta los dientes, una docena de individuos andrajosos
emergieron del barco, lanzando chillidos aterradores.
Una descarga de adrenalina recorrió al alemán
de la cabeza a los pies; tenía que salir de allí
lo antes posible. Los austriacos elevaron las armas
al cielo, y los rayos del sol matutino encendieron sus
caras macilentas y deformadas; todos habían sido
devorados por una barbarie que no alcanzaba a comprender.
Desesperado, Stark apretó el gatillo y desparramó
los sesos del hombre que iba en cabeza, deteniendo el
avance de los que venían detrás. Acto
seguido, dio media vuelta y echó a correr, sin
molestarse en mirar a los individuos que habían
tropezado con el cadáver. No tenía sentido
querer reflexionar con aquellos lobos famélicos;
si lo hiciera no dudarían en arrancarle la piel
a tiras.
-¡Atrapadlo! -vociferó
una voz-. ¡Quiero su corazón!
Entre gritos y blasfemias, la Hermandad
de las Espadas se precipitó tras su antiguo camarada,
vencidos por la sed de sangre. Konrad utilizó
todas sus fuerzas para anteponer la máxima distancia
posible de la turba de lunáticos que le pisaba
los talones. Con el corazón en un puño,
traspasó las dunas cubiertas de esqueletos; si
no alcanzaba la chalupa lo antes posible sería
hombre muerto. Poco a poco, sus adversarios comenzaron
a ganar terreno; la locura que los poseía daba
alas a sus pies. Al vislumbrar el bote a medio kilómetro
de distancia, Stark obvió la sequedad de su boca
y las dolorosas punzadas que recorrían sus costillas;
no pensaba morir en aquel infame lugar. Los náufragos
rezagados levantaron los arcabuces e intentaron abrir
fuego; por fortuna para alemán hacía meses
que habían agotado las reservas de pólvora.
Una carcajada sardónica escapó de sus
labios sin que pudiera evitarlo.
-¡Mal asunto, compadres!
-zumbó con malicia-. ¡Me temo
que vuestra mala puntería está acorde
a todo lo demás!
Minutos más tarde, cuando creía
que iba a estallarle el corazón por la violencia
del esfuerzo, alcanzó la barca varada en la playa.
Después de cortar la cuerda, colocó el
hombro en la proa, hundió los pies en la arena,
y empujó con las energías que le restaban.
El agua helada lo cubrió hasta las rodillas.
Resollando, subió al bote y buscó los
remos, pero se detuvo a mitad del movimiento; tenía
a los austriacos encima. Una espada centelleó
como un relámpago y le arrancó el sombrero
de la cabeza. El alemán empuñó
la pistola que le restaba y perforó el esternón
de su agresor de un balazo. Éste lanzó
un alarido moribundo y se desplomó de bruces
escupiendo sangre. Bamboleándose, Konrad trazó
una madeja protectora en torno a su anatomía,
y evitó por escasos centímetros las hojas
desportilladas que pretendían aniquilarlo. De
un tajo, abrió el estómago del rival más
cercano, desparramando sus entrañas sobre las
aguas removidas. Inmediatamente, proyectó el
acero hacia un rostro demacrado; la punta atravesó
la boca abierta y salió por la nuca, silenciando
abruptamente las imprecaciones encolerizadas del náufrago.
-¡Adelante! -rió
Stark-. ¡Acabaré con todos vosotros,
hijos de mala madre!
Un enemigo embistió ciegamente,
con el mosquete sobre la cabeza, sin tener en cuenta
su propia seguridad. El impacto volcó la chalupa
y lo arrojó por encima de la borda. Konrad escupió
agua y se puso en pie de un salto; no tenía ninguna
posibilidad contra tantos hombres. El alemán
esquivó una pistola que estuvo cerca de hundirle
el cráneo y descargó el estoque de abajo
arriba, cortando de cuajo la muñeca de su adversario;
la mano que empuñaba el arma salió disparada
soltando un chorro escarlata, hundiéndose en
el océano. De una patada, apartó al herido
y encajó la embestida de otra espada. Las hojas
entrechocaron con estruendo y levantaron ardientes chispas
azules y amarillas. Chapoteando, retrocedió ante
los mandobles del austriaco, medio cegado por el reflejo
de las armas. Media docena de brazos nervudos lo agarraron
desde todas las direcciones, inmovilizándolo.
Stark maldijo como un condenado antes de caer inconsciente
bajo la culata de un mosquete. Un estallido púrpura
inundó sus sentidos y la oscuridad lo arrastró
al olvido…
III
LA HERMANDAD DE LAS ESPADAS
Horas más tarde, Konrad despertó, sintiendo
que la cabeza iba a estallarle en mil pedazos. Dolorido,
con la mirada extraviada, intentó enfocar a las
figuras borrosas que danzaban a su alrededor. Stark
intentaba aclarar su visión mientras agitaba
la cabeza: estaba fuertemente atado por recias cuerdas
al mástil del barco de los náufragos.
La cubierta, manchada de sangre seca y suciedad, demostraba
que aquellos hombres habían perdido la cordura
desde hacía semanas; cuerpos descompuestos, semidevorados,
con las vísceras al aire, se pudrían bajo
el sol. La fetidez de los cadáveres lo provocó
de tal forma que estuvo a punto de vomitar. Colérico,
apretó los dientes y resistió las arcadas;
no iba a humillarse de aquella manera ante sus enemigos.
Los austriacos no demostraban haber
visto que estaba despierto y mucho menos reconocerlo:
su antigua condición de marineros de fortuna
había pasado a la historia, reemplazada por un
salvajismo digno de los negros que habitaban en el sur
de África. Sus ropas echas jirones, ondeaban
al viento, mientras danzaban en torno al palo mayor,
girando y cabriolando con movimientos grotescos. Stark
forcejeó contra las ligaduras, pero éstas
eran imposibles de romper; necesitaría un milagro
para poder escapar de allí. Le quemaba la frente
donde había recibido el golpe del mosquete, un
débil hilo de sangre coagulada descendía
por su mejilla hasta llegar a la camisa desgarrada;
tendría que añadir otra cicatriz a las
demás.
Entonces, la revelación se abrió
pasó a través de su mente y le puso la
piel de gallina: sus antiguos camaradas se habían
transformado en caníbales y pensaban devorarlo.
Aterrorizado, lanzó una mirada urgente al navío
que se mecía en las aguas límpidas que
circundaban el islote; ninguno de los franceses estaba
en condiciones para salvarlo del destino que le aguardaba.
Un gruñido rabioso surgió de su garganta:
no merecía otra cosa por haber sido tan imbécil.
Sin ser consciente de ello, contempló las facciones
barbudas y demoniacas de los austriacos, buscando a
Alois Bernhard entre ellas; pero al capitán del
barco no se le veía por ninguna parte.
Como podía comprobar, la soledad
y la escasez de alimentos, podían llevar a la
bestialidad, a cualquier cristiano devoto de Dios. Los
náufragos, habían traspasado el umbral
de la civilización, degenerando en un estado
de barbarie indigna de sus personas, convirtiéndose
en pálidas sombras de los hombres que un día
fueron. No quedaba nada de la orgullosa apariencia de
los austriacos; ahora, eran seres deformes y consumidos
por la locura, espectros sin personalidad ni alma, que
debían ser aniquilados como perros rabiosos.
Konrad no pudo experimentar compasión alguna
por sus captores, dada la situación en la que
se encontraba, la única manera que tenía
de sobrevivir era aferrándose al desprecio que
sentía hacia ellos. Interiormente, se alegró
de haberse llevado por delante a cinco de aquellos bastardos;
su acto podía considerarse una obra de caridad.
Súbitamente, los náufragos
cesaron sus movimientos y empuñaron los cuchillos,
dispuestos a terminar con la existencia del alemán.
Mientras avanzaban, sus pupilas centelleaban como ascuas
moribundas, colmadas de un hambre visceral y profana,
que lo hizo temblar como un niño. Stark se retorció,
brutalmente, sin éxito alguno; los nudos marineros
eran demasiado fuertes. De no ganar tiempo se convertiría
en la pitanza de sus adversarios.
-¡Soltadme, idiotas! -gritó-.
¿Acaso no me reconocéis? ¡Soy Konrad
Stark!
Los austriacos hicieron oídos
sordos a sus exclamaciones.
-¿Dónde está
el capitán Bernhard? -inquirió bañado
por un sudor frío como el hielo-. ¡Quiero
hablar con él!
Una carcajada unánime escapó
de veinte bocas.
-Bernhard ha muerto -masculló
uno de los náufragos escupiendo saliva-.
Nos lo comimos hace unas cuantas semanas, compadre.
La voz del chiflado le resultó
familiar: ¿Sería el segundo de a bordo
del barco?
-¿Paul? -preguntó-.
¿Eres tú?
El austriaco se agitó como si
lo hubieran pinchado.
-No conozco a ningún
Paul -renegó-. Te equivocas de hombre.
-¡Mentira! -bramó
Stark-. Luchamos codo con codo en Marengo hace
años. ¡No puedes haberlo olvidado, maldita
sea!
La sonrisa maniaca de Paul mostró
su dentadura ennegrecida.
-Cierra la bocaza -instó-,
y reserva tus energías para chillar...
Su oponente se aproximó con
la intención de destriparlo; una luz sádica
brillaba en sus ojos enrojecidos mientras aferraba el
puñal en la diestra. Konrad cerró los
ojos y rezó para que todo fuera rápido:
siempre había deseado una muerte brusca y sin
dolor. Súbitamente, un estampido atronador silenció
las risas desequilibradas de los austriacos, rasgando
el ambiente opresivo que llenaba la embarcación.
La bala aterrizó en mitad de la cubierta y produjo
un espantoso crujido, destrozando a los captores que
se encontraban en su trayectoria. Stark abrió
los párpados y rió estruendosamente. Los
franceses habían decidido tomar cartas en el
asunto; cinco barcas se aproximaban a la playa. El caos
estalló entre sus captores, los aullidos de rabia
se impusieron al lamento de los heridos; ninguno esperaba
ser víctima de una ofensiva sorpresa. Una nueva
detonación desperdigó a los pocos hombres
que no habían huido. El segundo de a bordo se
derrumbó sobre las planchas de madera cubiertas
de sangre; su fisionomía era un guiñapo
irreconocible. El navío se tambaleó sobre
la quilla. Los palos, jarcias, vergas y velas vibraron,
agitados por el impacto de los cañonazos, que
amenazaban con partirlo en dos. Un proyectil rozó
la parte alta del mástil central y lo quebró
como si fuera de papel. El alemán lanzó
un grito involuntario y agachó la cabeza; astillas
de madera podrida llovieron sobre su anatomía
y estuvieron cerca de empalarlo. La sacudida le tensó
los músculos hasta un límite insoportable;
de no ser por su poderosa constitución hubiera
muerto desmembrado. Exhausto, soltó las cuerdas
con dedos vacilantes; el cañonazo había
aflojado los nudos. Tambaleándose, caminó
unos pasos erráticos; tenía los miembros
doloridos por la falta de riego sanguíneo. Mientras
se recuperaba de la experiencia, se inclinó y
tomó un acero de los dedos inertes de un cadáver;
aquellos desgraciados iban a pagar lo que le habían
hecho.
Los franceses, que acababan de desembarcar,
combatían contra la horda de hombres zarrapastrosos
que se abalanzaban sobre ellos. Velozmente, comandados
por el capitán Vincent, formaron dos líneas
defensivas, la primera rodilla en tierra y la segunda
de pie, y descargaron los mosquetes; cinco austriacos
perecieron entre espantosos estertores de agonía.
Konrad soslayó los despojos diseminados sobre
la cubierta, cruzó una pasarela de madera y abandonó
la embarcación; el deseo de vengarse de sus captores
lo hizo olvidar cualquier herida o cansancio que pudiera
sentir. Sus compañeros de viaje soltaron las
armas de fuego y desenvainaron las espadas; era el momento
de la lucha cuerpo a cuerpo. A pesar de la distancia,
el fragor de los metales llegó a sus oídos;
nunca hubiera imaginado sentir tanta exultación,
viendo contender a los individuos que había pretendido
engañar. El destino le estaba enseñando
extrañas lecciones; quizá todos los franceses
no eran tan mala gente como pensaba. La guerra estaba
desvirtuando sus pragmáticos puntos de vista.
Stark alcanzó a un náufrago
rezagado y le clavó el estoque entre los omóplatos
a traición; éste perdió el equilibrio
y pereció con un gemido quejumbroso. Inmediatamente,
brincó por encima del cadáver y continuó
adelante; odiaría perderse la fiesta. Los franceses,
superiores en armamento y destreza, daban buena cuenta
de los austriacos; una treintena de cuerpos inertes
yacían sobre la arena. Al llegar, soltó
un alarido de guerra impropio de su persona y se unió
al estrépito de la refriega:
-¡Por Francia! -clamó-.
¡Larga vida al Emperador Bonaparte!
Furioso, trazó un sendero escarlata
con la espada, cortando cuerpos y extirpando vidas,
sin tener en cuenta su propia seguridad. Al verlo, sus
compañeros de travesía reanudaron las
estocadas, dando buena cuenta de los pocos supervivientes.
Finalmente, Konrad se alzó entre los cadáveres,
satisfecho y manchado de sangre, con una sonrisa lobuna
en los labios. Los austriacos habían pasado a
la historia: no quedaba ni uno de ellos con vida. El
capitán del barco se aproximó al alemán:
sus ojos soltaban chispas.
-¿Qué demonios
hacías aquí? -masculló-.
¡Poco te ha faltado para no contarlo!
Stark improvisó una mentira
sobre la marcha.
-Es todo tan confuso, señor
-dijo-. Creo que bebí demasiado y
cometí una estupidez de borracho. Es triste que
tanta felicidad me haya llevado a este desagradable
incidente. Supongo que después de cuatro semanas
de viaje, mis ansiosos pies querrían tocar tierra
firme.
Vincent se ajustó la peluca
debajo del sombrero.
-¿Quiénes eran
estos perros? -inquirió-. Por lo
que resta de sus uniformes, si la vista no me engaña,
parecen renegados austriacos.
Konrad encogió los hombros
inocentemente.
-No tuve tiempo de preguntarlo,
señor. Fui vilmente atacado nada más desembarcar.
Me atraparon y me llevaron a los restos de su cascarón.
Esos hombres habían perdido el seso, Capitán,
se alimentaban como animales salvajes.
Vincent se santiguó justo al
resto de sus hombres.
-¡Virgen María
Santísima! -exclamó vencido por
un arrebato supersticioso-. Salgamos de aquí
antes que nos volvamos locos también. ¡Este
lugar parece la letrina de Lucifer!
-Me parece una gran idea -lo
secundó Stark-. Lamento profundamente los
inconvenientes que mi conducta os haya podido causar,
señor. No sé cómo resarciros por
este inconveniente tan grande...
El capitán agitó la
mano llena de anillos de oro:
-¡Olvidadlo! -gruñó-.
Dad gracias a que el vigía que estaba de guardia
abrió los ojos en el momento oportuno y vió
como erais atacado por estos piojosos bastardos. De
lo contrario... ¡Ahora mismo estaríais
en el estómago de alguno de ellos!
Konrad asintió con fingida
humildad.
-Os aseguro que lo haré,
señor.
Los franceses envainaron las armas
y regresaron a los botes, sin molestarse en mirar atrás,
con expresiones torvas y cansadas. Antes de partir,
Stark echó un vistazo a los náufragos
aniquilados, indiferente, con la sensación de
que había obrado de la manera correcta. Para
bien o para mal, los miembros de la Hermandad de las
Espadas no volverían a surcar los mares.
-Hasta nunca, compadres -murmuró
con sorna-. Espero que Satanás os reciba
con los brazos abiertos.
publicado en febrero de
2009
|