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La hermandad de las espadas Más sobre Alexis Brito Delgado


«Si hubiera tenido más tiempo habría formado un solo pueblo, y todos y cada uno, al viajar por cualquier parte, siempre se hallarían en su patria común...».

Napoleón Bonaparte

 

I


KONRAD STARK




El océano formaba una masa oscura e imponente en todas las direcciones. Olas espumosas coronadas de blanco chocaban contra el diminuto bote que avanzaba a buen ritmo, trazando una estela irregular sobre los bancos de espuma. Delante, a varios kilómetros de distancia, los primeros haces de sol bañaban los afilados contornos del islote, difuminando las estrellas pálidas que brillaban en el firmamento; quedaba poco para el amanecer. El hombre apretó los remos y continuó adelante. Sus anchos hombros se movieron rítmicamente conforme se alejaba del barco mercante fondeado a su espalda. El alemán vestía ropas de exquisita confección: casaca azul con alamares y botones dorados, camisa de seda, ajustados pantalones negros, medias blancas, zapatos con hebillas de plata, y chacó de copa alta. En su costado, dentro de una repujada vaina de cuero, descansaba un estoque con el pomo en forma de caperuza; muchos enemigos habían muerto bajo el filo de aquella arma. En su rostro centelleaban dos burlones ojos grises, fríos y despiertos, los cuales habían contemplado las peores batallas de su época; las carnicerías y pillajes propios de la vida mercenaria. Firmes y arrogantes, sus rasgos revelaban un profundo e irónico conocimiento del ser humano; sabía que todos los individuos, fueran reyes o campesinos, tenían un precio.

La brisa salada lo obligó a arrebujar la capa carmesí alrededor de su cuerpo; no se había dado cuenta del frío que hacía. Lentamente, los bordes difuminados de la costa crecieron, mostrándole los restos de un navío varado sobre la playa. Con un elegante movimiento, sacó un catalejo del interior de sus ropas y oteó la embarcación en ruinas: parecía que no quedaba ningún superviviente del naufragio. A través de la niebla, su mirada vislumbró los espolones cortantes de los acantilados y la hilera de árboles que formaban un sombrío dosel sobre la arena; quizás sus camaradas hubieran muerto desde hacía meses. En la cima del palo mayor, la bandera negra y amarilla de Austria, ondeaba como un fantasma moribundo. Expectante, contempló el casco abierto a la altura de estribor, los mástiles rotos, las jarcias y las velas desgarradas, los cañones oxidados por la intemperie, y la cubierta abandonada. A los pies del barco, pedazos de madera y toneles vacíos flotaban sobre las aguas, avanzando y retrocediendo, víctimas del caprichoso ondular de la corriente.


¿Qué diablos habría sido de los miembros de La Hermandad de las Espadas? Preocupado, guardó el catalejo y tomó los remos, reanudando sus enérgicos movimientos. Afortunadamente, después de la orgía de alcohol de sus compañeros de viaje, ninguno estaría en condiciones de navegar durante muchas horas. Todos habían bebido hasta caer inconscientes; sus risas y canciones blasfemas aún le resonaban en los oídos. El alemán no se había molestado en unirse a la juerga, necesitaba estar lo más sobrio posible para realizar sus planes; con un poco de suerte, si lograba encontrar a los austriacos, el velero tendría un nuevo capitán antes de que finalizara la jornada. Satisfecho, se congratuló consigo mismo por su astucia; si Napoleón Bonaparte viera lo que hacían sus hombres en aguas extrañas se comería el monóculo de la impresión.

Meses atrás, en el puerto de Génova, al saber que el barco pasaría por aquella zona, no dudó en enrolarse como pasajero. Los franceses, estúpidos y ciegos en su ignorancia, lo aceptaron sin reservas. Durante la travesía por el Mediterráneo, no le costó demasiado ganarse la confianza del primero de a bordo; un borrachín alto y espigado que adoraba la cerveza más que a su patria. Poco a poco, mientras las semanas colmaban de deseos insatisfechos y aburrimiento a la tripulación, corrió el rumor de que la carga de barricas de vino que acumulaban polvo en la bodega podrían tener mejor uso que el de llenar las tripas del Emperador y sus generales. A mitad de trayecto, cuando el barco navegó delante del islote, sus compañeros decidieron pasar a la acción. Hasta el capitán Vincent, con toda su pomposidad y afectados modales, había tomado cartas en el asunto; sus ronquidos de borracho rivalizaban con los de sus hombres.

-Menuda pandilla de desgraciados -murmuró con divertida indignación-. Durmiendo la mona como haraganes gracias a las reservas del Emperador…

Robar un bote y arriarlo en la bahía resultó ser la tarea más fácil del mundo: el hurto solía formar parte de las habilidades de los soldados de fortuna. Ahora, a pocos minutos de su objetivo, el alemán dio gracias al Señor de que su fama no hubiera llegado a Italia. Su cabeza tenía un precio en todos los países de Europa que habían caído aplastados por los ejércitos franceses. El Ogro de Ajaccio, tal como denominaban a Bonaparte en muchos lugares, exhortaba a sus húsares a sembrar una estela de fuego y destrucción por donde pasaran; Portugal, España, Holanda, Suiza, Italia, Alemania y Prusia poco pudieron hacer ante el despiadado ataque de sus fuerzas armadas.

Según los rumores de los comerciantes genoveses, el barco de sus camaradas, después de dos días de tormenta, había encallado en aquel islote sin ninguna posibilidad de volver al océano. Aislados y abandonados a su propia suerte, ningún navío mercante se había atrevido a recogerlos para no sufrir la cólera de Napoleón. Éste no había olvidado que estuvo a punto de ser vencido en la Batalla de Marengo por los austriacos; si el general Louis Charles Antoine Desaix no hubiera intervenido otro gallo hubiera cantado aquel sangriento día. Una sonrisa maliciosa se dibujó en los labios del alemán: un mosquete había esparcido los sesos de aquel perro en todas las direcciones; no tuvo la ocasión de disfrutar las mieles de la victoria. Conmovido por el valor y la dedicación que Desaix había demostrado, Bonaparte no tardó en erigir monumentos en su nombre en las Plazas del Delfín y de las Victorias de París. Sus hazañas en la Batalla de las Pirámides aún eran cantadas en los salones dorados de la corte francesa.


Al rememorar el combate librado a las afueras de Alessandría, bajo el mando del general Andreas O' Reilly, un brillo intrépido recorrió su mirada. ¡Poco le había faltado para no contarlo! En un principio, las huestes austriacas hicieron retroceder a los franceses; la artillería y los mosquetes tronaban como si fuera el Día del Juicio Final, apiñando cientos de cadáveres sobre los suelos pisoteados y teñidos de rojo. Los puestos de avanzada salieron pies en polvorosa en dirección a sus casas y si no hubieran sido interceptados por las divisiones de Claude Victor-Perrin, habrían alcanzado las calles de París antes de que se pusiera el sol. Por desgracia, al anochecer, cuando las municiones empezaron a escasear, Bonaparte convocó a las reservas desperdigadas por la zona. Prontamente, el general Desaix tomó cartas en el asunto y embistió con sus tres regimientos el centro de las fuerzas austriacas, diseminando el terror y el caos entre los soldados exhaustos. Después de doce horas ininterrumpidas de batalla, unos catorce mil muertos yacían en grotescas posturas hasta donde la vista podía llegar; los que sobrevivieron a aquella infernal jornada no podrían olvidarla aunque quisieran.


Lógicamente, aparte de un golpe en la cabeza y unos cuantos cortes superficiales, el alemán salió intacto de la batalla; su buena fortuna habitual y su destreza en combate nunca lo habían abandonado hasta la fecha. Cuando intuyó que el fregado estaba perdido, se escondió entre los cadáveres y procuró salvar la piel. En ciertos círculos, su acción habría sido condenada con las peores injurias, pero como había aprendido hacía tiempo, los valientes son los primeros que visitan el Reino del Señor. El alemán no experimentó ninguna clase de remordimiento al recordar lo sucedido: la guerra era la guerra. Mientras la paga fuera buena y las mozas rollizas, valía la pena luchar por cualquier causa. La vida de soldado mercenario era tan digna como cualquier otra: no tenía tiempo ni deseos de cuestionarse la integridad de sus actos. Bastante esfuerzo implicaba saltar de cama en cama y de jarra en jarra, como había hecho siempre, y mantener la cabeza sobre los hombros.


Al llegar a la playa, el amanecer clareó las colinas abruptas del islote, proporcionando un aspecto ensoñador a la vegetación. El alemán saltó de la barca y la arrastró tierra adentro. No quería correr el riego de quedar varado en aquel lugar: cualquier precaución era poca a la hora de vigilar su cuello. Con los pulgares en la hebilla del cinto y las piernas abiertas, estudió el barco que flotaba en la bahía, los árboles exuberantes, la arena negra que trazaba una curva de varios kilómetros de longitud hacia la izquierda, y los acantilados del fondo. Ató la pequeña embarcación a una roca desgastada por el paso de los siglos, sacó el mosquete y las pistolas del interior de la misma, y se dispuso a echar a caminar. El silencio sepulcral que lo circundaba ni siquiera era roto por el graznido de las gaviotas. Durante un instante, recordó las aventuras de Simbad el Marino que le contaba su abuelo -un viejo lobo de mar que había recorrido todos los océanos conocidos por el hombre- durante su infancia: a lo mejor estaba encima de una criatura monstruosa superviviente de épocas primigenias. Una mueca humorística cruzó su semblante a la vez que ajustaba los pistolones en la cintura y colocaba el mosquete sobre el hombro. A grandes zancadas, ascendió una colina arenosa, sin perder de vista el navío naufragado; algo no marchaba bien. Impertérrito, Konrad Stark de Colonia, soldado de fortuna, ladrón, aventurero, pícaro, y un millar de cosas más, caminó hacia su objetivo. Esperaba encontrar a los austriacos sin esfuerzo: estaba seguro de que su viejo y querido amigo Bernhard lo recibiría con los brazos abiertos.

-Volveremos a cruzar nuestras espadas, compadre -dijo en voz alta-. Surcaremos los océanos como antaño y pondremos a los malditos franceses en su sitio.




II


LA LOCURA DE LOS AUSTRIACOS




Stark atravesó la playa desierta con pasos decididos. Las olas irradiadas por el sol centelleaban, propagando un cántico eterno que se perdía en los albores de los tiempos. Incómodo, lamentó no haber dejado la capa en el bote: el calor aumentaba por momentos y lo hacía transpirar. La vegetación tenebrosa, colmada de malos presagios, vaticinaba horrores sin nombre. Sudando, se quitó el sombrero y se pasó un pañuelo ribeteado con hilos de oro por la frente. Durante un segundo, tuvo la desagradable sensación de que era el único ser vivo que pisaba el islote; sus camaradas de armas podrían haber sido exterminados por la mano de Satanás. Sacudiendo la cabeza, apartó las lúgubres reflexiones que lo asediaban; no tenía sentido dejarse llevar por aquél tipo de fantasías. En silencio, ascendió hasta las faldas de la foresta, inquieto por la atmósfera sofocante que emanaba de los árboles, con el índice en el gatillo del mosquete. Inmóvil, examinó la embarcación encallada, experimentando una vaga impresión de temor roer sus entrañas. Sin desearlo, tuvo el deseo de volver a la barca y regresar al barco. ¡Al cuerno con los hombres que había ido a rescatar!

A su espalda, el correr de unos pies descalzos lo puso en guardia. Rápidamente, impulsado por sus reflejos de luchador, Konrad levantó el mosquete para protegerse. El destello salvaje de una espada rompió la quietud de la mañana y chocó contra el arma, partiéndola por la mitad. Maldiciendo, dio un paso atrás y esquivó la hoja empuñada por una criatura barbuda, vestida con harapos, que lo atacaba con las mandíbulas llenas de saliva. De un tirón, desenvainó el estoque, paró la segunda acometida y realizó una finta semicircular; la sangre de su enemigo salpicó los herbazales espinosos. La lucha, breve y violenta, sólo había durado unos segundos. Su oponente agonizaba en el suelo, retorciéndose, con las manos alrededor de la garganta, intentando detener la horrible hemorragia. Al instante, sus contracciones cesaron y expiró con un gemido estrangulado; aquel individuo no volvería a atacar a nadie. Curioso, el alemán se inclinó sobre el cadáver: ojos enloquecidos, rostro sin afeitar consumido por las privaciones, cuerpo correoso cubierto de heridas, y dientes podridos en una boca putrefacta. Con un estremecimiento de horror, descubrió que conocía al muerto; éste era uno de los hombres de confianza de Alois Bernhard. Una maldición escapó entre sus dientes encajados.

-¡Por los testículos del Diablo! -gruñó-. ¿Qué clase de locura es esta?

Tenso, se incorporó con una expresión acechante, dispuesto a luchar contra quien hiciera falta. Por lo que había visto, el naufragio había causado estragos entre la tripulación de la Hermandad de las Espadas. Stark imaginó los meses interminables sin comida ni bebida, las disputas internas y la desesperación que tenían que haber sufrido aquellos desdichados; lo más probable es que se hubieran arrojado unos contra otros como lobos hambrientos. Con desconfianza, analizó la arboleda envuelta en sombras, sin distinguir a ningún enemigo; nadie volvería a embestirlo con la guardia baja. Después del examen, sacó una de las pistolas del cinturón y se dirigió hacia el barco; necesitaba averiguar qué había sido de sus camaradas. Conforme ganaba terreno, descubrió una serie de esqueletos espantosamente mutilados medio enterrados en la arena. El alemán ignoró las palpitaciones de su corazón y se obligó a continuar adelante; quedaban muchas preguntas por contestar. Bernhard le había salvado el pellejo en varias ocasiones; era lo mínimo que le debía.

Con el pistolón en la diestra y el estoque en la siniestra, esquivó los cráneos y los huesos blanqueados por el sol, midiendo cada uno de sus pasos. Interiormente, había tomado la decisión de plantar cara a cualquiera que se atreviera a agredirlo; la amistad era irrelevante en circunstancias como aquella. Entrecerrando los ojos, distinguió unas figuras tumbadas en el interior de la embarcación; lo más probable es que ni siquiera hubieran echado en falta al hombre que había asesinado. Konrad apretó sus armas mientras avanzaba bajo la sombra de los árboles: nunca le había gustado meterse en guaridas de demonios por voluntad propia. Un grito de alarma taladró sus tímpanos:

-¡Intruso! -exclamó un vigía desconocido-. ¡Despertad hermanos!

Un clamor colectivo resonó de un extremo a otro del islote. A trompicones, armados hasta los dientes, una docena de individuos andrajosos emergieron del barco, lanzando chillidos aterradores. Una descarga de adrenalina recorrió al alemán de la cabeza a los pies; tenía que salir de allí lo antes posible. Los austriacos elevaron las armas al cielo, y los rayos del sol matutino encendieron sus caras macilentas y deformadas; todos habían sido devorados por una barbarie que no alcanzaba a comprender. Desesperado, Stark apretó el gatillo y desparramó los sesos del hombre que iba en cabeza, deteniendo el avance de los que venían detrás. Acto seguido, dio media vuelta y echó a correr, sin molestarse en mirar a los individuos que habían tropezado con el cadáver. No tenía sentido querer reflexionar con aquellos lobos famélicos; si lo hiciera no dudarían en arrancarle la piel a tiras.

-¡Atrapadlo! -vociferó una voz-. ¡Quiero su corazón!

Entre gritos y blasfemias, la Hermandad de las Espadas se precipitó tras su antiguo camarada, vencidos por la sed de sangre. Konrad utilizó todas sus fuerzas para anteponer la máxima distancia posible de la turba de lunáticos que le pisaba los talones. Con el corazón en un puño, traspasó las dunas cubiertas de esqueletos; si no alcanzaba la chalupa lo antes posible sería hombre muerto. Poco a poco, sus adversarios comenzaron a ganar terreno; la locura que los poseía daba alas a sus pies. Al vislumbrar el bote a medio kilómetro de distancia, Stark obvió la sequedad de su boca y las dolorosas punzadas que recorrían sus costillas; no pensaba morir en aquel infame lugar. Los náufragos rezagados levantaron los arcabuces e intentaron abrir fuego; por fortuna para alemán hacía meses que habían agotado las reservas de pólvora. Una carcajada sardónica escapó de sus labios sin que pudiera evitarlo.

-¡Mal asunto, compadres! -zumbó con malicia-. ¡Me temo que vuestra mala puntería está acorde a todo lo demás!

 

Minutos más tarde, cuando creía que iba a estallarle el corazón por la violencia del esfuerzo, alcanzó la barca varada en la playa. Después de cortar la cuerda, colocó el hombro en la proa, hundió los pies en la arena, y empujó con las energías que le restaban. El agua helada lo cubrió hasta las rodillas. Resollando, subió al bote y buscó los remos, pero se detuvo a mitad del movimiento; tenía a los austriacos encima. Una espada centelleó como un relámpago y le arrancó el sombrero de la cabeza. El alemán empuñó la pistola que le restaba y perforó el esternón de su agresor de un balazo. Éste lanzó un alarido moribundo y se desplomó de bruces escupiendo sangre. Bamboleándose, Konrad trazó una madeja protectora en torno a su anatomía, y evitó por escasos centímetros las hojas desportilladas que pretendían aniquilarlo. De un tajo, abrió el estómago del rival más cercano, desparramando sus entrañas sobre las aguas removidas. Inmediatamente, proyectó el acero hacia un rostro demacrado; la punta atravesó la boca abierta y salió por la nuca, silenciando abruptamente las imprecaciones encolerizadas del náufrago.

-¡Adelante! -rió Stark-. ¡Acabaré con todos vosotros, hijos de mala madre!

Un enemigo embistió ciegamente, con el mosquete sobre la cabeza, sin tener en cuenta su propia seguridad. El impacto volcó la chalupa y lo arrojó por encima de la borda. Konrad escupió agua y se puso en pie de un salto; no tenía ninguna posibilidad contra tantos hombres. El alemán esquivó una pistola que estuvo cerca de hundirle el cráneo y descargó el estoque de abajo arriba, cortando de cuajo la muñeca de su adversario; la mano que empuñaba el arma salió disparada soltando un chorro escarlata, hundiéndose en el océano. De una patada, apartó al herido y encajó la embestida de otra espada. Las hojas entrechocaron con estruendo y levantaron ardientes chispas azules y amarillas. Chapoteando, retrocedió ante los mandobles del austriaco, medio cegado por el reflejo de las armas. Media docena de brazos nervudos lo agarraron desde todas las direcciones, inmovilizándolo. Stark maldijo como un condenado antes de caer inconsciente bajo la culata de un mosquete. Un estallido púrpura inundó sus sentidos y la oscuridad lo arrastró al olvido…




III

LA HERMANDAD DE LAS ESPADAS




Horas más tarde, Konrad despertó, sintiendo que la cabeza iba a estallarle en mil pedazos. Dolorido, con la mirada extraviada, intentó enfocar a las figuras borrosas que danzaban a su alrededor. Stark intentaba aclarar su visión mientras agitaba la cabeza: estaba fuertemente atado por recias cuerdas al mástil del barco de los náufragos. La cubierta, manchada de sangre seca y suciedad, demostraba que aquellos hombres habían perdido la cordura desde hacía semanas; cuerpos descompuestos, semidevorados, con las vísceras al aire, se pudrían bajo el sol. La fetidez de los cadáveres lo provocó de tal forma que estuvo a punto de vomitar. Colérico, apretó los dientes y resistió las arcadas; no iba a humillarse de aquella manera ante sus enemigos.

Los austriacos no demostraban haber visto que estaba despierto y mucho menos reconocerlo: su antigua condición de marineros de fortuna había pasado a la historia, reemplazada por un salvajismo digno de los negros que habitaban en el sur de África. Sus ropas echas jirones, ondeaban al viento, mientras danzaban en torno al palo mayor, girando y cabriolando con movimientos grotescos. Stark forcejeó contra las ligaduras, pero éstas eran imposibles de romper; necesitaría un milagro para poder escapar de allí. Le quemaba la frente donde había recibido el golpe del mosquete, un débil hilo de sangre coagulada descendía por su mejilla hasta llegar a la camisa desgarrada; tendría que añadir otra cicatriz a las demás.

 

Entonces, la revelación se abrió pasó a través de su mente y le puso la piel de gallina: sus antiguos camaradas se habían transformado en caníbales y pensaban devorarlo. Aterrorizado, lanzó una mirada urgente al navío que se mecía en las aguas límpidas que circundaban el islote; ninguno de los franceses estaba en condiciones para salvarlo del destino que le aguardaba. Un gruñido rabioso surgió de su garganta: no merecía otra cosa por haber sido tan imbécil. Sin ser consciente de ello, contempló las facciones barbudas y demoniacas de los austriacos, buscando a Alois Bernhard entre ellas; pero al capitán del barco no se le veía por ninguna parte.

 

Como podía comprobar, la soledad y la escasez de alimentos, podían llevar a la bestialidad, a cualquier cristiano devoto de Dios. Los náufragos, habían traspasado el umbral de la civilización, degenerando en un estado de barbarie indigna de sus personas, convirtiéndose en pálidas sombras de los hombres que un día fueron. No quedaba nada de la orgullosa apariencia de los austriacos; ahora, eran seres deformes y consumidos por la locura, espectros sin personalidad ni alma, que debían ser aniquilados como perros rabiosos. Konrad no pudo experimentar compasión alguna por sus captores, dada la situación en la que se encontraba, la única manera que tenía de sobrevivir era aferrándose al desprecio que sentía hacia ellos. Interiormente, se alegró de haberse llevado por delante a cinco de aquellos bastardos; su acto podía considerarse una obra de caridad.

 

Súbitamente, los náufragos cesaron sus movimientos y empuñaron los cuchillos, dispuestos a terminar con la existencia del alemán. Mientras avanzaban, sus pupilas centelleaban como ascuas moribundas, colmadas de un hambre visceral y profana, que lo hizo temblar como un niño. Stark se retorció, brutalmente, sin éxito alguno; los nudos marineros eran demasiado fuertes. De no ganar tiempo se convertiría en la pitanza de sus adversarios.

 

-¡Soltadme, idiotas! -gritó-. ¿Acaso no me reconocéis? ¡Soy Konrad Stark!

Los austriacos hicieron oídos sordos a sus exclamaciones.

-¿Dónde está el capitán Bernhard? -inquirió bañado por un sudor frío como el hielo-. ¡Quiero hablar con él!

Una carcajada unánime escapó de veinte bocas.

-Bernhard ha muerto -masculló uno de los náufragos escupiendo saliva-. Nos lo comimos hace unas cuantas semanas, compadre.

La voz del chiflado le resultó familiar: ¿Sería el segundo de a bordo del barco?

-¿Paul? -preguntó-. ¿Eres tú?

El austriaco se agitó como si lo hubieran pinchado.

-No conozco a ningún Paul -renegó-. Te equivocas de hombre.

-¡Mentira! -bramó Stark-. Luchamos codo con codo en Marengo hace años. ¡No puedes haberlo olvidado, maldita sea!

La sonrisa maniaca de Paul mostró su dentadura ennegrecida.

-Cierra la bocaza -instó-, y reserva tus energías para chillar...

 

Su oponente se aproximó con la intención de destriparlo; una luz sádica brillaba en sus ojos enrojecidos mientras aferraba el puñal en la diestra. Konrad cerró los ojos y rezó para que todo fuera rápido: siempre había deseado una muerte brusca y sin dolor. Súbitamente, un estampido atronador silenció las risas desequilibradas de los austriacos, rasgando el ambiente opresivo que llenaba la embarcación. La bala aterrizó en mitad de la cubierta y produjo un espantoso crujido, destrozando a los captores que se encontraban en su trayectoria. Stark abrió los párpados y rió estruendosamente. Los franceses habían decidido tomar cartas en el asunto; cinco barcas se aproximaban a la playa. El caos estalló entre sus captores, los aullidos de rabia se impusieron al lamento de los heridos; ninguno esperaba ser víctima de una ofensiva sorpresa. Una nueva detonación desperdigó a los pocos hombres que no habían huido. El segundo de a bordo se derrumbó sobre las planchas de madera cubiertas de sangre; su fisionomía era un guiñapo irreconocible. El navío se tambaleó sobre la quilla. Los palos, jarcias, vergas y velas vibraron, agitados por el impacto de los cañonazos, que amenazaban con partirlo en dos. Un proyectil rozó la parte alta del mástil central y lo quebró como si fuera de papel. El alemán lanzó un grito involuntario y agachó la cabeza; astillas de madera podrida llovieron sobre su anatomía y estuvieron cerca de empalarlo. La sacudida le tensó los músculos hasta un límite insoportable; de no ser por su poderosa constitución hubiera muerto desmembrado. Exhausto, soltó las cuerdas con dedos vacilantes; el cañonazo había aflojado los nudos. Tambaleándose, caminó unos pasos erráticos; tenía los miembros doloridos por la falta de riego sanguíneo. Mientras se recuperaba de la experiencia, se inclinó y tomó un acero de los dedos inertes de un cadáver; aquellos desgraciados iban a pagar lo que le habían hecho.

 

Los franceses, que acababan de desembarcar, combatían contra la horda de hombres zarrapastrosos que se abalanzaban sobre ellos. Velozmente, comandados por el capitán Vincent, formaron dos líneas defensivas, la primera rodilla en tierra y la segunda de pie, y descargaron los mosquetes; cinco austriacos perecieron entre espantosos estertores de agonía. Konrad soslayó los despojos diseminados sobre la cubierta, cruzó una pasarela de madera y abandonó la embarcación; el deseo de vengarse de sus captores lo hizo olvidar cualquier herida o cansancio que pudiera sentir. Sus compañeros de viaje soltaron las armas de fuego y desenvainaron las espadas; era el momento de la lucha cuerpo a cuerpo. A pesar de la distancia, el fragor de los metales llegó a sus oídos; nunca hubiera imaginado sentir tanta exultación, viendo contender a los individuos que había pretendido engañar. El destino le estaba enseñando extrañas lecciones; quizá todos los franceses no eran tan mala gente como pensaba. La guerra estaba desvirtuando sus pragmáticos puntos de vista.

 

Stark alcanzó a un náufrago rezagado y le clavó el estoque entre los omóplatos a traición; éste perdió el equilibrio y pereció con un gemido quejumbroso. Inmediatamente, brincó por encima del cadáver y continuó adelante; odiaría perderse la fiesta. Los franceses, superiores en armamento y destreza, daban buena cuenta de los austriacos; una treintena de cuerpos inertes yacían sobre la arena. Al llegar, soltó un alarido de guerra impropio de su persona y se unió al estrépito de la refriega:

-¡Por Francia! -clamó-. ¡Larga vida al Emperador Bonaparte!

Furioso, trazó un sendero escarlata con la espada, cortando cuerpos y extirpando vidas, sin tener en cuenta su propia seguridad. Al verlo, sus compañeros de travesía reanudaron las estocadas, dando buena cuenta de los pocos supervivientes. Finalmente, Konrad se alzó entre los cadáveres, satisfecho y manchado de sangre, con una sonrisa lobuna en los labios. Los austriacos habían pasado a la historia: no quedaba ni uno de ellos con vida. El capitán del barco se aproximó al alemán: sus ojos soltaban chispas.

-¿Qué demonios hacías aquí? -masculló-. ¡Poco te ha faltado para no contarlo!

Stark improvisó una mentira sobre la marcha.

-Es todo tan confuso, señor -dijo-. Creo que bebí demasiado y cometí una estupidez de borracho. Es triste que tanta felicidad me haya llevado a este desagradable incidente. Supongo que después de cuatro semanas de viaje, mis ansiosos pies querrían tocar tierra firme.

Vincent se ajustó la peluca debajo del sombrero.

-¿Quiénes eran estos perros? -inquirió-. Por lo que resta de sus uniformes, si la vista no me engaña, parecen renegados austriacos.

Konrad encogió los hombros inocentemente.

-No tuve tiempo de preguntarlo, señor. Fui vilmente atacado nada más desembarcar. Me atraparon y me llevaron a los restos de su cascarón. Esos hombres habían perdido el seso, Capitán, se alimentaban como animales salvajes.

Vincent se santiguó justo al resto de sus hombres.

-¡Virgen María Santísima! -exclamó vencido por un arrebato supersticioso-. Salgamos de aquí antes que nos volvamos locos también. ¡Este lugar parece la letrina de Lucifer!

-Me parece una gran idea -lo secundó Stark-. Lamento profundamente los inconvenientes que mi conducta os haya podido causar, señor. No sé cómo resarciros por este inconveniente tan grande...

El capitán agitó la mano llena de anillos de oro:

-¡Olvidadlo! -gruñó-. Dad gracias a que el vigía que estaba de guardia abrió los ojos en el momento oportuno y vió como erais atacado por estos piojosos bastardos. De lo contrario... ¡Ahora mismo estaríais en el estómago de alguno de ellos!

Konrad asintió con fingida humildad.

-Os aseguro que lo haré, señor.


 

 

Los franceses envainaron las armas y regresaron a los botes, sin molestarse en mirar atrás, con expresiones torvas y cansadas. Antes de partir, Stark echó un vistazo a los náufragos aniquilados, indiferente, con la sensación de que había obrado de la manera correcta. Para bien o para mal, los miembros de la Hermandad de las Espadas no volverían a surcar los mares.

-Hasta nunca, compadres -murmuró con sorna-. Espero que Satanás os reciba con los brazos abiertos.

publicado en febrero de 2009

 
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