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Doppelgänger Más sobre Alexis Brito Delgado


«La razón por la que es difícil contarlo es porque recuerdo demasiado. Recuerdo todo, pero como un muñeco sentado en las rodillas de un ventrílocuo».

Henry Miller

 

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Todo estaba en orden. Preparé la copa: tres piedras de hielo, cuatro generosos dedos de whisky y un chorro de Seven-Up. Me senté delante del ordenador, verifiqué cuantos cigarros quedaban en la caja (doce) y entorné las persianas metálicas: me era imprescindible cierta oscuridad para poder escribir. En el exterior, los vehículos recorrían la calzada. El sonido de los coches, motocicletas, autobuses y camiones llegaba a mis oídos. Aquel era el único defecto de vivir en la ciudad, el ruido constante del tráfico, por lo demás todo perfecto: mi anonimato estaba seguro entre las avenidas de la metrópoli. Abrí la carpeta de música, eché un vistazo superficial a los archivos y elegí a Gary Numan. Dentro, descansaban cuatro discos: Sacrifice, Exile, Pure y Jagged. Me decanté por el tercero, lo arrastré al reproductor Winamp y encendí las columnas. Ahora estaba preparado.

 

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Tomé un trago, el alcohol descendió por mi garganta y calentó mis entrañas. Como Bukowski, pensaba que una buena copa era fundamental a la hora de crear algo interesante. Interiormente, tomé nota para no sobrepasarme, sino no podría escribir nada, estaría demasiado ebrio para enlazar el sujeto con el predicado: no era la primera vez que me sucedía. El humo del Marlboro recorrió mis pulmones. Me ajusté las gafas y escribí el título del relato: «Doppelgänger». La música, poderosa e hipnótica, llenó el salón del hogar. Me encantaba aquel álbum. Era un alivio comprobar que Numan había resucitado dejando atrás su etapa ochentera. Como todos los grandes artistas (David Bowie, Lou Reed o Iggy Pop) había sufrido un bache durante esa época, para salir del mismo con renovadas fuerzas e inspiración musical. La pantalla, dolorosamente en blanco me esperaba, incitándome a llenarla de palabras. Sólo tenía que empezar a teclear, con un poco de suerte, si las cosas salían bien, lo demás vendría por sí mismo. Mi vista se desvió a la izquierda, sacudí la ceniza del cigarro sobre el cenicero y revisé los apuntes tomados a mano en una libreta: sabía que la inspiración no tardaría en aparecer. Cerré los ojos y me concentré en la historia que pululaba por mi cabeza. Una frase que había leído en alguna parte inundó mis pensamientos: «El conocimiento acumula dolor

 

 

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Sin darme cuenta, rememoré la creación de mi personaje, cuando estaba en el instituto, antes de que mi vida cambiara y me convirtiese en lo que soy. Me recordé a mí mismo con dieciséis años. Era un chaval delgado, de piernas torcidas y sonrisa fácil, introvertido y acomplejado por su forma de ser, que no encajaba en ninguna parte. Como no me llevaba bien con mis compañeros de clase (ellos me veían como un bicho raro y yo los veía como unos estúpidos) pasaba mi tiempo libre en la biblioteca del centro. Allí, gracias a la mediación de unos colegas de COU, comencé a leer libros de ciencia ficción (Dune, Neuromante), fantasía (El Señor de los Anillos, Conan de Cimmeria), poesía (Bertold Brecht, William Blake, Rimbaud) y biografías musicales (Jim Morrison, los Cure, R.E.M.). Había descubierto horizontes donde volcar mi sensibilidad, incentivos para escapar del presente: las aburridas clases, la monotonía de vivir en un barrio que aborrecía, y la intolerancia de la gente que me rodeaba. Poco a poco, la idea de ser novelista se transformó en una obsesión: aquello era lo que quería hacer con mi vida, era lo único que me motivaba y me hacía sentir feliz conmigo mismo. La amargura y la soledad desaparecerían, no tendría que depender de nadie, menos aún soportar los típicos comentarios despectivos por nadar a contracorriente. Nota: huelga decir que a mis profesores y a mis familiares le importaba un carajo que decidiera convertirme en escritor, no recuerdo ninguna palabra de ánimo por parte de ambos bandos, el comentario habitual era que se trataba de una afición adolescente y que se me pasaría cuando aceptara el mundo real: matrimonio, hipoteca, deudas, descendencia, un trabajo miserable, y por último, senilidad, enfermedades, decadencia y muerte. «Polvo eres y en polvo te convertirás».

 

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Dorian Stark, como creación literaria, nació para desahogar mis frustraciones, inquietudes y miserias personales. El año anterior, recién cumplidos los quince, había alquilado Blade Runner en el videoclub del barrio. Después de verla -su impacto visual y emocional cambió mi vida- decidí crear algo similar, algo con lo que pudiera sentirme identificado. La imagen maliciosa y arrogante del personaje interpretado por Rutger Hauer, su maldad y generosidad, la madurez e infantilismo que destilaba un ser que sólo tenía cuatro años de vida, marcaron la primera pauta. La segunda fue Rick Deckard, la mejor actuación de la carrera de Harrison Ford (lo siento por Han Solo o Indiana Jones), con su amargura y aislamiento, con el aire trágico de los mejores antihéroes del cine de los ochenta, (Max Rockatansky, Serpiente Plissken o RoboCop) o de la literatura fantástica, (Solomon Kane, Elric de Melniboné o Raistlin Majere) marcaron la siguiente pauta. Mi personalidad, frágil y atormentada, junto a las drogas y una profunda depresión completarían el círculo. Pero… no nos adelantemos a los acontecimientos.

 

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Los primeros cuentos del Agente Ejecutor (ampliamente influenciados por Blade Runner y RoboCop) aparecieron en la revista del instituto. Aún recuerdo la ansiedad y la satisfacción de publicar mis primeras historias. Parecía un niño el día de Reyes, abriendo los regalos y contemplándolos, alegre sin límite alguno. Como es lógico, mis historias pasaban desapercibidas (o eran despreciadas) entre las demás: poemas de amor adolescente, relatos de amor adolescente, reflexiones de amor adolescente... Imagínate, pasas la página y encuentras un cuento cyberpunk sobre un tipo medio máquina, drogadicto y conflictivo, que repudia su profesión, que se odia a sí mismo y que mataría a su madre si sus superiores se lo ordenaran... Encantador, ¿verdad?

 

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Vuelvo al presente, enciendo otro cigarrillo, me ventilo media copa e imagino el rostro del alemán. En un principio, al verlo en La Sabiduría de los Cocodrilos, el modelo era Jude Law (Hauer me parecía demasiado mayor para el personaje), pero ahora prefiero a Paul Bettany, creo que es perfecto como inspiración, además, como pude comprobar en El Código Da Vinci, da la talla a la hora de interpretar a un tipo torturado. Visualizo su cabello rubio albino y sus ojos grises, fríos y melancólicos, que nadie se atreve a mirar durante mucho tiempo. Rostro anguloso, de marcados pómulos, por el efecto de las anfetaminas que consume a diario. La imagen es tan nítida, tan real, que aún la veo cuando abro los párpados y observo mi reflejo sobre el póster enmarcado que hay encima de la pantalla. Durante tres años, escribí un total de cinco historias sobre el personaje, cada una más compleja que la anterior, un ciclo que en el momento actual (doce años más tarde), ni siquiera ha llegado a la mitad. Estos relatos, que aún conservo, fueron el embrión de mi segunda novela: Selector de Frecuencias.

 

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A nivel literario, Selector de Frecuencias fue la experiencia más angustiosa que he tenido en mi vida. Me explico: a los diecinueve años, recién terminado el instituto, me largué de mi casa y conseguí mi anhelada independencia económica.

En aquella época, mi filosofía era hacer borrón (mi asquerosa infancia, las palizas de los niños del barrio, desligarme de las personas que conocía y alejarme del amor obsesivo de mi madre) y cuenta nueva (conseguir un buen trabajo, estudiar periodismo, comprarme una casa y conocer a alguien que valiera la pena). Me detengo y trago saliva. ¡Qué imbécil era! Si hubiera sabido lo que me esperaba hubiese preferido suicidarme. Pero entonces... ¿Dónde hubiera estado la diversión? Prendo el tercer pitillo y me regodeo en el pasado hasta que tengo la sensación de que algo va a estallar dentro de mí. El dolor, los errores cometidos, el sufrimiento por una causa perdida, todo aflora como una marejada lóbrega, llena de aristas cortantes, que inunda mi interior con una tristeza deforme; una agonía asquerosamente familiar.

Durante dos años, estuve enganchado a las anfetaminas, tomando cocaína y consumiendo éxtasis. Me odiaba tanto a mí mismo que sólo quería tocar fondo. Como es natural, no tenía valor ni fuerza de voluntad para quitarme de en medio. Opté por la opción fácil o como diría Rimbaud: «El poeta se transforma en vidente a través del largo, ilimitado y sistemático desorden de los sentidos».

 

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Hoy, a las dos y trece de la mañana, con la perspectiva del tiempo, corroboro que gracias a todas aquellas malditas experiencias, me convertí en un adulto. El precio que pagué (una de mis frases favoritas) fue la pérdida de la inocencia. Recuerdo las noches de insomnio, los remordimientos de conciencia, el vacío espiritual provocado por la depresión. Recuerdo aquellas madrugadas, cuando me despertaba en mitad de una pesadilla, bañado de sudor, con las sábanas empapadas, llorando como un niño. Cuando me levantaba, engullía dos o tres estimulantes, iba al baño y ahogaba mi sufrimiento debajo de la ducha. Una escena, que, después de vivirla mil veces, se la adjudiqué al alemán, para descargarla del fondo de mi alma. Recuerdo a las personas que me traicionaron, recuerdo una soledad como jamás he conocido, donde me revolcaba constantemente, impulsado por un autodesprecio que nunca llegaré a comprender. Todo pasa por mi cabeza a cámara lenta. El disco ha terminado y la noche ha caído sobre la ciudad, tenebrosa como las puertas que me he atrevido a abrir. Sí. Lo recuerdo todo. Recuerdo pesar cincuenta kilos y estar hecho una mierda. Recuerdo que podía contarme las costillas sin necesidad de tocarme la piel. Recuerdo escuchar el Disintegration de los Cure, el Closer de Joy Division, el Berlin de Lou Reed, el OK Computer de Radiohead, el Dog Man Star de Suede y el Ultra de Depeche Mode a todas horas. Recuerdo fumar tres paquetes de Marlboro al día. Recuerdo que subsistía a base de café y chocolate. Recuerdo que todos los gilipollas que me rodeaban pensaban que estaba loco. Recuerdos que abrieron heridas incapaces de cicatrizar en mi corazón. Recuerdos que aniquilaron el presente y el futuro. Recuerdos que no cesan de acosarme. Recuerdos que no volveré a vivir más...

 

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Siempre supe que debía estar preparado. Y para bien o para mal, después de dos años hecho polvo, conseguí el estado mental propicio. Decidí desengancharme de las anfetaminas y comenzar Selector de Frecuencias. Había tocado el Cielo y el Infierno. Tenía un amplio conocimiento de los rincones oscuros de mi personalidad. Dorian Stark cesó de ser un proyecto acariciado en mi mente y tomó forma sin dificultades. Ahora comprendía por qué era incapaz de dormir. Ahora comprendía por qué siempre estaba amargado. Ahora comprendía por qué se drogaba constantemente. Ahora comprendía por qué los implantes biónicos lo habían transformado en un monstruo. Nunca conté con la insensibilidad que vendría al dejar de consumir pastillas. El mundo, tal como lo conocía, pasó de ser un lugar extraño y lleno de malos presagios, a convertirse en un erial desolado, donde nada importaba ni tenía sentido. Un vacío estremecedor, colmado de náuseas y contriciones, reemplazó todo lo anterior, y si soy sincero, llegué a extrañar la locura por la que había pasado. Durante tres meses, mientras escribía la novela, las pesadillas aumentaron y fueron peores que antes. Tenía miedo de acostarme, no soportaba el mundo de los sueños, porque al amanecer todo sería igual o peor. Llegó un momento que cuando abría los ojos la almohada siempre estaba llena de lágrimas. Vivía día a día, minuto a minuto, mes a mes, pensando en el suicidio. Quería un final grotesco y de mal gusto: cortarme las venas en la ducha, ahorcarme en el techo de la cocina, saltar de un décimo piso, inhalar los gases de todos los productos de limpieza que guardaba en mi casa, meter la cabeza en el horno y apretar el encendedor para que mi cráneo se convirtiera en un jirón de carne abrasada. Cuando la terminé, habían pasado noventa días justos, estaba en los huesos y apenas lograba mantenerme en pie. En vez de salir de juerga y celebrarlo decidí cerrar aquella etapa a lo grande: un chute de heroína significó la muerte de mi juventud.

 

 

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El mismo día que finalicé Selector de Frecuencias (Viernes, 27 de Abril del 2001) quedé con mi camello y le pedí un pico. La escena la describí en mi tercera novela: Melancolía. Una obra influenciada por Taxi Driver de Martin Scorcese y el álbum Berlin de Lou Reed.

La historia fue la siguiente:

El negro depositó la cucharilla a sus pies y derramó unos granos de caballo sobre la superficie quemada. Acto seguido, acercó la escupidera, llenó la hipodérmica hasta la mitad y vertió el agua sobre el recipiente ennegrecido. Colmillo Blanco me observó detenidamente percibiendo el brillo crepuscular que bañaba mis facciones consumidas. Colocó la sopa encima de una llama titilante y removió los posos estancados con la aguja, hasta conseguir una mezcla aceptable. No podía apartar mi atención de sus manos, éstas efectuaban un ritual blasfemo, condicionadas por largos años de experiencia. Por último, acopló un filtro de cigarro sobre la cucharilla, succionó el líquido dentro de la cámara y llenó la jeringuilla. Me quité el cinturón, hice un nudo chapucero por encima del codo y me golpeé el brazo con dedos rígidos. Mis venas palpitaron. Cables vigorosos llenos de savia, marcándose sobre la piel, proporcionándome un acceso al Infierno. El camello sostuvo mi brazo, me pinchó hacia atrás y perforó la vena de arriba a abajo. La carne cedió bajo el impacto del acero. Una punzada de dolor resplandeció durante unos segundos, suprimiéndome, por fin había cruzado el límite...

Nota: Te aseguro, «Querido Lector», que no hay nada de invención en lo que te he contado. Por cierto, aquella misma noche sufrí una sobredosis y terminé en el hospital. Los médicos me dijeron que estuve clínicamente muerto durante un minuto. Desde entonces no he metido nada: odio las drogas con toda mi alma.

 

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Octavo cigarrillo. Cuarto whisky. Son las tres y cuarenta y tres de la mañana. Todo va sobre ruedas y el sueño se niega a visitarme. Inconscientemente, observo mi reflejo y me cuesta reconocerme. ¿Era rubio hace unos segundos o son imaginaciones mías?

Dentro de lo que cabe, intento reconciliarme con el pasado, exprimirlo y sacarle utilidad para dar lo mejor de mí mismo: mi filosofía como escritor es llegar al límite de mi resistencia y sobrepasarla. Cuando paso por una mala etapa, cuando todo deja de tener sentido, cuando mis demonios interiores (otra de mis frases favoritas) toman el control de mis actos, siempre recurro al Agente Ejecutor para encontrar la estabilidad. Lo mejor del personaje, aparte del grado de identificación que me produce, es que puede soportar toda la porquería que descargo sobre sus hombros. Ahí es donde reside la grandeza de la escritura, cuando la realidad y la ficción se entremezclan y no queda nada más: te sientes liberado y vuelves a empezar de cero. A veces sueño despierto, anhelo que todo hubiera sido distinto, pero sé que es imposible: nunca podré dar marcha atrás y cambiar los hechos. Suelto un suspiro y me paso la diestra por la cara: odio pensar en lo que pudo ser y no fue. Busco algo de música y elijo el último álbum de los Editors: lo mejor que ha salido al mercado desde hace meses. Giro el vaso y miro el hielo derretido que baila en el fondo: en breve tendré que preparar otra copa. Por norma, mientras escribo una historia disfruto con el proceso: primero imagino los capítulos, el ambiente, las conversaciones, las descripciones y procuro documentarme exhaustivamente sobre el tema. Luego, cuando todo está en regla, comienzo a narrar lo que he planeado con días de antelación, suelo tardar semanas o meses, depende del grado de interés que sienta. Cuando la finalizo la reviso unas cuantas veces, añado o quito cosas, la envío a alguna revista y procuro no volver a leerla nunca más. ¿Por qué? Porque detesto lo que he escrito y pienso que podía haberlo hecho mucho mejor. Quizá soy demasiado perfeccionista, no debería exigirme tanto y sí disfrutar del momento, pero por desgracia nunca he podido, no necesito críticos que aniquilen mi obra por la sencilla razón de que forma parte de mi trabajo. Este relato va por el mismo camino, llevo diez páginas y empiezo a sentirme insatisfecho, creo que me he desviado del hilo conductor, que el whisky ha mellado la idea original, pervirtiendo lo que en un principio era un cuento interesante.

Un calambre recorre mi espina dorsal como una descarga eléctrica. Aquí está, llevaba esperándolo toda la noche, el bloqueo del escritor aparece y me deja con la mente en blanco: sabía que no tardaría en aparecer.

 

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¿Sigues ahí?

Acabo de revisar la historia por completo y no he modificado nada. Bueno, miento como un bellaco, cambié algunos detalles: un tiempo verbal que no me cuadraba y sustituí la palabra atormentado por torturado para evitar repeticiones. Hacía siglos que no escribía nada autobiográfico. Lo curioso, entre otras cosas, es que no he leído nada por el estilo desde hace meses. El último libro que terminé fue Melmoth el Errabundo. Y si mal no recuerdo los anteriores fueron una biografía de Ian Curtis (Touching From The Distance) que llevaba años buscando, el Golem de Gustav Meyrink, y La Piedra Negra y Cormac Rey de los Mares (de Robert E. Howard). El encabezado de Henry Miller no significa que haya leído nada de él recientemente. De hecho, ahora que lo pienso, debería repasar la Trilogía de la Crucifixión Rosa, pero acabo de comenzar (por tercera o cuarta vez) El Imperio del Sol de J.G. Ballard; Nexus, Sexus y Plexus tendrán que esperar.

La autobiografía es gratificante, cuentas lo que pasa por tu cabeza sin tener ningún plan e improvisas sobre la marcha. Lo mejor del asunto, sin duda alguna, es que no tienes que inventar nada, te limitas a decir lo que quieres, de la forma más natural posible, sin dejar de ser tú mismo. A veces tengo miedo de caer en el conformismo, de limitarme a seguir las mismas pautas estilísticas como hacen el noventa por ciento de los novelistas.

Abro mi MySpace y compruebo los cuentos que publiqué durante el mes de noviembre. «Love Will Tear Us Apart»: un relato de Jack y Nathan en Liter Área Fantástica. «El Declive»: una historia humorística en Relatos Cortos. «Selector de Frecuencias»: el cuarto capítulo de mi mejor novela en Portal De Ciencia Ficción. «Apocalypse Now»: un relato inspirado en los Doors en Relatos Entretenidos. «Lienzos de Estática»: el primer capítulo de una novela corta de Dorian Stark. Una docena de poemas en Azul@rte. «Rasgos»: otro poema en La Rosa Profunda. «Las Puertas de la Percepción»: un cuento corto para miNatura. Y el segundo (y último) capítulo de «Hologramas» en NGC 3360. No está mal para un escritor que no logra publicar un puto libro. ¿No crees?

 

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Automáticamente, abro mi correo electrónico y compruebo que me ha llegado un mensaje de un usuario anónimo:

Hola, Álex:

Primero quiero decirte que me gusta la ciencia ficción; he leído un par de tus relatos (Terminator: Pesadillas, RoboCop: Directrices Primarias...) y me han encantado.

Mirando un poco los enlaces de Portal-Cifi, y sus correspondientes relatos, veo que el personaje de Dorian Stark es el centro de tu trabajo. Me gustaría que me dijeras el orden en el que deben leerse para poder disfrutarlos mejor y de forma lineal, sin baches.

También me gustaría que me dijeras si los relatos Replicante y Nexus -de la página Jack Blade Runner- están relacionados, cuál es el primero y cuál es el segundo...

Tal vez me podrías pasar por e-mail algún relato, como Ashes to Ashes, por ejemplo.

¿Me podrías enviar la respuesta a este mail, por favor?

Gracias por tu tiempo y un saludo.

Sonrío y agradezco contar con gente tan enrollada: puede que en el fondo no lo esté haciendo tan mal como creía. ¡Y yo que pensaba que lo que hacía no le gustaba a nadie! Aquello merecía celebrarse, subí la música, fui a la cocina y preparé otra copa: vaso limpio, hielo, Johnnie Walker y refresco. Al volver al salón me detuve delante del espejo del pasillo con una sensación extraña. ¿Había visto algo raro al pasar? Todo estaba en orden: cabellos castaños prematuramente encanecidos, barba de dos días, mirada brillante por los efectos del alcohol y una mueca sarcástica en los labios.

-¡Estás como una cabra! -dije en voz alta-. ¡No deberías beber tanto!

Turbado, volví a la silla y tomé un sorbo mientras me sentaba. Fruncí el ceño: la copa tenía demasiado Seven-Up para mi gusto. Una impresión que no sabía cómo definir me hizo entornar los ojos. ¿Mis manos eran diferentes? Contemplé mis dedos. Tenía la sensación de que habían cambiado durante las últimas horas. Parecían más grandes, distintos a como los conocía, como si pertenecieran a otro individuo... Hice caso omiso a mis aprensiones y continué adelante. La ingravidez que llenaba mis miembros se acrecentó. Volví a mirar la hora por enésima vez: eran las cuatro y veintidós de la mañana. Dentro de poco me acostaría. Me dolía la espalda y tenía los músculos tensos. Llevaba escribiendo desde las ocho de la tarde. Necesitaba descansar, recuperar fuerzas, o al día siguiente desperdiciaría toda la mañana.

 

14

Qué más podía contar? He seguido escribiendo historias de Dorian Stark hasta la fecha. Ahora mismo tengo que terminar una que tenía pendiente desde hacia unas semanas, supongo que de aquí a finales de año me pondré al día con las cosas que tengo sueltas dentro del ordenador. Diez relatos y una novela por concluir: se titulará Tumba de Gravedad y estará inspirada en los Happy Mondays y en la movida Madchester de principios de los noventa. Nota: el primer capítulo apareció en Lenguas de Fuego hace unos meses. Espero poder continuar la trama y terminarla de aquí a un año. Bostezo, me quito las gafas y me froto la cara. No puedo más, se me están cerrando los ojos, creo que es hora de que me vaya a la cama. De pronto, al levantar la vista contemplo, aterrorizado, un rostro desconocido ante mis narices. El pánico y los nervios me cierran la garganta como un dogal. Mis dedos resbalan sobre el teclado y quedan inmóviles. ¿Qué me ha pasado? ¿Por qué soy otra persona? ¿Quién es el hombre reflejado en el póster? Pausadamente, experimento una especie de transmutación. Mi anatomía se deforma y crece, mis músculos fluctúan debajo de la ropa y se transforman en nudos fibrosos, mis extremidades se endurecen y transmiten una frialdad imposible de soportar. Mis pupilas pasan del marrón al gris. Álex ha desaparecido, nada queda del escritor, ha sido reemplazado por otra persona. La cara que me observa es la del Agente Ejecutor. Es la del alemán. Es la de mi doppelgänger. Es la de Dorian Stark...

 

Imagen de Almacan

 


publicado en diciembre de 2008

 
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