«La razón por la que es difícil
contarlo es porque recuerdo demasiado. Recuerdo
todo, pero como un muñeco sentado en
las rodillas de un ventrílocuo».
Henry Miller
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1
Todo estaba en orden. Preparé la copa: tres piedras
de hielo, cuatro generosos dedos de whisky y un chorro
de Seven-Up. Me senté delante del ordenador,
verifiqué cuantos cigarros quedaban en la caja
(doce) y entorné las persianas metálicas:
me era imprescindible cierta oscuridad para poder escribir.
En el exterior, los vehículos recorrían
la calzada. El sonido de los coches, motocicletas, autobuses
y camiones llegaba a mis oídos. Aquel era el
único defecto de vivir en la ciudad, el ruido
constante del tráfico, por lo demás todo
perfecto: mi anonimato estaba seguro entre las avenidas
de la metrópoli. Abrí la carpeta de música,
eché un vistazo superficial a los archivos y
elegí a Gary Numan. Dentro, descansaban cuatro
discos: Sacrifice, Exile, Pure y Jagged.
Me decanté por el tercero, lo arrastré
al reproductor Winamp y encendí las
columnas. Ahora estaba preparado.
2
Tomé un trago, el alcohol descendió
por mi garganta y calentó mis entrañas.
Como Bukowski, pensaba que una buena copa era fundamental
a la hora de crear algo interesante. Interiormente,
tomé nota para no sobrepasarme, sino no podría
escribir nada, estaría demasiado ebrio para enlazar
el sujeto con el predicado: no era la primera vez que
me sucedía. El humo del Marlboro recorrió
mis pulmones. Me ajusté las gafas y escribí
el título del relato: «Doppelgänger».
La música, poderosa e hipnótica, llenó
el salón del hogar. Me encantaba aquel álbum.
Era un alivio comprobar que Numan había resucitado
dejando atrás su etapa ochentera. Como todos
los grandes artistas (David Bowie, Lou Reed o Iggy Pop)
había sufrido un bache durante esa época,
para salir del mismo con renovadas fuerzas e inspiración
musical. La pantalla, dolorosamente en blanco me esperaba,
incitándome a llenarla de palabras. Sólo
tenía que empezar a teclear, con un poco de suerte,
si las cosas salían bien, lo demás vendría
por sí mismo. Mi vista se desvió a la
izquierda, sacudí la ceniza del cigarro sobre
el cenicero y revisé los apuntes tomados a mano
en una libreta: sabía que la inspiración
no tardaría en aparecer. Cerré los ojos
y me concentré en la historia que pululaba por
mi cabeza. Una frase que había leído en
alguna parte inundó mis pensamientos: «El
conocimiento acumula dolor.»
3
Sin darme cuenta, rememoré
la creación de mi personaje, cuando estaba en
el instituto, antes de que mi vida cambiara y me convirtiese
en lo que soy. Me recordé a mí mismo con
dieciséis años. Era un chaval delgado,
de piernas torcidas y sonrisa fácil, introvertido
y acomplejado por su forma de ser, que no encajaba en
ninguna parte. Como no me llevaba bien con mis compañeros
de clase (ellos me veían como un bicho raro y
yo los veía como unos estúpidos) pasaba
mi tiempo libre en la biblioteca del centro. Allí,
gracias a la mediación de unos colegas de COU,
comencé a leer libros de ciencia ficción
(Dune, Neuromante), fantasía (El
Señor de los Anillos, Conan de Cimmeria),
poesía (Bertold Brecht, William Blake, Rimbaud)
y biografías musicales (Jim Morrison, los Cure,
R.E.M.). Había descubierto horizontes donde volcar
mi sensibilidad, incentivos para escapar del presente:
las aburridas clases, la monotonía de vivir en
un barrio que aborrecía, y la intolerancia de
la gente que me rodeaba. Poco a poco, la idea de ser
novelista se transformó en una obsesión:
aquello era lo que quería hacer con mi vida,
era lo único que me motivaba y me hacía
sentir feliz conmigo mismo. La amargura y la soledad
desaparecerían, no tendría que depender
de nadie, menos aún soportar los típicos
comentarios despectivos por nadar a contracorriente.
Nota: huelga decir que a mis profesores y a mis familiares
le importaba un carajo que decidiera convertirme en
escritor, no recuerdo ninguna palabra de ánimo
por parte de ambos bandos, el comentario habitual era
que se trataba de una afición adolescente y que
se me pasaría cuando aceptara el mundo real:
matrimonio, hipoteca, deudas, descendencia, un trabajo
miserable, y por último, senilidad, enfermedades,
decadencia y muerte. «Polvo eres y en polvo
te convertirás».
4
Dorian Stark, como creación
literaria, nació para desahogar mis frustraciones,
inquietudes y miserias personales. El año anterior,
recién cumplidos los quince, había alquilado
Blade Runner en el videoclub del barrio. Después
de verla -su impacto visual y emocional cambió
mi vida- decidí crear algo similar, algo
con lo que pudiera sentirme identificado. La imagen
maliciosa y arrogante del personaje interpretado por
Rutger Hauer, su maldad y generosidad, la madurez e
infantilismo que destilaba un ser que sólo tenía
cuatro años de vida, marcaron la primera pauta.
La segunda fue Rick Deckard, la mejor actuación
de la carrera de Harrison Ford (lo siento por Han Solo
o Indiana Jones), con su amargura y aislamiento, con
el aire trágico de los mejores antihéroes
del cine de los ochenta, (Max Rockatansky, Serpiente
Plissken o RoboCop) o de la literatura fantástica,
(Solomon Kane, Elric de Melniboné o Raistlin
Majere) marcaron la siguiente pauta. Mi personalidad,
frágil y atormentada, junto a las drogas y una
profunda depresión completarían el círculo.
Pero… no nos adelantemos a los acontecimientos.
5
Los primeros cuentos del Agente Ejecutor
(ampliamente influenciados por Blade Runner
y RoboCop) aparecieron en la revista del instituto.
Aún recuerdo la ansiedad y la satisfacción
de publicar mis primeras historias. Parecía un
niño el día de Reyes, abriendo los regalos
y contemplándolos, alegre sin límite alguno.
Como es lógico, mis historias pasaban desapercibidas
(o eran despreciadas) entre las demás: poemas
de amor adolescente, relatos de amor adolescente, reflexiones
de amor adolescente... Imagínate, pasas la página
y encuentras un cuento cyberpunk sobre un tipo medio
máquina, drogadicto y conflictivo, que repudia
su profesión, que se odia a sí mismo y
que mataría a su madre si sus superiores se lo
ordenaran... Encantador, ¿verdad?
6
Vuelvo al presente, enciendo otro cigarrillo,
me ventilo media copa e imagino el rostro del alemán.
En un principio, al verlo en La Sabiduría
de los Cocodrilos, el modelo era Jude Law (Hauer
me parecía demasiado mayor para el personaje),
pero ahora prefiero a Paul Bettany, creo que es perfecto
como inspiración, además, como pude comprobar
en El Código Da Vinci, da la talla a
la hora de interpretar a un tipo torturado. Visualizo
su cabello rubio albino y sus ojos grises, fríos
y melancólicos, que nadie se atreve a mirar durante
mucho tiempo. Rostro anguloso, de marcados pómulos,
por el efecto de las anfetaminas que consume a diario.
La imagen es tan nítida, tan real, que aún
la veo cuando abro los párpados y observo mi
reflejo sobre el póster enmarcado que hay encima
de la pantalla. Durante tres años, escribí
un total de cinco historias sobre el personaje, cada
una más compleja que la anterior, un ciclo que
en el momento actual (doce años más tarde),
ni siquiera ha llegado a la mitad. Estos relatos, que
aún conservo, fueron el embrión de mi
segunda novela: Selector de Frecuencias.
7
A nivel literario, Selector de Frecuencias
fue la experiencia más angustiosa que he tenido
en mi vida. Me explico: a los diecinueve años,
recién terminado el instituto, me largué
de mi casa y conseguí mi anhelada independencia
económica.
En aquella época, mi filosofía
era hacer borrón (mi asquerosa infancia, las
palizas de los niños del barrio, desligarme de
las personas que conocía y alejarme del amor
obsesivo de mi madre) y cuenta nueva (conseguir un buen
trabajo, estudiar periodismo, comprarme una casa y conocer
a alguien que valiera la pena). Me detengo y trago saliva.
¡Qué imbécil era! Si hubiera sabido
lo que me esperaba hubiese preferido suicidarme. Pero
entonces... ¿Dónde hubiera estado la diversión?
Prendo el tercer pitillo y me regodeo en el pasado hasta
que tengo la sensación de que algo va a estallar
dentro de mí. El dolor, los errores cometidos,
el sufrimiento por una causa perdida, todo aflora como
una marejada lóbrega, llena de aristas cortantes,
que inunda mi interior con una tristeza deforme; una
agonía asquerosamente familiar.
Durante dos años, estuve enganchado
a las anfetaminas, tomando cocaína y consumiendo
éxtasis. Me odiaba tanto a mí mismo que
sólo quería tocar fondo. Como es natural,
no tenía valor ni fuerza de voluntad para quitarme
de en medio. Opté por la opción fácil
o como diría Rimbaud: «El poeta se
transforma en vidente a través del largo, ilimitado
y sistemático desorden de los sentidos».
8
Hoy, a las dos y trece de la mañana,
con la perspectiva del tiempo, corroboro que gracias
a todas aquellas malditas experiencias, me convertí
en un adulto. El precio que pagué (una de mis
frases favoritas) fue la pérdida de la inocencia.
Recuerdo las noches de insomnio, los remordimientos
de conciencia, el vacío espiritual provocado
por la depresión. Recuerdo aquellas madrugadas,
cuando me despertaba en mitad de una pesadilla, bañado
de sudor, con las sábanas empapadas, llorando
como un niño. Cuando me levantaba, engullía
dos o tres estimulantes, iba al baño y ahogaba
mi sufrimiento debajo de la ducha. Una escena, que,
después de vivirla mil veces, se la adjudiqué
al alemán, para descargarla del fondo de mi alma.
Recuerdo a las personas que me traicionaron, recuerdo
una soledad como jamás he conocido, donde me
revolcaba constantemente, impulsado por un autodesprecio
que nunca llegaré a comprender. Todo pasa por
mi cabeza a cámara lenta. El disco ha terminado
y la noche ha caído sobre la ciudad, tenebrosa
como las puertas que me he atrevido a abrir. Sí.
Lo recuerdo todo. Recuerdo pesar cincuenta kilos y estar
hecho una mierda. Recuerdo que podía contarme
las costillas sin necesidad de tocarme la piel. Recuerdo
escuchar el Disintegration de los Cure, el
Closer de Joy Division, el Berlin de
Lou Reed, el OK Computer de Radiohead, el Dog
Man Star de Suede y el Ultra de Depeche
Mode a todas horas. Recuerdo fumar tres paquetes de
Marlboro al día. Recuerdo que subsistía
a base de café y chocolate. Recuerdo que todos
los gilipollas que me rodeaban pensaban que estaba loco.
Recuerdos que abrieron heridas incapaces de cicatrizar
en mi corazón. Recuerdos que aniquilaron el presente
y el futuro. Recuerdos que no cesan de acosarme. Recuerdos
que no volveré a vivir más...
9
Siempre supe que debía estar
preparado. Y para bien o para mal, después de
dos años hecho polvo, conseguí el estado
mental propicio. Decidí desengancharme de las
anfetaminas y comenzar Selector de Frecuencias.
Había tocado el Cielo y el Infierno. Tenía
un amplio conocimiento de los rincones oscuros de mi
personalidad. Dorian Stark cesó de ser un proyecto
acariciado en mi mente y tomó forma sin dificultades.
Ahora comprendía por qué era incapaz de
dormir. Ahora comprendía por qué siempre
estaba amargado. Ahora comprendía por qué
se drogaba constantemente. Ahora comprendía por
qué los implantes biónicos lo habían
transformado en un monstruo. Nunca conté con
la insensibilidad que vendría al dejar de consumir
pastillas. El mundo, tal como lo conocía, pasó
de ser un lugar extraño y lleno de malos presagios,
a convertirse en un erial desolado, donde nada importaba
ni tenía sentido. Un vacío estremecedor,
colmado de náuseas y contriciones, reemplazó
todo lo anterior, y si soy sincero, llegué a
extrañar la locura por la que había pasado.
Durante tres meses, mientras escribía la novela,
las pesadillas aumentaron y fueron peores que antes.
Tenía miedo de acostarme, no soportaba el mundo
de los sueños, porque al amanecer todo sería
igual o peor. Llegó un momento que cuando abría
los ojos la almohada siempre estaba llena de lágrimas.
Vivía día a día, minuto a minuto,
mes a mes, pensando en el suicidio. Quería un
final grotesco y de mal gusto: cortarme las venas en
la ducha, ahorcarme en el techo de la cocina, saltar
de un décimo piso, inhalar los gases de todos
los productos de limpieza que guardaba en mi casa, meter
la cabeza en el horno y apretar el encendedor para que
mi cráneo se convirtiera en un jirón de
carne abrasada. Cuando la terminé, habían
pasado noventa días justos, estaba en los huesos
y apenas lograba mantenerme en pie. En vez de salir
de juerga y celebrarlo decidí cerrar aquella
etapa a lo grande: un chute de heroína significó
la muerte de mi juventud.
10
El mismo día que finalicé
Selector de Frecuencias (Viernes, 27 de Abril
del 2001) quedé con mi camello y le pedí
un pico. La escena la describí en mi tercera
novela: Melancolía. Una obra influenciada por
Taxi Driver de Martin Scorcese y el álbum
Berlin de Lou Reed.
La historia fue la siguiente:
El negro depositó la cucharilla
a sus pies y derramó unos granos de caballo sobre
la superficie quemada. Acto seguido, acercó la
escupidera, llenó la hipodérmica hasta
la mitad y vertió el agua sobre el recipiente
ennegrecido. Colmillo Blanco me observó detenidamente
percibiendo el brillo crepuscular que bañaba
mis facciones consumidas. Colocó la sopa encima
de una llama titilante y removió los posos estancados
con la aguja, hasta conseguir una mezcla aceptable.
No podía apartar mi atención de sus manos,
éstas efectuaban un ritual blasfemo, condicionadas
por largos años de experiencia. Por último,
acopló un filtro de cigarro sobre la cucharilla,
succionó el líquido dentro de la cámara
y llenó la jeringuilla. Me quité el cinturón,
hice un nudo chapucero por encima del codo y me golpeé
el brazo con dedos rígidos. Mis venas palpitaron.
Cables vigorosos llenos de savia, marcándose
sobre la piel, proporcionándome un acceso al
Infierno. El camello sostuvo mi brazo, me pinchó
hacia atrás y perforó la vena de arriba
a abajo. La carne cedió bajo el impacto del acero.
Una punzada de dolor resplandeció durante unos
segundos, suprimiéndome, por fin había
cruzado el límite...
Nota: Te aseguro, «Querido Lector»,
que no hay nada de invención en lo que te he
contado. Por cierto, aquella misma noche sufrí
una sobredosis y terminé en el hospital. Los
médicos me dijeron que estuve clínicamente
muerto durante un minuto. Desde entonces no he metido
nada: odio las drogas con toda mi alma.
11
Octavo cigarrillo. Cuarto whisky. Son
las tres y cuarenta y tres de la mañana. Todo
va sobre ruedas y el sueño se niega a visitarme.
Inconscientemente, observo mi reflejo y me cuesta reconocerme.
¿Era rubio hace unos segundos o son imaginaciones
mías?
Dentro de lo que cabe, intento reconciliarme
con el pasado, exprimirlo y sacarle utilidad para dar
lo mejor de mí mismo: mi filosofía como
escritor es llegar al límite de mi resistencia
y sobrepasarla. Cuando paso por una mala etapa, cuando
todo deja de tener sentido, cuando mis demonios interiores
(otra de mis frases favoritas) toman el control de mis
actos, siempre recurro al Agente Ejecutor para encontrar
la estabilidad. Lo mejor del personaje, aparte del grado
de identificación que me produce, es que puede
soportar toda la porquería que descargo sobre
sus hombros. Ahí es donde reside la grandeza
de la escritura, cuando la realidad y la ficción
se entremezclan y no queda nada más: te sientes
liberado y vuelves a empezar de cero. A veces sueño
despierto, anhelo que todo hubiera sido distinto, pero
sé que es imposible: nunca podré dar marcha
atrás y cambiar los hechos. Suelto un suspiro
y me paso la diestra por la cara: odio pensar en lo
que pudo ser y no fue. Busco algo de música y
elijo el último álbum de los Editors:
lo mejor que ha salido al mercado desde hace meses.
Giro el vaso y miro el hielo derretido que baila en
el fondo: en breve tendré que preparar otra copa.
Por norma, mientras escribo una historia disfruto con
el proceso: primero imagino los capítulos, el
ambiente, las conversaciones, las descripciones y procuro
documentarme exhaustivamente sobre el tema. Luego, cuando
todo está en regla, comienzo a narrar lo que
he planeado con días de antelación, suelo
tardar semanas o meses, depende del grado de interés
que sienta. Cuando la finalizo la reviso unas cuantas
veces, añado o quito cosas, la envío a
alguna revista y procuro no volver a leerla nunca más.
¿Por qué? Porque detesto lo que he escrito
y pienso que podía haberlo hecho mucho mejor.
Quizá soy demasiado perfeccionista, no debería
exigirme tanto y sí disfrutar del momento, pero
por desgracia nunca he podido, no necesito críticos
que aniquilen mi obra por la sencilla razón de
que forma parte de mi trabajo. Este relato va por el
mismo camino, llevo diez páginas y empiezo a
sentirme insatisfecho, creo que me he desviado del hilo
conductor, que el whisky ha mellado la idea original,
pervirtiendo lo que en un principio era un cuento interesante.
Un calambre recorre mi espina dorsal
como una descarga eléctrica. Aquí está,
llevaba esperándolo toda la noche, el bloqueo
del escritor aparece y me deja con la mente en blanco:
sabía que no tardaría en aparecer.
12
¿Sigues ahí?
Acabo de revisar la historia por completo
y no he modificado nada. Bueno, miento como un bellaco,
cambié algunos detalles: un tiempo verbal que
no me cuadraba y sustituí la palabra atormentado
por torturado para evitar repeticiones. Hacía
siglos que no escribía nada autobiográfico.
Lo curioso, entre otras cosas, es que no he leído
nada por el estilo desde hace meses. El último
libro que terminé fue Melmoth el Errabundo.
Y si mal no recuerdo los anteriores fueron una biografía
de Ian Curtis (Touching From The Distance)
que llevaba años buscando, el Golem
de Gustav Meyrink, y La Piedra Negra y Cormac
Rey de los Mares (de Robert E. Howard). El encabezado
de Henry Miller no significa que haya leído nada
de él recientemente. De hecho, ahora que lo pienso,
debería repasar la Trilogía de la Crucifixión
Rosa, pero acabo de comenzar (por tercera o cuarta vez)
El Imperio del Sol de J.G. Ballard; Nexus,
Sexus y Plexus tendrán que esperar.
La autobiografía es gratificante,
cuentas lo que pasa por tu cabeza sin tener ningún
plan e improvisas sobre la marcha. Lo mejor del asunto,
sin duda alguna, es que no tienes que inventar nada,
te limitas a decir lo que quieres, de la forma más
natural posible, sin dejar de ser tú mismo. A
veces tengo miedo de caer en el conformismo, de limitarme
a seguir las mismas pautas estilísticas como
hacen el noventa por ciento de los novelistas.
Abro mi MySpace y compruebo
los cuentos que publiqué durante el mes de noviembre.
«Love Will Tear Us Apart»: un relato de
Jack y Nathan en Liter Área Fantástica.
«El Declive»: una historia humorística
en Relatos Cortos. «Selector de Frecuencias»:
el cuarto capítulo de mi mejor novela en Portal
De Ciencia Ficción. «Apocalypse Now»:
un relato inspirado en los Doors en Relatos Entretenidos.
«Lienzos de Estática»: el primer
capítulo de una novela corta de Dorian Stark.
Una docena de poemas en Azul@rte. «Rasgos»:
otro poema en La Rosa Profunda. «Las Puertas de
la Percepción»: un cuento corto para miNatura.
Y el segundo (y último) capítulo de «Hologramas»
en NGC 3360. No está mal para un escritor que
no logra publicar un puto libro. ¿No crees?
13
Automáticamente, abro mi correo
electrónico y compruebo que me ha llegado un
mensaje de un usuario anónimo:
Hola, Álex:
Primero quiero decirte que me
gusta la ciencia ficción; he leído un
par de tus relatos (Terminator: Pesadillas, RoboCop:
Directrices Primarias...) y me han encantado.
Mirando un poco los enlaces de
Portal-Cifi, y sus correspondientes relatos, veo que
el personaje de Dorian Stark es el centro de tu trabajo.
Me gustaría que me dijeras el orden en el que
deben leerse para poder disfrutarlos mejor y de forma
lineal, sin baches.
También me gustaría
que me dijeras si los relatos Replicante y Nexus -de
la página Jack Blade Runner- están
relacionados, cuál es el primero y cuál
es el segundo...
Tal vez me podrías pasar
por e-mail algún relato, como Ashes to Ashes,
por ejemplo.
¿Me podrías enviar
la respuesta a este mail, por favor?
Gracias por tu tiempo y un saludo.
Sonrío y agradezco contar con
gente tan enrollada: puede que en el fondo no lo esté
haciendo tan mal como creía. ¡Y yo que
pensaba que lo que hacía no le gustaba a nadie!
Aquello merecía celebrarse, subí la música,
fui a la cocina y preparé otra copa: vaso limpio,
hielo, Johnnie Walker y refresco. Al volver
al salón me detuve delante del espejo del pasillo
con una sensación extraña. ¿Había
visto algo raro al pasar? Todo estaba en orden: cabellos
castaños prematuramente encanecidos, barba de
dos días, mirada brillante por los efectos del
alcohol y una mueca sarcástica en los labios.
-¡Estás como una
cabra! -dije en voz alta-. ¡No deberías
beber tanto!
Turbado, volví a la silla y
tomé un sorbo mientras me sentaba. Fruncí
el ceño: la copa tenía demasiado Seven-Up
para mi gusto. Una impresión que no sabía
cómo definir me hizo entornar los ojos. ¿Mis
manos eran diferentes? Contemplé mis dedos. Tenía
la sensación de que habían cambiado durante
las últimas horas. Parecían más
grandes, distintos a como los conocía, como si
pertenecieran a otro individuo... Hice caso omiso a
mis aprensiones y continué adelante. La ingravidez
que llenaba mis miembros se acrecentó. Volví
a mirar la hora por enésima vez: eran las cuatro
y veintidós de la mañana. Dentro de poco
me acostaría. Me dolía la espalda y tenía
los músculos tensos. Llevaba escribiendo desde
las ocho de la tarde. Necesitaba descansar, recuperar
fuerzas, o al día siguiente desperdiciaría
toda la mañana.
14
Qué más podía
contar? He seguido escribiendo historias de Dorian Stark
hasta la fecha. Ahora mismo tengo que terminar una que
tenía pendiente desde hacia unas semanas, supongo
que de aquí a finales de año me pondré
al día con las cosas que tengo sueltas dentro
del ordenador. Diez relatos y una novela por concluir:
se titulará Tumba de Gravedad y estará
inspirada en los Happy Mondays y en la movida Madchester
de principios de los noventa. Nota: el primer capítulo
apareció en Lenguas de Fuego hace unos meses.
Espero poder continuar la trama y terminarla de aquí
a un año. Bostezo, me quito las gafas y me froto
la cara. No puedo más, se me están cerrando
los ojos, creo que es hora de que me vaya a la cama.
De pronto, al levantar la vista contemplo, aterrorizado,
un rostro desconocido ante mis narices. El pánico
y los nervios me cierran la garganta como un dogal.
Mis dedos resbalan sobre el teclado y quedan inmóviles.
¿Qué me ha pasado? ¿Por qué
soy otra persona? ¿Quién es el hombre
reflejado en el póster? Pausadamente, experimento
una especie de transmutación. Mi anatomía
se deforma y crece, mis músculos fluctúan
debajo de la ropa y se transforman en nudos fibrosos,
mis extremidades se endurecen y transmiten una frialdad
imposible de soportar. Mis pupilas pasan del marrón
al gris. Álex ha desaparecido, nada queda del
escritor, ha sido reemplazado por otra persona. La cara
que me observa es la del Agente Ejecutor. Es la del
alemán. Es la de mi doppelgänger. Es la
de Dorian Stark...
publicado en diciembre de
2008
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