«Somos testigos. Haga Yahvé
que la mujer que entra en tu casa sea como Lía
y Raquel, que edificaron la casa de Israel.
Que por ella seas poderoso en Efratas y tengas
renombre en Belén. Que sea tu casa como
la casa de Fares, el que Tamar dió a
Judá, por la descendencia que de esa
joven te dé Yahvé».
Ruth 4:11-12
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I
LUCHA SIN CUARTEL
Año de Nuestro Señor
1.313
La lluvia torrencial golpeaba los árboles entenebrecidos
cubriendo el bosque con su manto avasallador. Un trueno
retumbó en la negrura, encendió el cielo
durante unos instantes y partió un olmo por la
mitad: el tronco se derrumbó en el suelo y levantó
un torrente de fango. El antiguo caballero templario
sacudió la cabeza, apartó la lluvia que
enturbiaba su vista y aferró el mandoble: las
heridas y el agotamiento mermaban sus fuerzas. Su enemigo
lanzó un grito de rabia, osciló el hacha
sobre su cráneo, e intentó abrirle el
torso en dos. Stark retrocedió a trompicones
y levantó el escudo: el acero hendió las
placas de madera y embotó su brazo. Los cadáveres
sangrantes inundaban el claro y entorpecían los
asaltos de los guerreros. Otro destello de luz atravesó
las tinieblas y quemó unos setos enmarañados.
Wolfgang atacó a ciegas, su arma centelleó
como una llama azulada y rozó el casco de su
oponente. Éste se inclinó en el último
segundo, trazó un arco mortífero y desgarró
la cota de malla del germano: un hilillo de sangre escapó
de la herida recién abierta. Trastabillando,
ambos hombres cruzaron sus armas, al límite de
sus resistencias. Stark ignoró el ardor de sus
pulmones, el asta de la flecha que sobresalía
por su costado, los últimos cortes que había
recibido y levantó la espada: el ataque había
estado apunto de perforarle la clavícula. Con
el mandoble por delante, comenzó a retroceder,
reuniendo fuerzas de flaqueza, mientras buscaba un hueco
en la guardia de su adversario. A su alrededor, las
copas de los árboles, anegadas por la tormenta,
ocultaron los relámpagos que restallaban sobre
la tierra. Los contornos del bosque, neblinosos y tétricos,
se abalanzaron sobre su figura, cubriendo su alma de
negros designios. Lentamente, su rival apretó
el mango del hacha, flexionó los brazos velludos
y se aproximó hacia su persona. Una sonrisa homicida
flotó en sus labios contraídos por el
odio.
-¡Perro! -gruñó-.
¡No huyáis como un cobarde!
El germano le devolvió el gesto.
-Yo también sé
atacar por la espalda... ¡Traidor!
Su enemigo movió el arma, juguetonamente,
seguro de su victoria.
-¿Traidor? -coreó-.
Sois demasiado severo, amigo mío. Nadie os mandaba
a meter las narices en este asunto.
Wolfgang evitó el cadáver
de un caballo: el animal tenía el cuello traspasado
por una lanza. El firmamento volvió a encenderse
e irradió las facciones sádicas de su
oponente. La lluvia se deslizó colina abajo,
pasó entre sus piernas y convirtió el
bosque en un lodazal. Su rival estaba disfrutando con
su momentánea superioridad, sus rasgos delataban
la fiebre de la caza: una sensación que el antiguo
caballero templario conocía de memoria.
-Yo no he saqueado a granjeros
indefensos -masculló-. Deberíais
avergonzaros de vuestra villanía.
Su adversario soltó una risa
burlona.
-Me temo que no tengo una moral
cristiana como la vuestra, señor. Descubrí
hace mucho tiempo que las buenas acciones y la caridad
no llenan un estómago vacío. ¡Vuestro
altruismo es repugnante!
El cinismo de su enemigo le produjo
náuseas.
-¡Pagaréis por
vuestros crímenes! -gruñó-.
¡Satanás os acogerá encantado en
sus dominios!
El hombretón encajó
las mandíbulas.
-¡Sois arrogante! ¡Hasta
un niño podría acabar con vos en el estado
en que os encontráis!
La sonrisa furiosa del germano brilló
a contraluz.
-¡Adelante! -provocó-.
¡Será un placer destriparos como a un cerdo!
Con un rugido, su adversario se abalanzó
sobre su cuerpo, blandiendo el arma. El escudo resistió
el terrible impacto a duras penas. Pedazos de roble
y placas de hierro saltaron en todas las direcciones.
Wolfgang aguantó la embestida, apretó
las cinchas y descargó el acero sobre las piernas
cubiertas por espinilleras. Ágilmente, su rival
saltó sobre la hoja y dejó caer el hacha
sobre la testa de Stark. El tronar del metal contra
el metal lo ensordeció, le arrancó el
casco de la cabeza y lo envió rodando entre los
abetos. Un millar de chipas centellearon ante sus ojos:
poco había faltado para que su oponente acabara
con su vida. Desesperado, detuvo las embestidas lo mejor
que pudo, procurando apartar la hoja del arma de su
anatomía. Una finta abrió una línea
carmesí sobre su cara: tendría que sumar
otra cicatriz a las demás.
Inesperadamente, el hombretón
resbaló sobre un charco de barro y perdió
el equilibrio. El germano dio un salto, aprovechando
aquella oportunidad, descargando el mandoble sobre su
oponente: la hoja dividió el mango del hacha
con un crujido. Maldiciendo, su adversario soltó
el arma, sacó un puñal de la funda que
colgaba en su cinturón y buscó sus genitales.
Wolfgang reculó a tiempo. La cuchillada lamió
sus muslos sin producirle grandes daños. Su rival
tomó impulso y lo derribó por los suelos.
Stark perdió la espada, agarró el brazo
que se inclinaba sobre su cuello y apartó la
punta del acero de su garganta. Ambos rodaron sobre
la tierra batida por la lluvia, en un remolino de brazos
y piernas, entre blasfemias y resoplidos. El barro inundó
el cuerpo de Stark y ralentizó sus movimientos:
era consciente de que no tardaría en perecer
si no lograba acabar con su enemigo. La pesada respiración
del hombretón, que apestaba a vino y a podredumbre,
le provocó ganas de vomitar.
-Acabaré con vos aunque
sea lo último que haga- susurró
entre dientes-. Vengaré a mis compatriotas
con vuestra sangre...
El germano aguantó la muñeca
con la zurda y con la mano libre extirpó la flecha
que sobresalía entre sus costillas superiores.
Su grito de sufrimiento se mezcló con el rugido
de la tempestad. Colérico, hundió el asta
en la cara de su rival, taladrándole la mejilla
hasta el hueso. Éste aulló de dolor y
soltó su presa. Stark desclavó la fecha
ensangrentada, reunió todo su odio y perforó
por segunda vez las facciones de su contrincante. Un
chorro carmesí bañó sus rasgos
y le hizo apartar la cabeza: el asta desapareció
dentro de la órbita alcanzando el cerebro. El
hombretón lanzó un chillido póstumo,
tembló espasmódicamente y se desplomó
inerte sobre el antiguo caballero templario. Con un
gesto de asco, se desembarazó del cadáver,
llenando sus pulmones de aire, mientras la bóveda
turbulenta bañaba su físico agotado por
la batalla.
Después de un tiempo indeterminado,
Wolfgang se levantó a trompicones, con los ojos
vidriosos y la boca seca. Se encontraba débil,
había perdido mucha sangre y su entorno giraba
como una peonza. Debía vendar sus heridas y encontrar
un refugio seguro: sus camaradas mercenarios no habían
tenido tanta suerte. Soltó el escudo destrozado
y envainó la espada. Trabajosamente, ascendió
la colina resbaladiza, usando pies y manos, impulsado
por su voluntad inquebrantable.
-Gracias por protegerme, Señor
-murmuró-. No olvida-ré tu
ayuda...
Al llegar al claro del bosque, los
cuerpos aniquilados, tanto de amigos como de adversarios,
diseminados sobre el fango, le produjeron una sacudida.
Stark contempló las armaduras abolladas, los
cascos resquebrajados, las armas melladas, los arcos
abandonados y las flechas rotas, con ojos llenos de
amargura. A pesar de su estado, una emoción extraña
invadió su interior, barriendo la furia que lo
había auxiliado a sobrevivir. Lágrimas
de pesadumbre se deslizaron sobre sus pómulos
y desaparecieron bajo la lluvia: lamentaba la muerte
inútil e innecesaria de aquellos hombres. Luego,
se arrastró a la entrada de la floresta, buscando
su propio corcel, vencido por el peso de la tormenta.
A través de su visión empañada,
distinguió la gualdrapa y los arreos familiares
del animal, que había comprado en Granada cuando
desembarcó en el país. Melancólico,
acarició la cabeza encapuchada, los flancos poderosos
y el pelaje húmedo: otro buen caballo perdido
por la iniquidad de los hombres. El germano abrió
las alforjas, sacó una pesada capa de cuero y
cubrió sus hombros con la prenda. Acto seguido,
se incorporó, agarró sus pertenencias
personales, abandonó la carnicería y se
dirigió hacia el este, dando la espalda a los
cadáveres. El peso combinado del armamento y
las alforjas, junto a las heridas y la extenuación,
quebraron su ánimo y lo derrumbaron por tierra.
La lluvia arreció, estremeció la espesura
y dobló los abetos. Agotado, Wolfgang perdió
el sentido: quizá había encontrado la
muerte que tanto anhelaba…
II
ISABEL LA NEGRA
A través de la negrura, Stark
sintió que alguien manipulaba su cuerpo, arrastrándolo
sobre el barro. Delirando, intentó resistirse,
pero estaba demasiado débil, sus esfuerzos fueron
inútiles. Una hora más tarde, al recuperar
vagamente el conocimiento, distinguió la bóveda
celeste sobre su cráneo: pesadas nubes enmarcaban
el firmamento despejado. Ladeó la cabeza y distinguió
que estaba tumbado en la parte trasera de un carro,
sobre sacos de forraje, cubierto por una áspera
manta. El vehículo traqueteó por una cuesta
empinada y se adentró entre los árboles.
Las copas, verdes y grises, desfilaron ante sus ojos,
ocultando los haces de sol que caían desde lo
alto. Wolfgang tembló de frío. Su cuerpo
era una constelación de músculos doloridos,
cortes menores y punzadas angustiosas: ignoraba porqué
continuaba con vida. Un gemido escapó de sus
labios al extender la mano hacia el pomo de la espada.
Algo pareció rasgarse en su costado, un súbito
mareo nubló su vista y le arrebató la
respiración; aunque hubiera podido empuñar
el arma no hubiese logrado alzarla para defender su
existencia. El germano lanzó una maldición
y aceptó su lamentable estado. Antes de volver
a sumirse en las tinieblas, percibió la espalda
del conductor sentado en el pescante del vehículo.
La figura de cabellos castaños, fuerte y agraciada,
vestida con una túnica oscura, pertenecía
a una mujer.
Al abrir los párpados de nuevo,
entre las oleadas de fiebre y mortificación,
reconoció un sonido familiar, aunque no logró
ubicarlo en su memoria. En rededor, los troncos de los
olmos formaban un manto tupido, ocultando un camino
de tierra mojada mal pavimentado. Una brisa fresca y
tonificante ascendió desde el bosque y acarició
su rostro estragado por el sufrimiento. El sol ocupaba
el centro del cielo e irradiaba sus ropas húmedas,
proporcionándole un agradable calor que compensó
las horas que había pasado a la intemperie. El
crujido de unos pasos llamó su atención.
Una sombra ocultó los rayos amarillentos y se
dirigió a su persona con tono apremiante:
-¿Ya habéis despertado?
-comentó-. Creía que habíais
muerto.
Stark hizo un esfuerzo sobrehumano
por responder.
-¿Quién sois,
señora?
El rostro de la mujer era una mancha
indistinta a contraluz. Ésta soltó un
gruñido e ignoró su pregunta.
-No tenemos tiempo de charlar,
caballero -puntualizó-. He de curar
y vendar vuestras heridas. Cualquiera de ellas podría
estar infectada. Dudo que podáis sobrevivir si
no actuamos a tiempo.
Wolfgang asintió débilmente.
-Tenéis que caminar hasta
mi hogar -continuó-. No podré
levantaros por segunda vez. Al subiros al carro me hice
daño en la espalda. ¿Lo haréis?
El antiguo caballero templario esbozó
una de sus escasas sonrisas.
-Lo intentaré.
La mujer se frotó las manos,
decidida, le agarró los tobillos y sacó
sus piernas por fuera del vehículo con grandes
esfuerzos.
-¡Moveros! -instó-.
¡Pesáis demasiado para mí!
El germano se incorporó a duras
penas. La herida de la flecha lo obligó a rechinar
los dientes. Tenía la impresión de que
Satanás le hundía los colmillos en la
carne. Intentó tragar saliva, pero tenía
la boca seca, una bilis pastosa se agolpó en
su garganta, obligándolo a carraspear. Lentamente,
se agarró a los laterales del carro, irguió
su figura y se quedó tomando aire, agitado. Le
ardía la garganta. Una miríada de puntos
plateados destelló ante sus ojos. Había
sobrevalorado sus fuerzas, los cortes y rasguños
volvieron a sangrar, provocándole un vahído
momentáneo.
-¡Adelante! -exclamó
su salvadora-. ¡Estamos perdien-do un tiempo
valioso!
Irritado, Stark bajó del vehículo,
deseando estrangular a la mujer con las manos desnudas.
Ésta se situó a su derecha, metió
el hombro debajo de su brazo y lo auxilió a mantener
la estabilidad. El mundo tembló durante unos
segundos, todo daba vueltas a su alrededor, estaba apunto
de caer de bruces, no podía resistir el peso
de su anatomía. La mujer lanzó un gruñido
y avanzó un paso. Por inercia, Wolfgang imitó
su movimiento, encajando las quijadas, mientras gruesas
gotas de sudor se deslizaban por su cara. Una corriente
de dolor atravesó sus músculos como una
puñalada, de los pies a la cabeza, torturando
sus fibras nerviosas. Poco a poco, caminaron hacia una
cabaña de madera situada en la cima de la colina,
entre tropiezos y maldiciones, vencidos por la fatiga.
Después de un tiempo interminable, con gran esfuerzo
de voluntad, llegaron a la puerta de la vivienda. La
mujer levantó una tranca de hierro. Segundos
más tarde, pasaron al interior envuelto en la
penumbra: habían logrado su objetivo. El germano
no experimentó ninguna alegría, el cansancio
lo elevaba por encima de sus emociones, quería
la paz que podía proporcionarle el olvido, desvanecerse
en la oscuridad. Semiinconsciente, se derrumbó
de lado sobre un incómodo jergón, a punto
de vomitar las escasas provisiones que llevaba en el
estómago. Su salvadora soltó un suspiro
de alivio, se apartó del antiguo caballero templario
y se pasó una mano por los cabellos, en un gesto
involuntario de feminidad. Stark la observó con
las pupilas dilatadas por la fiebre.
-Gracias por salvarme la vida,
señora -murmuró.
La mujer sonrió, exhausta,
apretando su espalda dolorida.
-Ha sido un placer -replicó
con ironía.
El germano cerró los párpados.
Había identificado el sonido que embargaba la
colina: era el rumor perpetuo del océano.
A media tarde, el entrechocar de las
cacerolas lo devolvió a la realidad, arrancándolo
del mundo de las pesadillas. Wolfgang se movió
debajo de las mantas y apretó los puños:
el pasado no cesaba de asediarlo. Extenuado y deprimido,
rememoró las tenebrosas imágenes que habían
desvelado su descanso: caballeros vestidos con túnicas
blancas que portaban la cruz latina color rojo sangre
en su pecho, los muros imponentes de Jerusalén,
peregrinos cruzando desiertos inabarcables, batallas
en nombre de la cristiandad en las que había
participado, edificios consumidos por el fuego provocado
por la guerra, iglesias colmadas de penitentes que entregaban
su alma al Todopoderoso… Quedaban tantas preguntas
por responder, las dudas abrasaban su conciencia y convertían
el presente en un infierno. El germano rememoró
los pensamientos de los últimos días.
A pesar de haber sido un caballero templario gran parte
de su existencia, apenas conocía los orígenes
de su propia orden, la realidad y la leyenda se entremezclaban,
insidiosamente, echando por tierra los conocimientos
que le habían enseñado sus superiores.
En los anales de los Caballeros de Dios, pergaminos
manchados de polvo y quebrados por el paso de los siglos,
contaban que al terminar la Primera Cruzada , Hugo de
Payens reunió a nueve caballeros franceses para
proteger a los peregrinos que visitaban la Tierra Santa
, de la amenaza de los enemigos de la Cristiandad. Stark
miró las vigas de madera del techo con los ojos
en blanco: en su fuero interno jamás había
confiado en la veracidad de la historia. En su momento,
seis años atrás, sus hermanos lo hubieran
tachado de pagano si se hubiera atrevido a expresar
en voz alta sus ideas. Ahora, la mayoría de los
miembros del temple habían muerto, torturados
y aniquilados en los calabozos y hogueras del Santo
Oficio, de nada le servía plantearse aquellas
cuestiones: la orden había pasado a mejor vida
hacía tiempo; el Papa Clemente V se encargó
de disolverla en Aviñón. El germano se
revolvió en el jergón y barrió
sus tétricas reflexiones: el presente inmediato
importaba mucho más que sus disquisiciones filosóficas.
Curioso, estudió el interior de la cabaña:
un fuego chisporroteaba al fondo de la misma dentro
de una chimenea de piedra instalada en la pared, muebles
humildes hechos a mano; mesa para tres o cuatro personas,
sillas de madera, mantas y pieles diseminadas por los
suelos, enseres metálicos y cucharas colgadas
en ganchos en las paredes. Sobre las llamas, una olla
emitía un delicioso olor, llenando la humilde
vivienda de humo que salía por una ventana abierta.
Wolfgang observó el cielo enrojecido, el sol
moribundo, las nubes púrpuras y ocres que danzaban
en el infinito, presagiando el anochecer inminente.
Su estómago vacío rugió, no recordaba
cuántas horas llevaba sin ingerir nada sólido,
cuando su olfato reconoció el olor de la sopa.
La mujer se volvió con la frente cubierta por
una fina película de sudor: estaba destripando
un pollo con un cuchillo.
-Buenas tardes -saludó-.
¿Habéis dormido bien?
Stark descubrió que estaba
en mejores condiciones de las que creía. Pese
a encontrarse cansado y dolorido, recobraba energías
con rapidez, su resistencia física no cesaba
de sorprenderle. Con voz clara respondió:
-Sí.
Su salvadora continuó realizando
sus quehaceres domésticos.
-He curado vuestras heridas
lo mejor que he podido -explicó-.
Tendréis que contarme que hacíais con
los hombres de su Majestad Alfonso XI.
El germano pasó por alto su
pregunta.
-Esta mañana os pregunté
quién erais, mi señora.
La mujer soltó una carcajada.
-Veo que sois tozudo como una
mula.
-No lo sabéis bien. ¿Cuál
es vuestro nombre?
La entonación de la mujer reveló
cierto sarcasmo al presentarse.
-Las gentes del pueblo me llaman
Isabel la Negra.
El antiguo caballero templario sintió
cómo se le erizaba el vello de la nuca.
-¿Isabel la Negra ? -repitió-.
Vuestra mala fama os precede, mi señora.
-¿Qué habéis
oído contar de mí?
Stark se encogió de hombros,
incómodo, ante la pregunta de la mujer.
-Sería descortés
hablar de los chismorreos y supersticiones de los aldeanos,
¿no creéis?
El germano había sacado sus
propias conclusiones a pesar de las historias que había
escuchado. Nadie que adorara al Maligno le hubiera salvado
el pellejo desinteresadamente. Debía confiar
en sus instintos y apartar los recelos propios de un
mercenario: aquella mujer no deseaba hacerle daño
alguno. Isabel lo animó a que hablara:
-No seáis tímido
-bromeó-. Siento curiosidad por saber
lo que se cuenta sobre mí.
Wolfgang accedió a regañadientes.
-He escuchado que adoráis
a Satanás. Que sacrificáis animales y
niños en su nombre. Que realizáis maldiciones
y conjuros que secan las tierras y los pechos de las
madres. Que atrapáis a los jóvenes con
vuestros hechizos y los hacéis conocer los pecados
de la carne…
La mujer lo interrumpió con
una risa burlona.
-La ignorancia suele condenar
lo que no comprende -dijo-. ¿Y vos
qué opináis?
Stark reflexionó unos segundos
antes de replicar:
-Todo es mentira.
-¿Y cómo habéis
llegado a esta conclusión, caballero, si apenas
me conocéis?
-He tenido experiencias con
los siervos de Satán -confesó-.
Sé reconocer el Bien y el Mal. Vos no pertenecéis
a los segundos. De ello puedo estar seguro.
-Sois muy perspicaz -Isabel
se burló de sus palabras-. Un hombre pragmático
e instruido. Pensé que todos estaban rezando
en las Iglesias a un Señor envilecido por la
codicia de la Madre Iglesia.
Wolfgang asintió ante su comentario.
-No todos hemos sido engañados,
señora. Aún quedan individuos con criterio
propio. Los pérfidos actos de la Santa Inquisición
han abierto los ojos a aquellos que no han sido cegados
por su sofistería.
La mujer fue sardónica:
-Y vos os encontráis
entre ellos, ¿verdad?
-Evidentemente.
Isabel limpió el animal dentro
de un barreño de agua limpia, lo partió
en varios pedazos, y lo arrojó dentro de la olla
burbujeante.
-La cena estará preparada
dentro de media hora -calculó-. Mientras
tanto, si sois tan amable, podríais contarme
vuestra historia. ¿Es mucho pedir?
El germano se mostró desconfiado.
-¿Por qué debería
hacerlo?
Isabel se limpió las manos
con un paño.
-Os he salvado la vida -argumentó-.
¿Os parece poco?
Stark cedió con una mueca en
la cara.
-Tenéis razón
-admitió-. Si no fuera por vuestra
gentileza estaría pudriéndome junto a
los cadáveres de mis camaradas y enemigos. He
sido arrogante y suspicaz. Os ruego que me perdonéis.
La mujer cogió una silla, se
sentó frente al antiguo caballero templario y
apartó las mantas para comprobar el vendaje de
las costillas.
-Tenéis una resistencia
fuera de lo común, caballero.
En aquel momento, el germano comprobó
que estaba desnudo como si acabara de llegar al mundo.
Su rostro ardió, sus mejillas se tiñeron
de carmesí, y se cubrió lo mejor que pudo,
avergonzado. Isabel sonrió con mordacidad.
-Sois demasiado puritano. No
seríais el primer varón que viera desnudo.
No tenéis nada que difiera del resto. Os lo puedo
asegurar.
Wolfgang tragó saliva, incómodo,
el corazón le golpeaba en el pecho con fuerza.
-¿Qué queréis
saber? -inquirió.
-Primero, antes que nada, vuestro
nombre. Aún no os habéis presentado, señor.
El germano se quedó con la
boca abierta. Era un huésped desconsiderado.
Llevaba tanto tiempo solo, o en compañía
de guerreros, que había olvidado las normas de
la cortesía.
-Mi nombre es Wolfgang Stark,
mi señora.
La mujer inclinó la cabeza
con ironía.
-Un placer conoceros, Stark.
¿Qué hacíais en el bosque?
-Luchar contra los ladrones
que asolan estas tierras -explicó-.
Habían arrasado poblados indefensos y exterminado
a muchas buenas familias. Los lideraba un antiguo capitán
de la guardia de su Majestad que había abandonado
su puesto y reunido a un contingente de hombres tan
viles como su persona.
-¿Recordáis cómo
se llamaba?
Al germano no le molestó la
interrupción.
-Los aldeanos lo llamaban Juan
el Asesino.
-¿Y que fue de él?
Wolfgang contestó con otra
pregunta.
-¿Lo conocíais?
-He oído hablar de él
-dijo-. Continuad.
-Lo maté con una flecha,
mi señora. Éramos los últimos supervivientes
de la batalla. Me encontraba entre la espada y la pared.
Era su vida o la mía. ¿Me comprendéis?
-No tenéis que darme
explicaciones, Stark. Nadie os acusa por vuestro acto.
Los familiares de los aldeanos masacrados os agradecerán
que lo hayáis enviado al Infierno. Es el único
sitio donde merecen estar los pecadores de su ralea.
Stark soltó un suspiro, aliviado,
no le apetecía que la mujer pusiera en tela de
juicio sus acciones.
-Ayer por la mañana salimos
a buscarlos -siguió-. Uno de nuestros
hombres era un espía infiltrado. Advirtió
al Asesino de nuestra ruta, del número de hombres
que disponíamos y de nuestro armamento. Nos tendieron
una emboscada en la profundidad del bosque, justo cuando
estalló la tormenta, éramos uno contra
cinco. No teníamos la menor posibilidad.
-¿Y qué sucedió
entonces?
-Luchamos durante horas. Mi caballo
fue alcanzado por una saeta. Muchos de nuestros enemigos
huyeron como cobardes, eran individuos sin experiencia
en las armas, campesinos y asaltantes de caminos, seducidos
por la promesa de conseguir un botín fácil.
Los que se quedaron eran soldados renegados, huesos
duros de roer, que habían combatido contra los
sarracenos en más de una ocasión.
-¿Cómo lo sabéis?
-Por las armaduras y colgantes
que llevaban. No son comunes en esta región.
Distinguí cotas de malla y espadas típicas
de los musulmanes. Cuando vendes tu espada al mejor
postor aprendes a conocer a tus enemigos. Es la única
posibilidad que tienes de sobrevivir. Llegas a intuir
sus hábitos y costumbres como si fueran propias.
Isabel preguntó con serenidad:
-¿Habéis aniquilado
a muchos hombres, Stark?
-Efectivamente, señora.
La guerra es la guerra. Es cruel e injusta. Olvidad
los cantos gloriosos y las alabanzas de los poetas.
Los que narran los conflictos siempre son los vencedores.
Exaltan los peores atributos del ser humano como si
fueran algo valioso o digno de admiración. La
guerra es un invento del Diablo: cualquier soldado veterano
corroboraría mis puntos de vista.
-Os comprendo. Proseguid, por
favor.
-No queda mucho más que
contar. Estaba a pie, empuñando mi espada, aplastado
por el peso de la lluvia, medio cegado por los relámpagos.
Un adversario me disparó una flecha que rompió
los eslabones de mi cota de llama y perforó mi
carne. Logré rebanarle el cuello y continuar
luchando. Sólo quería llevarme por delante
a todos los pecadores que pudiera antes de morir. Al
final sólo quedamos Juan el Asesino y yo. Combatimos
y logré acabar con su puerca vida.
-¿Cómo llegasteis
al claro?
-No lo recuerdo demasiado bien.
Era de noche, llovía a cántaros, estaba
cansado y me dolían las heridas que había
recibido. Supongo que saqué fuerzas de flaqueza
y logré llegar al lugar donde yacía mi
montura. Sólo quería coger mis cosas y
salir de allí. Supongo que la pérdida
de sangre me hizo desmayarme. El resto ya lo sabéis...
El germano se detuvo, agotado, hacía
meses que no hablaba tanto, no estaba acostumbrado a
charlar con sus semejantes; llevaba demasiado tiempo
aislado, más del que deseaba reconocer. Aquella
mujer tenía la virtud de saber escuchar sus penurias,
le tranquilizaba su presencia, ésta hacía
que afloraran sensaciones que creía olvidadas.
-Todo ha terminado, Stark. Estáis
a salvo. Luchasteis como un héroe. Vuestros oponentes
han muerto.
-Eso me gustaría creer,
mi señora.
Isabel le acarició la frente,
se incorporó, removió la olla con una
cuchara de madera y añadió:
-Pensad lo que queráis.
Luchar por dinero no quita mérito a vuestra obra.
Las personas asesinadas por esos hombres podrán
descansar en paz.
Wolfgang tomó aire.
-¿Por qué me rescatasteis?
Un pesado silencio cubrió la
cabaña.
-Escuché el fragor de
la batalla -admitió-. Cuando supuse
que había terminado decidí echar un vistazo.
Imaginaba que encontraría joyas y armas de valor
que podría vender en el mercado de Barcelona
para mantenerme. No me equivocaba.
El germano descubrió un saco
abierto sobre la mesa: cadenas, crucifijos, brazaletes
y anillos estaban desparramados sobre su superficie.
-Apuesto que pocos tendrán
valor -dijo-. Los soldados no solemos ser
hombres de fortuna.
-No he tenido de tiempo de examinarlos.
Delirabais de fiebre en el suelo enfangado. Debo reconocer
que vuestros alaridos me asustaron. Decíais cosas
terribles.
Wolfgang se irguió unos centímetros
sin ser consciente de ello.
-¿Cómo cuáles?
-Maldecíais al Santo
Oficio, al Papa y a Felipe el Hermoso como un loco.
Llegué a pensar que estabais poseído por
el Demonio. Pataleabais y escupíais víctima
de la fiebre. Llegué a la conclusión de
que un hombre que se aferraba a la vida de aquella manera,
con tanto odio, no podía ser un individuo cualquiera.
A Stark le abochornó su conducta.
-No me parece suficiente motivo,
mi señora.
La mujer abrió una pequeña
caja, sacó un puñado de hierbas, las arrojó
al fuego y continuó removiendo.
-Soy una buena cristiana, señor.
No podía dejaros abandonado como a un animal.
No me lo hubiera perdonado jamás.
El antiguo caballero templario no
terminó de creer su explicación, le resultaba
poco plausible, su instinto le advertía que habían
motivos ocultos, pero se encontraba demasiado exhausto
para indagar al respecto: prefería afrontarlo
en otra ocasión. Isabel se giró y lo miró
directamente a los ojos.
-Después de curaros,
llorasteis en sueños. Clamabais por vuestros
hermanos muertos, por la iniquidad de la Santa Inquisición
, por los templarios consumidos en las llamas.
Wolfgang sintió cómo
un nudo estrangulaba su garganta. La mujer no se andó
con rodeos.
-¿Quién exterminó
a vuestros hermanos?
La respuesta produjo una punzada en
su corazón.
-Fueron asesinados por Guillermo
de Nogaret y sus hombres hace años.
-¿Habéis sufrido
mucho, no es cierto?
Stark procuró no sonar autompasivo.
-Demasiado.
La mujer hizo un gesto con la mano:
-Todos lo hacemos, señor.
El germano decidió cambiar
de tema: no se encontraba de humor para plantearse por
qué era un amargado.
-¿Y vos? ¿Por
qué los aldeanos cuentan todas esas horribles
historias?
-Mañana, quizá
-señaló la comida-. Debéis
alimentaros y descansar. Ya habrá tiempo para
contestar a vuestras incógnitas.
III
DEBAJO DE LAS ESTRELLAS
El mar se deslizaba sobre la costa
desierta, chocaba contra las rocas abruptas, propagando
su rumor sobre la arena negra que bañaba la playa.
Wolfgang inspiró una bocanada de aire salado
con satisfacción: era agradable continuar vivo.
Involuntariamente, se rascó el rostro, un incipiente
vello poblaba sus rasgos. Tomó nota mental para
afeitarse lo antes posible, la barba le recordaba al
pasado, cuando era un caballero templario; una etapa
de su vida muerta y enterrada hacía años.
Las gaviotas graznaron en el cielo plomizo, batieron
sus alas y se abalanzaron sobre el océano, en
busca de alimento. Stark recorrió su entorno
con la mirada. A la izquierda, la costa se extendía
durante kilómetros, trazando un cuarto de semicírculo
decreciente que se perdía en la lejanía.
En sentido contrario, la playa pasaba por una serie
de depresiones, rocas e irregularidades en el terreno,
hasta llegar a unos acantilados color obsidiana de gran
altura, escabrosos y cortantes, que el paso del tiempo
no había logrado suavizar.
Después de una semana inactivo,
era la primera vez que abandonaba la cabaña,
la sensación de libertad que experimentaba llenaba
los poros de su piel, proporcionándole una paz
interior inconmensurable. En el horizonte grisáceo,
una pesada franja de nubes se perdía en la distancia,
formando un mosaico de bordes confusos. Las heridas
producidas en el combate habían cerrado correctamente,
apenas le molestaron cuando salió de la vivienda,
abandonó el bosque y caminó hacia el mar.
Los cuidados de la mujer, tiernos y desinteresados,
habían obtenido sus frutos; el germano volvía
a ser el mismo de siempre, la fiebre y la debilidad
sólo eran un mal recuerdo en su memoria.
Con precaución, abandonó
su posición, rodeó unos peñascos
salvajes, y descendió hacia la playa. El rumor
del océano arreció, gotas de espuma acariciaron
sus mejillas, causándole un escalofrío
de placer. Sus botas de cuero aplastaron las piedras
sueltas, recorrieron un sendero irregular y lo llevaron
hasta el nacimiento de la arena. Tranquilamente, avanzó
hacia las olas, con los brazos sueltos y los hombros
relajados: disfrutaba del aire fresco y limpio que llenaba
sus pulmones. El océano que avanzaba y retrocedía
en intervalos, lamió la punta de sus botas, y
formó sombras húmedas sobre la arena.
Wolfgang deseó desnudarse, penetrar en el mar,
abandonarse entre los bajíos de la espuma, para
que estos limpiaran sus remordimientos y contriciones
personales. El sol ascendió en el firmamento,
bañó su figura enlutada, y desapareció
detrás de los nubarrones que se deslizaban hacia
el este, impulsados por el viento matutino. Al reflexionar
sobre sus dilemas morales, su zurda buscó la
espada en su costado, involuntariamente, movida por
una necesidad irracional. Su cadera estaba vacía:
Isabel afirmaba que aquel lugar era seguro. El germano
soltó un suspiro al pensar que se había
refugiado en la lucha, en el entrechocar de los aceros,
el lamento de los heridos y los gritos de los muertos,
para escapar de su pasado. Aunque no quisiera admitirlo,
sabía que no era dueño de su destino,
el Todopoderoso había decidido ponerlo a prueba,
en su mano estaba resistir o perecer por el camino.
Recordó a San Pablo de Tarso, las penurias que
tuvo que afrontar, la fe inquebrantable que mostró
durante su martirio, los hechos que lo convirtieron
en un cristiano modélico, digno de todo su respeto
y admiración. Encogió los anchos hombros
y olvidó su diatriba: estaba cansado de sufrir,
de recorrer tierras extrañas, de guerrear por
motivos que no acertaba a comprender. Una sonrisa macabra
torció su boca: nunca aceptaría la carga
que Dios había depositado sobre su espalda. Stark
se sentó en el suelo, jugueteó con la
arena mojada, permitiendo que se deslizara entre sus
largos dedos. Melancólico, observó las
durezas producidas por el pomo del arma, señales
imborrables que lo ataban a su profesión de soldado
de fortuna.
El antiguo caballero templario anheló
dedicarse a cultivar la tierra, conseguir sustento de
la madre naturaleza, convertirse en un campesino, sin
responsabilidades ni tributos hacia ningún señor
feudal. Un gesto sarcástico recorrió su
expresión, siempre sería un soldado, nada
podía cambiar la realidad, se engañaba
imaginando imposibles. Lo bucólico de su entorno
le recordó a su infancia, cuando jugaba con sus
hermanos en Colonia, corriendo por las tierras ricas
y fértiles que sus antepasados ganaron con el
sudor de su frente, ajeno a lo que le depararía
el futuro. Wolfgang pasó la diestra sobre la
arena, trazó unas letras desiguales y leyó
las palabras que había escrito: Mater Salvatoris,
ora pro nobis. Su mente regresó a la mujer,
que en aquellos momentos preparaba el almuerzo, ajetreada,
ajena a cualquier cosa que no fuera el presente inmediato.
Una emoción desconocida embargó al germano,
hálitos de ternura y dependencia palpitaron en
su corazón, e hicieron que sus ojos impasibles
se humedecieran. Su imagen inundó su cerebro:
sedosos cabellos castaños, piel suave y pálida,
rostro triangular, ojos azules colmados de tranquilidad,
cuerpo femenino y bien proporcionado. Con su presencia
y cuidados, Isabel le había proporcionado la
paz, un sentimiento que sólo había experimentado
en sus oraciones, cuando vestía los hábitos
blancos propios de su orden, antes que la traición
y la ignominia de los hombres lo convirtieran en un
mercenario.
-Quizá tenga una posibilidad
de ser feliz -musitó en voz alta-.
Olvidar el pasado y empezar otra vida.
La brisa arrastró sus palabras,
desvaneciéndolas en el aire cálido de
la mañana, como si jamás hubieran sido
pronunciadas. Stark se encontraba confuso, sus emociones
lo turbaban, ignoraba como asimilarlas, eran demasiado
contradictorias para aceptarlas con ecuanimidad. Amaba
al Señor sobre todas las cosas; los votos que
pronunció en nombre de la Cristiandad; la bondad
de las buenas personas; el cielo, la tierra y el océano;
la meditación, el conocimiento y la plegaria.
Desde que entró en la Orden de los Templarios,
el germano nunca trató con mujeres, ni conoció
los placeres y faltas propias de la carne: experimentar
atracción por el sexo contrario iba más
allá de su comprensión. Sin desearlo,
comenzaba a añorar la serenidad del matrimonio,
de compartir su existencia con Isabel, de permanecer
juntos hasta que la muerte los separara. Adoraba charlar
con ella, estudiar sus movimientos, contemplar su belleza
cada mañana al despertar, descubrir una infinitud
de posibilidades en las diminutas arrugas que perlaban
la comisura de sus labios, su sonrisa y exquisitos modales,
su rostro dormido en la oscuridad que precede al amanecer.
Wolfgang elevó la mirada al cielo, vislumbró
los claroscuros producidos por las nubes, y disfrutó
con sus ensoñaciones. Una parte de su ser intentó
borrar aquellas impresiones, relegarlas a un rincón
remoto y olvidado de su conciencia, pero luchó
contra sus propios instintos: quería averiguar
si era capaz de aprovechar una segunda oportunidad.
Una duda se instaló en su espíritu: ¿Los
sentimientos de la mujer serían recíprocos?
-No seas idiota -gruñó-.
Sabes que no te equivocas.
Extrañamente, aunque no tuviera
experiencia previa al respecto, confiaba en su intuición
tanto como en el poder de sus brazos al empuñar
un arma. Isabel lo amaba, sus miradas de adoración
no podían desmentir la verdad, que se negara
a admitirlo era otra cuestión. El germano masculló
una blasfemia entre dientes: le costaba borrar sus pesares,
parecía disfrutar vagando sin rumbo; atormentado
por una vida que despreciaba, por los dolorosos recuerdos
de los miles de hermanos caídos. Extendió
el brazo, agarró una piedra y la arrojó,
furioso, hacia las olas murmurantes. La roca rompió
la serenidad de las ondas, efectuó un chapoteo
y se desvaneció en el interior del mar. No permitiría
que el lado oscuro de su personalidad tomara las riendas,
merecía expiar sus pecados, olvidar los demonios
interiores y las circunstancias que lo habían
convertido en un monstruo. Una voz familiar recorrió
la playa y lo desligó de sus tenebrosas cavilaciones:
-Wolfgang -dijo Isabel-.
Empezaba a preocuparme por vos.
Contemplar su figura envuelta en una
túnica parda, descalza, con el sol brillando
en sus cabellos, le produjo un escalofrío de
placer: jamás imaginó que Eva pudiera
tener forma humana.
-Reflexionaba, mi señora.
Es algo común viniendo de mi persona.
La mujer llegó a su lado. Había
adornado su cabello con una flor de vívidos colores.
Una sonrisa arreboló sus delicados rasgos.
-Olvidaba vuestra naturaleza
tortuosa -rió con humor -. Creo que
tenéis más en común con los sacerdotes
y ermitaños de lo que os gustaría admitir.
Stark aceptó su reprimenda.
-La fe y la mala conciencia
nunca van de la mano -opinó-. Algunas
heridas tardan mucho en cicatrizar.
Isabel extendió la diestra
en su dirección.
-Olvidáis que sois un
guerrero, Stark. Dejar las elucubraciones filosóficas
para hombres más cualificados que vos. No conseguiréis
nada con esa clase de pensamientos sino ser infeliz.
El germano le cogió la mano
y se puso en pie. El contacto de su piel le resultó
reconfortante. Reprimió el deseo de estrecharla
entre sus brazos y hundir la cara entre sus cabellos.
-Puede que tengáis razón.
Isabel fue irónica:
-¿Acaso lo dudáis,
Wolfgang?
Tomados de la mano, abandonaron la
costa vacía y ascendieron la loma perlada de
hierba. El océano rugió a sus espaldas,
acarició los lindes de la playa, chocó
contra los acantilados, y se deslizó sobre la
arena: la tempestad se avecinaba por el oeste.
Horas más tarde, cuando terminaron
de comer, una pesada somnolencia se apoderó del
antiguo caballero templario. El paseo lo había
agotado, estaba más débil de lo que pensaba,
su cuerpo solicitaba descanso inmediato. Isabel pareció
leer su mente.
-¿Por qué no dormís
un rato? -propuso-. Yo me encargaré
de recoger todo.
Stark asintió, agradecido.
-Gracias, señora.
La mujer resopló con irritación.
-¿Cuándo empezaréis
a llamarme por mi nombre?
-Lo siento -se disculpó-.
Ciertas costumbres son difíciles de cambiar.
Isabel ladeó la cabeza.
-¿Acaso me llamáis
señora en vuestros pensamientos?
Wolfgang procuró mostrarse
creíble.
-Por supuesto.
El germano se acostó en el
jergón, se cubrió con la manta y cerró
los párpados cansados. En pocos minutos, sus
miembros se relajaron, su respiración se volvió
regular y el olvido cubrió su mente. Medio dormido,
notó cómo la mujer levantaba la manta,
se acostaba a su costado y lo abrazaba con fuerza. Stark
la apretó contra su pecho, le acarició
la espalda y pegó su rostro a su cara: sus labios
estaban cerca de rozar los de Isabel. Con un gran esfuerzo
de voluntad reprimió el impulso de besarla y
poseer su cuerpo, sabía que no era el momento
adecuado, la mujer aún no le había contado
su historia, prefería esperar antes que errar
en un momento tan importante. Finalmente, fundidos en
un mismo físico, ambos se rindieron al sueño.
En el exterior de la cabaña,
las primeras sombras nocturnas caían sobre la
tierra, cubriendo la falda de la colina con su manto
tenebroso. Wolfgang despertó y reprimió
un escalofrío: la bajada abrupta de temperatura
presagiaba tormenta. Al girar la cabeza, descubrió
que la mujer lo miraba fijamente, acurrucada entre sus
brazos. Una sonrisa tierna iluminó los labios
de ambos: disfrutaban con el placer de abrir los ojos
juntos; comprobar que el otro continuaba cerca; los
dilemas y fracasos del pasado podían esperar.
El germano le acarició la larga cabellera castaña
que le llegaba hasta la cintura con afecto. Era la primera
vez en su vida que compartía su lecho con alguien.
La sensación fue placentera y perturbadora en
igual medida: no esperaba dormir con tanta serenidad
de espíritu, sin pesadillas que turbaran sus
sueños.
-Tengo que preparar la cena -comentó
Isabel-. Hemos dormido demasiado.
Al antiguo caballero templario poco
le importaba la comida, necesitaba saber si podía
confiar en ella, recibir respuestas a sus interrogantes.
-El día que me encontrasteis
me prometisteis que responderíais a mis preguntas
-argumentó-. Es hora que cumpláis
lo pactado, mi señora.
La mujer sufrió un estremecimiento:
una fría ráfaga de viento había
penetrado por la ventana abierta.
-Veo que no cedéis en
vuestro empeño -suspiró.
Stark se mostró inflexible:
-Vos lo habéis dicho.
Isabel se quedó boca arriba,
con las manos sobre el vientre plano, y ojeó
con aire distraído las vigas del techo.
-Los campesinos llamaban bruja
a mi madre -empezó-. Creían
que había efectuado un pacto con Lucifer para
obtener la vida eterna. Qué equivocados estaban...
El germano la animó a seguir.
-Continuad, por favor.
-Mi madre era una druida, hija
de druidas irlandeses, que vinieron a España
en busca de porvenir, setenta u ochenta años
atrás. Huían de la guerra y del caos producido
por los señores feudales en conflicto. Éstos
en vez de regir sus tierras y súbditos como buenos
monarcas, preferían atacar a sus vecinos, espoleados
por sus bajas pasiones y sus ambiciones desmedidas.
-El problema de la raza humana
siempre ha consistido en que ha dotado de poder a hombres
mediocres -sentenció Stark.
-Cuando mis abuelos murieron,
mi madre se valió por sus propios medios. Recogía
muérdago, cultivaba su terreno y cuidaba a sus
animales. No molestaba a nadie. Ni otorgaba favores
ni los pedía. Oraba a Dios y a la Naturaleza.
Jamás la oí quejarse ni desearle mal a
sus semejantes.
-Conocí a un hombre semejante
en Jerusalén -añadió el antiguo
caballero templario-. Era un filósofo,
tal como se denominaba a sí mismo, y estudiaba
las constelaciones, la configuración de los campos
y jardines que rodeaban su palacio y los misterios de
la anatomía humana. Desechaba las supersticiones
propias de estos tiempos oscuros y promovía la
libertad moral; tanto de pensamiento como de espíritu.
-Hace años, después
de un mal invierno, las cosechas se echaron a perder.
Los animales murieron y los aldeanos de la zona pasaron
hambre. Movidos por la ignorancia, acudieron a la Iglesia
, buscando la salvación con sus plegarias y súplicas.
El sacerdote, un viejo carcamal que se bebía
el vino de la misa a escondidas y blasfemaba entre sus
sermones, alentó a aquellas gentes humildes a
que atacaran a mi madre. Enardecidos por la violencia
y la sed de sangre, la acusaron de que sus terrenos
no dieran frutos, de que sus vacas estuvieran secas,
y de que sus mujeres e hijas no engendraran retoños
débiles e enfermizos. Vencidos por su propia
barbarie, subieron a buscar a una mujer que jamás
les había molestado. La sacaron a golpes de su
hogar, destrozaron sus posesiones personales, desgarraron
sus escasas vestiduras, todo en nombre de Nuestro Señor
Jesucristo y el Reino de los Justos. Derribaron un olmo
que nacía al inicio de la colina, lo trocearon
con sus hachas, prepararon leña para realizar
una pira y se dispusieron a prenderle fuego sin juicio
alguno.
-¿Y dónde estabais
vos?
-Escondida bajo las planchas
del suelo, en un habitáculo secreto, donde mis
padres ocultaban sus hierbas medicinales de los posibles
extraños.
-¿Y vuestro progenitor?
-Murió cuando yo era
pequeña. Un perro lo mordió contagiándole
una horrible enfermedad. Apenas pude conocerlo, mis
recuerdos son escasos, pero sé que era un buen
hombre: mi madre nunca cesó de hablar de él
mientras procuraba salir adelante.
-Una mujer de gran valor -reconoció
Wolfgang.
Isabel ignoró su comentario
y continuó su triste historia: estaba a punto
de romper en sollozos.
-Los aldeanos la arrastraron
por el barro, golpeándola con puños y
garrotes, espoleados por el sacerdote que los había
conducido hasta allí. La ataron a la pira y se
prepararon para quemarla.
Stark distinguió un matiz de
dolor en su aliento. Conocía aquella sensación
de impotencia, la había vivido en sus propias
carnes; no había nada más cruel que contemplar
el ocaso de las personas amadas y no poder hacer nada
por evitarlo.
-¿Qué edad teníais?
-Trece o catorce años.
-¿Y qué sucedió
después?
-El sacerdote arrojó
una tea sobre la hoguera. Las llamas se alzaron y empezaron
a consumir el cuerpo de mi madre. En aquel instante,
un relámpago restalló en la oscuridad
y rompió la algarabía del bosque. Los
campesinos retrocedieron, aterrorizados, conforme la
tempestad azotaba las colinas e inundaba los caminos.
Nunca había visto un aguacero como aquel, ni
antes ni después, parecía que se aproximaba
el fin del mundo. Un trueno irrumpió entre las
nubes, carbonizó a un leñador y lo convirtió
en polvo. El resto salió corriendo loma abajo,
con el sacerdote en cabeza, aullando como posesos, volviendo
a la seguridad de sus casas.
-¿Y qué fue de
vuestra madre?
Isabel se pasó una mano por
los ojos húmedos:
-Falleció de la impresión.
-Una flema sofocó su aliento-. Su
corazón no logró resistirlo. Enterré
su cadáver con mis propias manos. Desde entonces
me quedé sola. El bosque adquirió fama
de maldito. Los aldeanos que escaparon afirmaron que
mi madre había muerto. Cada vez que me veían
pensaban que su espíritu erraba entre los árboles,
sin encontrar descanso, buscando la manera de vengarse
de los hombres que la inmolaron.
-Por ello os dejan en paz -continuó
el germano-. Os odian en la medida que os temen.
Han convertido su superstición en el pan de cada
día. Supongo que os consideraréis afortunada,
¿verdad?
-No puedo quejarme. -La
mujer se incorporó-. Hacía años
que no hablaba con nadie… hasta que os encontré.
-Su rostro quedó oculto por sus cabellos-.
Me sentía sola y desprotegida, Wolfgang.
Stark procuró animarla.
-Vuestra vieja mula acabaría
por convertirse en una compañía aburrida,
señora.
Isabel rió con ganas.
-Efectivamente -reconoció-.
Confieso que vuestra charla es más amena que
la de las gallinas.
El antiguo caballero templario quería
ver su expresión, intuía que había
llegado a un punto importante, no podía pasar
aquella circunstancia por alto.
-¿Por qué me rescatasteis?
La mujer se apartó la melena:
sus mejillas enrojecidas estaban perladas por el llanto.
-¿No lo sabéis,
Wolfgang?
El discernimiento se abrió
paso por la mente del germano: Isabel quería
su semilla. Una oleada de temor le encogió el
estómago.
-Nunca había amado a
una mujer antes, mi señora.
La mujer le apretó la mano.
-¿Y eso qué significa?
Stark tomó aire.
-Soy un individuo torturado -explicó
débilmente-. He aceptado que mi destino
es estar solo. No querría depositar mi espantosa
carga moral sobre vuestros hombros. No sería
justo para vos ni para mí. ¿Comprendéis?
-Sí…
-Me he enamorado de vos, Isabel
-Un nudo cerró su esternón al pronunciar
su nombre-, y sufro por ello. Fui instruido para
adorar al Todopoderoso sobre todas las cosas, no quiero
mancillar mi espíritu con los pecados de la carne,
si queréis un marido y un padre para vuestros
hijos debéis buscarlo en otra parte. No daría
la talla, señora. No soy digno de una mujer como
vos…
Isabel silenció su arenga poniéndole
el índice en los labios.
-Eso debo decidirlo yo, Wolfgang.
Ambos guardaron silencio, sabían
lo que debían hacer, era la única manera
de exorcizar el pasado, para proporcionarse una esperanza
de futuro. Con ternura, sus cuerpos se unieron en la
penumbra y sus bocas se fundieron una con la otra: la
decisión estaba tomada.
Con el alma en un puño, el germano
descendió la colina, aplastó la hierba
fragante bajo sus botas, y penetró en la espesura.
Los pájaros trinaron en las copas. El sol lamió
los olmos tupidos. El viento sopló entre los
troncos nudosos cubiertos de niebla. Una sensación
de tranquilidad bañaba la espesura. Stark no
quiso volver la cabeza, la cabaña desapareció
al doblar una esquina, mientras se introducía
por el mismo camino que el carromato recorrió
ocho días atrás. Wolfgang apretó
las correas de la mochila hasta que le cortaron los
hombros: apenas lograba respirar. Sin proponérselo,
visualizó la imagen dormida, envuelta en pieles
y mantas, de la mujer: nunca se perdonaría haberla
abandonado de aquella manera. La negrura creció
en su interior, le arrebató el aliento y estranguló
su pecho: sabía que nada ni nadie podría
proporcionarle la paz. Stark dejó de reprimir
sus emociones, lanzó un aullido estrangulado
y estalló en sollozos: las lágrimas descendieron
por su rostro y bañaron sus facciones torturadas
por la pérdida…
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publicado en septiembre
de 2008
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