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Debajo de las estrellas Más sobre Alexis Brito Delgado


«Somos testigos. Haga Yahvé que la mujer que entra en tu casa sea como Lía y Raquel, que edificaron la casa de Israel. Que por ella seas poderoso en Efratas y tengas renombre en Belén. Que sea tu casa como la casa de Fares, el que Tamar dió a Judá, por la descendencia que de esa joven te dé Yahvé».

Ruth 4:11-12

 

I

LUCHA SIN CUARTEL

 

Año de Nuestro Señor 1.313

La lluvia torrencial golpeaba los árboles entenebrecidos cubriendo el bosque con su manto avasallador. Un trueno retumbó en la negrura, encendió el cielo durante unos instantes y partió un olmo por la mitad: el tronco se derrumbó en el suelo y levantó un torrente de fango. El antiguo caballero templario sacudió la cabeza, apartó la lluvia que enturbiaba su vista y aferró el mandoble: las heridas y el agotamiento mermaban sus fuerzas. Su enemigo lanzó un grito de rabia, osciló el hacha sobre su cráneo, e intentó abrirle el torso en dos. Stark retrocedió a trompicones y levantó el escudo: el acero hendió las placas de madera y embotó su brazo. Los cadáveres sangrantes inundaban el claro y entorpecían los asaltos de los guerreros. Otro destello de luz atravesó las tinieblas y quemó unos setos enmarañados. Wolfgang atacó a ciegas, su arma centelleó como una llama azulada y rozó el casco de su oponente. Éste se inclinó en el último segundo, trazó un arco mortífero y desgarró la cota de malla del germano: un hilillo de sangre escapó de la herida recién abierta. Trastabillando, ambos hombres cruzaron sus armas, al límite de sus resistencias. Stark ignoró el ardor de sus pulmones, el asta de la flecha que sobresalía por su costado, los últimos cortes que había recibido y levantó la espada: el ataque había estado apunto de perforarle la clavícula. Con el mandoble por delante, comenzó a retroceder, reuniendo fuerzas de flaqueza, mientras buscaba un hueco en la guardia de su adversario. A su alrededor, las copas de los árboles, anegadas por la tormenta, ocultaron los relámpagos que restallaban sobre la tierra. Los contornos del bosque, neblinosos y tétricos, se abalanzaron sobre su figura, cubriendo su alma de negros designios. Lentamente, su rival apretó el mango del hacha, flexionó los brazos velludos y se aproximó hacia su persona. Una sonrisa homicida flotó en sus labios contraídos por el odio.

-¡Perro! -gruñó-. ¡No huyáis como un cobarde!

El germano le devolvió el gesto.

-Yo también sé atacar por la espalda... ¡Traidor!

Su enemigo movió el arma, juguetonamente, seguro de su victoria.

-¿Traidor? -coreó-. Sois demasiado severo, amigo mío. Nadie os mandaba a meter las narices en este asunto.

 

Wolfgang evitó el cadáver de un caballo: el animal tenía el cuello traspasado por una lanza. El firmamento volvió a encenderse e irradió las facciones sádicas de su oponente. La lluvia se deslizó colina abajo, pasó entre sus piernas y convirtió el bosque en un lodazal. Su rival estaba disfrutando con su momentánea superioridad, sus rasgos delataban la fiebre de la caza: una sensación que el antiguo caballero templario conocía de memoria.

 

-Yo no he saqueado a granjeros indefensos -masculló-. Deberíais avergonzaros de vuestra villanía.

Su adversario soltó una risa burlona.

-Me temo que no tengo una moral cristiana como la vuestra, señor. Descubrí hace mucho tiempo que las buenas acciones y la caridad no llenan un estómago vacío. ¡Vuestro altruismo es repugnante!

El cinismo de su enemigo le produjo náuseas.

-¡Pagaréis por vuestros crímenes! -gruñó-. ¡Satanás os acogerá encantado en sus dominios!

El hombretón encajó las mandíbulas.

-¡Sois arrogante! ¡Hasta un niño podría acabar con vos en el estado en que os encontráis!

La sonrisa furiosa del germano brilló a contraluz.

-¡Adelante! -provocó-. ¡Será un placer destriparos como a un cerdo!

Con un rugido, su adversario se abalanzó sobre su cuerpo, blandiendo el arma. El escudo resistió el terrible impacto a duras penas. Pedazos de roble y placas de hierro saltaron en todas las direcciones. Wolfgang aguantó la embestida, apretó las cinchas y descargó el acero sobre las piernas cubiertas por espinilleras. Ágilmente, su rival saltó sobre la hoja y dejó caer el hacha sobre la testa de Stark. El tronar del metal contra el metal lo ensordeció, le arrancó el casco de la cabeza y lo envió rodando entre los abetos. Un millar de chipas centellearon ante sus ojos: poco había faltado para que su oponente acabara con su vida. Desesperado, detuvo las embestidas lo mejor que pudo, procurando apartar la hoja del arma de su anatomía. Una finta abrió una línea carmesí sobre su cara: tendría que sumar otra cicatriz a las demás.

 

Inesperadamente, el hombretón resbaló sobre un charco de barro y perdió el equilibrio. El germano dio un salto, aprovechando aquella oportunidad, descargando el mandoble sobre su oponente: la hoja dividió el mango del hacha con un crujido. Maldiciendo, su adversario soltó el arma, sacó un puñal de la funda que colgaba en su cinturón y buscó sus genitales. Wolfgang reculó a tiempo. La cuchillada lamió sus muslos sin producirle grandes daños. Su rival tomó impulso y lo derribó por los suelos. Stark perdió la espada, agarró el brazo que se inclinaba sobre su cuello y apartó la punta del acero de su garganta. Ambos rodaron sobre la tierra batida por la lluvia, en un remolino de brazos y piernas, entre blasfemias y resoplidos. El barro inundó el cuerpo de Stark y ralentizó sus movimientos: era consciente de que no tardaría en perecer si no lograba acabar con su enemigo. La pesada respiración del hombretón, que apestaba a vino y a podredumbre, le provocó ganas de vomitar.

-Acabaré con vos aunque sea lo último que haga- susurró entre dientes-. Vengaré a mis compatriotas con vuestra sangre...

 

El germano aguantó la muñeca con la zurda y con la mano libre extirpó la flecha que sobresalía entre sus costillas superiores. Su grito de sufrimiento se mezcló con el rugido de la tempestad. Colérico, hundió el asta en la cara de su rival, taladrándole la mejilla hasta el hueso. Éste aulló de dolor y soltó su presa. Stark desclavó la fecha ensangrentada, reunió todo su odio y perforó por segunda vez las facciones de su contrincante. Un chorro carmesí bañó sus rasgos y le hizo apartar la cabeza: el asta desapareció dentro de la órbita alcanzando el cerebro. El hombretón lanzó un chillido póstumo, tembló espasmódicamente y se desplomó inerte sobre el antiguo caballero templario. Con un gesto de asco, se desembarazó del cadáver, llenando sus pulmones de aire, mientras la bóveda turbulenta bañaba su físico agotado por la batalla.

 

Después de un tiempo indeterminado, Wolfgang se levantó a trompicones, con los ojos vidriosos y la boca seca. Se encontraba débil, había perdido mucha sangre y su entorno giraba como una peonza. Debía vendar sus heridas y encontrar un refugio seguro: sus camaradas mercenarios no habían tenido tanta suerte. Soltó el escudo destrozado y envainó la espada. Trabajosamente, ascendió la colina resbaladiza, usando pies y manos, impulsado por su voluntad inquebrantable.

-Gracias por protegerme, Señor -murmuró-. No olvida-ré tu ayuda...

 

Al llegar al claro del bosque, los cuerpos aniquilados, tanto de amigos como de adversarios, diseminados sobre el fango, le produjeron una sacudida. Stark contempló las armaduras abolladas, los cascos resquebrajados, las armas melladas, los arcos abandonados y las flechas rotas, con ojos llenos de amargura. A pesar de su estado, una emoción extraña invadió su interior, barriendo la furia que lo había auxiliado a sobrevivir. Lágrimas de pesadumbre se deslizaron sobre sus pómulos y desaparecieron bajo la lluvia: lamentaba la muerte inútil e innecesaria de aquellos hombres. Luego, se arrastró a la entrada de la floresta, buscando su propio corcel, vencido por el peso de la tormenta. A través de su visión empañada, distinguió la gualdrapa y los arreos familiares del animal, que había comprado en Granada cuando desembarcó en el país. Melancólico, acarició la cabeza encapuchada, los flancos poderosos y el pelaje húmedo: otro buen caballo perdido por la iniquidad de los hombres. El germano abrió las alforjas, sacó una pesada capa de cuero y cubrió sus hombros con la prenda. Acto seguido, se incorporó, agarró sus pertenencias personales, abandonó la carnicería y se dirigió hacia el este, dando la espalda a los cadáveres. El peso combinado del armamento y las alforjas, junto a las heridas y la extenuación, quebraron su ánimo y lo derrumbaron por tierra. La lluvia arreció, estremeció la espesura y dobló los abetos. Agotado, Wolfgang perdió el sentido: quizá había encontrado la muerte que tanto anhelaba…

 

II

ISABEL LA NEGRA

 

A través de la negrura, Stark sintió que alguien manipulaba su cuerpo, arrastrándolo sobre el barro. Delirando, intentó resistirse, pero estaba demasiado débil, sus esfuerzos fueron inútiles. Una hora más tarde, al recuperar vagamente el conocimiento, distinguió la bóveda celeste sobre su cráneo: pesadas nubes enmarcaban el firmamento despejado. Ladeó la cabeza y distinguió que estaba tumbado en la parte trasera de un carro, sobre sacos de forraje, cubierto por una áspera manta. El vehículo traqueteó por una cuesta empinada y se adentró entre los árboles. Las copas, verdes y grises, desfilaron ante sus ojos, ocultando los haces de sol que caían desde lo alto. Wolfgang tembló de frío. Su cuerpo era una constelación de músculos doloridos, cortes menores y punzadas angustiosas: ignoraba porqué continuaba con vida. Un gemido escapó de sus labios al extender la mano hacia el pomo de la espada. Algo pareció rasgarse en su costado, un súbito mareo nubló su vista y le arrebató la respiración; aunque hubiera podido empuñar el arma no hubiese logrado alzarla para defender su existencia. El germano lanzó una maldición y aceptó su lamentable estado. Antes de volver a sumirse en las tinieblas, percibió la espalda del conductor sentado en el pescante del vehículo. La figura de cabellos castaños, fuerte y agraciada, vestida con una túnica oscura, pertenecía a una mujer.


Al abrir los párpados de nuevo, entre las oleadas de fiebre y mortificación, reconoció un sonido familiar, aunque no logró ubicarlo en su memoria. En rededor, los troncos de los olmos formaban un manto tupido, ocultando un camino de tierra mojada mal pavimentado. Una brisa fresca y tonificante ascendió desde el bosque y acarició su rostro estragado por el sufrimiento. El sol ocupaba el centro del cielo e irradiaba sus ropas húmedas, proporcionándole un agradable calor que compensó las horas que había pasado a la intemperie. El crujido de unos pasos llamó su atención. Una sombra ocultó los rayos amarillentos y se dirigió a su persona con tono apremiante:

-¿Ya habéis despertado? -comentó-. Creía que habíais muerto.

Stark hizo un esfuerzo sobrehumano por responder.

-¿Quién sois, señora?

El rostro de la mujer era una mancha indistinta a contraluz. Ésta soltó un gruñido e ignoró su pregunta.

-No tenemos tiempo de charlar, caballero -puntualizó-. He de curar y vendar vuestras heridas. Cualquiera de ellas podría estar infectada. Dudo que podáis sobrevivir si no actuamos a tiempo.

Wolfgang asintió débilmente.

-Tenéis que caminar hasta mi hogar -continuó-. No podré levantaros por segunda vez. Al subiros al carro me hice daño en la espalda. ¿Lo haréis?

El antiguo caballero templario esbozó una de sus escasas sonrisas.

-Lo intentaré.

La mujer se frotó las manos, decidida, le agarró los tobillos y sacó sus piernas por fuera del vehículo con grandes esfuerzos.

-¡Moveros! -instó-. ¡Pesáis demasiado para mí!

El germano se incorporó a duras penas. La herida de la flecha lo obligó a rechinar los dientes. Tenía la impresión de que Satanás le hundía los colmillos en la carne. Intentó tragar saliva, pero tenía la boca seca, una bilis pastosa se agolpó en su garganta, obligándolo a carraspear. Lentamente, se agarró a los laterales del carro, irguió su figura y se quedó tomando aire, agitado. Le ardía la garganta. Una miríada de puntos plateados destelló ante sus ojos. Había sobrevalorado sus fuerzas, los cortes y rasguños volvieron a sangrar, provocándole un vahído momentáneo.

-¡Adelante! -exclamó su salvadora-. ¡Estamos perdien-do un tiempo valioso!

Irritado, Stark bajó del vehículo, deseando estrangular a la mujer con las manos desnudas. Ésta se situó a su derecha, metió el hombro debajo de su brazo y lo auxilió a mantener la estabilidad. El mundo tembló durante unos segundos, todo daba vueltas a su alrededor, estaba apunto de caer de bruces, no podía resistir el peso de su anatomía. La mujer lanzó un gruñido y avanzó un paso. Por inercia, Wolfgang imitó su movimiento, encajando las quijadas, mientras gruesas gotas de sudor se deslizaban por su cara. Una corriente de dolor atravesó sus músculos como una puñalada, de los pies a la cabeza, torturando sus fibras nerviosas. Poco a poco, caminaron hacia una cabaña de madera situada en la cima de la colina, entre tropiezos y maldiciones, vencidos por la fatiga. Después de un tiempo interminable, con gran esfuerzo de voluntad, llegaron a la puerta de la vivienda. La mujer levantó una tranca de hierro. Segundos más tarde, pasaron al interior envuelto en la penumbra: habían logrado su objetivo. El germano no experimentó ninguna alegría, el cansancio lo elevaba por encima de sus emociones, quería la paz que podía proporcionarle el olvido, desvanecerse en la oscuridad. Semiinconsciente, se derrumbó de lado sobre un incómodo jergón, a punto de vomitar las escasas provisiones que llevaba en el estómago. Su salvadora soltó un suspiro de alivio, se apartó del antiguo caballero templario y se pasó una mano por los cabellos, en un gesto involuntario de feminidad. Stark la observó con las pupilas dilatadas por la fiebre.

-Gracias por salvarme la vida, señora -murmuró.

La mujer sonrió, exhausta, apretando su espalda dolorida.

-Ha sido un placer -replicó con ironía.

El germano cerró los párpados. Había identificado el sonido que embargaba la colina: era el rumor perpetuo del océano.

 

A media tarde, el entrechocar de las cacerolas lo devolvió a la realidad, arrancándolo del mundo de las pesadillas. Wolfgang se movió debajo de las mantas y apretó los puños: el pasado no cesaba de asediarlo. Extenuado y deprimido, rememoró las tenebrosas imágenes que habían desvelado su descanso: caballeros vestidos con túnicas blancas que portaban la cruz latina color rojo sangre en su pecho, los muros imponentes de Jerusalén, peregrinos cruzando desiertos inabarcables, batallas en nombre de la cristiandad en las que había participado, edificios consumidos por el fuego provocado por la guerra, iglesias colmadas de penitentes que entregaban su alma al Todopoderoso… Quedaban tantas preguntas por responder, las dudas abrasaban su conciencia y convertían el presente en un infierno. El germano rememoró los pensamientos de los últimos días. A pesar de haber sido un caballero templario gran parte de su existencia, apenas conocía los orígenes de su propia orden, la realidad y la leyenda se entremezclaban, insidiosamente, echando por tierra los conocimientos que le habían enseñado sus superiores. En los anales de los Caballeros de Dios, pergaminos manchados de polvo y quebrados por el paso de los siglos, contaban que al terminar la Primera Cruzada , Hugo de Payens reunió a nueve caballeros franceses para proteger a los peregrinos que visitaban la Tierra Santa , de la amenaza de los enemigos de la Cristiandad. Stark miró las vigas de madera del techo con los ojos en blanco: en su fuero interno jamás había confiado en la veracidad de la historia. En su momento, seis años atrás, sus hermanos lo hubieran tachado de pagano si se hubiera atrevido a expresar en voz alta sus ideas. Ahora, la mayoría de los miembros del temple habían muerto, torturados y aniquilados en los calabozos y hogueras del Santo Oficio, de nada le servía plantearse aquellas cuestiones: la orden había pasado a mejor vida hacía tiempo; el Papa Clemente V se encargó de disolverla en Aviñón. El germano se revolvió en el jergón y barrió sus tétricas reflexiones: el presente inmediato importaba mucho más que sus disquisiciones filosóficas. Curioso, estudió el interior de la cabaña: un fuego chisporroteaba al fondo de la misma dentro de una chimenea de piedra instalada en la pared, muebles humildes hechos a mano; mesa para tres o cuatro personas, sillas de madera, mantas y pieles diseminadas por los suelos, enseres metálicos y cucharas colgadas en ganchos en las paredes. Sobre las llamas, una olla emitía un delicioso olor, llenando la humilde vivienda de humo que salía por una ventana abierta. Wolfgang observó el cielo enrojecido, el sol moribundo, las nubes púrpuras y ocres que danzaban en el infinito, presagiando el anochecer inminente. Su estómago vacío rugió, no recordaba cuántas horas llevaba sin ingerir nada sólido, cuando su olfato reconoció el olor de la sopa. La mujer se volvió con la frente cubierta por una fina película de sudor: estaba destripando un pollo con un cuchillo.

-Buenas tardes -saludó-. ¿Habéis dormido bien?

Stark descubrió que estaba en mejores condiciones de las que creía. Pese a encontrarse cansado y dolorido, recobraba energías con rapidez, su resistencia física no cesaba de sorprenderle. Con voz clara respondió:

-Sí.

Su salvadora continuó realizando sus quehaceres domésticos.

-He curado vuestras heridas lo mejor que he podido -explicó-. Tendréis que contarme que hacíais con los hombres de su Majestad Alfonso XI.

El germano pasó por alto su pregunta.

-Esta mañana os pregunté quién erais, mi señora.

La mujer soltó una carcajada.

-Veo que sois tozudo como una mula.

-No lo sabéis bien. ¿Cuál es vuestro nombre?

La entonación de la mujer reveló cierto sarcasmo al presentarse.

-Las gentes del pueblo me llaman Isabel la Negra.

El antiguo caballero templario sintió cómo se le erizaba el vello de la nuca.

-¿Isabel la Negra ? -repitió-. Vuestra mala fama os precede, mi señora.

-¿Qué habéis oído contar de mí?

Stark se encogió de hombros, incómodo, ante la pregunta de la mujer.

-Sería descortés hablar de los chismorreos y supersticiones de los aldeanos, ¿no creéis?

El germano había sacado sus propias conclusiones a pesar de las historias que había escuchado. Nadie que adorara al Maligno le hubiera salvado el pellejo desinteresadamente. Debía confiar en sus instintos y apartar los recelos propios de un mercenario: aquella mujer no deseaba hacerle daño alguno. Isabel lo animó a que hablara:

-No seáis tímido -bromeó-. Siento curiosidad por saber lo que se cuenta sobre mí.

Wolfgang accedió a regañadientes.

-He escuchado que adoráis a Satanás. Que sacrificáis animales y niños en su nombre. Que realizáis maldiciones y conjuros que secan las tierras y los pechos de las madres. Que atrapáis a los jóvenes con vuestros hechizos y los hacéis conocer los pecados de la carne…

La mujer lo interrumpió con una risa burlona.

-La ignorancia suele condenar lo que no comprende -dijo-. ¿Y vos qué opináis?

Stark reflexionó unos segundos antes de replicar:

-Todo es mentira.

-¿Y cómo habéis llegado a esta conclusión, caballero, si apenas me conocéis?

-He tenido experiencias con los siervos de Satán -confesó-. Sé reconocer el Bien y el Mal. Vos no pertenecéis a los segundos. De ello puedo estar seguro.

-Sois muy perspicaz -Isabel se burló de sus palabras-. Un hombre pragmático e instruido. Pensé que todos estaban rezando en las Iglesias a un Señor envilecido por la codicia de la Madre Iglesia.

Wolfgang asintió ante su comentario.

-No todos hemos sido engañados, señora. Aún quedan individuos con criterio propio. Los pérfidos actos de la Santa Inquisición han abierto los ojos a aquellos que no han sido cegados por su sofistería.

La mujer fue sardónica:

-Y vos os encontráis entre ellos, ¿verdad?

-Evidentemente.

Isabel limpió el animal dentro de un barreño de agua limpia, lo partió en varios pedazos, y lo arrojó dentro de la olla burbujeante.

-La cena estará preparada dentro de media hora -calculó-. Mientras tanto, si sois tan amable, podríais contarme vuestra historia. ¿Es mucho pedir?

El germano se mostró desconfiado.

-¿Por qué debería hacerlo?

Isabel se limpió las manos con un paño.

-Os he salvado la vida -argumentó-. ¿Os parece poco?

Stark cedió con una mueca en la cara.

-Tenéis razón -admitió-. Si no fuera por vuestra gentileza estaría pudriéndome junto a los cadáveres de mis camaradas y enemigos. He sido arrogante y suspicaz. Os ruego que me perdonéis.

La mujer cogió una silla, se sentó frente al antiguo caballero templario y apartó las mantas para comprobar el vendaje de las costillas.

-Tenéis una resistencia fuera de lo común, caballero.

En aquel momento, el germano comprobó que estaba desnudo como si acabara de llegar al mundo. Su rostro ardió, sus mejillas se tiñeron de carmesí, y se cubrió lo mejor que pudo, avergonzado. Isabel sonrió con mordacidad.

-Sois demasiado puritano. No seríais el primer varón que viera desnudo. No tenéis nada que difiera del resto. Os lo puedo asegurar.

Wolfgang tragó saliva, incómodo, el corazón le golpeaba en el pecho con fuerza.

-¿Qué queréis saber? -inquirió.

-Primero, antes que nada, vuestro nombre. Aún no os habéis presentado, señor.

El germano se quedó con la boca abierta. Era un huésped desconsiderado. Llevaba tanto tiempo solo, o en compañía de guerreros, que había olvidado las normas de la cortesía.

-Mi nombre es Wolfgang Stark, mi señora.

La mujer inclinó la cabeza con ironía.

-Un placer conoceros, Stark. ¿Qué hacíais en el bosque?

-Luchar contra los ladrones que asolan estas tierras -explicó-. Habían arrasado poblados indefensos y exterminado a muchas buenas familias. Los lideraba un antiguo capitán de la guardia de su Majestad que había abandonado su puesto y reunido a un contingente de hombres tan viles como su persona.

-¿Recordáis cómo se llamaba?

Al germano no le molestó la interrupción.

-Los aldeanos lo llamaban Juan el Asesino.

-¿Y que fue de él?

Wolfgang contestó con otra pregunta.

-¿Lo conocíais?

-He oído hablar de él -dijo-. Continuad.

-Lo maté con una flecha, mi señora. Éramos los últimos supervivientes de la batalla. Me encontraba entre la espada y la pared. Era su vida o la mía. ¿Me comprendéis?

-No tenéis que darme explicaciones, Stark. Nadie os acusa por vuestro acto. Los familiares de los aldeanos masacrados os agradecerán que lo hayáis enviado al Infierno. Es el único sitio donde merecen estar los pecadores de su ralea.

Stark soltó un suspiro, aliviado, no le apetecía que la mujer pusiera en tela de juicio sus acciones.

-Ayer por la mañana salimos a buscarlos -siguió-. Uno de nuestros hombres era un espía infiltrado. Advirtió al Asesino de nuestra ruta, del número de hombres que disponíamos y de nuestro armamento. Nos tendieron una emboscada en la profundidad del bosque, justo cuando estalló la tormenta, éramos uno contra cinco. No teníamos la menor posibilidad.

-¿Y qué sucedió entonces?

-Luchamos durante horas. Mi caballo fue alcanzado por una saeta. Muchos de nuestros enemigos huyeron como cobardes, eran individuos sin experiencia en las armas, campesinos y asaltantes de caminos, seducidos por la promesa de conseguir un botín fácil. Los que se quedaron eran soldados renegados, huesos duros de roer, que habían combatido contra los sarracenos en más de una ocasión.

-¿Cómo lo sabéis?

-Por las armaduras y colgantes que llevaban. No son comunes en esta región. Distinguí cotas de malla y espadas típicas de los musulmanes. Cuando vendes tu espada al mejor postor aprendes a conocer a tus enemigos. Es la única posibilidad que tienes de sobrevivir. Llegas a intuir sus hábitos y costumbres como si fueran propias.

Isabel preguntó con serenidad:

-¿Habéis aniquilado a muchos hombres, Stark?

-Efectivamente, señora. La guerra es la guerra. Es cruel e injusta. Olvidad los cantos gloriosos y las alabanzas de los poetas. Los que narran los conflictos siempre son los vencedores. Exaltan los peores atributos del ser humano como si fueran algo valioso o digno de admiración. La guerra es un invento del Diablo: cualquier soldado veterano corroboraría mis puntos de vista.

-Os comprendo. Proseguid, por favor.

-No queda mucho más que contar. Estaba a pie, empuñando mi espada, aplastado por el peso de la lluvia, medio cegado por los relámpagos. Un adversario me disparó una flecha que rompió los eslabones de mi cota de llama y perforó mi carne. Logré rebanarle el cuello y continuar luchando. Sólo quería llevarme por delante a todos los pecadores que pudiera antes de morir. Al final sólo quedamos Juan el Asesino y yo. Combatimos y logré acabar con su puerca vida.

-¿Cómo llegasteis al claro?

-No lo recuerdo demasiado bien. Era de noche, llovía a cántaros, estaba cansado y me dolían las heridas que había recibido. Supongo que saqué fuerzas de flaqueza y logré llegar al lugar donde yacía mi montura. Sólo quería coger mis cosas y salir de allí. Supongo que la pérdida de sangre me hizo desmayarme. El resto ya lo sabéis...

El germano se detuvo, agotado, hacía meses que no hablaba tanto, no estaba acostumbrado a charlar con sus semejantes; llevaba demasiado tiempo aislado, más del que deseaba reconocer. Aquella mujer tenía la virtud de saber escuchar sus penurias, le tranquilizaba su presencia, ésta hacía que afloraran sensaciones que creía olvidadas.

-Todo ha terminado, Stark. Estáis a salvo. Luchasteis como un héroe. Vuestros oponentes han muerto.

-Eso me gustaría creer, mi señora.

Isabel le acarició la frente, se incorporó, removió la olla con una cuchara de madera y añadió:

-Pensad lo que queráis. Luchar por dinero no quita mérito a vuestra obra. Las personas asesinadas por esos hombres podrán descansar en paz.

Wolfgang tomó aire.

-¿Por qué me rescatasteis?

Un pesado silencio cubrió la cabaña.

-Escuché el fragor de la batalla -admitió-. Cuando supuse que había terminado decidí echar un vistazo. Imaginaba que encontraría joyas y armas de valor que podría vender en el mercado de Barcelona para mantenerme. No me equivocaba.

El germano descubrió un saco abierto sobre la mesa: cadenas, crucifijos, brazaletes y anillos estaban desparramados sobre su superficie.

-Apuesto que pocos tendrán valor -dijo-. Los soldados no solemos ser hombres de fortuna.

-No he tenido de tiempo de examinarlos. Delirabais de fiebre en el suelo enfangado. Debo reconocer que vuestros alaridos me asustaron. Decíais cosas terribles.

Wolfgang se irguió unos centímetros sin ser consciente de ello.

-¿Cómo cuáles?

-Maldecíais al Santo Oficio, al Papa y a Felipe el Hermoso como un loco. Llegué a pensar que estabais poseído por el Demonio. Pataleabais y escupíais víctima de la fiebre. Llegué a la conclusión de que un hombre que se aferraba a la vida de aquella manera, con tanto odio, no podía ser un individuo cualquiera.

A Stark le abochornó su conducta.

-No me parece suficiente motivo, mi señora.

La mujer abrió una pequeña caja, sacó un puñado de hierbas, las arrojó al fuego y continuó removiendo.

-Soy una buena cristiana, señor. No podía dejaros abandonado como a un animal. No me lo hubiera perdonado jamás.

El antiguo caballero templario no terminó de creer su explicación, le resultaba poco plausible, su instinto le advertía que habían motivos ocultos, pero se encontraba demasiado exhausto para indagar al respecto: prefería afrontarlo en otra ocasión. Isabel se giró y lo miró directamente a los ojos.

-Después de curaros, llorasteis en sueños. Clamabais por vuestros hermanos muertos, por la iniquidad de la Santa Inquisición , por los templarios consumidos en las llamas.

Wolfgang sintió cómo un nudo estrangulaba su garganta. La mujer no se andó con rodeos.

-¿Quién exterminó a vuestros hermanos?

La respuesta produjo una punzada en su corazón.

-Fueron asesinados por Guillermo de Nogaret y sus hombres hace años.

-¿Habéis sufrido mucho, no es cierto?

Stark procuró no sonar autompasivo.

-Demasiado.

La mujer hizo un gesto con la mano:

-Todos lo hacemos, señor.

El germano decidió cambiar de tema: no se encontraba de humor para plantearse por qué era un amargado.

-¿Y vos? ¿Por qué los aldeanos cuentan todas esas horribles historias?

-Mañana, quizá -señaló la comida-. Debéis alimentaros y descansar. Ya habrá tiempo para contestar a vuestras incógnitas.

 

III

DEBAJO DE LAS ESTRELLAS

 

El mar se deslizaba sobre la costa desierta, chocaba contra las rocas abruptas, propagando su rumor sobre la arena negra que bañaba la playa. Wolfgang inspiró una bocanada de aire salado con satisfacción: era agradable continuar vivo. Involuntariamente, se rascó el rostro, un incipiente vello poblaba sus rasgos. Tomó nota mental para afeitarse lo antes posible, la barba le recordaba al pasado, cuando era un caballero templario; una etapa de su vida muerta y enterrada hacía años. Las gaviotas graznaron en el cielo plomizo, batieron sus alas y se abalanzaron sobre el océano, en busca de alimento. Stark recorrió su entorno con la mirada. A la izquierda, la costa se extendía durante kilómetros, trazando un cuarto de semicírculo decreciente que se perdía en la lejanía. En sentido contrario, la playa pasaba por una serie de depresiones, rocas e irregularidades en el terreno, hasta llegar a unos acantilados color obsidiana de gran altura, escabrosos y cortantes, que el paso del tiempo no había logrado suavizar.

 

Después de una semana inactivo, era la primera vez que abandonaba la cabaña, la sensación de libertad que experimentaba llenaba los poros de su piel, proporcionándole una paz interior inconmensurable. En el horizonte grisáceo, una pesada franja de nubes se perdía en la distancia, formando un mosaico de bordes confusos. Las heridas producidas en el combate habían cerrado correctamente, apenas le molestaron cuando salió de la vivienda, abandonó el bosque y caminó hacia el mar. Los cuidados de la mujer, tiernos y desinteresados, habían obtenido sus frutos; el germano volvía a ser el mismo de siempre, la fiebre y la debilidad sólo eran un mal recuerdo en su memoria.

 

Con precaución, abandonó su posición, rodeó unos peñascos salvajes, y descendió hacia la playa. El rumor del océano arreció, gotas de espuma acariciaron sus mejillas, causándole un escalofrío de placer. Sus botas de cuero aplastaron las piedras sueltas, recorrieron un sendero irregular y lo llevaron hasta el nacimiento de la arena. Tranquilamente, avanzó hacia las olas, con los brazos sueltos y los hombros relajados: disfrutaba del aire fresco y limpio que llenaba sus pulmones. El océano que avanzaba y retrocedía en intervalos, lamió la punta de sus botas, y formó sombras húmedas sobre la arena. Wolfgang deseó desnudarse, penetrar en el mar, abandonarse entre los bajíos de la espuma, para que estos limpiaran sus remordimientos y contriciones personales. El sol ascendió en el firmamento, bañó su figura enlutada, y desapareció detrás de los nubarrones que se deslizaban hacia el este, impulsados por el viento matutino. Al reflexionar sobre sus dilemas morales, su zurda buscó la espada en su costado, involuntariamente, movida por una necesidad irracional. Su cadera estaba vacía: Isabel afirmaba que aquel lugar era seguro. El germano soltó un suspiro al pensar que se había refugiado en la lucha, en el entrechocar de los aceros, el lamento de los heridos y los gritos de los muertos, para escapar de su pasado. Aunque no quisiera admitirlo, sabía que no era dueño de su destino, el Todopoderoso había decidido ponerlo a prueba, en su mano estaba resistir o perecer por el camino. Recordó a San Pablo de Tarso, las penurias que tuvo que afrontar, la fe inquebrantable que mostró durante su martirio, los hechos que lo convirtieron en un cristiano modélico, digno de todo su respeto y admiración. Encogió los anchos hombros y olvidó su diatriba: estaba cansado de sufrir, de recorrer tierras extrañas, de guerrear por motivos que no acertaba a comprender. Una sonrisa macabra torció su boca: nunca aceptaría la carga que Dios había depositado sobre su espalda. Stark se sentó en el suelo, jugueteó con la arena mojada, permitiendo que se deslizara entre sus largos dedos. Melancólico, observó las durezas producidas por el pomo del arma, señales imborrables que lo ataban a su profesión de soldado de fortuna.

 

El antiguo caballero templario anheló dedicarse a cultivar la tierra, conseguir sustento de la madre naturaleza, convertirse en un campesino, sin responsabilidades ni tributos hacia ningún señor feudal. Un gesto sarcástico recorrió su expresión, siempre sería un soldado, nada podía cambiar la realidad, se engañaba imaginando imposibles. Lo bucólico de su entorno le recordó a su infancia, cuando jugaba con sus hermanos en Colonia, corriendo por las tierras ricas y fértiles que sus antepasados ganaron con el sudor de su frente, ajeno a lo que le depararía el futuro. Wolfgang pasó la diestra sobre la arena, trazó unas letras desiguales y leyó las palabras que había escrito: Mater Salvatoris, ora pro nobis. Su mente regresó a la mujer, que en aquellos momentos preparaba el almuerzo, ajetreada, ajena a cualquier cosa que no fuera el presente inmediato. Una emoción desconocida embargó al germano, hálitos de ternura y dependencia palpitaron en su corazón, e hicieron que sus ojos impasibles se humedecieran. Su imagen inundó su cerebro: sedosos cabellos castaños, piel suave y pálida, rostro triangular, ojos azules colmados de tranquilidad, cuerpo femenino y bien proporcionado. Con su presencia y cuidados, Isabel le había proporcionado la paz, un sentimiento que sólo había experimentado en sus oraciones, cuando vestía los hábitos blancos propios de su orden, antes que la traición y la ignominia de los hombres lo convirtieran en un mercenario.

-Quizá tenga una posibilidad de ser feliz -musitó en voz alta-. Olvidar el pasado y empezar otra vida.

La brisa arrastró sus palabras, desvaneciéndolas en el aire cálido de la mañana, como si jamás hubieran sido pronunciadas. Stark se encontraba confuso, sus emociones lo turbaban, ignoraba como asimilarlas, eran demasiado contradictorias para aceptarlas con ecuanimidad. Amaba al Señor sobre todas las cosas; los votos que pronunció en nombre de la Cristiandad; la bondad de las buenas personas; el cielo, la tierra y el océano; la meditación, el conocimiento y la plegaria. Desde que entró en la Orden de los Templarios, el germano nunca trató con mujeres, ni conoció los placeres y faltas propias de la carne: experimentar atracción por el sexo contrario iba más allá de su comprensión. Sin desearlo, comenzaba a añorar la serenidad del matrimonio, de compartir su existencia con Isabel, de permanecer juntos hasta que la muerte los separara. Adoraba charlar con ella, estudiar sus movimientos, contemplar su belleza cada mañana al despertar, descubrir una infinitud de posibilidades en las diminutas arrugas que perlaban la comisura de sus labios, su sonrisa y exquisitos modales, su rostro dormido en la oscuridad que precede al amanecer. Wolfgang elevó la mirada al cielo, vislumbró los claroscuros producidos por las nubes, y disfrutó con sus ensoñaciones. Una parte de su ser intentó borrar aquellas impresiones, relegarlas a un rincón remoto y olvidado de su conciencia, pero luchó contra sus propios instintos: quería averiguar si era capaz de aprovechar una segunda oportunidad. Una duda se instaló en su espíritu: ¿Los sentimientos de la mujer serían recíprocos?

-No seas idiota -gruñó-. Sabes que no te equivocas.

Extrañamente, aunque no tuviera experiencia previa al respecto, confiaba en su intuición tanto como en el poder de sus brazos al empuñar un arma. Isabel lo amaba, sus miradas de adoración no podían desmentir la verdad, que se negara a admitirlo era otra cuestión. El germano masculló una blasfemia entre dientes: le costaba borrar sus pesares, parecía disfrutar vagando sin rumbo; atormentado por una vida que despreciaba, por los dolorosos recuerdos de los miles de hermanos caídos. Extendió el brazo, agarró una piedra y la arrojó, furioso, hacia las olas murmurantes. La roca rompió la serenidad de las ondas, efectuó un chapoteo y se desvaneció en el interior del mar. No permitiría que el lado oscuro de su personalidad tomara las riendas, merecía expiar sus pecados, olvidar los demonios interiores y las circunstancias que lo habían convertido en un monstruo. Una voz familiar recorrió la playa y lo desligó de sus tenebrosas cavilaciones:

-Wolfgang -dijo Isabel-. Empezaba a preocuparme por vos.

Contemplar su figura envuelta en una túnica parda, descalza, con el sol brillando en sus cabellos, le produjo un escalofrío de placer: jamás imaginó que Eva pudiera tener forma humana.

-Reflexionaba, mi señora. Es algo común viniendo de mi persona.

La mujer llegó a su lado. Había adornado su cabello con una flor de vívidos colores. Una sonrisa arreboló sus delicados rasgos.

-Olvidaba vuestra naturaleza tortuosa -rió con humor -. Creo que tenéis más en común con los sacerdotes y ermitaños de lo que os gustaría admitir.

Stark aceptó su reprimenda.

-La fe y la mala conciencia nunca van de la mano -opinó-. Algunas heridas tardan mucho en cicatrizar.

Isabel extendió la diestra en su dirección.

-Olvidáis que sois un guerrero, Stark. Dejar las elucubraciones filosóficas para hombres más cualificados que vos. No conseguiréis nada con esa clase de pensamientos sino ser infeliz.

El germano le cogió la mano y se puso en pie. El contacto de su piel le resultó reconfortante. Reprimió el deseo de estrecharla entre sus brazos y hundir la cara entre sus cabellos.

-Puede que tengáis razón.

Isabel fue irónica:

-¿Acaso lo dudáis, Wolfgang?

Tomados de la mano, abandonaron la costa vacía y ascendieron la loma perlada de hierba. El océano rugió a sus espaldas, acarició los lindes de la playa, chocó contra los acantilados, y se deslizó sobre la arena: la tempestad se avecinaba por el oeste.

 

Horas más tarde, cuando terminaron de comer, una pesada somnolencia se apoderó del antiguo caballero templario. El paseo lo había agotado, estaba más débil de lo que pensaba, su cuerpo solicitaba descanso inmediato. Isabel pareció leer su mente.

-¿Por qué no dormís un rato? -propuso-. Yo me encargaré de recoger todo.

Stark asintió, agradecido.

-Gracias, señora.

La mujer resopló con irritación.

-¿Cuándo empezaréis a llamarme por mi nombre?

-Lo siento -se disculpó-. Ciertas costumbres son difíciles de cambiar.

Isabel ladeó la cabeza.

-¿Acaso me llamáis señora en vuestros pensamientos?

Wolfgang procuró mostrarse creíble.

-Por supuesto.

El germano se acostó en el jergón, se cubrió con la manta y cerró los párpados cansados. En pocos minutos, sus miembros se relajaron, su respiración se volvió regular y el olvido cubrió su mente. Medio dormido, notó cómo la mujer levantaba la manta, se acostaba a su costado y lo abrazaba con fuerza. Stark la apretó contra su pecho, le acarició la espalda y pegó su rostro a su cara: sus labios estaban cerca de rozar los de Isabel. Con un gran esfuerzo de voluntad reprimió el impulso de besarla y poseer su cuerpo, sabía que no era el momento adecuado, la mujer aún no le había contado su historia, prefería esperar antes que errar en un momento tan importante. Finalmente, fundidos en un mismo físico, ambos se rindieron al sueño.

En el exterior de la cabaña, las primeras sombras nocturnas caían sobre la tierra, cubriendo la falda de la colina con su manto tenebroso. Wolfgang despertó y reprimió un escalofrío: la bajada abrupta de temperatura presagiaba tormenta. Al girar la cabeza, descubrió que la mujer lo miraba fijamente, acurrucada entre sus brazos. Una sonrisa tierna iluminó los labios de ambos: disfrutaban con el placer de abrir los ojos juntos; comprobar que el otro continuaba cerca; los dilemas y fracasos del pasado podían esperar. El germano le acarició la larga cabellera castaña que le llegaba hasta la cintura con afecto. Era la primera vez en su vida que compartía su lecho con alguien. La sensación fue placentera y perturbadora en igual medida: no esperaba dormir con tanta serenidad de espíritu, sin pesadillas que turbaran sus sueños.

-Tengo que preparar la cena -comentó Isabel-. Hemos dormido demasiado.

Al antiguo caballero templario poco le importaba la comida, necesitaba saber si podía confiar en ella, recibir respuestas a sus interrogantes.

-El día que me encontrasteis me prometisteis que responderíais a mis preguntas -argumentó-. Es hora que cumpláis lo pactado, mi señora.

La mujer sufrió un estremecimiento: una fría ráfaga de viento había penetrado por la ventana abierta.

-Veo que no cedéis en vuestro empeño -suspiró.

Stark se mostró inflexible:

-Vos lo habéis dicho.

Isabel se quedó boca arriba, con las manos sobre el vientre plano, y ojeó con aire distraído las vigas del techo.

-Los campesinos llamaban bruja a mi madre -empezó-. Creían que había efectuado un pacto con Lucifer para obtener la vida eterna. Qué equivocados estaban...

El germano la animó a seguir.

-Continuad, por favor.

-Mi madre era una druida, hija de druidas irlandeses, que vinieron a España en busca de porvenir, setenta u ochenta años atrás. Huían de la guerra y del caos producido por los señores feudales en conflicto. Éstos en vez de regir sus tierras y súbditos como buenos monarcas, preferían atacar a sus vecinos, espoleados por sus bajas pasiones y sus ambiciones desmedidas.

-El problema de la raza humana siempre ha consistido en que ha dotado de poder a hombres mediocres -sentenció Stark.

-Cuando mis abuelos murieron, mi madre se valió por sus propios medios. Recogía muérdago, cultivaba su terreno y cuidaba a sus animales. No molestaba a nadie. Ni otorgaba favores ni los pedía. Oraba a Dios y a la Naturaleza. Jamás la oí quejarse ni desearle mal a sus semejantes.

-Conocí a un hombre semejante en Jerusalén -añadió el antiguo caballero templario-. Era un filósofo, tal como se denominaba a sí mismo, y estudiaba las constelaciones, la configuración de los campos y jardines que rodeaban su palacio y los misterios de la anatomía humana. Desechaba las supersticiones propias de estos tiempos oscuros y promovía la libertad moral; tanto de pensamiento como de espíritu.

-Hace años, después de un mal invierno, las cosechas se echaron a perder. Los animales murieron y los aldeanos de la zona pasaron hambre. Movidos por la ignorancia, acudieron a la Iglesia , buscando la salvación con sus plegarias y súplicas. El sacerdote, un viejo carcamal que se bebía el vino de la misa a escondidas y blasfemaba entre sus sermones, alentó a aquellas gentes humildes a que atacaran a mi madre. Enardecidos por la violencia y la sed de sangre, la acusaron de que sus terrenos no dieran frutos, de que sus vacas estuvieran secas, y de que sus mujeres e hijas no engendraran retoños débiles e enfermizos. Vencidos por su propia barbarie, subieron a buscar a una mujer que jamás les había molestado. La sacaron a golpes de su hogar, destrozaron sus posesiones personales, desgarraron sus escasas vestiduras, todo en nombre de Nuestro Señor Jesucristo y el Reino de los Justos. Derribaron un olmo que nacía al inicio de la colina, lo trocearon con sus hachas, prepararon leña para realizar una pira y se dispusieron a prenderle fuego sin juicio alguno.

-¿Y dónde estabais vos?

-Escondida bajo las planchas del suelo, en un habitáculo secreto, donde mis padres ocultaban sus hierbas medicinales de los posibles extraños.

-¿Y vuestro progenitor?

-Murió cuando yo era pequeña. Un perro lo mordió contagiándole una horrible enfermedad. Apenas pude conocerlo, mis recuerdos son escasos, pero sé que era un buen hombre: mi madre nunca cesó de hablar de él mientras procuraba salir adelante.

-Una mujer de gran valor -reconoció Wolfgang.

Isabel ignoró su comentario y continuó su triste historia: estaba a punto de romper en sollozos.

-Los aldeanos la arrastraron por el barro, golpeándola con puños y garrotes, espoleados por el sacerdote que los había conducido hasta allí. La ataron a la pira y se prepararon para quemarla.

Stark distinguió un matiz de dolor en su aliento. Conocía aquella sensación de impotencia, la había vivido en sus propias carnes; no había nada más cruel que contemplar el ocaso de las personas amadas y no poder hacer nada por evitarlo.

-¿Qué edad teníais?

-Trece o catorce años.

-¿Y qué sucedió después?

-El sacerdote arrojó una tea sobre la hoguera. Las llamas se alzaron y empezaron a consumir el cuerpo de mi madre. En aquel instante, un relámpago restalló en la oscuridad y rompió la algarabía del bosque. Los campesinos retrocedieron, aterrorizados, conforme la tempestad azotaba las colinas e inundaba los caminos. Nunca había visto un aguacero como aquel, ni antes ni después, parecía que se aproximaba el fin del mundo. Un trueno irrumpió entre las nubes, carbonizó a un leñador y lo convirtió en polvo. El resto salió corriendo loma abajo, con el sacerdote en cabeza, aullando como posesos, volviendo a la seguridad de sus casas.

-¿Y qué fue de vuestra madre?

Isabel se pasó una mano por los ojos húmedos:

-Falleció de la impresión. -Una flema sofocó su aliento-. Su corazón no logró resistirlo. Enterré su cadáver con mis propias manos. Desde entonces me quedé sola. El bosque adquirió fama de maldito. Los aldeanos que escaparon afirmaron que mi madre había muerto. Cada vez que me veían pensaban que su espíritu erraba entre los árboles, sin encontrar descanso, buscando la manera de vengarse de los hombres que la inmolaron.

-Por ello os dejan en paz -continuó el germano-. Os odian en la medida que os temen. Han convertido su superstición en el pan de cada día. Supongo que os consideraréis afortunada, ¿verdad?

-No puedo quejarme. -La mujer se incorporó-. Hacía años que no hablaba con nadie… hasta que os encontré. -Su rostro quedó oculto por sus cabellos-. Me sentía sola y desprotegida, Wolfgang.

Stark procuró animarla.

-Vuestra vieja mula acabaría por convertirse en una compañía aburrida, señora.

Isabel rió con ganas.

-Efectivamente -reconoció-. Confieso que vuestra charla es más amena que la de las gallinas.

El antiguo caballero templario quería ver su expresión, intuía que había llegado a un punto importante, no podía pasar aquella circunstancia por alto.

-¿Por qué me rescatasteis?

La mujer se apartó la melena: sus mejillas enrojecidas estaban perladas por el llanto.

-¿No lo sabéis, Wolfgang?

El discernimiento se abrió paso por la mente del germano: Isabel quería su semilla. Una oleada de temor le encogió el estómago.

-Nunca había amado a una mujer antes, mi señora.

La mujer le apretó la mano.

-¿Y eso qué significa?

Stark tomó aire.

-Soy un individuo torturado -explicó débilmente-. He aceptado que mi destino es estar solo. No querría depositar mi espantosa carga moral sobre vuestros hombros. No sería justo para vos ni para mí. ¿Comprendéis?

-Sí…

-Me he enamorado de vos, Isabel -Un nudo cerró su esternón al pronunciar su nombre-, y sufro por ello. Fui instruido para adorar al Todopoderoso sobre todas las cosas, no quiero mancillar mi espíritu con los pecados de la carne, si queréis un marido y un padre para vuestros hijos debéis buscarlo en otra parte. No daría la talla, señora. No soy digno de una mujer como vos…

Isabel silenció su arenga poniéndole el índice en los labios.

-Eso debo decidirlo yo, Wolfgang.

Ambos guardaron silencio, sabían lo que debían hacer, era la única manera de exorcizar el pasado, para proporcionarse una esperanza de futuro. Con ternura, sus cuerpos se unieron en la penumbra y sus bocas se fundieron una con la otra: la decisión estaba tomada.

 

Con el alma en un puño, el germano descendió la colina, aplastó la hierba fragante bajo sus botas, y penetró en la espesura. Los pájaros trinaron en las copas. El sol lamió los olmos tupidos. El viento sopló entre los troncos nudosos cubiertos de niebla. Una sensación de tranquilidad bañaba la espesura. Stark no quiso volver la cabeza, la cabaña desapareció al doblar una esquina, mientras se introducía por el mismo camino que el carromato recorrió ocho días atrás. Wolfgang apretó las correas de la mochila hasta que le cortaron los hombros: apenas lograba respirar. Sin proponérselo, visualizó la imagen dormida, envuelta en pieles y mantas, de la mujer: nunca se perdonaría haberla abandonado de aquella manera. La negrura creció en su interior, le arrebató el aliento y estranguló su pecho: sabía que nada ni nadie podría proporcionarle la paz. Stark dejó de reprimir sus emociones, lanzó un aullido estrangulado y estalló en sollozos: las lágrimas descendieron por su rostro y bañaron sus facciones torturadas por la pérdida…

 

 


publicado en septiembre de 2008

 
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