| Estábamos al
borde mismo del cosmos: me bastaba dar la orden para
que mis compañeros androides, nautas del espacio,
maniobraran la nave Teocuicatl más allá
de los límites del universo y traspasáramos
su final, a fin de desembocar en la nada o en algo totalmente
inimaginable. Entonces tomé aire y…
¿Dicté instrucciones?
De pronto todo se oscureció
y se hizo un extraño silencio: parecía
haberme quedado sólo en aquel momento, en el
cuartel de mandos de la nave. Instintivamente traté
de alcanzar mi arma; sin embargo alguien se me adelantó,
y sentí en la espalda la dureza de un cañón
de pistola.
Ese alguien me dijo en susurros entonces:
-Capitán Zorba, no intentes
nada, sólo escucha. Tú cruzaste el umbral,
sí, pero lo que viste más allá
fue algo tan espantoso, tan demencial, que al transmitir
ese conocimiento a la Tierra, al comunicarles tu experiencia,
provocaste el fin de la civilización humana por
obra de la desesperación y la locura que les
llevó hasta la muerte, al oír tu mensaje,
al compartir tu visión.
»Aprovechando que en un cierto
punto, más allá del límite de la
realidad, espacio y tiempo, se anudan y giran sobre
sí, la nave Teocuicatl, ha retornado en su marcha
hacia un tiempo primigenio, en donde su aparición
inesperada, provocó indirectamente la gestación
de la vida en el cosmos. Luego, este secreto, el de
tu experiencia determinante, el más importante
acontecimiento en la historia humana, fue preservado
secretamente como una profecía sagrada, a lo
largo de millones de años. Imagina cuántas
vidas se sacrificaron por resguardarlo. La vida entera
del universo y del hombre se ha tenido que repetir por
completo, para que yo llegue hasta aquí, ahora,
para impedirte dar esta orden, por un medio u otro -y
aquí hizo sonar el arma presionada sobre mi espalda-
aunque eso signifique lo que tú puedes suponer,
tanto para ti, como para mí, y para todos los
seres existentes.
¡Decide ahora, Capitán
Zorba!
-Está bien, no avanzaré,
daré marcha atrás, no traspasaré
el límite… -concedí sin remedio.
-Buen chico, te conozco, te
conozco…
Lentamente los susurros se perdieron
en el silencio, y el contacto frío en mi espalda
cesó.
La iluminación retornó
a fulgurazos, hasta que se estabilizó por completo.
Mis compañeros nautas androides,
allí estaban de nuevo en sus puestos en los mandos
de la nave y observaban a la expectativa de mis próximas
instrucciones.
-No avanzaremos más,
hay que retroceder por la ruta que hemos llevado, ahora
mismo.
-Sí, señor -obedecieron
estupefactos, disponiéndose a desandar la ruta
sideral, que tanto nos había costado recorrer.
Yo no quise comentarles mi insólita
experiencia, y salí presuroso de la cabina de
mandos.
Mientras me apresuraba a mi camarote
contemplé la negrura del espacio, a través
de la superficie cristalina de la cubierta del casco
de la astronave Teocuicatl.
¿Quién me había
hablado? La voz de aquel intruso era un tanto conocida,
y a la vez totalmente ajena con referencia a cualquier
tripulante de la nave.
Pero sí, un tanto conocida,
tan conocida que…
Repentinamente, el percatarme de la
tragedia ingente provocada, me hizo trompicar al entrar
presto y trémulo a mi camarote.
Si la nave, al retroceder en el tiempo,
había provocado hace millones de años
la aparición de la vida en el cosmos…y
si ahora esa posibilidad había sido clausurada
por el retroceso que yo mismo había instruido…
entonces…
***
-¡Capitán! ¡Capitán
Zorba!
Le interrumpió en sus pensamientos
un androide nauta que llegaba raudo y consternado.
-¿Q-Qué pasa?
-Hemos perdido la comunicación
con todos los planetas habitados… de pronto todos
los hombres han comenzado a quejarse en agonía,
y luego desaparecer… algo terrible ha sucedido
allá.
El capitán no dijo nada, solo
se quedó cabizbajo.
Ante esta nula respuesta, el joven
nauta, confundido y atribulado, se alejó corriendo
por el pasillo metálico.
El capitán Zorba, luego, al
sentirse ya sólo, alzó la vista nublada
en lágrimas desesperadas y se miró en
el espejo:
«Te conozco: eres un buen
chico…»
Su reflejo en el cristal le sonrió
con burla, y le miró con un odio infinito.
«Te conozco».
publicado en diciembre de
2008
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