| I
Sócrates, Melito y el joven
Hegesias fueron comisionados por el gobierno de Atenas
para investigar acerca de un extraño culto en
el remoto poblado de Tarsis.
La delicada situación política
ateniense requería que problemas de esta naturaleza,
que afectaban de lleno la estructura de la religión
oficial, se atendieran de inmediato, so pena de motivar
severas catástrofes sociales. Pero el gobierno
desconfiaba del audaz filósofo Sócrates,
quien aún gozando de gran apoyo popular, no era
muy apegado al sentido de las decisiones del poder en
turno; es por eso que lo acompañaba el astuto
Melito, rival de Sócrates en varias de sus propuestas
en el Consejo; su secreto cometido consistía
en no perder de vista ningún detalle de la actuación
de Sócrates para resolver el conflicto de Tarsis.
Sócrates por su parte, había aceptado
integrarse a esta comisión, preocupado y con
el afán de ayudar a su estimado discípulo
Hegesias, promoviendo, con este propósito la
integración del joven al pequeño grupo,
para que a través del cumplimiento del encargo,
lo distrajera de su pesimismo extremo, que interpretaba
las enseñanzas socráticas como un callejón
sin salida, cuya única resolución aceptable
sería el suicidio.
Pronto arribaron a la lejana comunidad,
pavorosamente aislada entre montes pedregosos y solitarios.
II
De inmediato solicitó Sócrates
reunirse con los representantes populares de Tarsis,
quienes se presentaron de inmediato; y aunque respondieron
a cada cuestionamiento y brindaron toda la información
requerida, a los ojos del viejo sabio, no escapó
una disimulada actitud ladina.
Los habitantes de Tarsis relataron
pues, cómo a partir de cierta infausta noche,
varios jóvenes pastores habían sido brutalmente
atacados en las colinas cercanas.
Luego de este inexplicable ataque
inicial, sobrevinieron muchos otros, resultantes en
un gran número de núbiles víctimas
asesinadas y luego devoradas como si una misteriosa
bestia hubiera transitado por allí, dejando su
sangrienta estela. Los parientes de las víctimas,
se dedicaron semanas enteras a dar caza al escurridizo
animal, hasta que al fin un grupo de ellos dio con la
guarida del depredador. Pero en lugar de ser capaces
de exterminar la amenaza, todos excepto uno de ellos,
perecieron allí. El sobreviviente poco después,
en sus postreros momentos, aseveró asombrosamente
que sin duda el verdugo en cuestión era un dios,
un auténtico e imponente sátiro.
Los habitantes de Tarsis aterrados
-más en el fondo complacidos por la circunstancia
extraordinaria de constituirse su comunidad, ahora,
como sede de un nuevo santuario, un lugar donde era
atestiguable la presencia de lo divino- decidieron venerar
pues, la morada del dios: una gruta sombría en
la cumbre de un cercano monte. Y lo llevaron a cabo
levantando allí un lugar de sacrificio, en donde
periódicamente ofrecían en ritual a algún
joven, quien honrado y orgulloso, se decidía
a darse como prenda para el sátiro divinal.
III
Melito, altivo, ordenó a aquellos
burdos pastores que suspendieran sus rituales y clausuraran
el santuario de inmediato; y además les exigió
que se apegaran todos, a las normas y prácticas
de la religión establecida, puesto que de no
hacerlo, serían ajusticiados por las tropas atenienses.
Los habitantes de Tarsis, con irritación apenas
contenida, comenzaron a mascullar amenazantes indirectas.
Sócrates intervino allí conciliador, y
pidió a los aldeanos le mostrasen a la comisión,
la morada del dios.
Pero aunque estos aceptaron sin reparo
alguno, una furiosa tormenta impidió realizar
tal inspección. Apresurados por las próximas
juntas de gobierno, a celebrarse al día siguiente,
los miembros de la comisión decidieron regresar
prestos a Atenas, pero sin embargo, y a consecuencia
de esta partida obligada, Melito dispuso dejar en Tarsis,
como delegado representante del gobierno ateniense,
a Hegesias, para que vigilara el orden allí (esto
lo hacía Melito con el propósito de alejarle
por todos los medios posibles de la tutela de Sócrates,
para luego anexar inteligentemente, a su propia causa,
a un joven tan prometedor). Sócrates, aún
dubitativo, tuvo que secundar esta última resolución,
pero antes de irse recomendó además, que
se suspendieran todos los sacrificios definitivamente,
y también los ritos, hasta que estos fueran observados
y evaluados por otra comisión inspectora -para
el filósofo, las muertes varias suscitadas recientemente
en ese lugar, no eran obra más que de algún
feroz jabalí, y así se lo hizo saber en
privado a sus compañeros: Melito, concedió
estar de acuerdo con él; Hegesias asintió
en silencio, al escuchar la explicación de su
sabio mentor.
Antes de partir, Sócrates habló
aparte a Hegesias, para instarle a que valorara esta
oportunidad única que se le presentaba de hacer
resguardar las leyes y la moral de las instituciones
oficiales, y que además, a partir de esto, el
joven fuera capaz de encontrar un fundamento y una guía
para su atormentada existencia: que pugnara entonces
por perfeccionarse en su ser y que a través del
razonamiento, y del auto-examen constante, erradicara
definitivamente, su enfermiza melancolía.
Hegesias le aseguró que así
actuaría, que partiese sin preocupaciones, y
que esperara su próxima reunión con el
grupo de estudio promovido por el viejo filósofo,
en cuanto el gobierno ateniense resolviera cómo
actuar en Tarsis.
Sócrates aún pudo ver
la lejana señal de despedida de su estimado discípulo,
durante un momento apenas, antes de que se perdiera
en la escabrosa distancia.
IV
Antes de que el mensajero le comunicara
el apremiante anuncio, Sócrates presintió
que algo no iba bien en Tarsis. Y en efecto, informantes
de aldeas vecinas le comunicaban que era imperiosa su
presencia en la aldea del santuario del sátiro,
puesto que allí el caos fanático había
retornado. De inmediato convocó a Melito para
la partida, quien irritado, durante todo el trayecto
le recriminó a Sócrates por la grave situación,
e indirectamente, lo responsabilizaba de ella. Preocupado
hondamente por la suerte de Hegesias, el viejo filósofo
apenas le puso atención.
Arribaron a la aldea: estaba casi
vacía, ni rastro de Hegesias. Sócrates
le preguntó a un anciano paralítico que
estaba tumbado cerca, dónde se encontraban todos
y qué estaba sucediendo en Tarsis. El anciano
le informó que había ceremonia en el santuario,
llevada a cabo improvisadamente, para congraciarse con
el dios.
Sócrates consternado pidió
imperiosamente a Melito que congregara fuerzas armadas
de los pueblos vecinos y que las condujera al santuario
urgentemente.
El político le reclamó
orgulloso y airado, que por favor no le diera órdenes,
pero al percibir un atisbo de furia en el rostro de
sileno del viejo filósofo, decidió no
arriesgarse más y se apresuró a realizar
lo solicitado. Sócrates ascendió de inmediato,
rumbo a la gruta divina. Cerca ya de ella, escuchó
música siniestra y cantos de alabanza. Buscó
una ruta entre las ásperas rocas para aproximarse
más al lugar, y así evitar, además,
a la multitud congregada. Se asomó para ver lo
que estaba sucediendo en la morada del sátiro.
Quedó pasmado ante lo que observó entonces:
en el lugar de los sacrificios, un claro amplio y circular
a las afueras de la gruta, colmado de huesos humanos
y de una pestilencia intolerable, allí justamente,
se encontraba Hegesias desnudo y sin ataduras, de rodillas
sobre el altar de roca, y que invocaba además
con grandes voces agudas, la presencia del sátiro,
incitándolo a que abandonara las profundidades
de la cueva; implorándole con dulces invitaciones
y ofrendándose completamente decidido.
De pronto una sombra torcida apareció
en el umbral de la gruta. Sócrates se perturbó
mucho cuando contempló en toda su plenitud, a
la luz de múltiples antorchas, la aterradora
figura del sátiro de Tarsis. Al dios, ante la
vista de Hegesias, su víctima inerme y deseosa,
se le inyectaron los ánimos de sangre y con ansias
bestiales se arrojó sobre ella.
El joven excitado, al ver a la grotesca
figura aproximarse de lleno, abrió los brazos
para recibir al verdugo a plenitud. En ese momento Sócrates
se precipitó desde su elevado escondite, y sorprendiendo
a todos los celebrantes, apareció espada en mano
en el siniestro claro. El sátiro soltó
entonces a Hegesias, quien cayó al suelo de huesos
dando quejidos y se acurrucó luego a un rincón,
quedando a la expectativa. La criatura se adelantó
hacia Sócrates bramando furiosa. El filósofo
entonces dio un paso hacia atrás y bajó
la espada, intentando hacerse oír por el sátiro.
Le dijo que había revisado registros públicos
en Atenas y que había descubierto ahí,
su verdadera identidad y su tragedia: el sátiro
no era más que el deforme hijo de una sibila
perteneciente a Delfos y que se había retirado
a Tarsis en su madurez, tras haber finalizado su labor
en la sede del oráculo famoso. Sócrates
le dijo al monstruoso ser que sin duda sus malformaciones
eran consecuencia de los vapores malsanos del oráculo
en Delfos, que había aspirado su madre con el
propósito de permitirse inundar por el dios,
y así poder pronunciar sus enigmáticas
sentencias. El sátiro enmudeció al escuchar
esto, pero no cesó de avanzar hacia el viejo
sabio con las garras levantadas. Sócrates prosiguió
hablando y le explicó que no merecía existir
dios alguno que ameritara el dolor y la muerte de las
personas; y que lo auténticamente divino era
ser humano, enfrentando con entereza todas las oscuridades
y limitaciones de tal condición. Lo invitó
finalmente a asumir esa oportunidad y a que por ello,
se dejara ayudar y guiar razonablemente para ir más
allá de sus obstáculos físicos.
El triste ser, finalmente, bajó los brazos, apaciguado.
Sócrates suspiró. Pero justo en ese momento
Hegesias, dando un rabioso alarido, se lanzó
sobre el sátiro furiosamente. Éste, al
sentirse irritado de nuevo por motivo de esta invitación
al desastre, tomó del cuello a Hegesias y comenzó
a agitarlo frenéticamente. Sócrates ante
esto, actuó decidido y fue hacia el sátiro
blandiendo la espada. Súbitamente la criatura
soltó a Hegesias y enfrentó a Sócrates.
Le arrebató el arma, lo derribó al suelo
y le puso las torcidas rodillas sobre el pecho. Entonces
levantó en alto la espada, y sin titubeos, se
la clavó en su propio corazón. Los aldeanos
se agitaron furiosos, y ya se disponían al linchamiento,
cuando arribó al lugar Melito con las tropas,
que rápidamente tomaron el control de la situación.
Melito, al mirar la impactante escena de Sócrates
incorporándose, Hegesias de rodillas y la patética
figura del cadáver deforme con el arma en el
pecho, comprendió todo y sonrió socarronamente
con aires de triunfo.
Hegesias mientras cubría su
desnudez, clavó en Sócrates una mirada
de odio infinito; el viejo filósofo la enfrentó
con un gesto de imperturbable piedad. A la larga Hegesias,
bajó la mirada.
V
Al llegar a Atenas, Melito de inmediato
acusó a Sócrates de corruptor de menores
ante las autoridades de Atenas, y ejemplificó
como prueba concluyente de esto, el cómo orilló
con sus falacias, a una joven víctima del destino,
a una penosa muerte por mano propia.
Sócrates tras ser enjuiciado,
resultó culpable y condenado a muerte. Se defendió
el sabio filosofando y filosofando cumplió noblemente
la sentencia: se bebió la cicuta sin vacilaciones,
y se despidió de sus queridos discípulos
mientras moría, recomendándoles prudencia
y razón, y entonando poemas a la Bondad y a la
Belleza.
Melito tras este pírrico triunfo,
a la postre, fue descubierto en turbias y fraudulentas
maniobras políticas y de igual manera fue condenado
a morir.
Nadie se ocupó de relatar su
final.
Hegesias por su parte vivió
largo tiempo, y se hizo tristemente célebre arrastrando
a cientos de jóvenes al suicidio, gracias a su
tratado “Del arte de morir de hambre”. Alarmadas
las autoridades, prohibieron la circulación de
esta obra, y suspendieron bajo amenaza de pena capital
a Hegesias, de toda tentativa de ejercer su radical
enseñanza.
Se cuenta que Hegesias entonces, se
dirigió a la abandonada Tarsis y se refugió
en el santuario en ruinas. Nunca más se supo
de él.
Este fue el fatídico destino,
del sátiro de Tarsis.
publicado en mayo de 2008
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