| Mientras se amaban entre
la extraña luz tenue del sol, transformada por
el eclipse casi culminante, Salvador, colmado de amor
y de celos, le dijo a Estrella:
-Sueño estar tan dentro, tanto,
que quisiera perderme en ti para no perderte nunca.
Las cortinas blancas se agitaron por
brisas susurrantes, entre los filtrados resplandores
extraños del fenómeno celeste, que envolvían
por entero la unión de los dos jóvenes
amantes.
Ella sonrió en las tinieblas.
***
Fue girando a la derecha que Salvador
se extravió por completo. Luego de mucho desconcierto
y confusión furiosa, logro hallar mientras conducía
su automóvil, entre un singular camino entre
cerros, aquel pueblo ínfimo. Necesitaba comunicarse
por teléfono con Estrella urgentemente, saber
qué hacía ella, hacerle saber que él
estaba ya en camino hacía el hogar. Necesitaba
escucharla.
Justo a la entrada del cúmulo
de casuchas grises, encontró a un viejo con un
enorme sombrero indígena, sentado al pie de un
colosal árbol ahuehuete.
-¿Usted sabe… dónde
hay un teléfono público?
Luego de un momento de espera, el
viejo se limita a señalar con su trémulo
brazo diestro, hacia una construcción disimulada
entre matorrales.
-Gracias.
Salvador condujo hacia el sitio indicado,
mientras se extrañaba cada vez más de
la soledad inquietante de aquel lugar.
El viejo sólo le miró
alejarse…
***
Aquella oculta tienda de venta de víveres
estaba sin alguien que la cuidara.
Salvador llamó a quien pudiera
atenderlo, nadie le respondió.
Afuera el eclipse estaba a pocas horas
de comenzar y de todos modos el cielo se notaba extraño
ya, como irreal e incierto en su luz difusa.
Un sentimiento agobiante que le inspiró
aquel firmamento perturbador, le hizo decidirse: puso
una moneda en el mostrador y se aproximó al anticuado
teléfono.
Al pasar tiró al suelo terroso,
sin querer, una revista magullada: algo en ella le hizo
sentir el corazón reventar. Era una publicación
pornográfica. En la portada aparecía la
hermosa figura de Estrella haciendo un sexo patético
con varios hombres maquillados de payaso. Salvador pasmado,
arrugó la revista entre sus manos temblorosas.
La arrojó a un lado. Se apresuró a marcar
el número telefónico de su casa, en busca
de Estrella. Afuera el viento rugía ahora. Su
cabeza era un remolino de alucinadas incertidumbres.
El tono de llamada era como un aullido
inextinguible. De pronto alguien descolgó la
bocina al otro lado de la línea.
Una risita burlona e insidiosa le
llegó por el auricular.
Él reconoció de quién
provenía.
***
Se alejó de aquel sitio a trompicones,
abordó su auto torpemente. Salió de allí
acelerando a toda velocidad. Sin saber cómo,
encontró la autopista principal. Condujo desesperado
hacia la ciudad, hacia su casa. Llegó por fin
a ella. Ingresó dando un portazo. Buscó
a Estrella llamándola entre el silencio de las
habitaciones. Finalmente miró en la alcoba. Allí
no había nadie. Abrumado por el dolor se tendió
en el lecho, haciéndose un ovillo. Se abandonó
a un sordo sueño.
El eclipse comenzó entonces.
***
Luego sintió el sinuoso cuerpo
de Estrella adhiriéndose al suyo propio bajo
las mantas. La abundancia de aquellas femeninas formas
hermosas, ahogaron en él cualquier cuestionamiento,
cualquier reclamo interrogante. Afuera la luz fenecía.
Le pareció escuchar que una puerta se abría
en algún lugar impreciso. Ella, con un movimiento,
le hizo dejar de pensar.
***
Mientras se amaban entre la extraña
luz tenue del sol, transformada por el eclipse casi
culminante, Salvador, colmado de amor y de celos, le
dijo a Estrella:
-Sueño estar tan dentro, tanto,
que quisiera perderme en ti para no perderte nunca.
Las cortinas blancas se agitaron por
brisas susurrantes, entre los filtrados resplandores
extraños del fenómeno celeste, que envolvían
por entero la unión de los dos jóvenes
amantes.
Ella sonrió en las tinieblas.
***
-¿Usted sabe… dónde
hay un teléfono público?
Luego de un momento de espera, el
viejo se limita a señalar con su trémulo
brazo izquierdo, hacia una construcción disimulada
entre matorrales.
-Gracias.
Salvador condujo hacia el sitio indicado,
mientras se extrañaba cada vez más de
la soledad inquietante de aquel lugar.
El viejo sólo le miró
alejarse…
***
Al pasar tiró al suelo terroso
sin querer una revista magullada: algo en ella le hizo
sentir el corazón reventar. Era una publicación
policíaca. En la portada aparecía la triste
figura yaciente de una mujer asesinada. Era el cadáver
de Estrella.
Salvador pasmado, arrugó la
revista entre sus manos temblorosas. La arrojó
a un lado. Se apresuró a marcar el número
telefónico de su casa, incrédulo de lo
que había visto. Afuera el viento rugía
ahora. Su cabeza era un remolino de alucinadas incertidumbres.
El tono de llamada era como un aullido
inextinguible. De pronto alguien descolgó la
bocina al otro lado de la línea.
Alguien le dijo entonces en un susurro:
-Despierta.
Él reconoció de quién
provenía.
***
Condujo desesperado hacia la ciudad,
hacia su casa. Llegó por fin a ella. Ingresó
dando un portazo. Buscó a Estrella llamándola
entre el silencio de las habitaciones. Finalmente miró
en la alcoba. Allí no había nadie. Abrumado
por el dolor se tendió en el lecho, haciéndose
un ovillo. Se abandonó a un sordo sueño.
El eclipse comenzó entonces.
***
Luego sintió el sinuoso cuerpo
de Estrella adhiriéndose al suyo propio bajo
las mantas. La abundancia de aquellas femeninas formas
hermosas, ahogaron en él cualquier cuestionamiento,
cualquier reclamo interrogante. Afuera la luz fenecía.
Le pareció escuchar que una puerta se cerraba
en algún lugar impreciso. Ella, con un movimiento
le hizo dejar de pensar.
***
-Sueño estar tan dentro, tanto,
que quisiera perderme en ti para no perderte nunca.
Las cortinas blancas se agitaron por
brisas susurrantes, entre los filtrados resplandores
extraños del fenómeno celeste, que envolvían
por entero la unión de los dos jóvenes
amantes.
Ella sonrió en las tinieblas.
***
-¿Usted sabe… dónde
hay un teléfono público?
Luego de un momento de espera, el
viejo se limita a señalar con su trémulo
brazo, hacia una construcción disimulada entre
matorrales.
-Gracias.
Salvador condujo hacia el sitio indicado,
mientras se extrañaba cada vez más de
la soledad inquietante de aquel lugar.
El viejo sólo le miró
alejarse…
***
… Y entonces el anciano Salvador,
con su sombrero indígena, se acurrucó
más al pie de aquel eterno árbol ahuehuete
y suspiró, esperando ya de una vez, la llegada
del próximo extraviado.
***
Risitas burlonas.
-Despierta.
publicado en junio de 2008
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