| «Quien sabe
de dolor todo lo sabe».
Dante Alighieri
I
Un asesino serial sembraba el terror
en Londres. Los esfuerzos de las autoridades por detenerlo
eran inútiles. Hasta el célebre detective
de la calle Baker había claudicado en su empeño
y se había entregado con frustración a
la morfina y al violín.
Sin saber qué hacer, el jefe
de policía Lestrade, desesperado, acudió
a los servicios secretos del gobierno. Lo pusieron en
contacto con la policía rusa. Viajó hasta
San Petersburgo para entrevistarse con el juez Petrovich.
Éste le propuso una alternativa inaudita: solicitar
el auxilio de un convicto condenado por doble asesinato,
un genio criminal, a fin de que lo orientase en la captura
del Carnicero de Londres.
A cambio del éxito de la empresa
le otorgarían la libertad. Lestrade aceptó
sin pensarlo.
Se trasladaron a Siberia, localizaron
al reo. Los oficiales carcelarios se alegraron al verse
libres de su presencia. Nadie lo toleraba: todos temían
su personalidad lúgubre y hosca. Lestrade y Petrovich
de igual manera se sobresaltaron. Uno al verlo por vez
primera, otro al observar de qué manera se había
vuelto más oscura su personalidad.
La nerviosa figura desgarbada del
joven imponía un miedo irracional.
Le propusieron el trato. Él
aceptó sin interés. Partieron.
Así, Raskolnikov abandonó
Siberia y emprendió con los agentes policíacos
la caza del Carnicero de Londres.
II
Recorrieron cada callejón de
la zona más miserable de la ciudad. Los peores
crímenes del asesino allí se habían
suscitado. Sus víctimas principales eran mujeres
y niños, pero algún hombre maduro y fuerte
también había fenecido bajo los instintos
homicidas del inasible verdugo.
Lestrade, auxiliado por Petrovich,
puso al tanto a Raskolnikov del modus operandi del
Carnicero, de sus hábitos, sus preferencias.
El antiguo estudiante fue capaz entonces,
de comprender la mentalidad del terrible asesino. Sin
embargo, esto no entusiasmaba a Raskolnikov: estaba
en agonía su alma. Sonia. Su Sonia. Un día,
dejó de visitarlo en el presidio. Quiso saber
de ella y no obtuvo información alguna. Simplemente
desapareció. La redención interna del
joven se interrumpió por completo. Se olvido
de su madre y de su hermana.
Se abismó en su anterior amargura.
Desengañado, retomó su excentricidad repelente,
sus ideas extravagantes. Volvió a su antigua
filosofía del ultrahombre, de la supremacía
del más fuerte. Regresaron sus soliloquios desquiciados
y trémulos.
Ahora, gracias a su conocimiento y su intuición,
los oficiales guiados por Lestrade y Petrovich, rastrearon
al Carnicero y lograron acorralarlo en un colosal edificio
en ruinas. Las fuerzas policiales rodearon la zona.
Raskolnikov se introdujo sigiloso y por su cuenta a
la abandonada construcción. Pronto arribó
a una penumbrosa habitación superior.
Había localizado la guarida
del Carnicero.
Había sangre y restos humanos
esparcidos por doquier. En ese momento Raskolnikov sintió
un duro impacto en la nuca. Se hundió en la negrura
total.
III
Cuando recobró el conocimiento,
sintió las ataduras lacerantes de sus manos.
Miró en torno suyo y descubrió en un rincón
al Carnicero realizando experimentos abominables con
el cuerpo de una de sus víctimas. Pero además
el joven notó que alguien más permanecía
cautivo en aquel nido de muerte. Una jovencita, una
niña apenas, atada de manos, observaba los procedimientos
del criminal con ojos desorbitados por el miedo.
El Carnicero, con expresión
bestial e insatisfecha, arrojó los despojos que
manipulaba y se aproximó a la niña. Ella
se arrastró aterrada buscando alejarse del asesino.
Justo en ese instante, con su inglés suficiente,
Raskolnikov comenzó a hablar.
Le explicó al criminal que
había desvelado su secreto. El porqué
era inatrapable, el porqué su ansiedad de producir
dolor, de practicar tortura, de sembrar la muerte.
Raskolnikov había desenmascarado
al asesino: no era un criminal común, un simple
ejecutor. Su verdadero rostro era más bien el
de una enfermedad contagiosa, un estado de conciencia
que se difundía de hombre en hombre. Por eso
era inútil toda pesquisa encaminada a detenerlo.
El Carnicero era el deleite por el mal mismo.
El bestial verdugo lo escuchaba azorado.
La niña gemía y esperaba. Raskolnikov
al notar la confusión de su captor, prosiguió
hablando. Le participó al asesino sus ideas del
ultrahombre, del ser que por su naturaleza fuerte y
pura supera a todos: los domina, y es así el
universo mismo en esencia. Pero para lograr ese nivel
era menester dar el paso más importante, le explicaba
minucioso Raskolnikov, el de superarse a sí mismo,
dejar de ser hombre para serlo todo.
El Carnicero, fascinado por el discurso
del joven, se puso el filo del cuchillo en su propio
cuello. Estaba pronto a deslizarlo cuando la niña,
incapaz de contener su pavor, gimió de nuevo.
Esto liberó al asesino, que
dirigió su atención a la adolescente postrada.
Los ojos del verdugo se inyectaron de intenciones impronunciables.
Se arrojó sobre ella.
Ahora Raskolnikov era el pasmado.
La escena de brutalidad extrema que se le presentaba
no le imposibilitó percibir cómo la enfermedad
del criminal penetraba en su espíritu alterado.
Sorprendió de pronto una risa gutural y cómplice
en su garganta, que acompasaba cada nueva vejación,
cada tortura.
Pero luego, lo inesperado: los ojos
de la atormentada se encontraron con los suyos. Raskolnikov
vio en ellos algo que no era Sonia, pero que estaba
en Sonia.
Con un alarido se incorporó
a trompicones no obstante sus manos atadas. Con su flaco
cuerpo tenso se abalanzó sobre el Carnicero.
Salieron despedidos por una ventana y cayeron al vacío.
Era un cuarto piso. El Carnicero cayó sobre un
carruaje abandonado.
Raskolnikov sobre él. La espalda
del Carnicero se hizo pedazos. Expiró en un momento.
Lestrade y Petrovich arribaron al
lugar. Se percataron de lo sucedido. Se suscitó
un gran ajetreo, llegaron más oficiales. Raskolnikov
pugnaba por levantarse. Petrovich corrió hacia
él, cortó sus ataduras, lo sujetó,
quiso hablarle. Raskolnikov se soltó con furia.
Petrovich lo contempló un momento,
luego lo dejo hacer. Nadie trató de detener al
joven maltrecho y sangrante. Raskolnikov miró
hacia una calle lejana. Sus ojos bañados en lágrimas
parecieron reconocer a alguien. Se tambaleó hacia
allá. Sus llamados desesperados a Sonia se perdieron
con el final de la luz, cuando las sombras inundaron
la zona.
Nunca más se supo de él.
publicado en septiembre
de 2008
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