La morada del diablo PDF Imprimir E-mail
Escrito por Alexis Brito   
Jueves, 02 de Abril de 2009 21:44

 

[28 pags. aprox]

 

Entonces dijo Salomón: «Yahvé ha dicho que habitaría en la oscuridad, y yo he edificado una casa de morada que El la habite para siempre».

 

Paralipómenos 6:1-2

I


LA PROPOSICIÓN DEL MERCADER






Año de Nuestro Señor 1.316



La taberna ubicada en el centro de la ciudad de Bujará, iluminada por candiles de aceite, estaba atestada de parroquianos. Irritado, Wolfgang hizo caso omiso a las conversaciones que llegaban a sus oídos y se sirvió una copa de vino: quería regresar a la tranquilidad de los bosques persas que había dejado atrás. Sin desearlo, levantó la cabeza y observó la barra llena de individuos barbudos, ataviados con túnicas y turbantes, que bebían y trapicheaban a grandes voces, ajenos a los ojos gélidos del extranjero. Stark terminó la bebida y se sirvió otra: después de toda la jornada cabalgando, necesitaba descansar y reponer fuerzas; era un milagro que hubiera conseguido una jarra de vino en aquella ciudad. El olor de las verduras, la carne de cordero, el arroz y las especias, salió de la cocina y llegó a sus fosas nasales. Delante, sobre la mesa de madera, descansaba un plato de lentejas vacío; la primera comida caliente que había probado en semanas. El dueño del local pasó a su lado y colocó una bandeja ante un gordo mercader: pinchos ensartados con costillas lechales, rodeados por tomates y pimientos fritos, zanahorias ralladas y remolachas. Una jugosa cena que estaba fuera del alcance de su precaria economía. Una vaharada de hierbas aromáticas flotó en su dirección: sazbi, canela, menta, y somag. El germano terminó de comer el pan y las cebollas crudas, soltó un suspiro de satisfacción y se reclinó contra la pared: no se había dado cuenta de lo cansado que estaba.
Aquella misma tarde, luego de largos días cabalgando a la intemperie, a través de estepas heladas y vastos desiertos, había alcanzado la ciudad. Desde una altiplanicie, contempló las cúpulas azules que coronaban los edificios, las mezquitas de cerámica troceada, las murallas imponentes, las madrasas rodeadas por columnas de piedra, y los minaretes de delicada manufactura. La arquitectura de Bujará, no contaminada por la influencia de Europa, de tonos pasteles, rosas, amarillos, índigos y anaranjados, le causaron un escalofrío de placer. La belleza de Jerusalén no tenía nada que hacer al lado de aquellas calles bien construidas, las viviendas y torres enjalbegadas, los palacios inmemoriales, los jardines cuidados por manos expertas, y los mausoleos edificados siglos atrás. Conforme descendía por una colina de tierra, hacia las puertas con forma de arco, sintió que el pasado quedaba delineado en un rincón distante de su conciencia. Viajar por las tierras de Asia Central lo había auxiliado a olvidar las contriciones que aplastaban su espíritu.

Stark regresó al presente, comprobó el contenido de su bolsa, y decidió pedir otro odre al posadero. Las paredes sombrías decoradas con tapices, y los suelos cubiertos por cojines y alfombras, habían conocido tiempos mejores años antes. Previsivo, había alquilado una habitación en una pensión cercana, con las últimas monedas de plata que le restaban. Mañana tendría que salir a recorrer la ciudad, debía encontrar trabajo para renovar su equipo y provisiones; descubrir a una caravana que necesitara protección sería lo ideal, desde que desembarcó en los límites del Mar de Aral aquella había sido su manera de ganarse el sustento. Según sus cálculos, había avanzado a lo largo del continente a buen ritmo, pocos hombres habrían podido recorrer aquella distancia solos, viviendo de la naturaleza y alquilando su espada al mejor postor. Involuntariamente, observó la empuñadura del acero que sobresalía, dentro de una vaina oscura, por uno de los laterales de la mesa. Debía la vida a aquel mandoble, la empuñadura rodeada por tiras de cuero estaba desgastada por infinitos combates, ambos formaban una unidad compacta de carne y metal. Faltaba poco para que expirara el año, en breve transcurriría una década desde la caída de la Orden de los Caballeros de Dios, dudaba que en Francia alguien recordara las torturas y vejaciones que los dominicos hicieron sufrir a sus hermanos. El recuerdo de la muerte del Maestre de París, Jaques de Molay, regresó a su memoria y empeoró su ánimo introspectivo: sólo transcurrían dos años desde que lo había visto arder delante de la catedral de Notre-Dame. Por fortuna, el Señor había hecho justicia, el Rey Felipe IV y el Papa Clemente V fueron aniquilados por su mano vengadora. Las maldiciones que su superior lanzó a ambos individuos, presagiándoles una muerte próxima, resultaron completamente acertadas. Aunque fuera un pecado, Wolfgang experimentaba una salvaje satisfacción al pensar que aquellos inicuos estaban bajo tierra. Esperaba que Satanás los hubiera acogido con los brazos abiertos. En Samarcanda, antes de partir hacia Bujará, un peregrino le había puesto al día respecto al tema en cuestión. Felipe «El Hermoso» había perecido en Fontainebleau durante una partida de caza, rodeado por sus aduladores y criados: su cadáver fue sepultado en la basílica de Saint-Denis. Las circunstancias del fallecimiento de Clemente V no las tenía tan claras: al parecer había muerto en abril de 1914, pocos meses antes que el soberano de Francia, en la ciudad de Avignon. En su opinión, los dos habían tenido un final demasiado piadoso, dadas las aberraciones y los crímenes que habían perpetrado, un suplicio lento y doloroso en un potro de tortura hubiera sido lo ideal. La posterior sucesión al trono, tal como era costumbre en Europa, fue realizada con la necesaria dosis de escándalo y destrucción: Isabel de Francia denunció a Margarita y a Blanca de Borgoña, acusándolas de adulterio a sus respectivos maridos, Luis X y Carlos IV. De inmediato, ambas fueron encarceladas y despojadas de sus títulos y bienes. Sus supuestos amantes, los hermanos Felipe y Gauthier de Aunay, después de un juicio hipócrita, fueron desollados vivos, castrados, decapitados, arrastrados y colgados por las axilas, por sus verdugos en la plaza de Pontoise. El germano frunció el entrecejo al recordar el resto de la historia: Margarita de Borgoña había fallecido el año anterior en turbias circunstancias, en la celda del castillo de Gaillard, donde fue encerrada. Las malas lenguas apuntaban que su esposo, Luis X de Francia, al desear contraer matrimonio con la princesa Clemencia de Hungría, no había dudado en ordenar su asesinato para realizar sus abyectos planes. Según lo que le habían comentado, Blanca de Borgoña y su hermana Juana, seguían confinadas en la fortaleza de Château-Gaillard, sin la posibilidad de ser liberadas. Stark apretó los labios, detestaba a los monarcas europeos, todos eran igual de corruptos, seres amorales y sin conciencia de ninguna clase, que venderían su alma a Satanás por conservar sus tronos enmohecidos. La Dinastía de los Capetos debería ser exterminada de la faz de la tierra.

Una corriente de aire hizo cimbrear la llama de las linternas y recorrió el establecimiento. Un individuo embozado hablaba con el dueño del local, susurrando por lo bajo, mientras señalaba con el índice al antiguo caballero templario. Éste llevó la mano a la empuñadura del cuchillo que colgaba en su costado derecho; odiaba ser el centro de atención. Las conversaciones cesaron, los hombres que ocupaban la taberna lanzaron miradas nerviosas hacia la puerta abierta y apuraron sus copas; la atmósfera cálida y acogedora se había vuelto fría como el hielo. El encapuchado hizo una reverencia ante el posadero y se aproximó al lugar donde estaba el germano. La voz fría de Stark lo detuvo antes de que llegara a la mesa:

—Si buscáis problemas habéis dado con el hombre correcto, señor.

El desconocido se detuvo bruscamente y echó la capucha hacia atrás.

—Siento haberos alarmado, caballero —se disculpó—. ¿Os importaría concederme un rato de vuestro tiempo?

Wolfgang estudió las facciones del anciano: cabellos escasos, rostro cubierto de arrugas, ojos profundos y turbados, barba blanca bien cuidada. ¿Qué podía querer aquel individuo de su persona?

—De acuerdo. —Hizo un ademán para que se sentara—. Podéis acompañarme.

Mientras lo hacía, la mirada inquisitiva del germano analizó las ricas vestiduras bordadas con hilos de oro y sus manos nudosas; dudaba que tuviera un arma oculta debajo de la túnica de pelo de camello.

—Me llamo Muhammad ibn Mansur al-Mahdi —dijo—. ¿Habéis escuchado hablar de mí?

Stark esbozó una sonrisa siniestra a la vez que acariciaba la cruz de su mandoble.

—Me resulta familiar —su tono fue socarrón—. ¿No fue un califa abassí hace siglos?

El anciano efectuó una mueca nerviosa.

—Sois un hombre instruido, señor —admitió—. ¿Conocéis nuestra historia?

El germano asintió con cierta condescendencia.

—Llevo un año viajando por estas tierras —admitió—. Los fieles que peregrinan a la Meca suelen ser hombres parlanchines, señor.

Al-Mahdi se explicó.

—Es costumbre en mi familia llamar a los primogénitos como nuestros antepasados.

—Ya lo sé —reconoció—. En mi país los padres hacen lo mismo. ¿Os importa que os llame Muhammad?

—No, caballero.

Wolfgang fue directo al grano:

—¿Qué deseáis de mí?

—Deseo contratar vuestros servicios, señor.

—¿De veras? —Enarcó las cejas con interés—. ¿Qué querríais que hiciera, Muhammad?

Stark sabía que el anciano era uno de los mercaderes más poderosos de la zona. Sus caravanas cruzaban los interminables desiertos, arrostrando los peligros del clima implacable y los forajidos que moraban en las colinas, hacia Babilonia, Drangiana, Armenia, Tracia, Samarcanda, Bractiana, Frigia, y Aracosia. Pocos lugares del imperio persa quedaban fuera de sus redes comerciales. Le convenía ganarse la confianza de aquel hombre; bajo su servicio podría alcanzar Khanbaliq sin problemas.

—Mi hija ha sido secuestrada esta tarde —dijo—. Os ruego que la rescatéis.

El antiguo caballero templario se inclinó hacia delante: había encontrado trabajo sin mover un dedo.

—¿Secuestrada? —inquirió—. ¿Por quién?

Al-Mahdi temblaba de nerviosismo.

—¿Habéis oído hablar de la hueste de Hamidullah?

—Sí —reconoció—. Tengo entendido que son ladrones que asaltan a los pobres diablos que tienen la desgracia de encontrarse con ellos.

—Llevo semanas recibiendo amenazas de su jefe —repuso—. Pretende que le pague un tributo por atravesar el desierto.

—¿Acaso habéis aceptado sus coacciones?

—Jamás —gruñó el anciano—. Me ha costado mucho tiempo y esfuerzo llegar a conseguir mi posición. Prefiero morir antes que ceder ante un chacal como Hamidullah.

Wolfgang se acarició el mentón ensombrecido por una barba incipiente.

—Supongo que a raíz de vuestra negativa ha decidido tomar cartas en el asunto, ¿verdad?

—No os equivocáis, caballero —aceptó—. Esta tarde mi amada Hawa ha sido raptada en mi propia casa.

—¿Cómo sucedió?

—Sobornaron al capitán de la guardia —explicó—. Éste ordenó a sus tropas que fueran a los jardines del palacio con el pretexto de que había escuchado algo extraño. Cuando estuvo solo, abrió una puerta secreta y permitió que los perros de Hamidullah entraran en mi hogar. Más tarde los llevó a los aposentos de mi hija —su voz se quebró durante unos instantes al borde de las lágrimas—, y desaparecieron sin dejar rastro.

—¿Y cómo supisteis qué fueron ellos? ¿Os dejaron una nota o algo parecido?

—Asesinaron al capitán de la guardia cuando consiguieron su objetivo —continuó con aspereza—. El bastardo confesó su crimen antes de perecer con la esperanza de vengarse de sus verdugos.

Stark volvió a sonreír sombríamente:

—Entonces recibió su merecido —enfatizó con maldad—. Si haces un trato con el Diablo puedes terminar escaldado. Nadie lo mandaba a dejarse sobornar por ratas de esa calaña.

Al-Mahdi tomó aire.

—¿Aceptáis mi oferta? —suplicó—. Sois el único que puede hacerlo.

El germano fue irónico:

—¿En serio? —Unió las yemas de sus dedos en actitud reflexiva—. ¿Por qué? ¿No contáis con la guardia de palacio o vuestros propios hombres para rescatarla?

El anciano suspiró:

—Son unos cobardes —dijo abatido—. Ninguno se atreve a batirse contra la hueste de Hamidullah. La fama de sus crímenes aterroriza a los hombres piadosos. Nadie quiere tener problemas ni ser objetivo de su venganza.

Wolfgang insistió.

—¿Por qué yo? —inquirió—. No me conocéis de nada. Podría traicionaros como hizo el Capitán de vuestra guardia.

—He oído hablar de vos —confesó—. Los hombres que vigilaban la caravana que tomasteis en Samarcanda han extendido vuestra fama por el desierto.

Stark apuró la copa.

—¿Sí? ¿Y qué contaban?

Al-Mahdi continuó:

—Me dijeron que erais un mercenario de pocas palabras, sombrío y taciturno, que ofrecía sus servicios al mejor postor.

El antiguo caballero templario lanzó una carcajada seca.

—¿De veras?

—Efectivamente.

—¿Debería sentirme halagado por ello?

El anciano se encogió de hombros.

—Mis hombres no suelen darme tan buenas referencias sobre los extranjeros. Me temo que, para bien o para mal, los habéis impresionado con vuestra conducta, señor.

El germano se centró en cuestiones prácticas, aquel trabajo era una bendición caída del cielo; prefería arriesgar su vida por una causa justa.

—¿Y cuáles serían mis honorarios, Muhammad?

Al-Mahdi sacó una gruesa bolsa del interior de sus vestiduras y la arrojó sobre la mesa.

—Aquí tenéis la mitad —puntualizó—. El resto cuando rescatéis a mi Hawa.

Wolfgang abrió el saquillo y comprobó su interior: rebosaba de monedas de oro.

—Perfecto. ¿Dónde puedo encontrarla?

—Los guardianes de la ciudad han visto fuegos encendidos en los bosques situados al oeste. Lo más probable es que Hamidullah haya acampado a las afueras de Bujará a la espera de una respuesta por mi parte.

Stark guardó la bolsa dentro de su jubón.

—¿Hasta cuándo tenéis para responderle?

—Hasta mañana —especificó—. Cuando salga el sol.

—¿Cuál fue el precio?

El anciano no se molestó en mentir.

—Un carromato lleno de riquezas.

El germano enarcó las cejas.

—Sabéis que podría exigiros el mismo precio, ¿verdad?

—Lo he tenido en cuenta, caballero.

—¿Y bien?

—No creo que seáis una persona que obre impulsada por la avaricia.

—¿Y cuáles creéis que son mis motivos?

Al-Mahdi no dudó al responder.

—Creo que os impulsa un sentido moral basado en la justicia y la equidad. Reconozco a un cristiano devoto cuando lo veo. Mi abuelo, que en paz descanse, trató con los guerreros que lucharon contra el sultán Maomé. Me contó las historias de aquellos caballeros, hombres decididos y fieles a su Dios, que intentaron recuperar la Tierra Santa que habían perdido. Vos podríais haber sido uno de ellos.

El antiguo caballero templario rememoró lo que sabía de la Octava Cruzada: Luis IX de Francia había partido hacia Túnez con la intención de convertir la ciudad y a sus dirigentes al Cristianismo. Después de desembarcar, antes de poder combatir por su causa, una extraña enfermedad diezmó a sus tropas, aniquilando al propio rey y a uno de sus hijos. Como podía comprobar, la estupidez humana no conocía límites, aquella empresa estuvo condenada al fracaso desde el principio; detalle que sus líderes no tuvieron en cuenta. Miles de buenos cristianos perecieron sin haber desenvainado las armas. Sin duda, la guerra era un invento de Satanás; ningún hombre se libraba de su maligna presencia, siempre terminaba cobrándose su perverso tributo.

—He escuchado rumores de que en los bosques habitan los demonios. ¿Qué hay de cierto en ellos?

El anciano hizo un gesto despectivo con la mano:

—¡Tonterías! —bufó—. ¡Leyendas populares para espantar a los ignorantes!

—¿Leyendas populares? —coreó con desconfianza—. Las peores atrocidades son las que se susurran en voz baja, Muhammad. No sería la primera vez que los cuentos de los campesinos y los comerciantes me salvan el pellejo. ¿Qué sabéis de ellas?

Al-Mahdi miró su entorno con nerviosismo; los escasos parroquianos continuaban inmersos en sus asuntos, nadie les prestaba atención.

—Al parecer unos pecadores fueron ajusticiados hace años en ellos, señor.

—¿Qué fue lo qué hicieron?

—Se dice que profanaron una mezquita —explicó—. Consumieron alimentos en su interior durante el mes de Ramadán. Los soldados del emir los persiguieron hasta el bosque y los despellejaron a latigazos. Nadie se había atrevido a pecar de una forma tan ignominiosa en esta ciudad. Ni siquiera cuando fuimos atacados por los mongoles de Genghis Khan hace casi un siglo.

—¿Y qué más?

—Los viajeros evitan pasar por ese lugar. Desde entonces, todos los que se atrevieron a entrar en el bosque desaparecieron y…

Wolfgang lo interrumpió.

—¿Y Hamidullah conoce esa historia?

—Debería conocerla —reflexionó el anciano—. La leyenda ha corrido de boca en boca por el desierto. ¡Tanto, que incluso ha llegado a vuestros oídos!

El tiempo apremiaba, el manto protector de la noche no tardaría en desaparecer; tendría más probabilidades de penetrar en el campamento a oscuras. Esperaba liberar a la hija del mercader y estar de vuelta en la ciudad antes del alba. Sería un trabajo fácil siempre que no surgieran contratiempos inesperados; podría utilizar las supersticiones de aquellos pecadores en beneficio propio.

Stark se incorporó y agarró el mandoble.

—Si Dios quiere nos veremos mañana —dijo—. Espero poder realizar la tarea que me habéis encomendado.

El anciano puso los ojos en blanco.

—Doy gracias a Alá por escuchar mis súplicas…

El germano se mostró brusco.

—Ahorráoslas —gruñó—. Esto os costará caro.




II


LA HUESTE DE HAMIDULLAH




La luna llena color sangre se filtró entre las nubes e iluminó los contornos del bosque. Los árboles opacos, velados por un silencio antinatural, se extendían hasta las montañas lejanas. Silenciosamente, Stark descendió una colina y se introdujo en la foresta. A su derecha, los troncos formaban una barrera tupida que se deslizaba a lo largo de los cerros abruptos cubiertos de hierba. A su siniestra, un sendero irregular, descuidado por el paso del tiempo, trazaba un ángulo en pendiente entre los herbazales espinosos. Sobre su cabeza, las copas de los árboles tejían un manto tétrico, roto por los rayos oblicuos que el espejismo lunar derramaba sobre la tierra. El antiguo caballero templario apartó sus recelos y aferró las riendas, conduciendo al animal hacia el norte. Los cascos del corcel —que había tenido la cautela de vendar— apenas producían sonido al aplastar las hojas secas y las ramas podridas que cubrían el suelo.

En junio de aquel mismo año, Luis «El Obstinado», vástago de Fernando IV y Juana I de Navarra, había muerto, según la creencia popular, envenenado en Vincennes. Durante su corto reinado en Francia, de 1314 a 1316, tuvo tiempo de participar en la Rebelión de Flandes y en el Invierno del Hambre que azotó el país tras el fallecimiento de su progenitor. Después del escándalo de la Torre de Nesle, contrajo segundas nupcias con su prima, Clemencia de Hungría. Su único vástago, Juan «El Póstumo», pereció a los pocos días de nacer; una semana antes de que el germano abandonara Samarcanda con la intención de dirigirse a Bujará. Una sonrisa maliciosa se dibujó en los labios de Stark: esperaba que el actual monarca de Francia, Felipe V, no tardara en acompañar a sus familiares. Por fortuna, el Todopoderoso había intervenido, aniquilando a la familia real, que dada su degradación y maldad, merecía arder en el Infierno por todos sus pecados.

Enfrente, a una distancia indeterminada, el resplandor aislado de una hoguera destellaba entre los huecos de los árboles. Wolfgang se puso tenso sobre la silla y aminoró el paso del caballo, procurando ocultarse en la foresta. Primero, antes de entrar en acción, debía comprobar si había vigías por los alrededores. Más tarde, infiltrarse en el campamento de sus enemigos. Y, por último, si lograba encontrar a la hija del mercader, escapar del lugar sin perder la cabeza. Entrecerrando los ojos, reconoció el terreno; parecía que no había guardias en el exterior del claro. El germano descendió de su montura, ató las bridas a un árbol, y avanzó con prudencia hacia su objetivo. Una corriente de aire sopló entre los troncos y meció las ramas bajas. El bosque, sombrío y amenazador, lo circundó con su presencia, causándole un escalofrío. No le cabía duda alguna de que allí había muerto gente de la manera más horrible que pudiera imaginar.

Lentamente, sorteó los setos y los hundimientos traicioneros del suelo, y caminó el diagonal con los músculos tirantes. Su respiración formaba nubecillas blancas, un frío estremecedor invadió su cuerpo conforme ganaba terreno; el silencio sobrenatural que emanaba de la espesura podía cortarse con una navaja. Al llegar a la entrada del campamento, se ocultó detrás de un enorme tronco, estudiando con una mirada penetrante las intersecciones del claro. Una docena de tiendas, clavadas al suelo con estacas de madera, se recortaban a contraluz. Aquella tranquilidad le daba mala espina, podía ser el preludio de una trampa; era improbable que sus adversarios durmieran sin tomar precauciones. Un individuo harapiento, ataviado con las ropas propias de los hombres del desierto, pasó delante de la hoguera, armado con una lanza y un sable de hoja curva. Stark reculó un paso y se fundió entre las sombras. El centinela bostezó y estiró su anatomía enjuta, con una expresión de cansancio en el rostro. Acto seguido, recuperó la compostura y continuó la guardia, ajeno a la presencia del antiguo caballero templario que lo observaba a escasos metros de distancia, con una mirada acerada en los ojos grises. Al desaparecer el vigía, el germano tomó una bocanada de aire y corrió un corto trecho sin hacer ruido, penetrando en el campamento con el cuchillo en la zurda. Velozmente, se agazapó al amparo de una tienda de brillantes colores que lo más probable, dada la calidad y los exquisitos dibujos que adornaban la tela, fuera parte de algún botín conseguido de sus oponentes. El centinela dio la vuelta y recorrió el camino a la inversa, tiritando, víctima del frío avasallador que acababa de invadir el bosque. De un salto, Wolfgang lo atacó por la espalda y le hundió la hoja en la nuca: su rival sufrió un espasmo involuntario, emitió un gemido estrangulado, y expiró en los brazos de su agresor. Éste escondió el cadáver entre unos arbustos, limpió el puñal en las sucias vestiduras, y comprobó que todo estaba en orden: nadie había advertido su presencia. Sin pensarlo, movido por el instinto de soldado, que tantas veces le había auxiliado antes, Stark cruzó las sombras movedizas que desperdigaba la hoguera, dirigiéndose a una tienda más suntuosa que las demás. Durante el camino, tuvo la suerte de no tropezarse con ningún vigía; puede que aquél que había asesinado fuera el único que estuviera de guardia. Al fondo del claro, cerca del linde del bosque, descansaban las monturas de los ladrones, amarradas a un carro con un techo de lona. El germano alcanzó su objetivo y pasó dentro de la tienda. A su nariz llegó el pesado aroma del interior, una amalgama de sudor rancio y putrefacción, además de los ronquidos de su propietario, que resonaban estentóreamente en aquel espacio cerrado. En cuatro rápidos pasos, soslayó las mantas y los cojines diseminados por los suelos, y se arrodilló encima del durmiente, poniéndole la diestra en la boca y el cuchillo en la garganta. El individuo tuvo un brusco despertar, estremeciéndose de terror y estirando la mano para coger su cimitarra. Stark apretó la hoja hasta que brotó la sangre y susurró heladamente:

—Os prometo que si intentáis hacer algo os degollaré como a un cerdo.

Su cautivo temblaba de pánico: gruesas gotas de sudor se deslizaron por su frente.

—¿Dónde está la muchacha?

El hombre hizo ademán de hablar pero la presa del antiguo caballero templario se lo impidió.

—Voy a permitir que respondáis —continuó—, pero como os atreváis a dar la voz de alarma acabaré con vos, ¿entendido?

Su cautivo asintió y replicó quejumbrosamente:

—Está en el pabellón de Hamidullah.

Wolfgang deslizó el puñal sobre su nuez de Adán.

—¿Y cuál es el pabellón de Hamidullah?

—Es el verde situado en mitad del campamento…

Impasible, el germano enterró el arma hasta la empuñadura en el corazón de su enemigo; había conseguido averiguar lo que necesitaba saber, no tenía ningún sentido dejarlo vivo. Cuando el cuerpo cesó de contraerse, soltó el cadáver, tanteó en la oscuridad y encontró una túnica entre sus pertenencias. No experimentaba ninguna clase de remordimiento por los dos individuos que había asesinado a sangre fría: aquellos inicuos merecían la muerte. Con un gesto de asco, se puso la prenda sobre sus vestiduras, ocultando el rostro bajo la amplia capucha. Al salir al exterior de la tienda, reconoció el terreno, sin encontrar nada anormal. De inmediato, a escasos metros de distancia, localizó el pabellón que le había indicado su víctima. Mientras andaba, distinguió la figura de otro centinela en la parte superior del claro, envuelto por oscuras ropas que lo permitían pasar desapercibido en la negrura. Wolfgang inclinó la cabeza y apretó el paso: no tenía tiempo para eliminarlo, si alguien descubría el cadáver el campamento se convertiría en un caos; tenía que salir de allí cuanto antes. Cuando pasó al interior de la tienda, que olía a cuero curtido y a hierbas aromáticas, descubrió una forma borrosa sobre el lecho situado en uno de los laterales del pabellón. ¿Dónde demonios estaba la hija del mercader? Vencido por un extraño presentimiento, se acercó a la figura dormida, listo para utilizar el arma. Dos figuras desnudas dormían bajo las mantas, unidas en un estrecho abrazo. Estupefacto, el germano bajó el cuchillo: algo no encajaba en la escena; tanto la mujer como el hombre parecían amantes. Indeciso, contempló la expresión de felicidad de la muchacha, sus mejillas arreboladas, y la manera en la que apretaba a Hamidullah entre sus finos brazos. Si hubiera sido violada por aquel bellaco la escena sería completamente diferente. Stark apoyó la hoja en el cuello de la mujer, obligándola a despertar; necesitaba conseguir respuestas. Ambos lanzaron a la vez un respingo de estupor al abrir los ojos. Stark habló con voz amenazante:

—Si os atrevéis a gritar la mataré, escoria del desierto.

Hamidullah retrocedió unos centímetros, asombrado y colérico a partes iguales, con una luz enloquecida en la mirada.

—¿Quién sois? —barbotó —. ¿Qué queréis de nosotros?

El antiguo caballero templario esbozó una sonrisa capaz de helar la sangre en las venas.

—Un mercader de Bujará me ha contratado para rescatar a esta muchacha —repuso—. ¿Qué podéis decir al respecto?

El individuo apretó los puños rabiosamente.

—¿Ese perro se ha atrevido a mandaros a liquidarme? ¡Juro por Alá que será pasto de los buitres!

La joven se cubrió los pechos lo mejor que pudo y secundó a su amante:

—Mi padre es un diablo —murmuró aterrorizada—. ¡Sirve a Shaitán!

Wolfgang ignoró las curvas de la mujer e inquirió con acritud:

—¿A qué demonios os referís?

La muchacha tragó saliva.

—Ayer descubrí que sacrificaba a sus criados en los altares de Ashur —explicó—. No me quedó más remedio que escapar de mi propia casa.

Una sensación gélida recorrió los nervios del antiguo caballero templario.

—Entonces… ¿No habéis sido raptada?

—¡No! —exclamó—. ¡Huí para no correr la misma suerte!

Hamidullah intervino:

—¡Al-Mahdi os ha engañado! —gruñó—. ¡Hawa es mi prometida, maldito seáis!

Stark tomó una profunda bocanada de aire y meditó las palabras que acababa de escuchar: ninguno parecía mentirle, conocía demasiado bien a las personas cuando estaban al borde de perecer. Los amantes le estaban diciendo la verdad. La furia relegó las dudas a un segundo plano y colmó su espíritu de deseos de venganza: el mercader pagaría su falsedad aunque fuera lo último que hiciese.

—¿Vuestra prometida? —repitió con los dientes encajados por la rabia—. ¿Qué clase de locura es esta?

La joven continuó a punto de estallar en sollozos.

—Mi padre nunca ha querido que nos casáramos —dijo—. Su afán de poder lo ha cegado ante los deseos de su familia. Sólo piensa en acumular riquezas a costa de las personas que tienen la desdicha de trabajar en sus caravanas. ¡Os lo juro!

El arma tembló en la zurda del germano.

—Dejadla en paz —farfulló el hombre—. Matadme y acabemos con esto. ¡Es a mí a quién queréis!

Hamidullah hizo ademán de levantarse pero Stark cortó su movimiento con un gesto hosco.

—¿Por qué debería creeros?

—Sois un estúpido —escupió—. Os habéis dejado embaucar por las sofisterías de ese chacal. ¿Tanto os cuesta admitir que estáis equivocado?

Wolfgang ignoró su malestar interior. Le costaba tragarse el orgullo y dar el brazo a torcer. Quizá toda la historia que el anciano le había contado en la taberna fuera una patraña: odiaría actuar en contra de sus principios y aniquilar a los inocentes. Debía averiguar cuál de los tres decía la verdad o perecer en el intento. Las circunstancias se habían torcido y estaban en su contra. Stark propinó un puñetazo al jefe de los bandidos en el rostro dejándolo sin conocimiento. Hawa intentó chillar pero la diestra del germano fue mucho más rápida y silenció su exclamación. Bruscamente, la volvió boca abajo, desgarró las sábanas y le puso una mordaza en la boca, atándole las manos y los pies. Hasta el momento jamás había golpeado a una mujer. Su honor nunca le hubiera permitido realizar aquella acción.

—Volveré a la ciudad para hablar con vuestro padre —sentenció—. Si descubro que me habéis mentido no volveréis a ver la luz del sol.

Con rapidez, cruzó el pabellón y salió al campamento enemigo, enervado por una cólera monstruosa; detestaba que jugaran con él. De improviso, un individuo apareció delante de sus narices. Durante un segundo, sus ojos se encontraron en la penumbra, y el grito del centinela rompió la quietud del claro:

—¡Alerta! —Levantó la lanza para protegerse—. ¡Intruso!

Maldiciendo, el germano desenvainó la espada y destripó a su adversario: las entrañas rojas y azuladas salpicaron sus botas. La madrugada estalló en un clamor colectivo. Cuerpos delgados y macilentos surgieron de las tiendas, empuñando espadas curvas, hachas y alabardas. Voces amenazadoras prometieron venganza, dolor, torturas y muerte. El antiguo caballero templario profirió una blasfemia, salió disparado hacia delante y corrió con todas sus fuerzas hacia el bosque. El reflejo de las llamas iluminó las caras enjutas y mal afeitadas de la hueste de Hamidullah. Flechas de penachos negros llovieron a su alrededor, zumbando malignamente, dispuestas a arrancarle la vida, sin conseguir alcanzarlo. A trompicones, Stark se introdujo en la foresta, procurando ganar la máxima distancia posible a sus perseguidores; ramas y brezos le arañaban el rostro.

Una saeta le rozó el hombro y se clavó en un árbol: había faltado poco para que lo alcanzara. Haciendo de tripas corazón, pasó por alto la sequedad de su boca, los pulmones inflamados, el palpitar de sus gemelos doloridos, y se exigió un esfuerzo supremo. En aquel instante, el relincho asustado de su corcel le puso los pelos de punta. Siluetas informes, de miembros monstruosos y cuerpos velludos, atacaban al animal. Aterrorizado, olvidó a los individuos que lo perseguían; aquellos seres demoniacos eran mucho peores que los forajidos. Una transpiración helada cubrió el cuerpo del germano de la cabeza a los pies. Los hombres de Hamidullah se frenaron en seco, al borde del pánico, entre juramentos y gritos de sorpresa. La bilis pastosa se apiló en la garganta de Stark y le arrebató el aliento: aquellas criaturas eran obra del Diablo. A su espalda, jinetes provistos de cimitarras irrumpieron entre los árboles y frenaron su avance con brusquedad al descubrir el horror que se desarrollaba ante sus ojos. Wolfgang apretó las mandíbulas y se abalanzó sobre los monstruos: sin la montura nunca podría escapar del bosque. Unas garras afiladas le rozaron el jubón y rechinaron contra su caperuza. El hedor, corrupto y vomitivo del engendro impregnó sus fosas nasales, causándole una arcada de repulsión. El mandoble descendió como una llama azulada y penetró en la carne correosa. La criatura aulló, rabiosamente, extendiendo sus colosales zarpas, con las mandíbulas llenas de saliva. El antiguo caballero templario brincó hacia atrás, esquivó las uñas en el último momento y volvió a descargar el arma. La cabeza rodó por los suelos y el cuerpo se desplomó soltando un chorro de sangre negra por la arteria abierta. Desesperado, movió la espada un lado a otro, manteniendo a raya a los demonios del bosque, que gruñeron con voces roncas e inhumanas. Su caballo tiró de las riendas, enloquecido por el miedo, cabriolando de un lado a otro, alzando y bajando las patas. El germano se abrió paso a golpes, desgarró y fintó con movimientos precisos, matando a los contrincantes que se atrevían a interponerse en su camino. Una gota de sangre le salpicó la mano y lo hizo a gemir de dolor; los fluidos vitales de los engendros quemaban como el fuego. Los ladrones retrocedieron, vencidos por el temor ancestral de las leyendas que, hasta ese momento, habían ignorado, y retornaron al campamento a toda velocidad, soltando las armas y suplicando clemencia a los dioses.

Stark temblaba, le dolían los brazos y le pesaba el mandoble, cuyo filo comenzaba a embotarse por la sangre maligna de las criaturas. Tres cuerpos yacían ante sus pies, pero la superioridad numérica continuaba siendo aplastante. Una veintena de figuras vibraban en la penumbra, con ojos hambrientos y enrojecidos, tomando posiciones para devorarlo. Vagamente, distinguió una sombra de rasgos humanos en las facciones de sus enemigos. ¿Qué clase de infame brujería había creado a aquellos monstruos? ¿Qué manos diabólicas pervirtieron el barro de la Creación para formar una semilla tan impura que profanara la tierra? Las estrellas irradiaron los ángulos del bosque. Bajo la luz mortecina, pudo distinguir las bocas babeantes y las garras afiladas, los rasgos diabólicos y los físicos nauseabundos; si sus adversarios fueron hombres, poco restaba de su antigua condición. Rabioso, avanzó a golpes de espada, amputando miembros y segando vidas, hasta alcanzar al animal. Soltó las bridas y lo obligó a agachar la orgullosa cabeza, tranquilizándolo, sin perder de vista a sus adversarios, que dudaban ante el helado empuje del germano. Éste colocó el pie en un estribo, subió a la silla y trazó una barrera de acero, hendiendo cráneos y cortando las zarpas que pretendían apresarlo. El antiguo caballero templario clavó los talones en los ijares y espoleó al corcel. Los árboles se convirtieron en un borrón conforme galopaba lejos de los demonios. Garras arañaron inofensivamente los costados acorazados del animal, caras retorcidas por el furor protestaron, y un grito colectivo surgió de los labios putrefactos; a pesar de su degenerada inteligencia las criaturas eran conscientes de que habían perdido a su presa.

El caballo arrolló un cuerpo con su paso; el crujido de huesos rotos fue acompañado por un quejido moribundo. Wolfgang soltó una risotada cruel.

—¡Adelante, perros! —exclamó—. ¡Cogedme si podéis!

Los cascos de la montura hoyaron la hierba ennegrecida y levantaron un torrente de polvo. Stark escapó del círculo de siluetas y se dirigió hacia el claro del bosque. Antes de que se diera cuenta, pasó como un trueno entre las tiendas, acabando con los incautos que se atrevían a entorpecer su carrera. Un forajido pereció con la cabeza abierta hasta los hombros y giró sobre su propio cuerpo, desplomándose encima de la hoguera; un chorro de chispas ardientes abrasó a los individuos que estaban cerca del cadáver. Un chillido angustiado se elevó entre la cacofonía que imperaba en el campamento:
—¡Huid, hermanos! ¡Nos atacan los gules!

Satisfecho, el germano comprobó cómo las criaturas invadían el claro y arremetían a los ladrones del desierto, impulsadas por el deseo de vengar a sus camaradas caídos. Al instante, espoleó al animal y trazó un rodeo para salir de aquel Infierno; el mercader debía explicarle ciertas cuestiones cuando volviera a Bujará. El estruendo de las armas se mezcló con los gritos de los heridos y las imprecaciones de los hombres: dudaba que la hueste de Hamidullah tuviera la oportunidad de vencer a los demonios. Impertérrito, Wolfgang dejó el campamento atrás y olvidó la horrible escena: el Señor lo había utilizado para castigar los crímenes realizados por aquellos individuos.



III


LA MORADA DEL DIABLO


 


Bajo los primeros haces del amanecer, los bordes sinuosos del palacio, resaltaban entre las calles desiertas. El germano contempló las torres que sobresalían por encima de los muros dorados; parecía que el lugar estaba vacío. Inmediatamente, abandonó la oscuridad de la callejuela y se acercó a la muralla; una serie de enredaderas se deslizaban desde lo alto hasta el nivel de la avenida. Stark trepó por las hiedras y alcanzó la parte superior del muro, decidido a invadir el palacio del mercader. Arriba, se colocó boca abajo y analizó el jardín que se abría delante de su visión: árboles estremecidos por la brisa matutina, fuentes de agua, setos recortados con formas exóticas, y caminos de piedra bien pavimentados. Enfrente, del palacio de paredes de granito y tejados azules con forma de cúpula, emanaba un aura maligna y repugnante, tan antigua como la dinastía Aqueménida que gobernó aquellas tierras un milenio atrás. Wolfgang se aseguró de que no hubiera centinelas por los alrededores, descendió las enredaderas y se ocultó detrás de unos arbustos. Rápidamente, desenvainó la espada, traspasó el jardín y llegó ante una puerta de madera decorada con adornos florales. De un mandoble, reventó la cerradura y pasó al interior del palacio a oscuras. Con los cinco sentidos alerta, cruzó un corredor engalanado por ricos tapices, y llegó a unas escaleras de mármol que ascendían en espiral hacia los pisos superiores.

Extrañado, el antiguo caballero templario aguzó los oídos y contuvo el aliento. Aquella paz lo repelía; le desconcertaba la facilidad con la que había accedido a la morada del mercader. El silencio sepulcral, roto por su propia respiración, le hacía temer lo peor. ¿Dónde estaban los vigías o los sirvientes que habitaban el palacio? Lentamente, subió los escalones con el arma preparada, dispuesto a defender su existencia ante el menor ataque. Las escaleras, lo condujeron a un vasto salón iluminado por linternas, de muros y suelos opalescentes, decorados por alfombras y frisos que mostraban orgullosas figuras. Stark se detuvo y estudió su entorno, expectante, sin percibir nada extraño. Atravesó la estancia y se aproximó a una puerta de gran altura, tachonada con mosaicos geométricos y piedras semipreciosas, para descubrir que estaba cerrada desde el exterior. Molesto, levantó la cabeza y descubrió un balcón en el extremo norte de la cámara, desde el cual podría acceder a otras habitaciones del palacio. Acto seguido, tomó una escalera y ganó el palco, sintiendo una sensación extraña en su corazón. Sabía que algo no iba bien.

Desde algún lugar impreciso, un sonido etéreo flotó en el aire y llegó a sus oídos. Era una música hipnotizadora, profunda y sensual, que evocaba todos los apetitos perversos y disolutos del ser humano. Wolfgang se santiguó y oró una plegaria:

Gloria in excelsis Deo, et in terra pax hominibus boaes voluntatis —dijo—. Crucem tuam adoramus Domine.

Tenía suficiente experiencia con el mundo sobrenatural, como para intuir que en aquellas habitaciones se había vertido la sangre de cientos de inocentes. La riqueza que lo circundaba lo desagradaba profundamente, su mentalidad de cristiano siempre le había hecho despreciar los lujos; prefería la pobreza y la castidad antes que la opulencia, era la única manera posible de no caer bajo las garras de Satanás.

Cautelosamente, el germano cruzó el balcón y penetró en la estancia adyacente, idéntica en todos los sentidos a la anterior. Una docena de sacerdotes vestidos con sombrías túnicas oraban debajo de su posición. El monótono canto religioso que había distinguido arreció. Stark sintió cómo se le erizaba el vello de la nuca: aborrecía la magia con todas sus fuerzas. Su mano aferró el pomo de la espada y un estremecimiento le recorrió la columna vertebral. La superstición propia de su credo religioso hizo mella en su espíritu: las costumbres heredadas eran difíciles de borrar. Un poder malsano, que se perdía en el alba de los tiempos, cuando Jerusalén era una isla entre las aguas, emanaba de aquellos individuos. En el centro de la cámara, sobre un altar de obsidiana, una joven de pálidos miembros, yacía esposada de pies y manos por cadenas de plata. Detrás de ella, la figura familiar del mercader sostenía un puñal en la diestra, listo para cumplir su aciaga inmolación. El germano rechinó los dientes: los amantes estaban en lo cierto; Al-Madhi lo había engañado. Las voces aumentaron de intensidad. Muhammad avanzó unos pasos, se situó a un lado de la muchacha y levantó el arma sobre su cabeza: una mirada fanática ardía en sus ojos.

—¡Acepta nuestro sacrificio, Ashur! —aulló con voz ronca—. ¡Devuelve tú antiguo poder a los hijos de Termagant!

El antiguo caballero se precipitó hacia delante y saltó por encima de la barandilla, aterrizando entre sus oponentes. Un bramido de asombro escapó de los sacerdotes. El mandoble destellaba en su puño, prometiendo muerte a todos aquellos que se atrevieran a atacarlo. Su juramento resonó hasta el último confín del salón.

—¡Hijos del Diablo! —gruñó—. ¡Acabaré con vuestras puercas vidas!

El germano trazó un arco con la espada y dividió la cabeza de un hombre desde la coronilla hasta el esternón. Al instante, se desembarazó del cadáver y abrió el pecho del sacerdote que tenía a la izquierda: sus pulmones salpicaron las baldosas de mármol. Al-Madhi reculó hacia atrás, aterrorizado, cuando reconoció al individuo que había pretendido manipular.

—¡Matad al extranjero, hermanos! —ordenó a sus acólitos—. ¡O acabará con nosotros!

Stark lanzó una carcajada asesina y trazó un arco sanguinolento entre sus adversarios. Sin pensarlo, embistió como una pantera, destrozando los cuerpos que se le ponían por delante, enloquecido por la alegría del combate. El antiguo caballero templario ignoró las heridas superficiales, los cuchillos que buscaban su físico, las caras perversas de los sacerdotes, y cualquier iniciativa de protegerse: estaba en su elemento, había nacido para matar o morir. Su visión se tiñó de rojo. Cortó miembros, extirpó vidas y exterminó a los hombres del mercader. Aquellos individuos, poco y mal entrenados en el uso de las armas, no podían vencer la cólera elemental del germano. Minutos más tarde, Wolfgang se irguió entre los cuerpos aniquilados: una miríada de pequeños cortes llenaba su anatomía. Satisfecho, esbozó una sonrisa gélida, haciendo caso omiso de sus heridas y pasando por encima de los cadáveres, mientras se aproximaba al anciano: sus intenciones homicidas eran evidentes.

—¡Socorro! —chilló Muhammad—. ¡Ayuda!

Stark volvió a reír con siniestra alegría.

—¡Grita todo lo que quieras! ¡Tus hombres no pueden auxiliarte, perro!

El mercader palideció.

—¡Maldita sea vuestra estampa!

La punta de la espada apuntó el corazón del anciano.

—Quiero que me digáis la verdad —dijo—. ¿Por qué contratasteis mis servicios?

Al-Madhi guardó silencio.

—¡Respondedme!

Con voz trémula, el mercader replicó con otra cuestión:

—¿Qué ha sido de mi hija?

—No estáis en condiciones de hacer preguntas, viejo.

Los labios del anciano temblaron:

—Ya os lo dije que…

El germano restalló:

—Mentiroso —masculló—. Hawa me contó la clase de persona que sois.

—Mi hija me traicionó por un ladrón —argumentó—. ¿Qué esperabais que hiciera?

Wolfgang sintió deseos de atravesarlo.

—Nunca he permitido que nadie me manipule —resopló—. Todas vuestras buenas palabras y propósitos fueron una patraña desde el principio. ¡He matado a varios hombres por vuestra culpa!

El mercader fue sarcástico:

—¿Y eso que importa? —dijo—. Creía que erais un mercenario profesional, no un hombre santo.

Stark se limpió el sudor de la frente.

—Me temo que os habéis equivocado respecto a mi persona —puntualizó—. No soy un asesino al que podáis utilizar impunemente.

Muhammad rió con cinismo.

—Me temo que vuestra religión os ha echado a perder, señor. ¡Habláis como un cristiano devoto de Jesucristo!

—¡Por lo menos no sirvo al Maligno! —bramó—. ¡Mi espíritu no está corrompido como el vuestro!

El germano reprimió el deseo de acabar con aquel degenerado. La ira espumeó en su interior y lo volvió insensible: no pensaba perdonarle que lo hubiera mandado al campamento de Hamidullah para realizar una misión profana. A su espalda, la joven maniatada sollozaba de terror, desnuda sobre el altar impío que habían dispuesto para asesinarla.

El anciano respondió despreciativamente:

—Sois un pobre ignorante al repudiar los misterios de lo arcano. ¡Desconocéis el poder que Shaitán otorga a aquellos que lo sirven!

—He conocido a muchos hombres que hablaban como vos. La Santa Inquisición se ocupó de acabar con ellos. ¡Lástima que su influencia no haya llegado hasta Bujará!

Al-Madhi hizo un gesto desdeñoso:

—¡El Santo Oficio! —estalló—. ¡Habláis de esos pecadores obsesionados por la herejía como si los admirarais!

Wolfgang arrastró las palabras:

—Al contrario —repuso—. Los aniquilaría a todos como haré con vos.

—Os he pagado generosamente —le recriminó Muhammad—. ¿Dónde está mi Hawa?

El germano rió cruelmente.

—¿De verdad queréis saberlo?

—¡Por supuesto!

—Os equivocasteis respecto a las leyendas populares que corren por la ciudad —terció—. El bosque está habitado por los diablos. Podrían ser vuestros sirvientes sin ningún problema.

El mercader ignoró su explicación:

—¿Y qué?

—Entré en el campamento amparado por la oscuridad y tuve la ocasión de conocer a Hawa y a su amante. —Al ver cómo el anciano enrojecía de rabia prosiguió con malicia—. Tengo que confesar que hacía años que no veía a unos jóvenes tan enamorados.

—¡Canalla!

Stark decidió terminar la historia:

—Cuando vuestra hija me dijo que huyó de vuestra morada porque había averiguado que sacrificabais a esclavas en el altar de Satanás, no fui capaz de obligarla a que me acompañara…

Al-Madhi lo interrumpió:

—¿La dejasteis con esos ladrones? ¡Estáis loco de atar!

—Exacto —admitió—. Los gules se encargaron de acabar con ella.

—¿Cómo?

—Conduje a las criaturas al campamento —confesó—. Era mi vida o la de ellos. A estas horas Hawa debe estar en la panza de uno de esos demonios. El destino quiso que ella y Hamidullah se reunieran en el Infierno.

El anciano estaba cerca de perder el sentido.

—¡Mentís!

Una vaga sensación de resquemor se apoderó de su ser: el sufrimiento lo había cambiado, volviéndolo un individuo frío y despiadado, sin esperanzas ni conciencia alguna. ¿Hasta qué punto estaba dispuesto a llegar para cumplir sus objetivos? ¿Cuánta sangre debía derramar para saciar la sed de justicia que inundaba su interior? El Bien y el Mal le importaban poco: había perdido su integridad hacía años, detalle que no lograba soportar.

—Habéis pagado por todos vuestros pecados —sentenció con brutalidad—. Las muchachas que habéis asesinado podrán descansar en paz. ¡Dios me ha concedido el placer de ser el artífice de su venganza!

—No puede ser…

—¡Basta de charla! —gruñó Stark—. ¡Acabemos con esto!

El mercader levantó los brazos, puso los ojos en blanco y pronunció una frase en un idioma primigenio, negro como el Abismo. Bruscamente, el avance del germano se inmovilizó: el hechizo había paralizado sus miembros. Una corriente helada acarició el cuerpo de Stark y le espesó la sangre en las venas, congelando su corazón. El anciano lanzó una risa hueca.

—¡Estáis atrapado, extranjero! —masculló—. ¡Ningún hombre puede romper mi conjuro!

El llanto desgarrado de la joven se alzó sobre el rugido que inundaba los tímpanos del antiguo caballero templario. Frenético, éste concentró toda su energía en el brazo que sostenía el acero: no pensaba permitir que aquella muchacha muriera. Al-Madhi volvió a retroceder, asombrado, incapaz de creer lo que estaba viendo.

—¡No! —exclamó ante el poder del individuo que había cometido el error de subestimar—. ¡Es imposible!

Con un último esfuerzo, Wolfgang arrojó la espada hacia el mercader. El mandoble surcó el aire, trazó una elipsis centelleante y perforó el esternón de su enemigo, clavándolo en la pared como a una mosca. El anciano se estremeció, escupió un borbotón púrpura por la boca, y pereció con un gesto horrible en las facciones retorcidas por la agonía.

Exhausto, el germano se desplomó de rodillas, estremecido por horribles temblores: le había faltado poco para no contarlo. Al recuperarse de la espantosa experiencia, se incorporó a trompicones y alcanzó a la joven desecha en lágrimas.

—Gracias, señor —susurró la muchacha—. No sé cómo agradecéroslo...

Stark rompió las cadenas con sus vigorosas manos, levantó a la adolescente y la acunó entre sus brazos, mientras le acariciaba la cabeza.

—Todo ha terminado —dijo con ternura—. Ya estás a salvo, pequeña...

 

 

 
Comentarios (2)
Fantástico relato
2 Miércoles, 08 de Abril de 2009 16:41
José Luis
Alexis es un verdadero maestro de la acción. he seguido con pasión las aventuras del templario desde su inicio, y cada vez son más apasionantes, te atrapan desde el primer párrafo.
Enhorabuena por este relato Alexis.

Talento
1 Jueves, 02 de Abril de 2009 22:44
M.C.Carper
Aparte de la dosis innagotable de aventura, Aleis sigue sorprendiendo con su talento para desenvolverse atraves de las palabras. Wolfgang Stark es diferente a Dorian, ha concebido un personaje de amplia dimension, para deleitarse leyendo y leyendo.

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