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Las mentiras de la bruja PDF Imprimir E-mail
Escrito por Laura López Alfranca   
Miércoles, 30 de Marzo de 2011 09:23
 
[5 pags. aprox]

 
Las luces rojas daban un aspecto siniestro a la vieja habitación, las telas de araña, las velas de sangre brillando con llama negra, mientras que la cera se colaba por las oquedades muertas de las calaveras. Los matraces burbujeaban conteniendo trozos humanos pútridos y aún vivos, seguramente preparados para algún ritual maléfico. Las paredes curvas hacían que el llanto del bebé reverberase mil veces, dándole mayor dolor de cabeza y desease arrancarle la de la criatura con más ansia. En la cúpula se asomaban las estrellas y la luna a modo de fina sonrisa gatuna a punto de desaparecer. En el suelo se veía dibujada con sangre oscura cientos de estrellas y conjuros en frases malditas. El lugar olía a cientos de perfumes que, para vergüenza de las presentes, hacían que sus vientres ardieran entre el aroma frutal y prohibido.

El pequeño séquito temblaba al verse en la torre de la bruja tan cerca del eclipse lunar. Incluso aunque fuera de día estarían agarrándose las rodillas para que no se escuchase su entrechocar. Su señora estaba dispuesta a lo que fuera para librarse de la pequeña.

—Sea bienvenida, mi reina, ¿en qué puede servirla su humilde servidora? —dijo Lidejana con una aparatosa reverencia.

Tapada con una túnica de seda negra y brillante, coronada con cientos de plumas que flotaban alrededor como sombras de infortunio. Hay quien decía que si alguien las tocaba marcaban su vida con mal de ojo y enfermedades. Sus pasos resonaban por sus altas botas rojas llenas de cascabeles; decían que se hacía con la piel de los recién nacidos que les entregaban en ofrenda.

Ella es hermosa, pelo negro como su corazón, los ojos del mismo color y la piel tan blanca como su sonrisa. Su cuerpo y rasgos eran tentadores para cualquiera, decía que el mismo demonio la había esculpido para poblar los sueños pecaminosos de cualquier persona, desde el niño inocente hasta la santa virtuosa.

—Dime, como las otras veces, ¿mi hija será más hermosa que yo? —dijo la reina llevada por la locura.

—Colocadla en el suelo destapada.

Así lo hizo y la bruja comenzó a bailar insinuante a su alrededor, moviendo los brazos al tiempo que creaba sombras demoníacas. Sus palabras sonaban maravillosas y aterradoras, comenzó a arrojar polvos y líquidos que calmaron los llantos de la criatura. De pronto una nube de humo mostró el resto de una mujer terriblemente hermosa y arrebatadora. La reina gritó y se tiró de los pelos; intentó pisotear a la niña, pero la bruja  la detuvo.

—¿No preferís una de mis pócimas a cambio de  vuestra hija? —las muchachas exclamaron asustadas.

—Claro, además, que cada vez me gustan más los maridos que me ayudan a conseguir.

—A juego con vos, mi señora —aseguró Lidejana con una sonrisa—. Ni más ni menos.

La bruja chasqueó los dedos, apareciendo un cordón borgoña y tiró de él. Aparecieron varias muchachas vestidas como ella que tras colocar varios cirios de sangre comenzaron a bailar alrededor del círculo donde estaba la pequeña, que ante el espectáculo empezó a llorar.

Las salmodias paganas, los movimientos lascivos y los mejunjes repulsivos se iban amalgando con sombras cada vez más tenebrosas y alargadas. Cuando el lugar se iba oscureciendo, la sensación de calor y placer aumentaba, así como las capas de las mujeres iban desapareciendo convirtiéndose en jirones de plumas. Bajo éstas apenas había unos trapos de cuero y seda oscura para tapar poca piel que la oscuridad lamía causando risas y jadeos en sus bailarinas. El sudor se volvía meloso e incitante para las mujeres que observaban, fingiendo aún ser castas y puras, diciéndose que aquel espectáculo nada les atraía y era repugnante. No observaban los fuertes brazos y muslos cubiertos por telas delgadas o redecillas ni tampoco las botas brillantes.

De pronto un grito rompió el sonido; Lidejana aplastó la cabeza del bebé acallando su llanto. Arrancó la lengua y los ojos que tras meterlos en una pócima negra, ésta burbujeó con furia.

—Beba, mi señora, y vuestra juventud durará otros cien años —dijo la mujer sudorosa mientras que la otra, obediente, apuró el brebaje sin dudar—. Ahora marchaos, debemos descansar.

Las mujeres se fueron enmudecidas, llevándose aquel secreto a la tumba. Tanto por lo visto, el deseo y lo que se hicieron sentir unas a otras en unos improvisados aquelarres en los que se juntaron enloquecidas.

Las siete brujas respiran varias veces y Lidejana mira a las calaveras con una sonrisa encantadora. Sus movimientos se vuelven otra vez sensuales y con otro chasquido de su mano aparece un sombrero de lentejuelas verdes. Al ponérselo, sus pocas ropas se transforman en un pequeño esmoquin esmeralda. Te parece realmente sensual. Cuando te miran, parece hacerlo directamente a ti, aunque el local esté a rebosar.

—Y la reina caníbal volvió a comerse a una de sus hijas a cambio de la belleza y vida eterna. Sabiendo que solo esta, vuestra humilde servidora, es capaz de concedérselo por el precio de la lengua y los ojos de su bebé… ay. Otra pobre criatura que se va al cielo.

Las chicas aplauden y sus trapitos se convierten en los de unas monjas. Empujan las paredes que desaparecen y tras una lengua de humo de humo, las luces os iluminan por completo transformando su mundo, en un enorme teatro donde cientos de extrañas criaturas venidas de otros mundos las miráis expectantes para saber el final.

—Mis queridos amigos, recen con nosotras por el alma de esa niñita para que llegue a un cielo. Seguro que algún dios se apiadará de ella, aunque en este infierno esté lejos de todos ellos.

Las coristas salen detrás cantando diferentes himnos retocados con letras picantes; del techo descienden varias chicas y niñas vestidas de ángeles, mientras en el falso suelo del sacrificio el bebé emerge vestidito con sus alitas, gorjeando y riéndose—. Cuando llegó al «cielo» todos bailaron cantando una bienvenida y algunas de las chicas más atrevidas empezaron a quitarse algunas prendas para conseguir más propina.

—¡El milagro se ha producido! ¡Aquí en la torre de la bruja todo es posible! Los muertos reviven, se consigue la eterna juventud y ¿quién sabe? —dice guiñando un ojo—. Puede que se consiga el verdadero amor.

 De pronto, una de sus angelitas vuela hasta uno de las mesas y saca a su prometido. Lidejana sabe, tras examinar el corazón y el alma de los dos enamorados, que el futuro les será propicio y tendrán un final feliz. El público aplaude mientras las «monjas» se escandalizan, cogen los brazos del novio y le sientan mientras apoyan sus piernas encima de la silla. Te encantaría estar sentado en su lugar, afortunado.

 

—¡Qué vergüenza! ¡Un ladrón de angelitos! Esto no puede ser ¿merece un castigo, mi querido público?

Mientras los asistentes os volvéis locos con el espectáculo, la bruja sale del escenario y va a recibir entre bambalinas a su nueva integrante. Los niños corretean a su alrededor mientras algunos de los chicos mayores quitan sus conjuros y dejan de ser sombras demoníacas y se convierten sus aprendices.

Todos miran en sus estantes mientras aquella bolita, que sigue con su disfraz, se niega cada vez que alguien acerca un biberón o un pecho a la cara. No parece querer la leche de cualquier raza o al menos, sigue sin confiar del todo en ellos.

 

—Tienes que comer chiquitina, vamos, un poquito —insiste un feérico con dulzura, cuando llega la maestra todos la observan preocupados—. No come.

—Es normal, es un lugar nuevo y nuevas caras —dice tomando a la criatura con cariño—. ¿Verdad que somos muy raros, mi niña? Fantasmas casi, demonios quizás.

 »¿Cómo confiar en nosotros cuando casi te aplastamos la cabeza contra el suelo? ¿Cuándo parece que solo nos importa el sexo y las mentiras? No creas que estás equivocada, incluso sin ojos ajenos siempre cuidamos quien nos ve. Porque somos unos actores de naturaleza, supervivientes de intrigas y circenses de la vida. No te extrañe que alguno te diga que te venderemos por unas pocas monedas y que todo lo que te diremos será una falsedad. Piensa bien a que farsas harás caso y tal vez sobrevivas».

Y como si la pequeñuela hubiera podido realmente haber entendido aquella retahíla, comienza a comer entre los brazos de una de sus hermanas mayores que exclama de alegría. Lidejana camina hacia su cuarto con paso afectado, como si siguiera en el escenario; para sus alumnos e hijos es normal, todos saben sus extrañas enseñanzas y las respetan. Ella les había salvado y dado amor aunque ella lo negara.

Cuando entra en el peculiar cuarto, hecho a retazos de diferentes dormitorios de bruja de miles de dimensiones, se encuentra encima de una de sus boas de plumas un cuervo con un mensaje. Uno de los religiosos de alguno de esos mundos de nombres impronunciables quiere su ayuda y por lo que lee en su nota, de forma urgente para salvar a un joven príncipe que tutoreaba.

Otro chasquido de dedos y su refugio se vuelve a transformar en un escenario, era una gran historia para compartir. Aunque para ella todo es digno de ser compartido, hasta sus momentos más íntimos.

 

—Sería un gran rey, llega a escribir, sino fuera porque sabe magia —lee en su nota con teatralidad—. Bueno y gentil, no usa sus poderes para hacer el mal… solo falta decirme que se come las verduras y se lava los dientes tras cenar.

Se levanta y se viste ante su público, que la corea.

—¿Cómo negarme ante una petición así? Los niños son mi perdición, la inocencia mi droga. No lo neguéis amigos. La bruja salvadora de extremistas, sea de religiosos o de ciencia, os gusta más que la tonta amargada o la triste que llora por amores perdidos aunque éste sea uno de ellos.

Se tapa con una capa, la capucha le cubre y pasea por calles empedradas mientras un lado de la realidad no deja de ser su público mirándola fijamente. Para el resto del mundo avanza como una sombra, para los suyos sigue siendo una obra de teatro.

 

—Mondregar, lugar lleno de lujos y basura. Nace en el lado equivocado y no sabrás distinguirte…  —asegura dando unos pasitos y pronto aparecen a su lado sus coros—. La vida no es fácil y mucho menos si te cubre las sedas y las joyas, pronto aprendes a cubrir tus espaldas y esa es casi la única verdad absoluta que te pueden enseñar aquí.

Llegan a una terraza donde los edificios llenos de piedras preciosas y metales ricos brillan bajo el atardecer. Nobles y pobres corean mientras la familia real mira con desprecio la pira funeraria que se alza a gran altura sobre todos ellos. Tallados alrededor cientos de demonios protegiendo el lugar mientras curas y monjas enfervorizan a la multitud contra quien va a salir a continuación; parece un temible criminal. Al lado de Lidejara hay un anciano mirando la barbarie con el corazón roto, pero no solloza. Siempre fue demasiado estoico para hacer algo así, sólo una vez fue capaz de llorar por alguien.

—Aunque nuestro Cabaret no gusta del romance —dice la bruja con la voz estrangulada—, permitid a esta pobre infeliz un instante de felicidad.

 

Por un momento se paró, le besó y en su bolsillo le prendió una flor fresca, morada y sencilla, similar a una margarita. Pero al momento la bruja recuperó su energía habitual, con un salto ella y su coro caminaron alrededor de la pira bailando. Cogiendo a los espectadores de la inminente quema, que hipnotizados cantaban y bailaban en el espectáculo.

—Crédulos y mentirosos vienen a ver cómo se perpetúa la crueldad de sus dioses —dice Lidejara sentándose en la pira mientras trae a un niño sucio. La criatura es capaz de verla—. Aunque sea exactamente igual al heredero no son gemelos. El limpio es un bastardo creado por magia. El heredero tiene tanta magia como para volarles a todos en pedazos.

—¿Quién es usted? ¿Quiénes son esas personas? —pregunta el chiquitín mirándonos a los espectadores con ojos azules y llorosos.

—Tu público, querido pequeño. El que verá tu gran rescate.

—¿Mi rescate? Soy un ser mágico, merezco esta muerte. Todo practicante de la mágica…

—¿Realmente crees eso? —el chiquillo calló—. ¿Entonces qué es lo que crees?

—Que no merezco morir, sólo soy un niño. No he hecho nada malo, sólo me gusta hacer fuegos artificiales.

Cuando le ataron y prendieron fuego a la pira, Lidejana le liberó y dejó que las lamas les lamieran sin herirles.

—¿Sabes que ese grupo de monjas de allí aunque les han dicho que deben ser castas a cada poco me envía una buena tanda de niños para que los mate? —el pequeño se horroriza—. Pues el Gran Jefe, si le nacen niñas a sus amantes, pide lo mismo. ¿No es cierto, mi querido publico? ¿Mis pequeños?

Todos asentimos a voz en grito a la vez que el coro aumenta mientras la plaza se llena de bailes y canciones satíricas sobre los allí presentes. La bruja toma al niño y junto a los más pequeños, empieza a limpiarle con su magia y vestirle mientras le explica lo que es la vida para ella.

 

—Verás, todo es una gran mentira. Por eso todos nosotros vivimos en este gran Cabaret, porque nos gusta que todos nos vean triunfar y fracasar. Solo cuando creemos que algo es verdad, es cuando dejamos de querer tener ojos vigilándonos.

—¿Hasta el amor es mentira?

—Solo encontramos a gente que nos hace creer que es verdad, mientras, es una gran falsedad. ¿Verdad, mi querido público? —todos coreamos lo creamos o no.

—¿Entonces qué haré con mi vida?

—Vivirla, ¿acaso no es obvio? Buscar las que sean tus verdades, ser feliz y luchar por todo ello y mientras, disfrutar de las mentiras que el mundo te ofrece. Porque sea real o no, todo a nuestro alrededor sigue siendo maravilloso y está ahí para nosotros.

—¿Y mi reino?

—Cuando crezcas y vivas lo suficiente, vuelve a pensar en él. Mientras: baila, canta y aprende, demasiadas preocupaciones tienes ahora como para permitir que una insignificancia como esa te distraiga. Te lo dice una bruja que engaña a padres haciendo que asesina a sus hijos ante sus ojos para que estos tengan una vida más. Que miente a profecías para dar por culo a estúpidos e ignorantes que realmente son tan malvados como para creer que una criatura pequeña es capaz de causar el mal.

—¿Entonces solo crees en las mentiras? —pregunta el niño dándose cuenta de que lo que dice la mujer no tiene sentido.

—Soy la reina de las mentiras, la que roba niños no queridos, la que elimina monstruos profetizados y los vuelve demonios. ¿Acaso no lo ves?

Y sólo ve lo que nosotros, libertad y alegría. Seres felices que si algún día deciden cobrar venganza deberemos huir, porque son tan poderosos que no habrá ejercito que pueda con ellos y menos, respaldados por una madre capaz de manipular nuestras mentes con tanta facilidad como para hacernos presenciar falsos sacrificios, el robo de seres tan poderosos y clamar por más.

—Eso es, mi querido público —nos dice con una gran sonrisa paseando por nuestro lado—, el día que mis niños clamen por vuestras cabezas por todo el daño que les habéis hecho, rogad porque vuestros dioses se hayan hecho al fin poderosos. Porque de mí no vais a conseguir nada de misericordia.

Aun así, solo seguimos clamando por más espectáculos e historias.