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La chica y el demonio PDF Imprimir E-mail
Escrito por Daniel González Chaves   
Martes, 29 de Marzo de 2011 09:37
 
[10 pags. aprox]
 

I

 

¿Sabe lo que es la criptozoología?

Como científica me dediqué a esa polémica ciencia toda mi vida, aún cuando no pocos aseguraron que malgastaba mi intelecto privilegiado persiguiendo monstruos. Esto porque la criptozoología es la ciencia que estudia los animales misteriosos. Me obsesioné con ello desde que alguna criatura cuya identidad no recuerdo desfiguró mi rostro siendo una niña condenándome a una vida de soledad y rechazo por mi aspecto parcialmente desfigurado y que ninguna cirugía logró nunca corregir completamente a pesar de las inversiones millonarias de mis acaudalados padres pertenecientes a la aristocracia de Escocia.

Gracias a mis tres doctorados y a las generosas donaciones que mi fortuna me permitía, me gané la influencia suficiente en la Universidad de Ingolstatd, Alemania, para sumirme en mis controversiales investigaciones.

Recuerdo aquella ocasión en que me dirigía a mi despacho en el Departamento de Biología en el vehículo conducido por mi asistente, Montserrat LeFebre, una guapísima joven de sangres francesa y española, cuya piel blanca y ojos verdes contrastaban con su pelo lacio y corto de color negro perfecto.

Montserrat se había convertido en un importante apoyo para mí por su personalidad astuta, extrovertida y carismática. Se había dedicado con éxito a diferentes deportes como la natación y el atletismo, además era alpinista, exploradora, espeleóloga y hablaba una decena de idiomas, su falta de formación científica la compensaba con una mente brillante y audaz, que contrastaba con el a veces adormilado orden lógico y positivista de mi gremio.

Cuando finalmente atravesamos las enormes rejas negras que separaban al edificio gótico del exterior y estacionamos en algunos de los parqueos del campus, ya era media mañana. Hacía días en que no visitaba mi oficina y mis rivales habían comenzado a festejar, pero allí estaba aún mi nombre grabado en el vidrio de la puerta; Dra. Isabel Walsh.

En el despacho, mi secretaria, Patricia Gaden, celebró animadamente mi regreso.

—¡Bienvenida, Dra. Walsh! ¡Que gusto me da verla de nuevo!

—Gracias, Patricia, es bueno verte a ti también. ¿Algún mensaje importante? —pregunté. Patricia ya sabía discriminar entre mensajes sin importancia y aquellos a los que yo le prestaría genuina atención.

—Sí —dijo extrayendo una nota de entre la papelería— su amigo el Dr. Caravaca llamó. Dice que tiene una noticia respecto a un tal… demonio de Dover…

Tomé la nota con profundo interés y me adentré en mi despacho seguida por Montserrat y Patricia.

—¿Es una investigación sobre un demonio de verdad? —preguntó Patricia en tono entre emocionado y temeroso.

—Pensé que usted sólo investigaba animales desconocidos —me preguntó Montserrat— en el sentido biológico. No pensé que estudiara espíritus.

—¿Acaso parezco una parapsicóloga? —respondí buscando el teléfono de Caravaca en mi agenda— no creo en espíritus ni ninguna de esas cosas. Soy una científica positivista, no una investigadora de lo paranormal.

—¿Entonces que es éste «Demonio» de Dover.

—En Dover, Massachussets, Estados Unidos, entre el 22 y el 23 de abril de 1977, cuatro adolescentes en diferentes lugares observaron una extraña forma de vida, de baja estatura, con una enorme cabeza desproporcionada respecto al cuerpo, ojos grandes y redondos que brillaban, sin nariz ó boca visibles, y con seis largos y afilados dedos.

»El caso fue investigado por criptozoólogos y ufólogos muy serios, pero no se llegó a ninguna conclusión. Existen diversas teorías sobre la naturaleza de la criatura. Algunos piensan que se trata de alguna forma de vida extraterrestre proveniente de otro planeta o quizás de otra dimensión, un mutante o bien alguna forma de vida animal desconocida. Hay hasta quienes piensan que puede ser alguna especie de homínido primitivo que haya sobrevivido.

—¿Y ese amigo suyo, Caravaca, es criptozoólogo como usted?

—No. Es un astrofísico y ufólogo costarricense —dije encontrando el número.

—¿Qué es un ufólogo? —preguntó Patricia.

—Los que estudian el fenómeno OVNI —respondió Montserrat.

—¡Extraterrestres! —exclamó Patricia.

—Un OVNI es un objeto volador no identificado —corregí— no necesariamente una nave extraterrestre… —luego marqué el número en el teléfono y hablé con él. Después de algunos minutos de charla, colgué y anuncié— Patricia, consigue dos boletos de avión para Canadá. Aparentemente, una comunidad rural canadiense está teniendo avistamientos frecuentes de… demonios de Dover.

Dos días después llegamos a Ontario, Canadá. En el aeropuerto nos recibió mi amigo Jaime Caravaca; un sujeto flacucho y de nariz afilada, con un peinado relamido hacia atrás y una actitud insegura y nerviosa. Estaba tremendamente abrigado con gruesos pantalones térmicos, una chaqueta de invierno, orejeras y gorro. El clima en Ontario en esa época del año era muy frío y nevaba bastante.

—¡Qué gusto verte de nuevo, Isabel! —me dijo con un débil apretón de manos.

—Igualmente Jaime. Permíteme presentarte a mi asistente Montserrat LeFebre.

 Caravaca fue incapaz de reprimir su mirada de atracción al contemplar a Montserrat, y luego se sonrojó.

—Un placer conocerla, Dr. Caravaca —dijo Montserrat ignorando el gesto.

—Lo… lo mismo digo… Srta. Montserrat.

Abordamos el vehículo rentado del científico y llegamos hasta la localidad de Crimson Lake, situada en una montañosa región de Ontario cerca de la frontera con Estados Unidos y colindante con una reservación de indígenas cree. El lugar tenía un cierto aspecto místico y enigmático que estimulaba la imaginación…

 

 

II

 

Irene Opekewe era una adolescente de quince años de origen cree. Tenía el cabello largo, negro y lacio, la piel cobriza y los ojos negros y profundos. Aunque era bonita, usualmente vestía gruesos pantalones jeans y camisas de franela que disminuían su atractivo.

Si bien sus padres habían dejado la reserva cuando eran una pareja joven por motivos laborales y se habían mudado a Crimson Lake, por lo que ella nació y fue criada en la ciudad, sus frecuentes visitas a la reservación cree le permitieron mantener un cierto contacto con su cultura pero, como cualquier adolescente, comenzaba a buscar su identidad y aspiraba con más que una vida simple en el campo. Deseaba salir, estudiar en alguna prestigiosa universidad, conocer el mundo y ser una mujer exitosa que nunca más volviera a Crimson Lake.

Pero había algo más.

Irene heredó lo que su abuelo llamaba «mirada de águila» y que era un eufemismo para referirse a una mente con habilidades telepáticas. Desde niña fue capaz de saber lo que pensaban las personas, si bien su talento psíquico fue evolucionando con el tiempo. Su abuelo, que tenía una facultad telepática asombrosa, intentó siempre entrenarla en el arte de leer la mente, pero Irene nunca mostró gran interés y procuró reprimir su poder sin mucho éxito. Al llegar a la adolescencia, y sin su abuelo que había fallecido mucho antes, sus poderes se exacerbaron exponencialmente y empezaban a atormentarla.

Irene acudía a la escuela secundaria de Crimson Lake. No tenía amigos, y siempre fue el blanco de las burlas de muchos de sus compañeros. Quien más la hostigaba, sin embargo, era Cindy, la capitana del equipo de porristas. Un estereotipo de rubia superficial y creída, que disfrutaba hacerle la vida imposible a los menos afortunados.

Cindy usualmente estaba acompañada de su estúpido y descerebrado novio Kurt (un sujeto alto, y sin cuello, tremendamente fornido y cuyo pasatiempo era golpear a los nerds), el mejor amigo de este, llamado Bob, un molesto pelirrojo de rostro pecoso y cuerpo flacucho que gustaba de hacer bromas estúpidas, y la mejor amiga de Cindy, Nadia, la más inteligente y suspicaz del grupo, una atractiva joven de cabello negro que, sin embargo, era igual de cruel que Cindy y frecuentemente cumplía el rol de «cerebro del grupo» planificando las bromas más sucias y aconsejando a Cindy como un fiel esbirro.

Una tarde nevada Irene fue víctima de las frecuentes humillaciones que sufría por parte de alguna broma gestada en la mente de Nadia y orquestada por el resto del grupo. No sería ni la primera ni la última broma pesada de la que la solitaria Irene fuera víctima, así que hizo lo que acostumbraba hacer; escapar.

Irene corrió fuera del centro educativo a refugiarse en los linderos del bosque, en lo más profundo de éste, alejada de la sociedad que odiaba. Aunque estuviera nevando, era mejor eso a estar dentro del edificio que era su tortura.

Fue allí cuando lo observó por segunda vez…

La primera ocasión que tuvo un encuentro con el duende (como ella lo llamaba) fue una lluviosa tarde de otoño muchos meses antes en que, tras alguna otra broma, corrió a su refugio forestal. En aquel momento huyó espantada ante la monstruosa visión. Pero esta vez no. Ahora se quedó observándola…

No temas…

Irene estaba sorprendida. Escuchaba una voz en su cabeza. Una voz extraña y metálica que parecía la de un robot.

—¿Tú… me estás hablando?

respondió la voz alienígena. No temas. No te haré daño. Quiero ser tu amigo.

 

 

III

 

—¿Qué piensa usted que es el demonio de Dover? —preguntó Montserrat conforme nos adentrábamos al laboratorio improvisado que creó Caravaca en lo profundo de la habitación de la posada donde se hospedaba. Tenía recortes de periódicos, libros de ufología amontonados en la cama y una serie de equipos de video y de fotografía, junto a una computadora portátil.

Caravaca tardó en responder. Estaba distraído observando a Montserrat remover su abrigo y mostrar sus hermosos pechos sobresalientes en su ajustada camiseta negra.

—Eh… —dijo reaccionando— no estoy seguro. Por su descripción se descarta que sea un animal conocido. Por ejemplo, tiene seis dedos, y ningún primate tiene más de cinco dedos. Además, se le describe con ojos redondos y sin demás órganos faciales lo que lo diferencia de cualquier especie superior conocida…

—¿Cómo sobrevive si no tiene boca, nariz u orejas? —preguntó Montserrat. —¿Por donde come o respira?

—¿Has escuchado hablar de un libro llamado Planilandia? —le pregunté a Montserrat y ella negó con la cabeza—. Relata un mundo bidimensional habitado por figuras geométricas; triángulos, cuadrados, círculos, etc. En un determinado momento, una esfera proveniente de una dimensión tridimensional llega a esa dimensión y se le presenta a un cuadrado. El cuadrado ve un círculo.

»Evidentemente, el cuadrado era incapaz de concebir una esfera o de entender lo que era una tercera dimensión. El cuadrado sólo es capaz de ver algo que le es familiar. Si el demonio de Dover proviene de otra dimensión, quizás si tenga estos órganos que mencionas pero no somos capaces de percibirlo. Como… si viéramos solo una parte de él…

—Una sombra —sentenció Montserrat.

—Curiosamente —intervino Caravaca— la descripción es casi idéntica a la de los Mannegishi, unos seres de la mitología de los nativos cree de Canadá y de los espíritus Backoo africanos. Los cree creen que existen dos humanidades; los humanos ordinarios de cinco dedos, y los Mannegishi de seis, los cuales suelen hacer bromas prácticas similares a las que hacen los duendes europeos.

—¿Cómo si fueran elementales? —preguntó Montserrat.

—O poltergeist —dije yo.

—Sí, algo así —aseguró Caravaca— lo curioso es que dos culturas tan diferentes como los africanos y los indígenas canadienses tengan reportes de seres tan similares, y cuya descripción se asemeje tan bien a un ser visto en pleno siglo XX por cuatro adolescentes en Massachussets.

—¿Quiénes han visto al demonio de Dover recientemente? —pregunté.

—Tres personas. Todas adolescentes.

 

 

 

IV

 

Era de noche.

Cindy y Kurt sostenían relaciones sexuales en el mustang del segundo. Cindy le chupaba el miembro a su novio hasta que este, embriagado de placer, la tomó de la cintura, le removió la blusa y lamió sus pechos con lascivia. Luego, la colocó de gatas, le removió la falda de porrista y la ropa interior, y comenzó a penetrarla. Era una de muchas relaciones coitales que habían tenido, pero esta era especial…

Embrutecidos por el placer, ambos se sometieron a un acto frenético como presas de un candor incontrolable.

Cindy gemía y sonreía felizmente con su rostro contra la ventanilla del vehículo conforme su novio le estimulaba cándidamente. Tanto que le tomó un tiempo percibir el fantasmagórico resplandor naranja alrededor del auto.

Fue hasta que una mano horripilante de seis largos y filosos dedos golpeó la ventana humedecida del carro, que Cindy exclamó un alarido de terror.

Su novio eyaculó justo entonces sometido por el placer. Reaccionó muy tarde…

Un ejército de siniestras figuras humanoides comenzaron a golpear el vehículo como un enjambre monstruoso de insectos tratando de penetrar en un frasco de miel…

 

 

V

 

El primer testigo que entrevistamos fue un joven indígena cree de 17 años que había visto un Mannegishi hacía semana y media, y que era el testigo más reciente. Nos relató su historia de cómo estaba pescando cuando contempló sorpresivamente a una de estas criaturas misteriosas. Tras su reporte, nos mencionó que su anciana abuela había visto ella misma un Mannegishi cuando era una niña, y decidimos aprovechar la oportunidad para conocer su historia.

La anciana nativa debía tener unos ochenta años. Tenía cabellos grises sostenidos en trenzas, ropajes tradicionales y un rostro surcado por gruesas arrugas. Hablaba en cree pero su nieto adolescente nos traducía todo al inglés.

Nos encontrábamos en la reservación y lo que parecía una tormenta de nieve de baja escala en el ambiente, azotaba tétricamente las ventanas y los techos fuera de la cabaña en que estábamos, haciendo algo lúgubre la narración.

 —Dice que su esposo —nos comentaba el apuesto joven moreno de cabellos largos y lacios— mi abuelo, solía conversar con los Mannegishi, pidiéndoles que no molestaran a la tribu. Intercediendo ante ellos.

—¿Eran peligrosos? —pregunté, el muchacho repitió la pregunta en cree, y la anciana respondió.

—Dice que los Ancianos pensaban que no. Que eran amigables y juguetones. Pero que el abuelo les temía porque conocía sus almas y sus intenciones oscuras.

—¿Cómo conocía sus intenciones? —preguntó Caravaca. El proceso de traducción se repitió.

—Porque él tenía la «visión del águila».

—Debe significar que era muy observador —conjeturé erróneamente—. ¿De dónde provienen los Mannegishi?

La voz de la anciana prosiguió en su peculiar lengua.

—Dice que viven en las cavernas cerca de los grandes y caudalosos ríos, que es su hábitat principal. Por eso gustan de volcar las canoas y matar a la gente entre las piedras.

—¿Por qué su esposo estaba encargado de negociar con estas criaturas? —preguntó Montserrat, suspicazmente—. ¿Era alguna especie de chamán ó jefe tribal?

La anciana respondió.

—No. Pero poseía el don de la «visión del águila». Los Mannegishi sólo pueden comunicarse con alguien que tenga ese don.

—«Visión del águila» —repitió Montserrat—. ¿Es como leer la mente?

La anciana respondió y el joven dijo:

—Dice la Abuela que es similar a ver el alma y conocer el corazón de las personas. Supongo que sí, es como leer la mente.

—Gracias, Srta. LeFebre —dijo Caravaca impresionado— no se me hubiera ocurrido que esa referencia fuera una alegoría a la telepatía. Lo cual tiene sentido. Sean lo que sean estas entidades sólo pueden comunicarse entre ellos haciendo uso de la telepatía ya que no tienen boca. Consecuentemente, sólo podrían comunicarse con humanos con habilidades telepáticas.

—¿Usted cree en los poderes psíquicos, Dra. Walsh? —inquirió Montserrat.

—No hay evidencia concluyente –respondí— pero existen algunas investigaciones científicas serias del fenómeno que parecen apuntar hacia ciertas facultades telepáticas de la mente.

—¿Cuándo vio por última vez a un Mannegishi? —preguntó Caravaca.

La anciana pareció ruborizarse cuando su nieto formuló la pregunta.

—Dice que cuando era una niña. Dice que siempre son un mal augurio. Dice que se avecina una terrible tormenta y con ella viene una oscuridad horrorosa. Les sugiere que tengan cuidado y que se alejen lo más posible de estos seres. Dice que la curiosidad de ustedes puede llevarlos a la perdición si no son cuidadosos, porque estas criaturas son muy peligrosas. Y también dice que esta tormenta es una señal.

—¿Señal de que? —pregunté.

La anciana respondió, y su nieto palideció respondiendo:

—Del hambre de los Mannegishi.

 

 

VI

 

Cindy y Kurt desaparecieron. Las autoridades locales encontraron su automóvil vacío sin rastro de la joven pareja. Las teorías se descartaban como aparecían. De haber sido animales salvajes habrían dejado evidencias del ataque, como sería la sangre. De ser obra de asaltantes, se hubieran llevado el vehículo. La teoría más probable es que pudo ser algún asesino serial, probablemente forastero pues todos en Crimson Lake se conocían. Pero, aún esta teoría era difícil de creer.

Por su parte, Nadia propagó el rumor de que si algo le había pasado a Cindy y a Kurt debió ser obra de Irene. Las teorías de cómo lo hizo variaron desde una venganza haciendo uso de primos suyos muy violentos hasta invocando a alguna especie de espíritu con magia india (lo cual no estaba del todo equivocado).

Pero el rumor contribuyó a incrementar el ostracismo ya sufrido por Irene.

Esto no pareció molestar al odioso pelirrojo de Bob, quien se besuqueaba con Irene en un distante y nevado claro del bosque. La joven nativa lo había contactado en el almuerzo, y le hizo insinuaciones. Bob, impulsado por su lujuria y su desesperación (ya que su fealdad siempre le hizo fracasar con las mujeres) desdeñó cualquier duda y aceptó las insinuaciones de Irene. Al fin y al cabo siempre le había gustado…

—¡Sígueme! —le dijo Irene levantándose de encima de él e internándose en el bosque. Bob la siguió excitado.

—Siempre supe que te morías por mí —adujo sonriente entrando al claro— y la verdad no me importa si mataste o no a mis amigos. Supongo que querías quitarlos del camino entre tú y yo…

Pero Bob no pudo terminar su frase. Nunca más saldría del bosque …

 

 

VII

 

Nadia era, por mucho, la más inteligente de su grupo de amigos. Descifró sin dificultad que era Irene quien estaba detrás de las desapariciones cuando escuchó que Bob había tenido el mismo destino, así que dejó de ir a clases.

Pero aún estaba intranquila.

Mientras dormía en su habitación ubicada en el segundo piso de su casa, se sintió observada. Cuando miró por la ventana que estaba siendo azotada por la nieve no logró ver nada, así que volvió a dormir.

¿Por qué sudaba si era una noche fría?

Pensó que debía ser la calefacción, así que se levantó para ajustar el termostato. Mientras lo hacía vio por el rabillo del ojo una figura sombría que asemejaba una cabeza gigantesca como un melón en la ventana.

Pero cuando enfocó la vista, sobresaltada, se había ido.

Nadie se recostó otra vez… temerosa…

Conforme intentaba acallar el nerviosismo que se generaba en su mente con pensamientos racionales que desterraran las supersticiones, sintió inequívocamente la manifestación de su horror.

Y una mano deforme de seis dedos le cubrió la boca.

 

 

VIII

 

A la mañana siguiente salimos decepcionados de entrevistar al segundo testigo. Se trataba de un muchacho de 16 años adicto a la marihuana y a otras drogas que malvivía en un viejo remolque al lado de su padre alcohólico y amargado. Parecía imposible que este chico pudiera realmente ser un testigo fiable para nuestra investigación.

—¿Quién es el tercer testigo? —pregunté a Caravaca.

—Una niña llamada Irene Opekewe, la nieta de la anciana que entrevistamos. Dijo haber visto un Mannegishi en el bosque que rodea su secundaria hace meses…

Cuando llegamos a la posada, la dueña nos tenía un recado. Alguien había telefoneado y nos había pedido que le devolviéramos la llamada, cosa que hicimos de inmediato.

—¿Ustedes son los científicos que están investigando a los Mannegishi? —me preguntó la joven voz femenina del otro lado de la línea.

—Sí.

—¿Quieren ver uno vivo?

—¿¡Tiene uno vivo!? —pregunté asombrada.

—Sí. Mi nombre es Nadia. Vengan a mi casa. Les daré la dirección.

 Inmediatamente llegamos al hogar de la adolescente. Estaba sola porque sus padres eran divorciados y su madre, con quien vivía, pasaba la mayor parte del tiempo en viajes de negocios.

—¿Cómo atrapaste al Mannegishi? —preguntó Caravaca.

—Simple. Sospeché que una enemiga mía estaba detrás de las desapariciones de mis amigos y que yo era la siguiente. Así que conseguí uno de esos aparatos de defensa personal que dispersan electricidad. Lo tenía debajo de mi almohada y logré noquear al monstruo con él.

—¿Y dónde lo tienes? –pregunté mientras bajábamos al sótano, y me pregunta se contestó por si sola.

Dentro de una especie de pecera gigante de vidrio estaba contenida una criatura que nunca olvidaré. Su aspecto realmente impresionaba por su rareza y fealdad. Un primatoide enano, de cabeza gigante, sin cara salvo por dos ojos grandes como faros, y largos y filosos dedos.

—Mi padre era herpetólogo —me dijo— hace algunos años trajo una anaconda viva para investigarla. El reptil murió pero la pecera nunca dejó éste sótano. Se cierra con llave y es muy resistente.

—¿Lo has alimentado? —preguntó Caravaca.

—Le he echado agua y comida por una ranura especial que tiene la pecera, pero nunca las prueba. He tratado con carne, frutas, verduras, todo lo que se me ocurre pero ni las toca. No sé que come, así que desistí de echarle de comer.

El Mannegishi nos observaba de manera inexpresiva, pero reaccionó con hostilidad lanzándose contra el vidrio cuando Montserrat aproximó la mano en un gesto de curiosidad.

—Bueno, debemos estudiarlo —declaré—. Y según el meteorológico se aproxima una terrible tormenta de nieve así que debemos llevárnoslo de inmediato. ¿Podemos?

—Sí. —Respondió Nadia— Es suyo. Pero deberán pagarme muy bien…

 

 

IX

 

Sálvame… por favor… sálvame… ayúdame… amiga…

Irene se despertó sobresaltada. No por los gritos de sus padres discutiendo airadamente (eso pasaba todos los días y estaba acostumbrada), ni por el llanto del pequeño bebé que era el menor de sus cinco hermanos, ni por el crujir del clima ventoso en la paupérrima casa en que vivía. Sino por la voz alógena que se comunicaba directamente a su mente.

Después de firmarle un jugoso cheque a Nadia, nos llevamos a la criatura bien cubierta hasta la habitación de hotel de Caravaca donde estaba el laboratorio improvisado. Le tomamos muchas fotos y videos, sin éxito alguno. De alguna manera la criatura siempre distorsionaba la toma y sólo se veía interferencia en las imágenes de video y las fotos resultaban borrosas.

—Tú eres la bióloga, Isabel —me dijo Caravaca— ¿Qué es?

—Parece un primate, pero definitivamente no lo es. Casi diría que es una planta. La forma de la cabeza recuerda un bulbo, los dedos parecen raíces y la ausencia de boca, nariz y oídos podría explicarse si realiza algún tipo de fotosíntesis. Quizás absorbe nutrientes por los dedos como si fueran probóscides.

—¿Una planta que se mueve? —preguntó con tono escéptico Montserrat.

—Tal vez evolucionó sin que nos diéramos cuenta alguna forma de vida vegetal hasta desarrollar sistemas nerviosos complejos. Las plantas carnívoras son, hasta ahora, las formas de vida vegetal más evolucionadas que se conocen pero puede haber más.

—O puede que sea un salto evolutivo —sugirió Caravaca— y que así serán los humanos dentro de millones de años.

—En todo caso —intervine— la única forma de saber qué es (asumiendo que sea de esta universo) es haciendo un análisis del ADN.

—Sí —reconoció Caravaca— cosa que no podemos hacer aquí. No tenemos el equipo adecuado para liberarlo de la pecera ni para retenerlo en caso de que quiera escapar.

—Bueno —dije— mañana cuando haya pasado la tormenta contactaré a las autoridades científicas canadienses para llevarlo a un laboratorio y comenzar la investigación.

—Espera, aún hay algo más —mencionó Montserrat—. ¿Qué hay de esta muchacha cree que según Nadia controlaba a los Mannegishi y los hacía matar por ella?

—Irene —respondí—. Seguramente heredó los poderes telepáticos de su abuelo y eso le permitió comunicarse y hacerse amiga de los Mannegishi.

—¿No deberíamos investigar el asunto? De ser cierto, ella es la autora de tres homicidios.

—No somos investigadores criminales, Srta. LeFebre —reprendí—. Somos científicos.

—De todas maneras, hay algo que no me gusta de todo esto... –murmuró Montserrat.

 Pero como si hubiera sido invocada por nuestra charla, Irene Opekewe tocó la puerta de la habitación de hotel en que nos hospedábamos.

Después de indicarnos quien era nos dijo:

—Por favor, no lo maten. Él no ha hecho nada malo. Es mi amigo…

—No pensamos matarlo —explicó Caravaca— un ejemplar vivo es mucho más valioso. Además, no pensamos lastimarlo. Le daremos un trato adecuado como a cualquier animal…

—¡No es un animal! —gritó Irene molesta y rompió a llorar. Tres esto, nos relató la cruel historia de su vida y como la habían maltratado sus compañeros todo ese tiempo. También relató como vio cuando los Mannegishi atacaban el auto de Kurt aunque no tuvo fuerzas para ver más y huyó, como huyó cuando un Mannegishi saltó sobre Bob. Dijo que ella nunca los envió a matar a nadie, pero que aparentemente ellos la defendían por puro cariño y amistad.

Sin embargo, no pudimos hacer más por ella salvo pedirle que se retirara.

En cuanto Irene cerró la puerta tras de si al salir de la habitación, Montserrat dijo señalando con su rostro a la criatura:

—¿Y si sus hermanos vienen a rescatarlo?

 

 

X

 

Esa noche los espeluznantes aullidos de la tormenta de nieve azotaban el ambiente volviéndolo más pavoroso aún.

Decidimos hacer guardias en caso de que sufriéramos de algún ataque por parte de estas criaturas. Primero me tocó a mí mientras Caravaca y Montserrat dormían, luego le tocó a Montserrat. Pero aunque intenté conciliar el sueño me fue imposible y decidí que era mejor conversar con mi asistente que fumaba un cigarrillo en la cocina.

—¿No puede dormir? —preguntó al verme.

—No. La historia de Irene despertó viejos traumas en mí.

—¿A sí?

—¿Cómo fue su adolescencia, Srta. LeFebre?

—Bueno, debo admitir que fue un poco loca. Tenía problemas con mi mamá que era madre soltera. Supongo que buscaba alguna figura paterna así que desde muy temprana edad empecé a salir con hombres mayores y, cuando no, hacía muchas locuras con mis amigas. Fue una época de toda clase de excesos.

—Lo opuesto a mí. Yo no podía ir a la escuela porque los demás niños se burlaban de mí por mi aspecto así que mis padres me pagaban una tutora privada y en alguna medida desquitaba mi ira con ellas así que ninguna duró mucho tiempo. Tuve una adolescencia muy amarga y solitaria… Supongo que por eso persigo monstruos; porque siempre me sentí como uno de ellos…

—¡No diga eso, Dra. Walsh! ¡Usted no…!

Pero Montserrat fue incapaz de finalizar su frase pues justo entonces Caravaca nos interrumpió con su grito.

Corrimos hacia donde él se encontraba. Vimos la pecera con el vidrio derretido y al Mannegishi encima de Caravaca aferrándole el rostro con las manos hexadáctiles. Montserrat mató al Mannegishi enterrándole un cuchillo de la cocina en la pulposa cabeza. La criatura no emitió ningún sonido al agonizar, pero cayó al suelo epilépticamente.

—¿Te encuentras bien, Jaime? —pregunté al científico que sudaba copiosamente.

—Sí… sí… podía sentir como absorbía mi energía. Era… era terrible…

—¡Energía! —dije golpeándome la frente— ¡Eso explica la ausencia de boca y nariz! No respiran… no comen… absorben energía de otros seres vivos como un vampiro energético. Ninguna forma de vida de este mundo se alimenta de esa manera.

—Se alimentan de nosotros —jadeó Caravaca— atraviesan de alguna manera de su dimensión y vienen a nuestro mundo… ¡a alimentarse! Esperó a que ustedes dos no estuvieran para usar algo de su energía acumulada y derretir el vidrio, lo cual debió dejarlo hambriento y decidió alimentarse de mí…

—Eso explica porque sólo son vistos por adolescentes —conjeturé— porque los adolescentes tienen más energía. ¡Son sus presas naturales!

—Entonces —meditó Montserrat— estos seres usaban a Irene como un intermediario que le llevara presas. Irene no era su amiga… era su carnada…

—¿Qué pasaría si la carnada deja de ser útil? —me pregunté.

Los cuerpos de Cindy y Kurt fueron encontrados dos semanas y media después. Los forenses no pudieron determinar la causa de la muerte. El cuerpo de Bob nunca apareció, aunque de haberlo hecho tampoco abría esclarecido el misterio.

El cuerpo de Irene sí se encontró. El cadáver estaba en su cama, y la causa de la muerte también fue un misterio, pero nosotros sabíamos que, como sus compañeros, murió cuando los Mannegishi le drenaron toda la energía de su cuerpo hasta matarla.

No quedó rastro del Mannegishi que Montserrat mató. Se deshizo en horas y no dejó salvo una especie de mancha en la alfombra, en la que no había rastro alguno de ADN. De donde quiera que provinieran los Mannegishi o «demonios de Dover» no creo que fuera de este universo… Y quizás el término «demonio» era más apropiado de lo que pensaba.