Al amanecer... PDF Imprimir E-mail
Escrito por Eliana Domínguez   
Lunes, 08 de Febrero de 2010 08:32
 
[6 pags. aprox]

 

Aimara despertó al sentir la fría brisa que le helaba el cuerpo. Al abrir los ojos, la profunda luz le cegó la vista para después materializarse en un amplio pasillo decorado con monumentales relieves. La jovencita se volvió para descubrir el cuerpo que yacía a su lado. Ella conocía a ese joven de piel pálida y cabellos dorados, era su amigo y, sin embargo, se sorprendió al verlo ahí. Aimara lo despertó susurrando su nombre. El muchacho se incorporó sobresaltado y al ver a su amiga, sus ojos ambarinos se abrieron enormes.

 —¿¡Aimara, qué haces aquí!? ¿¡En dónde estamos!? —Preguntó el chico registrando, muy estremecido, el lugar.

—No lo sé, Beto. Desperté en este lugar y aquí estabas tú, dormido. —Le contestó la chica.

Los dos se incorporaron y, sigilosos, empezaron a caminar por el pasillo, inspeccionando todo, anonadados. Al final del pasillo, los jóvenes vieron dos puertas de oro; entraron, aún impresionados por las dimensiones del lugar.

—Los estaba esperando. —Dijo una poderosa voz.

Alzaron la vista hacia unos peldaños para ver revelarse ante sus ojos una imponente efigie. A los pies de la estatua había un trono. El hombre que lo ocupaba se incorporó y descendió, descubriéndose de entre las sombras. El temor de Beto y Aimara aumentó al ver aquella figura envuelta en una túnica oscura que contrastaba con su rostro blanquísimo. La mirada que el hombre les dirigió, terminó por intimidarlos más.

—Yo soy Ra, el gran dios sol. —Se presentó—.Tú eres Aimara y tú, Roberto. —Dijo Ra, señalando a cada uno. Los chicos asintieron, mudos de asombro—. Bienvenidos a mi templo, a mi hogar. —Dijo el dios con imponente voz y haciendo ademanes con los brazos.

Ra les explicó que su magia era la que los había llevado hasta ahí y que eran los elegidos para cumplir sus propósitos. El desconcierto y sorpresa de los jovencitos iban creciendo con cada palabra que el dios pronunciaba. Trataron de protestar, de rebelarse, pero les fue inútil. Aquel ser les aclaró que no volverían a su hogar hasta que sus designios estuvieran cumplidos.

El dios los condujo a una habitación. Los chicos no podían creer tanto lujo junto. Ra les ordenó ponerse la ropa que había sobre dos camas. Beto y Aimara se dieron cuenta de que no le agradaba ni la mezclilla ni las camisetas que ambos vestían.

Volvieron a la gran sala de la efigie y, al llegar allí, escucharon otras voces. Entraron cautelosos. Al verlos, se pintó en el rostro de Ra una sonrisa.

 —¡Qué bien se ven!— Exclamó mientras Beto y Aimara se escondían, tapándose uno con el otro.

El dios les presentó a Thot, el dios sabio. Thot lucía joven y amigable. El sabio los saludó con una amplia sonrisa, que no hizo a los chicos sentirse menos cómodos.

—Son muy jóvenes. ¿Qué edad tienen? —Interrogó Thot a Ra.

—Catorce años, los dos. —Le respondió el Dios Sol con la misma sonrisa.

—Se ven bien. Servirán. —Aprobó el tercero de los dioses, uno con facciones muy afiladas.

—Él es Anubis, el Señor de la Guerra. —Lo anunció Ra.

El Dios Sol les explicó que Anubis sería quien los entrenaría para que aprendieran a pelear y a usar las armas. Los chicos entendían cada vez menos y si protestaban, Ra los hacía callar y se molestaba con ellos.

Los jóvenes estuvieron entrenando con el Señor de la Guerra cierto tiempo. Este periodo les pareció el más cruel de sus vidas. Ellos jamás habían usado espadas, pero debían actuar como si fueran guerreros. El dios se molestaba cuando fallaban, parecía que ninguno de sus esfuerzos valía la pena para ese general superdotado de facciones finísima.

Una noche, Thot fue a visitar a los chicos a su cuarto. Beto y Aimara estaban extrañados de ver al dios ahí. Thot los saludó amable y se sentó junto a ellos. Comenzó a hablar, una conversación que se transformó en charla. Ellos le narraron poco acerca de sus vidas y le mostraron el temor que sentían al estar en ese palacio extraño. A diferencia de Ra o Anubis, Thot se mostró comprensivo con los jovencitos. El dios de la sabiduría se comportó espontáneo y alegre con los muchachos. A los chicos les parecía increíble que Thot fuera sabio.

Hubo una junta en la gran sala del trono. Ahí estaban Ra, Thot y Anubis. Beto y Aimara se sentaron a la mesa junto a los dioses. Los chicos escucharon a Ra revelarles el propósito por el cual estaban en ese extraordinario lugar: Neftis, la diosa del cielo, era presa del demonio Seth. El estar frente a dos serpientes de proporciones descomunales y rescatar a la diosa cautiva de su apresador, era una concepción aterradora en la mente de los muchachos.

—¡Usted desea que muramos, ¿verdad?! —Le dijo Aimara a Ra en un tono desafiante.

—No, hija. Anubis los ha preparado bien. No morirán. —Les dijo Ra, acercándose a ellos, determinado.

—¿Por qué nosotros? —Preguntó Beto, aturdido.

—Porque ustedes no creen en Seth. Él es «algo» desconocido para ustedes, como no lo conocen, no le pueden temer. Así que, les será más fácil enfrentarlo. —Afirmó el Dios Sol. Beto y Aimara se miraron entre ellos como si pensaran que el dios estaba loco.

 Esa noche, en su cuarto, los chicos se prepararon para su aventura.

—Aimara, ¿crees que todo estará bien como dijo Ra? —Le preguntó Beto a su compañera en un tono ansioso.

 —No lo sé, Beto. Lo que sí sé es que tú y yo nos protegeremos el uno al otro. Nos cuidaremos como hasta hoy. —Le dijo Aimara a su amigo mientras se confundían en un abrazo suave.

Al salir de palacio, los chicos sintieron el viento glacial penetrándoles en los huesos. A cada paso, sus pies se sumergían en la traicionera arena, atrapándolos; y el avanzar era aun más forzado debido al peso de las armas que cargaban. Después de mucho andar, los jovencitos tuvieron ante sus ojos un esplendido oasis. Detrás de éste, se alzaba un  palacio de color jazmín que, bajo el abrigo de la luna, se veía fabuloso.

Mordidos por el miedo, los chicos avanzaron, casi abrazados, a la entrada del palacio. Las bisagras de las puertas giraron, haciendo ruidos pesados, y los chicos se internaron en la oscuridad del portal.

 No pensé que pudieran lograr llegar aquí. ¡Los felicito! —Dijo una voz gélida que se escuchaba desde las escaleras en el vestíbulo donde Beto y Aimara se encontraban.

Los chicos vieron descender a un corpulento hombre, envuelto en una túnica blanca; la cual contrastaba con su piel morena. Su rostro alargado y sus ojos chispeantes acentuaban una malévola sonrisa.

—Mi nombre es Seth. —Se presentó—, Bienvenidos sean los chicos que vienen a arrebatarme a mi esposa. —Dijo, haciendo reverencias exageradas.

—¿Su… su esposa? —Preguntó Aimara sin dar crédito a lo que escuchaba. 

—Sí —Respondió el dios con voz resbalosa.

—¡Pero usted la secuestró y la encerró! —Reclamó Beto.

—¡Claro que la secuestré! Ella no quería estar conmigo y yo no quería que ella estuviera con nadie más. —Dijo el dios y sus ojos refulgieron con más intensidad. Beto y Aimara adivinaron que se refería a Ra.

—Les propongo algo. —Dijo Seth alzando la voz—, ustedes jugaran con mis mascotas. Si ganan, Neftis se irá con ustedes y si no… —Diciendo esto, Seth mostró los dientes color marfil en una desagradable sonrisa y desapareció entre las sombras.

Horrorizados, Beto y Aimara vieron emerger de la oscuridad a un engendro de dos cabezas que los miraba con ojos inyectados en sangre. Una de las cabezas se lanzó con las fauces abiertas hacia Aimara. La otra fiera, fue hacia Beto. Los muchachos desenvainaron las espadas al mismo tiempo que pensaron en la muerte.  Las heridas que le infringían a la bestia parecían no dañarla, sino enfurecerla más. Después de los intentos de ambos por huir de aquel engendro, Aimara logró penetrar uno de los ojos de una de las cabezas. El animal profirió un horrendo alarido y trató de retirarse. La otra serpiente logró encajarle la punta de su colmillo a Beto. Antes de caer, el chico logró hundir la espada en las fauces del animal. La bestia lanzó un estremecedor chirrido al mismo tiempo que la sangre fluía de sus fauces como un río de agua corriente. La serpiente bicéfala, viéndose herida, volvió a hundirse en la penumbra.

Aimara trató de sostener a Beto, ambos oyeron aplausos secos que resonaron en la habitación. Seth se hizo visible de nuevo y les señaló una puerta de madera carcomida a un lado del vestíbulo.

—Ahí está. Llévensela. —Dijo el demonio.

—¿Nos la podemos llevar así, sin más? —Preguntó Beto, incrédulo, hablando con dificultad debido al dolor que le causaba la herida sangrante.

—Sí. ¡Ganaron! Han logrado herir a mis bebés. ¡Ahora, lárguense y llévensela! No la quiero volver a ver. ¡Es una traidora! Ella prefirió a Ra antes que a mí. ¡Yo no la quiero más! ¡Lárguense ya! —Dijo Seth, enfurecido, mientras se volvía para ascender las escaleras, se detuvo por un instante, se volvió de nuevo y posó su mirada sombría sobre Beto.

—Por cierto, tú morirás. No resistirás el veneno que te ha inyectado la serpiente. Invadirá todo tu cuerpo y morirás. —Dijo el demonio mostrando una triunfante sonrisa retorcida y desapareció en la oscuridad.

Cuando Beto y Aimara lograron abrir la puerta roída, encontraron a  una Neftis débil. Con mucha dificultad, los chicos y la diosa emprendieron el viaje de regreso al palacio de Ra. Al reunirse de nuevo, el Dios Sol y la Diosa Cielo se fundieron en un abrazo eterno.

 

 

Al abrir los ojos, Beto sintió un dolor punzante en el costado, se revisó sólo para encontrarse con una visible cicatriz que no recordaba dónde se la había hecho.

Por su parte, Aimara, al despegar los párpados, fue cegada por una luz brillante para después convertirse en un sol de rayos color de trigo sobre el cielo del alba.   

 

 

 

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