| La última flecha |
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| Escrito por Néstor Darío Figueiras |
| Martes, 02 de Febrero de 2010 08:24 |
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[5 pags. aprox]
La noche ya se abatía sobre Lotrán, la Ciudad de Piedra. Mientras los techos y los muros enrojecían bajo la luz del poniente, los Celadores se aprestaban para hacer las rondas de vigilancia: había que evitar que los drugos, las criaturas que servían a los lívaros, aprovecharan las tinieblas para penetrar en los suburbios y robar niños. Una figura recorría las calles sombrías. Era Mariposa de Luz, quien, durante toda la tarde, había buscado a Flecha Certera a lo largo de las calzadas adoquinadas. No podía dejar que él se fuera así, como si nada. Lo amaba, y una Mujer que ama hasta sentir que el alma se le va subida a la aljaba de su amado, no debe renunciar a él. Con sólo dieciséis años, Mariposa de Luz había sido nombrada Mujer por los siete Ancianos que se marchitan bajo la Cúpula, el negro domo que se alza en el centro de Lotrán. Desde entonces tuvo permiso para merodear a su antojo, comerciar con sus artesanías, y —lo más importante— tomar esposo y parir niños y niñas. Mariposa de Luz ya era una Mujer hecha y derecha. —Si Flecha Certera te abandona, y tu alma sube a su aljaba, puede que la primera flecha no, tal vez la segunda tampoco, y con suerte tampoco la tercera, pero tarde o temprano una de sus flechas hendirá el aire velozmente llevándose tu alma liada en las plumas de su cola. Cuando la punta de pedernal se hunda en el flanco de un venado tripa, o se clave entre los ojos de un shylanuga almizclero, tu alma ensangrentada permanecerá por siempre atada a dos muertes: la de la presa y la de tu corazón. Esto le habían dicho las comadres, reunidas en torno de la hoguera. Es bien sabido que las viejas desdentadas conocen a fondo las cuestiones del amor y de la muerte. —Una Mujer sin alma es una cáscara vacía: su belleza se desperdicia sin remedio y su inteligencia deja de apreciarse. Sólo un destino le es adecuado: entregarse a la brujería. Cuando una Mujer se consagra a sus caminos, el oscuro arte de los lívaros le brinda un atractivo irresistible y una cruel perfidia. Una vez que el alma te sea arrancada por la flecha, sólo transformándote en hechicera podrás evitar que tu hermosura y tu agudeza se echen a perder. Las comadres le recordaron que enamorarse de un Cazador tenía sus desventajas: de tanto en tanto, los dioses encargaban a los Cazadores algunas tareas que requerían de virtudes heroicas y terminaban convirtiéndose en misiones suicidas. Las perezosas divinidades que pueblan el Pico Mayor siempre exigieron ejecutores y sicarios. —Si Flecha Certera fuese convocado por los dioses, es probable que no lo veas más. ¿Recuerdas a Uzannur? Él nunca regresó. Y así la reconvenían, insistiendo en que no permitiera que su Hombre se marchara. Pero él se había despedido de los suyos al amanecer de ese día, un día claro y brillante como los ojos de un niño, que prosiguió su camino a través de la curvatura del tiempo, indiferente a la angustia de Mariposa de Luz. Ella escuchó los consejos de las comadres y corrió tras el joven. Preguntó por su amado al alfarero, a los domesticadores de búhos de hojalata y a las nodrizas que cuidaban a los niños en la Plaza de las Urnas. Pero sólo el Viejo Tañedor, el heresiarca que anuncia profecías ilícitas rasgueando su lira de luz, le dio algún dato valioso por medio de su cántico:
Flecha Certera va hacia las montañas Y la sombra del peligro lo acecha Pero él no conoce de los dioses la maña Y la senda de escape es estrecha
Como riachos que empujan la escoria Amor y muerte confluyen en el mismo mar Pero en el final de esta amarga historia Algo peor que la muerte les depara el azar.
Corrió por las calles empedradas hasta que los pies le dolieron. Y cuando la luz cobriza del ocaso desgarraba el cielo, sintió que desfallecía. Los cosecheros, que regresaban trayendo una fabulosa recolección de naranjas de Livaria, perdieron su júbilo al cruzarse con ella. Algunos, al ver su desesperación, se apiadaron y pusieron en su alforja unas cuantas naranjas, cuyo zumo mágico prolonga la vida. Finalmente, Mariposa de Luz reunió fuerzas para dejar atrás los suburbios y se internó en el campo. Desoyó las advertencias de los Celadores y caminó hasta llegar al pie de las montañas. Se detuvo y miró hacía las cumbres, que se perdían en la oscuridad. En su mente, la música del Tañedor repetía la sentencia sin cesar, un estribillo que pulsaba al son de sus latidos:
Flecha Certera va hacia las montañas Y la sombra del peligro lo acecha
El canto hereje anunciaba que su amado había sido citado por los dioses. Anocheció. El viento que soplaba cuesta abajo la hizo tiritar. Estaba ingresando en un territorio prohibido. Sabía que sólo los Cazadores podían visitar las montañas, que era una intrusa allí. Sentía que cada paso que daba hacia la cima era resistido. Pero de todos modos comenzó a escalar el sendero empinado. Entonces el viento se transformó en un vendaval que parecía querer arrancarle las ropas. Flecha Certera, guarecido en la hendidura de un peñón, vio a Mariposa de Luz subiendo la pendiente. —¡Mariposa, vete! Ella se alegró de oír su voz. Y comprobó que el Tañedor en verdad conocía el torrente de la Previsión. —¿Dónde estás, Flecha Certera? —¡No te acerques! —¡No me iré sin ti! —¡Vete! Pero ella ya había reconocido el lugar de donde provenían los gritos de Flecha Certera. Entonces descubrió al águila camaleón. El monstruo revoloteaba sobre las rocas, desplegando sus correosas alas contra la ventisca. Mariposa de Luz sacó fuerzas de donde no tenía y avanzó contra el viento, aferrándose a las salientes, hasta que llegó a la grieta donde se encontraba su Hombre. Cuando logró alcanzarla, vio con horror que él tenía el muslo izquierdo hecho jirones. Inmediatamente, se abalanzó sobre su cuerpo fatigado y sangrante, resguardándose dentro el improvisado refugio. Cada vez que la borrasca se lo permitía, el feroz pájaro descendía e intentaba alcanzar a la pareja con sus garras, filosas como dagas. La estrechez de la hendidura impedía que el águila pudiera arremeter de lleno, pero ambos intuyeron que tenían muy pocas posibilidades de salvarse. —Mi amor —dijo ella, sollozando, y lo besó—. Pensé qué me habías abandonado porque soy muy joven. Que no te bastaba con que los Ancianos me hubieran nombrado Mujer, estando lista para elegirte y darte niños y niñas. —Mariposa. Ninguna Mujer es como tú para mí. Pero desde que los Ancianos me nombraron Cazador, sabíamos que llegaría el día en el cual los dioses me habrían de encargar alguno de sus trabajos sucios. El momento tan esperado por todo Cazador. Hoy es ese día, un día que amaneció claro y brillante como los ojos de un niño. Y él le contó cómo había subido hasta el Pico Mayor para decirles a los dioses que se negaba a tensar su arco y matar en su nombre. Les dio la espalda. Y ellos soltaron al águila camaleón. El monstruo lo persiguió, invisible, disfrazándose de nube y de cielo. Cuando finalmente había podido verlo, era tarde: el ave se lanzó sobre él y le desgarró el muslo. Cojeando, logró alcanzar la grieta. Entonces disparó una, dos, tres flechas contra el monstruo. Pero fueron inútiles: el dolor le impedía apuntar con precisión, y el viento desviaba los disparos. Una y otra vez, la bestia tomaba impulso y estrellaba el pico ganchudo contra las rocas, para ensanchar la grieta. —Mariposa… Me despedí de ti esta mañana porque decidí rebelarme, y sabía que los dioses no me dejarían escapar tan fácilmente. Al irme sin darte explicaciones, pensé como un Cazador, que cree que el único camino es negar el impulso del sentimiento. Supuse que sería lo mejor para ti. Él no lo había notado, pero las lágrimas que ella derramaba ahora eran causadas por una inmensa ternura. —Tú trajiste al águila, yo traje el viento. Los dioses no nos aprecian. Una sonrisa se abrió paso entre las lágrimas de Mariposa de Luz, tironeando de la piel salada. Entonces recordó que llevaba naranjas en su alforja. Tomó una y le arrancó el verde cabo con los dientes. Ahondó el orificio con el dedo y le dio de beber el milagroso jugo. —No te resistas, traga. Son naranjas de Livaria: prolongarán tu vida. Él sorbió hasta que la naranja se asemejó al pómulo de un anciano, y devoró la pulpa con avidez. —Mariposa, te amo. Voy a matar al águila, y volveremos a la ciudad. Flecha Certera se puso en pie, recostándose sobre la pared pétrea. Tomó la última flecha de su aljaba y tensó el arco. Buscó con sus ojos una sombra más negra que la noche. Ya era tarde cuando las sentenciosas palabras de las comadres resonaron en la memoria de Mariposa de Luz como una alarma palpitante. La flecha rasgó el aire velozmente. Esta vez el viento no pudo desviarla, tal había sido la determinación del joven Cazador. Terminó su carrera al clavarse en uno de los ojos del águila camaleón. Luego de revolotear erráticamente por unos segundos, el monstruo cayó sobre las rocas, sin emitir sonido. El Cazador, lleno de alegría, se volvió hacia ella para celebrar su buena puntería. —¡Somos libres, mi amor! La muchacha tenía la vista perdida. —Mariposa… ¡Mariposa! Pero ella no respondía a su nombre, por más que lo gritara en su cara y sacudiera sus hombros brutalmente. Supo, con indecible congoja, que habría sido mejor que el pájaro hubiera desgarrado sus dos muslos, y sus brazos, y que hubiera roto su pecho y vaciado sus cuencas a picotazos, y que luego hubiera llevado su cuerpo destrozado y sin vida a la cima del Pico Mayor, como ofrenda y testimonio ejemplar. Entonces cesó el viento que barría las laderas. En medio de la noche cerrada los candiles de los Celadores destellaban como luciérnagas al borde de la ciudad de piedra.
El canto del heresiarca se hizo popular, y hoy es común escuchar a los niños entonarlo mientras juegan revoltosamente en las Plaza de las Urnas. Y las comadres cuentan nuevas historias: la del joven Cazador, quien, al igual que Uzannur, nunca regresó del Pico Mayor; y la de una terrible bruja, quien juró por su alma ensangrentada que usaría todas las artes oscuras de los lívaros para destruir a los dioses.
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Puede insertarse perfectamente entre las mejores leyendas de amor, que pueblan la mitología de los pueblos antiguos