Radio Tangram Excelsior PDF Imprimir E-mail
Escrito por Fco. Javier Pérez   
Jueves, 24 de Diciembre de 2009 09:35
[22 pags. aprox]


 Roy Khalidbahn, in memoriam

 

A pesar de todas las campañas y protestas en contra, de tantos malos augurios grabados a martillo en la Rosetta mercantilista de los medios controlados, la irrupción de Radio Tangram Excelsior en los diales somáticos de punta a punta de oriente —también en occidente, pero sólo para aquellos pocos pioneros hackers capaces de puentear el prejuicio plásmido impuesto por sus respectivas facciones locales de la Inquisición Vampira— sí resultó ser todo un acontecimiento.

Veintiséis horas al día de pura información dúctil y útil y de primera calidad...

…Veintiséis horas porque los estudios centrales de la emisora se erigieron a propósito sobre un vertedero fósil de calculadoras Burroughs y transistores Tesla que resultó servir de catalizador cuántico en código médium mediante el cual los operarios del control de emisión nocturna podían alterar la pauta de discernimiento temporal del Big Bounce para relajarla durante breves secciones de tiempo —breves secciones que acababan sumando dos horas extra a los días en las vidas de los afortunados oyentes de Radio Tangram Excelsior— para devolver momentáneamente una sensación de linealidad expansiva pre-colapso universal.

…Información dúctil porque Radio Tangram Excelsior emitía en código abierto, de modo que hasta el más pequeño chunk surfeando por su ancho de banda llegaba al receptor subdural sin encorsetar por marco conceptual alguno, libre de ser interpretado a placer por la voluntad, la formación, la educación y la capacidad de abstracción y las preconcepciones de cada uno.

…Útil desde el momento en que los memes regurgitados a las ondas tocaban al radioyente con la varita mágica de una duda existencial tremenda pero flotando como brownie en sopa de chocolate y caramelo —esporádicas encuestas de prospección realizadas por la Comisión Reguladora de Telecomunicaciones Excéntricas confirmaron sin ápice de duda esto último: ocho de cada diez entrevistados afirmaron haberse acercado a Radio Tangram Excelsior instigados por sus atractivas presentaciones y cuñas entre dadaísta-futuristas y post-popéticas, mesuradamente radicales en su tendencia y liberales moderadas en el poso, siempre in media res, para al muy poco descubrir que «ahí hay siempre algo serio a lo que sacar punta, tío

…De primera calidad porque todo el contenido generado por Radio Tangram Excelsior era recibido directamente, cada veintitrés segundos y por mensajería analógica, desde el mismísimo Miyagi, desde las oficinas centrales del Analizador Madre Zoe, el venerable ordenador cuántico de culto sintoísta que proveía de análisis de tendencias y paquetes de feed pendientes de censura a más de la mitad de agencias de entretenimiento del mundo, así como a la Inquisición Vampira. Contenido que no era precisamente poco, si tenemos en cuenta que hasta los microsilencios de las comas, los pitidos subliminales de guión largo para abrir y cerrar paréntesis, y los puntos suspensivos hiperbáricos de oxígeno suplementario para los locutores, se taquigrafiaban a mano, en reivindicación de lo artesanal, antes de pasar por los transductores de espira sináptica y el transponedor entrópico en la base de la antena que coronaba el edificio de la emisora y de ahí a vibrar en el aracnoides, dispuestos a ser decodificados a conveniencia de cualquiera que desease sintonizar.

Radio Tangram Excelsior servía sólo lo mejor, sin cortar y tan relativo como un acelerón espontáneo de las leyes de la termodinámica. Por eso se volvió algo esencial para muchos tras apenas diez minutos de emisión, y por eso se erigió en el único testigo de cargo fiable contra el proceso de decadencia humana hipertecnológica por consumo masivo.

 

 

Astrid Anuncio:

Estaba casi segura de que el sonido de aquellas polillas abriéndose la cabeza contra el escaparate retroiluminado del taller de Zacarías podría reconvertirse fácilmente en música preciosa, si es que la vetusta grabadora MiDi había conseguido aislarlo del resto de ruido ambiente. Secuenciaría lo que le parecía la mejor captura del día y la fundiría en el espectrómetro para secarla luego en un emulador de loops y encolarla con el muestrario de samplers que Zoe le mandó la tarde anterior. Antes de emitir las cuatro o cinco canciones que fácilmente saldrían de allí, le regalaría el archivo a Mínima. Aquellas cosas a Mínima le encantaban: la muerte crujiendo en bits poéticos de automatismo evolutivo pervertido por una pulsión no tan sexual como reproductiva, un trasgo con un falo mamut electrónico tras el cristal que llama a las vestales aladas, la letra será un poema sáfico sin segundas intenciones con una dedicatoria, a Mínima Maestra de todo aprendiz de la carcajada vertical, con amor, Astrid, y el tac, tac, tac, de muerte réplica de una metáfora de una replica con un grito apasionado brotando de una hilera de dientes de mármol. Aunque todo aquello dependía de un acto de fe tan grande como confiar en que la grabadora no había decidido precisamente ahora, treinta años después de haber sido fabricada para disfrute y abuso de cazadores de armonías urbanas, músicos experimentales y disc jockeys varios, dejar tirada y hundida en su propio anhelo creativo a su más reciente propietaria. Dependía de que el trasto, por una vez, hubiese atrapado justo y sólo lo que Astrid había ordenado atrapar al punto de mira de su micrófono direccional. Volvió a repetirse a sí misma que lo vintage puede llegar a enamorarte, aunque desde luego no te pone las cosas funcionalmente fáciles. Pero ésa era la filosofía de su programa. Toda su existencia se asentaba últimamente sobre esa filosofía, maldita sea. Por elefantiásica que pudiese llegar a resultar la tentación de lo sencillo y moderno y barato, no iba a apearse del burro a estas alturas, a sus años. Además, funcionaba. ¿Qué era lo que había dicho Zacarías?

—Ahora ya casi tenemos tanto dinero como seguidores, Astrid —había dicho—¿Te suena el concepto «punto de no retorno»?

—Yo me limito a ir a lo mío, Zac. Sois tú y Pietro los que os encargáis de la estrategia y los cálculos —había replicado ella.

—Somos los putos amos, ¿verdad?

—Sólo si te crees lo que cuenta la Guía del Emperador.

—A eso me refería —Zacarías, con el torso desnudo, se había columpiado del reposabrazos en la silla de dentista y había recogido del suelo de la oficina de su taller un puñado placas base de relojes calculadora Casio como confeti verde, embutiéndolo en los bolsillos de sus pantalones blancos de enfermero de juguetes mecánicos; las pupilas dilatadas le comían el iris de esos ojos almendrados suyos, herencia vietnamita sin mácula de octava generación; los dedos de sus pies, descalzos y apoyados sobre la mesilla de café que les separaba a ambos, tamborileaban un bombardeo de compases al azar sobre los pedazos de papel de estraza en los que había garabateado los diagramas y esquemas simplistas que habían servido de explicación gráfica al plan de mercado que acababa de exponerle; estaba colocado de autosuficiencia—. Hasta los jodidos japos nos envidian.

—No, Zac, por favor. No empieces con tu rollo sobre cómo estamos a punto de conquistar Berlín —había dicho ella, levantándose de su tumbona ergonómica para salir de allí y dejar al Ingeniero Jefe de Radio Tangram Excelsior a solas con su brote de bien sabida genialidad y la masturbación egocentrípeta inminente que era fácil adivinarle en la sonrisa.

—Conquistando primero Manhattan… —había sentenciado él.

Y ahora ella también empezaba a procrastinar. Demasiado. Otro efecto secundario de la suma desigual de su arte, el proceso de enamoramiento que estaba sufriendo, la riada de hormonas asociadas a éste, y el sentido de responsabilidad sobredimensionado que le provocaban las inmejorables cifras de audiencia y las aduladoras críticas que su programa recibía. Astrid guardó en su bolso de mensajero la grabadora y los dos minutos quince segundos de tac, tac, tac kamikaze y coleóptero, resistiéndose a establecer un paralelismo entre los pobres insectos partiéndose la crisma contra el escaparate y los cuatro inconscientes empleados de la emisora a las órdenes y pivotando alrededor de ese científico loco que a veces podía parecer Zacarías Candil, atraídos a su órbita de forma irreflexiva. Echó a andar mientras se concentraba en el dial de su líquido cefalorraquídeo, buscando el enlace de éste con la sintonía electromagnética de la emisora. La Hora de Pietro el Pope estaba a punto de empezar.

 

 

Sus detractores decían que Radio Tangram Excelsior era un panegírico a una contracultura que no tenía sentido reivindicar, puesto que el tropezón socioeconómico de mediados del XXI había erradicado tales cosas de la membrana de conexión humana supraconsciente…

…Panegírico en tanto que la obsesión fanática de los ideólogos de la emisora por lo añejo, lo auténtico y lo artesanal estaba tan condenada de antemano al demodé precoz como lo habían estado muchos otros experimentos bienintencionados antes, como el intento de regreso de la literatura Steampunk mongol o la reivindicación del ethos estético de base tibetana que cada medio lustro tomaba la Semana de la Moda de Beijing en forma de reguero de pólvora mojada a la espera de una cerilla amiga —aunque dichos detractores solían obviar el hecho de que Radio Tangram Excelsior no predicaba un regreso a nada, sino más bien un reciclaje bajo el lema Solve et Coagula, una olvidada frase de tradición alquímica, como herramienta para abandonar el hastiante deconstructivismo teórico que creían era la causa última de la poca sustancia de la monocultura global a la que oriente se había rendido plantear batalla, y así crear una vía de evolución del Entretenimiento Único hacia una nueva forma de recreo excitante, instructiva e interpersonal.

…Contracultura porque el hecho de que una Disc-Jockey Vivisectora —Astrid Anuncio, de Nueva Delhi—, un Gurú del Universo Oscilante —Pietro el Pope, de Mombasa—, un Ingeniero de Telecomunicaciones y Pastor de la Herejía de Alessandro Volta —Zacarías Candil, de Da Nang—, un Periodista Gonzo —Ataturk Parque, de Diyarbakir— y una Locutora Ventrílocua doctorada en Pan-Filología —Mínima Maestra, de Bhopal—, hubiesen dado con la fórmula para formar una opinión alternativa a la mayoritaria en un segmento de población que crecía siguiendo un patrón de mitosis de leyenda urbana, a base de informar, influenciar e infectar, podría llegar a resultar letal para los intereses creados por las cinco transnacionales más poderosas de la industria de la distracción fuera de horas productivas, y éstas, evidentemente, no iban a tolerarlo.

…El tropezón socioeconómico de mediados del XXI lo enmarcaba todo en un contexto desolador para el libre pensamiento: con los mercados europeo y americano totalmente inaccesibles —muy pocos de los habitantes de ambos continentes deprimidos, apenas poco más que mano de obra casi gratuita en las cadenas de producción subcontratadas a conglomerados empresariales asiáticos, después de sus dieciséis horas de trabajo diario impuesto por decreto de la Organización del Eje Oriental, tenían ninguna inquietud que satisfacer con lo que Radio Tangram Excelsior les ofrecía—, el centro del mundo bien asentado en China y sus naciones anexionadas —Vietnam, Corea, Japón e Indopakistán— y los Territorios Árabes sirviendo de motor turístico, el ciudadano medio del Nuevo Nuevo Orden Mundial estaba más que satisfecho con lo que tenía y no sentía deseo alguno, por lo general, de cambiar, porque la experiencia —o, en su defecto, los documentales institucionales de Onda Delta— les había enseñado que el cambio siempre, siempre, siempre, es a peor.

Pero Radio Tangram Excelsior se empeñaba en desoír las críticas y marchar hacia la coagulación y la mutación intelectual, resuelta como una apisonadora aerosuspendida o un parásito anaerobio programado para proporcionar el viaje lisérgico definitivo a su huésped. Radio Tangram Excelsior estaba aquí para hacernos bailar en más de un plano y de forma simultánea, y estaba aquí con un plan alucinante para todos aquellos que quisiesen sumarse.

 

 

Pietro el Pope:

Reciclar. Remezclar. Collages barnizados con una ecuación exógena escasamente ecualizada y a la espera de que el espectador exterior la exprima, entienda (desestructurándola) y expanda. Pietro el Pope radiaba sus instrucciones a modo de introducción, como cabecera de su Hora de espectáculo cósmico. Su mayor pretensión había sido hasta aquel día la de aplicar el sentido de la maravilla a las matemáticas puras, entendiendo éstas como una amalgama neopitagórica de vibración de las esferas celestes y estructuras cabalísticas complejas, no como las cuentas de la vieja destinadas a acotar la inteligencia que cualquier hormiguita aplicada puede aprender en la escuela de verano. Pero hoy sería diferente.

Hoy Pietro había recibido de labios, puño y letra de Zacarías Candil las conclusiones del plan que ambos llevaban meses urdiendo. El Plan para lo que habían llamado el Día-R. El diseño milimétrico de las acciones a realizar por Radio Tangram Excelsior tras su definitiva implosión mediática y cuyas acciones, a poco que un solo factor se torciese o una maniobra enmascarada de libre albedrío se malinterpretase, podrían volverse impredecibles incluso para ellos mismos. Y, excitado por la rizomática de destinos posibles, Pietro había decidido revelar a sus oyentes uno de esos futuros eventuales, ése que se ceñía a sus más oscuros anhelos megalómanos. A tales efectos, dejó un angustioso espacio de aire muerto como cola de cometa tras la entradilla del programa, buscando provocar un zumbido estático en la base del cráneo de los sintonizadores que sirviese de toque de atención, y luego arrastró su metro noventa y cinco de carne nubia envuelta en una túnica sacrificial keniata fuera del estudio número cuatro de la cadena, llevándose consigo uno de los dispositivos TP —«Transducción Prognóstica, colegas… No preguntéis»— de difusión remota como los que usaba Ataturk para transmitir en directo sus crónicas, y salió al balcón y acomodó el TP en el suelo y alzó los brazos hacia la nube de tormenta que se cernía sobre la antena en el tejado del edificio. Si Zacarías era el Científico Loco de las Mentes Pensantes de Radio Tangram Excelsior, él se erigiría desde ahora mismo como su Privado Profeta Pragmático.

Ejecutó con ambas manos una secuencia de signos dactilares robado de la Espina de Salomón, requisito de artificio ritual que culminó al extraer un pen-drive con carcasa de madera de la riñonera que le ceñía la túnica a la cintura. Insertó el pen-drive en una de las entradas auxiliares del TP y murmuró el conjuro ouija que le enlazaba directamente con el espíritu condenado del súcubo bicéfalo Barrow-Tipler. Las tres voces, la de Pietro y las de las cabezas siamesas de los físicos teóricos arrojados al inframundo del olvido por el totalitarismo cultural, hablaron de extraterrestres a la audiencia:

»Hablemos de extraterrestres: mucho se ha especulado al respecto de posibles formas de vida existentes en un universo en eterna expansión, no obstante sólo unas pocas secciones de nuestro bien cacareado entramado racionalista se han dedicado en serio a analizar las pautas psicomórficas del hipotético habitante de un universo teórico en contracción —«Si el cosmos es infinito, ¿hacia dónde se está expandiendo?»… Pongamos que tras la propalación posterior al Big Bang, dicho cosmos alcanza un punto crítico de aceleración que le obliga a rebotar y retrotraerse al origen de nuevo…—, por eso Barrow-Tipler, quienes han estudiado con detalle las correspondientes ecuaciones prospectivas, dicen: «a diferencia del escenario de la expansión eterna, el problema aquí no es la falta de energía sino su exceso; un Pietro el Pope que existiese en las fases finales de un universo en contracción se caracterizaría por una tasa metabólica hiperestimulada, y por tanto una tasa de proceso de información (es decir, una velocidad de pensamiento) elevadísima, que aumentaría exponencialmente en paralelo al aumento de la temperatura y la radiación residual generadas por la desaceleración orbital; ello tendría como consecuencia que su tiempo subjetivo se alargaría considerablemente, de modo que mientras para un observador externo (que no podría existir, nos permitimos señalar aquí, en tan apocalípticas condiciones) parecería que el cosmos se colapsa en una fracción de segundo, para Pietro el Pope esa contractura estelar podría tardar eones en ocurrir, incluso cabe la posibilidad de que, para Pietro el Pope, el punto de retorno cero no llegue a ocurrir jamás si dicho colapso acaba siendo, como tememos, desigual

»El corolario a esta última afirmación es, por tanto, la crónica de un Pietro el Pope que, con tal capacidad de procesamiento de información, no sólo sería capaz de pensar sobre él mismo, como hacéis el resto de vosotros, pobres mortales en el atasco de tráfico de una aburridísima ondulación bio-gravitatoria a paso lento y en línea recta hacia delante, sino que a la vez podría crear auténticos universos imaginarios; en el caso más optimista, tales macroestructuras espaciales de pensamiento licuado también podrían llegar a ser infinitos; Pietro el Pope, colegas, es en este marco de pesadilla el Eterno a los pies de cuyas tablas yacéis como público deshonrado por la evolución, y vuestro señor os pregunta «¿qué queréis?», pues en su omnipresencia ha tenido acceso a vuestros deseos más íntimos —«diablos, para el caso yo mismo podría habéroslos provocado… Ahora, contestad: ¿qué queréis?»— y sabe lo mismo que sabéis vosotros y exige que los verbalicéis y su miedo es tanto el vuestro que no hay forma ya de arrancarle el pirueteo de espirógrafo de una espantosa certeza autorreplicándose de ese par de llamas gualdas que radian desde lo que antes eran sus neuronas.

»Pietro el Pope tiene el tamaño de una constelación entera y su proscenio es una alineación de planetas sobre la que se acuclilla, ataviado con los ropajes ceremoniales de la tribu a la que pertenecían sus ancestros, aquella que Omega Computers diezmó, para materializar una butaca de segunda fila de la que se levanta un hombrecillo que es el portavoz de los oyentes, molesto parásito de las líneas abiertas, para atreverse a declamar lo que los demás estáis pensando: «queremos que despejes la incógnita de si toda la creación es cosa tuya, padre que estás en los cielos pero en realidad estás precipitándote al abismo insondable mientras nos imaginas en mitad de un colocón de anfetaminas entrópicas; y queremos que nos revele su verdadera edad, señor Asimov; y queremos que nos devuelvas nuestros miedos en su justa medida y sin pagar intereses de desproporción; si no somos, mándanos de vuelta a la inopia.» A lo que Pietro el Pope se sonríe. Así que de eso se trata, de confrontar con su poder de convocatoria  y llegar a un acuerdo satisfactorio para locutor y público. Pietro el Pope se muerde los dientes y da un palmada con una sola mano y os deja preguntándonos qué se siente y cómo suena, y recoge sus bártulos —tijeras, pegamento, lápices de colores, cubos para el preparado de papel maché, punzones, espátulas, bolsitas de nieve de poliespán y musgo y arena—, esparcidos alrededor del banco de trabajo, cuando sentencia que ya no hay más que hacer en la maqueta desde la que, en este domingo de jubileo, contempláis el espectáculo de su ascensión. ¿Qué queréis? Queréis que vuelva en dosis regulares. Necesitáis a un Pietro el Pope porque en última instancia no sabéis nada de él y, sin él, estáis solos y desflecados y asustados y pequeños.

—¡Solos y desflecados y asustados y pequeños, os digo! —bramó Pietro al mundo imaginario que soñaba a sus pies.

Cerca, sonó un trueno. Pietro se agachó y tecleó una suma de comandos en el TP. Las últimas palabras del enorme negro se fundieron con una cuña publicitaria. Empezó a llover.

 

 

Anunciarse en Radio Tangram Excelsior significaba dos cosas diametralmente opuestas y aun así complementarias para la compañía que tuviese las agallas suficientes de hacerlo: que el producto promocionado iba a tener patente automática de modernidad, y que éste iba a ser denostado a degüello por los locutores de la emisora…

»…GerontronicsR borra los mapeados genéticos que bloquean la activación del rasgo Parkinson, sustituyéndolos por estimulantes naturales del hipotálamo, para que así la recepción del siguiente programa sea de la más alta definición, sin interferencias ni pérdidas de cobertura.

»…Si estáis cansados de la poca lucha que hayáis podido entablar hasta ahora, colegas, mejor emigráis a Washington o París y os enroláis en cualquier facción de hormiguitas obreras de mierda, pero bajo ningún concepto os acerquéis al GerontronicsR. Esa basura es peor que una lobotomía frontal, le agujerea a uno el espíritu casi tanto como el ADN. Creedme cuando os digo que ni siquiera escucharnos a nosotros merece esa maldita pena.

Anunciarse en Radio Tangram Excelsior no era barato, en ningún sentido.

 

 

Ataturk Parque:

Despertó aterido de frío y con la boca como si hubiese pasado horas masticando sin tragar papel de lija y piel de gato. Por lo que sabía, aquella podría perfectamente haber sido su cena de anoche. Se levantó del catre, llevándose la manta consigo, envuelto en modorra y lana. Comprobó sus mensajes en el receptor anexado al TP. Sin noticias de la emisora. Sin noticias de Mínima. Lo demás, si es que lo había, le importaba menos que nada. No tenía ganas de orinar, pero se obligó a hacerlo. Hasta dentro de un par de horas no tendría permiso para usar el lavabo. Con una serie de ademanes sonámbulos y rápidos, casi dolorosos, se despojó de la manta y del holgado traje de neopreno que le servía de pijama y se embutió en el uniforme de la empresa. Conectó el TP a la clavija orgánica entre sus clavículas y disimuló el aparato en un pliego de grasa a la altura de las lumbares que un cirujano plástico de la zona le había modificado para servir de bolsillo. Le echó un vistazo al reloj digital que colgaba de una de las paredes de su cubículo: quince minutos para la llegada del ascensor. Apenas tiempo para nada. Vestido para iniciar su jornada, plegó el catre y lo devolvió a su forma de escritorio y lo arrastró hasta colocarlo entre dos archivadores. Sólo cabía esperar que el oficinista que lo ocupase aquel día no fuese uno de esos que se masturban entre factura y factura. Ya no le quedaba paciencia para aguantar otra puesta de sol rascando con la uña pegotes de semen reseco en el somier mientras el sueño se resistía a comparecer entre efluvios de testosterona y frustración. Puntual, el ascensor llegó.

Arriba, en el patio frente a la puerta de los talleres de mantenimiento, Ataturk formó con el resto de sus compañeros y entonó, como los demás, el himno de la empresa. Recitaba la letra de la pegadiza cancioncilla de inspiración infantil como si respirase:

—El rayo es puño… El puño empuña… La herramienta orgullosa… Que el rayo precisa… Todos como un rayo… Todos como un puño… Por el rayo… Industrias RayWay.

La humedad de los canales parecía empaparle los huesos de algo que sólo se podría describir como rocío oxidado. Desde luego que aquél no era el Ámsterdam del que le había hablado su abuelo. Un fragmento particularmente cansado de su fuero interno temía haber cogido una cepa rara de gripe durante el programa sobre los niveles insostenibles de vertidos tóxicos en los canales que retransmitió in situ la semana anterior. No le quedaba mucho en aquella Holanda moribunda. Pronto pediría a Zacarías una extracción de emergencia.

Vale. Bien. Aclarado este punto consigo mismo, se sacudió con un escalofrío y cogió las riendas de su pasión por el trabajo, el trabajo de verdad que estaba allí para hacer, no aquella tortura robótica que le servía de tapadera, una mañana más, y se acercó al fresador con el que había estado intercambiando miradas cómplices y bufidos los últimos dos días. No es que la empresa prohibiese explícitamente las conversaciones entre compañeros del mismo taller, aunque éstos formasen parte de distintas cadenas de especialización, pero conllevaba cierto riesgo hacerlo. Uno nunca podía estar seguro de quién era un inspector de la patronal disfrazado, o dónde habrían colocado hoy los Medidores de Aportación. Por eso el soslayo y el recortar distancias a tientas.

—¡Ey! —saludó Ataturk.

—¿Qué hay? —preguntó, sobresaltado, el fresador—¿Qué se os ha roto esta vez? Los de mantenimiento siempre estáis igual: intentáis arreglar algo a martillazos, lo dejáis peor de lo que estaba y luego tenemos que venir los torneros a fabricaros uno nuevo desde cero.

—No, amigo, relaja. Sólo quiero charlar.

La cortesía en el lenguaje corporal del fresador se volvió ante los ojos de Ataturk un conato de pánico mal contenido de puños apretados y cuello tenso y encogido entre las solapas del uniforme. El fresador arrugó la nariz, sus ojos como centellas recorriendo la anatomía del periodista, en busca de indicios de trampa tendida.

—¿Charlar? Aquí no estamos para Charlar, sino para Aportar —el fresador parafraseó una de las consignas más recurrentes en los paneles de motivación que eran la única decoración del taller.

—Sí, claro, lo que diga RayWay… —Ataturk jugó la baza del desprecio nihilista con un chasquido de lengua; su sexto sentido de gonzo infiltrado le decía que aquel hombre chaparro, duro, muy pálido en contraste con la piel de aceituna madura de su interlocutor y como treinta centímetros más bajo que él, era de la cuerda de aquellos a los que llamaban «españoles»: lealtad postiza a la empresa y un crisol de quejas con la vagancia como combustible a poco que se les cediese un mínimo espacio para la confidencia; y su sexto sentido nunca había fallado hasta ahora, así que bastaría con dar con el nervio adecuado que pinzar en el ínterin del tipo—. Qué cojones… Dios me libre de hacer que el mundo se acabe por pretender buscar algo de contacto humano entre compañeros de trabajo… Lejos de mi intención el obligarte a salir retratado en un Medidor de Aportación y que pilles un cáncer de ano, o algo…

Nuevo cambio sustancial en la tesitura no verbal del fresador. Una sonrisilla cómplice y el amago de un guiño. Tocado y rendido. Ataturk acababa de hacerse con una nueva fuente.

—¿Sabes que sólo son cámaras de vídeo? —murmuró el fresador, carraspeando, conspirador.

—¿Qué? —Ataturk tuvo que tirar de todos los trucos mnemotécnicos que conocía para que la satisfacción por lo sencillísimo de traerse al hombre a su terreno no se le transparentase.

—Un momento… —dijo el fresador, ladeándose para conectar el motor del torno que hoy le había tocado operar; el rugido de la máquina le dio el biombo de intimidad que necesitaba como acicate para acabar de soltar la lengua al trote—. Los Medidores de Aportación. Sólo son cámaras de vídeo. Muy viejas, además, de las que graban en AVI. Las meten en esas carcasas de ciencia-ficción para acojonarnos, como si fuesen súper-cacharros para pincharnos la mente, pero sólo son cámaras de vídeo viejas con un montón de plexiglás alrededor.

—¿Y tú cómo sabes eso? —inquirió Ataturk, con tantas ganas de frotarse las manos y ladrar una risotada de Némesis satisfecha que casi no podía prestar atención a lo el otro exponía.

—De casualidad... —el fresador hizo un gesto para que Ataturk se acercase y se agachase, gozando infinito de la atención que el periodista le prestaba—. Una tarde, el chico que recoge las virutas de hierro se olvidó de limpiar la máquina y, cuando me quejé, el jefe de turno me dijo que llenase yo mismo el bidón y lo llevase a la explanada de la chatarra, como escarmiento por haber cuestionado el Sagrado Plan Empresarial —aquí el hombre se interrumpió y se sorbió la nariz en un gesto de sorna y asco.

—El chico de las virutas no había limpiado tu máquina porque así es la voluntad del Plan Empresarial… Sus caminos son inescrutables para el currante… —bromeó Ataturk, apuntalando a su fuente.

—Justo eso mismo —el fresador se palmeó el muslo, dando el visto bueno a la chanza—. Así que, cagándome en las sifilíticas madres del chico y del jefe de turno, me llevé el bidón a rastras y lo vacié en la explanada. Allí me encontré con que alguien más había metido la pata aquel día y había dejado tirado con el resto de la chatarra del taller un Medidor estropeado, en vez de llevarlo a Proceso de Operativos. Como la curiosidad me ha perdido desde siempre, no pude evitar echar un vistazo.

—Y viste que sólo era una cámara.

—Una cámara de los tiempos de la televisión, por lo menos.

El fresador hinchó el pecho y bostezó, alzando los puños al aire en pose de adalid. Mientras, Ataturk se desplazó en su mente hacia delante en el tiempo y a la derecha en el espacio, hasta el apartamento de Mínima Maestra y el momento en que, después de hacerle el amor para desquitarse del medio año entre rudos obreros de los Países Bajos, porquería, infecciones dictatoriales al constante acecho, decadencia y estulticias varias, le pediría que tradujese a todos los idiomas del viejo continente la entrevista que estaba enviándole ahora al servidor stream. Un pequeño paso hacia el desmantelamiento del entramado coercitivo de las subcontratas extranjeras, y un gigantesco billete de vuelta a la civilización.

—Por casualidad no tendrás alguna prueba de lo que me estás contando… —tanteó Ataturk, que ya conocía de antemano la réplica del fresador, paladeando con precognición tanto el sudor coital de Mínima como los efluvios de su bar de oxígeno favorito en el centro de Ankara, su primera parada de vuelta a casa.

—Pues sí. Me llevé la cámara escondida en la bolsa del almuerzo y se la regalé a mi hijo pequeño. Al chaval le gusta hacer peliculillas de miedo con sus muñecos. ¿Por qué? —una pizca de reticencia súbita como de la jodí, soy idiota, idiota, idiota, se asomó a la mueca esquinada e inconsciente que tomó el rostro el fresador—. No… No me he metido en un lío, ¿verdad? No serás…

—Periodista. ¿Te suena Radio Tangram Excelsior?

—Mierda… —el fresador se golpeó la frente con la palma de una mano, confirmándose la comunión con su temida idiotez supina.

—Ya ves, camarada… Prácticamente acabas de salvarme la vida.

 

 

Radio Tangram Excelsior desapareció dejando sin aclarar el misterio del «Somos 138»

…Desapareció en el símil de un hongo nuclear tras los sucesos del Día-R. Existen fundadas sospechas de que Zacarías Candil permanece retenido en una institución psiquiátrica, bajo custodia de los servicios secretos nipones, aunque no hay siquiera un solo rumor que apunte al paradero probable de Pietro el Pope, Mínima Maestra, Astrid Anuncio o Ataturk Parque.

…El misterio del «Somos 138» sigue trayendo de cabeza a los más avezados teóricos, compiladores y analistas de metáforas en las principales universidades de Oriente —Radio Tangram Excelsior se inauguró con la difusión de la remezcla de Astrid Anuncio de la canción We Are 138, compuesta originalmente por unos tales Misfits (inadaptados) y traducida en tiempo real a binario sináptico por Mínima Maestra, cuya letra reza: ¿Crees que somos limpios como robots? ¿Esta cara te parece casi maligna? ¿Acaso es hora de ser androides y no hombres? Se acabaron las bromas. Hemos sido desposeídos de todo lo que teníamos. En los ojos del tigre, somos ciento treinta y ocho.

Radio Tangram Excelsior: incubadora de ingredientes míticos.

 

 

Mínima Maestra:

Se conocía a sí misma lo suficiente como para asegurar a quienquiera que estuviese al otro lado, al otro lado del hilo conductor de la comunicación emisor-receptor, al otro lado como en una realidad paralela y moteada de quemaduras de cigarrillos de ésas sobre las que pontificaba Pietro el Pope, al otro lado del espejo, al otro lado del birlibirloque de la fe, al otro lado de la cordura de calcetín vuelto del revés, que sus ciento treinta y ocho miles de personalidades, ya no simultáneas sino secuenciales y a veces en tangente, orbitaban entorno y sindicadas a una personalidad primordial que era ella, Mínima Maestra. Ahora, sentada en zazen, recitaba su mantra robado del pecio en forma de archivo corrupto de un panfleto cienciólogo:

—Mínima Maestra no es su nombre y no es su empleo y no es las ropas que lleva —recitaba, manteniendo en la periferia de la ceremonia de integración a la hora del ángelus a los dos compañeros que poco a poco se habían convertido en pretendientes y luego en problema astillado en la glándula que sea que se encarga de segregar la química necesaria para nublar el entendimiento con certezas que surgen más del retorcido chakra de la líbido que del corazón o la razón—. OM. Mínima Maestra no es el vecindario en el que vive, ni es sus miedos, ni es su pasado —recitaba, visualizando micrófonos de ambiente que eran las cabezas de Astrid Anuncio y Ataturk Parque clavadas en sendas estacas, micrófonos de pulso biorrítmico que quemaban su meditación en el disco duro virtual de un traductor automático que vivía en su estómago en forma de la colonia de parásitos políglotas que un profesor universitario pederasta le había inoculado hacía ciento treinta y ocho vidas, y la mandaban a su servidor stream en Radio Tangram Excelsior—. OM. Mínima Maestra es esperanza, es confabulación, es el poder del cambio, la creación y el crecimiento, un espíritu que nunca morirá —recitaba, esperando que los otros dos comprendiesen y esperando que los oyentes digiriesen y esperando el Día-R; sólo el diablo sabía que ella era la más impaciente ante la culminación del Plan—. OM. No importa cuánto hundan a Mínima Maestra, ella se alzará de nuevo —recitaba en farsi, en hindi, en cantonés, en mandarín, el ojo en el chakra de su mente abriéndose en un cuadro de chat—. OM. Mínima Maestra se conoce a sí misma. OM.

Era su firma en el canal cifrado de meta-reunión de la emisora. Mínima taquigrafió el aire con las yemas de los dedos:

Mínima:\\ Tengo programa en ochenta. ¿Algo para mí?

Ataturk:\\ Yo tengo ALGO para ti.

Mínima:\\ No seas puerco, Ataturk.

Astrid (privado):\\ ¿Deduzco que este trío nuestro está igual?

Ataturk:\\ Estoy imbuido de cloaca, guapísima, es inevitable volverse algo puerco.

Mínima:\\ ¿Podemos centrarnos en el trabajo, por una vez?

Mínima (privado):\\ Depende de lo que consideres «igual», Astrid.

Ataturk:\\  Entonces necesito que me des el OK a lo que te he enviado antes de que acabe mi media hora del almuerzo.       

Astrid (privado):\\ ¿Quedamos para cenar y hablamos?

Astrid:\\ A mí me vendría bien que me dieses tu opinión sobre los temas que te mandé. Quería ponerlos en antena mañana. (Contéstame al privado, please)

Mínima:\\ Ataturk, yo estoy esperando el OK de Zacarías antes de ponerme a ello.

Mínima (privado):\\ ¿Hablar? Estoy cansada de hablar.

Mínima:\\ Los temas están perfectos, Astrid, como siempre.

Astrid:\\ Gracias.

Ataturk:\\ ¿A que a ninguna se os ha ocurrido apiadarse del pobre enviado especial al extranjero y mandarle una copia de esa música vuestra? Creo que se me está pudriendo el oído de tanto martilleo y maquinaria industrial.

Astrid (privado):\\ Hagamos algo poético y poco ético, pues.

Astrid:\\ ¿Tu TP tiene una entrada de audio con registro auxiliar en condiciones, Ataturk?

Ataturk:\\ La tenía la última vez que miré.

Mínima (privado):\\ Necesito más. De los dos, no sólo de ti. Ya lo sabes.

Astrid:\\ Pues te mando lo último que he hecho si tú eres un cielo y me grabas algo de ese pandemonio industrial en el que estás.

Astrid (privado):\\ Perdóname, cariño, pero creo que más de lo que te estoy dando ya no te puedo dar. Y Ataturk está demasiado lejos como para planificar nada más complicado o sensible que follarte cuando vuelva hasta que sangres.

Ataturk:\\ Tenemos un trato, Astrid. Aprovecharé el cambio de turno, antes de la franja de horas de cupo para el sindicato, para colgar algo directamente por chat, por privado. Estate atenta.

Astrid:\\ ¿Cuándo?

Ataturk:\\ En doscientos cuarenta.

Mínima:\\ En serio, chicos, ¿necesitáis algo más? Porque si no me largo a preparar el programa.

Mínima (privado):\\ No hace falta ponerse desagradable, Astrid.

Astrid:\\ Nada por mi parte, a no ser que tengas la amabilidad de sugerirme algo para el Día-R. No tengo ni idea de qué preparar.

Astrid (privado):\\ Lo siento. Tenía que soltarlo. Cena esta noche conmigo, por favor.

Ataturk:\\ Yo lo único que necesito es una eutanasia de urgencia. O una cama en condiciones. Lo que prefieras.

Ataturk (privado):\\ He estado dándole vueltas a lo que comentaste la última vez. Me parece bien. Pero me gustaría pasar un rato a solas contigo antes (y ya sabes a lo que me refiero con «rato» y «a solas»…), en cuanto me saquen de aquí.

Mínima:\\ Todo bien, entonces. Desconecto, que necesito memoria RAM para acabar el guión.

Mínima (privado):\\ A las diez en mi casa.

Mínima (privado):\\ Tú procura salir entero de ahí, guapo.

Ataturk:\\ Cambio y fuera.

Astrid:\\ Hasta luego.

Un aroma a estática solitaria tomó la habitación cuando Mínima desvaneció el cuadro de chat al desconcentrarse. Un nudo en el estómago le dictó que los otros dos se habían aprovechado de ella en su momento más vulnerable, cuando era sólo una Mínima y no ciento treinta y ocho miles gritándoles improperios a la vez. Por eso insistían Ataturk y Astrid en mantener al menos un cincuenta por ciento de su viciada relación a tres en el plano cibernético. Concentrada, Mínima era una Mínima común divisor e ideal, y lo suyo, lo de los tres, era intrascendente y sexy y alocado. Fuera, una esquizofrenia redundante. No podían ser un trío si uno se sentía por dentro un hueco rellenado con cabos sueltos. Y eso estaba bien, estaba mal, la entristecía y la decepcionaba y la cabreaba y la mortificaba y la seducía y ahora, en este estado somático de gracia, al fin Mínima podía trabajar en la singular idea que había tenido como contribución al Día-R.

 

 

Epítome del ningunismo, Radio Tangram Excelsior fue cierta variante de lucha contra el stablishment, dentro del stablishment y por el stablishment al erigirse sucesora de lo establecido…

…«Ningunismo»: M. Ningún (del lat. nec unus, ni un): genuino experimento existencial incompatible con cualquier ideología o lógica sistemática ya que propone recobrar la interpretación autárquica del stablishment eludiendo toda definición y tipología estática, apelando a la insurrección contra la cotidianeidad como factor rejuvenecedor de la percepción.

…Contra el stablishment y su ilusión de totalidad —ideología que se encuentra en suspensión, en el aire social y que contamina la realidad; una cierta mentalidad que adhiere a una visión del mundo, la cual justifica a la sociedad; falso consenso, expresado para la sociedad—, insurrección mediante —mientras que la Revolución da por resultado hechos grotescos y peligrosos estados de violencia, la Insurrección a lo Radio Tangram Excelsior, proporciona una teoría crítica de la realidad y una forma de operar sobre ella satisfactoriamente; la revolución quiere permanencia o cuando menos duración, mientras que la insurrección es temporal, una experiencia límite contraria a la experiencia ordinaria; a través de la insurrección es posible liberarse de las praxis sistémicas (-ismos), canalizando nuestra potencia en un estado mental capaz de abrazar una experiencia directa, o al menos una percepción intuitiva que no pueda ser definida, sino empírica.

…Dentro del stablishment, actuando con proactividad —condición propia de la Caballería Medieval por la cual la persona realiza obras internas y externas, no porque lo obliguen, ni porque tenga ganas o deseos,  no porque quede aceptable o sea rechazado por  la sociedad, sino obrando inspirado en el deber ser y las necesidades propias de él mismo.

…Y por el stablishment, al erigirse sucesora de lo establecido desde el ánimo de deshacerse de lo antiguo ante la necesidad de construir algo nuevo —Solve et Coagula.

Radio psicótica Tangram desmadejado Excelsior de lujo.

 

 

Zacarías Candil:

Él era el hombre de la toga blanca y las sandalias de acrílico. El pilar maestro y el delineante efímero. Líneas de lapislázuli trazaban su Plan sobre el papel de estraza:

—Astrid se articula con Tesla —dijo, pensando en voz alta, mientras rescataba de los bolsillos de su pantalón de enfermero el puñado de confeti de circuitos impresos de reloj calculadora—, para que el trío interruptus se articule con la alineación de planetas… Sí… Es álgebra —lanzó al aire las placas de plástico y se levantó de su silla de dentista en un salto de alegre júbilo de equis despejada al fin.

Sin necesidad de volver a mirar los planos, Zacarías podía prever el futuro por repetición. Dando un tirón a la cuerda adecuada, separó las cortinas que partían su taller en dos ambientes: el usado para atender a las visitas, que era una especie de vertedero cercano a los postulados de funcionalidad mugrienta supeditada a la estética propios de la filosofía de ocupación de hogares de finales del siglo XX, una concesión a la imagen de marca de su arquetipo de científico loco desbarrando en su sótano entre criaturas de pesadilla hechas de impulsos eléctricos y cadáveres, en contraposición a la segunda mitad de su hogar, una mesa quirúrgica de acero pulido rodeada de estanterías de aluminio en las que se ordenaban, convenientemente etiquetados, los artefactos casi heréticos, si se tenía en cuenta que una herejía, en aquellos tiempos previos a la coagulación, los del todo por amor del dinero y el poder y la presencia, no generaban beneficio alguno más allá de servir al Plan, que había creado él solo, sólo para demostrarse que podía hacerlo, en los últimos cinco años.

Cogió una bolsa de picadura de tabaco de encima de la mesa metálica y lió un cigarrillo. La nicotina y el orden de su laboratorio le calmaban. Exhaló una bocanada de humo añil y clavó la vista en las volutas ascendiendo y girando y enroscándose y su pareidolia hizo lo demás:

—Veo la Sacra Geometría de un rostro —se narró a sí mismo—, un rostro que es el mío, con los ojos escondidos tras unas gruesas gafas de buceo de cristales tintados de rosa, con la cabeza afeitada y la mandíbula desencajada mientras precipito el cambio. Toga blanca y sandalias de acrílico. Un soplete en una mano y un compás en la otra.

Zacarías se sentó en la mesa y continuó fumando en silencio. La pieza triangular más pequeña en el puzzle de los siete tableros de astucia al que había insuflado nueva razón de ser, en el centro logístico del huracán, aparentemente un mal necesario, porque todas las piezas son necesarias a la hora de resolver con acierto y gracia un tangram, pero que de forma eventual, como era el caso ahora, podía servir de cabeza para la mejor figura que se hubiese podido concebir jamás.

La ciencia, desde siempre, había sido su puta. Radio Tangram Excelsior era el hijo bastardo del que ahora Zacarías se había encaprichado y con el que quería recuperar el tiempo perdido. De ahí la precipitación del Plan. A dos semanas del Día-R, lo cabal hubiese sido aprovechar la calma premonitoria para hacer balance. El caos y el orden separados por una fina membrana de cortina en su taller como parábola de su currículum vital. Pero Zacarías, Frankestein sublimando la posmodernidad, prefería fumar y parlotear y trastear con el sintonizador en su nuca. Un arabesco de tabaco se le escapó por la nariz. ¿Habría algún modo de codificar su esencia intrínseca, su alma, en forma de enciclopedia por capítulos y luego radiarla y grabarla en los oyentes junto con unas pocas instrucciones para que éstos puedan inducirse una hemorragia nasal ectoplásmica, a la manera de los espiritistas victorianos, y materializar su propio y condicionado Zacarías Candil? Ése podía ser su truco de prestidigitador para el Día-R.

—Pietro ya conoce el Plan —le dijo a la calavera de cromo, con incrustaciones de uranio empobrecido atrapado en dos cápsulas de plomo transparente (patente suya, también, por cierto) engastadas en las cuencas oculares, que le servía de cenicero—, y sé que está preparando algo prodigioso. Los otros tres tienen los planos y crearán algo incluso mejor, estoy convencido.

Zacarías Candil había sido una vez mencionado de forma velada en una conversación que se coló por accidente en una de las capturas urbanas de Astrid: un chico le recomendaba a su amante andrógino recurrir a un médico de orgones que declaró en exclusiva a Radio Tangram Excelsior haber sintetizado un tratamiento para saltarse el cortafuegos de la moral. Dicho médico era Zacarías, claro, gastándole una broma de pésimo gusto en directo a Pietro el Pope. Una de las personalidades de Mínima Maestra decía ser un clon de Zacarías Candil viajando atrás en la superautopista de la historia desde el siglo treinta y seis. Un fantasma semiótico que se había quedado pegado a la psique de la problemática muchacha un aciago viernes tarde, durante la enésima prueba del metastatizador de ideas cóncavas que Zacarías había hecho en el estudio contiguo a aquel en el que la chica estaba grabando su programa. El primer encargo como freelance de Ataturk Parque había consistido en carroñar fragmentos e indicios de primitivos trabajos de Zacarías Candil desperdigados por fanzines paracientíficos y otras publicaciones lúdico-técnicas de dudosa reputación. Gracias a la implacabilidad de sabueso del periodista, Radio Tangram Excelsior consiguió culpar a su propio creador de haber colonizado una de las lunas de Marte con esporas de alto cociente intelectual con la intención de que éstas acabasen por crear una civilización superdotada y de alto poder destructivo, planeando una invasión sedienta de la sangre de los descendientes de aquellos humanos incompasivos que las habían expulsado del paraíso al gélido y oscuro espacio exterior. ¿En qué momento habían defenestrado al sentido del humor? ¿Por qué nadie era ya capaz de reírse de una genial incursión bélica marciana de dibujos animados orquestada por un Doctor Muerte vietnamita? Zacarías: triángulo: cabeza.

—El cráneo se asienta sobre las cervicales, que se vertebran con la columna, que sostiene la materia y contiene el alma —le dijo al cenicero, golpeteándolo con el cigarrillo.

Apoyó las manos en la mesa y dobló la espalda hacia atrás y suspiró al techo, abstrayéndose al Plan en discontinuas, ángulos, cuadrados, trapecios, formas complejas, entramados Escher, madejas de tubo como fundas de piel, haciéndose Plan, imbuido, haciéndose cabeza, precipitándose en su sitio en el diseño:

 

 

 

 

Radio Tangram Excelsior jugó al despiste durante su primera época, luego se asentó y frió un buen puñado de cerebros…

…Jugó al despiste tanto con sus adeptos como con sus predadores naturales, dando a entender que había que aprovechar el momento para formar un culto y así sentirse especiales al haber descubierto y disfrutado de algo especial antes de que el invento fuese absorbido, debido a inherentes necesidades monetarias, probablemente, por el gran conglomerado de turno que mediocrizase contenidos y aplicase el rasero de lo sensorialmente correcto, demostrando así que sí, el prospero oriente estaba necesitado de cierta forma entretenida de disidencia. Hecho que se leyó como un síntoma de algo mayor, obviamente.

…Luego se asentó de tal forma en el imaginario colectivo que los abonados a la cadena extendían por los cuatro puntos cardinales como en un bizarro juego del teléfono, que Radio Tangram Excelsior obtuvo carta blanca implícita para bombardear sin piedad con unidades de significación cada vez más abstrusas —música de baile toxoplásmica, cursillos de arquitectura etérica en directo, relatos de aventuras narrados desde el corazón de las ciénagas europeas y protagonizados por cazadores de piquetes tísicos, diccionarios ecoterroristas recitados en bucle y en todos los idiomas de Indopakistán a la vez— a las masas, gracias a las continuas menciones a sus locutores y técnicos en debates presupuestarios del Kim Jong, reseñas en la Guía del Emperador e incluso varios partes en la sección de Tiempo Libre de Onda Delta.

…Friendo un buen puñado de cerebros con la llegada del autoproclamado Día-R, el punto y final en explosión cúspide de la cadena, cuando la emisión simultánea de todos los programas de Radio Tangram Excelsior colapsó el sistema nervioso central de los oyentes con un superflujo de información comprimida y afilada, equivalente a medio millón de Terabytes, que incapacitó para cualquier otra tarea que no fuese la de quedarse mirando fijamente al sol durante horas a ochocientos millones de personas, derrocó los gobiernos de tres ciudades-estado chinas —imponiendo en ellas una suerte de anarquía psicodélica que perdura hasta la fecha— e hizo disminuir el índice de natalidad global medio en un doscientos por cien, amén de instigar los tristemente recordados disturbios de Roma —la excusa con la que Pynion Inc. convirtió la vieja Italia en un cráter humeante, deshaciéndose así de paso de su excedente termonuclear— y forzar a la Inquisición Vampira a modificar sus estatutos por primera vez en sesenta años.

Radio Tangram Excelsior fue un ardid del demonio, quizá —si nos quedamos sólo con la superficie de reboce de sus conceptos de rebeldía y cambio en el Destino Manifiesto—, y también un foco como una ventana abierta a lo mejor que el ciudadano contemporáneo podía llegar a ser. Por eso desde aquí rendimos homenaje a sus responsables. Hasta siempre, Zacarías, Astrid, Pietro, Mínima y Ataturk. Hasta siempre, Radio Tangram Excelsior. Ya os echamos de menos.

 

 

 

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