| Historias de Naima 2 |
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| Escrito por Daniel Pérez Navarro |
| Jueves, 10 de Diciembre de 2009 08:21 |
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[2 pags. aprox] DragónSu aspecto desastroso no le desanimó. Tenía puntos de sutura en varias partes de un rostro que parecía de trapo. Diversos hematomas recordaban la pelea que le había conducido hasta allí. Apestaba a alcohol. Aún así, sonrió a la enfermera y dijo: El próximo día vendré afeitado. Señaló su entrepierna y añadió: Y no has visto al dragón que tengo aquí. Salió del centro de salud. Le esperaba un dragón. Le quemó antes de devorarlo. El contestadorAlberto
apoyó sus labios en el cuello de Naima. Sonó el teléfono. El chico descendió
hacia el canal que formaban los pechos de la joven. Los sintió cálidos y
hondos. Saltó el contestador. Intentó no distraerse, pero la voz de otro hombre
despertó su instinto asesino: derrotar al macho que compite por copular con la
hembra, reproducción de los espermatozoides más fuertes, genética de la
superviviencia, algo así. La voz del teléfono se despidió prometiendo una cena.
Eso provocó que los nerviosos dientes de Alberto apretaran los muslos de Naima
más de lo debido. ¿Pero qué haces mordiéndome? ¿Estás tonto? El chico se
disculpó, guardó los dientes y sacó de nuevo a la lengua a pasear. Volvió a
sonar el teléfono. Los muslos ya horneados. Otra vez el contestador. El vello
genital también hirviente. La voz de otro hombre. Los malditos cromosomas de
los celos. Otra invitación, a cenar y a lo que se terciara. Aniquilar a la
competencia, encerrar a todos los varones que llamaban a Naima en una cámara de
gas. Dientes salvajes, otro mordisco. ¿Pero se puede saber qué te pasa? ¿Estás
gilipollas o qué? Se disculpó de nuevo. Sonó el teléfono. Saltó el contestador.
Iba a echarse a llorar de la rabia cuando oyó su propia voz. En lugar de
preguntarse quién era él entonces, o cómo era posible que estuviera aquí y
allí, se tapó los oídos y se perdió definitivamente en el cuerpo de Naima. Escritura vivaLas letras empezaron a moverse. El párrafo se arrugó. Poco a poco, el folio tomó forma humana. Y abrazó a la mujer de la dedicatoria.
La postura del cangrejoPara llevarla a cabo, la mujer debe estar perfectamente lubricada y excitada. En esta postura, la penetración que se consigue es máxima. Ella se tumba boca arriba. Levanta entonces las piernas y las abre como si fueran unas tijeras. El cangrejo se coloca encima de la mujer e introduce su miembro en la vagina, y con sus pinzas, la mantiene sujeta por los tobillos. El cangrejo debe mantener la cabeza bien fría. Alguna vez ha ocurrido que, muy excitado, se dejó llevar y cortó a su pareja con sus peligrosos apéndices.
Llamada especialCogió el teléfono. Marcó su número. Colgó antes de que sonara el primer timbre. Le latía el corazón muy deprisa. Resopló. Leyó su nombre, grabado en la pantalla. Marcó por segunda vez. Volvió a colgar, abortando la llamada antes del primer aviso. Joder, dijo. Empezó a pasear por la habitación, pasos cortos y rápidos, de lagartija. Inspiraba y espiraba, lenta y profundamente. No logró calmarse. Miró el teléfono, pegado a su mano derecha. Quemaba. Cerró los ojos y apretó el botón de rellamada. Oyó tres timbres y pegó el auricular a la oreja derecha. Respondió una voz de mujer. ¿Sí? ¿Naima? ¿Quién es Naima? ¿No eres Naima? Espere un momento, consulto mi lista. ¿Dónde he llamado?, preguntó sorprendido. Abajo. ¿Abajo? Sí, muy abajo. Pero ¿dónde es abajo? Ya sabe lo que dicen: en el cielo, por el clima; abajo, por la compañía. ¿Es una broma? Sí, aquí está, la tal Naima; casi todos los que la llamáis tenéis una reserva con nosotros. Colgó. Joder, dijo. ¿Esa era la voz de Naima o no era la voz de Naima? Menuda tontería, pensó. Pero no se atrevió a llamar de nuevo. Aafje Heynis sale a cantar1945. Ha terminado la guerra. La gente está en la calle, celebrándolo. En una localidad del norte de Holanda, también. Un hombre saca de su casa un piano y empieza a tocar melodías patrióticas. La gente le acompaña. Hay crímenes contra las mebranas timpánicas que pueden perdonarse según qué circunstancias. Este es uno de ellos. Alguien se acuerda de que allí cerca vive una cantante de verdad, una contralto llamada Aafje Heynis. Aparece una mujer joven, delgada y tímida. Empieza a cantar. Todos se callan. Algunos lloran. Lo siguiente no lo reflejan los libros de Historia. La carnosidad del timbre de voz de Aafje Heynis provoca un milagro. Después de escucharla, las parejas se retiran. A solas, se desnudan lentamente y hacen el amor, también lentamente. A los nueves meses exactos hay una epidemia de nacimientos.
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