Guía del Autoescritor Galáctico 18: El precio de escribir PDF Imprimir
Escrito por Magnus Dagon   
Lunes, 16 de Noviembre de 2009 09:04

 

[7 pags. aprox]

 

La Guía del Autoescritor vuelve a NGC de nuevo. Hace mucho tiempo de la última actualización, algo que de hecho ya pasaba la vez anterior también. Pero ya estamos otra vez aquí, en lo que se podría decir que es una nueva temporada de artículos que esperemos dure todo el tiempo que sea posible (es decir, tanto como NGC, toda una eternidad). De momento tenemos ante nosotros el decimoctavo de ellos. Ya habrá que celebrar algo al llegar al veinticinco, pero por ahora centrémonos en el presente.

Y en el presente me voy a poner menos festivo y algo más serio. Porque el material del presente artículo era uno que llevaba mucho tiempo pululando por mis notas, pero nunca me atrevía a poner en palabras. Porque el que vamos a tratar es un tema duro de afrontar, pero necesario si uno desea darse cuenta de dónde exactamente se está metiendo cuando se dedica a esto de escribir. Del mismo modo, así comenzamos otra vez la vuelta del círculo, pues el ya lejano primer artículo de La Guía hablaba de un tema parecido, y eran las contraindicaciones de escribir, como analizar las series que vemos, tener la cabeza casi siempre en las nubes, y otras similares.

Esta vez me voy a poner más monetario. Resulta interesante además sacar a colación este tema justo ahora, en tiempos de crisis, cuando todo el mundo es más sensible a lo relacionado con el dinero. Hablaremos del sacrificio que supone escribir, y en algún momento mencionaré algún aspecto más emocional, pero me centraré sobre todo en la implicación económica del asunto, que posee varias ramificaciones interesantes de mencionar. Aparte, por supuesto no me saldré del tiesto y me centraré en ser autor de género fantástico, recuerden, fantasía, ciencia ficción y terror, que en esto, además, tienen mucho que decir.

Lo primero de todo, antes de ninguna otra cosa, es mencionar por qué precisamente ahora hablo de este tema. No sólo por la época que vivimos, hay otros dos motivos importantes. Uno es la lectura reciente de un artículo que me han dejado leer y que mencionaré más adelante, y considero que tiene unos puntos de vista trágicamente acertados sobre el tema elegido.

El otro es más personal, y es que ahora me siento contento.

Voy a explicarme con claridad. Ahora mismo, para ser franco, las cosas me van bien. Estoy de conferencias por varias ciudades; soy miembro de una asociación, Nocte, en la que me siento acogido y amparado. Tengo un buen momento creativo, y en el año 2010 sale mi primer libro, algo que es para poner feliz a cualquiera, pues que un editor apueste por un autor en estos días es para echar cohetes, y más si no es una macroeditorial, porque si esas se equivocan en la apuesta, pierden mucha calderilla, pero muchas veces, que una editorial no multinacional no consiga ventas puede suponerles directamente la quiebra.

Cuando tuve la idea de este artículo estaba invadido por la amargura. De los pies a la cabeza. Por eso creo que ahora es un buen momento para sacarlo adelante, para demostrar que ningún odio impulsivo incendia mis palabras.

Lo primero que mencionaré acerca de una consecuencia inmediata de escribir, que ya lo he dicho varias veces, es el rechazo social. No porque se señale con el dedo a un autor o se le ponga una letra escarlata, pero se le encasilla en una eufemística categoría que muchos de ellos han escuchado y detestan oír cuando se la mencionan.

En concreto, cuando les dicen que escribir es un hobby.

Es verdad que muchas personas escriben por afición. No hay más que pensar en los diarios. Otros escriben con un propósito claro, como los que elaboran una carta de amor, o quieren narrar una vivencia concreta de su propia vida. Pero hay muchas, muchísimas personas que adoran escribir, pero no sienten que estén llevando a cabo un hobby. Ni mucho menos. Tomando prestada una manera de pensar del artículo que menciono, imaginemos un violinista que toca en una orquesta pequeña. Es modesta, es humilde, pero ha practicado con todas sus fuerzas para estar ahí. Lleva años y años con ello, y su deseo es poder tocar en una orquesta más grande donde evidentemente cobrará más, aunque en esencia estará haciendo lo mismo.

¿Les parece que para este músico tocar el violín es un hobby?

Esta situación es la que se le presenta a un escritor en sus inicios. Porque, les voy a contar un secreto, es rarísimo, por no decir inexistente, el autor que de su primer libro va directo al estrellato. Para empezar, si una gran editorial apuesta por él es para lanzarle al estrellato, es decir, ellos construyen la imagen que tendrá ese autor. Pero eso generalmente no lo hacen si no le han visto antes desenvolverse con alguna clase de narrativa previa.

Por supuesto, hay autores que de su primer libro, fichan ya por las grandes. Pero muchos de ellos lo hacen por medio de un agente. Y para romper otro mito de los lectores, que sepan que conseguir un agente es tan difícil (o más) que conseguir una editorial. Su filosofía es idéntica: buscan a alguien que puedan lanzar y con el que ganar dinero a patadas.

Luego está la rumorología que dice que la mayor parte de las grandes editoriales no se toman en serio nada que no haya pasado antes por las manos de un agente. No sé si será cierto o no, pero la verdad es que eso me parecería hasta coherente, dada la enorme cantidad de manuscritos que reciben.

He escuchado a muchos editores y agentes decir, más o menos, lo mismo que yo estoy diciendo ahora, pero con un tono muy distinto, normalizándolo, digamos. Y no es algo para normalizar ni de lo que sentirse orgulloso. Otro ejemplo: imaginen que desean un empleo, y para conseguirlo deben presentar un proyecto con su propuesta de trabajo. Se pasan tres meses enfrascados en prepararla, y la envían con el máximo de los cuidados. Pero esa empresa nunca les contesta. Cuando llaman a la empresa y preguntan, o no saben de lo que están hablando, o directamente les dan largas, o les dicen que no les interesa. En el mejor de los casos, les mandan una carta donde se nota que lo único que han hecho es poner su nombre en una plantilla prefabricada. Muchas veces, ni siquiera han escuchado una voz humana en todo el proceso.

No creo que haga falta decir de qué empresa estoy hablando. No todas son así, pero las hay, y en grandes cantidades, no son casos sueltos. He llegado a conocer algunas que, si tu nombre era español, ya ni se molestaban en considerar lo que mandabas, y otras que, al mandarles el manuscrito y un ejemplar impreso de mi obra anterior, me respondieron rechazando el ejemplar impreso que les había mandado, es decir, los habían leído al revés, a pesar de dejarlo claro en varios documentos adjuntos que, posiblemente, ni leyeron. No daré nombres, mejor.

De modo que esto de primer plato. Rechazo social, y rechazo editorial. Dos caras de una moneda similar, en el fondo. A esto añádanle que escribimos género fantástico, un género, en el mejor de los casos, incomprendido, y se darán cuenta de que no vivimos en un ghetto, sino en las alcantarillas de ese ghetto que supone ser escritor en busca de editorial y reconocimiento profesional.

En cuanto a lo del rechazo, creo que ya están bien servidas las tres tazas de caldo. Ahora hablemos del bolsillo. Vamos a enumerar, como suelo hacer en los artículos de La Guía, los gastos derivados de escribir:

 

1) Folios. Porque todo ese rollo de lo digital es muy bonito, pero la mayoría de las editoriales quieren tener un ejemplar impreso entre manos, con bastante lógica, pues es mucho más cómodo de leer y, por tanto, de evaluar. Aparte, raro es el certamen que permita la presentación online de manuscritos, y muchos de ellos, incluso, piden barbaridades como mandar la obra por quintuplicado. Un año que me presenté al Barco de Vapor, me personé en la oficinas de SM, en Prado de Espino, con, literalmente, una caja de manuscritos, y no estaba mandando material de más, por supuesto. Por cierto que las bajé a donde llevaban la recepción de obras y vi lo que tenían allí, y puedo asegurarles que la visión que tuve ante mis ojos es digna de ser presenciada por todo autor en ciernes para tener una idea clara de las expectativas reales de los concursos literarios, sobre todo a más famosos y cuantiosos sean.

En la balanza positiva, decir que muchas editoriales, cada vez más, optan por que les mandes una sinopsis de la obra y el primer capítulo y, si les interesa, ya piden el resto. Lo irónico de esto, y algo para reflexionar, es que el tiempo de respuesta, aun así, suele ser el mismo que cuando uno manda el manuscrito completo.

 

2) Fotocopias. Porque una vez asumido que hay que comprar folios, es más barato fotocopiar el original las veces que sea necesario. A este respecto, como un día hagamos una revisión leve, un párrafo, una página del manuscrito, si no tenemos suerte puede que nuestra plantilla se vaya al garete, con lo que sufrimos gasto adicional al tener que reimprimirla de nuevo y gastar más folios, entrando en juego un nuevo y divertido gasto: la tinta de impresora.

Por ahí he escuchado alguna vez que una editorial, si ve que un manuscrito es fotocopiado, no lo lee. Muchas veces soy incapaz de distinguir original de copia cuando tengo delante dos páginas aleatorias de cada uno. Pero desde luego, si es verdad que una editorial hace eso, entonces es la editorial más estúpida que habré conocido jamás.

 

3) Encuadernaciones. Otro clásico del autor. Y no me refiero a florituras, sino el canutillo de toda la vida, eso si el manuscrito entra y no tienen que encuadernarlo en fascículos, cosa nada rara y propia de libros no tan largos, pues un manuscrito siempre debe ser presentado a doble espacio, es decir, usando el doble de folios.

 

4) Envío por correo. ¿Enviaría un abogado una citación no certificada? Pues si ustedes se presentan —pongamos— al Nadal, ¿enviarían el manuscrito por correo ordinario, no certificado? Yo no lo haría. Aparte, otro extra clásico es cuando conocen un certamen a última hora, y deben mandar el manuscrito, no sólo certificado, sino también urgente. De hecho, he conocido a muchos autores que no se han podido presentar a concursos porque no podían permitirse el envío de los manuscritos. ¿O por qué creen, siendo concretos con un ejemplo propio, que me personé en las oficinas de SM, en la otra punta de la ciudad, con una caja enorme? No para dar un paseo, desde luego.

 

5) Conexión ADSL. La vida de un escritor puede ser un infierno sin una banda ancha. Tiene que hablar con multitud de personas, meterse en multitud de páginas, y formar parte de cuantos foros y círculos pueda, tanto por interés como por cultivar una imagen propia. Y sin un Internet decente es verdad que se puede tirar adelante, pero eso es igualmente cierto en todas las empresas y rara es la que escatime en semejante detalle.

 

6) Cuotas de inscripción a un certamen literario, a una revisión de una agencia… La primera excepción del bloque. Nunca, repito, NUNCA paguen por nada de esto. Ya bastante mal pagado está todo esto para que encima nos saquen dinero. En cuanto a las autoediciones, que si se fijan no he mencionado, yo nunca las recomendaría a un autor que desea ser profesional, pero sí a alguien que tiene el deseo y la ilusión de ver publicado su libro. A ellos les bastará. Pero si un autor desea hacer trayectoria, esto no le ayudará, porque estas editoriales siempre publican a un autor, pues no tienen pérdidas económicas en caso de que salga mal. Como consecuencia, no existe ninguna garantía de mínimos de calidad, aparte que esto suele ser una señal de que uno no ha podido ser aceptado en ningún otro sitio.

Además, seamos francos, vivimos en otros tiempos con Internet, por ejemplo. Si quieren que les lean, tienen medios de sobra para hacerlo si olvidan el tan sobrevalorado papel. Esta es, por ejemplo, una opción más que recomendable para los relatos, tan poco apreciados por las editoriales que muchos autores, como un servidor, piensan en ellos como material gratuito promocional que distribuir por Internet, además de ayudar a crecer experimentalmente como autor y también a sentir un pequeño pero muy agradecido y sincero reconocimiento.

 

9) Eventos literarios. Porque los hay, y cuestan dinero en muchas ocasiones. A veces, los autores se lo plantean como unas minivacaciones, en vez de ir a la playa ese año, van a un congreso. Y es importante ir a ellos. Aparte de porque uno se lo pasa bien, se conoce gente, contactos, editores, se acuerdan muchísimos proyectos… Una posible solución es ir de conferenciante, ya que muchas organizaciones, algunas de manera tremendamente generosa y altruista, pues no están mucho mejor en términos monetarios que el autor, sufragan los gastos de alojamiento, viaje y cuota.

 

10) CDs y disquetes. O DVDs. O la compra de una memoria USB. Pero estos son detalles que no se pueden pasar tampoco por alto. Algunos concursos, por ejemplo, piden copia digital de lo enviado impreso, como si cinco copias no fueran ya bastante trabajo, y no fueran a hablar más adelante, vía correo electrónico, con el autor en caso de que ganara.

 

11) Libros. De toda clase. Libros que nos inspiran para escribir nuestras propias historias, porque también hay que invertir en esto. Porque un buen día un amigo escritor habla de un relato tremendamente interesante de Lovecraft que puede aportarte un punto de vista nuevo sobre esa idea que tenías hace tiempo.

Pero también libros de la editorial a la que quieres enviar un manuscrito, para conocer bien su línea, algo esencial para un autor. O copias de tus propios libros, para adjuntarlas en un envío editorial como muestras anteriores de tu trabajo.

 

12) Ausencia de tiempo. De esto hablaré más detalladamente, pero lo pongo aquí por su implicación económica, pues si se es estudiante, es normal tener algún trabajillo que aporta un pequeño extra. Por ejemplo, como estudiante de matemáticas, solía tener un pequeño filón en dar clases particulares a chicos de instituto, y también durante un tiempo trabajé como comprador misterioso de los McDonalds, es decir, me hacía pasar por un cliente más, pero evaluaba todos y cada uno de los aspectos del local (esto, por cierto, es digno de ser contado con detalle en algún relato porque es realmente marciano cuando se conocen los detalles).

Pero hay muchas veces que no pude dar clases para escribir. O simplemente, que no me planteaba coger este o aquel trabajo pues no podría seguir escribiendo. Por ejemplo, uno genial que consistía en ver episodios piloto de series y dar mi opinión de los mismos. Y la falta de esos trabajos, cuando se es estudiante y no se es de noble cuna, supone un terrible sacrificio. Ya sea un cubata o un juego de rol lo que uno no se puede comprar, la renuncia está garantizada.

 

Y llegamos al artículo que menciono. Un artículo escrito por Andrés Ibáñez y llamado ¿Quién va a pagarnos?, cuyo recorte me hicieron llegar con la plena convicción de que iba a interesarme. Y así ha sido, pues habla de esto mismo, la falta de reconocimiento profesional de los autores, pero bajo un punto de vista muy interesante: la comparativa con otras artes e incluso ciencias, mejor subvencionadas, apreciadas y normalizadas en un entorno, no de sociedad de consumo, sino de sociedad de bienestar cultural. Pueden leerlo entero aquí:

http://www.abc.es/abcd/noticia.asp?id=12758&sec=38

Pero no me resisto a destacar algunos fragmentos:

 

«Mi humilde sugerencia se limita al campo de la literatura, que es el que más me atañe. ¿Quién va a pagar a los escritores por su trabajo? Dejando aparte el hecho de que los escritores son tan imbéciles que trabajan como mulas aunque nadie les pague, la respuesta sería: el Estado. ¿Quién va a pagar a los escritores por su trabajo? El Estado. ¿Por qué? Por una razón sencilla y abrumadora. Porque paga a todos los demás. Fíjense que el Estado ya paga algo a las editoriales por medio de subvenciones. ¿No sería más lógico que pagara a los escritores para que pudieran hacer su trabajo?»

 

«El Estado no sólo subvenciona las orquestas o los teatros de ópera, las películas o los festivales, sino también la educación y la universidad, la investigación y la ciencia. Sin esa ayuda del Estado no existiría la cultura en ninguna de sus tres vertientes, la humanística, la artística y la científica. Todas las actividades relacionadas con la cultura y muchas de las actividades relacionadas con las artes (sobre todo las que tienen que ver con la «alta cultura») tienen la característica de no ser rentables.»

 

«Imagínense lo que sucedería si un violinista, un coreógrafo, un físico o un profesor universitario tuvieran que vivir de las rentas que produce su trabajo. ¡Sería el fin de la cultura occidental! ¡Sería el regreso a las cavernas! Imagínense, por ejemplo, que el barítono que interpreta a Rigoletto en el Teatro Real tuviera un trabajo en el Ayuntamiento y tuviera que salir corriendo al final de la función porque se levanta pronto al día siguiente y tiene un jefe de sección que es un cabrón. La idea da risa, ¿verdad? Sin embargo esa es la vida corriente de los escritores. Y no hablo de escritores jóvenes o que están al principio de su carrera, sino de nombres consagrados y de amplio prestigio. En algunos casos, de clásicos en vida.»

 

Resulta demoledor leer declaraciones tan duras y, a la vez, tan acertadas. Otro factor que el artículo no menciona pero me parece un indicativo de hasta qué punto ha enfermado la industria editorial es lo relativo a los famosos que escriben libros, como si el complejo y a veces muy doloroso proceso de escribir un libro fuera algo propio de cualquiera que, tras teclear un rato en el Word, y haciendo gala de un 50% de fama y otro tanto de intrusismo profesional, estuviera ya capacitado para ser un nuevo Cervantes o Shakespeare.

Y aquí viene el tema de la compaginación, que es el que se menta en el artículo, toda una tragedia diaria para muchos autores. Poco es lo que puedo añadir que supere la gráfica descripción arriba empleada, salvo algunas pequeñas apreciaciones personales, anécdotas, digamos.

La primera es muy reciente. De hace una hora y veinte minutos, en concreto. El tiempo que llevo escribiendo este artículo.

A las ocho de la tarde de un lunes, después de darme una ducha, una ducha que, si fuera escritor a tiempo completo, podría darme por la mañana, empecé a escribir este artículo. Podría haberlo escrito el fin de semana si no fuera porque estuve dando una conferencia fuera de la ciudad, pues son los únicos días en que muchos autores pueden permitirse el lujo de darlas, así como de programar sus presentaciones. Había otras dos cosas que me hubiera encantado hacer antes que escribir este artículo. Me hubiera gustado ver mi serie favorita, Ed, que se emite a las 21.00 en la televisión, o jugar una partida a Silent Hill Origins. Pero en vez de eso, estoy escribiendo este artículo, y la tripa empieza ya a reclamarme comida. A todo esto, es innumerable la cantidad de veces que he malcomido y malcenado escribiendo, y, en fines de semana, maldesayunado, precisamente cuando uno puede desayunar con todo el relajo del mundo.

No digo que escribir no sea gratificante. Lo es. Hacer este artículo es gratificante, sin ir más lejos. Pero algo puede ser gratificante y duro al mismo tiempo. Un guionista de cine, Karey Kirkpatrick, guionista de, por ejemplo, La Guía del Autoestopista Galáctico (buen nombre para una sección de ensayo, por cierto), decía «Odio escribir, me encanta haber escrito.» Los que no escriban no pueden hacerse una idea de cuán acertadas son esas palabras.

De modo que escribir bajo circunstancias de compaginación, es, cuando menos, una dulce tortura. Y muchos autores lo llevan mal. ¿Qué tal llevarían estar pluriempleados? O mejor aún, ¿qué tal llevarían haber estudiado arquitectura pero estar trabajando en una pizzería ocho horas y en un estudio dos?

Al final la salud de muchos se resiente. Su psique, ni les cuento. El clásico autor mordaz, amargado y malhablado, ya saben de dónde sale: básicamente, es una válvula de escape para no estallar.

A lo largo de los años he visto a muchos escritores morir. Y son unas muertes terribles, pérdidas irreparables de las que no hablan los periódicos. Pero al morir un autor, he visto nacer a un ser humano pleno y feliz. Algunos han podido reconciliarse con el mundo, otros han empezado a tener pareja, o a retomar la relación con sus hijos. ¿Son débiles estas personas? Para una editorial sí, porque sólo les interesa en un sentido, el de lo que producen, no lo que son. Pero si yo tuviera una factoría me sentiría preocupado si cada vez que voy a por piezas de repuesto me encuentro que los modelos que se me ofrecen vienen con grandes defectos de fábrica, o han sido mal empleados y no pueden rendir adecuadamente. ¿Comprarían esos repuestos? Una editorial sí. Ese repuesto, por ejemplo, se llama Stieg Larsson, verdadera máquina de hacer dinero que no ha visto nada del mismo, y produjo sus obras perseguido, escondido y atiborrándose a cafés para aguantar a deshoras.

¿Se hubiera esfumado el talento de Stieg Larsson de haber tenido circunstancias más favorecedoras para su salud y su plenitud como autor? Pues no. Ya en mejores circunstancias, concretamente en vacaciones, escribió el relato en el que luego se inspiraría para hacer Los hombres que no amaban a las mujeres, y lo hizo por mero placer, ninguna convicción profesional le motivaba.

Yo no sé ustedes, pero no quiero ser Stieg Larsson. Ni me lo pienso un momento. Prefiero que me lean cuatro personas y estar vivo que millones y estar muerto. Vida sólo tenemos una. Para que descubran nuestro talento tenemos toda la eternidad. Si no, que se lo digan a Lovecraft. O a Kafka.

De modo que aquí acaba este duro artículo, pero creo que necesario e interesante de contar. Espero que nos veamos pronto, más pronto que las veces anteriores, en una nueva actualización de La Guía. Cualquier comentario o consulta, aparte de aquí mismo, en NGC, puede hacerse como siempre a mi dirección de correo, malm_1981[arroba]yahoo.es

¡Hasta la actualización que viene!

 

 Autoescritor 17 

 

 

 

 
Comentarios (2)
2
2 Lunes, 16 de Noviembre de 2009 20:58
Carlos
Re: Amén, hermano.
Incluso peor de lo que me temía.

1
1 Lunes, 16 de Noviembre de 2009 14:06
J.F.B
Amén, hermano.

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