| Incumplimiento de contrato |
|
|
|
| Escrito por Pedro Pablo Enguita |
| Viernes, 18 de Septiembre de 2009 08:47 |
|
[3 pags. aprox] Tres personas entran en el inmaculado vestíbulo de un hospital. Dos hombres y una mujer, vestidos de impersonal negro. Gafas de sol, paso decidido. Se deslizan por las instalaciones con la confianza que da saber exactamente adónde se dirigen. Son el centro de atención pero nadie lo diría. No hay quién se atreva a mirarles directamente, todos esquivan la vista. Tienen miedo. Siguen caminando. Suben por el ascensor y miran de arriba a abajo una puerta blindada que se interpone en su camino. Las palabras «RESURRECCIÓN, ACCESO RESTRINGIDO» no les hacen dudar. Ella extrae una tarjeta de su bolsillo, la pasa frente al detector y la puerta se abre. Se deslizan entre camillas y pitidos de máquinas. El personal sanitario les mira con una mezcla de odio e impotencia pero nadie dice nada. Se detienen ante una puerta. —303, Fernando Tsu —dice el hombre de la derecha leyendo el dispositivo de marcado. —Aquí es —confirma la mujer y, tras una educada llamada a la puerta, entran en la habitación.
Tres personas. Un hombre echado en la cama. Un cuerpo perfecto, joven, que debería estar rebosante de vitalidad pero que aún conserva la angustia de los resucitados. Los pulmones aún no están plenamente operativos. Boquea. La piel es fina como la de un bebé y el menor roce produce magulladuras. La falta de pelo le otorga la apariencia de alguien agonizante más que de alguien que ha regresado de la muerte. Las otras dos personas en la habitación se levantan de improviso al ver a los intrusos. Por lo que puede ver la mujer se trata de los dos hijos del Sr. Tsu: Patricio y Hilda. Patricio responde perfectamente al arquetipo del joven macarra que se pasa todo el día escuchando metal-rap. Hilda es ya otro cantar, su mirada de odio asesino traspasa la barrera de fría seguridad que hasta el momento han mantenido las tres personas de negro. Los ojos de la mujer tiemblan tras las gafas de sol. Incapaz de resistir la mirada de Hilda, la mujer vuelve al asunto que le ha llevado allí. —¿Fernando Tsu? El hombre dirige su extraviada mirada hacia el trío uniformado de negro y asiente. La mujer, sin dilaciones, comienza la fría exposición de los hechos. —Venimos en representación de Sanipro. Queremos discutir con usted algunos extremos de su resurrección. El hombre les mira con calma. Nunca había tenido queja de Sanipro, la compañía de su seguro de salud. —Señor Tsu, como sabrá Sanipro siempre ha cumplido su parte del contrato. Fernando Tsu frunce sus cansados ojos. Su cerebro, atiborrado de medicinas, intenta captar el mensaje oculto tras las palabras de la mujer. Entiende que existe algún tipo de amenaza pero no adivina cuál. —¿Sucede algo? —susurra el hombre con voz seca— Pago las cuotas, me someto a las revisiones obligatorias. Tomo las medicinas… —Sr. Tsu: usted se estrelló con su coche el 13 de mayo cuando conducía por la Carretera Austral —le interrumpió ella—. La investigación policial concluyó que se había salido por exceso de velocidad. Por supuesto, en virtud del acuerdo existente entre usted y Sanipro, le facilitamos una resurrección completa. —Entonces, ¿a qué han venido? —En su historial médico observamos que había estado medicándose por depresión. Eso nos hizo sospechar y solicitamos un nuevo análisis del auto, en el que encontramos que los frenos habían sido manipulados; deliberadamente cortados —puntualizó. —¿Qué quieren decir? —preguntó Fernando Tsu, mirando de un lado a otro con desconcierto. Al alzar los brazos llenos de agujas salieron a la luz—. Estaba deprimido, sí, pero no me estrellé voluntariamente. Iba conduciendo, me quedé dormido al volante, el coche se salió… —No, señor Tsu. Usted se suicidó. —No es posible, lo recuerdo todo perfectamente. —Usted lo recuerda, sí, pero sus recuerdos son falsos. Hemos investigado a conciencia su caso y las conclusiones son claras. La policía entregó su unidad de memoria a su hija, Hilda Tsu, que la retuvo una semana en vez de entregárnosla de inmediato. En ese periodo de tiempo Hilda se introdujo en su unidad de memoria, borró sus recuerdos y los cambió por los de un accidente. Después nos la entregó junto con la solicitud de resurrección. Hilda sabe que la han descubierto, pero le da igual ir a la cárcel. La mujer de negro da cuenta de que en estos momentos está pensando en la posibilidad de asesinarles. Si pudiera realizarlo sin dejar rastro, estaba segura de que ya lo hubiera hecho. —¿Es eso cierto? —pregunta Fernando. —Papá… —gime Hilda con las lágrimas a flor de piel, abrazándose a su padre. —Yo… Os quiero, nunca os dejaría —dice él consternado. La mera idea de abandonar a los suyos le revuelve el estómago y el hecho de que no recuerde haber intentado suicidarse lo hace todavía peor. Pero la mujer de negro, impertérrita ante las lágrimas que se vierten frente a ella, prosigue impasible su rutina. —Como sabrá, su póliza no cubre resurrecciones en caso de suicidio por lo que, lamentablemente, nos vemos obligados a suspender el tratamiento. Pero el padre y sus dos hijos no escuchan las palabras de la representante de la empresa. Ya saben lo que va a suceder y prefieren exprimir hasta el último instante, abrazados, sintiendo la calidez de la piel y las ráfagas de aliento. Las tres personas de uniforme avanzan hasta las máquinas que mantienen con vida al resucitado. Manipulan los controles, suenan las alarmas. Las máquinas se apagan.
|