Persecución PDF Imprimir E-mail
Escrito por Juan José Tena   
Lunes, 07 de Septiembre de 2009 11:25
 
[3 pags. aprox]

 

El miedo ha conseguido quitarle el frío del que llevaba quejándose las últimas horas. Cae la lluvia con fuerza en medio del monte, y él intenta calmar su respiración, desbocada como un potro enfebrecido. El cielo está oscuro aunque aún no es de noche, pero el ruido de los truenos le impide pensar. Sólo el afán por sobrevivir hace que la adrenalina inunde su cuerpo, para salir vivo del lío en el que está metido y encontrarla.

Llevaban varias horas paseando por el monte cuando la violenta tromba de agua comenzó. Hasta ese momento él, urbanita confeso, no paraba de quejarse del frío, del cansancio en las piernas, del peso de la mochila y de no poder hablar por móvil al no haber cobertura en aquellas peñas dejadas de la mano de Dios. Ella se reía, le llamaba gruñón y perezoso y le decía que tenían que seguir caminando hasta llegar al coche. Cuando se separaron, él para orinar pegado a la tapia de un corral derruido, ella para hacer unas fotos en el bosque, jamás pudo imaginar lo que sucedería. La tormenta apocalíptica que llegó de improviso y le dejó empapado, el ruido de los truenos, el no oír su voz mientras la llamaba, la desorientación al no encontrarla, ni mucho menos los disparos. Al principio en medio del estruendo de la tormenta ni se enteró. Notó muy próximo un extraño zumbido y vio cómo la tierra se alzaba levemente del suelo, e inmediatamente un trozo de corteza del tronco del árbol cercano saltaba. En el mismo momento en que se preguntaba qué demonios estaba pasando escuchó el tiro en una pausa entre los truenos. ¿Algún cazador bebido? El resto de las posibilidades se le antojaban imposibles. Comenzó a correr buscándola y creyó enloquecer cuando pese a sus gritos no la encontró. La única respuesta a su llamada fue una nueva salva de disparos más cercanos y certeros. Y dolor. Dolor abrasador cuando notó una herida en su brazo de la que manaba la sangre de una forma extrañamente plácida, como un río tranquilo. Intentó parar la hemorragia con un precario torniquete hecho con un pañuelo mientras trataba de recuperar el aliento, que parecía vapor de una locomotora a pleno rendimiento. Cuando no logró encontrarla, decidió huir. Escapar para encontrar ayuda, para alejar de ella a ese desconocido que disparaba invisible en medio del bosque, para salvar la vida. Una mezcla de heroísmo y cobardía  dominaba su mente mientras huía. No sabía cuánto rato llevaba corriendo. Minutos que parecen días, largos como toda una existencia. Pero los disparos le siguen sin darle tregua, rozándole, como si el misterioso criminal cuya figura no ha divisado en ningún momento jugara con él. Atravesó el bosque, denso y oscuro sin saber hacia dónde se dirigía, quizás corriendo en círculos. Pasó junto a un riachuelo de aguas frías y después por un barranco donde se torció el tobillo al correr entre las piedras. A partir de ese momento su huida fue mucho más difícil. Pese a todo siguió corriendo, con el brazo empapado en sangre y un dolor infernal en el tobillo torcido, huyendo, huyendo por su vida, cercado por el silbido de los disparos. Hasta que sintió un aguijonazo, parecido al que daría un mosquito particularmente grande y furioso. La sangre comenzó a brotar como una flor de fuego por una nueva herida en su pierna. Pese a todo siguió intentando huir, no podía hacer otra cosa, pero el dolor y la pérdida de sangre que marcaba en el suelo el rastro de su fuga terminó por doblegarlo. Se desplomó medio desmayado. Entonces una figura apareció unos metros más allá, casi invisible en medio de la oscuridad y de la tormenta, pero acercándose sin prisas, saboreando el momento, como el cazador que tiene todo el tiempo del mundo para recoger la presa abatida. Llorando, preguntó el motivo de su ataque contra él, que no le había hecho daño nunca a nadie. El miedo dio paso a la rabia. Intentó lanzar una piedra a su agresor y lo maldijo con el hilo de voz que le quedaba. Después de la rabia llegó el horror y la locura. Tumbado en el suelo con la respiración entrecortada como un pez fuera del agua, vio justo encima suyo al agresor. El cañón del rifle fue colocado junto a su rostro, pero tuvo tiempo de ver a su asesino antes de que un disparo a bocajarro le desfigurara la cara. Murió sabiendo que su asesino era él mismo, con una sonrisa taimada y satisfecha, unos ojos crueles, muy distintos a su expresión plácida habitual, reflejo de su bonhomía.

Después de disparar, su doble caminó tranquilamente, desandando sus pasos bajo la lluvia que iba perdiendo fuerza hasta convertirse en una suave llovizna. Poco después la encontró a ella. Se abrazaron, y ella le dijo que había pasado mucho miedo al perderlo en medio de la tormenta. Que nunca, nunca volviera a darle un susto así. Lloraba de alivio y de alegría, relajándose de la tensión y el pánico de los minutos anteriores en que lo había perdido de vista. Cuando entre sollozos le confesó que había sentido algo muy extraño, el presentimiento de que corría un gran peligro, y que en  medio del ruido y el caos de la tormenta le pareció haber escuchado disparos, él sonrió y volvió a abrazarla para tranquilizarla. Abrazados como estaban no vio la expresión de sus ojos, ni la sonrisa convertida en una mueca cruel que deformaba sus labios.

 

 

 
Comentarios (1)
¡Muy bueno!
1 Lunes, 07 de Septiembre de 2009 13:32
J.E. Álamo
Me ha gustado mucho el relato de Juanjo ¡¡Prácticamente me he encontrado jadeando en el bosque!! Y el final totalmente inesperado y que abre campo a la imaginación. Cool

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